"En fronteras grises huyen incógnitos" es el título de un one-shot que se ubica entre éste y el anterior capítulo; es un lemon. Pueden buscarlo en mi perfil si lo desean.
Dedicatoria: A los que leen yaoi lemon cuando el Sol todavía está alto en el cielo y a los que lo leen furtivamente en la cercana presencia de otros seres humanos.
Disclaimer: "Amrita" pertenece a Banana Yoshimoto; es la parte en cursiva casi al inicio del flashback.
"Te quiero" pertenece a Mario Benedetti; es otra sección en cursiva. Espero no hacer que Benedetti se revuelque en su tumba.
oOo
Esa temporada del año
Por: Galdor Ciryatan
7
Ahora que su cuerpo había sido renovado no echaba de menos el tatuaje de ANBU, pero las mordidas de Kisame sí las extrañaba. Antes tenía cicatrices en los hombros, en la cara interna de los muslos y una particularmente marcada en la cadera. Fueron recuerdos involuntarios de Kisame, borrados tras el renacimiento de su cuerpo mortal.
Hubo un tiempo en que esas cicatrices le recordaban a su tiburón. Las miraba y pensaba en él. Ahora, sin esas marcas…sólo le quedaba la totalidad de su cuerpo por admirar. Estaba vivo gracias a Kisame. Esa piel clara e inmaculada, esos ojos que la miraban y esos dedos que la acariciaban estaban allí —y no pudriéndose entre la tierra— gracias a Hoshigaki. Cada que se veía o se hacía consciente de su existencia mortal, se acordaba del tiburón.
Sacudió la cabeza para despejar su mente y gotas de agua se le desprendieron del cabello. Kisame era una obsesión suya. Así como un día su vida girara en torno a Sasuke, ahora era frecuente que se viera asechado por la deseable visión de unos dientes afilados y unos ojos de diminutas pupilas. Aunque hubiesen pasado varias semanas desde su reincorporación a la vida normal en Konoha, continuaba invocando la memoria de Kisame.
Se secó el cabello y, enfundado en una yukata de color marrón y azul oscuro, dio una última vuelta por la casa antes de ir a dormir. Aseguró la puerta y apagó la luz de la cocina que Sasuke había dejado encendida.
Cualquiera que lo viera y contemplara sus movimientos tranquilos, coronados por ojeras menos pronunciadas y labios más relajados que de costumbre, sería incapaz de adivinar lo que pasaba por la cabeza de aquella comadreja. Cualquiera que le echara un vistazo, omitiría ser perspicaz. Nadie se imaginaba que Itachi se moría por saber de Kisame, por verle la piel y tocarle el azul cabello. Nadie sospechaba que en su cabeza se estaba gestando un plan que buscaría cumplir sus anhelos.
Y nadie, ni siquiera él mismo, podría predecir que el plan sufriría un revés.
Suspiró y se encaminó a su cuarto. Se acostaría, se dormiría y dejaría a su estrategia reposar. No tenía mucho caso repasarla o modificarla. La gente no le decía mucho nuevo sobre Kisame y, de por sí, era escaso lo que conocía. Necesitaba más tiempo antes de echar a rodar cualquier cosa y no le convenía revolver demasiado el asunto. Paciencia era la cualidad principal de esta fase preparatoria. No podía huir de la aldea e ir a buscar a Hoshigaki dando palos de ciego, necesitaba afianzar su posición, investigar a fondo y entonces poner manos a la obra. Hacer esto con descuido y darse el lujo de fallar era inadmisible.
De hecho, no iba tan mal en su estratagema. La gente de la villa ya le miraba con otros ojos, las misiones que estaba haciendo eran de una seriedad mayor y había comenzado a plantar las semillas que luego le darían frutos en torno a la información sobre Hoshigaki.
Iba encaminado…y de todas formas a veces quería salir corriendo a Kirigakure sin pensar en nada.
Ansiaba saber qué sucedía con Kisame.
Puso la mano en la puerta de su cuarto y allí se quedó, a punto de entrar, quieto, escuchando. Había sentido algo fuera de lugar.
—Creí que ya estabas dormido —pronunció la comadreja.
La indiferente y (todavía bastante) engreída sombra del pasillo no se dignó a responder. Sí había estado dormido, era sólo que algo lo despertó y lo arrebató del abrazo del sueño.
Itachi retiró su mano de la templada madera. Se hizo a la idea de dormir en una cama que no era la suya pero que no le resultaba del todo extraña. Con ese paso tranquilo, carente de dilemas, se dirigió a la habitación de Sasuke y se metió entre mantas que no le pertenecían. El menor gustaba de ocupar el lado derecho de la cama; la comadreja, el izquierdo.
—Que esto no se vuelva costumbre —dijo Sasuke, como si no hubiera sido él quien buscara la compañía nocturna, como si él no le consintiera a Itachi el mismo capricho, como si no lo hubieran hecho tantas veces antes.
Verdad que sus vidas empezaban a tomar forma, verdad que llevaban a cabo misiones más acordes a sus habilidades, verdad que la aldea era otra vez su hogar. No obstante, eso no arrancaba de tajo los malos sueños y los desfasados anhelos de cercanía. En ocasiones hacían este tipo de cosas, ya fuese porque Itachi echara de menos a Kisame y quisiera sentir a Sasuke cerca para infundirse esperanza, o que el menor tuviera un mal sueño y deseara asegurarse de que su hermano estaba en verdad vivo, que no eran delirios suyos. En ocasiones se sentaban uno junto al otro en el porche, con sus pieles apenas rozándose y los ojos fijos en los árboles recién plantados del jardín.
No, aquellas cosas no se volverían costumbre. Eran nada más banditas adhesivas puesta sobre abismales y viejas heridas sangrantes. En cuanto éstas se curaran, estos actos de cariño cesarían.
Itachi sintió una presencia intrusa —era el ANBU haciendo su ronda— y maldijo su agudizado sentido de alerta. Esperó a que el shinobi de la máscara se retirara y entonces se durmió.
Soñó con Kisame.
oOo
Esa noche tuvo el sueño agitado y volátil del fugitivo. Apenas logró pegar los párpados para cuando el resplandor del amanecer lo sorprendió en su escondrijo. Estaba bien. Mejor que lo descubriera el Sol a que los hicieran los ANBU.
Escuchó el silencio, se puso en pie y se desayunó un gran puñado de nada. Pronto se puso en marcha. Los shinobi que le seguían el rastro eran insistentes y él no podía permitirse que lo alcanzaran de nuevo. La última vez los perdió con gran esfuerzo, apenas si pudo lograrlo, y a cambio gastó sus reservas de chakra y recibió una herida en el brazo que, al día de hoy, no terminaba de sanar.
Tampoco importaba. Estaba cerca de su destino y esto acabaría pronto, de una forma u otra.
Se movió por el bosque en silencio, con más sigilo del que un hombre hambriento tenía derecho a mostrar. Ya eran semanas de esto y él mismo se asombraba de lo mucho que era capaz de resistir. Qué decir de lo que pensaban sus perseguidores.
Al principio, la Mizukage reunió un grupo élite para darle caza y arrastrarlo de nuevo al interior de su celda. Eran shinobi seleccionados especialmente por sus habilidades, escogidos pensado en las debilidades del fugitivo, así que (estadísticamente) éste no tenía muchas posibilidades. Creyeron que le atraparían mucho antes de llegar a los límites del país del agua.
Se equivocaron.
El fugitivo huyó de su celda, escapó de Kirigakure, cruzó la frontera y se adentró en la nación del fuego. ¿Su destino? Resultaba obvio: Konoha.
Hoy se hallaba a poca distancia de la aldea shinobi. Quizás fuese capaz de lograr su cometido. Si la suerte le sonreía un poco y el cuerpo aguataba un ápice más, tal vez volvería a ver el rostro de la comadreja. Y es que, a saber, ésa era su misión primordial: Verlo. Carecía de planes futuros al respecto, no sabía qué haría luego de encontrar a su antiguo compañero. Todo lo que anhelaba era tenerlo frente a él, preguntarle cómo estaba y descubrir que su vida había tomado el rumbo que el joven merecía. Ojala no estuviese en una celda. Ojala no estuviese muerto. Eso sería devastador.
El fugitivo no tenía forma clara de saber sobre él, excepto ir a verlo con sus propios ojos. No confiaba en las noticias que otros pudieran traerle o en su voluntad para transmitírselas.
Ansiaba ver a la comadreja y encontrar sus labios sonrientes. No le había devuelto a la vida para que fuese infeliz, sino para que estuviera al lado de su hermano tan amado, en el lugar que nunca dejó de considerar su hogar.
"Espero no haberme equivocado" pensó. Romper el Edo Tensei de aquella manera tan particular fue un plan pensado a medias. Cuando llegara a Konohagakure y encontrara al joven del Sharingan, descubriría las verdaderas consecuencias de ese plan (más allá de haber revivido un cuerpo muerto).
"¿Le habrán perdonado sus crímenes por el papel que jugó en la organización? ¿Estará vivo y en libertad? ¿Se encontrará Sasuke con él? ¿Será feliz? ¿Pensará en mí?" se preguntaba. Él no era hombre de sentarse a tramar elaboradas y largas estrategias, planes sin fallo. Tenía que ir hacia él y averiguarlo.
Ya casi, ya casi. Un último trecho y encontraría las respuestas.
oOo Flash-back oOo
Una año más que se iba con rapidez, los días floreciendo con el vigor de la primavera y luego siendo arrastrados por vientos de otoño, las caricias febriles que combatían el indeseable frío de otra piel.
Itachi se apoyó en el hombro del otro Akatsuki y lo escuchó leer. La voz de Kisame decía:
"En ese momento me desperté.
En la oscuridad de la habitación, en mitad de la noche.
«Ah, Mesmer ha venido a despedirse de mí», pensé con un nudo en el corazón. Me hubiera gustado escribir detalladamente aquel sueño, lacrarlo y conservarlo para siempre.
Pero no.
La belleza es tomar algo en las manos y dejar que se vaya después. Uno no se puede aferrar al mar y a la sonrisa de los amigos que se van lejos..."
Este libro en particular le había dado a Uchiha varios dolores de cabeza. Al principio fue por su vista, luego se debió a los contenidos.
En los últimos meses los ojos de la comadreja se habían deteriorado de una manera asombrosamente rápida. De inicio fue una lánguida y apenas notoria bruma que emborronó su mundo, un desgaste visual que no le impedía nada y casi no cambió su vida. No obstante, este daño había precipitado su avance últimamente (justo cuando comenzó el libro de Yoshimoto). Sin mencionar los demás inconvenientes, tenía que poner un considerable esfuerzo en leer y, de todas maneras, era incapaz de hacerlo por largos periodos. Abandonó la lectura de éste y otros libros y frecuentemente descansaba los ojos cerrándolos en actitud relajada, todo fuese por perpetuar algo de su vista hasta el encuentro con Sasuke. Sabía que el Mangekyou se comería el mundo y le dejaría un agujero negro en su lugar, estaba resignado a ello, sólo quería aguantar lo suficiente para pelear con su hermano.
Así que dejó de leer cuanto le fue posible. Ya no leía para él ni para Kisame y, un día, el tiburón acabó por notarlo. Le preguntó por qué y la comadreja respondió que sus ojos se cansaban rápido en últimas fechas. En lugar de armar un escándalo y recordarle lo desdichado de la situación, Kisame empezó a leerle. El mayor conocía los efectos secundarios del Mangekyou y, por su exquisito tacto, juzgó conveniente no aumentarlos con un drama. La vista de Itachi se deterioraba, ya no podía leer. ¿Qué hacer con ello? No podía remediarlo, sólo coger un libro y leer en voz alta.
De esa manera pudo retomar sus lecturas inconclusas. Ya no se frustraba abriendo las páginas y encontrando letras borrosas…pero lo hacía al oír las frases que le aguijoneaban el corazón y la mente.
El libro de la discordia trataba sobre una joven llamada Sakumi, quien tenía una familia poco convencional y en derredor de ella revoloteaban eventos bastante inusuales; hablaba sobre la vida, acerca del amor, la amistad y la familia. Varias partes se clavaron hondo en el pecho de la comadreja.
"Para vivir juntos no son necesarios los lazos de sangre" rezaba el libro en sus primeras páginas. Luego decía que "los adultos viven con la idea grabada en el corazón de que «las cosas son hermosas porque acaban»", se cuestionaba "por qué hay siempre en el hombre un deseo de ayudar a los demás aunque no pueda hacerlo" y aseguraba que "angustiarse por algo que todavía no ha sucedido es perjudicial para la salud", entre otras cuestiones. Esas frases hacían sentir a Itachi desesperado y esperanzado, le recordaban su vida y le zarandeaban el corazón.
Kisame leía a un ritmo lento y sin hacer muchas inflexiones, por lo que en veces Itachi adormilaba y se recargaba en él. Entonces había un momento de silencio en la lectura, quebrado sólo por algún beso puesto en su frente o en su cabello.
Las máscaras de ambos se habían caído tiempo atrás, se las arrancaron a besos y a fuerza de amarse. En parte fue accidental, en parte Hoshigaki corrió el riesgo. Como sea, ahora sabían las verdaderas intenciones del otro en la organización. Continuaban con las misiones de la manera usual, seguían mostrándose leales y crueles (al menos Kisame sí era un poco de esto último). Itachi jamás admitió que cambiaran su forma de trabajar; era una medida de precaución. Fuera de la intimidad eran los mismos renegados de siempre.
Ah, pero dentro de algún cuarto cerrado o a mitad del insondable bosque…eran ellos mismos.
Fue un alivio averiguar que ninguno estaba comprometido con Madara, les quitó de los hombros un peso importantísimo. Kisame pensó que tal vez podría tener un futuro con Itachi una vez que esto acabara (si ambos conservaban la vida). Uchiha disfrutaba más su tiempo restante con el tiburón ahora que se habían despojado del disfraz.
Sólo un pequeño secreto se guardó para sí… Su inevitable muerte.
Qué caso tendría, pensaba Itachi, decirle que su fin último era morir a manos de Sasuke. Podría revelarle que amaba a su hermano pequeño, que asesinó al resto del clan con sus propias manos a fin de salvarle la vida, que su frialdad característica era una patraña y que sabía quién estaba tras los telones de Akatuski, pero no deseaba decirle "Moriré, está decidido y no me queda mucho tiempo". No le mortificaría innecesariamente. Viviría el resto de sus días amándolo y amando cada momento de su vida juntos.
Si le decía sobre su decisión de morir, sería llegado el tiempo, justo en el borde de su batalla contra Sasuke. Además, Itachi creía que elegir la muerte (y una muerte por un ser amado) era algo digno. Mucha gente muere en la guerra, lejos de sus familias, hay quienes salen de casa y jamás regresan, algunos desaparecen de pronto. La gente, por lo regular, no elige morir ni se despide de sus seres queridos, no valoran la vida a la luz de la muerte. Pero Itachi sí. Él lo decidió, tendría oportunidad de decir adiós y atesoraba lo poco que le quedaba de existencia mortal.
Era feliz.
Que las ojeras pronunciadas, los ojos cansados y el cuerpo delgado no tuvieran éxito en sus embustes. Él era feliz.
—Itachi-san, ¿te estás durmiendo? —preguntó Kisame interrumpiendo la lectura. Uchiha estaba por completo recargado en él.
—Vamos a la cama —le respondió el menor luego de un leve suspiro.
Hoshigaki dejó el libro a un lado y sonrió. Aquello implicaba dormir juntos, que no debería regresar a su habitación y, si el cielo era benévolo, también significaba que harían el amor, lo cual no sucedía de manera tan infrecuente como para volverlo loco de deseo y tampoco tan frecuentemente como para considerarlo rutinario.
Itachi seguía insistiendo en tratar las misiones con seriedad y, aunado a eso, no le gustaba mucho la idea de revolcarse en la tierra, así que Kisame tenía nulas posibilidades de éxito cuando iban camino a realizar un trabajo y tenía que mostrarse especialmente convincente si se hallaban a descampado. Además, Itachi no era un gran fanático del sexo; lo disfrutaba y le había tomado gusto al tiburón, pero era raro que él lo pidiera.
Hasta estas últimas fechas.
Kisame había notado cierto patrón: En ocasiones, luego de leerle este libro en particular, Itachi le decía que durmieran juntos pero dormir era lo último que hacían tras meterse en la cama. A Kisame le gustaba este libro, era una pena que estuvieran por acabarlo.
Hoshigaki agarró al menor en brazos y lo llevó a la cama. ¿Por qué? Porque tenía la fuerza física que se lo permitía y porque, de cuando en cuando, tenía que sacar a relucir su lado bobo y cursi. O lo cargaba o le decía alguna frase románticamente tonta. Kisame era así. Con el despiadado shinobi y el cortés caballero convivía un ser de pensamiento simplón y enamoradizo; su antiguo desfile por decenas de burdeles fue terreno árido y seco para este ser, su relación con la comadreja lo hizo germinar. Itachi ya estaba habituado; recibía las bromas tontas con una sonrisa resignada y se dejaba cargar ocasionalmente. No se trataba de cosas mortales. Lo más grave hecho por Hoshigaki había sido comprarle flores, regalo que el menor recibió entre indignado, tímido y sorprendido. ¿Qué tipo de hombre le regala flores a otro hombre? Suponía que únicamente Hoshigaki Kisame.
En verdad, tener a Itachi como pareja estable le daba al espadachín de Kiri la oportunidad de hacer crecer partes de su persona cuya existencia ni siquiera él conocía. Tenía un cursi romántico dentro de él, lo descubrió un día y entonces lo alimentó y lo arropó. ¿Qué decir? Por algo le había llamado la atención ese libro viejo en el librero de Itachi, ése traído de dios sabría qué lejana nación y que rezaba poemas de amor. Era el que cogía para leer cuando Uchiha no le pedía uno en específico.
Un poema en particular había tirado de la manga de su romántico interno y se volvió su favorito. Comenzaba así:
"Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia/
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos…".
A estas alturas se lo sabía de memoria. Podría recitarlo.
—Tus ojos son mi conjuro contra la mala jornada.
Lo depositó en la cama.
—Te quiero por tu mirada, que mira y siembra futuro.
Se puso a horcajadas encima de él y arrojó lejos su playera.
—Tu boca que es tuya y mía, tu boca no se equivoca.
Le besó y lo saboreó.
—Te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía.
—Mi amor mi cómplice y todo —finalizó Itachi. Le abrazó por el cuello y evidenció intenciones de retenerlo ahí por el resto de los tiempos.
Se besaron y se mordieron los labios, sus dientes amenazaban con arrancar o al menos amoratar, los actos limitaron esa potencial mutilación a hoscas caricias, los gemidos pusieron de manifiesto que un pedazo de carne menos no sería gravemente lamentado. Uchiha le abrazó con las piernas y Hoshigaki abrió la boca. La lengua de Itachi se introdujo, cruzó una frontera de azules labios y se entregó a los dientes del monstruo, quien mordió y jaló y chupó antes de liberar.
Más de una prenda fue rasgada, se convirtió en inútil trapo al recibir la desesperación de unas manos fuertes. La cama se quejó bajo el peso de un par de cuerpos inquietos, desnudos, calientes. El edredón se revolvió, igual que los cabellos, las palabras y las sensaciones. Itachi se deshizo del listón rojo mientras Kisame se deshizo en gruñidos y jadeos; Uchiha se metió un pene rígido en la boca y sintió como si le acariciaran un punto sensible, Kisame rasgó clara piel con sus dientes y recibió a cambio gemidos de placer.
Hoshigaki preparó a Itachi con su lengua y, después, usando sus dedos y lubricante. Lo dejó resbaladizo y pidiendo en suspiros que lo llenara. El mayor se sentó contra el respaldo de la cama, un poco encorvado, piernas separadas. Entonces ayudó a la comadreja a ponerse encima de él y quedaron de frente, Itachi sobre su rigidez y con sus piernas a los lados. Kisame agarraba un torso blanco.
El shinobi del Sharingan permaneció quieto unos momentos. Se ajustó a la bien recibida intromisión en su cuerpo y besó la frente del otro. Amaba a ese hombre de piel extraña; su ferocidad en batalla lo llenaba de una curiosa excitación, su capacidad para ser tierno lo halagaba y su vehemencia en la intimidad le arrancaba jadeos. Movió las caderas un ápice, ajustó el ángulo de su cuerpo y se entregó a un vaivén irregular. Se agarró con fuerza a los hombros del mayor para tener un punto de apoyo, invadió un poco el territorio de las sensibles branquias y con ello hizo gruñir a Kisame. Sin embargo, Hoshigaki no se quejó más allá, tenía otras prioridades en mente. Con sus manos toscas agarraba los costados del joven, lo ayudaba a alzarse y luego lo dejaba caer de nuevo. Sentía el miembro de Itachi golpeándole el esternón cada vez, su glande sonrojado pidiendo caricias que los gemidos del joven autorizaban.
—Tócame… Tócame.
Kisame se portó complaciente. De hecho, era así la mayor parte de las veces. Si estaba a su alcance accedía a las peticiones de su joven compañero. Si le pedía que lo acariciara durante el sexo, él lo hacía; si buscaba el calor de su cuerpo en las noches frías, él le abrazaba; si insinuaba o explícitamente pedía besos, él los repartía por su piel; si las mordidas eran en exceso bruscas y Uchiha se quejaba, él dejaba de morder; si le decía que se arrodillara y le besara los pies, él no mostraba reparos al hacerlo. El tiburón de Kiri, antes tan acostumbrado a pagar y a recibir todas las atenciones de sus amantes, había aprendido a dar, a otorgar, atender. Estando con Itachi se daba permiso de entregarse. A las prostitutas jamás les dijo algo lindo, a sus chicos comprados nunca buscó darles placer, pero a su comadreja… Oh, a esta comadreja podría regalarse la mitad de su alma.
Uchiha sintió que se volvía loco, que las sensaciones empujarían a los pensamientos fuera de su cabeza y los derramarían sobre el mundo. En realidad lo que estaba a punto de derramarse era su semen (pero la otra idea era más poética). Es que Kisame lo llenaba de una manera especial, ocupaba rincones de su ser que por regla general estaban vacíos y expulsaba a los demonios de su cuerpo empujándolos con su presencia. El dolor y la preocupación se esfumaban al estar juntos, las aflicciones abandonaban su alma, las dudas transmutaban en certezas. Y su miembro punzante se ajustaba tan, tan bien al espacio entre sus paredes.
Kisame lo sosegaba, lo extasiaba y lo hacía sentir bien.
En algún momento, esa marcada influencia le dio un poco de miedo a Itachi. ¿Era seguro que Hoshigaki tuviera tanto dominio sobre él? ¿No pondría eso en peligro su misión? Por un breve tiempo se volvió cauteloso y se dedicó a la introspección, entonces comprendió: Si Kisame podía hacerlo sentir de determinada forma era porque él le otorgaba el poder. Con el amor van pegados los permisos para hacer sentir bien o mal, es un riesgo implícito. Itachi le dio un lugar en su vida, en su corazón, y le autorizó a disponer de ese sitio como le pareciera.
Era igual a un jardín, a un pedazo de tierra que se otorga a otro en calidad de préstamo. En ocasiones las personas no lo cuidan y lo pisotean; otras siembran, abonan y podan. Cuando viene el tiempo de la cosecha, los beneficios se reparten entre el dueño de la tierra y su inquilino.
Itachi no quería levantar una cerca y expulsar a Kisame, retirarle el derecho de existir en su interior. Le gustaba lo que le hacía sentir y lo amaba, deseaba tenerlo por el resto de sus breves días. Por ello, constantemente reafirmaba sus convicciones.
"Hoy decido amarlo. Hoy permito que me toque, que me haga sentir, que esté conmigo" se decía. Si en algún momento cambiaba de opinión, bastaba con agregar un par de "no" a su letanía y elegir levantar el cerco. Amar es una elección.
Por casualidad, jamás eligió no amarlo.
Todos los días se despertaba y decía "Hoy quiero, hoy permito, hoy accedo".
—Itachi-san —pronunció el tiburón con voz grave.
Un orgasmo tembloroso se aferró a él, lo sacudió en su muy particular ritmo y lo hizo gruñir. Su mano áspera continuó acariciando furiosamente el sexo de Uchiha y éste eyaculó unos momentos después; salpicó de blanco un fornido pecho azul.
La comadreja estaba sonrojada, sus mejillas ardían con el rojo de su sangre tras la piel, el carmesí de unos irises mortales ayudaba a armonizar la escena que era su rostro.
—Otra vez el Sharingan —le dijo el mayor al tiempo que besaba su barbilla.
Itachi aspiró hondo y disipó el doujutsu. No era ésta la primera vez que ocurría una cosa así. Ya en otras ocasiones el Sharingan de la comadreja se había activado de manera involuntaria. A Kisame no le molestaba, nunca le había hecho daño y (a decir verdad) lo consideraba un rasgo atractivo; si se lo había hecho notar a su compañero era por un arraigado sentido de honestidad. Lo mismo le hubiera dicho "Tienes una hoja en el manto" o "Se te cayó algo". Era ese tipo de observación, no la clase exigente, la demandante. Pero…nunca se lo había dicho. ¿No estaría Itachi malinterpretando sus comentarios al respecto del doujutsu?
Le ayudó al menor a separarse de él y luego se recostaron uno junto al otro.
—No me importa que actives el Sharingan mientras lo hacemos, sea voluntario o involuntario. Me gustan tus ojos de cualquier manera, Itachi-san.
Uchiha hizo nota mental de dicha declaración. Las siguientes veces no sería necesario apresurarse tanto en disipar el Sharingan. Si a Kisame le gustaba, le dejaría contemplar. Además, no era como si pudiera hacer mucho para evitar que sucediera; era involuntario después de todo, además de inocuo, y no quería gastar energía en bloquear el Sharingan. Si se hubiera tratado del Mangekyou la historia sería diferente, no obstante, el Sharingan podía dejarlo pasar.
—Está bien —convino la comadreja. No podía ni quería controlar el Sharingan durante el sexo, ¿qué con ello? Kisame también tenía cosas que era incapaz de controlar en la cama…
Oh, lo que le recordaba algo.
Itachi había deseado abordar cierto tema en días pasados, nunca encontrando el momento o las palabras correctas. Sin embargo, al ver el calendario esa tarde, se decidió a tocar el tema a como diera lugar. Si no se daba prisa y ponía en claro lo que quería, era posible que Kisame huyera.
—Pronto vendrá la temporada, ¿no es así? —habló Itachi en su voz más inofensiva.
Hoshigaki gruñó una incomprensible respuesta. Le afligía pensar en la proximidad de la estación. Ser incapaz de controlar la absorción de chakra significaba alejarse de Itachi por algunos días.
—Kisame…
—Estaré bien. Podré tolerar una semana lejos de ti sabiendo que te tengo por el resto del año —se resignó el mayor.
Itachi notó que estaba decidido. Había elegido resolver su predicamento igual que en el año anterior. Lo abandonaría…si él se lo permitía.
—No quiero que te marches —dijo la comadreja. Se incorporó a medias y apoyó la espalda en la cabecera. Tenía una expresión de serena terquedad en el rostro.
—Y yo no quiero hacerte daño… ¿No decías antes que el sexo era para disfrutarse? ¿Cómo te voy a dar placer si te dejo inconsciente?
El vergonzoso episodio del año anterior continuaba presente en la cabeza de Hoshigaki. Jamás olvidaría el cuerpo suelto de Itachi al desmayarse y el horror que sintió al verlo así. Se ausentó el resto de esa temporada y, al regresar, encontró el ambiente un poco agreste. Uchiha lo había recibido con una combinación de rencor, cautela y franco amor. El menor lo abrazó, luego le golpeó el pecho sin apartarse de él y le dijo lo grosero que fue al abandonarlo. Kisame se disculpó: Por haberle robado el chakra y por haberlo solucionado de manera tan eficaz. Las cosas tardaron un tiempo en reacomodarse y, de nuevo, una noche, hicieron el amor. Itachi había estado muy tímido al principio y Kisame se preocupó innecesariamente ante la perspectiva de absorber su chakra. Esto último no pasó; fuera de la estación era por completo capaz de dominarse.
—Sé cómo solucionarlo —le dijo el menor eligiendo sus palabras con cuidado.
Kisame alzó las cejas. ¿Sería eso posible? Él mismo no había podido encontrar remedio a su problema. Además, puesto que sólo le ocurría durante el celo, no disponía de oportunidad para experimentar diversas soluciones. Lo más lógico a lo que había podido llegar era a no tener orgasmos, cosa que sólo lograría evitando al sexo. A menos que Itachi hubiese encontrado una manera de resolverlo, de tener relaciones sin desbocarse.
—Por mí mismo no tengo forma de controlarme. ¿Hay alguna otra manera de lograrlo? —preguntó el mayor. Una parte optimista de él se sentía esperanzada. Tenía fe en la mente de aquel joven genio.
Uchiha le explicó su plan lo más detalladamente que pudo, todo fuese a fin de convencerlo. Probablemente ésta sería su última estación juntos y no quería que el tiburón huyera.
—Cuando estás en celo salen a flote tus inclinaciones naturales y te es difícil controlarlas, ¿cierto?
Kisame asintió.
—Buscar una pareja sexual es el impulso primario de la estación, pero también se desinhiben otras de tus tendencias naturales, como la absorción de chakra. El problema es en parte que consumes mi energía y, por otro lado, que mi nivel de chakra baja demasiado y provoca que me desmaye.
"Si no podemos evitar que absorbas mi chakra, trabajaremos con la otra parte del problema: Elevaremos mis niveles para que yo pueda resistir.
Hoshigaki se mordió el labio. Antes de que se decidiera a hablar, Itachi continuó:
—Tomaré píldoras del soldado. Ya las conseguí. Había pensado en un sello que bloqueara tu capacidad de robar el chakra, pero no tuve tiempo de investigar a fondo. Será mejor usar las píldoras.
—No me importa esperar por el sello, aunque se tarde hasta el siguiente año.
"Tonto, yo no estaré aquí para entonces" pensó Uchiha.
—Además, las píldoras tienen efectos secundarios —agregó el tiburón.
—No si las uso adecuadamente… Prometo ser cuidadoso con ellas.
Kisame se rascó la frente. Sería hipócrita decir que estaba por completo en desacuerdo. De verdad quería acostarse a Itachi durante todo el celo, oírlo gritar y verlo correrse. Y al mismo tiempo… Al mismo tiempo seguía preocupándole lo del chakra. No estaba seguro que las píldoras fuesen la opción más adecuada. En todo caso prefería probar con un sello.
—Lo pensaré —fue todo lo que prometió el mayor.
En efecto, fue lo único que hizo: Pensarlo. No volvió a abordar el asunto ni dio su brazo a torcer. Guardó hermético silencio en esa área de conversación y, llegado el celo, huyó.
oOo
Después de no recibir contestación a la puerta, Itachi se decidió a violar esa frontera.
—Kisame, voy a entrar.
Adentro le aguardaba una nota —una odiosa y familiar nota— sobre la cama. Rezaba disculpas y explicaciones, nada que él estuviese dispuesto a aceptar. Así que empacó algunas cosas y fue a buscar a Pain. Le pediría una semana de descanso argumentado que Kisame también había tomado la suya.
Por azares del destino Pain no se encontraba y Konan lo recibió.
—Se fue muy temprano y no sé cuándo volverá —le explicó la kunoichi—. Lo que necesites pedirle deberá esperar o puedes decírmelo a mí.
Uchiha no tenía paciencia para esperar un indeterminado número de días puesto que la estación duraba sólo una semana. Además, Hoshigaki le llevaba varias horas de ventaja y, si quería alcanzarlo, debía partir de inmediato.
Le pidió sus vacaciones a la mujer de cabello azul y esperó por una respuesta afirmativa. Ella le dijo un par de cosas…fuera de lugar.
—Es verdad que por ahora no hay misiones, pero eso puede cambiar en cualquier momento y sería inconveniente que tanto tú como Kisame estuvieran ausentes al mismo tiempo. Además, sabes que Pain es quien regularmente concede este tipo de permisos.
En términos generales le estaba diciendo que no. Con todo y todo, la mujer todavía no pronunciaba esa palabra. Ojos ambarinos e indiferentes mantuvieron un puente invisible hasta los irises negros. Itachi se quedó en silencio y esperó. ¿Qué podía hacer? ¿Aceptar la implícita negativa de Konan y retirarse? ¿Discutir e insistir? En definitiva deseaba marcharse y alcanzar al tiburón, sin embargo, hacerlo sin permiso le traería problemas. Una vez se había ausentado sin autorización y Pain se mostró más que enfadado. Eso, sin hablar de las sospechas que levantaría su conducta.
El silencio entre ambos se prolongó e Itachi se tornó suspicaz. Konan no se veía con ganas de agregar nada más a la conversación, a pesar de lo cual todavía no le daba permiso de regresar a su cuarto. ¿Significaba eso que le daba oportunidad al joven de reclamar? ¿Esperaba que se marchara de la habitación sin ser despedido? La comadreja dudó. Konan era un libro de difícil lectura y el borde de sus hojas llegaba a cortar los dedos de quienes no tuvieran cuidado al pasar la página.
La mujer captó la indecisión interior de Uchiha y añadió:
—Hace tiempo, antes de que entraras en la organización, Kisame trató de acostarse conmigo. Es un pésimo seductor; borracho, da lástima.
"Mentira. Es bueno para seducir" hubiese dicho el joven si su cerebro no hubiera estado ocupado analizando las implicaciones de lo que decía Konan. ¿Era verdad? ¿Mentira? ¿Por qué lo mencionaba? ¿Qué sabía ella? ¿Conocía sobre su relación?
—No sé por qué alguien como tú querría estar con él —continuó la mujer—, pero usualmente estas cosas no tienen explicación clara.
—¿De qué estás hablando? —dijo Itachi. Portaba en el rostro una sutil expresión de desconcierto; quería hacerse el desentendido.
Konan suspiró al ver que el otro estaba indispuesto a tirar la máscara. Bien, ella no era quién para obligarlo a nada. Si la comadreja deseaba fingir demencia, lo consentiría.
—No importa. Puedes retirarte… Disfruta tus vacaciones.
El menor tuvo la agudeza de leer entre líneas y la sensatez de asentir, agradecer y marcharse. Le incomodó bastante que Konan supiera sobre él y Kisame, sin embargo, no notaba en ella intenciones de explotar ese conocimiento y él no deseaba confirmarle nada. Era mejor evadir el tema.
De entre todos los Akatsuki, la que mejor podría comprender el cariño era Konan, la niña huérfana y brevemente adoptada por Jiraiya, la usualmente fría pero que entendía lo que era querer a un compañero, incluso más allá de ese simplemente compañerismo.
Itachi recogió de su cuarto lo que había empacado y salió de la base. Caminó sin rumbo fijo por un rato para luego dispersar algunos cuervos y hallar el rastro de Kisame. Al descubrir la dirección de su compañero, fue tras él, lo cazó y lo atrapó.
oOo
Quedaba un rato antes del ocaso.
Hoshigaki avanzaba con rapidez por el bosque. No tenía un destino bien definido; su meta actual era alejarse suficiente de la base y, entonces, buscaría un lugar para recluirse los siguientes días. Sabía que no podía elegir una aldea ya que su tacto áspero llamaría la atención y él estaría constantemente tentado a cogerse a quien le pasara por enfrente. Lo sensato era internarse en un área recóndita del bosque y rezar que la estación pasara rápido.
Llevaba horas de camino y se detuvo en un pequeño río a beber agua y sentarse por un minuto. Pensaba en Itachi. Lo amaba y no quería comprometer su integridad física, razón por la cual decidió escapar, no importando la petición de que se quedara.
"Ya me lo perdonará algún día…si es que en verdad está enfadado ahora" pensó él.
Kisame no dudaba del amor de Itachi; dudaba de su convicción respecto al sexo de temporada. Tal vez, cuando ideó lo de las píldoras, sólo fue para complacerle a él y a sus impulsos. Itachi era amable y probablemente estuviese dispuesto a sufrir estoicamente el celo. Pero Hoshigaki no quería eso: arrastrarlo en la marea de la estación y abusar de un cuerpo que no estaba preparado para un trato así de rudo.
—No sabía en lo que se estaba metiendo —sentenció el tiburón en voz alta. A juicio suyo, era posible que Uchiha no tuviera una clara idea de lo que le esperaba si pasaban juntos la temporada. El año pasado fueron unos cuantos días y acabó inconsciente. ¿Qué le aguardaría en una semana entera?
Se arrodilló ante la corriente de agua y algo apareció en su visión periférica, un manchón negro y veloz. Se giró y vio el cuervo que se le abalanzaba. El ave graznó una advertencia. Kisame estuvo a punto de destrozar al pájaro usando a Samehada, pero en el último momento lo reconsideró y saltó hacia el agua (era su terreno, a fin de cuentas). Observó cómo el cuervo no sólo no lo seguía, sino que se posaba en la orilla del río.
Qué razones tendría un cuervo para atacarlo y luego desistir, se preguntó. ¿Sería de Itachi? ¿De alguien más?
El ave negra volvió a graznar y, debajo del agua, Uchiha sonrió.
"Suiton, suirou no jutsu" dijo Itachi en su mente al tiempo que formaba los sellos. La técnica Prisión de agua representaba una especie de venganza poética: Capturaría a Kisame en su propio elemento y con una técnica que le había copiado a él.
Hoshigaki percibió que algo andaba fuera de lugar. Una masa de chakra se formó a sus pies, bajo el agua, y él se apresuró a moverse. Apenas logró escapar del reducido alcance de la técnica.
¿Por qué lo atacaban? ¿Quién? ¿Cómo es que hacían uso de esa técnica? ¿Se estaban burlando de él? ¿Y qué había acerca del cuervo?
Jamás pensó que la convicción de Itachi en su declaración
No quiero que te marches
fuese tan grande como para hacerlo ir tras él. Uchiha era la última persona en la que pensaba al tratar de descifrar a su atacante. Ni se lo imaginaba, así que fue increíble ver a la comadreja saliendo del agua para confrontarle con una mirada inmisericorde.
De inicio creyó que se trataba de un henge, una mala pasada de alguien que deseaba desconcertarlo. Se enfadó. La temporada y la ausencia de su compañero le proveyeron de todo el enojo que necesitaba y se lanzó en contra de quien consideraba enemigo. No se molestó en comprobar su identidad, estaba casi seguro de que no era Itachi. Lo dominaría y luego investigaría de quién se trataba.
Samehada atravesó el viento y se aproximó al hombre que fingía ser Uchiha. Le arrancaría los brazos, le atravesaría el estómago por adoptar la imagen del joven prodigio y atreverse a atacarlo bajo ese disfraz. Por alguna razón, consideraba ofensivo que su atacante hubiese tomado la figura de la persona que amaba.
El impostor no lo dejó cerrar el espacio entre ambos, formó sellos a una velocidad vertiginosa y pronunció a voz de grito:
—¡Katon, goukakyuu no jutsu!
Una gran bola de fuego se dirigió hacia Kisame, quien no le permitió amedrentarlo y abatió el jutsu con un movimiento de Samehada. Cuando su espada abrió una brecha en el fuego y él pudo ver a través, el shinobi de cabello negro no estaba ahí, se había alejado hasta la otra orilla del río y le miraba con facciones templadas.
Kisame aferró el mango de su arma y dudó un instante. El recién llegado podía usar el jutsu Prisión de agua y la Gran bola de fuego que era distintiva del clan Uchiha. Allende, el poco chakra que alcanzaba a percibirle no le resultaba amenazante ni en demasía extraño. Itachi conocía esas dos técnicas y la sensación de su chakra (mientras no peleaba) era la de un flujo tranquilo y sosegado, casi inexistente, que enmascaraba el gran poder que era capaz de convocar. Podría realmente tratarse de él.
El ninja de Kiri se mordió la lengua dentro de su boca.
—¿Itachi? —preguntó al fin.
—Itachi-san —comenzó por corregirle—. Baja a Samehada. Vendrás conmigo. —Usaba ese tono mandón y firme que tanto calentaba al espadachín.
—¿Por qué estás aquí? ¿Por qué me atacaste?
—No te dejaré escapar aunque deba vencerte y arrastrarte hasta la cama.
Bueno, eso dejaba menos lugar a las dudas. La referencia de la cama sugería que en verdad se trataba de la comadreja de Konoha. Kisame relajó un poco el cuerpo, no obstante, una parte de él se mantuvo alerta. Itachi no era el único enterado de sus ciclos anuales; Pain sabía sobre el celo, era probable que Konan también y las numerosas prostitutas que había conocido podían haberse hecho ideas en la cabeza, incluso cabía la posibilidad de que alguna de esas mujeres hubiese sido una espía o le facilitara la información a alguien más. ¿Cómo estar seguro? Eran escenarios factibles en el mundo de los shinobi. No sería raro usar a una kunoichi a modo de prostituta y colocarla en algún burdel para que esperara al cliente adecuado, el que tuviese piel azul y un ímpetu bien marcado.
Kisame decidió actuar y ver cómo reaccionaba su supuesto Itachi. Lo atacaría, evaluaría su respuesta y (si tenía oportunidad) le robaría un poco de chakra para comprobar su identidad.
—No estoy seguro de que seas Itachi pero, si en verdad lo eres, perdóname por hacer esto —dijo y con esas palabras arremetió de nuevo en su contra.
Uchiha no lo juzgó por dudar de él (sabía que el tiburón tenía sus razones y siempre era mejor comprobar). Y en cualquier caso, él estaba preparado para pelear si era necesario. No previó que Kisame se portara con su usual docilidad y le dijera "Sí, Itachi-san, tienes razón. Regresaré contigo", al contrario, había visto un conflicto gestarse. Itachi fue serio al decir que lo derrotaría y se lo llevaría arrastrando de ser necesario.
Activó el Sharingan.
—Es mi última advertencia —pronunció Uchiha.
Kisame vio el rojo de sus pupilas y las aspas negras definidas, entonces apartó bruscamente la mirada. Supo que no era ningún impostor…y lo atacó. Barrió el río, la orilla y la tierra seca con Samehada antes de alzarla y dibujar un arco que hubiese partido en dos a la comadreja de no haberse movido rápido.
—No voy a regresar contigo hasta que pase la temporada —se disculpó Hoshigaki. Enterró a Samehada en el suelo y formó signos con sus manos.
Itachi apretó los labios. ¿Quería hacer las cosas difíciles? Bien pues, que así fuesen.
El joven tenía el cabello y la ropa mojados por haber estado sumergido en el río, le agregaban un peso extra a su cuerpo y trastocaban las sensaciones de su piel, la temperatura. Sus ojos fueron directo a las manos de Kisame, a la combinación que estaban formando. Antes siquiera de acabar, Itachi ya sabía que jutsu usaría. Era de sus favoritos.
—¡Suikoudan no Jutsu!
Casi se le escapa una sonrisa burlona al ver formarse un remolino de agua desde el río y adquirir la forma de un tiburón. ¿De verdad? ¿Ese jutsu? Kisame tendría que esforzarse más si pretendía zafarse de él.
Uchiha utilizó una técnica de fuego para combatirlo y demostrar (contrario a la creencia popular) que el agua no siempre le gana al fuego. Una gran llamarada salió de su boca y fue a encontrarse con el escualo, chocaron en medio de un siseo, produjeron otros sonidos iracundos y empezaron a consumirse en un vapor denso. Ambas técnicas se resistieron a morir, pelearon, pero al final fueron devoradas la una por la otra. Itachi había calculado la fuerza del jutsu de Kisame y aplicado la misma cantidad de chakra a la suya, todo fuese para que estuviesen equilibradas y ninguna saliera victoriosa. Sí, tenía firme la intención de vencer a su compañero, mas no por ello quería lastimarlo.
Es difícil pelear con un oponente de similar habilidad a la propia. Pelear con alguien así, pretender vencerle y además no herirlo en el proceso requiere un especial cuidado y adecuada evaluación de las circunstancias. Sólo un genio podría sacar adelante esa empresa.
Itachi debía mesurarse.
El vapor producido por sus técnicas cubrió el terreno en varios metros a la redonda, se dejó caer como una neblina apesadumbrada. Itachi escrutó el mundo que sin su Sharingan le resultaría velado y descubrió que Kisame no estaba frente a él. ¿Dónde se había metido? Saltó a la rama de un árbol cercano para evitar que le atacase desde abajo (cosa que nunca llegó a ocurrir). Miró a la derecha, a la izquierda… Allá avanzaba una familiar marca de chakra, se estaba alejando, huyendo.
Al descubrir que sí era Itachi y que estaba más que dispuesto a pelear, Kisame pensó que lo mejor era retirarse. Reconocía la superioridad del joven en cuanto a las artes de los shinobi. Si había utilizado el jutsu del tiburón de agua fue para despistarle y dar la impresión de que lo enfrentaría abiertamente... Idioteces. No estaba loco, no pelearía contra él. Que le llamaran cobarde al Monstruo de la neblina por escapar de un muchacho once años menor a él. No importaba, él sabía mejor.
Hoshigaki creó varios clones y los envió a divertir a Itachi, quien ya iba tras él. Debía ponerle obstáculos a su compañero, ganar distancia y perderse en el bosque. Considerando la habilidad y el doujutsu de su compañero, sonaba casi imposible. No obstante, el mayor se conformaba con mantener la distancia entre ambos por el tiempo necesario, es decir, una semana. Quizás fuese que el celo le afectara la cordura o que la idea no fuese tan mala, la cuestión era que se disponía a intentarla. Si era capaz de mantener viva esta persecución por espacio de una semana, de no dejarse alcanzar mientras durara la estación, poco importaría entonces el desenlace. Terminaría dándole alcance, seguro, lo relevante era que no lo consiguiera mientras él estaba en celo. Además, la persecución consumiría sus energías inherentes a la temporada.
El hombre-tiburón se llenó el pecho de aire y luego lo dejó salir a regañadientes. Un suspiro, un lamento. Atrás, sus clones fueron abatidos y el asesino del clan Uchiha puso pies presurosos en su dirección. Una semana de esto. ¿Podría lograrlo? Cierto que había estado en persecuciones largas, pero en esas ocasiones tenía a Itachi de su lado y no pisándole los talones.
"Si no le permito atraparme en un genjutsu y absorbo algo de su chakra de vez en cuando, creo que podré sacar esto a flote" pensó "… Será la peor temporada de toda mi existencia".
Una parvada de cuervos salió de entre los árboles y le dio la razón. Las aves le graznaron incomprensibles reclamos, se juntaron y adquirieron la imagen de Itachi.
—Tus oportunidades de ganar esto son muy bajas, ¿lo sabías? —sentenció el joven shinobi.
El tiburón de Kiri jamás pensó en contradecirlo, tampoco le expuso su plan de postergar su derrota por siete días. Se echó a Samehada en la espalda y sacó de entre sus ropas un kunai con sellos explosivos; tenía muy pocos de estos (o de cualquier cosa) ya que al salir de la base no se preparó para una batalla prolongada. Debía usar bien sus recursos y resistir, resistir, resistir.
A sus espaldas percibió el chakra de Itachi aproximarse. Tenía esa vibra mortal y áspera que le caracterizaba, ese palpitar que sólo mostraba al luchar en serio. Arrojó el kunai en contra la masa de cuervos y ésta se dispersó entre chillidos de protesta.
Era inconveniente dejarse atrapar entre dos Itachi, aunque uno de ellos fuese menos real que el otro.
Se preparó para hacer el justu de Misil tiburón otra vez, pero en esta ocasión se metería dentro de él y aprovecharía la velocidad de la técnica para ganar terreno.
—Suito… —Algo lo interrumpió.
Un kunai con hilo se le enredó en el tobillo y dio un tirón impetuoso. Kisame perdió el equilibrio. La fuerza que lo jalaba se mantuvo, pugnó por arrastrarlo hasta su origen. El ninja de Kiri se sujetó a la rama de un árbol con una mano y, con la otra, alcanzó a Samehada y cortó el hilo.
—¡No regresaré! —vociferó el tiburón. Habló con el mismo sentimiento que si estuviese diciendo "No te lastimaré".
¿Qué no sabía su comadreja que él le amaba? ¿No lo había demostrado con la convicción necesaria? ¿Por qué insistía en pasar juntos la temporada, cuando ello le representaría un suplicio?
Dos clones de sombra y el original lo atacaron. Uno se le abalanzó desde la espalda, con un kunai en la mano; otro apareció desde arriba blandiendo una katana; el Itachi de carne y sangre, el real, quien le ponía jadeos en la boca y perlas de sudor en la piel, lo atacó desde su derecha sin llevar nada más que ese par de ojos tercos.
Kisame se concentró en los pies y en la percepción del chakra. Deshizo en una nube de humo al clon del kunai, dejó caer sus pies al suelo oscuro del bosque y bailó a un ritmo rápido con los otros, sumando a Samehada a la coreografía. La katana abrió surcos en su manto, meras líneas decorativas que no lograron arruinarlo, e Itachi descargó los puños contra su cuerpo.
Al estar peleando contra dos idénticas figuras de su compañero, sintiendo la fuerza de ambos, contactando músculo contra músculo y metal contra vendajes, el tiburón fue presa de…interesantes ideas. Tal vez, algún día no muy lejano en el que él se sintiera especialmente valiente, le pediría a Itachi que hiciera un kage bunshin antes de ir a la cama. Se divertiría de lo lindo con dos comadrejas a su merced. Y no es que el pensamiento fuese nuevo (¡qué va!), una vez se lo sugirió al estar conversando sobre las implicaciones prácticas de ser shinobi; lo que sucedió en ese episodio fue que Uchiha le miró con gesto de poco agrado ante el concepto. Oh, dicen que las mejores ideas son las que permanecen, las que rompen el filtro del tiempo y del olvido, así que tal vez ésta no era tan mala.
Imaginarse en un trío con su compañero le subió algo de sangre a los pómulos y, por increíble que pareciera, se descubrió respirando agitadamente. Sentía la entrepierna caliente. En ese punto se dio cuenta de su estupidez. ¿Quería huir por espacio de una semana? ¿De verdad? ¿Cómo lo haría si no podía mantener la distancia entre ambos por diez minutos? De haber querido —en verdad deseado— huir ya estaría saltando entre los árboles, no allí sosteniendo una pelea.
Combatía con Itachi porque le gustaba el contacto entre ambos. Su parte consciente había decidido rehuir al mencionado contacto (sobre todo en aspecto de la intimidad), pero su inconsciente premiaba sus anhelos concediéndole esta pelea.
Expulsó el aire que había estado conteniendo en sus pulmones sin notarlo y saltó hacia atrás. Uchiha conservó la postura defensiva y aguardó, todo él era paciencia. Kisame no hizo ningún movimiento a parte de acomodar sus cejas en una expresión turbada.
—Quiero estar contigo durante la temporada —dijo el menor de los Akatsuki— e intuyo que también tú lo quieres, a pesar de lo que hayas dicho antes. Si ambos queremos algo y no herimos a nadie con ello, ¿cuál es el problema en concedérnoslo?
—Pero, Itachi-san, tu cuerpo saldrá lastimado.
En respuesta, la comadreja relajó la posición de sus músculos. El clon se deshizo. El original suspiró y dijo:
—Me conoces mejor que nadie, sabes de lo que soy capaz. ¿Realmente piensas que vas a lastimarme? ¿No ves mi fuerza, no ves mi determinación? Mírame a los ojos, Kisame, mírame.
Por estúpido que fuese obedecerle, Hoshigaki elevó los ojos desde los pies que amaba besar hasta los ojos que, convertidos en sólido ónix, lo encaraban. Ahí cerca estaban sus ojeras, los flecos que le caían a los costados del rostro y sus apetecibles labios. El espadachín dio un paso atrás y se hizo más consciente del calor de su entrepierna.
—Una vez me dijiste que el sexo debía ser placentero, ¿te has olvidado de ello? Yo te prometí que así sería.
—Dije eso hace mucho tiempo y, si mal no recuerdo, por las mismas fechas tú dijiste que me querías en tu cama. Grandísimo idiota —masculló Itachi entre irritado y triste—, ¿no sabes que la gente a veces cambia de parecer? ¿Cómo puedo convencerte?
Kisame dejó a Samehada apoyarse en el suelo y pensó que el otro tenía un argumento válido. La gente cambia. Buen ejemplo era Uchiha, quien un día huyera por un mes entero de su compañero y, hoy, helo ahí, colgándose de su manto.
—Itachi-san…
El tiburón apretó los labios, hizo con ellos una delgada línea por la cual no salieron más palabras. No sabía qué decir. Su cuerpo insistía en que aceptara la oferta, su parte insegura negaba con terquedad, su mente se debatía contra ella misma.
—Basta de tonterías —pronunció Itachi tras sacudir la cabeza.
La comadreja decidió devolverle el favor que un día le hiciera Kisame, pensó que tal vez un acto de esa naturaleza le ayudaría a decidirse. Se desabotonó el manto y lo dejó caer tras él, removió el hitai-ate de su frente y dio indicios de querer hacer lo mismo con su camiseta.
Hoshigaki apartó los ojos con más prisa que si lo hubiese visto activar el Mangekyou. Agachó la cabeza y miró hacia sus propios pies.
—¿Qué estás haciendo? —Su voz resonó fuerte en el silencio del bosque, la excitación y el deseo moral de negarse le imprimieron a sus palabras una energía que él no buscó proyectar. Era la irritación de una temporada frustrada.
La camiseta salió con un grácil movimiento y la playera de malla sufrió el mismo destino, ambas prendas cayeron al suelo en un montón desordenado. Con manos seguras, Itachi se quitó los calentadores de las piernas y las sandalias.
—Tómame aquí mismo. Si después de eso te sigues negando a que estemos juntos por la estación, me marcharé sin protestar. —Mentía, pero eso no tenía por qué saberlo el tiburón.
Kisame escuchó el sonido de sus pantalones ser removidos, a los cuales les siguió la ropa interior. Si deseaba escapar, éste era el momento oportuno. Ah, pero sus pies estaban tan firmes en el suelo y su mirada curiosa empezaba a buscar el cuerpo desnudo de la comadreja. Lo único que debía traer encima, a estas alturas, sería el collar, el anillo de la organización y el listón que le recogía el cabello. ¿Debería comprobarlo? ¿Era sensato echar una mirada?
Con un poco más de hambre que de remordimiento, el mayor miró.
A los pies de la comadreja estaban sus ropas, el hitai-ate y los bolsos para los shuriken y kunai. En medio de la madeja se hallaban sus pies, blancos y de uñas púrpuras. Más arriba, sus piernas, su cadera y su cintura; estas dos últimas partes eran de proporciones similares y unidas a su torso le daban una figura rectangular. Itachi no tenía una cintura delgada, su tronco poseía una armoniosa rectitud. Uno de los brazos de la comadreja se elevaba y conectaba con su boca de labios abiertos, de sus dedos se escapaba una píldora; se la tragó sin mascar y la sensación de su chakra cambió. Se apartó el cabello de la frente cuando Hoshigaki le miraba el rostro y procedió a darle la espalda, se puso sobre codos y rodillas encima de su ropa, dejó que su cabeza reposara en el suelo y pronunció una sola palabra, corta y tajante.
—Ven.
El joven se le estaba ofreciendo.
El espadachín encontró pocas razones y fuerza interior para negarse. Deseaba el cuerpo de Itachi y le maravillaba su entrega. Verlo en el suelo del bosque dispuesto a ser tomado, sabiendo lo mucho que detestaba ensuciarse, entender que le daba permiso de abusar su estrecha entrada a partir de hoy y hasta que terminara el celo…lo volvía loco. Era la primera vez que veía a Uchiha así de sometido y sumiso.
"Más tarde me reprocharé por esto…tal vez" pensó mientras dejaba a Samehada en el suelo y se despojaba del manto y del hitai-ate.
Sería un crimen desperdiciar esta oportunidad. Y él podía tolerar que le llamaran criminal por haber asesinado o por pertenecer a Akatsuki, mas no por esto.
—Si en cualquier momento quieres que me detenga, sólo pídelo —habló el mayor. Se arrodilló tras Itachi y acarició su piel.
—Hay lubricante en esa bolsa —fue la única respuesta.
Kisame vio que, en lugar de contener kunai, una bolsa guardaba dentro de sí varias botellas de lubricante y más píldoras del soldado. Supuso que la seriedad del joven estaba fuera de toda duda; había ido ahí bien preparado.
Como la estación no estaba avanzada y él conservaba cierto sentido básico de cordura, se dio el tiempo de preparar a Itachi, calentarlo y sobar las partes de su cuerpo que gustaban de las caricias. En algún momento se quitó la playera y los calentadores de los brazos, se desabrochó los pantalones e hizo espacio para que su miembro erecto saliera de sus confines.
A lo largo de todo el acto, Itachi permaneció en la misma posición, a cuatro patas y con la cabeza apoyada en el suelo, sólo levantándola de vez en cuando para proferir algún gemido especialmente fuerte. Quería besar a Kisame, verle el rostro de facciones duras y sentir su aliento en su boca, pero Hoshigaki nunca le indicó que se moviera y él no se atrevió a pedirlo.
A pesar de que la postura empezó a incomodar sus rodillas y codos, encontró cierto gusto morboso por encontrarse así y por hallarse bajo el dominio de Kisame. No tenía ninguna intención de hacerle ver sus deseos a menos que fuera estrictamente necesario, no iba a pedirle nada, sólo a complacerlo de las maneras que él le señalara. Por este breve episodio, Itachi se entregaría a él sin remilgos. Muchas veces le ordenaba, tanto en las misiones como en la cama, y por regla general veía sus deseos cumplidos. No le haría daño probar algo diferente por el día de hoy.
Presionó su frente contra el suelo y sintió el miembro de Kisame empujar en su entrada con igual fuerza. El tiburón frotó tentadoramente y, en lugar de apartar los glúteos de Itachi, los juntó para estrechar el espacio.
No hubo queja.
Kisame pudo apreciar lo mucho que había cambiado su compañero. Desde la inicial frialdad y desconfianza, pasando por el virgen autoritario y controlador, hasta llegar a esto. Le encantaban las facetas de Itachi, verle la máscara de renegado mientras trabajaban y apreciar la sonrisa límpida que le regalaba en sus momentos de soledad. Amaba sus cambios. Éste en particular le fascinaba. Lo penetró con su miembro bien lubricado y obtuvo un delicioso siseo de su parte. Jamás recibió queja, nunca una sola petición o comentario. Itachi estaba aceptando lo que le daba sin mostrar reparos, lo cual era extraño. En general, solía pedirle al menos una cosa: que cambiaran de postura o variara el ritmo, que lo lubricaran más, que le mordiera (o se abstuviera de morder) en una zona específica, que se arrodillara y le llamara por su nombre.
Itachi-san.
Hoshigaki se hundió por completo en él y masajeó sus glúteos.
—Itachi —le llamó y no hubo esta vez corrección que agregara san.
"La única vez que ha estado así de complaciente…" pensó Kisame antes de interrumpirse. De inicio fue incapaz de completar la frase, tuvo que forzar la memoria antes de concluir "…fue la primera vez que nos acostamos". Hacía un año de eso.
Uchiha recibió con gemidos las primeras embestidas del mayor; las siguientes, con jadeos. El ritmo no era el que él hubiese deseado, pero de alguna manera resultaba tremendamente satisfactorio. Dejar a Kisame servirse de su cuerpo no había sido tan mala idea, tal vez volviera a darle este regalo de cuando en cuando. A decir verdad, Itachi se sentía en igual medida excitado y avergonzado por su propia conducta; su compañero —su subordinado en la jerarquía— estaba deleitándose con su cuerpo y él no le imponía ninguna restricción.
¿Sería grave ayudarle a deleitar también su mente?
—Kisame-san…
Con eso, el vaivén de Hoshigaki aumentó su rapidez, el ego de Uchiha se devoró a sí mismo y el umbral de lo impensable se resquebrajó.
—Dilo otra vez —gruñó el tiburón. Le agarraba las caderas para ayudarse en las embestidas y sus dedos apretaron con fuerza, al punto en que dejarían moretones.
Itachi alzó la cabeza y con voz profunda dijo: —Kisame-san.
Si no se lo ganaba por el resto de la temporada con esas dos palabras, dudaba de la probabilidad de éxito de cualquier otra estrategia. El sometimiento, la docilidad, iban encaminados a enganchar al tiburón, clavarle un anzuelo profundo en su carne y no dejarlo ir. El pequeño honorífico de tres letras era su carnada.
—Kisame-san —repitió la comadreja deliberadamente. Supo que sus palabras tuvieron efecto porque el otro le otorgó un gruñido de satisfacción.
"No quiero renunciar a esto" pensó el shinobi de Kiri en el fondo de su mente. Contario a ese pensamiento, detuvo el vaivén por un segundo.
Itachi estuvo a un ápice de reclamarle, pero su compromiso con el rol se lo impidió y él acabó por morderse el labio. Esperó con impaciencia por un instante y oyó la voz de Kisame.
—Date vuelta.
Kisame se deslizó fuera de él y le ayudó a tenderse boca arriba sobre la tierra y sus ropas. Inmediatamente después, volvió a penetrarlo. Itachi lo abrazó con las piernas al tiempo que se besaban. El joven perdió los remantes de su cordura ante los besos de Hoshigaki, sus mordiscos suaves y el vaivén desesperado de su cadera. Sin que le hubiesen acariciado, Uchiha eyaculó. Sus pantorrillas dieron indicios de querer acalambrarse en ese momento, pero la amenaza nunca se concretó. Su rostro no pudo aumentar más el tono del sonrojo que lo cubría y permaneció con el mismo tinte acalorado, el cual se mantuvo a lo largo de las embestidas finales del otro, que, dicho sea de paso, no duraron poco. El mayor siguió retirando y empujando rítmicamente su miembro por lo que a Itachi se le antojó una pequeña eternidad.
Al final, el vértigo se apoderó de ambos. Kisame lo sintió en la bien recibida forma de un orgasmo, con su calor envolvente y el fuerte palpitar de su corazón. A Itachi también lo golpeó un abrupto aturdimiento; mientras Kisame gemía, se robaba parte de su chakra. Por momentos Uchiha pensó que la píldora que había elegido no sería suficiente, que quizás debió haber tomado otra más fuerte, pero era tarde para ese tipo de consideraciones. Se aferró al cuello de Kisame con sus brazos y esperó a que el mareo se marchara pronto, antes de que él se desmayara. Así fue, él quedó aturdido, un tanto confuso, pero consciente a fin de cuentas. La sensación desagradable se esfumó tras un par de profundas respiraciones y le quedaron a manera de recompensa los sonidos de un Kisame que trataba de recomponerse, el olor de ambos al mezclarse y la naciente oscuridad del bosque que los abrazaba.
Los grillos comenzaron a cantar.
Hoshigaki alzó la mirada y escrutó. El joven estaba consciente, acalorado, pero consciente, y en su rostro no había indicios de inconformidad. De hecho, una sonrisa tímida empezó a formarse en sus labios. Significaba que Itachi había resistido la pérdida de chakra y, no sólo eso, estaba contento. Amaba sus labios delgados cuando se curvaban hacia arriba, sus cejas que evidenciaban una autocomplacencia rara de ver en Itachi, la línea de las orejas disimulada por la expresión de satisfacción.
—¿Te quedarías conmigo por el día de hoy, Itachi-san?
Él respondió que sí. Y al día siguiente, cuando Kisame volvió a preguntar, la respuesta fue la misma.
oOo
Tenía el cuerpo dolorido y el estómago le pedía a gritos algo de comida. Estaba tan sediento.
"¿Qué día es hoy?".
Miró la luz que saltaba por la ventana en un ángulo inclinado, vio que era de mañana e hizo memoria. Era el sexto día de la temporada.
Se levantó penosamente de la cama y trató de hacerlo en silencio a pesar de las protestas de sus músculos. No quería despertar al tiburón que dormía despreocupadamente enredado en las sábanas sucias.
Le sonrió con indulgencia. Según Kisame, era común que en la estación durmiera poco o tuviese un sueño incómodo, pero ahora que lo veía… A veces, después del sexo, se quedaba profundamente dormido, se desvanecía su consciencia con rapidez y era arrastrado en un placentero sopor. Supuso que este cambio en las tendencias usuales se debía al nada despreciable hecho de tener una pareja estable. El mayor ya no debía preocuparse por encontrar un burdel, que era una tarea que consumía algo de su energía y perturbaba sus pensamientos.
Itachi estiró el cuerpo y escuchó algunos de sus huesos crujir. Posteriormente, rebuscó entre sus cosas y encontró una libreta de pastas gruesas. Llegó a la última página donde había algo escrito, anotó un par de cosas, hizo cálculos mentales, buscó también la bolsa donde estaban las píldoras del soldado e inventarió su contenido. Viendo ambas cosas, su letra pulcra en la libreta y las píldoras, llegó a la conclusión de que le convenía descansar, por lo menos, unas horas antes de cualquier otro encuentro sexual.
Era cuidadoso, meticuloso en la administración de las píldoras. Sabía cuántas le quedaban, las diversas propiedades de cada una, qué cantidades se llevarían bien su cuerpo en su estado actual; además, era muy consciente de sus niveles de chakra y las sensaciones de su cuerpo. Esta mañana en particular, luego de una noche bastante ajetreada, decidió que sería recomendable descansar su sistema de las píldoras y de cualquier actividad demandante. Por supuesto, también se merecía una comida en forma.
Se duchó apresuradamente con la intención de ir a comer después. Si Kisame continuaba dormido, le dejaría así; de hallarse despierto, le obligaría a darse un baño rápido y a salir hacia el mundo exterior. Sucedió la última opción.
Hoshigaki estaba sentado contra el respaldo de la cama, frotándose los ojos y bostezando.
—Arriba. Vayamos a comer —le dijo la comadreja al salir del baño. Como le dijera el tiburón, también era cosa corriente que descuidara su alimentación durante la temporada, pero a él no le parecía sensato ni necesario y se preocupaba por que comiera de cuando en cuando.
—Tengo apetito de algo diferente a la comida —habló el tiburón con una sonrisa. Su mano palmeó el espacio vacío junto a él en la cama y su cabeza se inclinó hacia un lado—. ¿Qué me dices?
Por suerte, Uchiha se hallaba a una buena distancia (una sana distancia) de su compañero y éste no podría arrastrarlo a la cama. Además, logró mantener el semblante imperturbable y serio al responderle.
—Debo descansar de las píldoras por unas horas. Dame algo de tiempo. Vayamos a comer y entonces regresaremos al hotel.
Kisame no se dejó amedrentar. El trato respetuoso hacia la comadreja se había flexibilizado mucho en los últimos días. Continuaba tratándolo de la misma manera formal cuando estaban en público (en las raras ocasiones en que se dignaban a salir del cuarto), pero a solas le era permitida una actitud más relajada. Le exigía que le llamara de la manera adecuada, con el honorífico correspondiente, pero otras conductas estaban abiertas a discusión.
"Sólo por la temporada" había aclarado Itachi.
Y mientras fuera la temporada, Kisame se permitía un ápice de insolencia.
—¿No quieres empezar bien el día? ¿No quieres que lo hagamos como anoche? —le tentó el Monstruo de la niebla.
Oh, anoche… Itachi casi se sonroja nada más de pensar en ello. Lo hicieron en una ocasión, Kisame sentado sobre el borde de la cama e Itachi sentado sobre él, dándole la espalda. Hubo bastantes gemidos, muchas caricias, mordidas, un par de orgasmos y cierto intercambio de chakra. Después, Kisame había insistido en tener segundo plato, pero Itachi no tenía deseos de hacer ningún esfuerzo.
"Recuéstate boca arriba y déjame a mí el resto" había declarado el mayor, un tinte de perversión atravesándole la voz. Luego, lo acarició y lo besó, le mordió la cadera y dejó una herida más grande que de costumbre, puso su miembro rígido otra vez y, al final, en lugar de penetrarlo, el tiburón se montó a horcajadas sobre él. Kisame tomó el miembro palpitante del joven y lo dirigió hacia su interior, sin lubricante, sin aviso, sin una razón en particular…salvo el celo que trastocaba su juicio. Itachi se sintió demasiado conmocionado (y complacido, cabe destacar) como para quejarse. Él jamás pidió aquello, ni siquiera lo sugirió de manera indirecta, hasta donde alcanzaba a ver. Su inseguridad interior afloró por momentos y se preguntó si esto sería placentero para Hoshigaki; los jadeos y gruñidos que profirió mientras se elevaba y descendía sobre su erección le dieron la respuesta. Agarró los muslos del mayor y se dejó arrastrar.
—Date un baño y alcánzame abajo… No me hagas esperar mucho —evadió la comadreja. Acto seguido, salió de la habitación en la que llevaban cinco días residiendo.
Kisame aceptó la derrota al verla. Bueno, no habría sexo de mañana.
oOo
Ambos caminaron por el pintoresco pueblo buscando un lugar para comer. Pasaron por un par de lugares que ya conocían y los descartaron. Avanzaban con paso despreocupado, sus manos rozándose de manera accidental por la cercanía física, ojos vagando por los letreros de los establecimientos.
Itachi tenía un andar afectado, ciertamente. La caminata tranquila, casi soporífera, y el inusual vaivén de su cadera se debían en parte a las heridas vendadas de sus muslos (donde Kisame ya tenía prohibido morderle debido a los repetidos abusos cometidos) y los diversos moretones sin sanar. Además estaban los remanentes de los calambres que sus piernas y pies sufrían en ocasiones y cuya carga era aumentada por el cansancio generalizado, inherente a la situación. Por último (y esto era algo que Itachi no estaba dispuesto a admitir para sí mismo o para el tiburón) estaban los estragos que en su cuerpo generaban las embestidas de su compañero; era un caballero en las palabras y un ser hosco en la corporalidad. Así que, sí, el caminar de Itachi era extraño en estos momentos. Kisame no se atrevió a puntualizarlo, temía que esa altura de insolencia no fuese tolerada y no se arriesgó, se contentó con admirar los resultados de su obra y ver los movimientos de aquellas caderas.
Tal vez la gente que los veía pensaba que eran un par de amigos en unas vacaciones de primavera, cansados por el jaleo que el ocio acarrea. A lo mejor los tomaban por amantes. ¿Quién sabe? Kisame no rumió mucho el pensamiento.
—Aquí —dijo Itachi y señaló un lugar que lucía acogedor.
Hoshigaki no protestó. Lo último que deseaba era alegar sobre la comida, tema que lo tenía sin cuidado en días recientes. Buscaron una mesa y se sentaron. Para su sorpresa, Itachi dijo:
—Ordena por mí. No tengo ganas de leer el menú.
Seguro era por sus ojos. Se preguntó si lo habría obligado a ir para no tener que esforzar su vista en cosas tan vanas.
Si la verdad ha de ser dicha, esta mañana Itachi había notado otro ápice de avance en sus problemas visuales. Todavía podía leer la libreta donde anotaba, sobre todo porque escribía en una letra clara y grande, era capaz de contar las píldoras sin tener que tocarlas y lo que aparecía difuso en el rostro de Kisame lo rellenaba son sus memorias. Sabía cómo eran sus ojos, los tatuajes debajo de estos, conocía cada uno de sus cabellos y la línea de su fuerte mandíbula. Pero aún así se deterioraba.
Era innegable.
—¿Estás bien, Itachi-san?
Él asintió y le pidió que ordenara por ambos. Así lo hizo el tiburón, manso, fiel.
—Estoy feliz de haber venido tras de ti y de que te hayas dejado convencer —le sonrió la comadreja.
Se sentía agradecido de que, antes de morir, pudiera experimentar tanta felicidad. El sexo brusco y continuo no era la cosa que más atesoraba de esta temporada, aunque bien era cierto que le resultaba llamativo cierto hecho relacionado: Él, Uchiha Itachi, había perdido la cuenta del número de veces que se habían acostado; él, el genio, fue incapaz de seguirle el rastro a una simple cifra que, en cada vez, aumentaba 1. Una curiosidad, nada más. Lo que le hacía feliz y que constituía el núcleo de su satisfacción estaba lejos del orgasmo.
A Uchiha le fascinaba conocer esta cara de Kisame. Experimentar el celo desde dentro, no por las referencias que él le contaba en base a sus encuentros en burdeles o los periodos en que sus instintos se veían frustrados. Le gustaba conocer a este tiburón impetuoso, satisfecho y de fácil trato.
Itachi alargó la mano sobre la mesa y tomó la de Kisame. Fue un acto repentino, rompía la regla de no manifestar su relación en público.
"¿Qué más da?" pensó Itachi ". Sasuke se encuentra cerca y yo podría perder la vista un día de estos".
Compensó esta transgresión a la normas con su letanía personal:
—Te quiero en mi paraíso, es decir que en mi país, la gente viva feliz, aunque no tenga permiso.
Acarició la mano áspera de piel azul y recordó que un día lejano le arrojó con ella un plato de comida, hizo memoria de la fuerza que poseían sus puños al entrenar taijutsu y de las quemaduras por las cuales en una ocasión debió aplicarle vendas, se acordó del bar de las azaleas y de ese dedo calloso entrando en su boca ebria, del dolor que le provocó al intentar dilatarlo la primera vez, de la maestría con que tocaba su punto sensible al día de hoy y sintió el movimiento de esta mano grande, sobre la mesa, al apretar la suya y acariciarla.
—Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo, y en la calle codo a codo somos mucho más que dos.
Kisame pensó que, resuelto lo de Akatsuki y lo de Madara, no le molestaría compartir el resto de su vida con esta comadreja. A su vez, Itachi pensó que ojalá fuese posible una opción así.
Mucho antes del siguiente celo, antes de la guerra y de la derrota de Madara, Sasuke asesinó a Itachi.
oOo Fin del flash-back oOo
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