Un silencio estremecedor inundó la sala cuando el cuerpo sin vida de Lord Voldemort cayó al polvoriento enlosado del Gran Comedor y todo quedó en suspenso. Fenrir Greyback miraba cómo su señor se desplomaba sin vida a cámara lenta y el niño que sobrevivió atrapaba la varita al vuelo y quedaba estático viendo como su eterno rival era derrotado por su propio hechizo.
De pronto el tumulto se desató alrededor de Harry Potter, los vítores y los gritos de la gente allí congregada llenaron el aire. El sol entraba en la sala por los ventanales y la gente rodeó al héroe del momento.
En ese momento, Greyback empezó a arrastrarse hacia la salida del castillo. Todo su cuerpo estaba machacado. Sangraba por todas partes y los cortes que tenía no se cerraban tan fácilmente como lo hacían normalmente. Notó que debía de tener un par de costillas rotas y algún que otro hueso roto, le costaba respirar y tenía las manos despellejadas. Cuando llegó al exterior, pensó que había tenido una suerte horrorosa de no haber sido visto por nadie hasta ahora. Miró a su alrededor y vio el desastre que habían armado, sonrió maliciosamente, esperaba que no pudiesen volver a usar aquel lugar.
A sus espaldas oyó ruidos y se apresuró a esconderse entre unos arbustos, no quería que lo encontrasen, tenía que huir de allí cuanto antes. Se arrastró entre la maleza hacia el Bosque Prohibido, era el único sitio que en esos momentos creía seguro. Al atardeces había conseguido ponerse en pie, pero las cosas se le complicaron, empezó a tener fiebre alta y sentía como si todo su cuerpo estuviese atravesado por millones de dagas. Los cortes no habían curado, empezaban a supurarle y empezó a tener violentos temblores. Para cuando llegó al final del Bosque, estaba ya exhausto y casi inconsciente. Al despuntar el alba encontró una granja y se metió en el establo para intentar recuperar algo de fuerzas. Le costó abrir la pesada puerta y con mucha dificultad se escondió entre los pesados fardos de pienso y paja que allí había para caer en la más absoluta inconsciencia.
Despertó lentamente y notó que ya no estaba entre la paja, intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondió a causa del agotamiento. Miró a su alrededor y vio que estaba en una habitación sencilla que contenía una cama individual, en la que él estaba tumbado, una mesilla de noche, una silla y un armario ropero desvencijado. Había una pequeña ventana de la que colgaban unas cortinas de encaje que en su tiempo debían de ser blancas, pero ahora eran de un color amarillento muy feo y además, estaban raídas y llenas de polvo. Algo se movió en el rincón opuesto de la habitación. Era un gato negro que se camuflaba entre las sombras y lo miraba con sus ojos como linternas amarillas. Intentó incorporarse de nuevo pero las costillas se lo impidieron. En ese momento notó que iba cubierto de vendajes y también notó quelo habían aseado.
—¡Me cago en Merlín! Me han lavado.
De repente la puerta se abrió y entró una mujer cargada con una bandeja. Al ver que estaba despierto se paró en seco. Greyback olió su miedo y le dijo:
—No voy a hacerte daño, no puedo moverme.
La mujer se le acercó cautelosamente y cuando estuvo cerca, el licántropo pudo ver que debía de ser joven y además era muy hermosa. Tenía el cabello negro y rizado, largo hasta las caderas, de piel blanca y ojos amarillos penetrantes. La chica dejó la bandeja en la mesilla de noche y lo miró, poco a poco se le acercó más hasta que puso su mano en la frente de él.
—Aun tiene fiebre, será mejor que no intente moverse o será peor.
—¿Cómo te llamas?
—Morgana Wicksped.
—¿Eres muggle?
La chica lo miró sorprendida y retrocedió un paso.
—¿Eres mago? Yo pensé que era un licántropo no mágico, un muggle convertido.
Geryback frunció el ceño. ¿Era posible que la chica supiese lo que él era? Además no le gustaba nada que lo comparasen con un maldito muggle.
—Soy bruja, no se preocupe, yo no habría utilizado la magia con usted por que no estaba segura de si era mago o no.
—No creo que conozca ninguna magia oscura para curar mis heridas.
La chica miró nerviosa hacia la puerta y dijo:
—¿Quién le ha hecho eso?— él no le respondió— Me he enterado de que en Hogwarts ha habido una especie de batalla entre el Ministerio y los Mortífagos de Voldemort. ¿Estaba usted allí?
—Para que lo quieres saber ¿Para entregarme?
La muchacha lo miró desafiante y le dijo:
—A mí me trae sin cuidado el Ministerio, a mi familia no nos ha traído más que problemas a causa de nuestra sangre. Y ese Voldemort no lo conozco, así que me da igual.
—¿Sois mestizos?
—Algo así. En mi familia todos los varones nacen hombres lobo por culpa de nuestro bisabuelo, Gregory Wicksped. Cada año tenemos que acudir al Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas para registrar a los nuevos miembros de la familia, si los hay. Yo soy la última que ha nacido, mis padres murieron hace cinco años.
—¿Vives sola?
—No, también están mis hermanos. Somos cuatro. Qhuinn, Blaylock, John y yo. Bueno, en realidad aquí vivimos tres. Qhuinn se casó el año pasado y vive a unos pocos kilómetros de aquí con su esposa Layla.
—¿Qué edad tienes?
—Qhuinn tiene treinta, Blaylock veintisiete, John veinticinco y yo tengo veintidós.
Greyback la miró sorprendido, la verdad no parecía tan joven.
—¿Has estudiado en Hogwarts?
—Sí, como todos mis hermanos, todos hemos sido de Hufflepuff— Morgana lo miró— Será mejor que coma un poco, tiene que recuperare pronto. Yo me voy a preparar la cena y después le traeré el Crecehuesos.
—¿Tus hermanos saben que estoy aquí?
—Claro, ellos fueron los que le encontraron y le trajeron aquí.
Greyback abrió la boca para decir algo más pero ella lo cortó.
—Hace muchas preguntas. Descanse y cuando esté mejor podremos hablar.
Greyback se quedó helado. Ella se atrevía a hacerle callar. Tenía que reconocer que era una chica valiente, pero lo comprendía, se había criado entre licántropos, tenía que saber como dominarlos.
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