1. algunos de los personajes usados en esta historia pertenecen a Naoko Takeuchi (digo algunos personajes porque otros preferí mantenerlos del original)
2. la historia no me pertenece ni es de mi autoría, la historia se llama "Intriga y Seducción" y pertenece a Jennifer Blake
Capitulo 7
A Serena le resultó insufrible ser desvestida a la fuerza una vez más, ser incapaz de impedir esa invasión de su intimidad, de su propio ser. Se resistió retorciéndose. La sangre le latía fuertemente en las sienes y el terror renovaba sus fuerzas. Darien se soltaba una y otra vez de las manos de Serena y no parecía notar los arañazos ni los golpes que ella daba al azar. La cabellera de Serena se agitaba en torno a ellos como una cortina reluciente, arremolinándose como un pesado manto de seda.
Con una exclamación de impaciencia, Darien tiró del blusón hacia arriba, aprisionando los brazos de Serena entre los sofocantes pliegues. La atrajo luego con fuerza hacia sí, le desabrochó el vestido y se agachó para cargarla al hombro. Se acercó a la cama y, con un pie en el peldaño, la arrojó sobre el alto colchón. Después se echó a su lado y le acabó de quitar el blusón sin piedad, con indiferencia, por la cabeza. Lo tiró lejos pero retuvo el fajín, que había quedado enganchado en las presillas laterales. Serena respiraba agitadamente. Darien le bajó el vestido y la ropa interior de un tirón, liberando los brazos de las apretadas mangas. Antes de que Serena pudiera golpearle de nuevo, Darien terminó hundiendo los dedos sobre sus muñecas y, sosteniéndolas con una mano, las ato con el fajín de seda. Hizo un nudo y luego la obligó a colocar los brazos por encima de la cabeza.
Paralizada por la sorpresa, Serena se quedó quieta, tenía los ojos muy abiertos cuando miro al príncipe. Sus senos subían y bajaban apretados contra los galones del uniforme, puesto que Darien se hallaba encima de ella, impidiéndole moverse. El rostro del príncipe era impenetrable, las cinceladas líneas de su boca permanecían firmes mientras le daba vueltas con aire pensativo a la pluma de ganso que tenia aun en la mano. Serena miro la pluma y luego a Darien, y los músculos de su estomago se contrajeron.
-La espera, dicen, es la etapa más difícil de soportar de la tortura. ¿Tiene idea, mi dulce e inocente Serena, de lo que pienso hacerle?
En el fondo de su mente se insinuaba una certidumbre, pero Serena la rechazó. Tampoco le dio al príncipe la satisfacción de responder. Guardo silencio, completamente inmóvil, reservando sus fuerzas para ocultar su temor.
-El placer es una sensación de los nervios. Si se alarga demasiado, se convierte en dolor. Los nervios afectados son muy superficiales, se apiñan en las aberturas de nuestro cuerpo, aquí, aquí, aquí y aquí.
Suavemente, Darien recorrió la suave curva de los labios de Serena con la pluma, una de sus orejas, un pezón y luego descendió por los tensos músculos de su abdomen hasta la parte mas intima de su cuerpo. El tono de Darien era indiferente, exento de malicia. Era como si se hubiera preparado de antemano para la tarea, como si no deseara disfrutar ni sentir repugnancia.
Serena se repuso con un gran esfuerzo de voluntad. La lucha física no le serviría de nada pero tal vez las palabras si.
-Esta tarde se ha puesto furioso con Neflyte por mucho menos. ¿Es que las amenazas y los tormentos son privilegios que se reserva para usted solo?
-Eso parece.
-Yo no le he hecho nada. No puedo decirle nada.
-Si lo creyera, haría que sonaran las trompetas y la dejaría en libertad. Pero como no le creo, me obliga a escoger el vulgar procedimiento de los tiranos para descubrir la verdad. Cada uno de sus relucientes cabellos seria una joya preciosa y protegida y su modestia seria investida de inmaculada sanidad si hablara.
El sonido melodioso de su voz al pronunciar aquellas extrañas frases era como una droga que embotaba los sentidos, haciendo que el significado de las palabras penetrara lentamente, destilado y punzante.
-¡Aunque pudiera decirle algo, no tiene derecho a hacer esto!
-Ninguno excepto el que yo mismo me tomo.
-Y si se equivoca, ¿cómo justificara su... lo que esta haciendo? Cometer este crimen para limpiar su nombre es una infamia.
-Quizá tenga razón, pero yo seré quien cargue con esa mancha en mi conciencia mientras usted me condena con toda justicia. Es decir, claro esta, si estoy equivocado.
¿Que replica podía darse a eso? Serena contemplo con impotencia agónica los ojos entornados de Darien y la pluma que hacia girar entre los dedos. Darien se incorporo ligeramente para apoyarse en un codo y recorrer los labios entreabiertos de Serena con la punta de la pluma.
La sensación era exquisita, atormentadora. Serena apretó los puños, tirando de las ataduras que los sujetaban, y volvió la cabeza. La pluma se deslizó sobre su mejilla, acarició un párpado tembloroso y se movió levemente por la línea del pelo hasta la oreja. Se detuvo ahí, mientras Serena intentaba apartar la cabeza, y luego floto suavemente por la curva del cuello y de la clavícula hasta su seno.
Darien aplico su refinado instrumento de tortura con delicadeza hasta que Serena noto que sus pezones se contraían y la invadía una peligrosa languidez. Inspiró con un suave sonido, apretando los dientes contra el labio inferior. Notaba la piel encendida por el calor de la ira, de la vergüenza y de un deseo creciente. La pluma flexible descendió por los temblorosos músculos de su vientre. Serena intento apartarse, cerrar las piernas, pero el las mantuvo abiertas sin compasión con la fuerza de su rodilla entre ellas. Aprovechando esta situación, Darien paso la punta de la pluma a lo largo de la suave parte interna de los muslos, trazando círculos, acercándose cada vez mas al vértice del triangulo que formaban. Se detuvo, demorándose mientras los nervios de Serena se crispaban y la sangre latía en sus oídos. Y luego, levemente, casi como por casualidad, tocó sus partes íntimas.
La sensación la traspasó, vibrante, haciendo que se le pusiera la carne de gallina. La realidad se iba desvaneciendo. Su cuerpo se convirtió en una masa de sensaciones. Aguardó con los músculos tensos y una fascinación degradante el siguiente roce, y el siguiente.
Era un placer dulce y penetrante, un sufrimiento cautivador que creció hasta que Serena dejó de eludirlo. Apenas podía respirar y sus ojos se inundaron de lágrimas ardientes de desesperación que corrieron por sus mejillas, trazando arroyos salados hasta sus cabellos. Con arte consumado, Darien la llevo una y otra vez hasta el borde de la agonía, de modo que Serena podía percibir la forma que habría de tener y la huella que dejaría en su espíritu. En aquel cúmulo de emociones, sintió también algo inimaginable para ella momentos antes, una intimidad con el hombre que la mantenía cautiva, un vínculo de violenta intimidad que jamás había experimentado. Este descubrimiento la aquieto, aunque no por ello disminuyó el placer doloroso que la tenia esclavizada.
Serena abrió los ojos, alzando su húmeda mirada hacia el hombre que tenia encima, y susurro:
-¿Como puede hacer esto?
En las facciones del príncipe había una insólita expresión lúgubre y unas gotas de sudor brillaban sobre su labio superior. Se detuvo. Dejó escapar el aire con una carcajada sardónica y arrojó la pluma a un rincón.
-No puedo -confeso.
Con dedos rápidos, Darien se desabrochó la guerrera yla tiro a un lado, para despojarse de botas y pantalones. Luego se acerco mas a Serena, acunándola contra el, y luego la penetro con insistencia palpitante. Serena quiso protestar, resistirse, pero un intenso éxtasis le cortó la respiración. Darien la penetró aun mas profundamente, llenándola de un placer tan poderoso que la cabeza empezó a darle vueltas, borracha por la súbita gratificación de sus sentidos sobreexcitados. Serena soltó un grito ahogado y arqueó el cuerpo, moviéndose al unísono con el. Alzó las manos atadas y las pasó por encima de la cabeza de Darien para rodearle el cuello. Sus alientos se mezclaron, sus bocas se unieron. Un frenético delirio se apoderó de ellos arrebatándolos en su vértice.
Fue una experiencia demoledora y salvaje, un placer terrible, insoportable, que borro sus diferencias con la fuerza despiadada de un rio desbordado, y se retiro en oleadas, dejándolos exhaustos y estupefactos, unidos en su implacable antagonismo.
Darien se separó de ella inclinando la cabeza para librarse de sus manos atadas. Las tomó entre sus dedos calientes y soltó el fajín anudado. Luego se tumbó y froto las muñecas durante largo rato. Sus dedos se cerraron con mas fuerza un instante, suspiró y, cruzando las manos de Serena sobre su pecho, se dio la vuelta y bajo de la cama. Busco los pantalones y se los puso con movimientos bruscos; contemplo a Serena mientras se los abrochaba con ojos ensombrecidos. Se inclino para recoger la guerrera y las botas con una mano, se pasó la otra por los cabellos, se dirigió a la puerta y la abrió.
Se detuvo para mirar hacia atrás con una expresión de ira contenida. Soltó un juramento y abandono la habitación dando un portazo.
Serena se tumbo boca abajo, moviéndose con las precauciones de quien después de haber recibido una paliza teme que vuelva el dolor. Apoyo la cabeza en los brazos y, sin preguntarse por que lloraba, dejo que las lágrimas purificadoras fluyeran libremente.
Darien no volvió al dormitorio esa noche, y tampoco nadie molesto a Serena cuando llego la mañana. Exhausta, ella durmió profundamente hasta que la despertó el sonido de un portazo distante.
Había dejado de llover. El aire cálido y húmedo de la bahía que la había provocado segura impregnando el ambiente. A través de la ventana vio el resplandor somnoliento y las sombras cortas del mediodía. Serena no necesito del fuego de la chimenea mientras se vestía. Ansiaba tomar un baño, pero no se atrevió a sacar la cabeza por la puerta y gritar para llamar a Sarus, como hacían los otros. Tampoco había bandeja alguna con el desayuno. Solo cuando se vistió y se aventuro a salir al pasillo, descubrió la bandeja con el café y la leche desnatada junto a su puerta.
Los hombres se habían ido. En la gran sala solo halló a Malachite, repantigado en un rincón del sofá junto al fuego, que ardía a pesar de la agradable temperatura. Ante el había una mesa baja con una cafetera de café recién hecho y un plato lleno de croissants.
Malachite se levanto, moviéndose con cierta rigidez y dejando que el peso de su cuerpo recayera sobre el lado izquierdo. Tenía la cara llena de moretones azulados y purpúreos, además de un ojo medio cerrado y un esparadrapo en la sien.
-Mademoiselle Tsukino -dijo, inclinando la cabeza-, buenos días. Por fin empieza mi servicio. Pensaba que el día terminaría sin que la viera.
-¿Tanto tiempo hace que se han levantado? -inquirió Serena, esforzándose por hablar con tono normal, y poso un momento la mirada sobre lo que, aparentemente, era el desayuno de Malachite.
-Sabia que usted no había desayunado, así que la he esperado -la tranquilizó el con una leve sonrisa cuando, al seguir la mirada de Serena, comprendió su significado-. ¿Quiere desayunar conmigo?
Negarse hubiera sido una grosería. Además, estaba hambrienta, sensación que había acrecentado el aroma del café y las pastas. Por lo demás, la explicación de Malachite era totalmente verosímil, pues había dos tazas en la bandeja. Con un murmullo de gratitud, Serena se sentó en el lugar que le indicaba Malachite, a su lado en el sofá.
Malachite se inclino para coger el plato de croissants y parpadeo cuando se volvió para ofrecérselos a Serena. Esta cogió uno rápidamente y mire de reojo a Malachite.
-Yo... lamento que mi intento de huida le causara problemas.
-Lo que yo lamento mas -dijo el, encogiéndose levemente de hombros- es que fuera necesario para usted dejarnos de esa manera.
Malachite volvió a inclinarse para servir el café, pero Serena se anticipo a el tocándole el brazo.
-¿Me permite?
-Se lo agradecería. -Malachite se recostó en el sofá y se quedo mirándola.
Serena sirvió una taza de café y se la paso, luego se sirvió el suyo. Levanto la taza y sorbió el líquido humeante antes de aventurar:
-Tal vez me equivoque, pero creo, señor, que usted me dejo marchar.
Malachite la miro sobresaltado.
-Anoche, cuando la interrogaron, no dijo nada.
A Serena le latía el corazón desacompasadamente. Bajo la vista. Malachite no podía saber lo que había ocurrido entre ella y Darien en el dormitorio. Se refería al interrogatorio durante el juicio.
-Creo que su castigo habría sido mas severo si yo hubiera hablado. Aun así ya fue bastante malo.
-Entonces he de darle las gracias. Y también tendré que cambiar de opinión con respecto a usted. Supero usted el interrogatorio de Darien de manera extraordinaria. He visto a hombres reducidos a meras ruinas balbuceantes ante el, dispuestos a confesar cualquier cosa para eludir sus duras invectivas. Debe usted estar hecha de un material mas fuerte del que yo había imaginado, o el es mas débil de lo que pienso, pero esto ultimo es imposible.
-Usted... todos ustedes lo tratan como si fuera un semidiós. ¿Por que no habría de tener debilidades como los demás hombres?
-Por que no, ciertamente. Pero jamás he visto una sola grieta en su armadura, a menos que cuente cierta despreocupación por su vida, o una tendencia a refugiarse de la perfección en la bebida. Es el futuro rey, ¿comprende? y eso es lo que ha de ser, perfecto en todo, con la fuerza, el valor y la omnipotencia de un dios, es cierto.
-¿No es esperar demasiado de él?
-¿Como se puede dudar de ello, cuando Maximilian encarno todas esas virtudes y mas, y Darien sigue sus pasos?
-Habla usted como si estuviera...
-¿Amargado? Es transitorio. Aun no he superado el resentimiento por mi público castigo. Además, por que no habría de reconocer los defectos de Maximilian y de Darien? ¿Acaso no soy de su misma sangre?
Serena alzo la cabeza sorprendida.
-¿Están ustedes emparentados?
-¿No se lo ha dicho nadie? No tiene importancia, apenas merece que se mencione. Soy el hermanastro de Darien, con la barra siniestrada en mi escudo, el hijo de una vulgar moza de taberna llevada a la corte y entregada en matrimonio a un noble de uno de los linajes mas antiguos de Rutenia, por el padre de Darien... y mío también.
-No, no me lo habían dicho. -Como hijo ilegitimo, Malachite no tendría derecho al trono y, sin embargo, tenia que recibir ordenes de Darien y aceptar sus reprimendas, aun siendo uno o dos años mayor que el.
-Espero que comprenderá ahora que tengo tanto derecho como cualquiera a juzgar a mi hermanastro. Cuando crecíamos en la corte, Maximilian y Darien, Neflyte y yo, siempre estuve mas unido a Max, seguramente porque nos parecíamos y éramos más o menos de la misma edad. Por el momento lo único qué tengo que objetar es el modo que tiene Darien de conseguir información. Aunque admito que, dadas las circunstancias, sus... excesos me parecen comprensibles, al menos en parte.
-¿No me juzgara irracional si le digo que a mi no?
Malachite meneo la cabeza.
-Si le sirve de consuelo, creo que Darien empieza a lamentar lo que ha hecho. Comete muy pocas equivocaciones, pero cuando lo hace, lo paga duramente sometiéndose a su propia disciplina. Esta mañana estaba más borracho de lo que lo había visto jamás.
-¿Y por que no me deja marchar sencillamente? -se forzó a inquirir Serena.
-Quizá lo haga.
No valía la pena discutirlo. Hablaron de otras cosas, de la dirección que había tornado cada hombre en su búsqueda por los aledaños, siempre por separado, incluso Ziocite y Jedite. Serena, por decir algo, comento la juventud de los gemelos.
-Puede que sean jóvenes, pero hace diez años o más que están con Darien. Le pertenecen en cuerpo y espíritu, aunque cualquiera pensaría que es el quien les pertenece a ellos por el mimo con que lo cuidan.
-¿Le pertenecen? ¿Que quiere usted decir?
-El padre de los gemelos se los entrego a Darien, porque este salvo al anciano y su granja del asalto de unos bandidos. Es una costumbre de Rutenia. El campesino entrega a sus hijos mas jóvenes a los príncipes en recompensa por un favor. Normalmente acaban siendo criados, pero Darien no lo permitió. Jedite y Ziocite salieron grandemente beneficiados, pues, de lo contrario, se habrían pasado la vida cazando y criando faisanes en el campo.
-Jedite no parece el tipo de hombre que disfruta con acciones guerreras -comento Serena.
-Lo considera un precio justo por el privilegio de usar la biblioteca de Darien. Aun así, no lo subestime, ni a Ziocite. Bajo su superficie late una gran ferocidad, como en todas las razas eslavas; eso y un fatalismo fuertemente arraigado. Mi opinión, que he adquirido tras una dura experiencia, es que los dos morirían por Darien, o matarían por el, si lo consideraran necesario. Fue Jedite quien me hizo esto. -Se llevo la mano a la comisura de la boca donde tenía la cicatriz en forma de media luna.
Serena frunció el entrecejo.
-¿Jedite?
-Oh, tenía sus razones, o al menos eso creía él. Nos encontró a Maximilian y a mí peleando con Darien. Max había decidido que había llegado el momento de que su hermano probara lo que era la humildad, y me había pedido que le ayudara. No pensamos nunca en hacerle daño, claro esta, pero Jedite no lo vio así. Decidió poner en el bastón de paseo una contera afilada, del tipo que se usa para ahuyentar a mendigos y perros. Tuve suerte de salir tan bien librado. Hace mucho tiempo que ocurrió, claro esta, poco después de que le entregaran los gemelos a Darien.
-No se por que, pero... dudo de que Darien agradeciera la defensa -dijo Serena.
-Acierta. Fue el quien mando a Jedite que se alejara, para gran pesar de Max y mío. Pero esos actos son los que hacen de él un líder por el que todos estamos dispuestos a aceptar las mas ridículas obligaciones, como batir el bosque en busca de su prima.
-¿O vigilarme a mi?
Malachite eludió entrar en el juego con una sonrisa y sacudiendo la cabeza.
-¿Que tal el brazo de Jedite? Supongo que la herida de anoche no fue grave, ya que ha salido hoy.
Malachite se puso serio.
-Fue un accidente lamentable. Hubiera dado una fortuna porque no se produjera. Me siento muy culpable. Sin embargo, solo fue una pequeña rotura que se curara pronto, y el no ha permitido que le impida cumplir con su deber, como corresponde a un miembro de la guardia.
-Tal vez no permanezca fuera tanto tiempo como los otros.
-Estoy convencido de que cumplirá con la tarea que le haya sido asignada. Aun así, puedo asegurarle que todos volverán antes de la puesta de sol.
-¿Por que dice eso? -quiso saber Serena.
-Esta mañana temprano nos ha visitado el señor de la Chaise. Ese distinguido caballero ha preparado diversiones para nosotros esta noche, o debería decir más bien que las ha preparado para el mismo.
-¿Celebrara una velada?
-No, no será nada tan respetable. Ha ordenado que se preparara una comida suntuosa en sus cocinas y que la sirvan aquí sus propios criados; ha comprado excelentes vinos y licores y ha contratado los servicios de un grupo de músicos y bailarinas itinerantes que, según sus propias palabras, tocan la música mas animada de toda la zona del Teche.
-Comprendo perfectamente que quiera estar presente. Así podrá vanagloriarse mas de haber dado hospitalidad a la realeza. No me cabe duda de que animas las conversaciones en su mesa con una descripción de esta fiesta durante años.
-No creo que lo haga en compañía de las señoras.
-¿Como?
-Para añadirle el necesario soup con a la fiesta, ha mandado traer a unas mujeres de Nueva Orleáns.
Serena sostuvo la mirada de los ojos grises de Malachite durante unos instantes. Luego deposito su taza en la mesa.
-Comprendo. Que amable por parte del señor de la Chaise.
-Diríase que oficia de alcahuete, ¿verdad? Pero, por otro lado, como le decía, será el quien mas disfrute de su propia hospitalidad. Es decir, si su señora esposa no se entera de lo que planea. Nos han advertido que no debemos decirle nada si nos la encontramos.
Serena sonrió, pero no sin cierta tirantez.
-Puede que sufra una decepción. No se pueden mantener en secreto tan complicadas disposiciones, sobre todo si se ha de preparar una comida en las mismas narices de la esposa. Lo mas seguro es que madame este ya al tanto de todos los detalles, si es que no se entero el mismo día que su marido hizo los pedidos a los comerciantes.
-Pobre hombrecillo.
-Si -convino Serena, aunque tenia la mente en otra parte. Permaneció en silencio durante un rato, luego respiro profundamente-. ¿Es usted... el único que ha quedado de guardia hoy?
-Aparte del indispensable Sarus, si.
Serena lo miro con aire dubitativo, mordiéndose el labio antes de decidirse.
-Si ayer usted me permitió abandonar la casa, ¿no podría hoy... tal vez...?
-¿Volver a hacer lo mismo? -Malachite negó con la cabeza- ójala pudiera.
-Lo... lo comprendo.
-Si cree que es por la paliza de ayer, se equivoca. Ahora es una cuestión de principios. Ayer, podía mirar hacia otro lado por compasión y podía tomarse por un momento de despiste, algo que no se tolera en la garde de corps de Darien de Rutenia, pero que no es una traición. Hoy es usted responsabilidad MIA únicamente y el cariz del asunto ha cambiado por completo, que es exactamente lo que pretendía Darien al dejarme de guar dia. Es condenadamente astuto.
-¿Se trata de una prueba entonces?
-En efecto.
-¿Siempre trata a sus hombres de esta manera?
Una sonrisa irónica se dibujo en la boca hinchada de Malachite, haciendo que la extraña cicatriz se hundiera mas en su mejilla.
-Somos amigos suyos. También somos miembros de una unidad de combate, un ejército pequeño pero mortífero que puede convertirse en cualquier momento en el corazón de una fuerza mayor, de inmenso valor para cualquier país que la necesite. Ha habido momentos, y volverá a haberlos, en los que hemos tenido que depender los unos de los otros para sobrevivir. El fallo de un hombre es un peligro para todos.
-Una forma un tanto incomoda de vivir -señalo Serena.
-Estoy de acuerdo. Por eso los hombres que no son capaces de seguir el paso que impone Darien, de tener el grado de concentración y de lealtad que el exige, se van. Nadie se siente atado, excepto quizás por la excitación, el sentimiento de estar intensamente vivo y de ser capaz de hacer cuanto se le pida.
-Usted lo admira -dijo Serena sorprendida-, a pesar de lo que le hizo anoche.
-Es difícil no hacerlo -replico Malachite. Apuro su café y tendió la taza para que Serena le sirviera otro. El hermetismo de sus facciones no invitaba a nuevos comentarios.
Malachite proporciono entretenimiento a Serena durante el resto del día. Le mostró un aparador que contenía una pila de semanarios amarillentos y maltrechos, la mayoría de los cuales hablaba sobre todo de granjas y de caza; los pocos que tenían propósitos literarios estaban mucho menos estropeados. También había un pequeño ejemplar de El perfecto pescador de caña, de Izaak Walton, que le ayudo a pasar las largas horas con los sensatos comentarios y observaciones filosóficas que salpicaban los consejos sobre la pesca.
Mas tarde, cuando admitió su renuencia a dar ordenes al criado mongol, Malachite ordeno un baño para ella. En esta ocasión, Sarus llevo el agua al dormitorio, luego se dirigió a la pared opuesta a la chimenea, levanto el tapiz que colgaba allí y desapareció detrás del mismo. Volvió a surgir instantes después con la bañera de cobre, que procedió a llenar. Cuando se marcho, Serena aparto el tapiz en cuestión y descubrió una puerta que conducía a un pequeño vestidor cuya existencia no había imaginado. Contenía una butaca con una pata y el asiento rotos, que mostraba su relleno de crin, varios pares de botas muy gastadas en un rincón, amoldándose a aquel clima húmedo, y un catre con un colchón de espatas de maíz sobre una rejilla de cuerdas. Posiblemente se trataba del lugar donde, en otro tiempo, dormía un ayuda de cámara para hallarse cerca de los jóvenes amos de la familia de la Chaise. El ventanuco cubierto de polvo que había en lo alto arrojaba una luz tenue al interior poco acogedor del cuartucho.
Serena volvió al dormitorio; se desato el fajín y se lo coloco alrededor de los cabellos mientras se acercaba a la bañera.
Se deleito con el agua caliente, deslizándose hasta que le llego a la barbilla. Se atenuaron los extraños dolores de los músculos que le había dejado la dura prueba de la noche anterior.
Sus pensamientos derivaron hacia su tía. ¿Que estaría pensando? ¿Le preocupaba la prolongada ausencia de su sobrina? Tía Berthe se había mostrado muy segura de que no habría el menor peligro para Serena en cuanto Darien descubriera quien era realmente. Estaba en un error, como debía de haber advertido ya si había reflexionado sobre el tema. Darien había comprendido de inmediato que Serena sabia donde se ocultaba Mina. No podía culparle de que intentara usar ese convencimiento en su provecho.
¿Y Mina? ¿Sabría su prima que la había raptado? ¿Que haría Mina? ¿Haría algo? No era probable. Entonces, ¿acabaría todo aquello? ¿Y cuando? Si aquel episodio concluía finalmente, ¿volvería a ser la misma alguna vez, o la atormentarían los recuerdos para siempre?
No servia de nada que siguiera dándole vueltas. Por el momento, nada podía hacer.
En la chimenea, un pequeño fuego la protegía del frio que traía el atardecer. Su calor era agradable, relajante. Serena recostó la cabeza en el alto borde de la bañera. Se froto los miembros con la espuma perfumada, libre su mente del recuerdo de Darien. No tenía deberes que cumplir ni decisiones que tomar. Se hallaba extrañamente en paz.
Tan relajada estaba que no oyó los caballos que llegaban por el sendero. No se dio cuenta de que Darien había regresado hasta que el abrió la puerta y entro en la habitación. Serena se irguió en la bañera, pero al ver que sus pechos, húmedos y relucientes, se levantaban por encima del nivel del agua, volvió a hundirse.
Darien se detuvo un momento antes de cerrar la puerta con un fuerte empujón y acercarse. Dada su impecable apariencia habitual, resultaba extraño verle despeinado. Una incipiente barba brillaba en su rostro. Su uniforme estaba arrugado y no llevaba camisa debajo de la guerrera. El aire había enmarañado su cabello y tenia los ojos enrojecidos y con ojeras. En su porte, no obstante, no había diferencia alguna. Era tan controlado y vital como siempre.
-Justo lo que necesitaba -dijo, con un brillo de regocijo en los ojos-. Un baño.
-Tendrá que pedir que se lo preparen. -Serena busco con la mirada la toalla que había dejado Sarus sobre una silla al alcance de su mano.
-Pero yo prefiero compartir el suyo. -Empezó a quitarse la guerrera.
-No hay sitio -protesto Serena, siguiendo sus movimientos con no poco temor.
Darien midió la bañera con la mirada.
-Es una pena. Al parecer tendré que ayudarla para que acabe antes. ¿Quiere que le frote la espalda?
-Puedo hacerlo yo sola -replico Serena, pero el no le presto atención y se agacho junto a la bañera. Luego hundió una mano en el agua y se puso a buscar la manopla con grandes aspavientos, pero sus manos se deslizaban por las suaves curvas de Serena.
-¿Es esto lo que busca? -pregunto ella con tono glacial, alzando la manopla.
-¿Donde la había escondido? -Darien se la arrebato y hundió la mano en el agua una vez mas para deslizarla por su abdomen. Serena cogió el jabón y, apoderándose de la muñeca de Darien, se lo puso violentamente en la palma de la mano.
-Ah, si -dijo Darien, encogiéndose de hombros con decepción burlona-. Siéntese, por favor, e inclínese hacia adelante.
-¿No ha vuelto muy temprano? -inquirió Serena entre dientes, manteniéndose en su sitio.
-Un poco, pero le ruego que reprima su alegría. Resulta que hemos registrado ya todos los refugios posibles en esta zona. Por lo tanto, teníamos que alejarnos mucho o volver aquí para consultar con quien ha sido de tan... inestimable ayuda.
Darien se coloco detrás de Serena. Antes de que esta pudiera adivinar sus intenciones, el la había rodeado con un fuerte brazo y la hacia doblarse por la cintura. Serena resoplo, sorprendida, y Darien le acaricio el hombro como lo haría para sosegar a una yegua díscola.
-¿Que esta haciendo?
-Frotarle la espalda. ¡Estese quieta! -Darien enjabono la manopla y luego la deslizo por la espalda blanca, frotándola en círculos cerrados con firme presión, tal vez con demasiada fuerza.
-Espere... no.
-Deje de moverse -ordenó él, deslizando la mano libre por su cintura, acariciando la piel mojada hasta cerrar la mano sobre un seno. Cuando Serena intento apartarla, Darien apretó con más fuerza.
Serena respiro hondo.
-Si esto es una nueva forma de tortura para hacerme decir donde esta Mina...
Darien la soltó con tanta brusquedad que Serena se deslizo hacia adelante y derramo parte del agua de la bañera. El se irguió y la miro con las manos en las caderas.
-No lo era -dijo secamente-, aunque supongo que no puedo culparla por pensarlo.
Serena había hablado así por exasperación, y no porque creyera que fuera cierto. Sin embargo, no le daría al Príncipe la satisfacción de saberlo. Se aclaro sin mirar a Darien y luego alargo la mano para coger la toalla. La desdoblo y la enrollo alrededor de su cuerpo; luego salió de la bañera con gracia pero algo cohibida. Aun así, su desnudez la turbaba menos que unos momentos antes. Las manos de Darien sobre su cuerpo, el modo en que se había acercado a ella, como si estuviera en su derecho, la habían convencido de que era inútil la modestia.
Darien la contemplo, desplazando su mirada sobre la suave simetría del cuerpo húmedo y que resplandecía bajo la luz anaranjada del fuego de la chimenea. Después se metió las manos en el cinturón y se dio la vuelta.
No fue muy lejos. Se apoyo en el pie de la cama y observo los movimientos de Serena con atención desconcertante, mientras ella se secaba. Los ojos del Príncipe siguieron la mirada resignada que Serena lanzo a su ajadísimo vestido. Lo tenía colgado sobre el respaldo de una silla, y los zapatos debajo, pulcramente alineados.
-¿Sigue preocupada por la escasez de su vestuario? Ya le dije como puede remediarlo. -Ágil y rápido, Darien se acerco al armario. De las profundidades de un estante saco una prenda de hilo blanco tan fina y suave como la seda. La sacudió para desdoblarla y resulto ser un camisón largo con mangas amplias, cuello ancho Un piano y una corona bordada en oro sobre el pecho.
Cuando Darien le tendió la prenda, Serena se aferró a la toalla que la envolvía.
-No podría aceptarlo.
-Le aseguro -dijo Darien muy despacio- que no lo use nunca. Sarus me los mete en el equipaje porque cree que estas cosas son indispensables en el guardarropa de un caballero. En el mío no tienen utilidad alguna.
Darien no aguardo a que ella aceptara el ofrecimiento, y se lo echo sobre un hombro. Luego le dio la espalda, recogió sus ropas, hizo con ellas un bulto y lo deposito fuera, junto a la puerta, para que Sarus lo recogiera.
Cuando volvió al interior de la habitación, Serena seguía tal como la había dejado, pero echando chispas por los ojos.
-Tal vez a otros les gusten esas tácticas despóticas, pero no a mi. Devuélvame mis ropas!
Darien no hizo ademán alguno de obedecer. Por el contrario, empezó a quitarse las botas con el sacabotas de cobre que había sobre la chimenea, y luego se despojo de los pantalones. Aposentó su magnifica desnudez en la bañera con un suspiro. Cuando Serena se volvió airadamente, dijo:
-¿Para que? Sabe perfectamente que no las quiere. Y se alegra de que la obligue.
-¡Eso es ridículo! -Los tersos pliegues de la prenda de hilo que tenia sobre el hombro olían maravillosamente a limpio y nuevo, pero no quería dejarse tentar, ni escuchar sus palabras melosas, llenas de insidia. Oía al príncipe echarse agua y enjabonar la manopla.
-¿Lo es? Quizá lo que le he buscado carezca de atractivo. ¿Que quiere entonces? ¿Un vestido de Paris pensado para odaliscas o cortesanas?
Serena se puso rígida.
-¿Esta sugiriendo que quiero competir con...?
-¿Las cortesanas? Con quien si no. Aunque quizás haya sido demasiado amable en darles ese titulo a las mujeres que esperamos esta noche. Puede que su prima Mina pertenezca ahora a esa raza que tan buen gusto tiene, pero me temo que las que nos traerán esta noche para nuestro deleite no serán tan quisquillosas.
-Ni sus meritos ni la cuestión de mi guardarropa me preocupan esta noche, porque no bajare.
-¿No? -El sonido que producía con su vigorosa manera de enjabonarse ceso.
-No puedo creer que lo desee. Creo que seria algo arriesgado.
-Si espera ser reconocida -ironizo Darien-, es usted mas... o menos de lo que había descubierto hasta ahora.
Serena enrojeció hasta la punta de los cabellos. El Príncipe se refería a la falta de ardor en sus brazos hasta que el le había obligado a abandonarse con sus caricias. La intromisión de Darien en su baño le había permitido olvidar lo que había pasado entre ellos la nocheanterior. Ahora, con unas pocas palabras dichas a la ligera, el se lo había recordado para mofarse de ella.
-Serena... -empezó a decir el príncipe.
Pero Serena se había recobrado y le interrumpió diciendo, con el mentón alzado:
-No espero ser reconocida, desde luego, pero esas mujeres me verán y, cuando vuelvan a Nueva Orleáns, comentaran que hay una mujer aquí. La ciudad esta a cierta distancia, pero no tan lejos si se piensa que muchas personas de St. Martinville tienen parientes allí, mujeres mayores y hombres curiosos sin otra cosa que hacer que sentarse a escribirse unos a otros para contarse los chismes que oyen por ahí.
El chapoteo disminuyo.
-Pensaba que estábamos de acuerdo en que no le importaba que se arruinara su reputación. ¿A que viene esta súbita inquietud?
¿Pretendía ahora borrar la mofa anterior? Serena estaba asombrada. No obstante, si las palabras del príncipe no tenían un doble sentido, no debería utilizar untono tan mordaz.
Haciendo caso omiso de la pregunta de Darien, Serena prosiguió.
-Tengo entendido que también el señor de la Chaise estará presente. Por liberal que sea en la comida y la bebida y... en otros placeres, no aceptaría mi presencia aquí sin una explicación, a pesar de lo que usted pueda pensar.
-Al parecer, el señor de la Chaise no va a honrarnos con su presencia. Nos hemos cruzado con un mensajero en una mula cuando regresábamos por el sendero. El señor nos envía sus excusas, pues ha de cenar con su esposa. -Serena oyó a Darien salir de la bañera-. ¿Me presta su toalla?
Serena sintió un fuerte impulso de no acceder a su torpe petición. Consiguió resistirse, pero se volvió para lanzarle una mirada fulminante. Desplegó el camisón para taparse, arranco la toalla y se la arrojo.
Darien le sostuvo la mirada mientras recogía la toalla y empezaba a secarse lentamente las gotas de agua de su torso bronceado.
-Son las mujeres las que no le gustan, ¿verdad? Preferiría no mezclarse con la gente vulgar.
Había acertado, a pesar de que ella misma no estaba segura de por que le disgustaba la idea de bajar esa noche.
-¿Que tiene eso de malo? Yo nunca he... es decir, no...
-No tiene experiencia en este tipo de reuniones de solteros y preferiría no tenerla.
-Si. -Serena lo miro con aire desafiante, esperando que el príncipe tuviera un ataque de ira o se echara a reír.
-Dudo mucho -dijo Darien lentamente- que se mancillara toda esa inocencia rotunda e inquebrantable que posee, a pesar de este episodio al que entre nobles y caballeros se da el nombre de seducción.
-Por otro lado, ¿que otra cosa haría yo sino aguar la fiesta?
El príncipe la observo detenidamente con sus brillantes ojos azules, el orgulloso ángulo de su mentón y la firme mirada de Serena a pesar del rubor de sus mejillas por la referencia indirecta a la violenta posesión. Darien acepto el franco desdén de ella sin que se alteraran sus facciones. Asintió aprobatoriamente y alargo la mano para coger los pantalones.
-Muy bien. Quédese aquí, pues, muy por encima de los borrachos en celo. Le enviare una porción del festín. ¡El resto tendrá que imaginárselo usted misma!
Condenadamente astuto le había llamado Malachite. Era una caracterización acertada. Serena tuvo que ponerse el camisón que le había ofrecido Darien, porque no podía permitir que Sarus entrara en la habitación con la cena y la viera envuelta en una toalla. Mas tarde, porque era humana y curiosa, no pudo evitar preguntarse que estaría ocurriendo abajo, y también si Darien la había dejado sola por causa de las otras mujeres.
Nada de todo eso le importaba. Aun así, la irritaba ser tan predecible, mientras que ella no adivinaba siquiera lo que Darien haría, diría o pensaría.
A medida que avanzaba la noche, le llego el sonido de cristales rotos por encima del estrépito de voces masculinas y el fuerte rasgueo de violines en clara discordancia con un acordeón desafinado. Una risa de mujer vibro con fuerza hasta acabar en un grito ahogado. El olor a alcohol y perfume barato se elevaba hasta ella en una mezcla nauseabunda.
Serena iba y venia por la habitación. Los bordes abiertos del camisón revoloteaban descubriendo sus esbeltas piernas desnudas hasta la rodilla. Los largos extremos con flecos del fajín de seda azul que se había atado a la cintura bailoteaban a cada paso. Se había enrollado las mangas hasta los codos, donde formaban gruesos pliegues. El cuello del camisón, amplio incluso para el torso de un hombre, dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos, y la corona bordada caía justamente sobre uno de los pezones, visibles a través del fino tejido de hilo.
Serena no había reparado en el aspecto que tenía con el camisón, ni en la reluciente cabellera dorada que caía hasta más allá de la cintura, ni en el suave rubor de sus mejillas o el brillo de sus ojos azules. Era el aspecto de las otras mujeres lo que la preocupaba.
¿Eran hermosas aquellas rameras que tanto cacareaban? ¿Eran más del gusto de Darien su atractivo chillón y su excesiva facilidad? Que se quedara con ellas. No le importaba lo mas mínimo si se acostaba con todas ellas, desde luego que no.
¿Eran rubias o morenas, jóvenes o viejas? Serena esperaba que fueran viejas. A Darien le estaría bien empleado y, además, seria un freno para su lascivia.
Serena se detuvo a escuchar. Las risas chillonas y vacías que llegaban mezcladas con risas roncas no le parecieron de mujeres viejas. Parecían tontas, mujeres con la cabeza hueca, vanas y estúpidamente excitadas. ¿Como podía un hombre sentirse atraído por una mujer que profería semejante sonido? A Serena no le cabía en la cabeza. Esperaba al menos que aquellas risas idiotas cesaran cuando se metieran en la cama.
¿Que era tan divertido? Serena permanecía inmóvil, escuchando con los labios apretados las carcajadas que llegaban hasta su habitación. Bruscamente se dirigió hacia la puerta.
Una vez en el pasillo se detuvo. No se veía a nadie. Más allí de la barandilla, el resplandor de la bien iluminada sala la atrajo hacia la escalera. Coloco la mano sobre el pasamanos y se inclino para mirar hacia abajo, pero no vio casi nada. Los hombres parecían reunidos en torno a la mesa, aunque ella solo vela sus pies. El hecho de que los pies de las mujeres que se movían alre dedor estuvieran descalzos fue suficiente para que Serena hincara la rodilla. Aun así no consiguió ver la escena completa, por lo que se agacho más y apretó la cabeza contra la barandilla de madera tallada.
Los hombres estaban jugando, repantigados en sus sillas con las cartas en la mano y un vaso de vino al lado. Habían bebido mucho, pues chillaban con los rostros enrojecidos y se habían quitado las guerreras. Malachite tenía los ojos medio cerrados y daba golpecitos en sus cartas con la uña del pulgar. Ziocite se recostaba en la silla y charlaba con Jedite, que tenia apariencia de búho, encorvado sobre la mesa. Neflyte estaba sonrojado, los cabellos le caían sobre la frente y le daban un aire disoluto. Artemis contaba laboriosamente sus cartas, tocándolas una por una con un dedo calloso; tenía el parche negro torcido sobre el ojo.
Las mujeres se hallaban reunidas a un lado, detrás de un jugador. Serena comprendió que las usaban para apostar, procedimiento que se correspondía perfectamente con su carácter. Enlazaban los brazos en torno al hombre que las había ganado, le tocaban las manos y el cuello.
Darien aceptaba sus caricias con los ojos brillantes por el vino y la diversión, y también los sacrificios que parecían dispuestas a hacer con tal de permanecer junto a él cuando su suerte cambio. Las mujeres eran jóvenes y atractivas, la mayoría morenas, había una o dos rubias, y estaban medio desvestidas. Se iban quitando ropa y la arrojaban sobre la mesa como prendas. La visión de una liga con encajes, enrollada aun en su media reluciente de seda, fue saludada con gritos, sobre todo porque la mujer que la había depositado como prenda no llevaba ya nada más que una camisola escotada. La liga se unió a dos vestidos de estampados chillones y a varios pares de zapatos. Al poco tiempo, de seguir así las cosas, las mujeres habrían de pasar desnudas a poder del hombre a quien la suerte le fuera propicia.
Serena se hizo cargo de la situación, y dejo de interesarle. Fue Darien el que llamo su atención. El príncipe estaba a sus anchas, disfrutaba con el desconcierto de sus hombres y la ridícula necesidad de mantener a las mujeres a su lado. Serena no le había visto nunca así, tranquilo, perdido el control que tan rígidamente se imponía, sin sombra de afectación. El relajado encanto de la sonrisa, que curvaba sus rasgos y hacia aparecer arrugas alrededor de los ojos, resultaba cautivador. Así debía de ser antes de que mataran a su hermano, se dijo Serena, antes de que le acusaran de intentar apoderarse del trono de su padre. Aquel era el hombre que se había dedicado a jugar y a pelear por toda Europa, el hombre que había hecho alarde de su amante gitana, al tiempo que se ganaba el afecto de sus compatriotas, así como el de su escolta personal. Por el momento, Darien se había despojado de la carga que suponía una responsabilidad no deseada, para buscar el olvido en los pasatiempos de otras épocas, entre ellos, y no el menor, la bebida.
No estaba sobrio. Serena tardo un rato en darse cuenta, e incluso entonces no tuvo mas prueba de ello que una sensación en su propio estomago. Las manos del príncipe se mantenían firmes, su mirada era clara y su habla precisa cuando apostaba. Sin embargo, había cierta temeridad en el, una alegría irreflexiva que solo el vino podía causar. Su incipiente barba brillaba y sus ojos estaban inyectados en sangre. Y, por si necesitaba mas pruebas, estaba el hecho de que, a pesar de los movimientos de Serena por encima de su cabeza, no levanto la vista ni una sola vez. Serena agradecía esta circunstancia; para que a Darien se le pasara por alto una cosa semejante, debía de estar verdaderamente borracho.
Había una persona en la sala que no disfrutaba del juego. Era una muchacha que no aparentaba más allá de diecisiete años. Permanecía a cierta distancia de las otras y miraba el suelo con insistencia. Cuando Neflyte le dirigió un súbito comentario, ella le sonrió ansiosamente, como queriendo agradar, y luego volvió a bajar la vista.
Por el aspecto de la joven, Serena la tomo por una acadiana. Tenía los cabellos y los ojos castaños y su figura era robusta, pero tenía manos y rostro delicados, y sus maneras eran dulces y nerviosas, aunque exentas de timidez. ¿Donde estaba la familia de la pobre chica? ¿O es que estaba sola, como ella?
Atraída su atención por la chanza de Neflyte, Darien miro a la acadiana. Le sonrió levemente y, haciendo caso omiso de las otras mujeres que se arremolinaban a su alrededor, la cogió por la muñeca y la atrajo hacia si para sentarla en su rodilla. La chica se sentó y le lanzo una mirada tensa y asustada. Darien cogió su vaso y echo un trago, luego se lo tendió a ella. La chica bebió sin vacilar, apoyando sus labios en el mismo sitio donde lo había hecho Darien.
Serena se levanto con cautela. Tenía calambres en las piernas, así que se dirigió a su habitación con extraña torpeza. Cerró la puerta procurando no hacer ruido.
No podía dejarlas con la duda, espero que les hayan gustado estos capítulos, sé que odian a Darien y en parte tienen razón, pero… a pesar de todo no es malo, solo esta un poco desesperado, y creo que en su deseo de descubrir la verdad algo esta cambiando en su interior no creen?
Además Sere no ayuda mucho, jajaja, por que será?, también notaron que esta celosita?, jajaja
Besitos y gracias por los rw
