Disclaimer: La serie de HBO 'Juego de Tronos' no es de mi propiedad, como tampoco lo es la serie de libros 'Canción de Hielo y Fuego' del escritor estadounidense George R. R. Martin.
DAWN
Capítulo 7:
Khaleesi
Visenya admiró las consecuencias de la batalla con los brazos cruzados sobre el pecho. La Sede del Comercio había sufrido un incendio, pero aún servía como base de operaciones. Después de recuperar su energía, la Reina se hallaba en condiciones para regresar a Meereen.
—Solía pensar que Daario era un hombre extraño—negó Visenya. El khalasar Dothraki que acampaba fuera de Kosrak permanecía en su lugar. Los jinetes esperaban las órdenes de su nueva Khaleesi—. Pero ellos piensan que soy el Semental que Montará el Mundo.
—Soy el hombre más sencillo que conoceréis—repitió Daario, mordiendo un higo maduro. La joven entonces recordó las palabras que éste había pronunciado antes de la toma de Yunkai—. Sólo hago lo que quiero hacer.
—Majestad—intervino Ser Jorah con gravedad. Kosrak fue sumida en la oscuridad por la gigantesca bestia que sobrevolaba los cielos—. Deberíamos hablar de lo sucedido.
—Todos asumieron que se trataban de tres dragones—suspiró Visenya, tomando asiento en la silla que yacía junto al balcón. Después de lo sucedido, no podría ocultar a sus hijos. Los dragones habían tomado una decisión, y la respetaría aunque le desagradara por completo la idea—. No creí necesario el contradecirlos.
—Era necesario—afirmó Jorah, observando más allá del balcón. Aerion protegía la ciudad como un centinela, pero los niños se hallaban más interesados en perseguir su sombra. El último dragón había muerto siglo y medio atrás—. Esos dragones son más grandes que Balerion el Terror Negro. El dragón azul… jamás había visto algo como eso.
—Ningún hombre ha visto un dragón de hielo—afirmó Visenya al percibir la presencia de Rhaegon. Aunque era incapaz de sentir el frío que desprendía el cuerpo de su hijo, percibía la magia en el aire—. Las leyendas que circulan sobre los dragones de hielo no son leyendas, narran una historia verdadera. Milenios antes de la Antigua Valyria, los dragones de hielo surcaban el Mar de los Escalofríos. Un día desaparecieron, y no se supo de ellos hasta el nacimiento de Rhaegon.
—Una constelación en el Norte es llamada el dragón de hielo—añadió Ser Jorah. Visenya conocía perfectamente aquella agrupación de estrellas que señalaba el camino de los viajeros—. Debemos discutir la presencia del… ave del trueno.
—Podéis admitir que jamás hais oído hablar de ella—rió Visenya, abrazando el cuerpo de Shane—. El ave del trueno invoca tormentas y presiente el peligro. Antes de la batalla, las sacerdotisas del Gran Pastor invocaron el poder de la sangre para asesinarme. El ave del trueno salvó mi vida. No debéis temerle.
—Los hombres han recuperado su fuerza y los heridos han sido atendidos por sanadores—informó Daario con una sonrisa. La Reina asintió con la cabeza al comprender el rumbo de la conversación—. ¿Cuál es vuestra decisión respecto a los Dothraki? Os han jurado lealtad, os aclaman como Khaleesi. Los Dothraki jamás han sido comandados por una mujer.
—Los Dothraki no son de fiar—espetó Jorah con el ceño fruncido—. Han asesinado a nuestros hombres. Los Dothraki saquean ciudades y violan mujeres por deporte. La Bahía de Dragones sufrirá las consecuencias de su ira.
—Volantis nos ha declarado la guerra, y Qarth es su aliada—recordó Visenya con pesar. Shane parecía envejecer diez años cada día—. Qarth comanda más de tres mil naves, y los Triarcas poseen el oro para contratar a la Compañía Dorada. Necesitamos hombres que sepan luchar.
—Los Dothraki son bárbaros—Jorah parecía conmocionado. La idea de comandar un khalasar le parecía extraña, pero la situación en la que se encontraban requería de sacrificios. Visenya necesitaba guerreros para vencer a las Ciudades Libres. El kraken no surgiría de las profundidades para hundir a los barcos de sus enemigos—. No podéis concordar con Daario.
—He abolido la esclavitud en la Bahía de Dragones, pero miles continúan viviendo en cadenas. Necesitamos más hombres para vencer a Volantis—afirmó Visenya—. Los Dothraki están dispuestos a seguirme. Aunque la idea no es de mi agrado, aceptaré su lealtad.
—Mi Reina… —negó Jorah, acariciando su frente con una nano—. Podríais volar a Volantis con vuestros dragones para firmar la paz con los Triarcas. Os aseguro que accederán a vuestros términos cuando la ciudad sea tragada por la sombra del dragón negro.
—No deseo reinar sobre cenizas—tragó Visenya. El fuego era la mayor obsesión de un Targaryen. Aerys solía quemar hombres con fuego valyrio porque carecía de un dragón. Los Siete Reinos hubiesen sido consumidos por las llamas si el Rey Loco hubiera poseído un dragón—. No firmaré la paz con los Triarcas. Gusano Gris conoce en carne propia los horrores de la esclavitud. No deshonraré su confianza al codearme con hombres que solo ven en él un arma de guerra.
—Majestad—tarareó Jorah, como si estuviese regañando a una niña pequeña. Visenya compartió una mirada con Gusano Gris—. Sois una Targaryen. Vuestro lugar se encuentra en la Fortaleza Roja, en el Trono de Hierro. Volantis pertenece a los volantineses.
—Jamás he pisado los Siete Reinos. Jamás he tomado asiento en el Trono de Hierro. El Rey Mendigo es quien ansia regresar a Poniente con un ejército—negó Visenya, observando el khalasar que aguardaba fuera de Kosrak. Las curanderas habían asistido a los Dothraki. Los jinetes solo aguardaban las órdenes de su nueva Khaleesi—. Treinta mil hombres aclaman mi nombre. No puedo desestimar esa ayuda. Estamos en guerra, y necesitamos aliados.
—Mi Reina—intervino Gusano Gris—. Apoyo vuestra decisión. Necesitamos hombres para sitiar Volantis. Los Triarcas han cometido un acto de guerra contra la Bahía de Dragones.
—Majestad… —espetó Jorah. La joven ató la empuñadura de Hermana Oscura en su cadera.
—Khaleesi—corrigió Visenya, asegurando el Lazo de Vhagar en la correa de cuero que rodeaba su torso—. Debo regresar a Meereen. Debéis guiar a los Inmaculados en mi ausencia, Gusano Gris. Encomiendo el mando de los Dothraki a Daario.
—Vuestro lugar no se encuentra en el Trono de Hierro—afirmó Daario cuando la Reina descendió las escaleras de la Sede del Comercio—. Sois una conquistadora. Vuestro lugar se encuentra en el lomo de un dragón.
Los jinetes Dothraki rondaban la ciudad como fantasmas, pues aguardaban la aparición de su Khaleesi. Kosrak había sido reconstruida por los pastores de ovejas, y los soldados empacaban las armas utilizadas en la batalla. La actividad de los Inmaculados delataba su pronta partida.
—¡Majestad! —exclamó Jorah. Los lhazareenos inclinaron la cabeza ante su nueva Reina—. Ser Arthur confió vuestra seguridad en mi.
Visenya apretó los labios cuando Rhaegon envolvió la cola en su cintura. El dragón de hielo era tan grande que resultaba imposible el montarlo sin ayuda. La Reina debía admitir que cuando Rhaegon elegía ser invisible, parecía ser que ella montaba el mundo. En ese momento, comprendió ligeramente la teoría Dothraki.
Las escamas de Rhaegon fluctuaron para revelar su presencia. Visenya aclaró su garganta mientras el dragón maniobraba sobre la ciudad. Los Dothraki sobrevivientes decidieron agruparse al notar la presencia de su nueva Khaleesi. Por lástima, la joven devolvió los caballos que había convencido durante la batalla.
—Cada Khal ha poseído tres jinetes de sangre. Pero yo no soy un Khal. No escogeré tres jinetes de sangre. Los escogeré a todos ustedes—exclamó Visenya en Dothraki. Los jinetes alzaron sus cuchillas curvas al vitorear en señal de apoyo—. Por esa razón, les pediré más que ningún Khal en la historia. ¿Vivirán y morirán como sangre de mi sangre? ¿Marcharán hasta el Mar de Sal Negra para vencer a mis enemigos? ¿Destruirán a los esclavistas en sus palacios de piedra? —entonces Rhaegon inclinó ligeramente la cabeza para enseñarle el rostro de los Dothraki—. Juro por la Madre de Montañas que sus enemigos no conocerán refugio. Todo aquel que se atreva a desafiarlos morirá gritando. Las estrellas son mi testigo, sangre de mi sangre.
Visenya sonrió ligeramente al ser aclamada por los Dothraki.
Antiguamente, el Desierto Rojo era una región fértil que comenzó a desertizarse cuando los qaathecas fundaron en él nuevas ciudades.
Los asentamientos humanos más cercanos se ubicaban en la ribera del Skahazadhan, pues el Desierto Rojo contenía pocos recursos capaces de sostener la vida. Se trataba de una región repleta de colinas bajas, planicies de suelo árido, ríos secos y tierra roja. La poca madera que albergaba se encontraba carcomida y dura. Dentro del Desierto Rojo existían varias ciudades en ruinas destruidas por los dothrakis durante el Siglo de Sangre: Vaes Tolorro, Vaes Qosar, Vaes Orvik y Vaes Shirosi.
A pesar de la esterilidad que gobernaba aquellas planicies, pequeños brotes germinaban en la tierra. La presencia del ave del trueno alteraba el paisaje, pues regresaba la magia. El Largo Verano comenzó el día en que los dragones nacieron en medio del Mar Humeante.
—Vuela—susurró Visenya, admirando la vida que comenzaba a surgir en el Desierto Rojo. Rhaegon saltó sobre sus patas traseras al emprender el vuelo.
Visenya extendió una mano para acariciar las nubes que mecían sus rizos. Las montañas lucían como hormigas desde el lomo de Rhaegon. En ese momento, la joven comprendió el placer que proporcionaba montar un dragón.
—Es muy hermoso—susurró con una sonrisa, recostando su cuerpo contra el cuello de Rhaegon. El ave del trueno volaba junto a ella con tranquilidad, como si nadara en las aguas más tranquilas. En el cielo, el horror que dominaba al mundo desaparecía. Las estrellas parecían más cercanas que nunca—. En este lugar, no existe la maldad.
Entonces Visenya recordó la Danza de Dragones, y su emoción fue sustituida por tristeza. Aunque Jhae y Duncan luchaban entre sí, le costaba imaginarlos en una batalla mortal. Los dragones no estaban destinados a luchar entre sí. Aquella estúpida guerra los había condenado.
Visenya conocía el desarrollo de la Danza como la palma de su mano. Los dragones sacrificados en la guerra rondaban su mente como fantasmas. Un conflicto de similares características jamás debía repetirse.
La Danza de Dragones debía ser uno de los peores errores cometidos por la Casa Targaryen. Rhaenyra no era digna del trono. Aegon II no era digno del trono. Los Señores de Poniente habían escogido a sus líderes en base a criterios totalmente arbitrarios. El nacimiento no determinaba la aptitud de un monarca.
Visenya frotó su mejilla contra las escamas de Rhaegon al pensar en Hermana Oscura. Su espada había sido utilizada por el Príncipe Pícaro durante la Danza de Dragones. Ésta fue recuperada del Ojo de Dioses cuando los hombres acudieron por la cabeza de Vhagar. Se decía que el cráneo de Aemond Targaryen continuaba adherido a la espada cuando ésta fue extraída del agua.
La joven alzó la mirada para observar la figura de Aerion. Arthur le había comunicado que el Rey Loco solía utilizar los cráneos de dragón para adornar el Salón del Trono. Aquella era una completa falta de respeto hacia las bestias que habían situado a la Casa Targaryen en el Trono de Hierro. Balerion debía revolcarse en su tumba.
Visenya abrazó el cuerpo de Shane con cuidado, pues temía lastimar a la solemne ave rojiza. Jorah estaba en lo cierto: Shane parecía enfermar cada día.
Meereen fue tragada por la sombra de Aerion. En el puerto, yacía la flota de Aenar y los barcos que éste había capturado en batalla. Las arpías pintadas en las velas eran reemplazadas por el dragón tricéfalo de la Casa Targaryen. Visenya notó que Aenar había perdido menos de diez naves durante el conflicto, y que éste tomó como botín de guerra al menos ciento cincuenta galeras y cocas. Aenar comandaba más barcos que Balon Greyjoy.
Visenya tragó saliva cuando el contorno de un tentáculo gigante apareció en las aguas. Aunque conocía la existencia de aquella bestia, le parecía extraño encontrar uno tan al norte. El Mar Humeante se hallaba infestado de ellos.
—El kraken… —susurró la Reina, estirando el cuello para admirar el tamaño del monstruo. Ningún marinero parecía atacar a la bestia. Visenya golpeó su frente contra las escamas de hielo—. Pensé que el ave del trueno fue aniquilada por los Primeros Hombres. Si el fénix decide aparecer, no sentiré sorpresa.
Los ojos de Rhaegon rieron cuando éste descendió sobre la Gran Pirámide. Visenya saltó sobre la terraza con cuidado, pues cargaba a Shane en sus brazos. Aerion ronroneó como un gatito al recibir una sonrisa de su madre.
Los Inmaculados cayeron sobre sus rodillas cuando Visenya ingresó a la Cámara de la Reina. Missandei dejó caer su daga para realizar una reverencia.
—¡Visenya! ¿Cómo llegaste aquí? —exclamó Arthur, abrazando los hombros de la joven. El caballero frunció el ceño al divisar los golpes que la guerrera había recibido en batalla. En ese momento, un rugido sacudió la Gran Pirámide—. ¿Rhaegon? ¿Aerion?
—Khal Drogo y sus jinetes de sangre han muerto, me encargué de ello personalmente—afirmó Visenya con una pequeña sonrisa. Las escamas del dragón de hielo proyectaron un arcoíris sobre la ciudad—. ¿Por qué el kraken ronda la bahía?
—Yo puedo responder—declaró Aenar al subir la escalera que conducía a la Cámara de la Reina. Visenya tragó saliva para contener su felicidad, pues no era recomendable saltar a sus brazos. Arthur sospechaba la clase de relación que existía entre ambos, y no era conveniente despejar las dudas—. El kraken hundió las naves de Volantis. Los marineros cesaron el ataque cuando se hizo evidente que la bestia peleaba por nosotros.
Visenya observó la costa por el rabillo del ojo. En ese momento recordó la historia de Lodos, el sacerdote que afirmaba ser hijo del Dios Ahogado. Cuando Aegon el Conquistador llegó a las Islas del Hierro con un ejército, Lodos rezó al Dios Ahogado para que enviara krakens que hundieran la Flota Targaryen. Cuando el kraken no apareció, Lodos llenó su ropa de piedras y entró al mar. Tres siglos después, el kraken decidía servir a un descendiente de Aegon.
—Por alguna razón, no me sorprende—suspiró Visenya. En Valyria siempre sintió la presencia del kraken, pero jamás contempló uno con sus propios ojos. El Mar Humeante albergaba bestias de pesadilla—. El ave del trueno está aquí.
—¿El ave del trueno? —farfulló Arthur, observando aquellas plumas doradas con sorpresa—. ¿El ave que invoca tormentas?
—Aún para mí, estos días han sido extraños—admitió Visenya, estrechando a la Consejera de Edictos en sus brazos—. Tranquila. Gusano Gris no está herido. Regresará pronto.
—Es un honor tenerla de regreso, Majestad—susurró Missandei con las mejillas ruborizadas. La Reina conocía perfectamente el romance que existía entre sus asesores—. El pueblo ha rezado por su triunfo.
—¿Qué sucede? —indagó Visenya. La mirada que compartían sus consejeros le disgustó por completo.
—Volantis ha contratado a la Compañía del Gato. Se tratan de tres mil soldados a pie dirigidos por un capitán apodado Barbasangre—informó Arthur, molestando a la Reina—. Han tomado Mantarys. Los Segundos Hijos que permanecieron en la ciudad decidieron unirse a los esclavistas.
—Una facción de rebeldes ha nacido en Meereen—añadió Aenar—. Se hacen llamar los Hijos de la Arpía. Skahaz mo Kandaq reporta que han jurado venganza contra la Guardia de la Ciudad. Han asesinado a un Inmaculado públicamente, Rata Blanca.
—Rata Blanca recibirá un entierro adecuado en el Templo de las Gracias—sentenció Visenya, depositando a Shane en su pedestal—. Arresten a Reznak mo Reznak, el senescal de la Gran Pirámide. Preparen la ciudad para recibir a cuarenta mil hombres.
—¿Cuarenta mil hombres? —exclamó Arthur, frunciendo el ceño. La Reina bebió con lentitud una copa con jugo de naranja, pues no había consumido más que carne seca durante el viaje—. Partiste con sólo diez mil hombres.
—Los Dothraki sólo siguen la fuerza—sonrió Visenya, observando la costa. A pesar del kraken que nadaba en las aguas, el comercio marítimo parecía regresar a la Bahía de Dragones—. ¿Cuánto tiempo tarda viajar desde Volantis a Meereen?
—Cerca de un mes en barco—respondió Aenar. Visenya realizó un pequeño cálculo en su mente; la Primera Hija debía conocer el resultado de la batalla. Viserys seguramente se hallaba en camino—. Dos bestias sobrevuelan Meereen, y el kraken nada en nuestras costas.
—Me llaman Domadora de Bestias por una razón—susurró Visenya. Las bestias fantásticas parecían protegerla. Debía existir un poderoso motivo para ello—. Los Dothraki han jurado matar por mí. Soy una Khaleesi.
—¿Khaleesi de los Dothraki? —Arthur abrió la boca con sorpresa. El caballero suspiró suavemente para demostrar su descontento—. ¿Aceptaste la ayuda de los bárbaros que le declararon la guerra a tu pueblo?
—He oído las mismas palabras de Jorah—espetó Visenya, endureciendo la mirada—. Los Triarcas nos han declarado la guerra. No podía darme el lujo de rechazar la ayuda de treinta mil hombres—mencionó para convencerse a sí misma. Aerion desapareció en el horizonte, y Rhaegon adoptó su camuflaje con un rugido—. No reinaré sobre cenizas.
—Visenya… —negó Arthur. Los caballeros ponienti parecían sentir repulsión por los Dothraki. La Reina sólo sabía que necesitaban más guerreros. Ella poseía dragones, pero no los utilizaría como armas de guerra—. Los Señores de Caballos no son de fiar. Los Dothraki son bárbaros saqueadores, el Siglo de Sangre es prueba de ello.
—He saqueado y asesinado al igual que ellos—tragó Visenya, rememorando la toma de la Ciudad Amarilla. Yunkai no demostraba signos de rebeldía porque sus nobles habían sido quemados vivos. El gobierno de la ciudad recaía en un consejo presidido por libertos completamente leales a la Rompedora de Cadenas—. Por favor, déjenme. Necesito recuperar fuerzas.
A pesar de la reunión que se gestaba en el Palacio de la Triarquía, Malaquo Maegyr admiró la noche. Las antorchas iluminaban el Rhoyne como estrellas, y el incienso endulzaba el putrefacto aroma que dominaba las calles. Malaquo encontró su propósito en la vida al ser rescatado por un esclavo. Su hermana Talisa jamás comprendió la revelación que los dioses le brindaron aquel día.
Visenya Targaryen representaba una amenaza, pues la llamada Bahía de Dragones prosperaba sin la necesidad de Maestros. En un principio, pensó que la puta moriría de hambre. Las planicies que rodeaban a la Bahía de Dragones no eran aptas para el cultivo, por ello Meereen dependía de los esclavos. Fue entonces que Visenya Targaryen convirtió un desierto estéril en una jungla sin igual.
Los nobles esclavistas habían sido convertidos en señores ponienti, pero sus riquezas aumentaron de forma asombrosa. La Reina Dragón ganó de aquella manera el apoyo de los nobles.
Los nobles de Meereen fueron contactados para desestabilizar internamente el gobierno de Visenya, pero pocos aceptaron el reto. Los Hijos de la Arpía habían sido constituidos según sus órdenes. Reznak mo Reznak encabezaba el grupo de rebeldes a cambio de una generosa compensación.
Malaquo rodó los ojos. Los Sacerdotes Rojos eran una infestación, y también lo eran sus cánticos. Muchos dioses encontraban asilo en Volantis, pero ninguno era más irritante que el Dios Rojo. Su noble familia rezaba a los dioses de la Antigua Valyria, por ello consideraba las oraciones de R'hllor una herejía.
—Debemos firmar la paz con Visenya Targaryen—exclamó Doniphos. Los rumores habían alcanzado cada rincón de Volantis. Una peligrosa rebelión nacía en su propia ciudad—. El poder de la Reina Dragón supera el nuestro.
—¿Firmar la paz? —rió Nyessos amargamente. Aunque pertenecía a los Elefantes, su riqueza provenía de la trata de esclavos. Visenya amenazaba su forma de vida, por ello aprobaba la guerra—. La puta quemó a los nobles de Yunkai. Cuando marche a nuestros muros, sufriremos el mismo destino.
—Se dice que Visenya Targaryen es la mujer más bella del mundo—declaró Doniphos. La prosperidad económica que experimentaba la Bahía de Dragones era sumamente atractiva, y también lo era la idea de follar a una Reina—. Un matrimonio podría solucionar el problema.
Malaquo poseía la última palabra. En un principio, respaldó la guerra, pero el resultado de la batalla marítima disminuyó su espíritu bélico. Un ejército jamás triunfaría sobre el fuego de dragón, y ningún barco resistiría el ataque de un kraken.
—Los Dothraki debieron asesinar a la puta—sentenció Malaquo, cruzando los brazos sobre el pecho—. La Compañía del Gato saqueará las ciudades. El kraken no logrará tocar tierra; los adherentes de la puta morirán pronto. Los dragones serán asesinados, y sus huesos adornarán los Muros Negros.
—¡Mis señores! —exclamó Kinvara, Suma Sacerdotisa del Templo Rojo. Doniphos asintió respetuosamente con la cabeza, pues se trataba de un ferviente adorador de R'hllor.
—¿Qué significa esto? —espetó Malaquo. Las Capas de Tigre, que debían defender el Palacio de la Triarquía, escoltaban a la bruja como una guardia de honor. El Dios Rojo predominaba en Volantis—. ¡Sólo un Triarca puede pisar esta habitación!
—Vuestras vidas terminarán pronto. Sois hombres pequeños—sonrió Kinvara. Los Triarcas fueron sometidos por los esclavos que conformaban la Mano Ardiente. El rostro de Malaquo despedazó la licorería—. Visenya Targaryen es la Elegida del Señor de Luz; ha despertado a los dragones de piedra entre sal y humo. La estrella sangrante que surcó el cielo una década atrás marcó su renacimiento. El Señor de Luz condena vuestras acciones. Han cometido un pecado imperdonable—entonces el cuello de los Triarcas fue cercenado. El cuerpo de Kinvara parpadeó como una llama—. Envíen un mensaje a Meereen. Volantis espera por su Reina.
Visenya respiró profundamente al despertar de aquella terrible visión. La agitación en su pecho provocó que el fuego en las antorchas moribundas renaciera como el sol naciente. Debió extender ambas manos para sofocar las llamas que consumían la Cámara de la Reina.
—¿Qué acaba de suceder? —susurró Visenya, girando sobre su costado para sentarse en la cama. La pared que separaba sus aposentos de la Sala del Consejo impidió que Arthur notara el incendio en desarrollo—. ¿Los fieles de R'hllor tomaron Volantis en mi nombre?
Después de atravesar la habitación, acarició los bloques de mármol que componían la barandilla de la terraza. Ella suspiró con exasperación al percibir la presencia de una bruja. Aunque despreciaba a los Grandes Bastardos de Aegon IV, no estaba de humor para luchar con uno de ellos.
—La magia regresa, y sois la causa de ello—declaró Shiera Estrellademar. Aquella horrible máscara era incapaz de ocultar sus ojos desiguales—. Pronto vendrá el falso dragón, y con él los demás. La rosa, la víbora y el hijo del sol, no confiéis en ninguno de ellos. El lobo intentará tentaros. La Estrella de Sangre conoce vuestro destino, debéis confiar en ella. El kraken es más de lo que aparenta a simple vista.
—¿Vuestras advertencias deben ser tan crípticas? —Visenya alzó una ceja, bebiendo un sorbo de su jugo favorito—. Nuestros padres fueron hombres terribles; destruyeron la tierra que los vio nacer. No somos ellos. Tenemos más en común de lo que quisiera admitir—entonces admiró el sol naciente—. A pesar de todo, somos familia.
—Ojo de Cuervo vive—afirmó Shiera con gravedad. La Reina sólo confirmó sus sospechas. Los marineros reportaban un barco comandado por el capitán más siniestro de los mares. Ningún capitán era más tenebroso que Euron Greyjoy—. Un dragón sirve en la Guardia de la Noche. Encontrareis respuestas en el Muro, y en Qarth. Confiad en las bestias fantásticas, han regresado por vos.
Visenya rodó los ojos cuando la mujer desapareció en el aire. Shiera debió conseguir más velas de cristal para realizar sus brujerías.
—Aemon Targaryen… —susurró Visenya. Durante años había fingido ignorancia, pero conocía perfectamente la correspondencia que Arthur mantenía con el Maestre del Castillo Negro. Los sueños que experimentaba siempre revelaban verdades ocultas—. Mi vida gira alrededor de estrellas sangrantes.
Visenya tomó del armario la túnica de hielo negro, pues debía asistir a un funeral. El ave del trueno dormitaba en la cima de la Gran Pirámide como un gatito. Las dragonas perseguían el invisible cuerpo de Rhaegon, y Shane dormía sobre su cama. No debía temer por las bestias fantásticas.
La Sala de Audiencias lucía más vacía que nunca; sus asesores y los dothrakis tardarían semanas en regresar. El tapiz que colgaba de la pared que yacía frente a su pequeño trono llamó la atención de la Reina. El nacimiento de sus hijos había sido ilustrado en un telar: Visenya se encontraba sentada en medio de un incendio, sosteniendo cuatro dragones bebés mientras una estrella roja surcaba los cielos. El artista ocultó sus atributos femeninos de una manera bastante inteligente, pero la edad que demostraba la mujer en él no era la adecuada.
—Un obsequio de las tejedoras establecidas en el puerto—afirmó Arthur. Los pasos del caballero resonaron en la solitaria habitación como el lamento de un fantasma—. Pensé que una mujer debía tomar el lugar de la niña que renació en el Mar Humeante.
—Arthur—tragó Visenya, acariciando los brazales en sus antebrazos—. Mucho ha cambiado en muy poco tiempo. Solía correr entre gusanos de fuego, y ahora soy una Reina. Comprendo tus sentimientos perfectamente, eres el único padre que he conocido, pero debes entender que no soy una niña.
—Siempre lo he sabido—admitió Arthur, observando el tapiz con tristeza—. Tu destino siempre ha sido el convertirte en una gran guerrera. Pensé que podría dejarte ir… pero no puedo. Eres mi pequeña Visy—entonces Visenya fue bombardeada por la culpa—. Rhaegar pensaba que un dragón de tres cabezas sería necesario para salvar al mundo. Tu padre pensaba que Aegon traería de regreso el amanecer.
—No menciones ese nombre—espetó la Reina, apartando la mirada. La tristeza fue sustituida por ira—. Fue un hombre importante para ti, y lo respeto. Pero no te atrevas a decir que Rhaegar fue mi padre. Eres el único padre que he conocido, el único que necesito.
—Rhaegar es tu padre—sentenció Arthur. Visenya descendió la escalera de mármol con los labios apretados. Detestaba con toda su alma el recuerdo del Príncipe Dragón—. Amaba sinceramente a Lyanna.
—Rhaegar solo amaba la profecía del Príncipe Prometido. No menciones su nombre… —suplicó Visenya, recordando la información en las cartas de Aemon. Rhaegar solía pensar que su destino era asumir el papel de Azor Ahai. La tragedia de Refugio Estival no era más que una estupidez cometida por Aegon el Improbable—. Él no fue un dragón…
—¿Visenya? —indagó Arthur. La sonrisa en el rostro de la joven confundió al caballero. Cuando notó que Visenya compartía una intensa mirada con Aenar Greyjoy, apretó la mandíbula—. Un nacido del hierro no…
—No es consorte apto para una Reina—tragó Visenya. Todos parecían pensar que un Greyjoy no era digno de ella. Los Targaryen reinaron en Poniente gracias a Aegon el Conquistador, pero en el Feudo Franco no eran más que una pequeña familia. Sus antepasados olvidaron la altura de su cuna y menospreciaron a todos lo demás—. No me importa.
—¿Qué has hecho? —Arthur alcanzó el brazo de la joven, temiendo lo peor. Aenar desapareció con Missandei, pues el funeral de Rata Blanca pronto comenzaría—. ¿Él te ha tocado?
—Él no ha hecho nada que yo no quisiera—respondió Visenya. Arthur debía conocer la verdad, y en ese momento el valor surgía en el corazón de la Reina—. Sé perfectamente lo que estoy haciendo.
—No lo sabes—negó el caballero, apretando la mandíbula. Más tarde, saldaría cuentas con Aenar Greyjoy—. Jamás has experimentado la verdadera naturaleza de un hombre, y no conoces el amor. Lo que sientes por él sólo es una ilusión.
—Sé más cosas de las que crees—espetó Visenya con indignación. Ella adora a Arthur, pero detestaba ser tratada como una niña. Jamás aceptaría por esposo un noble idiota, pues amaba a Aenar—. Vámonos. Rata Blanca merece respeto.
Visenya entrelazó las manos sobre su vientre al observar el cadáver de Rata Blanca. La Guardia Real se encontraba diezmada por la ausencia de Jorah, pero Arthur cumplía perfectamente con su labor como caballero. Las gracias cantaban canciones fúnebres, y el humo del incienso rodeaba el cuerpo de los presentes como un velo.
El rostro del muerto era suave y lampiño, aunque le habían rajado las mejillas de oreja a oreja. En vida había sido alto, con los ojos oscuros y la piel morena. Los asesinos habían metido los genitales de una cabra en su garganta.
Visenya besó la frente del cadáver con dulzura. Rata Blanca tenía por costumbre pagar a las mujeres de los burdeles para que se tendieran a su lado y lo abrazaran.
Los Hijos de la Arpía eran cada vez más osados. Arthur le había informado la situación. Hasta aquel momento se habían limitado a atacar a libertos desarmados, emboscándolos en las calles desiertas o irrumpiendo en sus casas amparados por la noche para matarlos mientras dormían. Rata Blanca era el primer soldado que asesinaban.
No había olvidado a los niños esclavos que habían clavado los Grandes Amos a lo largo del camino de Yunkai. Los había contado: ciento sesenta y tres, un niño cada legua, clavados a las cruces con un brazo extendido para señalarle el camino. Tras la caída de Meereen, Visy había crucificado a los responsables. Enjambres de moscas los acompañaron durante la lenta agonía, y el hedor tardó mucho en desaparecer de los terrenos que rodeaban a la Gran Pirámide. Los meereenos eran un pueblo artero y testarudo, y se le habrían opuesto a cada paso. De no ser por sus dones, la Bahía de Dragones moriría de hambre. El desierto era derrotado por la Portadora de Tormentas.
Los Maestros habían liberado a los esclavos, pero solo para volver a contratarlos como siervos. Los libertos que eran demasiado viejos o demasiado jóvenes para resultar útiles habían quedado bajo la protección de Visenya, al igual que los enfermos y los tullidos. Como medida de contingencia, Visenya habilitó los pisos inferiores de la Gran Pirámide para hospedar a los desposeídos hasta que comenzara la construcción de un orfanato. Aun así, los nobles se reunían en sus pirámides para quejarse porque la Reina Dragón favorecía al pueblo llano.
La Gracia Verde se acercó a la Reina. La alta sacerdotisa se trataba de una anciana alta y grácil que poseía penetrantes ojos verdes. Según los rumores, representaba la voz de la tolerancia en Meereen.
—Es un honor recibirla en nuestro templo, Majestad—declaró la anciana, realizando una reverencia. Las gracias depositaron jarrones con aceites aromáticos alrededor de Rata Blanca. Los Inmaculados que habían perdido la vida en Kosrak fueron consumidos por el fuego de dragón. Al menos un soldado recibía un funeral adecuado—. Soy Galazza Galare, la Gracia Verde.
—Sé quien sois—afirmó Visenya. El trabajo de un gobernante era conocer la identidad de sus súbditos—. Se dice que sois la voz de la tolerancia en Meereen.
—Pienso que la paz es más preciosa que cualquier tipo de riqueza—asintió Galazza. El cuerpo de Rata Blanca fue depositado en una cripta—. Pronto comenzará la temporada de luchas. No me corresponde el asesoraros, pero me gustaría sugeriros una cosa: debéis tomar un esposo.
—¿Un esposo? —Visenya alzó un ceja, resistiendo el deseo de reír. Los pretendientes parecían llover sobre ella, pero el único hombre que verdaderamente deseaba se negaba a concretar un matrimonio—. Debéis tener un candidato en mente.
—Hizdhar zo Loraq—declaró Galazza. Visenya notó la presencia del noble en el Templo de las Gracias—. He oído decir muchas veces que la sangre de Aegon el Conquistador, Jaehaerys el Sabio y Daeron el Dragón corre por vuestras venas. El noble Hizdahr es de la sangre de Mazdhan el Magnífico, Hazrak el Hermoso y Zharaq el Liberador.
—Sus antepasados están tan muertos como los míos—sentenció Visenya, recordando la repugnante ambición de Viserys. El Rey Mendigo intentaría concretar un matrimonio con ella para obtener el respaldo de un ejército. La idea de intimar con su propio tío provocaba que el vómito subiera por su garganta—. No planeo tomar un esposo.
Visenya descansó sobre el pecho desnudo de Aenar mientras éste trazaba pequeños círculos en su espalda. Aquel día debía llevar a cabo el juicio de Reznak mo Reznak. El pueblo de Meereen merecía conocer la verdad.
—El anciano lo sabe—declaró Aenar—. No está feliz. Piensa que fuiste seducida por un malvado pirata. El corazón del anciano no toleraría la macabra verdad: su pequeña Visy es una seductora.
—Él siempre ha cuidado de mi—susurró Visenya. Los tapices ennegrecidos fueron reemplazados por murales de hielo. El sol naciente rebotaba en las paredes y proyectaba un arcoíris en la Cámara de la Reina—. Renunció a todo lo que poseía por mí. No es fácil para él aceptar la realidad. Comprendo sus sentimientos.
—Juró castrarme—admitió Aenar. Visenya rió entre dientes, y admiró la virilidad de su amante por el rabillo del ojo. Ella jamás permitiría que semejante monumento a la masculinidad desapareciera—. No es gracioso.
—No lo es—sonrió Visenya. Arthur estableció un puesto de vigilancia fuera de sus aposentos para mantener a Aenar lejos—. Las ofertas de matrimonio llueven sobre mí. La Gracia Verde sugirió a Hizdhar zo Loraq como pretendiente.
—Eres la mujer más bella que he conocido—afirmó Aenar, apartando la mirada. Las prostitutas comenzaban a vestirse como la Madre de Dragones porque los hombres soñaban con ella. Aunque compartía la cama de Visy, Aenar jamás podría llamarse su esposo—. Sólo era cuestión de tiempo.
—¿Qué haces? —indagó Visenya, sentándose en la cama. Aenar vistió sus pantalones en silencio. Una infusión de hierbas preparada con la flor del tanaceto, menta, ajenjo, una cucharada de miel y una gota de menta poleo humeó en un pequeño cuenco—. No tomaré ese té.
—Debes hacerlo—susurró Aenar, depositando la infusión en manos de Visy. La joven observó el té de la luna con tristeza, pues detestaba sus efectos—. No puedes quedar embarazada.
—¿Sería tan malo? —murmuró Visenya, acariciando su vientre con una mano. Aenar endureció la mirada para regañar a la joven. Visy bebió la infusión de mala gana. El té de la luna evitaba embarazos, y sesgaba los sueños de una mujer que siempre añoró una familia—. Detesto esa mirada.
—Es necesario—sostuvo Aenar, lanzando un vestido sobre la cama. Visenya suspiró al terminar la infusión de hierbas. Meereen debía presenciar la confesión del traidor. De ser ciertas sus visiones, Reznak mo Reznak era culpable de cometer alta traición—. No puedes cargar en tu vientre el hijo bastardo de un nacido del hierro. Eres una reina.
—Desearía que valoraras tu propia vida—espetó Visenya, cubriendo su pecho desnudo con la túnica de color verde. Visy recordó la historia del Príncipe de las Libélulas, quién rechazó el Trono de Hierro debido a su amor por Jenny de Piedrasviejas—. Euron nunca confió en ti porque creía que no eras capaz de nada. Lo peor de todo es que tú mismo comenzaste a creerlo.
Visenya ató el Lazo de Vhagar en los pantalones de color marrón que utilizaba bajo la ropa. El nacido del hierro besó el cuello de la joven con suavidad.
—Desearía tener un hijo contigo—susurró Aenar, acariciando el vientre de la mujer—. Pero eres una reina, y yo un bastardo glorificado. Una reina necesita concretar alianzas a través del matrimonio. Nadie aceptará tu mano si cargas al bastardo de tu amante.
—Soy capaz de reinar sin los nobles. No necesito concretar alianzas—afirmó Visenya, girando sobre sus talones para admirar los ojos azules de Aenar—. Nací en una torre dorniense. Arthur escapó conmigo antes de que Robert Baratheon conociera mi existencia. Meses atrás, no poseía más que un apellido maldito. Tu cuna no es inferior a la mía.
—Sólo empeoras la situación—lamentó Aenar, besando los labios de la joven. Visenya era la clase de mujer que podía ganar el corazón de cualquier hombre con una sola mirada—. El anciano custodia la puerta.
—Él amenazó con castrarte, pero aún así escalaste la Gran Pirámide—suspiró Visenya, ajustando los brazales de acero valyrio. La armadura de Jaenara Belaerys yacía en una esquina, brillando como el ónix—. No huyas de él. Debe aceptar esta relación.
—Visenya… —exclamó Aenar. La joven tomó su brazo para guiarlo fuera de la habitación. El caballero de la Guardia Real frunció el ceño al divisar la imagen—. Puedo explicarlo…
—¿Qué significa esto? —espetó Arthur, fulminando las manos del kraken. De no ser por Kosrak, Hermana Oscura hubiera cercenado las extremidades de su amante. La espada de acero valyrio continuaba en poder de la joven—. ¡Aléjate de ella!
—Aenar no huirá como un cobarde—declaró Visenya, descendiendo la escalera que conducía a su pequeño trono. Missandei regresó por su camino al notar la confrontación—. Eres el único padre que he conocido, pero no te atreves a decidir por mí. No puedes tratarlo de una manera tan petulante.
—Un bastardo de las Islas del Hierro no es digno de una Reina—afirmó Arthur, apretando los puños. Visy frenó el avance del caballero al convertir su cuerpo en un escudo. Ella no permitiría que Aenar sufriera la ira de la Espada del Amanecer—. ¿Tienes una idea de lo que has hecho? Has rodado con un pirata entre las piernas.
—No es un pirata—espetó Visenya, apretando la mandíbula—. Una reina debe concretar alianzas a través del matrimonio. ¿Acaso esperabas que durmiera con un noble idiota? ¿Creíste qué le abriría las piernas a un desconocido? No me importa si es un bastardo, lo amo. No permitiré que otro hombre me toque.
—¿Un Greyjoy? —rió Arthur de forma despectiva. El caballero confiaba en las habilidades marítimas de Aenar, pero consideraba al nacido del hierro indigno de Visenya—. ¿Saltaste a la cama con un Greyjoy?
—Salté a la cama con Greyjoy—afirmó Visenya. Aunque la situación que Arthur imaginaba no era correcta, esperaba que él comprendiera—. Pensaste que tarde o temprano debía perder la virginidad. No te importaría si hubiera escogido dormir con un noble. Debes dejar de actuar como un idiota sobreprotector porque solo avergüenzas tu nombre.
—¡Visenya! —exclamó Arthur, apretando los puños con indignación. Aenar observó el tapiz en la Sala de Audiencias para distraer su atención. La situación amenazaba con terminar en una desgracia—. Pensé que educaba a una mujer con principios. Eres una reina, no una prostituta común.
—Soy la Khaleesi de los Dothraki—sentenció Visenya, su tono de voz aterrorizó al caballero. La niña que Arthur conocía murió el día que Euron Greyjoy intentó violarla—. La próxima vez que oses levantar un puño en contra de Aenar, servirás a alguien más.
Visenya sujetó el brazo de Aenar para obligarlo a caminar con ella. Los Inmaculados marcharon junto a la Reina para escoltarla. Había albergado la esperanza de descansar de tantas matanzas, de tener tiempo para la reconstrucción, para la curación. Los Hijos de la Arpía enviaron sus planes al drenaje.
—Creo que rompiste su corazón—susurró Aenar, alejándose de la reina. Debían aparentar que una relación romántica no existía entre ellos—. Tu protección no era necesaria. Soy capaz de lidiar con un anciano malhumorado.
—No puedes—murmuró Visenya, descendiendo las escaleras que parecían no tener fin. Los libertos que residían en los pisos inferiores aclamaron su nombre como una oración—. Arthur es el mejor caballero que los Siete Reinos han producido. A pesar de su edad, podría rebanarte como una tarta.
El altar en terrenos de la Gran Pirámide estaba abarrotado. Los Inmaculados estaban firmes, con la espalda contra las columnas, escudos y lanzas en ristre, las púas de los cascos enhiestas como una hilera de cuchillos. Los meereenos se habían agrupado un piso bajo las escaleras del lado este, y los libertos de Visy, tan lejos como podían de sus antiguos amos.
Visenya apartó la mirada de sus nobles pretendientes con una mueca. Los candidatos comenzaban a perseguirla como una sombra. Incluso cuando visitaba los campos de cultivo para inspirar a los trabajadores, los idiotas se encontraban allí.
La Gracia Verde había intentado persuadirla para que tomara como esposo a un noble meereeno, cosa que uniera su sangre con la ciudad. Incluso el Comandante de la Guardia de la Ciudad le había ofrecido repudiar a su esposa para casarse con ella, pero la sola idea le provocaba escalofríos.
Reznak mo Reznak era sometido por Skahaz mo Kandaq. El antiguo senescal de la Gran Pirámide se trataba de un hombre menudo y pringoso que olía como si se bañara en perfume. Missandei supervisaba el arresto como Consejera de Edictos, manteniendo firme la mirada para desterrar todo rastro de debilidad. A su lado, se encontraba la joven escriba que la mujer naathi había tomado como protegida.
—Vuestro esplendor luce más bella que nunca—señaló Skahaz. La reina rodó los ojos al tomar su lugar junto al acusado. Missandei protegió a Lara de la cruenta visión; la fuerza surgía en el corazón de los débiles cuando debían proteger a alguien más—. El acusado se niega a confesar su crimen, Alteza. Afirma no haber traicionado vuestra causa.
Un millar de tejados se extendía bajo ella. En algún lugar, bajo aquellos tejados, los Hijos de la Arpía estarían reunidos, tramando planes para matarla, para matar a todos sus seres queridos, para volver a encadenar a sus hijos.
Era de la sangre del dragón, pero también descendía de los Primeros Hombres. Con mil ojos y uno más vigilaba la ciudad durante día y noche. Los cadáveres de los traidores pronto colgarían de las paredes de piedra arenisca.
—Todos los presentes conocen la sombra que acecha a esta ciudad—comenzó Visenya, alcanzando el Lazo de Vhagar—. Los Hijos de la Arpía no abogan por el mantenimiento de vuestras tradiciones, han pactado un trato con los Triarcas de Volantis. Este hombre aceptó el liderazgo de aquellos cobardes a cambio de Meereen.
—Soy inocente, Alteza—lloró Reznak, apelando a la misericordia del pueblo. Los sonoros sollozos del senescal provocaron el resultado que éste esperaba. Visenya rodó los ojos al rodear el cuello del acusado con la Llama de la Verdad—. ¿Esplendor?
—Este es el Lazo de Vhagar. Además de estar hecho de un material indestructible, tiene el poder de hacer hablar a las personas con la verdad—sonrió Visenya, encendiendo las llamas que exterminaban toda mentira—. ¿Eres el líder de los Hijos de la Arpía? ¿Has pactado con Volantis a cambio de Meereen?
—He pactado con Volantis—admitió Reznak, escupiendo los pies de la reina. Las palabras escapaban de la boca del acusado antes de que éste lograra reparar en ellas—. He asesinado para expulsaros de esta noble ciudad. Una puta ponienti no debería gobernar las ciudades herederas del Antiguo Imperio Ghiscari. Las alimañas que os llaman Madre ensucian con mierda las calles de mis antepasados.
Cuando Reznak terminó de escupir insultos, los meereenos exigieron diferentes castigos; algunos abogaron por misericordia y otros exigieron la muerte del traidor.
—Reznak mo Reznak, os declaro culpable de cometer alta traición—sentenció Visenya. El senescal perfumado fue lanzado sobre un tabique de madera, pues el castigo de los traidores siempre era el mismo—. Yo, Visenya de la Casa Targaryen, Primera de mi Nombre, Portadora de Tormentas, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones os sentencio a muerte.
Skahaz desenfundó su espada corta para decapitar al hombre, pero Visenya negó con la cabeza. Hermana Oscura rebanó el cuello de Reznak como si cortara una tarta. La cabeza del senescal perfumado rodó fuera de la plataforma para caer el camino que conducía a la Gran Pirámide.
—Vuestras hermosas manos no deberían tocar la sangre, Alteza—señaló Skahaz. Se trataba de un hombre fibroso, con un rostro poco agraciado, con bolsas de piel debajo de sus pequeños ojos oscuros—. Los Hijos de la Arpía serán erradicados.
—Arresten a la familia Pahl—ordenó Visenya, pateando su túnica para subir las escaleras. La sangre se interponía entre la casa de Pahl y ella, pues había asesinado a Oznak zo Pahl en combate singular. Su padre, comandante de la guardia de la ciudad, había muerto a manos de Arthur. Sus tíos habían sido crucificados por el asesinato de los niños esclavos. La familia Pahl era dirigida por mujeres viejas y amargadas sedientas de sangre—. Cuando las viudas caigan, caerán los Hijos de la Arpía.
—Vuestro esplendor no debería ensuciar sus manos—señaló Skahaz. El Comandante de la Guardia de la Ciudad utilizaba su posición para seguirla a todas partes—. Vuestro esplendor debería regresar a la Gran Pirámide.
Visenya rodó los ojos al sacudir la tierra de sus manos. Aquel día, visitaba los campos de cultivo que se encontraban fuera de los muros de Meereen.
Durante siglos, Meereen y sus ciudades hermanas habían sido los ejes del tráfico de esclavos. Poco podía ofrecer Meereen a los comerciantes si no había esclavos. El cobre abundaba en las colinas de Ghis, pero ya no era tan valioso como en los tiempos en que el bronce gobernaba el mundo. Los cedros que otrora crecieran a lo largo de la costa ya no existían; cayeron bajo las hachas del Antiguo Imperio o fueron consumidos por el fuego cuando Ghis se enfrentó a Valyria. Desaparecidos los árboles, la tierra se abrasó bajo el sol ardiente y el viento la dispersó en espesas nubes rojizas.
Pero eso fue antes de la llegada de Visenya. La Portadora de Tormentas vencía en combate singular a la muerte misma.
Actualmente, los campos se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Las frutas estaban tan maduras que estallaban en la boca. Los agricultores cultivaban en las praderas los vegetales y hierbas más deliciosas del mundo. Las flores crecían en las terrazas de piedra arenisca; los almacenes rebosaban de comida; los vinos atraían el comercio y embriagaban con solo con respirar cerca de ellos. Todos los ciudadanos lucraban con la fertilidad que la Portadora de Tormentas provocaba.
—Deben pensar que soy la reencarnación de Garth Manoverde—susurró Visenya al recordar la historia de aquel héroe. Fue él quien le enseñó a los Primeros Hombres la agricultura. Cuando caminaba, granjas, aldeas y huertos brotaban detrás de él. Tenía una bolsa mágica, la cual poseía todos los árboles, granos y flores del mundo—. En realidad, tenemos bastante en común.
—Vuestro esplendor honra a los libertos con su presencia—afirmó Skahaz. Los agricultores que trabajaban en los campos servían a la Corona—. Antes de que llegarais, Meereen estaba agonizando. Nuestros gobernantes eran ancianos y viejas resecas como la arena. Les gustaba sentarse en la cima de sus pirámides para beber vino de albaricoque y hablar de las glorias del Antiguo Imperio mientras los siglos transcurrían y la ciudad se desmoronaba en torno a ellos. Las tradiciones y la precauciones nos aplastaban hasta que vos nos despertasteis con una tormenta. Ha llegado una nueva era; ahora son posibles cosas nuevas.
Visenya fue rodeada por una multitud de niños que cargaban en sus brazos baldes repletos con frutas de toda clase. Más allá de los árboles, los trabajadores labraban la tierra para sembrar nuevas semillas. La Bahía de Dragones avergonzaba al Dominio, y la Casa Targaryen renacía de las cenizas como el fénix. Visy siempre deseó conocer al ave inmortal.
—No la toques—advirtió Arthur, apartando la mano de Skahaz. No era un secreto para nadie el deseo que albergaba el Cabeza Afeitada; ninguno de sus pretendientes gozaba de sutileza. Incluso Hizdahr zo Loraq apareció en las plantaciones junto a su anciano padre—. Debéis regresar a la ciudad, Alteza.
Visenya estiró las arrugas en su ropa con una sonrisa. Había decidido utilizar un vestido de hielo verde azulado cuya falda llegaba a sus pantorrillas y botas marrones que protegían sus pies de la suciedad.
—No es necesario. Los Hijos de la Arpía han corrido con la cola entre las piernas—afirmó Visenya. Las viudas de la familia Pahl confesaron su complicidad con Reznak mo Reznak al entrar en contacto con la Llama de la Verdad. Los hombres que prestaron oídos a su causa fueron crucificados en las escaleras que conducían a la Gran Pirámide—. La ciudad es capaz de recibir a nuestros invitados.
Visenya sesgó la vida de diez mil dothrakis en Kosrak, pero ganó un ejército de treinta mil hombres. Los khals que solían entregar esclavos en la Bahía de Dragones debían odiarla aún más por ello. Los pastores jamás volverían a ser vendidos como esclavos, pues Lhazar se hallaba bajo su dominio. El estilo de vida de los Dothraki se veía profundamente amenazado por sus sueños.
Los khalasares no poseían asentamientos fijos, pues dependían en gran medida de invadir países vecinos y de combatir entre ellos para su subsistencia. Los Dothraki despreciaban las ciudades, pues creían que todo lo importante en la vida de un hombre debía tener lugar bajo el cielo abierto. Los dothrakis vivían en tiendas de campaña para asegurar su estilo de vida nómada, y desdeñaban el cambio de moneda.
—Las provisiones abarrotan los almacenes—señaló Skahaz. El cobre que decoraba la armadura del Cabeza Afeitada centelleaba como una estrella—. Vuestros Inmaculados han expulsado a los esclavistas de las colinas y han roto las cadenas de sus esclavos, que también están plantando y traerán sus cosechas al mercado de Meereen. Sois la reina de una próspera nación, esplendor.
Su khalasar descendía las colinas orientales, aullando como un millar de lobos. De no ser por ella, los Inmaculados y la Guardia de la Ciudad habrían atacado a la horda. Visenya reveló con bastante prudencia la decisión de los dothrakis, y aún así las nobles familias de Meereen se quejaban porque la Reina Dragón acogía en los terrenos aledaños a un ejército de bárbaros.
Visy contempló la ciudad. Más allá de la muralla, junto al mar, los libertos preparaban el terreno para las tiendas de los jinetes. Hacia el oeste, la luz arrancaba destellos de las cúpulas doradas del templo de las Gracias y proyectaba sombras oscuras tras las pirámides de los nobles.
La flota de la Bahía de Dragones no se encontraba anclada en el puerto. La Estrella de Sangre había partido a Nuevo Ghis para tomar el control del Golfo de las Penas. Las legiones de hierro, entrenadas y armadas a la manera de los Inmaculados, fueron aplastadas por un tentáculo del kraken. Según Aenar, las legiones ghiscarias que sobrevivieron al ataque rindieron sus armas de inmediato.
Sus consejeros arribaban a Meereen después de una interminable marcha a través del Paso Khyzai.
—Luminosa reina, durante mi ausencia os habéis tornado más bella—alabó Daario Naharis, desmontando su caballo con galantería. Visenya rodó los ojos al abrazar los hombros de Jorah. Más tarde, revelaría a Daario la traición cometida por la mitad de sus hombres—. ¿Cómo es posible semejante cosa?
La reina sentía que un cumplido significaba mucho más en boca de Daario que dicho por alguien como Skahaz o Hizdahr. A pesar de ello, la joven solo deseaba las alabanzas de un solo hombre. Aenar debía regresar antes de la luna llena, antes de que su enfermedad alcanzara el punto más alto.
—Debéis estar famélicos—señaló Visenya. La Puerta Este de Meereen, que conducía a las montañas del Pazo Khyzai, presentaba un bosque repleto de duraznos. Los dothrakis adoraban la carne de caballo, pero no todos compartían el mismo gusto—. Los almacenes rebosan de comida.
—Me basta con saciarme de vuestra belleza—afirmó Daario. Arthur negó con la cabeza al flanquear el costado de la reina. La Espada del Amanecer finalmente aceptaba el nuevo papel de Visenya, y aceptaba de mala gana la relación que ésta mantenía con Aenar.
—Mi belleza no va a llenaros el estómago—espetó Visy, señalando los duraznos que rodeaban el camino. Los dothrakis montaban en círculos para examinar el terreno designado para sus tiendas—. ¿Nakiye?
—Insistió en acompañarnos—afirmó Ser Jorah. La guerrera hyrkoon desmontó su caballo para caer de rodillas frente a la reina. Aquella cabeza calva brilló bajo los rayos del sol como una perla—. Tiene una petición que haceros, Khaleesi.
—Solicito el honor de tener un puesto en vuestra Guardia Real—declaró Nakiye. Visenya apreció el título con una sonrisa antes de enfocar su atención en la guerrera. Una mujer jamás había integrado la Guardia Real—. Mientras respire, vuestros enemigos no conocerán refugio.
—Muy bien… —asintió Visenya, compartiendo una mirada con Arthur. Había leído en un libro que el escudo juramentado de Alysanne la Bondadosa fue una mujer. Las mujeres eran perfectamente capaces de proteger a una reina—. Más tarde te lo explicaré.
—Rhakaro piensa que Khal Moro y Khal Ogo marcharán a Vaes Dothrak para tramar en vuestra contra—Jorah tradujo las palabras del jinete que cabalgaba junto a ella. Aunque la Guardia Real se encontraba presente, Skahaz insistía en perseguirla—. Khal Moro fue aliado de Khal Drogo.
—Pueden intentarlo, sólo obtendrán fuego y sangre—espetó Visenya en Dothraki, dirigiéndose al campamento en ciernes. Visy detuvo sus pies al procesar correctamente la información que sus oídos captaban—. ¿Khaleesi del Gran Mar de Estrellas?
Algunos dothrakis pensaban que las estrellas se trataban de caballos hechos de fuego que galopaban a través del cielo nocturno. Otros pensaban que las estrellas eran los espíritus de los muertos valientes. Visenya no esperaba ser llamada de aquella forma. Los Señores de Caballos no consideraban a las estrellas como parte de un mar.
—Es vuestro título—sonrió Jorah—. Una mujer tradicionalmente ostenta el título de Khaleesi del Gran Mar de Hierba, pero los dothrakis han escogido llamaros de una forma diferente. Cuando montabais al dragón de hielo, parecía ser que surcabais las estrellas.
—Khaleesi del Gran Mar de Estrellas… —susurró Visenya, observando el cielo. Aelix, el ave del trueno, sobrevolaba los cultivos—. Me agrada.
No sé porque, pero cuando imagino el barco de Aenar, llega a mi mente la imagen del Perla Negra. Espero no arruinar esta historia con el romance, y quiero aclarar que un matrimonio no ronda por sus cabezas. En este momento, ambos prefieren ser un secreto.
El dominio de Visenya se extiende desde el Desierto Rojo hasta Volantis. Espero no regarla con la muerte de los Triarcas. Kinvara no estaba de cuerpo presente cuando los asesinaron, era una especie de holograma. Las Capas de Tigre mataron a los Triarcas porque Kinvara les lavó el cerebro en cierta medida. La mayoría de ellos adoran a R'hllor.
¿Alguna sugerencia?
: ¡Gracias por tu apoyo! Me has leído la mente porque en algún momento se me ocurrió que Robb pediría la ayuda de Visenya. Aunque no se conocen, el poder de Visy aumenta cada día. Una aliada como ella sería bastante poderosa. Tal vez puedas sugirme algo . Saludos desde Chile!
Mari: Agradezco tus palabras sinceramente; siempre me ha costado escribir las peleas. ¡Wakanda forever! Las Dora Milaje son grandiosas. Vi el material extra de la Sexta Temporada donde mencionan a las guerreras hyrkoon y pensé en las Dora de inmediato. Viserys aparecerá en el próximo capítulo, creo. En un futuro pienso que Cersei se interesara por Visenya, pero la trama de esta historia se ubica en la Primera Temporada, más o menos en el sexto episodio. Cersei está planeando poner a su cruel bastardo en el Trono de Hierro, una Reina Targaryen en Essos no es un problema inmediato. Aunque Visenya desprecia a su familia, tenía pensado que ella ayudara a los Stark indirectamente. Agradezco tus ideas sobre Daenerys porque realmente no sé qué hacer con ella. Saludos!
BlackVampire: Agradezco tu apoyo. La respuesta a tu pregunta es simple: cuando comienzo una historia (después de planearla durante mucho tiempo) escribo con alegría, pero con el tiempo los comentarios groseros comienzan a matar mi entusiasmo. Finalmente, llegó a un punto en donde mi inspiración muere y abandono la historia al hallarme sin nuevas ideas. Por el momento, no tengo pensado continuar The Queen of Ice and Fire. Lo siento.
