N/A: Sé que es muy poco, pero mi PC ha muerto. Una mañana me dijo que tenía 15 virus... ¡15 VIRUS! ¿Me pueden decir de dónde ****** salieron? Asique.. bue, tengo que formatearla... :`( Me va a llevar tiempo y dinero... no me esperen... x(
SIEMPRE les he contestado a sus Reviews en un PM, pero como creo que algunas no leen sus bandejas de entrada...
RESPUESTAS A REVIEWS DEL CAPITULO PASADO
chica vampiro 92: ¡Que bueno que te haya gustado! :) ¿Bella VS Tanya? Me encanta eso... ¡Espero que el cap te guste y dejes tu comentario! XOXO
Deathxrevenge: Sip. Bella es un súcubo y respecto a lo de ir con los Cullen o no... Bella es un poco alérgica a eso. Espero tu sincera opinión, como siempre! XOXO
karla-cullen-hale: JAJA Po supuesto que Rosalie está celosa... ¡Y ni te digo Tanya! xP Espero que el cap te guste y deja tu valiosa opinion xD XOXO
vampire-girls97: Hola Deny! xD Que bueno que te haya gustado! Espero que éste te parezca mejor que el anterior! xD Deja comentario, please... XOXO
shineevero: xD Tanya y Bells ya se conocen... Por lo demás, acertaste en todo jajaja Espero que el cap te guste tanto como los otros y dejes tu valiosisima opinion! XOXO
Sweet Dream'S fairy Cullen: JAJAJA ¡Tenes razón! Cuando la ponen de amiga, es buena onda, pero... Yo la odio igual xP jaja Espero que el cap te guste Emi... XOXO
Summary: Edward fue a Volterra, como otros vampiros, para ayudar a los Vulturis en la guerra contra los Rumanos. Lo que él no esperaba era encontrar a el amor de su existencia allí. BxV ExV M por Lemmon
Declaimer: Los personajes no me pertenecen. Son de la maravillosa Stephanie Meyer. Solo la trama es mía.
Advertencia: Ésta historia contiene escenas de sexo explícito; y en especial ésta capítulo, asique si eres manor de edad o no te gusta, no lo leas, despues no te quejes de que no te estabas avisado...
No permito su reproducción o adaptación en su totalidad.
*Entre Vulturis*
by
Gissbella De Salvatore
Capítulo VII
El cielo de Forks estaba encapotado, como de costumbre. El viento soplaba pero nadie lo tomaba en cuenta dentro de la mansión Cullen.
— ¿Súcubo? —preguntó Edward con dificultad. Parecía que en su vida entera no había escuchado esa palabra, ni mucho menos sabido su significado.
—Sí —respondió Tanya, intuyendo que él no había sabido ese pequeño detalle de la existencia de Bella—. Súcubo. Como mis hermanas y yo, claro —miró a Bella inocentemente—. ¿No se lo habías contado?
La aludida se encogió de hombros.
—Para ser precisos, no hemos hablado demasiado desde que nos conocimos. Ya sabes —le sonrió—. Hemos estado ocupados —y no le hablaba precisamente sobre la batalla. Tanya lo sabía.
—Oh —no pudo articular otra cosa.
Bella veía como los hombros de Emmett se elevaban y descendían a medida que el intercambio entre ellas seguía. Seguramente al vampiro le estaba costando no estallar en carcajadas.
Edward todavía estaba asimilando la noticia de que la persona que últimamente se había convertido en la más importante de su existencia, apenas conociéndola, era un súcubo: una vampira que mantenía relaciones sexuales con sus presas. Lo que lo irritó por un segundo fue que ella no se lo había dicho y había tenido que enterarse por boca de Tanya.
—Quizás —intervino Carlisle—… sería mejor que nos sentáramos.
Edward guió a Bella al sillón y todos hicieron caso al doctor.
—Entonces... ¿Doctor? —preguntó ella, haciendo referencia a la profesión del vampiro.
Él sonrió.
—Sí. Veo que Edward te ha hablado de nosotros —sonrió a su hijo. Carlisle había conocido a Isabella hacía tiempo y desde el principio le había caído bien, pero cuando pasó el tiempo en Volterra y escuchó hablar de ella a Aro, no dudó en que era una asombrosa vampira.
—Claro.
— Y dime, querida —Esme le sonrió—… ¿piensas quedarte? —ahora a quien sonrió disimuladamente fue a Edward.
La vampira volvió a encogerse de hombros.
—No tengo apuro, en realidad.
—Eso es genial —intervino Alice—. Tengo ganas de ir de compras. ¿Deseas acompañarme?
Emmett se rió.
—Ten cuidado —aconsejó—. El duende es diabólico respecto a la moda.
Alice le sacó la lengua cual niña pequeña
—A Bella también le gusta la moda —sonrió aun más—. Seremos grandes amigas. Lo he visto.
Tanya bufó.
—Disculpen —se hizo escuchar Carmen, quien había estado al pendiente de la puerta—. ¿Vendrá Eleazar? ¿Saben donde está?
Al leer las suposiciones de Carmen, Edward a negar con la cabeza.
—Eleazar está bien, Carmen. Es solo que se ofreció a hacerse cargo de una neófita…
— ¿Qué? —las cuatro vampiras Denali estuvieron de pie en unos instantes.
—Encontramos a una neófita en el campo de batalla, confundida y desorientada —se apresuró a calmarlas Bella—. No tenía ni idea de que había sido convertida para luchar, pero Aro vio su inocencia asique le dio una segunda oportunidad. Y nuestro querido Eleazar, con el buen corazón que posee se ofreció a ayudarla…
— ¿Y lo dejaste solo con un neófito? —bramó Tanya. Bella enarcó una ceja en su dirección para luego mirar a Carmen y sonreírle alentadoramente.
—No te preocupes, Carmen. Garret, un nómada amigo, se quedó con ellos.
Carmen suspiró, visiblemente más calmada.
—Entonces creo que deberíamos volver… —Carmen no pudo terminar la frase porque una Rosalie fría y de mal genio la interrumpió.
— ¿Cómo te has atrevido a traer a alguien como ella a la casa sin consultarnos? —exclamó, airada. Edward había estado viendo los engranajes funcionar en su mente pero había tenido la esperanza de que se comportara. Ahora se preguntaba porque había deseado algo ya de por sí imposible. Pero antes de que él le contestase, lo hizo Bella.
—Edward no me trajo, querida —empezó ella a explicar ella con su habitual calma—. No soy un mueble.
—No —le dio la razón Rosalie—. No eres un mueble, eres un súcubo.
Kate e Irina gruñeron, pero Rosalie ni se inmutó.
— ¿Supone eso un problema para ti Rosalie? —hubo algo, se dio cuenta Edward, en el modo en que pronunció el nombre, como si…
Sacudió la cabeza.
Estaba viendo, o mejor dicho oyendo cosas en donde no las había.
—Sí, teniendo en cuenta que te quedarás aquí…
— ¿Y quién te dijo eso? Soy lo bastante mayorcita para vivir sola. Ten cuidado de sacar conclusiones tan rápidamente.
— ¿No te quedarás? —preguntó Edward, sorprendido. Ella lo miró y le sonrió dulcemente, dejando toda expresión dura o fría atrás.
—Aquí, no. ¿Qué esperabas?
—Bella —Carlisle se hizo notar—, puedes quedarte aquí tanto como gustes. No hagas caso de mi hija.
Rosalie le gruñó y Bella le sonrió.
—Aprecio el gesto Carlisle, pero tengo mi casa a unos kilómetros de aquí. Solo tengo que llamar para que manden mis cosas, en caso de que decida quedarme aquí.
— Cuenta con nosotros para lo que necesites, cariño.
—Gracias, Esme —Edward pudo verlo. Bella se estaba ganando a varios, menos a Tanya y Rosalie, claro.
—Entonces… ¿Cuál es tu historia Bella? —preguntó Jasper con calma. La aludida reparó en él viendo las cicatrices de su piel, pero no se asustó para nada. Parecía que era algo natural para ella.
—Sí —dijo Emmett—, ¿Cuántos años tiene mi nueva cuñadita? —todos lo miraron como si estuviera loco, menos Edward y la cuñadita, quienes se echaron a reír.
—Más que todos ustedes juntos, seguro —al ver las caras de expectación de todos en la sala decidió contar su vida allí. No le gustaba repetirse asique se acomodó bien en el sofá apoyando su cabeza en el regazo de Edward, quien rápidamente estuvo acariciándole el cabello—. Nací en Milán un trece de septiembre hace ya mil quinientos setenta y dos años —ninguno de los presentes hizo sonido alguno—. Mi vida era, Mmm. ¿Cómo decirlo? Ah, sí. Un poco… ¿A quién engaño? Muy contradictoria con las costumbres de la época.
»Mi madre había sido una de las mujeres más hermosas de todo Milán; una a la que muchos caballeros deseaban cortejar. Mi padre había sido un hombre muy apuesto, también. Creo que en cuanto se vieron por primera vez, siendo los dos tan interesados y mal llevados por sus canones de belleza, supieron que eran el uno para el otro. No pudieron estar más equivocados —movió la cabeza negativamente ante el recuerdo—. Charlie Swan, mi padre, era una persona tranquila, quien se ocupaba de su trabajo cerca del Emperador y le gustaba mucho la soledad y tranquilidad. También era un hombre frío y tomaba las decisiones de la casa sin vacilar. Renée Dwyer, mi madre, era lo opuesto a él; siempre alegre, ruidosa. Había nacido en una familia rica, asique también era caprichosa. Luego de dos años de convivencia nací yo.
»De cabello caoba, ojos color chocolate y piel color crema, yo era la unión perfecta de ellos dos. Vivía con mi familia en lo que después de la caída del Imperio Romano fue conocido como Milán en una gran mansión llena de lujos y esclavos. Mi padre desde los primeros años de mi nacimiento se había mostrado orgulloso de mí, quien me estaba convirtiendo en una niña hermosa. Mi madre, por otro lado, no tanto. Como dije ella había sido una de las mujeres más hermosas, por no decir la más hermosa de todas, y cuando me vio crecer y florecer empezó a odiarme.
»Mi vida era muy simple. Había sido criada entre comodidades, con los mejores cuidados, las mejores comidas, los mejores vestidos, los mejores profesores, etcétera. Pero a mí no me importaba nada de eso. Pasaba la mayor parte del día con los esclavos de mi casa. Ellos veneraban mi belleza al igual que todos y me enseñaron a hablar diferentes lenguas. Me encantaba estar con ellos y mis padres solo eran una referencia lejana, pero esa era mi vida dentro de la casa. Fuera de ella era muy diferente. Todos tenían la idea de que nuestra familia era unida. Me reconocían por ser la más bella; muchos me veneraban como a una diosa, pero muchos también me temían pensando que yo era algún tipo de demonio del infierno. El nombre y la posición de mi familia los acallaban. A mis dieciséis años todavía no estaba casada y eso desesperaba a mis padres e incrementaban las habladurías de la gente. Yo era de una mente demasiado abierta para esa época y no quería saber nada del matrimonio, nunca entendí porque tenía que sublevarme ante un hombre. Me encantaba leer y conocer cosas nuevas; algo alarmantes en una muchacha de mi índole en esa época. La importancia que le daban a mi belleza comenzaba a enfadarme y enfermarme. Empezaron los rumores y aunque mi encanto iba en aumento, empezaron a crear historias sobre mí.
»Un día en la Iglesia del pueblo conocí a dos hermanos; una niña y u niño. Ella muy pequeña, con el pelo marrón muy corto y claro. Su figura era muy delgada y chiquita. Tenía una cara demasiado bonita para una niña con grandes ojos azules, labios carnosos y su voz concordaba con su aspecto. Su hermano gemelo era idéntico a ella, solo que sus cabellos eran de un marrón más oscuro y sus labios menos carnosos.
Nadie hacía ruido alguno en la sala mientras Bella, con los ojos enfocados en sus recuerdos seguían contando la historia de su existencia. Las Denali nunca la habían escuchado asique estaban igual que todos en la sala.
—Sin prestar atención a las habladurías de los demás, me acerqué a ellos. Jane y Alec me agradaron desde el primer instante y no pude evitar darme cuenta de que la gente se alejaba de ellos, incluso sus padres. Se sintieron impresionados en cuanto me vieron, claro, pero luego me trataron como una niña normal, sin alusiones a mi aspecto físico ni a mis costumbres. Pero la actitud odiosa y maligna de Jane para con el resto de las personas empezaba a condenarla y Alec escondía su naturaleza, pero no podía dejar de defender a su gemela de los castigos de sus padres por su actitud. Pronto fuimos inseparables hasta el día que se desató lo inevitable para las creencias de aquellas épocas.
Bella suspiró ante el mal recuerdo y luego continuó con su relato.
—Empezaron a ocurrirle cosas a la gente, como plagas en sus cosechas y enfermedades. Menos a nuestras familias. Un día en la Iglesia Jane golpeó a un muchacho que la estaba molestando. El muchacho la estaba sacando de quicio y no ayudaba a que ella había estado recientemente encerrada en su habitación a pan y agua. Las personas se enfurecieron y Jane no paraba de lanzar insultos a todos diciéndoles que se iban a ir al infierno. Todos parecieron tener la misma idea y acusaron a Jane y Alec de brujería y a mí de haber sido agraciada por el diablo ya que todos ello coincidían en que mi belleza era un regalo de él.
Bella cerró los ojos y Edward le tomó la mano, sabedor del dolor que ella escondía.
—Recuero cuando miré a mis padres en busca de ayuda.
Luego de un minuto de silencio, Alice hizo la pregunta que nadie se animaba a hacer.
— ¿Lo hicieron? ¿Te ayudaron? —Bella la miró sorprendida, como si se hubiera olvidado de la presencia de todos ellos. Sonrió con tristeza.
—Claro que no lo hicieron, Alice —volvió su mirada al techo, siguiendo con el desenlace—. Habrían sido demasiados estúpidos porque los habrían quemado vivos a ellos también. Pero lo que me enojó fue que Renée se largó a llorar y a decir que yo era un demonio que se juntaba con los esclavos y hablaba lenguas extrañas. Los padres de Alec y Jane tampoco los ayudaron. Luego de eso no tuvieron en cuenta nada más.
»Nos encerraron en una celda por el resto del día y la noche. A la madrugada nos sacaron de allí y nos llevaron encadenados a la plaza del pueblo donde estaba la hoguera en las que tantas veces habíamos visto arder a personas que a mi pensar eran inocentes. La multitud ya estaba reunida alrededor, clamando porque se desasieran de nosotros. Nos ataron a la hoguera ignorando nuestras patadas y golpes y luego nuestros padres aparecieron frente a nosotros con una antorcha ardiendo. Ninguno de nosotros profirió sonido alguno cuando la paja se encendía rápidamente y la expresión atormentada de Renée se convertía en una sonrisa de suficiencia. Pronto no pude ver nada y el calor se empezó a notar perceptiblemente para luego hacerme gritar por el dolor de la piel de mi parte inferior al quemarse. En algún lugar de mi consciencia escuché cuando las personas empezaron a gritar. Nunca nadie gritaba de miedo cuando quemaban a otros. Pero luego de un momento sentí algo rasgar mis ataduras y rodé hasta caer. Olía a carne quemada mientras los gritos aumentaban a mí alrededor. Sentí que me depositaban sobre algo duro y luego el viento alrededor mío.
»Luego entendí que me habían devuelto a la hoguera cuando mi cuerpo comenzó a arder. En algún lugar escuchaba los alaridos de Jane y Alec, también. La tortura parecía no acabar nunca y me preguntaba si en verdad yo había sido tocada por el diablo para merecer semejante castigo.
Todos reconocieron y recordaron el dolor de la transformación.
—Desperté a los días con la garganta desgarrándome de sed y di rienda suelta a la matanza. Jane y Alec me acompañaron y —suspiró—… matamos a muchos de las personas que nos acusaron y juzgaron —se calló. No dijo que ella había matado personalmente a sus padres. Quizás se lo diría a Edward. Algún día.
Todos se quedaron callados y la primera en reaccionar fue Esme.
— ¿Cómo pudieron ser tan crueles? —preguntó, sorprendida.
—En esos tiempos las cosas eran así Esme.
·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·O·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·o·
La cabaña estaba igual a como Bella la recordaba. Pequeña y hogareña. Mientras caminaba por los pasillos iba sacando las sábanas blancas que cubrían los muebles. Se puso alerta cuando escuchó el inconfundible sonido de vampiros correr rápidamente.
Llamaron a la puerta y se apresuró a abrirla.
Esme, Alice y Edward Cullen estaban del otro lado, sonrientes. Bella les devolvió la sonrisa.
Se hizo a un lado para dejarlos pasar.
—No es que no me guste la sorpresa, pero ¿Qué hacen aquí? —cuestionó mientras cerraba la puerta.
—Querida, ¿Creías que íbamos a dejarte instalarte sola? —Esme le respondió con otra pregunta mientras miraba alrededor—. Es precioso aquí. ¿Puedo? —quería recorrer la cabaña.
—Por supuesto —mientras ella hacía un recorrido, Alice se le unió.
— ¿No deberían estar tú y Alice en el Instituto?
Edward le sonrió y la tomó entre sus brazos, dándole un beso fugaz.
—Alice pidió saltárselas y yo me uní a la petición. Queríamos ayudarte.
Bella reía cuando las otras dos vampiras volvían.
—La cabaña es hermosa, Bella —elogió Esme.
—Sí —apostilló Alice—. Amo tu armario; es inmenso. Y la cabaña está a unos pocos kilómetros de nuestra casa.
—Bueno —Edward chocó las manos en señal de entusiasmo—. ¿Empezamos?
Bella habían hecho compras con Alice el pasado día y las bolsas se encontraban ahora sobre los sillones.
Empezaron con la limpieza del polvo de las habitaciones, para luego acomodar de nuevo los muebles y por último decorar.
— ¿Done pongo esto? —Edward cargaba algo grande y rectangular cubierto con una manta.
—Ése va aquí —lo tomó y luego de sacarle la manta que lo cubría puso el cuadro en la pared que estaba detrás de los sillones.
La pintura revelaba una escena antigua. Tres jóvenes estaban juntas, de pie. La primera de era de cabello marrón y se la veía en la flor de la juventud, llevaba un vestido de época celeste con un lazo azul. La del medio era, sin duda alguna, Isabella. Con la belleza que la caracterizaba estaba sonriendo pícaramente y llevando un vestido verde esmeralda con un lazo negro. La última se veía mayor a ellas y era parecida a la primera, llevaba un vestido rosa pálido. Las dos más grandes llevaban el cabello recogido mientras que Isabella lleva los largos rizos bien marcados cayendo por la espalda y los hombros.
— ¿Quiénes son ellas? —preguntó Alice, admirando el cuadro igual que Esme y Edward.
—Jane y Cassandra Austen. Grandes amigas.
— ¿Te refieres a la escritora, Jane Austen?
—Sí.
—Wow. No puedo creer que la hayas conocido.
Bella sonrió, nostálgica.
Edward frunció el seño.
— ¿Tiene algo que ver el personaje Isabella Thorpe de su libro La abadía de Northager contigo?
Bella soltó una carcajada.
—Creo que admiraba tanto mi osadía para con la época que quiso hacer un personaje de mí, y a mí me encantaban sus libros. Había leído Orgullo y Prejuicio y me había gustado tanto que le pedí que me haga una copia para tenerla y disfrutarla yo sola. Tengo la copia en algún lugar. Respecto a mi personaje, le pedí que no fuera buena, quería que mi personaje fuera manipulador y egoísta. Le encantó la idea.
—No me extraña —murmuró Edward. Alice y Esme se echaron a reír.
Cuando las risas cesaron Esme habló.
—Bueno, querida, nosotras nos vamos, ¿sí?
—Muchas gracias por todo, Esme. Alice.
—No hay de qué, Bells —exclamó la duende, quien se veía ansiosa por irse—. Quiero ver a Jazz.
Con un beso a cada una, Bella se despidió de ellas.
Recorrieron las impecables habitaciones hasta llegar al dormitorio principal.
—Aquí está —ella sacó de una cómoda una caja mediana. Le entregó una pila de papl que parcía viejo. Muy viejo. En la tapa decía Primeras impresiones.
Él la miró y volvió la vista hacia los papeles para luego dejarlos sobre la cómoda.
La atrajo hacia sus brazos.
—No puedo creer —besó su hombro—... que estes —besó su cuello—... aquí —finalizó besando el lóbulo de su oreja y luego mordiendolo.
—Edward —suspiró ella—... no empieces algo que no quieres terminar.
—Uhu —le dio la vuelta y la besó en la boca. Le pareció que hace años que no la besaba. Sus lenguas se encontraron y danzaron juntas. Edward pasó la mano por la pálida, suave piel de su espalda y luego la guió hacia su espalda. El vestido bordó de Bella parecía tan indefenso... Sus manos bajaron por su espalda hasta llegar al borde del vestido.
—Edward —advirtió ella de nuevo.
Pero Edward no escuchaba. El amor le nublaba la vista y el deseo la mente. Besó su quijada y ella llevó las manos al cuello de su camisa, donde la desprendió suavemente dejando el marcado pecho masculino a la vista.
La camisa cayó al suelo en un movimiento fluido.
—Tan bello y tan inocente —murmuró. Él sonrió, sabiendo que su inocencia había caducado el día en que la había conocido. Pasó el dedo índice a lo largo de la mitad de su abdomen hasta llegar su pantalón. Lo miró con una sonrisa y lo atrajo hacia ella. Cayeron en la cama, riendo.
—Eres lo más hermoso que he visto en toda mi existencia —besó su frente, su naríz, su boca, su cuello y sin vacilación besó el inicio de sus senos. Subió el vestido desde los muslos, acariciando sus costados en el trayecto.
El vestido también cayó.
Se solocó sobre ella para seguir besándola.
En algún rincón de su mente Bella no podía creer que él estuviera haciendo aqeullo. ¿Qué había sucedido para... desinibirlo de esa manera? Apesar de eso, se rió cuando lo escuchó luchar con el prendedor del sujetador.
—Principiante —le sacó la lengua y los dio vuelta, quedando ella arriba de él y sintiendo su exitación.
Él rió.
Bella tomó sus manos y las llevó hacia su espalda. El sujetador cedió y el torso de Edward ya no estaba sobre el colchón.
Mientras besaba sus pechos, ella llevó las manos hacia su pantalón, nuevamente. Su hombría luchaba por salir, y ella le dio la tan ansiada libertad. Lo único que los separaba era la parte inferior de la ropa interior femenina.
La volvía loca el roce en la entrepierna, pero ella no sabía si Edward... ni siquiera pudo terminar el pensamiento cuando ambos estuvieron desnudos.
El deseo era insoportable; él necesitaba estar en su interior, dentro suyo. No pudo contenerse y cuando sintió el calor alrededor de su miembro, ambos gimieron.
Era como si hubiera estado dormido y ahora su cuerpo se dejaba despertar por esas maravillosas sensaciones. Ella se empezó a mover, dándole un placer que debió haber estado prohibido. Cada vez que él se adentraba más en su cuerpo ella salía a su encuentro, convirtiendo así sus movimientos en las más placenteras de las danzas.
Pronto las caricias se convirtieron en fuego, los jadeos no dejaron sacar ni extraer el aire suficiente, los gemidos llenaron la habitación y el sentido del tacto pareció prevalecer ente todo.
El placer se intensificó conviertiéndose en extasis.
¿Merezco Review?
