Perdonen la tardanza.


7

—No seas imprudente —era la voz de una mujer, se escuchaba enojada —¡es un mortal ordinario!

No podía ver lo que sucedía ahí adentro, quizá si se asomaba por una de las ventanas podría ver pero tenía miedo de ser descubierto. No sabía quiénes eran, no reconocía las voces y no recordaba sus rostros.

—No... ¿acaso tú...? —la fémina voz se quebró un poco y pensó que rompería en llanto pero en lugar de eso volvió a alzar la voz —¡No puedes involucrarle en esto!

¿De qué hablaban exactamente?

—¡Eres un niño tan necio!

—¿Por qué te importa? —ah, esa voz la conocía.

—¡Eres un idiota, ¿sabes lo que sucederá por tus temerarias acciones?! —se escuchaba desesperada, ¿por qué le reprendía? —¡Tres lunas incorrectas y no habrá vuelta atrás!

¿Lunas?

—Enloquecerá y llamará la atención...

De repente comenzó a desvanecerse todo frente a sus ojos y la puerta de aquella casa le pareció más lejana a cada segundo.

—...ellos te encontrarán...

Tenía la sensación de que había soñado algo importante esa noche, pero tal y como aquella otra vez no lo recordaba. Había soñado bastante estos días, o por lo menos sabía que soñaba mas no con qué soñaba.

En ocasiones recordaba y esos sueños eran más parecidos a memorias, específicamente momentos que había compartido con Katsuki años atrás. Aún no tenía muy claro esos días en que visitaba al rubio y en su cabeza todas esas imágenes lucían dispersas, desperdigadas sobre un enorme muro, que bien podrían tener un orden si tan sólo no hubiera huecos y piezas faltantes que simplemente no le permitían ver el cuadro completo.

Como todos los días salió de casa y se detuvo en la acera para mirar la casa de enfrente, a estas alturas pensaba que era ridículo seguir mirando con recelo aquella casa, en especial cuando ya había pasado varios días gastando parte de su tiempo ahí, pero se aferraba a la idea de que no debería bajar la guardia, aún no sabía si aquellas imágenes habían sido un producto de su imaginación y aunque quizá muy probablemente lo eran esperaba equivocarse.

Suspiró cansado, tal vez simplemente debería dejar de darle tantas vueltas y dejar que sucediera lo que tuviera que suceder. Ajustó los tirantes de su mochila y se dirigió a la estación del metro.

La conmoción causada por la desaparición de sus compañeros parecía haber pasado, nadie hablaba de ello. Al tomar asistencia el profesor ya no mencionó sus nombres y entre los murmullos del resto de alumnos tampoco se escucharon. No estaba seguro si eso era algo bueno o no...

—Midoriya, ¿cómo estás? —inesperadamente Iida le llamó a la hora del descanso.

—...bien, gracias —no podía acostumbrarse a eso —, ¿y tú?

El presidente de la clase le había estado hablando con más frecuencia, algo que le extrañaba de sobremanera, no era como si nunca hubiera intercambiado palabras con él sino que era extraño porque ahora pasaba algunos de los recesos junto a él. No podía acostumbrarse porque antes no pasaba el tiempo con nadie, no tenía amigos y le provocaba una sensación muy peculiar en el pecho el que Tenya decidiera pasar la hora de descanso con él.

Al principio no hablaban de mucho y comían en silencio los almuerzos que cada uno traía de casa, pero después de un par de días repitiendo la misma rutina habían empezado a conversar de cosas triviales.

—¿Sucedió algo bueno? —preguntó el de gafas una vez terminó su almuerzo.

—¿A qué te refieres? —dio los últimos bocados a su propio almuerzo.

—Hay un aire distinto a tu alrededor —¿En qué sentido?, esperaba que uno bueno —, siempre cargabas con una extraña nube arriba de ti y ahora parece haber desaparecido.

No entendía del todo el comentario de Iida, aunque debía admitir que estos últimos días había estado de un mejor humor. El simple hecho de platicar con él era muestra de ello.

Al salir de la escuela se separaba de Tenya en la reja principal, el más alto vivía por los alrededores junto a su hermano mayor así que no tomaba el transporte como lo hacía él. En una ocasión llegó a ver a su hermano, un hombre con un enorme parecido pero con un rostro más suave que el de Iida, incluso su voz tenía un toque más ligero que el del delegado. La imagen de ambos le hizo sonreír ligeramente, quizás un poco celoso.

De regreso a casa, en el metro, pensó en su madre, tal vez debería contarle sobre su reciente amistad con el chico de cabello índigo, probablemente aligeraría un poco la carga que llevaba consigo. Desde que su padre no estaba con ellos había visto un ligera sombra sobre sus ojos la cual creyó que se desvanecería si permanecía en casa, sin embargo ahora que pasaba el tiempo con Katsuki lucía más relajada. No hablaban lo suficiente, esperaba no fuera demasiado tarde para empezar a hacerlo.

Era fin de semana y eso significaba que tenía todo el día libre para platicar con su madre, o eso supuso. Al llegar el día de ayer de la escuela no había podido abordar el tema ni mucho menos una conversación con ella, le había dejado una nota en la mesa donde le avisaba que le había dejado la cena en el frigorífico y que no volvería sino hasta tarde; debía admitir que aquello le quitó el ánimo y sin duda le preocupó, su madre no solía salir de improviso y tampoco llegaba tarde a la casa. Quiso creer que no era nada, que quizá había olvidado algo o que simplemente había quedado de verse con alguien más, aunque ésta última posibilidad le ponía más nervioso.

No sabía mucho de la vida personal de su madre, porque básicamente ella no salía de casa más que para hacer las compras. ¿Podría estarse viendo con alguien?

De cualquier manera el día de ayer no pudo conversar con ella y ese día le había dicho temprano en el almuerzo que debía salir otra vez y que —de nuevo— no regresaría sino hasta muy noche.

—Puedes pasar el día con Katsuki, ayer no le viste ¿verdad? —propuso una vez empezó a retirar los trastos después del almuerzo.

Quería preguntarle a donde iba, qué clase de asuntos tenía que arreglar, por qué le iba a tomar todo el día, en fin, quería interrogarla hasta que pudiera calmar las ansias en su corazón pero en lugar de eso calló, bajó la mirada y respondió: —Sí, suena bien.

Su madre le sonrió antes de salir de la cocina y subir a su habitación.

—Buenos días —saludó su madre al joven de cabello cenizo.

—Buenos —respondió el saludo.

Katsuki trabajaba de nuevo en el patio de enfrente, detuvo su labor tan pronto escuchó a su madre y desde su lugar, pisando el pasto, se volteó para verles, enterró la pala que traía en la tierra que debía haber removido y se apoyó ligeramente en la herramienta, tenía la cara sucia y el cabello mal arreglado —no tenía su característico volumen—, ¿qué tan temprano se había levantado para seguir trabajando en el jardín?

Su madre le explicó que estaría fuera todo el día y que quizá regresaría hasta que fuera de noche.

—¿Hay problema si Izuku pasa el día contigo? —preguntó. No veía el caso a cuestionar al otro por eso, no era como si antes no hubiera pasado tiempo con él, ya casi era una rutina.

El rubio le aclaró que no había inconveniente alguno y con eso su madre se despidió de ambos. La imagen de su madre alejándose por la calle no le gustaba y se sintió sofocar.

—¿Lees? —soltó Katsuki una vez estuvieron adentro de su casa.

Le había ofrecido algo de tomar y mientras conseguía un par de vasos y una jarra con agua le hizo esperarle en la sala. Bebió un poco del agua que el mayor le había servido y no pudo responderle hasta que alejó el vaso y terminó de beber.

Katsuki había agarrado el libro que había traído consigo, lo había dejado sobre la mesa para café de la sala mientras bebía —sí, es un pasatiempo —aunque no sólo pasaba tiempo libre leyendo, cuando podía abría un libro y se enfrascaba en sus mundos de fantasía hasta hartas horas de la noche.

Vio al mayor hojear su libro y sólo entonces se percató de lo cerca que estaban el uno del otro, recordó el incidente con su cicatriz y bajó la mirada a sus manos esperando que el rubio no notara su nerviosismo. Habían pasado varios días desde aquel extraño momento como para seguir ansioso por él, sin embargo no podía sacárselo de la cabeza. Al día siguiente de aquel suceso al mayor pareció no importarle y se creyó estúpido por continuar pensando en ello. No había sido nada ¿cierto?, sólo estaba curioso por los estigmas que Katsuki cargaba en su rostro, simple y llana curiosidad.

Y aún así sentía las yemas de sus dedos vibrar por la sensación de la piel lacerada.

—¿Cuántas veces lo has leído ya? —la pregunta del mayor le sacó de sus pensamientos e inconscientemente escondió los dedos entre sus rodillas.

—N-no lo sé, es un libro algo viejo —antes llevaba un conteo para cada libro, pero eventualmente comenzó a olvidarse de hacerlo hasta que al final lo dejó.

La cubierta del ejemplar estaba desgastada y una de las capas de hule estaba levantada en los bordes, sus hojas lucían amarillentas y algunas de ellas estaban maltratadas; era uno de los más antiguos en su biblioteca personal.

—¿Te gustan esta clase de historias? —le preguntó escéptico con una ceja levantada.

Se cohibió un poco por el comentario y le respondió afirmativamente. Katsuki sonrió con sorna y continuó hojeando su libro. Era uno de sus tantos libros de terror y suspenso, con criaturas sobrenaturales y escenas grotescas llenas de sangre y vísceras; algo muy inusual para alguien como él, suponía.

De repente se encontró pensando en la vida privada del rubio. Sabía que había salido de casa de sus padres cuando tenía diecisiete pero de ahí en más no sabía nada, ¿tenía hermanos?, ¿tal vez hermanas?, ¿tenía pareja? No recordaba haber visto a alguien más que a él salir de su casa y si acaso el mayor no tenía una pareja no podía comprenderlo. Aunque admitirlo le provocaba escalofríos que subían desde su cóccix hasta su séptima vértebra lo dijo: Katsuki era apuesto, con la piel ligeramente tostada, de cabello rubio e hipnotizantes ojos rojos, era alto y de masculinas facciones marcadas, y un aire fiero a su alrededor acentuado por las marcas en su mejilla.

No podías simplemente ignorar a alguien así.

—Ven, ayúdame a terminar con el jardín —de nuevo interrumpió sus pensamientos y le puso el libro enfrente, el cual tomó y lo dejó sobre la mesa para seguir al más alto.

Afuera el cielo comenzaba a nublarse y la luz del sol ya había sido cubierta por algunos cúmulos grises, no tardaría mucho en llover.

—¿Qué haces ahora? —preguntó al notar un par de hoyos en el pasto.

—Sembrar algunas plantas —respondió antes de ponerse a cavar otro hoyo sin embargo ni bien enterró la pala se detuvo y se volteó a verle —. Esas ponlas de aquel lado —apuntó a tres plantas en macetas que tenía a un lado del pórtico —y mejor que sea ya, pronto lloverá.

Con eso le dio una pala y continuó con su propia labor.

Mientras cavaba no pudo evitar pensar en lo insólito que era todo eso, Katsuki no parecía alguien atento y que estuviera llenando el jardín con plantas le figuraba raro y un tanto divertido, no podía visualizarlo regando las plantas cada mañana.

Cavó dos hoyos y trasplantó dos de las matas que el rubio le había encargado, para la última planta se hincó sobre el pasto y escarbó un poco más en la zanja con ambas manos. Las imágenes de uno de sus sueños le asaltaron, de niño debió encargarse de eso también y suspiró al pensar que sería su destino ser un ayudante de jardinería para el más alto, se rió y se estiró encima del agujero para alcanzar la planta que colocaría en éste.

Cuando bajó la mirada a la zanja se petrificó.

Ahí, en el agujero que acababa de cavar estaba la cabeza cercenada de uno de sus compañeros desaparecidos. La piel de su rostro había perdido color, lucía más pálida con un color gris que acentuaba los pómulos y las mejillas hundidas, sus ojos se veían vacíos y le miraban fijamente mientras sus labios agrietados se curvaban en una sonrisa enfermiza.

Mi...do...ri...ya

Se estremeció y aterrado se echó para atrás, intentando alejarse, se arrastró por el pasto sin notar que la tierra ya estaba húmeda y que desde hacía unos minutos había empezado a llover. En su escape dejó la planta, más preocupado por su bienestar. ¿Qué era eso?, ¿era real? No, por supuesto no, no podía ser real, antes cuando escarbó no estaba ahí... ¿entonces?

—¡Deku!

En ese momento se dio cuenta de que estaba lloviendo, la voz del mayor le había regresado a la realidad y perturbado alzó la vista para verle a su lado, sus orbes escarlata le miraron con cierta preocupación y sentir la calidez de sus manos en sus hombros le relajó. Con la respiración estropeada bajó la mirada lentamente hacia el agujero en la tierra y suspiró aliviado de no ver nada.

—Ve a secarte, yo termino aquí —le dijo para después recoger la mata que había dejado a la mitad del jardín.

Asintió y se apresuró en entrar a la casa para refugiarse de la lluvia. Esperó por el rubio muy cerca de la puerta y se abrazó a sí mismo buscando darse calor, tiritaba de frío al estar empapado. Bajó la mirada y examinó su ropa, estaba sucia, llena de lodo en algunas partes y pensó que debió haber traído una muda de ropa, sí, claro, ¿cómo iba a saber que terminaría mojándose por culpa de la lluvia?

Escuchó la puerta abrirse y Katsuki entró con prisa.

—Qué pesada —le escuchó decir, debía referirse a la lluvia.

El cabello del mayor escurría agua y algunos mechones se pegaban a su rostro, lo vio limpiarse las gotas que caían por su frente con el antebrazo derecho y mientras lo hacía lo vio de arriba abajo. Estaba mojado, su ropa se veía más oscura y formaba pliegues en distintas direcciones porque la tela se adhería a su cuerpo. Se sonrojó y se sorprendió por lo que estaba haciendo.

¿Qué estaba pasando con él?, ¿acaso había olvidado que el joven seguía siendo un sospechoso? Sin embargo la palabra le pareció menos acertada, no había conseguido absolutamente nada que pudiera ligarlo con la desaparición de sus compañeros y no importaba cuántas veces entrara, su casa siempre lucía normal.

—Espera aquí —le arrojó una toalla desde el pie de la escalera —, te traeré un cambio de ropa.

Lo siguió con la mirada hasta donde la losa de entrepiso se lo permitió y se quedó solo con sus pensamientos.

Secó su cabello con la toalla y al cerrar los ojos se encontró con la imagen de la cabeza en la zanja, sudó frío y se repitió varias veces que fue únicamente una broma de su quebrada mente, una muy desagradable. Pronto escuchó los pasos de Katsuki y lo vio bajar por la escalera con algo de ropa bajo el brazo y una toalla sobre sus hombros. Vestía otra ropa y supuso que debió cambiarse arriba antes de llevarle el cambio de ropa, cabía destacar que usaba una playera de manga larga y volvió a pensar en qué podría estar ocultando debajo de su ropa con tanto esmero.

—Ten, puede que te quede grande pero es mejor a que traigas tu ropa mojada y sucia —le extendió una playera de manga corta y una bermuda.

—Gracias —agarró el conjunto y terminó de secarse el cabello una vez lo dejó sobre uno de los sillones.

Katsuki entró a la cocina, probablemente buscando algo para beber; comenzó a quitarse la ropa, empezando por la camiseta, sintió frío al despojarse de la húmeda prenda y los vellos de su cuerpo se erizaron, tembló por la sensación y se apresuró en agarrar la playera que Katsuki le había prestado.

—¿Las recuerdas todas? —escuchó atrás de él.

Con la playera en sus brazos se giró para encontrar al rubio recargado en el marco del vano que conectaba la sala con la cocina, traía un vaso en una mano y aún tenía la toalla en sus hombros. Miró al mayor con confusión y poco a poco el más alto se acercó.

—Éstas, ¿recuerdas como te las hiciste? —inesperadamente sintió los dedos de Katsuki tocar su espalda y escalofríos subieron por su columna.

Le tomó varios segundos calmarse, segundos que esperaba Katsuki no notara —No realmente —tenía varias cicatrices que sabía debió hacerse cuando niño, sin embargo ignoraba cómo se las hizo.

El más alto no dijo más y pronto advirtió su mano subir por su espalda al mismo tiempo en que lo sentía más cerca de él. El tacto áspero de la palma del rubio le estremeció, sus largos dedos tentaron sus escápulas y dibujaron su costillar encima de su epidermis, con cada caricia le hizo temblar y no se percató de la cercanía del otro hasta que su nariz rozó la piel de su cuello; su cuerpo se tensó y fue consciente de que estaba semidesnudo a su completa merced.

Presionó sus brazos contra su cuerpo sin saber qué hacer y cerró los ojos al percibir que el mayor inhalaba su aroma cerca de la base de su cuello. Justo cuando pensaba que no podía suceder algo más extraño sucedía esto.

Katsuki estaba demasiado silencioso y no escuchaba nada más que su respiración pausada y singularmente pesada, casi sonaba como un gruñido, uno bajo y ahogado. De un momento a otro sintió el frío aire contra su espalda y al abrir los ojos vio al rubio alejarse, inconscientemente le detuvo, se aferró al puño de su playera y cuando el más alto volteó a verle quiso que la tierra lo tragara.

Con la camiseta aún a medio poner se encogió en su sitio y bajó la mirada al piso mientras soltaba su agarre en la prenda del otro, lo escuchó resoplar y se sobresaltó al ver que acercó una de sus manos para tomarle por la barbilla.

Le hizo alzar la cabeza y con los ojos entrecerrados le miró fijamente —¿Ansioso?

Los colores se le subieron a la cara y sintió sus mejillas arder, podía percibir la respiración del mayor chocar contra su rostro, ¿a qué se refería con eso?

Sonrió con burla y le soltó —Te enfermarás, vístete ya.

Pasmado solamente atinó a seguirle con la mirada y lo vio entrar a la cocina otra vez, su corazón palpitaba a un ritmo más acelerado y parecía haber subido por su garganta. Se apresuró en vestirse y tomó asiento en uno de los sillones, buscando calmarse cubrió su cara con ambas manos, completamente avergonzado.