Y así el dios del fujoshi gritó ¡hágase la luz!, y el yaoi fue creado.


.6.


—¡Sanji quiero caaaaaaaaaaaaaaarneeee! —se quejó desinflándose contra la mesa.

El rubio mordió el cigarro entre sus dientes y levantó la pierna golpeando la cabeza del azabache con su talón. Luffy gritó por el golpe, y cayó al suelo estruendosamente.

—¡Ve y compra entonces bastardo! —gritó en su mano aún sosteniendo una bandeja con bebidas frías. Dejando al azabache murmurando el dolor que sentía y sobándose la nuca, de repente su expresión cambió a una amorosa y se acercó casi flotando a las dos mujeres sentadas en el sofá—. Para ustedes, mis mademoiselles —ofreció inclinándose y como si lo anterior nunca hubiera pasado.

Vivi rió con gracia aceptando la bebida y Nami le agradeció.

—Pero sabes —comentó Nami luego de haberle dado el primer trago. Exquisito, por supuesto—. Es muy cruel de tu parte tratar a Luffy así —comentó como quien habla del clima.

Al instante la expresión amorosa de Sanji murió y cambió por una de disgusto mientras veía al montículo que era su amigo en el suelo quejándose por el dolor de cabeza. Murmuró una blasfemia y guardó la bandeja bajo su brazo.

—Si ese bastardo quiere que le cocine entonces primero tendrá que disculparse por haber roto una de mis sartenes favoritas —gruñó recordando la escena vívida en su mente, la sartén era anti adherente, de mango climatizado, metal antioxidante y, por haber sido un regalo de cumpleaños de un cliente habitual del restaurante, en resumen: hecha sólo para él; había tenido diseños de olas marinas en ella—. Y eso que siempre le digo que no se acerque a la cocina. Tsk, no sé qué hacer con él.

Suspiró al final y de verdad lamentó la pérdida de su utensilio de cocina. Le tenía mucho afecto, había sido su orgullo por mucho tiempo.

—Bueno, —habló calmada y por primera vez—. Si ese es el caso: te recomendaría comenzar a recompensarlo cada vez que hace algo bien, por ejemplo: no acercándose a la comida o tragando con más despacio, de igual forma, reprimiendo tus afectos hacia él cuando hace lo contrario: como ahora, no le prestes atención por un tiempo y estoy segura que Luffy se arrepentirá de lo que hizo —dijo Vivi sonriendo amablemente y teniendo el vaso de cristal en su manos, la limonada brillando junto con la hierbabuena en ella.

A Sanji se le iluminó la cara de repente y agradeció a la hermosa mujer por su inteligencia, conocimiento, ayuda, inspiración en ese momento de oscuridad... Antes, de caer en cuenta de algo.

—Disculpa que te acuse de algo así mi bella mademoiselle —dijo Sanji avergonzado—. ¿Pero acaso no acabas de recomendarme tratar a Luffy como un... perro? —preguntó inseguro.

Su única respuesta por parte de la chica fue una leve risa y una mirada para nada avergonzada. A su lado, Nami abrió bien los ojos.

Wo —inspiró sorprendida—. Hay que ver que eres de mi tipo —sonrió viendo a Vivi y entrelazando sus manos con ella, a lo que la chica respondió apretando ligeramente sus dedos.

Sanji sonrió al ver a la recién pareja. Sabiendo de la seriedad de la pelirroja para con la chica y de que aunque, llevaban poco tiempo juntas, las cosas habían ido bien entre ellas.

Se merecían esa felicidad, y bien sabía que ambas eran la una para la otra.

Por alguna razón, algo que no supo comprender en su mente, no pudo evitar vagar de tema en tema hasta llegar a un conocido monstruo verde para él. Ahí estaba de nuevo, como un nombre, un insulto y un carácter de computadora: nada más.

Y siendo como era fue... Extraño, por decir no menos. Trescientos treinta y tres días habían pasado desde que se habían conocido, y no habían sido sino dos semanas antes de la fecha, que Sanji había realizado que ya no pensaba en Monster como lo hacía con sus demás amigos.

No era un Luffy que se comía y exigía por su comida, no era un Franky que le gritaba cuando estaba emocionado, ni era un Ussop que le ayudaba en nuevas comidas (porque sí, aunque no lo pareciera el hombre de nariz larga tenía un refinado paladar), y ni siquiera era un Brook, que le hablaba de vinos o compartía los gustos musicales a diario.

No era ni siquiera como Robin o Nami, que merecían ser alabadas y consentidas por sobre todo.

Sólo era... Él.

Esa noche las cuatro etapas luego de haberlo realizado habían llegado en orden de importancia. Primero había gritado y negado, salir a deshoras la había distraído y hecho pensar que estaba mal, pero cuando ni todas las mujeres en sus brazos y cama pudieron hacer callar sus pensamientos pasó por la etapa de la incomprensión, depresión, enojo (el cual le llegó a pasar factura con el número de tres platos rotos y un mueble agujerado), y finalmente: aceptación.

Sanji tenía sentimientos por el jugador. No eran platónicos, no era como nada que había tenido antes, aunque, de alguna forma eso le hacía sentir muy bien, saber que no era lo mismo de siempre.

No habían palabras bonitas, ni un sentimiento de estar flotando sobre las nubes ni estar rodeado de flores y corazones. No se sentía en la necesidad de estar consintiendo ni alabando al hombre. No quería besarle los pies. No quería ni siquiera protegerlo de nada. Era más como un reto, como una fuerza que le impulsaba a discutir cada vez que podía. Le encantaba insultar al hombre, sacarlo de sus casillas, que le gritara, que le hiciera enrojecer de furia.

Sentía que era su igual, que no debía esperar por él, que siempre estaría aunque fuera con su silencio y cortas palabras. Con esas expresiones que ya se sabía de memoria y ese gusto por sacarlo de sus casillas que nunca terminaba.

¿Era masoquista? Después de mucho pensarlo, se decidió porque no lo creía así, entendía que desde siempre lo que le gustaba era el reto, ese deseo de ser mejor que el otro, esa intensidad que en primer lugar le puso a mejorar sus habilidades en la cocina sólo para poder decir que era mejor que los demás cocineros de Zeff aún sólo teniendo diez años en su historial. Actualmente, estaba agradecido de su terquedad que le había permitido tener el nivel que tenía hoy en día y haber encontrado su pasión a temprana edad.

Pero no era amor, no, Sanji sólo amaba a las mujeres. Pero luego de once meses conociéndose, y siete hablando, ya no podía negar que el monstruo no tenía un lugar en su corazón.

Amor nunca, la mera idea era ridícula. Pero creía que podía ponerlo bajo el nombre de mejor amigo, sí, creía que así podía referirse al hombre de ahora en adelante.

—¡Sanjiiiiiiiiiiiiii! —se quejó Luffy de nuevo. Esta vez el rubio no dudó, y la patada que le propinó en la cabeza le hizo dudar seriamente si no estaría matando las pocas células cerebrales restantes en él.

Dah, no era como si tampoco fuera su problema se recordó.


—Imbécil.

—Idiota.

—Cocinero de mierda.

—Espadachín de porquería.

—Asqueroso pervertido.

—¡Ah! ¿¡A quien le llamas pervertido gorila sin neuronas!? —gritó molesto.

—Oh —dijeron en la otra línea—. Esa es nueva.

—¿Ah que si?

—No era como si te estuviera alabando cocinero sin futuro.

—¡Mal nacido gamer! —gritó Sanji molesto.

Zoro tosió tratando de ocultar una risa y supo que falló miserablemente cuando al otro lado la voz de Blonde se tornó más sarcástica.

Casi se imaginó una media sonrisa en los labios del hombre a punto de replicarle.

Le detuvo antes de que comentara nada.

—¿Y bien? ¿Al final te decidiste que vas a hacer con el trabajo? —preguntó con seriedad.

Al otro lado Sanji frunció el ceño y se mordió el labio inferior.

—Como me arrepiento de haberte contado nada —admitió suspirando.

—Pero lo hiciste. —Zoro se encogió de hombros y dijo—: El punto es que algo tienes que hacer, ambos sabemos lo mucho que quieres abrir alas y crear tu propio negocio y esta es la mejor oportunidad para lograrlo.

—¡Lo sé, lo sé!... Es sólo...

No dijo más y Zoro suspiró a sabiendas que esta llamada iba a ser más larga que las anteriores que habían tenido antes. Por suerte, al menos Blonde se había creado una cuenta de Skype después de hostigarlo por semanas con ello y ahora no tenía que preocuparse de tener una cuenta de ahorros sólo para las llamadas internacionales que tenían.

Oyó a Blonde suspirar al otro lado de la línea y supo que estaba muy preocupado por dentro.

Blonde quería independizarse, ser dueño de su propio restaurante, y no como él sabía que todos sus amigos lo veían (por qué los amigos de Blonde no lo comprendían era algo más allá de la comprendion de Zoro, él ni siquiera lo veía y sabía que eso no era lo que quería), Blonde no quería sólo heredar el restaurante de su padre adoptivo como sabía que haría al morir el mismo. Él quería comenzar el suyo desde cero, pelear contra marea y sol para hacerlo prosperar, crearse un nombre aún en medio de una gran marea de cadenas exitosas.

Quería poder decir, con propiedad, que él era el dueño y responsable de su negocio. Y Zoro comprendía cada palabra del mismo.

—Pero... ¿Y si no sale bien? —preguntó de repente Blonde interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Qué pasa si ellos no les gustan como sirvo las almejas? ¿O terminan viniendo más de lo que tenía planeado y no todos comen lo mismo? ¿Y si todo llega frío o el horno no funciona o la máquina de hielo se avería? O mi dios y los pasteles, se dañarían al instante y llegarían chiclosos a las mesas y...

Zoro suspiró, recargando su cabeza contra la cabecera del sofá y viendo el techo blando frente a él.

—... El helado se derretiría, la sopa crema sería más sopa ¡y hasta la pasta no estaría en su punto y nadie querría saber nada de ella!

Suficiente.

—¡Blonde! —gritó molesto. Al instante el otro lado de la línea se detuvo el ruido pero no duró ni dos segundos para su molestia.

—¡Quién te crees que eres para andarme gritando bastardo sin sensibilidad! —gritó molesto, Sanji vio el teléfono en sus manos y estuvo a punta de escupirle a la pantalla. Zoro suspiró, los arranques de ira de Blonde le habían dejado de parecer sorprendentes luego de la primera semana hablando.

El hombre era demasiado cambiante, en un instante podía estar muy feliz, y al siguiente muy triste, pero siempre había fuerza de por medio. Aunque no podía quejarse, eso le hacía más fácil comprender al hombre del teléfono.

—No te estoy gritando —respondió despacio, en su mente sabiendo que sí le había gritado minutos antes—. Sólo, escucha. Todo va a estar bien, la comida va a estar bien, el servicio va a estar bien, el horno va a servir, ¡coño! ¡Hasta la puta máquina de hielo va a funcionar a la perfección! Porque has lidiado con peores cosas en tu trabajo y sabes qué hacer para que todo salga bien al final.

No oyó respuesta y supuso que debía haber dicho lo correcto.

—Pero más importante —no había terminado—. vas a a estar bien —aseguró dejando una pequeña sonrisa escaparse de sus labios.

No oyó nada por un largo rato, pero sonidos extraños y el roce de cosas le hizo arquear una ceja. Más, cuando reconoció uno de ellos.

—¿Blonde estás llorando? —preguntó demasiado divertido como para poder evitarlo. Una maldición vino del otro lado pero el sonido de unas manos restregando piel le hizo sonreír con mayor fuerza.

—Obvio que no hijo de puta, —respondió a secas—. Sólo estaba pensando en lo idiota que puedes llegar a ser luego que dijeras todo eso —respondió ya con voz normal.

—Como digas, cocinero —respondió dejándolo ir—. Pero creo que deberías buscar algo que te mantenga relajado hasta entonces, ¿es una fiesta para doscientas personas verdad? Si fumas como lo haces normalmente vas a terminar con los pulmones negros para cuando termine.

Lo dijo medio bromeando medio en serio, de alguna forma sí preocupado por la salud de su amigo telefónico.

Para su satisfacción, después de casi un año de conocer al tipo, su cabeza no se burló ni susurró nada cuando había dicho que era amigo de él. Ya su mente lo aceptaba como tal.

—Bastardo —gruñó Blonde—. Pero creo que tienes un punto, voy a ver que consigo. Igual no puedo fumar al preparar muchas de las comidas y no me va a servir de nada estar nervioso mientras las cocino.

Un momento de silencio, un roce de ropas y el sonido de ollas al chocar que le hizo realizar que el cocinero iba a ponerse a, irónicamente, cocinar.

—Así que voy a hacer lo mismo cuando niño y voy a experimentar un poco mientras me calmo, buenas recetas me salieron en ese entonces. No creo que sería malo tener otra de esas.

Zoro decidió que también tenía hambre, y en su nevera sólo habían dos cervezas y unos cuantos vegetales que le habían sido regalados por la vecina de al lado estaban a la vista. No había sabido cómo negarse en su momento a la dulce ancianita, y ahora no sabía qué hacer con ellos antes de que pudrieran.

—Oi, escuché ese suspiro , ¿qué pasa? —preguntó Blonde aún en su teléfono.

Zoro frunció el ceño y recordó que aún no había colgado la llamada.

—Nada, sólo tengo hambre y no tengo nada para comer —respondió molesto.

—No te creo —se bufó Blonde—. Anda, cítame todo lo que tú estúpida cabeza de asocial puede identificar en la nevera.

Zoro se decidió por ignorar el insulto y en cambio procedió a citarle al jugador todo lo que sus ojos veían. Cebollas, tres tomates, una zanahoria y tres tipos diferentes de ramas que, aunque se veían igual, olían diferente.

Blonde se burló por ello y Zoro no pudo defenderse a sabiendas que de verdad no sabía la diferencia entre las tres armas verdes, o siquiera si eran comestibles.

—... Hum, esto va a servir... Sí, supongo que debes tener alguna cacerola y no eres alérgico a nada... Ok, puedo trabajar con esto —dijo de repente.

Zoro frunció el ceño sin entender el contexto de todo.

—Comencemos entonces —exclamó de repente sorprendiendo a Zoro—. Toma tres cebollas y un tomate, vamos a hacerte la cena —decretó.

Y aún a pesar de todo lo que peleó y batalló Zoro, al final y luego del doble del tiempo que habría tardado una persona común en hacerlos, terminó con una salsa de vegetales junto con unos rollos de pasta. Fue simple, pero también más de lo que Zoro había tenido por su cuenta en mucho mucho tiempo.

—Yo también ando un poco estresado —admitió ya con el plato frente a él y todo limpio desde cuchillos a la tabla de cortar—. El trabajo a estado lento, y... —recordó el tiempo que Blonde había desaparecido de su vida y lo que había desencadenado. Un viejo hábito en él—... He comenzado a entrenar un poco, nada serio, sólo pesas, pero me molesta ver que no mejoro a la velocidad que quisiera y no me sirve saber el límite que podría alcanzar de ser mejor —admitió en un susurro muy bajo.

Le dolía no poder levantar lo mismo que levantaba años antes. Si tuviera que ponerlo en palabras, diría que se sentía como un pianista que luego de un accidente los dedos le tronaban y se trancaban en las zonas importantes. Era frustrante, y poder compararlo con su propio pasado lo hacía peor.

Casi pensó que Blonde no le había escuchado, cuando desde el teléfono boca arriba sobre la mesa y en alta voz, un sonido parecido a un chasquido de lengua sonó.

—Yo fumo, pero cuando no puedo hacerlo, cocinar me calma. Piénsalo ermitaño de mierda, ¿qué te calma si no puedes entrenar?

La pregunta quedó guindando en el aire. Y Zoro estuvo por un largo rato con el tenedor a medio camino y la boca abierta sin decir nada. Un suspiro sonó en la línea y el sonido de unos platos al ser puestos resonó.

—Piénsalo. Oye: te dejo, voy a ponerme a trabajar en el menú de la fiesta y después voy a llamar a unos cuantos amigos.

—Sí, adiós —respondió Zoro aún ido.

El sonido de la llamada al ser cortada sonó y en la pantalla de leyó la palabra Desconectado, seguido del tiempo de duración que tuvo la llamada, en este caso 5 horas con 32 minutos y 12 segundos, no la más larga que habían tenido, pero muy extendida en comparación a otras.

Zoro se quedó ahí, quieto, por el tiempo que sintió que debía estarlo, con los restos de la comida enfriándose en su plato y la mirada perdida en un punto visto por él en la pared. Se sintió movido, melancólico, y más importante:

Sintió que le debía al jugador mucho.

Vio su teléfono de nuevo. Y recordó (gracias a un evento anual del juego) que dentro de un mes exacto pasaría un año desde que había conocido al otro. Lo pensó bien, y recordando un tópico que había nacido entre ellos al principio de la llamada le hizo sonreír y desbloquear el aparato, navegando a través de una página de compras, a la vez que buscaba una de sellado y pensaba en el tiempo y costo de envío desde Japón a Estados Unidos.


Tres semanas después, con el envío hecho y el tiempo contado. Zoro recordó las palabras de Blonde en su mente, decidió cerrar los ojos, se sentó en el suelo, silenció sus pensamientos.

Y como no hacía desde tantos años atrás...

Meditó.


Un 4 de marzo Sanji regresó a casa con todos sus amigos tras él para hacer una fiesta muy tarde en la noche, y una hora después, con Nami y Vivi hablando a susurros, con Luffy cantando karaoke con Ussop, la hermosa Robin tomando una taza de café, Brook riendo a carcajadas de su propio chiste y Franky riendo al lado del mismo, alguien tocó el timbre, y afuera un mensajero esperaba.

—¿Sanji Vinsmoke? —preguntó con profesionalismo. Sanji asintió sin entender mucho y este le ofreció una tabla—. Firme aquí, por favor.

Sanji firmó, y el hombre le dio un paquete bajo su brazo antes de marcharse. Dentro de su apartamento, todos vieron a la caja con duda y más de uno rodeó al rubio mientras este trataba de abrir la misma.

—¡Qué será! ¡Qué será! —gritó saltando Luffy. A su lado la mirada de Ussop se iluminó curiosa y Nami inclinó su cuerpo hacia adelante inspeccionándolo.

—¿Compraste algo? —preguntó curiosa. Sanji negó.

—No —dijo—, ni esperaba nada—agregó para sus interiores.

Abrió la caja, y dentro había una sartén brillante y nueva, del mismo tipo del cual había perdido, de lejos vio olas espumosas rodeando el borde y un tono azul claro y oscuro se intercalaban en el mismo. Un mango plateado y el sello de una marca personal en el borde interno le hizo parpadear y más ver encima y dentro de la sartén, donde una tarjeta blanca tenía escritura en dos idiomas, al parecer lo mismo escrito de ambas formas.

"Es bueno ver que no has perdido mi número luego de un año conociéndonos. Suerte en el negocio, aunque no la necesitas.

Psd: úsala para los postres".

Tomándola con la mano temblorosa Sanji la releyó. Todos a su alrededor comenzaron a gritar y lanzar preguntas sobre por qué, cómo, cuándo y dónde. Pero nada de eso tuvo valor para Sanji en ese momento.

Para él sólo importó, que su corazón estaba latiendo más fuerte que de costumbre y que las ganas de gritar, saltar y llorar a la vez se peleaban por un puesto en su mente, por la realización que le había golpeado de repente.

Y era, que Sanji amaba a ese hombre.

Perdona que actúe así, pero me da miedo ver lo mucho que me importas en tan poco tiempo.


...

Buenas buenas!

Es bueno ver que siguen leyendo este pobre intento de romance mío. Por fin las cosas se pondrán serias y sigo al pendiente de todas sus peticiones y recomendaciones.

Hasta la próxima!

Bye...