Buenas. Volví con otro capítulo más de éste fic. No es tan largo, pero bueno. Es el primero que hago tras mi regreso y no estoy muy contenta, pero bueno. Aquí os lo dejo. Tengo que dejaros un breve resumen antes de comiencen a leer:

Han pasado dos años desde que se separaron tras aquella confesión repentina bajo la nieve. Muchos secretos quedan ocultos en éste reencuentro extraño. Sakuno irá a buscar a Ryoma con ideas de llevarlo de regreso al rancho y, Ryoma, tendrá que luchar con su antigua enfermedad y un nuevo problema, que desatará que el secreto de estos dos años pasados y el futuro, comience a moverse a marchas forzadas.

Eso era todo. Con este resumen, les coloco un poco, aunque abajo les diré más cosas. Leanlo (este resumen y las cosas de abajo) para que comprendan mejor.

-Es un AU, OOC.

-Ryosaku.

-Drama, romance y algo de humor.

Resumen:

Le había amado desde pequeña, pero cuando lo vuelve a ver, no es la persona que creía, casado y con mujer embarazada. Su hermano pequeño ocupará el lugar que le pertenecía, ¿o no?


Gotas perladas de nieve caían desde la campana de la iglesia. Nubes que anunciaban la llegada de posibles chaparrones exigían atención ante la entrada de un año nuevo bastante más húmedo que de costumbre. El aterrador sonido del órgano rompió los pensamientos de los feligreses, que como ovejas de un ganado perdido, prestaban atención a los aburridos discursos repetidos de un hombre vestido con togas que nadie sabía si realmente merecía.

Detuvo sus pasos ante la puerta vieja de madera rasgada. Su padre y parte de los trabajadores del rancho habían traspasado aquella barrera transparente que parecía ser vista únicamente por ella, negándose la entrada a aquel lugar. Frotó sus ojos con su antebrazo en busca de alivio para sus ojos y mordió su labio inferior.

Sus piernas se negaban a moverse y su cuerpo no agradecería separarse de aquel caballo que había dejado de ser ya un potrillo abandonado. Karupin II frotó su hocico contra ella, empujándola levemente en busca de alguna nueva zanahoria que lograra satisfacer su hambre incontrolable. Jess, a su lado, movía la cabeza negativamente y reprendía a su hijo con un movimiento de su pierna. El sonido del casco los hizo mirar a ambos con curiosidad hacia ella. Sonrió divertida y acarició el pecho del enorme caballo.

-Creo que tu mama sigue sin recordar que ya eres grande, Karupín. Jess- y miró a la yegua con el ceño fruncido- que tiene dos años ya. Déjalo comportarse como un buen niño.

Jess meneó la cabeza negativamente y movió su hocico con negatividad. Hizo un puchero hacia el caballo, sin dejar de acariciar al cariñoso Karupin.

-Es una buena madre, Sakuno. No la regañes tanto.

Se volvió hacia la voz, sonriendo. Yohei besó su frente antes de acercarse y observar por igual la campana en deshielo. Ponerle calor para descongelarla y poder replicar las campanas a sus horas, era algo primordial en aquella iglesia tan dada a los devotos. Aunque para ella, era una simple estafa que robaba los ahorros de los buenos aventurados humanos creyentes. Al menos, así se lo había demostrado su padre. Un hombre que había dejado de creer en Dios cuando le pidió, rogó, suplicó y hasta desangró por la vida de su amada mujer. Su deseo jamás fue cumplido.

-Jess es muy dura con Karupin- defendió- no le deja ir con Canela y esa yegua está totalmente enamorada de Karupin. Es un corcel sano y grande para su edad, ¿por qué no dejar que estén juntos?- Preguntó haciendo un puchero sin dejar de acariciar al animal- ambos sois unos tacaños.

-Canela es una yegua primeriza, encuentro mejor que sea montada por un semental como Negre que por Karupin. No por nada lo operé- explicó el hombre- Karupin ya tendrá sus momentos sexuales.

Abriendo la boca avergonzada, tapó los oídos del caballo ante ellos provocando la risa en su progenitor.

-Sakuno, es un caballo- protestó buscando los guantes de cuero en sus bolsillos- deberías de dejar de tratarlos como personas. Especialmente a Karupin. No es tuyo- recordó- cuida de Negre.

Frunció el ceño molesta. Cierto era que Negre había quedado como semental. Tras haber sido recuperado de las garras del furioso padre de Kotoha y ser atendido por varios de los mejores veterinarios ecuestres del condado, se había convertido en un miembro más del rancho Ryuzaki y había pasado a formar el liderazgo de semental. Para ser un caballo herido, no dudaba en mostrar su poderío de macho dominador ante todos los otros varones del rancho. Y las hembras, estaban demasiado heridas por culpa de sus celos prolongados.

-Papá, Canela no se merece a Negre- reflexionó- es un bruto. Y ella todavía es primeriza, como dices- sentenció- Karupin es mejor.

-¿Quieres que llame al dueño y le pregunte si da su permiso? ¿Por qué te crees que no he trabajado más con Karupin II?- Interrogó el hombre con un suave tono de protesta- vamos, déjalo ya.

Agachó la cabeza reticente. Yohei Ryuzaki parecía haberse olvidado del llanto que dos años atrás había derramado en el suelo de una habitación que todavía continuaba vacia. La marcha de Ryoma la había trastocado lo suficiente como para hacerla derrochar la idea de volver a montar o trabajar en el rancho. Los deseos de seguirle los pasos la hicieron apostar por la idea de irse a la ciudad con su abuela. Sin embargo, entrar en la cuadra donde un inocente potrillo esperaba cuidados que no llegaban, la hizo cambiar de idea.

-Su dueño no volverá-. Opinó con tristeza-. Yo decidí hacerme cargo de Karupin. Él lo abandonó... no- rectificó- nos abandonó...

Un leve susurro que fue perdido por el viento al alzarse a su alrededor. Yohei Ryuzaki chasqueó la lengua al darse cuenta de que había vuelto a abrir la tapadera de una tumba que ella misma había cerrado y enterrado en profundidad por un año entero. La terapia con Karupin II que se había impuesto por obligación propia, estaba haciéndose añicos en pocos segundos. Una frágil montaña que perdia su pilar de refuerzo y arrastraba meses de esfuerzos.

Aún conservaba el recuerdo amargo de una declaración truncada que fue más fría que la misma nieve que estaba cayendo cuando tuvo el valor de hacerla. Ni siquiera un mero ablandamiento de aquella fria mirada. La sequedad con que todo terminó quedó como un vaso de agua fría en el más helado de los inviernos. Y cada vez que pasaba el tiempo, más hundida se quedaba.

La llegada de año nuevo en aquel tiempo, fue recibida por aclamantes bategos de su corazón. Este albergaba la esperanza del regreso del Echizen, pero éste jamás cruzó el umbral de su casa. Ni una sola llamada de su parte. Sí, era cierto que Nanjiro Echizen llamó para informarles de que el regreso de Ryoma se alargaría, pero nadie la informó de que serían dos largos años. Dos años pesados, dolorosos y de gran esfuerzo por olvidar lo que su corazón albergó profundamente.

Enamorarse de una persona tan a la ligera parecía infantil y alocado, pero su corazón parecía haber descubierto el rumbo que la guiaría fuera de las garras de Ryoga Echizen. Su hijo ya contaba con dos años, pero Ryoga contaba con más amantes que dedos tenía en su mano. Era extraño que Claire no le abandonara y según le comentó Ann, una madre es capaz de dar cualquier cosa por ver a su hijo feliz.

No era de extrañar que Ann comprendiera esos sentimientos maternos que a ella se le escapaban de las manos tan ligeramente como agua correr entre sus dedos. Momoshiro y ella finalmente habían logrado ser padres y el pequeño Riku ya comenzaba sus pinos, a tan temprana edad, con algún que otro cachorro del rancho. Momoshiro optaba por llevárselo a las cuadras donde los potros intentaban sobrevivir y le explicaba a una mente inocente millones de cosas que tarde o temprano, el hombre esperaba que su retoño aprendiera.

Era la madrina de un niño que no había sido bautizado en una iglesia. Cuando descubrió la forma en que se bautizaban a los infantes en aquellas tierras, al menos, en lugares donde los creyentes de una iglesia no eran grandes devotos. Riku fue bautizado por su propio padre. El lago "Bat" les sirvió como agua bendita y la sangre de sus progenitores, como el vino de Dios. Y se había convertido en la distracción de todo el mundo. Hasta de ella.

-Lo siento- se disculpó el hombre aún a su lado- no quise hacerte recordar ese tiempo.

-No importa, papá- evitó más problemas de los que debiera- ya pasó... no quiero pensar en nada más. Además- añadió sonriente- no es la primera vez que me llevo un desengaño. Recuerda que antes...- Se mordió el labio inferior, sintiendo que las fuerzas comenzaban a abandonarla.

-Ryoga- terminó Yohei por ella suspirando- ven, Sakuno- la abrazó paternalmente, besándola- fue mi culpa- reconoció-. Hice que te enamoraras de Ryoma. Que tus sentimientos desviaran su atención de Ryoga y buscaras el amor en otro chico- Frunció el ceño con desgano- pero nunca creí que Rinko sería tan protectora con su hijo. Ryoma necesita estar en un lugar como éste. Su recaida ha sido fuerte por culpa de...

-¿¡Qué!?

El grito la sorprendió hasta a ella misma, pero era demasiado tarde como para volverse atrás. Nunca había oido de que las recaidas por asma podían ser tan fuerte, menos, que Ryoma volviera a tenerlas. Si así había sido, ¿por qué no regresar? ¿Por qué seguir tan lejos de algo que le gustaba y ansiaba su vida misma? Negó con la cabeza sin comprender la situación. Su padre parecía haberse dado cuenta de que había metido la pata y la única solución que estaba dispuesta a darle a su padre, era la verdad.

Cubiertos del frio bajo un techo seguro y los caballos finalmente en sus establos, Sakuno clavó la mirada en la chimenea encendida ante ellos. Eiji se había encargado de calentar la casa mientras ellos estaban fuera y agradecía tal recibimiento caluroso en su hogar, junto a la taza de chocolate que un esquivo padre había preparado.

Envuelta en una manta rojiza, esperó a que su progenitor se dejara caer sobre el sillón, centrando la mirada como ella en las atractivas llamas calientes y anaranjadas que podían llegar a secar sus ojos, obligándoles a pestañear frecuentemente. La paciencia generalmente era uno de sus puntos fuertes, esta vez, no.

-Papá- apremió.

Un suspiro frustrado por haber sido descubierto inundó la sala. Sakuno se movió agitada en su asiento, cada vez más impaciente por saber qué o cuánto se había perdido durante sus meses de reclusión mental. Debería de haber prestado más atención cuando su padre hablaba con Nanjiro Echizen por teléfono.

-Hace siete meses Ryoma tuvo un ataque demasiado fuerte- explicó finalmente- Nanjiro había querido devolver a Ryoma lo antes posible, pero justo al llegar a su casa el primer día que se marcharon de aquí, Ryoma cogió alergia a algo y su madre optó por echarle las culpas a este lugar- chasqueó la lengua- ningún mocoso ha tenido nada jamás en mi rancho y ella me echó la caballería por teléfono.

Con mala gana, Ryuzaki optó por beber de la taza que quemaba sus dedos callosos. Años hacía que ninguna mujer le había gritado por un sarpullido en el cuerpo de su hijo, que había resultado ser varicela al final. Sin embargo, esa mujer no se disculpó con él y prohibió el regreso de Ryoma al rancho.

-Nanjiro esta desconsolado por no poder convencerla. Ryoma quiere volver, pero no le deja.

-Papá- interrumpió dubitativa- tenemos... diecinueve años- recordó echando cuentas- Si Ryoma no se ha ido ya de la ciudad... es porque no quiere.

El hombre frunció las cejas antes de observarla con detenimiento. Sakuno sabía que había algo oculto tras aquella nube de duda que se escondía en los ojos castaños de su padre. Como progenitor que era parecía capaz de comprender a Rinko Takeuchi, pero no se atrevía a contarle a su hija lo que sucedía. Negó con la cabeza.

-Lo siento, Sakuno, no puedo decírtelo. Olvídalo. Esto es una ñoñería- espetó moviéndose inquieto- no tengo porqué darle explicaciones a una cría como tú.

Como antaño le había visto hacer a su madre. Un último recuerdo que conocía muy bien y sabía que su padre era débil. Movió con suavidad su mano hacia la grande de su progenitor. Un toque delicado que hizo que él la apresara, observándola con asombro incrédulo y frunciendo el ceño. Lo miró con súplica. Con el corazón en sus ojos. Ansiaba más que nunca ver lo que sucedía con Ryoma.

-Cuéntame- rogó delicadamente- dime qué pasa con él. Por favor.

-Sakuno...-Gruñó el hombre en un suspiro- ya te dije que hace siete meses le dio un fuerte ataque...

-Sí...- afirmó con el corazón a punto de escapar de su pecho- ¿cómo está ahora?

-En cama- sentenció- por alguna extraña razón... no puede moverse.

-¡Santo cielos!- Exclamó. El mundo levemente comenzaba a derrumbarse a sus pies- ¿Qué no tenía asma?

-No- negó Yohei frotándose el ceño- creían que era eso. Pero es un error. Es una extraña enfermedad. Ataca a sus pulmones, creyendo que es asma. Los tratamientos contra el asma, hacen que el virus crezca, haciéndose más fuerte en un cuerpo que cercano a la polución.

-¿La polución...?- Preguntó pensativa- claro... por eso Ryoma.. estaba tan sano aquí. Sus defensas crecen con el aire limpio, el deporte y alimentación casera. Papá... ¡Ryoma tiene que regresar! No... no lo digo por mí- confesó- es que... si sigue allí... morirá.

Quizás estaba hablando demás. Sonaría egoista demostrar que sus sentimientos se negaban rotundamente a que la persona que amaba muriera. Por encima de que fuera una persona, un ser vivo. Era el hombre que amaba. O, al menos, que creía amar. Las esperanzas ante este descubrimiento nada agradable crecian con fuerza en su pecho. Una hinchazon de necesidad e impotencia comenzó a anidarse en su sangre.

-No- negó rápidamente su progenitor.

-¡Por favor, Papá!- Rogó- tienes que hacer algo...

-No puedo- negó él con el rostro compungido- lo siento. Pero son sus padres quienes tienen que tomar esa decisión.

-¡Ya no!- Se atrevió a contestar- es él quien las tiene que tomar- aseguró- papá... Estoy segura..., de que Ryoma quiere vivir aquí. ¿No vas a hacer nada?- Cuestionó.

La ilusión de una afirmación llegó con un simple movimiento de cabeza. De algún lugar de su cuerpo, no sabría decir exactamente de cual, pues jamás había tenido aquel sentimiento de valor tan fuerte. Ni siquiera, cuando Kotoha había sido aplastada por Negre. Aquellas alas le dieron el valor suficiente como para tomar una decisión.

-Entonces... iré yo.

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Giró la hoja con desgana, sin ver nada. Aquel libro lo había visto tropecientas de veces. Podría relatar cada parte escrita sin el menor de los problemas, pero su madre continuaba empeñada en que no cambiara. Era ella quien giraba las hojas ya. A él no le interesaban.

Su boca era un mar de mutismo del cual no ansiaba sobre salir. Las peleas habían sido más frecuentes de lo que se esperaría de aquel matrimonio y todo, por su culpa. Por su maldita culpa. Si siete meses atrás hubiera logrado soportar el dolor que había ejercido un fuerte ataque en sus pulmones y no hubiera caído por las escaleras, seguramente, no estaría como estaba.

-No te deprimas, Ryoma- repetía frecuentemente su madre- el médico dijo que tienes posibilidades de volver a caminar. Lo lograremos.

Apartó la mirada hacia la enorme ventana. Únicamente los altos rascacielos de Nueva York era lo que se veían entre un cielo azulado repleto de polución. Dos años atrás había visto el mismo cielo. Limpio. Sin la menor impureza y acompañado de toques verdes salvajes. Lo había visto cubierto de nieve y aquel, fue el último recuerdo que recibió.

-No comprendo por qué habéis mentido a los Ryuzaki- protestó Ryoga enérgicamente- no lo entiendo.

-Ryoma está bien aquí. Con nosotros- aseguró Rinko con fiereza maternal- Sé que es lo mejor para él. Allí no lo estaba. Las condiciones de tener un ataque era altas.

-¡Solo se estaba enamorando!- Exclamó Echizen Ryoga con voz agria.

Al parecer, debían de haber olvidado que estaba inválido de cintura para abajo, con los pulmones hechos polvos, pero su oído era perfecto y por más que estuvieran escondidos tras una cortina de color pálido, les escuchaba a la perfección. Y ante el nombramiento de aquella ridícula palabra, su estómago se revolvió.

-¡Eso mismo le podría haber causado un ataque más fuerte que el de hace siete meses! ¿Qué hubiera pasado si se hubiera caído de un caballo?

-Que todavía caminaría- defendió con severidad Nanjiro- déjalo irse ya, Rinko. Es mayor de edad. Que decida qué sí y qué no quiere hacer, joder.

Escucharle decir palabrotas a su padre solo amplificaba la furia maternal que Rinko Takeuchi portaba en sus venas. Para su padre era toda una sorpresa conocer aquella fuerte faceta en la mujer que conocía. Tener a Ryoma había cambiado por completo a esa mujer. Y él lo sabía mejor que nadie. Era su hijo enfermo. ¿Por qué Ryoga no le odiaba en lugar de estar ayudándole con tanto ahinco?

-Ni hablar- sentenció Rinko con firmeza- se queda. Yo le ayudaré a caminar.

-Existen hospitales cercanos al rancho- recordó Ryoga moviendo los hombros cansado-. Los caballos le gustan. Dejó uno allí, si mal no recuerdo. Uno muy importante.

La voz de Ryoga se alzó fuertemente en su última frase. Y sabía por qué. Desgraciadamente, no estaba hablando de Karupin. Ni de ningún otro corcel. Si no de la única hija de los Ryuzaki. Sakuno Ryuzaki. Aquella niña mimada de rancho. La misma joven que le había declarado su amor y huía de ella con todas sus fuerzas por miedo a lo que estaba sintiendo.

Porque sí. Por mucho que le pateara su fuerte orgullo, mentalmente no podía dejar de pensar que aquella muchacha le daba miedo. Revoloteaba por su mente y hacían que un escozor demasiado sensitivo estallara en su pecho cada vez que la recordaba. Para su desgracia, últimamente no dejaba de soñar con ella.

Durante su estancia en el rancho pudo verla cabalgar con demasiada naturalidad. La fuerza de su brillo propio era increíble y extrañamente, se había prometido algún día, mostrarle que había alguien mejor que ella y podría responder con esa naturalidad sobre un caballo. Pero todo había quedado hecho trizas siete meses atrás.

Había logrado convencer a su madre que regresaría. Fue una seca conversación en la que únicamente dijo una frase, mientras su madre soltó demasiadas y las cuales ni siquiera se tomaba el tiempo en recordar. Desde que le dejó claro que su cercanía con Sakuno únicamente le traería problemas, cerró sus oídos a cualquier consejo potable que le diera la mujer. Al igual que con los demás.

Lo más extraño de todo, era tener a su padre y hermano de su parte. Quizás, Nanjiro quería verle sano. Que se recuperara, al fin y al cabo, era su hijo. Pero también la posibilidad egoísta de un Echizen siempre debía de estar presente y el mero hecho de querer tener a su mujer para sí mismo crecía con fuerza en el pecho de Nanjiro. Aunque tuviera que batallar con su mujer.

Pero Ryoga era un completo misterio y nunca se molestaría en preguntarle. Le daba igual ya lo que todos dijeran. Sus piernas habían terminado por no responder y sus pulmones continuaban quemando en sobremanera como para pensar en regresar a aquel lugar. Especialmente, si no podía montar. Ahora, maldecía interiormente haber probado esa dulce sensación de estar a lomos de un caballo.

-¿Por qué no escuchas lo que él tenga que decir?- Propuso Ryoga abriendo las cortinas- pequeño, lo has escuchado todo, ¿verdad?

Rodó sus ojos hacia su hermano, frunciendo los labios y devolviéndolos hacia la ventana. Nanjiro se apresuró a cerrar las cortinas y gruñió en molestia. Sus parientes parecían haberse puesto de acuerdo para enfurecerle más y desplomar sus ánimos.

-¿Quieres regresar al rancho o pudrirte en una cárcel llamada ciudad?- Cuestionó su hermano- Piénsalo sinceramente y responde con el corazón.

-Es "piensalo con el corazón y responde sinceramente"- corrigió una suave voz- ¿Qué sucede que están tan a oscuras? No se ve absolutamente nada.

Claire Echizen se adentró con un ramo de margaritas dispares, entregándoselo a la enfermera más cercana para que las preparara como adorno. No es que le agradara recibir flores, pero agradecía aquella interrupción a una conversación tan molesta e incómoda. Claire parecía estar dispuesta siempre a caerle como un ángel del cielo y aunque no lo confesara, las ideas que tenía sobre su cuñada, comenzaban a cambiar.

-¿Y mi nieto?- Se interesó Nanjiro.

-En casa de mi madre- respondió la mujer sonriendo- había pastel de fresa.

-Entonces, adiós hijo- suspiró Ryoga cruzándose de brazos- ¿cómo puede gustarle ese pastel tan dulce?

-A veces, los hijos son totalmente diferentes de los padres- rebeló Claire indicativa- deberíamos de tenerlo en cuenta siempre. Especialmente, cuando estos llegan a una edad que no podemos atarlos.

Los ojos brillantes de su cuñada se posaron sobre él, sonriéndole interiormente, animándole en secreto. Cerró los suyos y movió levemente la cabeza como agradecimiento.

-Buenas tardes- sentenció mientras cerraba los ojos.

Rinko bufó y se encargó de arroparle. Nanjiro gruñió nuevamente y metió la pata al completo.

-No puede caminar y casi ni respirar, pero no es manco, Rinko. Si tiene frio, ya se cubrirá.

Los ojos de su madre debieron de fulminar a su padre, el cual terminó por levantarse y alejarse a grandes pisadas detrás de una de las muchas enfermeras que tendría que sufrir su acoso. Estaba seguro de que el noventa y nueve por ciento de las veces que acudía al hospital, era para ver a las enfermeras y no a él. Rinko suspiró, frotándose las sienes.

-Ryoga, ¿por qué no llevas a tu madre a descansar? Yo me quedaré con Ryoma mientras duerme- opinó Claire sonriente- le vendrá bien descansar.

A regañadientes, su madre terminó por aceptar. Cuando sus familiares abandonaron el lugar, Claire se apresuró en abrirle las cortinas y sentarse en silencio a su lado. Como costumbre, un buen libro la acompañaba y en completo silencio, las horas pasaban. Esa era la batalla que estaba sufriendo desde hacia tiempo y cada día, era lo mismo. Cansado, entrecerró los ojos.

-Están todos muy tensos - susurró Claire a media voz- es normal que estallen. Comprendo los sentimientos de tu madre como madre que soy. Pero... creo que tú también deberías de empezar a decir lo que piensas.

Parpadeó antes de observar el flexo apagado sobre su cabeza. Con fijeza, intentó encontrar las respuestas correctas en aquel objeto sin habla. Si realmente dijera lo que pensaba, el mundo sería un completo mar de hielo y aunque la soledad no era lo que le asustaba, pues disfrutaba de esta, no tendría a nadie a quien fastidiar con sus secas frases y dictaduras Echizen.

Y, existía unas dudas ilógicas que nunca rebelaría a nadie. Unas fuertes ideas alocadas que obligaban a crear un fuerte batego en su cuerpo, obligándose a sí mismo a desecharlas para poder continuar siendo frio y solo. No podía confesar nunca ese sentimiento. Nunca, confesaría que ansiaba volver.

El sonido de un móvil rompió su conversación. Claire suspiró molesta e insultó al despistado Ryoga mientras descolgaba. Sus verdes ojos se desviaron del aparato hasta él, mientras su boca caía presa del asombro. Aquella llamada la hizo alejarse de la habitación, con unos nervios que anunciaban tormenta y, posiblemente, el final de un matrimonio.

Ya le extrañaba demasiado que no se hubieran separado. La fuerza de amor de una madre por que su hijo tuviera una familia más o menos de acorde, parecía estar ahí, bajo un pedazo de aurelita falsa que amenazaba con caerse en cualquier instante y arrollar todo cuando tuviera a su paso. Lo peor, es que su sobrino, Vívian, sufriría las consecuencias de todas maneras.

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Las luces del aeropuerto la cegaban, evitando una clara visibilidad y creando una cortinilla sumamente fina en sus ojos. Una telaraña grisácea que la obligaba a forzar la vista. Con la maleta en su mano, buscó la dirección correcta, indicada por uno de los trabajadores de aquel enorme lugar. ¿Cómo podía haberse despistado tanto mientras observaba una mujer que regañaba a su retoño por levantar la falda de otra señora?

No lo sabía. Siempre había tenido la inercia de despistarse con cualquier musaraña y cuando quería reaccionar, se había perdido, siéndole totalmente imposible encontrar el camino de regreso, o el que le llevara hasta su acompañante. Y preguntarle a una persona la hacía avergonzarse horas después, tras volver a perderse de nuevo.

Finalmente, la salida se encontró ante sus ojos y una mano agitada le señaló que su ayudante en esa tierra extraña, la estaba esperando. Haciendo una reverencia, demandó perdón por su falta de orientación, siendo disculpada al instante por la mujer.

-No tiene importancia, Sakuno- negó la mujer- me sorprende mucho verte aquí. Creo... que sé porqué vienes. Pero, vamos- estirando de ella encaminó por los largos pasillos- hablaremos mejor en el coche.

Agradeció el gesto. No podía negar que se sentía incómoda con ella como guía, pero era mejor que la persona a la que llamó. Ryoga no había respondido al teléfono. Fue Claire quien lo hizo y estaba segura de que comprendía sin necesidad de palabras la razón de su persona en aquel lugar.

El mercedes verde las esperaba en el garaje, tras pasar unas instalaciones más y salir a la calle helada para adentrarse en el caluroso garaje. Claire se frotaba los brazos, maldiciendo aquel horroroso cambio climático en todas partes, aconsejándole un buen abrigo antes de que cerraran la maleta en la parte trasera del vehículo. Cuando claire encendió el motor, suspiró.

-¿Tienes un lugar donde quedarte?- Preguntó- te llevaré para que dejes las cosas.

-Mi padre alquiló una habitación- respondió buscando entre su bolso la tarjeta indicadora- este es- enseñó la tarjeta y Claire frunció el ceño- ¿No... es seguro?

-Demasiado alejado del centro y te conviene que esté en ese lugar- reconoció la mujer-. Es cómodo, sí. Pero de verdad que no te conviene. Vendrás a casa.

-¡Oh, no!- Exclamó desconcertada ante la idea- Eso sería... imprudente.

-¿Imprudente?- Cuestionó la mujer incrédula.

Movió sus labios inquieta. Imprudente no era la mejor palabra que decirle a una mujer que llevaba tiempo pensando en un divorcio alarmante con su marido, demasiado mujeriego como para cumplir hasta sus propios pronósticos. Especialmente, si tenía en cuenta que tiempo atrás, era su amor platónico. Negó con la cabeza con torpeza en busca de una razón lógica.

-La verdad- continuó Claire al no recibir una contestación digna- quiero que te quedes en casa. Ryoga suele salir por las noches y Vívian y yo nos quedamos a solas. Tener a alguien con quien hablar alguna noche, será agradable. Venga. En casa tenemos muchas habitaciones.

Humedeció sus labios preocupada. La misión que la había llevado a arrastrarse hasta una ciudad llamada Nueva york era bastante difícil de admitir y seguramente, la familia Echizen no aceptaría tal idea, por mucho que dijera que Ryoma ya tenía edad suficiente para elegir su destino. Pero, era por el bien de una persona enferma, no por más. Por otro lado, vivir con Claire y Ryoga, era un reto que la aterraba.

Pese a haber llorado tanto por Ryoma y con un esfuerzo inombrable para lograr olvidarse de él, remover las aguas turbulentas no se quedaban quietas cuando pensaba en tener que dormir bajo el mismo techo de un hombre que una vez estuvo en su cama. Tocándola. Besándola. Haciéndole cosas que hubiera deseado por parte de Ryoma. No de él en ese momento. Ryoga había ocupado un puesto que no le pertenecía, pero, tenía miedo de que el pasado se hiciera fuerte y luchara contra los sentimientos presentes.

Sin embargo, no pudo poner excusas que valieran lo suficiente para la grandeza de su preocupación y la situación era totalmente diferente a lo que pensaba. La misma Claire había llamado a su casa para decirle a su padre que había decidido quedarse en casa del hermano mayor de la familia Echizen y el dinero del hotel, le sería devuelto. La última esperanza de poder escapar de aquella casa quedó truncada cuando el teléfono se colgó con la bendición de su padre.

¡Por dios! No era eso lo que hubiera deseado de su progenitor, pero éste parecía totalmente desacorde con sus deseos más secretos pese a leerla como un libro abierto cuando menos se lo esperaba. ¿Por qué no podía ver los deseos más profundos?

-Este será tu dormitorio- indicó con alegría en su voz la joven madre- tiene baño incluido, así que no tendrás que preocuparte por si Ryoga, Vivian o yo entramos. Eso sí, por favor- rogó- no dejes cuchillas ni cosas cortantes. Vívian es un niño demasiado... tocón.

Sonrió divertida, recordando al pequeño de Momoshiro y Ann. Pese a llevarse un año con Vívian, no dudaba en gatear por diferentes partes. Donde sus piernecitas y manitas le otorgaran el paso. Por muy imprudente que fuera.

-No lo haré- aseguró- en casa también tenemos a Riku y es un terremoto infantil.

-¡Me lo creo!-. Suspiró Claire abriendo las oscuras cortinas- no tenemos horarios fijos, excepto Ryoga. Es un reloj andante. Se levanta a las siete de la mañana para ir a trabajar, excepto los domingos. Generalmente llega a las diez de la noche- carraspeó, aclarándose con inquietud la voz- a las doce se marcha. No me preguntes dónde va, porque no tengo ni idea. Tampoco a qué hora regresa.

No sabía si sonreirle o mirarla comprensivamente. Era demasiado descarado el engaño con otras mujeres por parte de Ryoga. Si la tensión daba tanto frio en aquella casa, ella y Vívian sufrirían alguna consecuencia desagradable. Aunque no estaba dispuesta a ser el candelabro en una actuación donde se lanzaran jarrones por cuchillos.

-Y, bueno. Creo que desearás ducharte, comer algo y que te lleve, ¿Verdad?

Movió la boca sin lograr articular nada. Dejándose caer sobre la cama de matrimonio que le había concedido, hundió sus dedos entre los muslos de sus piernas dobladas.

-Hago... una locura, ¿Verdad?- Preguntó angustiada- creo que cogí demasiado valor al saber lo horrible de Ryoma. Creía que... podría llegar y besar el santo. Llevármelo de regreso al rancho y matar ese virus con... la naturaleza. Que ingenua.

Claire suspiró frotándose los cabellos antes de sentarse a su lado y mover la cabeza negativamente.

-Os mintieron. Ryoma no tiene ningún virus de tanta gravedad. Es cierto que todavía tiene el asma, pero es otra cosa lo que lo ata aquí, aparte de su madre- aclaró con reticencia.

-¿Qué es?- Cuestionó confusa- mi padre...

-Tu padre te contó lo mismo que le dijeron- defendió-. No fue él quien te mintió. Ambos fuisteis engañados por el amor maternal.

Meneó la cabeza indicativa de su confusión. Si Ryoma no estaba tan enfermo como su padre le había contado, o mejor dicho, como Rinko Takeuchi quiso hacer ver, ¿por qué tanto misterio? ¿Por qué retener a Ryoma en una ciudad que asfixiaba profundamente? Desde que pisó el aeropuerto, unas enormes ganas de toser la acompañaba. ¿Eso, era bueno para Ryoma? No lo creía. Y no era médico para cuestionar una decisión maternal, pero sí bastante observadora como entender lo que había escondido tras aquella dorada mirada. Aunque, debía confesar, que no todo.

-¿Por qué mentirnos?- Preguntó.

-Creo que... Mi suegra optó por deciros una mentira creíble y que defendiera sus ideales de tener a Ryoma en su caparazón- Explicó tras suspirar- pero, Rinko debería de pensar que su coartada tiene muchos fallos. El primero, es Ryoma. Éste todavía no ha estallado. Lleva dos años soportándola en éste plan y aunque no muestre que está loco por su madre, un día reventará.

- Comprendo...- murmuró, recordando la enorme paciencia que el muchacho hacía gala- es su madre...

-Pero, el fallo más grande que Rinko a tenido, eres tú, Sakuno.

Parpadeó confusa. ¿Qué tenía que ver ella?

-Nadie nunca le dijo a Rinko que su hijo haría una amiga capaz de preocuparse de esta forma por su salud y lo vendría a buscar a una ciudad que es totalmente desconocida para ella. Ignorando una verdad que asusta.

Tragó con necesidad, liberando sus manos de la presión que sus piernas tenían ante una gran tensión indomable por su parte. Movió sus dedos para darles articulación, pero no olvidó su atención centrada en la conversación.

-¿Qué... verdad? Claire... por favor- rogó- dime qué sucedió con Ryoma.

-Creo, que será mejor que lo descubras por ti misma- sentenció tras una breve pausa-. Te llevaré al hospital mañana por la mañana. Es domingo y Ryoga libra. Haremos que Rinko se marche y tú podrás hablar con él. Haber si le sacas alguna palabra.

-¿¡También se ha quedado mudo!?- Exclamó poniéndose en pie- era poco hablador... pero si encima se queda mudo...

Se llevó las manos a la cabeza, frotándose una sudorosa frente. Pese al frio que hacía, su cuerpo ardía por la rabia de tener que soportar tanta espera. Por haber sufrido el engaño de una gran situación que no era tan pequeña como su padre la había descrito. ¡Era mucho más grande! Seguro que no solo se trataba de un virus. Algo más fuerte debía de tratarse si Claire quería que dejara la visita para más tarde.

El sonido de la puerta y un chillido infantil rompió su silenciosa conversación. Claire le frotó los hombros, indicándole que el baño estaría caliente para su aseo y que mientras, prepararía a sus dos hombrecillos para recibirla como se debía. Agradecida, comenzó su aseo. Por puro miedo y reticencia, se aseguró que el pestillo fuera cerrado antes de meterse en la bañera y agradeció que ni Ryoga ni claire se acercaran a preguntar por ella.

El frio no la golpeó nada más abandonar la calidez del agua que la había calmado de un largo viaje y se prometió hacer que su padre comprara la extraña instalación que mantenía tan caliente esa casa, hasta los baños. Tras cubrir su cuerpo con un grueso jersey y unos cómodos pantalones baqueros junto a unos gordos calcetines y peinarse, se atrevió a salir.

-¡Sakuno!

Ryoga no tardó en apresarla entre sus musculados brazos y el beso propinado en su mandíbula hizo arder aquel trozo de piel. La grandiosa mano que acariciaba sus brazos parecía no estar ansiosa por abandonar el lugar y el nudo de su estómago creció a rabiar.

-Siento molestar- se disculpó con educación.

-No eres una molestia- negó Ryoga mostrándole a un Vívian avergonzado- es más, creo que eres un ángel mandado por el cielo.

Detuvo sus caricias al pequeño y centró su mirada preocupada en Ryoga. El hombre apuesto que reconocía tras el paso del tiempo y la preocupación, no había desaparecido. Si sonriera, seguramente la desplomaría contra el suelo por la enorme corriente que traspasaría placenteramente en su cuerpo. Pero la sonrisa clásica de Ryoga parecía haber esfumado en alguna parte. Un lugar recóndito que nadie lograba llegar. La falsedad de sus gestos de alegría, asustaba. Y por alguna extraña razón sentía que el vínculo con Ryoma era demasiado fuerte.

-Creo que Claire no te ha comentado nada- sopesó él- tiene razón. Debes de descansar y mañana, me aseguraré de que mi madre os deje a sola y puedas hablar con Ryoma con tranquilidad. Pero...

El hombre se frotó el rostro cansado. Claramente buscaba las palabras correctas para no desvelar nada de lo que ellos deseaban mantener en secreto, angustiándola sin darse cuenta.

-Sé fuerte- dijo finalmente- por ambos.

Siendo engullida cada vez más en un misterio envuelto a la mentira entregada por Rinko, no logró dormir. Escuchó la puerta dos veces. Cuando Ryoga se marchó y horas más tarde, cuando regresó. Los pasos furtivos del hombre se habían detenido ante la puerta de su dormitorio y enrollada dentro de una manta negruzca, rogó porque se marchara de largo. Pero no fue así.

La manivela se giró con un lento compás, torturándola. Sin dejar que el aire escapara de sus pulmones, se enfrentó a los curiosos ojos carmín del joven padre. Ryoga sonrió al instante, cerrando la puerta tras él con cuidado. Desnudó sus pies de los gruesos zapatos y caminó hasta ella, sentándose en la cama. La butaca en la que estaba sentada rechinó cuando aliviada, dejó escapar el aire de su cuerpo, necesitado por más.

-Siento molestarte tan tarde, Sakuno- se disculpó- posiblemente, tras lo que sucedió en tu dormitorio, estés fría y asustada de mí. Lo comprendo. Pero no fue nada- espetó con rudeza mientras mantenía la mirada fija en la pared- yo solo quise darte a entender lo que realmente sentías por mi hermano. ¿Ayudé?

Afirmó con la cabeza. La timidez que su cuerpo podría expresar quedaba cubierta, gracias a Dios, por la oscuridad reinante en la habitación. Pero no era el único sentimiento. Fue demasiado tarde a la hora de descubrir sus sentimientos. La torpeza de ser inexperta en los temas amorosos, afectaba demasiado a su perturbado corazón.

-Pero el tiempo no os apremió- reconoció Echizen- Y el idiota de mi hermano es tan lerdo como para no decir claramente lo que desea. Estoy deseando ver la cara que pondrá cuando te vea.

Y ella se la imaginaba. Con el ceño fruncido, la boca torcida en molestia y una amenazadora mirada que indicaba una desaparición al instante de su presencia. Sobretodo, cuando le contara que estaba ahí para llevarle de regreso a un lugar que él no ansiaba regresar, por mucho que su salud lo necesitara.

El movimiento de la persona ante ella la hizo regresar al presente. Ryoga se acercó nuevamente hasta la puerta, moviendo una mano como despedida y marchándose. Su boca quedó atrapada en el silencio de la habitación, no logrando dejar escapar sonido alguno que le sirviera para obtener una respuesta clara a aquella situación tan gélida.

Pero las horas siempre terminaban por adelantarse, por muy lentas que fueran.

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Maldijo interiormente a la enfermera encargada de su aseo. Odiaba cuando venían en grupo y odiaba cuando era solo una la que se dedicaba a acicalarle. Especialmente, a la hora de comenzar el aseo de su zona íntima. Su madre se había ofrecido muchas veces a hacerlo, conociendo la pronta reacción de Ryoma a un cabreo premeditado, pero aquella enfermera se negaba rotundamente a ceder su trabajo a una visita. Menos, cuando tenía un joven cachorro al que limpiar. Y Ryoma lo notaba.

-No te hago daño. Soy experta en lavar esas zonas masculinas- espetó la mujer con indiferencia a su gruñido- deja de quejarte.

El problema no es que le hiciera daño. Odiaba estar en hospital, por eso mismo. No sabía de dónde, pero siempre salían más enfermeras de los rincones, dispuestas a torturarle con equis tonterías. Y, de remate, tener que soportar una mujer de treinta y tantos años acariciando su sexo con fingida limpieza. Y lo peor de todo, es que cada vez que pestañeaba, su imaginación volaba, mostrando una figura que no deseaba recordar.

-Basta- sentenció molesto- vete.

-Es mi trabajo- se defendió la mujer- no está limpio.

-Echa humo, joder- se sobresaltó lanzando la sábana sobre su cintura desnuda- largo.

-Eres un carámbano de frialdad- insultó con fingida molestia la enfermera- cuernos de niño.

Suspiró frustrado por no poder ponerse en pie y largarse de todo aquello. Pasaría completamente de todas las personas que tenía en la grupa siempre y buscaría un lugar donde nadie estuviera todo el día sobre él. Necesitaba soledad urgentemente.

La puerta de la habitación fue abierta nuevamente y su hermano ocupó el ancho de ésta, adentrándose a pasos agigantados. Frunció las cejas, indicando así que no era el mejor momento para sufrir una de sus bromas, pues terminaría con una seca frialdad de la que hacía gala últimamente.

Pero Ryoga parecía haber esquivado aquella advertencia, manteniendo una estúpida sonrisa de diversión en su rostro. Entrecerró los ojos, no queriendo saber qué nuevas traía el pesado de su hermano mayor.

-Te traigo un regalo, Ryoma- anunció Ryoga con voz cantarina.

-No lo quiero.

-¿Estás seguro?- Preguntó con severidad Ryoga Echizen- te aviso que esta vez no puedes romperlo, tirármelo a la cabeza, pero sí herirle verbalmente. Te daré una pista- rió- es de carne y hueso.

Un nudo en su estómago se formó repentinamente. Una leve luz de esperanza podía golpearle con fuerza y se negó taciturno a aceptarla. No podía ser que sus pensamientos fueran tan lejos. Las distancias eran demasiado grandes y una persona que jamás había abandonado un rancho y odiaba a muerte la ciudad, no sería capaz de venir simplemente por él.

-Adelante- invitó Ryoga extendiendo una mano- pasa. Sin miedo. No muerde, aunque no lo parezca. Es un corderito amaestrado.

Y sintió deseos de tener nuevamente aquel soso jarrón que una vez empotró contra la pared mientras apuntaba a la cabeza de su hermano. En su furia, un olor familiar le tranquilizó. Desvió sus ojos hacia la cortina y tembló enrabiado momentos después, cuando la mata cobriza de cabellos largos quedó a la vista y una figura pequeña se adentraba con miedo en el lugar. Aquellos ojos carmín destilaban miedo y alegría a la vez. Siempre tan fácil de leer.

-Os dejo solo- canturreó Ryoga marchándose.

-Gra... gracias- se apresuró a agradecer con voz trémula la muchacha ante él.

El silencio reinó con fuerza, cayendo sobre ellos con todo el peso que podía esperar. Los pasos de las enfermeras y los vehículos incesantes del exterior de la habitación. Ella no hablaba, él tampoco. ¿Qué decir? No era el encuentro que más deseaba con ella. Menos, en su estado. Sintió ganas de llamar a su madre y ordenarle que la echara, pero conociendo a su hermano, éste se habría encargado de llevarse a su madre para que no interrumpiera. Por otro lado, no era ningún niño de mamá que iba pidiendo ayuda a esta.

-Si... siento venir sin permiso- se disculpó ella- pero... yo... quería... ver como estabas.

-Inmóvil- señaló en un gruñido. ¿Qué demonios estaba preguntando?

-Perdón... pero tu madre le contó a mi padre que tenías... un virus... y que el rancho era lo que impedía que empeoraras.

¿Qué estupideces estaba hablando? ¿Un virus? Stop. Si recordaba la pelea que habían tenido su hermano y su madre el día antes, la solución se mostraba ahí. Ryoga había señalado alguna mentira por parte de Takeuchi hacia los Ryuzaki y ahora comprendía. Negó con la cabeza.

-Mentira.

Y abrió la sábana lo suficiente como para que únicamente su pierna derecha quedara, sin olvidar que su sexo estaba al descubierto. Sakuno arqueó una ceja sin comprenderle, acercándose y tanteando con un ligero atrevimiento su pierna, para buscar sus ojos intrigada.

-¿Qué... sucede con ellas?- Cuestionó.

-Aprétalas- y su voz sonó demasiado ronca.

-¿Tocarlas...? Si ya lo hago.

-No. No lo haces- espetó- más fuerte.

Ryuzaki parpadeó confusa. Sus dedos seguramente estarían perfilando las formas de su pierna. La rodilla. Seguramente el muslo. Meneó la cabeza, indicándole que no sentía nada de nada. Que apretara más fuerte. Quería sentirla inconscientemente. Reventar esa maldita barrera que impedía a aquellos dedos tocarle. Sentirla...

-No puedo hacerlo- se rindió Ryuzaki hambrienta de respuestas- Ryoma-kun... ¿Por qué no me sientes?- Quiso saber.

La voz angustiada de la joven golpeó con fuerza su mente. Dos bofetadas en la cara no hubieran dolido más. No pensaba responderle. Ni loco le explicaría que fue un momento de torpeza. Eso sería un tema vergonzoso que no necesitaba explicarle, menos a ella.

-No puedes... caminar...- dedujo estúpidamente sorprendida- ¡No puede...!

Lo miró perpleja, al verle cubrirse los oídos con sus dedos índices. No quería escuchar otro sermón más y menos, que comenzaba exactamente igual que el de su madre cuando descubrió que no podría caminar más. Pero la esperanza no había sido perdida por sus médicos y por eso mismo se encontraba en una habitación de hospital. El doctor Inui Sadaharu había asegurado que probablemente podría volver a caminar, con muchísimo esfuerzo y voluntad.Pero, no aseguraba nada.

No quería aferrarse a una vana esperanza.

-Pero...- la voz de Sakuno rompió sus pensamientos- aunque estés... inválido... de esa manera... puedes montar. Estoy segura de que mi padre estaría de acuerdo. Y cambiaríamos la casa a tu mejor movilidad...

Intento seguirla en su chapurreo de palabras, pero era inútil. Aquella mocosa parecía estar teniendo intenciones de llevárselo al rancho de nuevo y algo más que no comprendía, o dicho de otro modo, no deseaba comprender. Ya había tenido suficiente. No estaba en su carácter tener que dar explicaciones ante nadie y mucho menos, arrastrar con él el recuerdo de una mujer. Un recuerdo que creaba ciertas respuestas en todo su cuerpo.

Mientras hablaba y hablaba de cosas innecesarias, se atrevió a observarla con desinterés fingido. Los rojizos labios se movían sensualmente en cada una de sus palabras, humedeciéndolos en cada pausa que la inquietaba. Sus delgadas manos se alternaban en colocar rebeldes cabellos tras las finas orejas y los ojos carmín se entrecerraban en tristeza cada vez que recordaba la realidad del momento.

Dos sinuosas montañitas se separaban por la cinta del bolso vaquero que portaba a un lado de su cintura. Una cintura estrecha que resaltaba más con aquella larga falda vaquera. Definitivamente, era una granjera que resaltaba entre tanto modernismo. Pero una mujer, al fin y al cabo.

Dos largos años no pasaban el valde y seguramente, por eso su cuerpo se hacía más notable que con anterioridad, sin abandonar sus formas delgadas e inquietas. El balanceo de sus piernas indicaba sus nervios a mantenerse aunque fueran cinco minutos sentada sobre una silla.

Finalmente, sus miradas se encontraron. Ella ladeó la cabeza, dándose cuenta que no había sido escuchada por él. Sus mejillas se hincharon infantilmente, antes de lanzar al aire un "ah" recordatorio.

-Mira- buscó ansiadamente en su bolso, entregándole una fotografía- es Karupin II. A crecido mucho. Ahora es un semental fuerte y sano.

Aceptó la fotografía curioso. Había sido divertido estar con aquel curioso animal come zanahorias. Quizás, un vínculo especial existía al haber sido su primer caballo, pero la lástima de haberse perdido el crecimiento hasta esas anchuras que demostraba esa fotografía, era grande dentro de su pecho. Karupin, aunque nunca lo dijera, podía formar parte de sus sentimientos.

Ryuzaki se sentó en el filo de la cama, inclinándose para ver junto a él la fotografía, sin dejar de sonreír. Un olor dulzón a perfume de mujer joven lo golpeó, calándose en cada fibra de sus sentidos. Su sabor dulzón se mezcló en su garganta y el olor en su nariz. Humedeció sus labios, obligándose a sí mismo a no apartar la mirada de aquella fotografía.

-Está enamorado- continuó ella sonriendo- de Canela. Una yegua nueva. Pero mi padre quiere que sea Negre quien ocupe el lugar de Karupin. Negre es demasiado bestia en sus relaciones...- jadeó molesta y avergonzada- No quiero que ellos se peleen por una hembra que quiere a uno solo.

-Hum- sonrió altanero, apostando mentalmente por Karupin.

-Seguro que saldría un hermoso retoño- imaginó la joven a su lado- querría verlo. ¿Tú no?

La pregunta era una trampa, pero estaba demasiado interesado en el caballo como para comprenderlo y mucho menos, se hubiera imaginado que aquella chica fuera capaz de crear telarañas que lo llevarían al cebo final.

-Sí- reconoció en un susurro lo suficientemente fuerte como para que ella lo escuchara.

-Entonces...- murmuró esperanzada- ven al rancho conmigo.

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En un brusco movimiento, el rostro masculino se volvió hacia ella. Los ojos dorados se clavaron con incredulidad sobre los suyos, alterándola más de lo que ya estaba. No se esperaba que lo único que pasara fuera eso. Ryoma Echizen inválido y con problemas de respiración. Pestañeó en un intento vano de hacer que dejara de mirarla tan acusadoramente y tragó saliva con miedo.

-Yo... creo que ahí estarías bien...- comenzó en su idea escondida- si... vinieras.

-Él no irá a ningún sitio.

La voz dura de una mujer los hizo volverse a la vez. Rinko arrastraba a un preocupado Ryoga y al detenerse al pie de la cama, se cruzó de brazos con autoridad. Si la mirada de Ryoma aterrorizaba, la de Rinko era superior a un simple terror.

-Nunca creí que vendrías- aclamó la mujer moviendo las manos negativa- Dios mio. Tu padre te consiente demasiado.

-Mamá- llamó Ryoga con esperanzas de retenerla.

-Calla- Ordenó con seriedad la madre- a ti ya te vale. Mira que no decírmelo.

-No es nada malo. Sakuno ya es mayor- propinó una defensa inesperada un Echizen asustado de la furia materna- es libre de moverse. Como deberías de hacer con Ryoma. ¿Por qué no le preguntas qué quiere hacer?

-Haría una locura- artículo asombrada Rinko- ¡Por favor! ¿Soy la única que piensa correctamente?

-Esto...- sin poder soportar más aquel aislamiento hacia su persona- creo que... si Ryoma viniera a casa... estaría mejor que aquí.

-¿Y quién lo cuidará?- Exigió alterada Takeuchi- ¿Serás capaz de levantarlo en vilo para meterlo dentro de la bañera y lavarlo? ¿Perderás tu vergüenza mientras frotas su cuerpo? ¿Acudirás al instante cuando necesite ir al baño? No tienes ni idea de cómo es cuidar a una persona así.

Rinko golpeó una de las piernas insensibles de Ryoma, el cual ni se inmutó. Parecía estar totalmente ausente a aquella pelea y se dio cuenta de que habían sido ya muchas las que tenía que haber presenciado como para estar tan indiferente a una situación que lo implicaba más de lo que deseaba. Pero aquella mirada fija que mantenía sobre la fotografía de Karupin, demostraba que ansiaba más que nunca ir allí.

Y ella, podía darle las alas que necesitaba para volar.

-Lo haré.

-¿Cómo?- exclamaron a la vez madre e hijo ante un ausente Ryoma- ¿Lo harás?

-Sí- afirmó con extraña decisión- cuidaré... de él. Haré todo eso que dice... cuidaré de él.

Rinko balbuceó algunas palabras que no llegaron a ser inteligibles. La cortina se abrió sorpresivamente, dejando entrar a un hombre corpulento, de gafas rectangulares y cuaderno en mano. Logró leer en la placa el nombre de Sadaharu y se preguntó si realmente sería el médico.

-¿Dónde quiere llevarse mi paciente, señorita?- Preguntó el hombre curiosamente- Hable.

Tragó saliva, alzándose de la cama.

-Al... rancho de mi padre. Está lejos. Dos horas en avión- respondió- es un lugar amplio. Bueno para las personas que no respiran bien... tenemos animales, reses y caballos esplendorosos. Ryoma... ya estuvo ahí y le fue bien.

-¿Es de dónde vino antes de caer por las escaleras?- Inquirió el médico. Ella afirmó algo confusa- comprendo. Que vaya.

-No lo dirá en serio- comentó Rinko incrédula.

-No señora. Haga las maletas para su hijo, que se va. Tengo un buen amigo en aquella zona. Le tratará personalmente. Tengo entendido que las terapias con animales mejoran el rendimiento del paciente. Quiero que vuelva a andar, no que esté postrado en una cama de por vida. Buen viaje.

Jadeó incrédula y sonrió al ver el signo de la victoria en la mirada y en la mano de Ryoga. No había sido como esperaba, pero la sencillez, también podía resultar bienvenida en un momento tan irracional como ese.

Observó a Rinko mientras se mordía la uña, bastante fastidiada por ser desobedecída. No podía comprender por qué esa mujer se comportaba de aquella manera tan diferente a su acostumbrado carácter. asombraba a todo el mundo y era extraño. Pero, al menos, había conseguido algo que deseaba.

Llevar a Ryoma de regreso.

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Notas autora:

Ahora comprenderán por qué la advertencia del paso de los años. Sé que se preguntarán, ¿qué pasó entre medias? ¿Por qué esto ha ido tan rápido? Lo sé. Pero, confien en mí. Ya se lo rebelaré más adelante. Así como también tengo que describirles otras cosas. Porque sé que lo ocurrido en Ryoma, quedó en al aire y claro a la vez.

Aunque no ha sido como Sakuno quería, Ryoma regresará al rancho. Nuevas cosas sucederán seguramente. Sakuno tiene en mente que ama a Ryoma, pero con los largos esfuerzos que ha hecho para olvidarse de él, intenta luchar contra sus nuevos remordimientos y ahora, tendrá que hacerse más fuerte para lo que ha prometido: cuidar de Ryoma.

¿Lo conseguirá sin problemas?

Nos vemos pronto...