6 – Salvada por el Príncipe

El sentido común regresaba a mí al tiempo que los latidos de mi corazón se fueron acompasando. Probablemente, en menos de doce horas estaría de vuelta en casa de mis padres, expulsada permanentemente de Hogwarts.

Por Merlín, ¿qué acababa de hacer?

Era la pregunta que me repetí a mí misma una y otra vez, apoyada en la pared de uno de los pasadizos del castillo, mientras esperaba a que la Señora Norris se alejara lo suficiente para poder regresar a la Torre de Gryffindor.

Debía de oler realmente fuerte a alcohol y a sudor, porque la gata se quedó allí fuera, deambulando por el pasillo e impidiéndome salir. Me sentía como un ratón acorralado por su cazador.

Consideré la opción de salir por el otro lado, aunque me obligara a dar un rodeo hasta mi destino pero, cuando me asomé al pasillo, vi a Filch. La Señora Norris debía haberlo alertado.

Total, allí me encontraba, atrapada y sumida en la preocupación y el remordimiento. Y unas náuseas que no ayudaban en absoluto.

Le había plantado cara a Snape. No, peor aún, había amenazado a Snape. ¡A un profesor! ¿Cómo había sido capaz de semejante estupidez?

El tapiz que daba a la salida del pasillo donde se encontraba la Señora Norris se movió, pero nada apareció tras él. Fue unos segundos más tarde cuando vi unos pies asomando de la nada, seguido por un par de piernas y el resto del cuerpo.

-¡Harry…! –susurré, sobresaltada-. ¿Qué haces aquí?

-Te vi en el Mapa del Merodeador –respondió, también en susurros, doblando la Capa Invisible con cuidado-. Me encontré a Ginny en la Sala Común y me lo contó. ¿Te has vuelto loca? –inquirió, en un tono que sonaba entre incrédulo y divertido.

-Eso parece.

Al fin a salvo, bajo la Capa, regresamos Harry y yo a la Sala Común, donde continuaba Ginny, que se acercó corriendo al oírnos llegar y casi choca con nosotros, aún invisibles.

-¿Qué ha pasado? ¿Os ha visto alguien?

-No –respondió Harry-. Hemos esquivado a Filch sin problemas. Ahora –dijo, volviéndose hacia mí-, ¿se puede saber qué hacías en el despacho de Snape? Creía que eras tú la del sentido común. ¡Te podría haber visto!

-Lo cierto es que… me vio –y yo lo vi a él, en todo su esplendor. Los dos me miraron con idénticas caras de horror.

-¿Y qué hizo? –preguntó Ginny-. ¿Te ha vuelto a castigar o algo?

-No habrá tenido el valor de expulsarte… -dijo Harry.

-No, de momento. No sé qué pasará mañana…

El día siguiente llegó, pero no ocurrió nada. Ni los días posteriores a éste. Ni castigo, ni expulsión. Yo aún no podía creer que hubiera salido indemne de aquella locura.

Durante las clases, Snape se comportaba como siempre. Como si nada hubiera sucedido. Por desgracia, sí que había pasado. El recuerdo me impedía concentrarme durante el día y me hacía despertar aterrorizada por las noches.

Tal vez sí que habría sido una buena idea que Snape me hubiera desmemorizado. Al menos así podría dormir tranquila.

Una fría mañana de diciembre, salía del Gran Comedor tras el desayuno, cuando vi a Zacharias Smith rodeado por varios Hufflepuffs de primer año, semiocultos tras los relojes de arena que indicaban los puntos de cada Casa.

-Me temo que tendré que confiscar las plumas, Smith –dije en voz alta, para que todos me oyeran. Varios de los alumnos de primer año se escabulleron-. Las plumas "inteligentes" están prohibidas, especialmente durante los exámenes, como estoy segura de que ya sabías. De todas formas –añadí, dirigiéndome hacia el resto, que me miraban asustados-, no son muy fiables. Pierden la magia enseguida.

-¿Así que era una estafa, Zach? –preguntó uno de los alumnos más pequeños, y se volvió a guardar las monedas en el bolsillo de la túnica.

-Cinco puntos menos para Hufflepuff por comerciar con objetos prohibidos –le dije, ignorando las protestas de Smith y cogiendo las plumas. Se oyó un movimiento en el reloj de Hufflepuff.

Al dar media vuelta para marcharme, me topé de frente con el profesor Slughorn, que exclamó sorprendido al tambalearse. Traté de ayudarlo a recuperar el equilibrio.

-¡Por los calzones de Merlín! ¡Oh! ¡Es usted, señorita Granger!

-Discúlpeme, profesor, no sabía que estaba usted detrás.

-¡Por favor, no se disculpe! ¡Ha sido un afortunado incidente, tropezarme con la alumna más brillante de la escuela! –no pude evitar sonrojarme al oír tal elogio.

Puesto que precisamente tenía clase de Pociones con él, nos dirigimos hacia las mazmorras. Sentía absoluto terror cada vez que ponía un pie en aquella parte del castillo, desde mi noche de locura transitoria.

-Y dígame, ¿es el señor Smith la persona con la que tendré el honor de recibirla en mi fiesta navideña? –me preguntó, en tono interesado.

¡La fiesta! Con todo lo ocurrido, lo había olvidado por completo. Le había dicho a Ron que iríamos juntos. Supongo que aquello quedaba anulado, por razones obvias.

-¿Granger?

-¡Sí! –exclamé, completamente absorta-. Quiero decir, no, profesor, Zacharias Smith no será mi acompañante.

¿O sí? Seguro que a Ron no le haría ni pizca de gracia enterarse de que iba a ir con él, especialmente después de los comentarios que hizo durante el partido de Quidditch… No me sorprendió que Ginny acabara estrellándose "accidentalmente" contra él.

-Pues debo decir que me alegro –comentó Slughorn, mientras entrábamos en el aula-. He de confesar que no me gusta demasiado su actitud en mis clases.

Le di mentalmente la razón, recordando lo desagradable que solía ser durante las reuniones del Ejército de Dumbledore, el año anterior. No, desde luego no le pediría ir juntos sólo para fastidiar a Ron, por mucho que me sedujese la idea de hacerle sufrir una milésima parte de lo que sufría yo cada vez que lo veía con Lavender.

No tardé mucho en caer en la cuenta de qué otra persona ponía a Ron de los nervios.

-¡Cormac! –exclamé en cuanto lo vi. Había agotado casi todo el tiempo de descanso de media mañana buscándolo. Estaba en el exterior, riendo con sus amigos. Nadie pareció oírme-. ¿McLaggen? –volví a intentarlo.

McLaggen sólo tuvo que alzar un poco la cabeza para ver por encima de sus amigos. Su cara al reconocerme no fue de entusiasmo, precisamente.

-Granger –saludó a la vez que sus amigos se hacía a un lado-, ¿querías algo?

-Eh, yo… -balbuceé, súbitamente acobardada. Me sentí estúpida. ¿Qué había estado esperando? ¿Que aplaudiera al verme? ¿Que me hiciera una reverencia? ¿Que sonriera al verme y me mirase con cara de enamorado?

Fui yo misma quien lo rechazó, semanas atrás. ¿Cómo pude pensar que seguía interesado en mí?

-Hasta luego, Granger –dijo McLaggen al pasar junto a mí con sus amigos, de vuelta al castillo.

Intenté que la humillación no me hundiera por completo. Acabaría yendo a la fiesta con McLaggen, como que me llamaba Hermione Jane Granger.

Aquella semana me sentí como una espía profesional. Sólo me faltó ponerme la Capa Invisible y seguirlo por los pasillos. Buscaba el momento apropiado, encontrarme con él cuando estuviera solo y que pareciera algo casual.

Al final, acabó pareciendo cualquier cosa, menos casual.

-¡Granger! –exclamó McLaggen, sorprendido cuando, al salir del baño y cerrar la puerta tras él, me encontró de frente.

-¿Hay alguien dentro? –pregunté, aunque ya conocía la respuesta. Llevaba un rato observando tras la estatua, al fin y al cabo.

-N-no… ¿Qué es lo que…?

No pudo acabar de formular la pregunta, pues abrí la puerta tras él y lo empujé dentro. Cerré la puerta con un movimiento de varita.

-¿Granger?

Sonreí. Al menos había logrado captar su atención, aunque sonara un poco asustado.

-He estado pensando –comencé, sin saber muy bien cómo iba a acabar aquello-, creo que me precipité al rechazarte. Quiero decir –me acerqué a él, que pareció dudar entre quedarse quieto o correr y encerrarse en uno de los retretes-, me gustaría intentarlo… Ya sabes –me mordí el labio descaradamente-, ver hasta dónde podríamos llegar tú y yo.

-¿Me estás proponiendo algo, Granger? –dijo McLaggen, con más confianza.

-Me preguntaba si querrías ir conmigo a la fiesta de navidad de Slughorn.

-Claro –contestó, sin pensárselo mucho-. Podría ser divertido.

oooooooooooo

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

No hacía falta decir que me arrepentí de inmediato de haber invitado a Cormac. Podría haber sido inteligente y haber ido sola a la fiesta. O con Harry, que se lo acabó pidiendo a Luna. Pero no, Hermione Granger tenía que hacer sufrir a Ron, aunque eso implicase una noche de tortura al lado de Cormac.

Todo para un instante de satisfacción al ver la cara que se le puso al pelirrojo cuando e enteró. Aunque, a decir verdad, sí que había merecido la pena.

Allí estaba yo, tras dos horas de intensa lucha para domar mi pelo, de pie en medio del mágicamente ampliado despacho de Slughorn, decorado profusamente para la ocasión. Frente a mí estaba Cormac, que no había parado de hablar desde que salimos de la Sala Común.

-… Sí, aquel día llovía a cántaros y no se veía a más de medio metro de distancia, pero a pesar de todo, fui capaz de ver la quaffle en el último momento y…

De repente, lo vi. A pocos metros de donde me encontraba estaba Snape, alto e intimidante como siempre, conversando con los que debían ser Eldred Worple y el vampiro Sanguini. Me pregunté de qué estarían hablando.

-…justo me lanzaron una bludger para despistarme, pero rápidamente la esquivé y logré parar la quaffle con una patada. ¡Qué pena que no pudieras verlo!

-Sí, una lástima –contesté, sin saber muy bien qué era lo que tenía que darme pena. En aquel momento, un elfo doméstico se paró junto a Snape. Éste, cogió un panecillo de los que había en la bandeja que el elfo llevaba en equilibrio sobre la cabeza y se lo comió, sin hacer siquiera un gesto de agradecimiento al pobre elfo.

Sentí cómo me llenaba de indignación su indiferencia. ¿Por qué les costaba tanto a los magos tratar a los elfos domésticos como iguales? No, tuve que recordarme a mí misma con pesar, para ellos no son iguales. Son esclavos.

Debía de llevar un rato mirando a Snape con furia, porque me devolvió la mirada.

Intenté volver a centrar mi atención en Cormac, que contaba otra de sus magníficas paradas, pero apenas podía entender lo que decía. Sentía que Snape continuaba observándome con sus ojos penetrantes.

Luchaba con todas mis fuerzas por no volver a mirarlo.

Después de todo lo ocurrido, tenía que añadir otra faceta a mi imagen de Snape. Además de profesor, exmortífago, siniestro y protector, había descubierto algo más. Era un hombre.

Resultaba increíble lo diferente que podías llegar a ver a una persona tras darte cuenta de algo tan obvio.

-Ven –dijo Cormac, poniendo su mano sobre mi espalda, sacándome de mi ensoñación. Me guió hasta un lugar apartado. Lo miré frustrada; desde allí no podía ver a Snape-. Aquí podremos hablar… sin distracciones.

Me sonrojé. ¿Tan evidente era que no le había estado prestando atención?

-Te sienta muy bien ese vestido –comentó, mirándome el escote. O tal vez sólo admiraba el vestido.

-Gracias –contesté, sintiéndome algo incómoda-. ¿Fuiste a la final de la Copa de Quidditch de hace dos años, Cormac?

-¡Sí! –dijo, entusiasmado. Sonreí, pensando que aquello le daría para hablar unos diez o quince minutos más y lo alejaría de pensamientos… poco decorosos-. Fue una experiencia inolvidable. Pero, basta de hablar de Quidditch –maldita sea. Cormac puso cara de deseo. Mi estrategia no había funcionado-. Mira arriba.

Hice lo que me dijo. Me agobié al ver que estábamos justo debajo del muérdago. Estaba bastante segura de que no había sido casualidad.

No había apartado mis ojos del muérdago, cuando McLaggen puso sus manos sobre mi cuello. Me besó.

Era como ser besada por una babosa. Apenas aguanté unos segundo, antes de empezar a retorcerme para intentar separarme de él. Entonces los vi.

-¡Harry! –grité, y corrí hacia donde se encontraban él y Luna, dejando a McLaggen solo y desconcertado.

Me uní a la pareja. Harry me saludó, mientras Luna continuaba observando todo a su alrededor, maravillada. Mientras charlaba con ellos, la fiesta me empezó a parecer menos terrible.

Por desgracia, mi tranquilidad no duró demasiado. El karma me golpeó en forma de Cormac, que se acercaba hacia donde nos encontrábamos. Parecía enfadado.

Apenas tuve tiempo de despedirme. Me marché de allí, esquivando a los invitados y procurando no tropezarme con ningún elfo.

Esa vez no pude evitarlo por tanto tiempo. Cuando me alcanzó, me cogió del brazo y me llevó hasta un lugar apartado, junto a una de las ventanas.

-¿Por qué me evitas? –directo al grano-. Fuiste tú la que me pidió venir juntos, ¿por qué has salido corriendo?

-Oh, lo siento mucho –me disculpé, tal vez con demasiado ímpetu para resultar creíble-. No huía de ti. Es sólo que vi a Harry y a Luna Lovegood y quise ir a saludarles. ¿Los has visto? Han venido juntos.

-¿Sabes qué? –preguntó, poniendo sus dos manos sobre mi cintura. No, no quería saberlo-. No quiero hablar de Potter y de Lunática.

-No, claro… ¿De qué quieres hablar?

-De nada, en realidad –contestó, atrayéndome hacia él con sus manos.

Sabía que esa vez no podría escapar tan fácilmente. Peor aún, estábamos semiocultos por las cortinas, por lo que nadie podía vernos, así que Cormac no iba a controlar sus impulsos como hasta entonces.

Me preparé para que me besara de nuevo pero, en su lugar, me estremecí cuando sentí su aliento en mi cuello, cerca de la oreja.

-Te dije que acabarías siendo mía, Hermione Granger –me susurró al oído. Después, me mordió el lóbulo de la oreja.

Quería escapar, pero las fuerzas me fallaban.

Jugueteó con mi oreja un rato, mientras pegaba mi cuerpo al suyo con sus manos. Podía sentir su calor, mi pecho contra el suyo, sus manos en mi espalda, una de ellas bajando lentamente.

-M… Cormac… -murmuré, intentando pedirle que se apartara, sin éxito. Aquello solo sirvió para excitarlo aún más. Pasó a atacar mi boca.

-¡…Sanguini! ¿Dónde vas? –se oyó a pocos metros. Apostaría mi copia de la Historia de Hogwarts a que el vampiro había sido atraído por el olor a sexo.

Cormac no se detuvo. Continuó besándome y explorando mi cuerpo con sus manos. Las dos tirantas de mi vestido caían a los lados. Rogué para que tardara en encontrar la cremallera.

Cuando una de sus manos halló el camino entre mis piernas, pensé seriamente en detenerlo. Un hechizo bastaría.

-Cormac… -¡chas! Sonido de succión al separarme de su boca-. Por favor, Cormac… Para, podrían… ah.

Estaba muy, muy cerca de llegar a mi intimidad…

-¿Qué está pasando aquí? –preguntó una voz, logrando que Cormac se despegase de mí unos centímetros. Aproveché para empujarlo.

Era Snape.

-McLaggen, ¿dónde cree que va? –Snape lo agarró por la túnica, impidiéndole huir. Snape me miraba fijamente, haciéndome sentir desnuda.

Luego recordé que, efectivamente, McLaggen casi me había dejado sin vestido. Traté de volver a colocármelo a toda prisa.

-¿Se encuentra bien, Granger? –asentí, absolutamente incapaz de articular palabra-. ¿Le ha hecho daño?

Negué con la cabeza. Error. Debió de verme el cuello enrojecido, porque sujetó a Cormac con aún más fuerza. Se enfrentó a él.

-Si vuelve siquiera a rozar a Granger, o a cualquier otra alumna, me encargaré personalmente de que lo expulsen de la escuela –amenazó, con aquella voz profunda e intimidante que tenía. Me temblaron las piernas, a pesar de que esta vez la amenaza no iba dirigida a mí-. Cincuenta puntos menos para Gryffindor. Y prepárese para una larga temporada de castigos cuando regrese de las vacaciones. Si es que tiene el valor de regresar. Lárguese.

McLaggen no se lo pensó dos veces. En cuanto se vio libre de Snape, salió disparado hacia la salida del despacho. Cuando se aseguró de que, efectivamente, se había marchado, Snape se volvió hacia mí.

-No vaya directamente a la Sala Común, si no quiere volver a encontrarse con él esta noche.

Así, sin decir más, regresó a la fiesta. Yo decidí seguir su consejo no solicitado y, tras intentar adecentarme un poco y esperar unos minutos por seguridad, fui en dirección a la Sala de los Menesteres.


Nota de la autora: ¡uy, uy, uy! ¡En los líos en que se nos mete Hermione! ¿Qué decidirá hacer durante las vacaciones de navidad? Ya os adelanto que serán muy moviditas…

¡Gracias por leer!