Lobo decidido

La luna se mantenía en su punto más alto, era una noche sin estrellas, sin nubes, sumida en la luminosa vida de anuncios y edificios, en la que nadie reparaba en las sombras que se movían sigilosas entre los callejones.

Su objetivo era un lujoso restaurante en pleno centro de Tokio. Era un edificio de reciente construcción, pero diseñado como si hubiese sido edificado hacía un siglo conservando el claro estereotipo de lo que debía de ser un palacio típicamente japonés, según la perspectiva occidental.

Kōga nunca había estado antes ahí, aunque lo conocía de nombre. Sin embargo, de acuerdo a su información, esa noche había una fiesta de cumpleaños en honor al jefe de una importante cédula Yazuka. Itsuki y un ogro lo seguían sin hacer preguntas, de todo el grupo que había refugiado en la montaña, era los únicos que podían cumplir el cometido para el que se había preparado las últimas dos semanas.

Llegaron hasta los límites de la propiedad, el general detuvo su paso y sin mirar a sus acompañantes solo apretó los puños.

—Solo van a hacer exactamente lo que acordamos ¿Entendido?

Los otros dos asintieron.

El lobo tomó aire. Había llegado a un punto de no retorno.

Tras haber dejado la montaña aquella noche en que había accedido a reunirse con los otros, había corrido a su casa. No se trataba de un engaño, su hijo no había llegado y su esposa aún no había intentado localizarlo, tenía entendido que tenía entrenamiento así que no se había preocupado por ello.

Lo buscó por todas partes pero el único rastro que había obtenido se perdía en esa montaña.

Aquella mujer iba a arrepentirse haber siquiera tocado a su hijo.

Tronó sus nudillos y se preparó para entrar. Fue el primero en saltar el muro, apenas tocó tierra al otro lado, como un remolino cruzo el jardín derribando la puerta, de manera que su llegada pudiera hacerse todo lo escandalosa que pudo.

Sabía que no lo recibirán con espadas, no era una película, los disparos no se hicieron esperar y confió en que los otros dos estuvieran consientes de ello, aunque si salían heridos empezarían a entender que las cosas habían cambiado y la inferioridad de los humanos había dado un giro vertiginoso, compensando su debilidad con ingenio.

La primera planta estaba ocupada por los cabecillas menores y una muy exclusiva concurrencia bien armada y con dos dedos de frente, lo que significaba que no eran una panda de idiotas que gritaban disparando a diestra y siniestra.

Dejó que sus dos acompañantes se hicieran cargo de esa planta, él iba a subir, en el salón privado estaba el jefe y sus más cercanos.

Apenas habían escuchado el barullo armado, se había apostado en la puerta del espacio reservado una fila de los mejores guardaespaldas. Evadiendo la primera ráfaga de balas golpeó el piso levantando las maderas que detuvieron los impactos siguientes y lo ocultaron mientras abría un boquete en la habitación contigua para ir por ahí.

Se movía tan rápido que, antes de que los hombres entendieran siquiera lo que había hecho, él ya había llegado al reservado tomando desprevenidos todos.

Con las garras arrancó la garganta del que tenía más cercano y esperó un poco.

—¡Protejan al jefe!

Kōga sonrió, no sabía cuál de todos era el jefe, así que esperaba que hicieran algo así. Había matado a uno para asustarlos, y conforme su experiencia y juicio, definitivamente no sería el más alto rango el de la orilla.

Formaron un cerco alrededor del jefe mientras disparaban, pero ninguno alcanzo siquiera a tocarlo. Los guardias de afuera ya habían comprendido la estrategia y dado que la puerta se hallaba cerrada por dentro, debían derribarla. Por sentido común no lo hacían con balas pero no les tomaría mucho vencer la placa de madera a golpes.

Para cuando el grupo consiguió entrar, todos los del interior estaban muertos. Kōga les miró de soslayo con la sangre en las manos cayendo en gruesas gotas hacia la mesa. Los hombres, aún siendo criados en una agitada ciudad donde se imponía la razón y lógica, fueron capaces de comprender que el brillo de sus ojos, no era humano.

El lobo había emergido a través del disfraz humano que había usado por tanto tiempo, y la noche de cacería avivaba el olvidado sentimiento del predador. Entreabrió los labios pero solo se escuchó un gruñido animal.

Ninguno de los guardias fue capaz de sobreponerse rápidamente a aquella opresión que generaba la poderosa presencia de la criatura. El error les costó la vida, se había lanzado sobre ellos abatiéndolos de la misma manera en que había hecho con los otros.

Los chillidos enloquecidos del jefe sobreviviente pronto fueron lo único que se escuchó en todo el lugar.

Itsuki y el ogro subieron las escaleras tras haber acabado sus deberes abajo y se reunieron con él.

Kōga tomó por la ropa al hombre, ya era viejo, aunque se mantenía saludable. Si no fuera por el terror que lo invadía seguramente tendría un porte más señorial, como se supone debiera ser dada su posición.

—Este es— fue todo lo que dijo.

El ogro sonrió y se acercó hasta él para verlo mejor.

—Creo que sobrevivirá si lo golpeamos lo suficiente como para hacerlo creíble.

—Dame tu espada— pidió Kōga habiéndose recuperado del frenesí en el que había entrado.

Él era un ōkami yōkai de sangre pura, aquellos descontroles solo debían sucederle a los hanyō. Quizás se debía a la abstinencia a la que se había sometido, o la furia que lo dominaba, o una mezcla de ambas. De cualquier forma, el daño estaba hecho.

Itsuki entregó su nueva arma. Al examinarla, notó que el trabajo era excelente, pero distaba de ser una espada poderosa.

Kōga dejó caer al hombre, este ya no gritaba, solo tenía los ojos exageradamente abiertos. La espada se levantó y bajó rápidamente clavándose en su carne.

—Es una herida mortal, pero no he tocado su corazón, si lo posesionas ahora seguramente sobrevivirá. Sería inconveniente manejar un cadáver— fue todo lo que dijo mientras el ogro se arrodillaba junto al hombre.

Mantuvo la vista fija en el desagradable proceso. No contaban con mucho tiempo, la policía seguramente no se aparecería, pero sin duda el escándalo llamaría la atención de los no invitados que pertenecían a la misma cédula. Era algo positivo en realidad, pues debían llevar a su jefe a un hospital cuanto antes o el ogro terminaría con un cadáver por disfraz.

Antes de marcharse, bajaron al cuarto de seguridad. Como era de esperarse no había nadie, pero lo importante en todo caso, era que ahí se encontraban los videos de las cámaras de vigilancia: destruyó el equipo completo, esperaba que eso imposibilitara la reconstrucción de una imagen. A Itsuki y el ogro podía darles igual, pero el todavía tenía una apariencia que cuidar.

Escuchó las sirenas de las ambulancias y salieron pasando por la primera planta en la que los hombres yacían despedazados sobre el piso. Vio el cuerpo de una de las meseras no muy lejos de ahí y solo suspiró.

El lugar y el momento equivocados. Ya que él estaba a cargo, trataría de controlar las bajas, pero tampoco se podía armar una guerra con saldo blanco.

Los dos perpetradores abandonaron el lugar sin que nadie los viera.


Comentarios y aclaraciones:

Creo que tenía muy abandonado este fic ¿Qué más puedo decir?

Cambié el título porque me pareció más apropiado, e hice algunas correcciones menores en los capítulos, de cualquier forma, estamos de regreso.

Bueno, no se si podré publicar antes de fin de año, de cualquier forma, me adelantaré un poco por si no ¡Felices fiestas!

¡Gracias por leer!