Así que, allí estábamos los dos. Él con los brazos aún extendidos (visiblemente divertido por la situación), esperando una respuesta. Mi respuesta. Obviamente, no podía reaccionar porque prácticamente estaba alucinando al volver a encontrarme de frente con el cachitas. Finalmente, me abofeteé mentalmente y me obligué a saludarle.
- Vaya, justamente tenías que ser tú. – Dije esta ve, más cabreada que sorprendida. Le estreché la mano y le di dos besos, lo que acabó por sorprenderle y cuando le dediqué la más dulce de mis sonrisas, se sorprendió aún más. "Tu turno, cachitas."
- Sí, y creo que nos dejamos una conversación a medias, si mal no recuerdo. – Tenía de nuevo esa sonrisa arrogante que no hacía más que ponerme nerviosa. – Si quieres podemos continuarla más tarde.
- Ya, pues yo te recuerdo que me fui cuando creí que la conversación se acabó. Así que, por mi parte no hay nada que continuar.
Nos estuvimos mirando fijamente a los ojos durante unos segundos que se hicieron interminables. Yo me habría quedado en esos ojos grises durante toda mi vida. Únicamente sus ojos y yo pero, su forma de ser y nuestro encontronazo me echan bastante para atrás.
- Esperad, ¿vosotros ya os conocéis? ¿Desde cuándo? – Esta vez era Marta la que hablaba, incrédula, interrumpiendo nuestra conexión momentánea. Yo me apresuré a contestar.
- No. Bueno… Sí. Tropezamos el otro día y hablamos durante unos minutos.
- Discúlpanos un momentito, Mario.
Marta me agarró del brazo y me llevó a un aparte para hablar un momento. Parecía enfadada.
- ¿Cómo no se te ha ocurrido contarme que ya lo conocías? ¿Y qué es eso de que tropezasteis?
- Tranquilidad, amiguita. Para empezar, ni siquiera sabía cómo se llamaba hasta hoy que me lo habéis presentado y sí, tropezamos en la escalera de mi instituto. Me caí por su culpa y estuvimos discutiendo hasta que tuve que coger el autobús para ir a tu casa.
- ¿Y por qué no me lo contaste?
- No le di importancia y, ahora que lo conozco, no creo que esto sea una buena idea. Me voy a ir a casa, va a ser lo mejor.
- De eso nada. Tú de aquí no te vas. – Volvió a cogerme del brazo y me arrastró hasta la taquilla del cine, donde los chicos ya habían comprado las entradas.
Entramos en la sale de cine que, salvo por dos o tres filas, estaba casi vacía. Marta y Carlos se sentaron juntos y a mí no me quedó otra opción que sentarme con mi "queridísimo" cachitas. Contengo con todas mis fueras mis ganas de vomitar y me sitúo a su lado.
- Bueno, cita de parejitas, ¿eh? – Me dice Mario nada más sentarse. Como siga con esa sonrisita toda la tarde la voy a acabar liando parda porque, una de dos, o le suelto un guantazo o no voy a ser capaz de contener mis instintos de depredadora. ¡No lo aguanto! – Como ellos están juntos, supongo que no quedamos más que tú y yo.
- Ahórrate el numerito, cachitas, por favor. Y ve callándote por que va a empezar la película; y me gustaría verla.
- ¿Te gusta el cine de terror?
- No, ¿por qué?
- Entonces sí que nos lo vamos a pasar bien. A mí me encanta, ¿lo sabías?
- No me importa, aunque creo que eso sí que lo sabías.
Musita algo más que no llego a escuchar. No tengo ganas de escucharle, básicamente, porque ya empieza la película y necesito algo en lo que concentrarme que no sea él; aunque sea una película de terror.
Para mi sorpresa, no da tanto miedo y sólo son un par de sustos esporádicos cada quince minutos, en los cuales me he resistido a gritar como una posesa. Aun así, quiero salir corriendo a casa para abrazar a mis peluches. Pasados otros quince minutos, me asusto de nuevo con la película y, esta vez, pegué un brinco en mi asiento que ni los saltadores de pértiga olímpicos y veo cómo Mario no puede controlar la risa.
- ¿Sabes? Ahora sería ese momento perfecto para que te engancharas a mí, me abrazaras y yo pudiera consolarte. ¿No es así?
"¡Dios! Si es que no le soporto. ¿Cómo puede Carlos tenerlo como amigo? Si es el tío más insoportable del mundo."
- Sí, lo sabía y, sí también podría hacerlo pero, la cuestión es que no quiero. Además, eres un creído. ¿No te lo habían dicho ya? – Volvemos a lo mismo; Ámbar 1 – Mario 0.
- Creo que una muchachita casi exactamente igual que tú me llamó lo mismo el otro día. ¿No es una gran coincidencia? Pero fue una verdadera pena que no me diera tiempo a responderle. Créeme, una pena. – En ese momento, él se iba acercando a mí, cada vez más lentamente. Hasta el punto de sentir su aliento.
- Pues créeme. A mí no me da pena ninguna. Y adem…
No pude acabar mi frase porque unos señores que tenía delante se dieron la vuelta para decirme que me callara. Me estaba poniendo muy, pero que muy nerviosa. Esta vez, Mario se estaba riendo de mí en mi cara.
- Eso, rubita, cálmate un poco. No nos dejas ver la película. – No podía hablar de la risa que le estaba entrando.
"Esto es el colmo" Me giro hacia Marta, que no pierde ni un minuto con Carlos. Pero el aire sí que parece que les falta un poco. Le toco en un hombro y se gira bruscamente, visiblemente cabreada.
- Lamento interrumpiros en este momento tan bonito y romántico de vuestra relación. Pero no me encuentro bien y, creo que me voy a ir a casa. – Ambos me miran ahora, muy sorprendidos.- Carlos, de verdad, me ha encantado conocerte.
Sin dejarles tiempo para responder, cojo mi bolso y mi abrigo, me levanto, y salgo de la sala por patas. Siento los ojos de Carlos y Marta clavados en mí y, puede que tal vez los de Mario. Cuando ya estoy en la calle, respiro aliviada por primera vez en toda la tarde.
Pero mi paz y mi tranquilidad duran poco porque, a los diez minutos de estar sentada en la parada de autobús, siento otra vez unos ojos clavados en mí. Sé de quienes son pero, no quiero darme la vuelta.
- ¿Qué estás haciendo aquí?
- Vamos, rubita, ¿tan pronto te has cansado de mí? – Noto que se acerca a mí y, me pongo de pie para mirarle a la cara. – No sabía que tuvieras tan poco aguante.
- Por favor, déjate toda esa fanfarronería que tienes encima. Me he ido porque no me encuentro bien y quiero volver a mi casa. Además, ¿tú no querías ver la película? Salimos todos ganando.
Se quedó pensando un momento, mirándome fijamente.
- La verdad es, que he salido porque tenemos una conversación pendiente. No me dejaste acabar. Quería decirte que no soy ningún creído y que tú estás loca de remate por bajar corriendo unas escaleras y caerte.
"¿En serio? ¿Me lo recuerdas ahora?"
- Perdona, pero yo estaba tan tranquila bajando mis escaleras y…
- Sí, corriendo.
- Pues sí, corría. ¿Y qué? Me gusta correr, huir. Me despeja. Y no dejamos ninguna conversación a medias. Tenía que coger ese autobús.
- ¿Huir? – Preguntó, sorprendido. Se fue acercando lentamente, hasta que estuvimos casi pegados. Mi respiración empezó a agitarse. – Pues que sepas, que de mí no vas a poder huir.
En ese momento, se acercó el autobús a la parada y me fui acercando a él poco a poco.
- Ya, pues es justo lo que estoy haciendo. – Me subí rápidamente y le di a la palanca para cerrar la puerta justo antes de que él se subiera. Le dije adiós desde el otro lado. Me senté y cerré los ojos. No quería verlo.
Punto, set y partido para Ámbar.
