Aclaración:
Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Advertencia: OOC
6: Deja todo lo demas
—¿Cómo se encontraba?
El padre Iruka dejó de cepillar la pelusa que había en la chaqueta de Naruto. Por alguna razón, al sacerdote le gustaba comportarse como su mayordomo, o como su padre.
—Tenía buen aspecto, mon ami. Estaba contenta y lo único que me ha parecido es que estaba cansada.
Naruto asintió mientras se ponía bien las mangas de la camisa.
—Bien.
Pero no podía dejar de pensar que a Hinata, el día que se derrumbó delante de su puerta, le pasaba algo más. La gente no experimenta ese tipo de dolor sin motivo.
Una enfermedad explicaría por qué buscaba el Grial. Por el bien de Hinata, esperaba que lo encontrara en aquel sótano.
—¿Qué pasará si encuentran el Santo Grial?
Iruka lo miró a los ojos a través del espejo. Su sonrisa estaba llena de paciencia, como la que se ofrece a un niño curioso y confuso.
—El Grial no está allí.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé. —El hombre se encogió de hombros—. Sea lo que sea lo que encuentren en ese sótano, no será el cáliz de Cristo. Sólo espero que tampoco sea el Grial Maldito.
La idea de que Hinata encontrara ese cáliz de maldición creyendo que era la copa de la vida era desasosegante.
—No debemos permitir que ella beba de él hasta que estemos seguros.
Iruka pasó el cepillo por la chaqueta por última vez.
—Eso tenlo por seguro. Tendremos que fiarnos de tus ojos y de tu memoria; los míos ya no son lo que eran. ¿Lo reconocerás?
Naruto miró su propio reflejo en el espejo. Su aspecto ya no le inquietaba tanto como antes. Llevaba viendo aquella cara durante siglos.
—Lo reconoceré —aseguró—. Como si pudiera olvidarlo. —Cada golpe, cada imperfección de la grabada copa estaba impresa en su memoria para siempre. Su amo, su maldición, su perdición, el cáliz del que había bebido por voluntad propia.
Iruka le puso bien los hombros de la chaqueta. La ligera lana negra se ajustaba a su cuerpo a la perfección y contrastaba con la camisa blanca y la corbata color borgoña. Seis siglos atrás no se habría imaginado vestido de ese modo.
—La señorita Hyuga cree que descubrirán la puerta del sótano en los próximos dos días. Creo que planean una fiesta. Tenemos que estar preparados.
Naruto se apartó del espejo.
—Si tenemos suerte, yo entraré la noche antes.
—No podemos confiar en la suerte. —Iruka frunció el cejo—.Tienes que entrar. No podemos arriesgarnos a que vean a Sasuke.
—No puedo sentir su presencia.
—A lo mejor él te lo está impidiendo como medida de protección.
—Puede ser. —Naruto sabía que podía ser verdad, y que probablemente lo era, pero le dolía pensar que Sasuke pudiera esconderse tan bien de él; en especial de él. No podía dejar de pensar que si Sasuke estuviera cerca, de algún modo habría hecho notar su presencia. Aunque estuviera escondiéndose, ¿acaso no sentía la presencia de Naruto?
Una reconfortante mano se posó en su hombro.
—Ya sé que no quieres luchar contra él, mon ami. Rezo para que no lleguemos a eso. Sasuke ha sacrificado muchas cosas para proteger el falso Grial. Odiaría ver cómo se sacrifica a sí mismo.
Todos los de la mesa se rieron, así que Naruto hizo lo mismo.
—Nuestro pequeño pueblo debe de parecerle muy provinciano comparado con París, señor Naruto.
Su mirada volvió a fijarse en Hinata. Dios, era preciosa. Si Hinata comiera pasteles durante semanas, seguro que cuando la tuviera entre sus brazos la sentiría dulce y suave y que, cuando la besara, se derretiría con sus besos.
Tenía que verter el vial de sangre de Iruka en el vino, si no empezaría a aullar como un maldito perro, o peor aún, como un hombre lobo, y esas criaturas sí que eran desagradables.
—Creo que su pueblo es encantador, señorita Hyuga. Discúlpeme, creo que se me ha caído la servilleta.
Con la excusa de agacharse para recoger el recuadro de lino de la alfombra, quitó el tapón al vial que Iruka le había dado y se lo bebió de un solo trago. Luego, con mucha rapidez, lo guardó en su chaqueta y volvió a incorporarse en la silla.
Nadie le estaba mirando, y eso lo sorprendió un poco. Desde su llegada, tanto a él como a Iruka, los habían tratado como a rarezas y fue agradable descubrir que ahora esa novedad empezaba a desvanecerse.
Eso le dio también a Naruto la oportunidad de observar a los demás.
Hinata estaba sentada al otro extremo de la mesa, tres sillas a su derecha. Llevaba su vibrante melena recogida en un elegante moño, lo que despejaba su bonita cara. El sedoso y sensual vestido violeta que lucía resaltaba sus sonrosadas mejillas y el brillo de sus ojos.
Durante su larga existencia, Naruto había visto mujeres igual de bellas, pero en esos momentos no lograba recordar a ninguna.
—¿Señor Naruto? —dijo el padre de Hinata.
Maldición. Seguro que iba a llamarle la atención por haber estado mirando a su hija como un perro hambriento mira un suculento hueso.
—¿Sí, señor?
Hiashi Hyuga hizo una mueca.
—Por favor, llámeme por mi nombre. «Señor» me recuerda al maestro que había en mi vieja escuela, y nunca pude soportar a ese hombre.
Naruto sonrió, en los últimos días lo hacía a menudo.
—De acuerdo, pero con la condición de que usted me llame Naruto.
—Yo llevo días queriendo preguntarle sobre ello, señor Naruto. — Hinata se llevó la copa de vino a los sonrosados labios.
—¿Sobre mi nombre? —Arqueó las cejas. Hinata se limpió la boca con la servilleta.
—Sí. Disculpe mi impertinencia, pero ¿cómo es que sólo se llama «Naruto» no tiene apellidos?
Los ojos de los presentes volvieron a fijarse en él, como si todos hubiesen estado deseando hacerle esa pregunta. Todos excepto Iruka, claro está.
—Será un honor satisfacer su curiosidad, señorita Hyuga. Me encontraron abandonado en la escalera de una capilla, así que los sacerdotes que me criaron decidieron llamarme solo así. —Aquello no era del todo mentira; simplemente había decidido omitir el hecho de que, cuando eso pasó, él ya era un hombre adulto y que, desde entonces, habían pasado varios siglos.
Tanto Hanabi como Kaguya lo miraron con lástima y un poco incómodas, seguro que porque creían que era un bastardo a quien nadie había querido. Aun así, él podía soportar que lo miraran de ese modo; era preferible a la verdad.
Por su parte, Hinata se limitó a sonreírle y miró al padre Iruka.
—¿Y usted fue uno de los hombres que lo crió, padre?
Eso sí tenía gracia. Si esa pregunta la hubiese hecho delante de otro tipo de gente, seguro que se hubieran echado a reír. Si uno de los dos había visto crecer al otro, ése era Naruto. Él había visto crecer y envejecer a Iruka.
—Sí —contestó el sacerdote y le guiñó el ojo a Naruto—. Aunque yo le llamaba de otro modo «Kyubi».
—¿Kyubi?, —pregunto extrañado Konohamaru.
—Si, por su parecido a un mercenario frances. Pero yo sólo soy responsable de sus virtudes, señorita Hyuga.
Los ojos perlas de la muchacha volvieron a fijarse en Naruto.
—Oh, oh, eso implica que usted también tiene vicios, señor Naruto. ¿Por qué será que el padre Iruka quiere hacernos creer algo así?
Naruto bebió un poco de vino.
—Porque el «buen padre» es capaz de hacer eso y mucho más si eso me incomoda, señorita Hyuga, como en las mejores familias.
Las tres hermanas Hyuga se echaron a reír y empezaron a contar historias de cuando eran pequeñas, y al igual que aventuras de su único hermano, lo que por suerte volvió a desviar la atención de Naruto. Él no estaba acostumbrado a ese persistente escrutinio. No estaba seguro de que su fachada de humanidad aguantara un estudio tan intenso.
A la hora de los postres, Hiashi invitó a Naruto y a Iruka a hacer uso de la biblioteca, tanto si era para buscar un libro como para trabajar. Naruto no le dijo que Hinata ya le había dado un montón de libros para que se distrajera. Un caballero no comentaba en medio de una cena que una dama soltera había ido a su habitación sin ninguna otra compañía. Un caballero no comentaba ese tipo de cosas jamás.
Después del postre, justo cuando Naruto creía que podría escapar de la casa para poder respirar aire fresco, aire que no oliera a vida ni a humanos, Konohamaru Sarutobi se le acercó.
Aquel hombre era joven, guapo, mortal y pasaba mucho tiempo con Hinata, aunque era el esposo de la hermana. Naruto tenía muchas razones para que no le cayera simpático, pero si era sincero, no había ningún motivo real para que no pudiera soportarlo, eliminando, claro está, el hecho de que a Naruto le gustaría ser él, al menos durante un día. Un «día», ése era el asunto clave.
—Señor Naruto. —La voz del joven sonó seria y, por raro que pareciera, respetuosa—. La señorita Hyuga me ha comentado que conoce un poco la leyenda del Grial.
—Un poco. —¿Así que Hinata había estado hablando de él?
—¿Cuál es su área de especialización?
—La época medieval. —Fue lo primero que le vino a la cabeza.
—¿Conoce la historia de los caballeros templarios y de su expulsión de Francia?
Si respirara como una persona normal, Naruto se habría quedado sin aliento ante la pregunta. ¿Que si conocía esa historia? ¿Contaba el hecho de que hubiera sido uno de sus protagonistas? Era obvio que no podía decirle al señor Sarutobi que él había sido uno de los soldados al servicio del rey Felipe.
—Hum, sí. Conozco la historia de los templarios.
Los ojos azules de Konohamaru brillaron interesados, e incluso se sonrojó. Naruto podía oler cómo la sangre del muchacho se había calentado y su corazón latía impaciente. Las encías empezaron a dolerle. De ningún modo se sentía atraído sexualmente por aquel hombre, pero el demonio que había en él no tenía criterio a la hora de comer.
—Tal vez durante su estancia podamos hablar sobre ello.
Naruto asintió. Antes de hacerlo tendría que asegurarse de haber comido.
—Me gustaría. —Siempre llevaba buen cuidado de no desvelar demasiada información, sobre todo aquella que no pudiese justificar.
Dio un paso para marcharse, pero el joven le puso una mano en el brazo para detenerle. Naruto se quedó mirando aquellos dedos bronceados sobre su chaqueta. Las manos de Konohamaru no eran las de un estudioso, sino que estaban llenas de callos, tan sucias como las de un guerrero. Verlas hizo que Naruto se acordara de cuando sus propias manos habían tenido ese mismo aspecto; cuando su espada y sus amigos eran todo lo que necesitaba.
Su mirada debió de inquietar al señor Sarutobi porque éste lo soltó con cautela y dio un paso atrás del mismo modo en que se apartaría de un perro salvaje. Naruto levantó la vista y, desoyendo su propio consejo, miró al curioso joven.
—¿Quiere algo más, señor Sarutobi?
Lo que reflejaban los ojos del otro no era miedo, sino intriga y curiosidad. Para ser sinceros, Naruto encontró preocupante, al mismo tiempo que refrescante, ser mirado así.
—La señorita Hyuga me ha dicho que es usted una persona nocturna, señor Naruto. Si le apetece visitar las ruinas, estaría encantado de llevarle allí cuando anochezca, y así podrá ver todos nuestros avances.
¿Era Konohamaru Sarutobi extremadamente educado o extremadamente estúpido? Fuera lo que fuese, Naruto tuvo que concentrarse para contestar.
—Gracias, me gustaría mucho.
Iruka tendría que acompañarles. Debía haber alguien capaz de clavarle una estaca en caso de que se abalanzara sobre el cuello de Konohamaru. Aquel joven no sabía lo que estaba ofreciéndole. O tal vez sí lo sabía.
La voz de Konohamaru lo detuvo una vez más cuando ya iba a salir.
—¿No conocerá por casualidad la historia de una banda de mercenarios que el rey Felipe mandó a buscar el Santo Grial durante la incursión contra los templarios?
El dolor y la sorpresa lo atravesaron de golpe. Un montón de imágenes irrumpieron en su mente antes de que tuviera tiempo de prepararse; imágenes de los seis, valientes y llenos de vida. Tan engreídos y tan estúpidos.
—Sí —susurró, y odió cómo había sonado su voz—. Conozco su historia. —La cuestión era, ¿cómo demonios la conocía Sarutobi?
Oyó unos pasos tras él. El muchacho se le estaba acercando. Oh, ese chico era de verdad un inconsciente. Naruto no se dio la vuelta. Debería haberlo hecho, pero sabía que, si lo hacía, Konohamaru Sarutobi se daría cuenta de que su aspecto no era normal.
—¿Ha oído hablar de un hombre llamado Asuma Sarutobi?
Naruto cerró los ojos. La cara de Asuma se le apareció en la mente y sintió aquella familiar opresión en el pecho. ¿Que si había oído hablar de él? Una amarga risa amenazó con salir de sus labios. Dios, sí.
—Sí, un poco.
A Konohamaru se le iluminó el rostro.
—Entonces me gustaría mucho que pudiésemos hablar. La historia de esos mercenarios, en especial Asuma, se ha convertido en una obsesión para mí.
¿Se trataba de una mera coincidencia o tras eso se escondía algo mucho más oscuro? ¿O bien era el modo que tenía Dios de torturarle? Iruka diría que era una ocasión ideal para que Naruto pudiera exorcizar sus propios demonios, aunque éste sabía que no. Él no iba a librarse de ellos, aún no.
—Por supuesto. Estaré encantado de darle más información si es posible. Ahora, si me disculpa...
Konohamaru lo miró avergonzado. —Claro. Lamento haberlo retenido tanto tiempo.
De algún modo, Naruto logró sonreír. —No se preocupe. Buenas noches, señor Sarutobi.
Naruto dejó al joven y salió fuera a través de las puertas del salón. Se quedó a solas en la pequeña terraza que daba al jardín. Allí se estaba tranquilo, el aire olía a mar y a arena, a animales y a flores. Encendió un cigarrillo para apagar lo que quedaba de fragancia humana en su olfato.
Todo estaba resultando más difícil de lo que se había imaginado. Dios debía de estar poniéndolo a prueba.
Un ruido tras él activó su alerta. Al reconocer quién se acercaba se relajó. Iruka.
—Mon ami, ¿estás bien?
Naruto se encogió de hombros. No, no estaba bien. Los colmillos le sobresalían tanto que se le clavaban en el labio inferior, y podía sentir cómo el hambre le carcomía las entrañas.
Iruka llegó a su lado. Naruto, sin mirar, supo que su amigo había abierto la palma de la mano. Entonces bajó la vista.
El sacerdote le estaba ofreciendo una pequeña botella. Naruto supo al instante qué era, a pesar de que su tamaño era mayor que el de los viales que solía darle.
—Te está siendo muy difícil de controlar, ¿no?
—Sí. —A Naruto le tembló la mano al coger la botella. Cuando sus dedos la rodearon, algo se apoderó de él.
No, algo no. Aquello. Apretó la botella y, con una velocidad sobrenatural, se dio la vuelta y cogió a Iruka por los hombros arrastrándolo hacia las sombras, donde lo apretó contra el muro de la casa.
—Naruto, ¿qué estás haciendo? —Los ojos del sacerdote se abrieron de par en par.
—Me tientas con viales y botellas. —Naruto sacudió la botella delante de la cara de su amigo—. ¿Sabías lo que me iba a pasar, no, viejo amigo? Tú me has traído hasta aquí. La seguridad de todos los que habitan esta casa recae ahora sobre tus hombros. Lo mínimo que podrías hacer sería abrirte una de esas venas, o mejor deja que lo haga yo. Al pensarlo se le hizo la boca agua; la expectación le cosquilleaba en las encías.
Iruka lo miró a los ojos y Naruto pudo ver el fuego de su mirada reflejado en ellos.
—Siento que estés sufriendo, pero tú en realidad no quieres hacer esto.
—¿Ah, no? —Naruto se rió, una risa baja y oscura—. Sí quiero. Sabes que es así.
—Tú no eres un monstruo. No eres un asesino.
—¿Asesino? No quiero matarte, Iruka. Sólo quiero más de lo que me estás dando, pequeño bribón. —Estaba perdiendo el control, y se sentía muy bien— Quiero lo que me estás negando.
—Yo nunca te he negado nada. Fue decisión tuya dejar de alimentarte de humanos. Tu elección. Hiciste un juramento. ¿Quieres renegar de él? ¿Justo ahora, cuando tienes cosas mucho más importantes de las que preocuparte?
Naruto temblaba a causa del esfuerzo que estaba haciendo para controlar las ganas que tenía de hundir los colmillos en el cuello de Iruka. Si bebía de él, lo mataría, estaba seguro de eso. Llevaba demasiado tiempo sin hacerlo y sería incapaz de parar. Haría falta un montón de gente para saciar su sed, todos los invitados de los Hyuga, por ejemplo.
Hinata. Pensar en ella debería haber desatado toda su furia, pero en lugar de eso, un escalofrío le recorrió el cuerpo y aturdió al demonio lo suficiente como para que él pudiera controlarlo. No podía hacer daño a nadie que significara algo para Hinata. No podía hacerle daño a ella. No quería que ella supiera lo que él era en realidad. No quería que nadie lo supiera, pero en especial Hinata. Ahora no importaba el porqué,
Simplemente se obligó a concentrarse en ese pensamiento y a tranquilizarse.
Despacio, soltó a Iruka, le alisó las arrugas de la chaqueta y se dio la vuelta. Descorchó la botella y se la bebió de un trago. Calmó el hambre y sació las ganas de más.
—Lo siento muchísimo —susurró sin mirarlo.
—Yo también. No tenía ni idea de que todo esto iba a ser tan difícil para ti.
—Yo sí. —Naruto sonrió entre dientes.
Iruka se acercó a él con lentitud y el silencio se extendió entre los dos. No cabía ninguna duda de que el sacerdote era valiente.
—Tal vez lo hayamos enfocado mal, viejo amigo.
—¿Qué quieres decir?
—Quizá alimentarte de humanos sea el único modo en que puedas mantener el control.
—Pero es pecado. Tú lo sabes mejor que nadie.
—No si no los matas. Y el mundo está lleno de gente que no es inocente; asesinos, ladrones...
—¿Protestantes? —Naruto sonrió.
—Ya sabes a qué me refiero. —El padre Iruka apretó los labios.
—Lo sé, y te agradezco que lo digas, pero un pecado es un pecado, mon ami.
—Tal vez no sea un pecado. Tal vez sea el único modo de retener tu humanidad. Puede que tus poderes te los diese Dios y no el demonio.
—¿Estás borracho? ¿De qué estás hablando?
—Tú eres tal como Dios ha querido. Ninguno de nosotros puede presumir de conocer sus intenciones, pero tal vez si la sangre humana te da fuerza, sea señal de que tienes que beberla.
—Te has vuelto loco. —Esas palabras las dijo a la espalda de Iruka, pues el sacerdote ya había empezado a caminar hacia la casa.
Iruka se detuvo un segundo, lo suficiente para sonreírle con el afecto de un padre.
—No, no lo estoy, sólo soy viejo. Y he tenido mucho tiempo para llegar a esta conclusión. Tal vez tú también lo harías si por un instante dejaras de atormentarte. Deja de sentirte culpable y piénsalo.
Naruto se quedó solo para meditar esas inquietantes palabras, estaba tan sorprendido que, hasta que no lo olió, no se dio cuenta de que su cigarrillo se había consumido y la carne de sus dedos empezaba a quemarse.
Después de dejar a Naruto, Konohamaru corrió inmediatamente a su habitación, al entrar se fijó en no encontrar su esposa ahí. Cerró la puerta con la mente y el corazón acelerados.
En la intimidad de sus aposentos de Byakuagan Park, abrió uno de los baúles que guardaba dentro del armario y extrajo un montón de papeles.
Buscó entre ellos hasta dar con lo que estaba buscando; una carta que le había mandado un miembro de una secta secreta que pretendía ser la versión moderna de los caballeros templarios, pero con demasiados lazos con las fuerzas ocultas. La carta formaba parte de unas cuantas que le habían enviado para intentar seducirlo y convencerlo de que se uniera a ellos, de que colaborara con su causa.
Fueron esos hombres quienes reafirmaron las teorías de Konohamaru sobre la excavación y la historia que se escondía tras ella. Le habían dado mucha información sobre Asuma Sarutobi, su antepasado. Le confirmaron los rumores que decían que éste se había convertido en un vampiro al beber de la copa llamada el Grial Maldito, y que esa copa había sido robada a los templarios.
Y ahora los templarios, o la Orden de la Mano de Plata, como preferían llamarse en la actualidad, querían recuperar ese Grial.
La orden sospechaba que el Grial Maldito podía estar escondido entre las ruinas de Byakugan Park. Konohamaru aún no estaba convencido de ello, pero por el bien de Hinata, esperaba que se equivocaran. Los templarios prometieron ayudarle a cambio de información y, con la carta que ahora sujetaba entre sus temblorosos dedos, acabaron de convencerlo.
Ante los ojos, tenía un arrugado trozo de pergamino en el que figuraban los nombres del grupo de mercenarios que el rey Felipe había reclutado. Aparte de Asuma Sarutobi, la lista también incluía los nombres de los demás, de quienes se decia eran vampiros.
—¡Dios santo! —Entre las manchas de tinta negra encontró lo que estaba buscando. Al darse cuenta de que su teoría se confirmaba, el corazón casi se le detuvo. Lo que había sido sólo una sospecha, se estaba transformando en realidad.
Aun así, lo leyó una vez más para estar seguro de que sus ojos no le estaban jugando una mala pasada. No lo hacían.
Naruto Namikaze También conocido como Kyubi.
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Continuará...
