Esto ha de estar lleno de polvo… ¡Por fin el capítulo nuevo!

:::::::::::::::::::Gritos del Hades::::::::::::::::::

"¡Maestro, maestro!" –Lloraba un niño en la noche. El anciano corrió lo más rápido que su desgastado cuerpo le permitió hasta la habitación de sus discípulos. –"Maestro, gritan, gritan todo el día, toda la noche, ¡Ya no quiero!" –Sollozaba cubriendo sus oídos. El caballero escuchaba atentamente: las decenas de almas en la habitación, aun imperceptibles para Fernando –Atenea lo bendiga- clamaban y gemían horribles lamentos, exigiendo ser escuchadas. El maestro se acercó para calmar al albino, mientras su amigo lo miraba deprimido. ¿Por qué esos espíritus lo acosaban? Fernando sólo deseaba alejarlo de la muerte, ¿Por qué la muerte lo perseguía? No era justo.

El anciano logró hacerlo dormir a pesar del alboroto que armaban las almas, y se quedó a su lado toda la noche, en caso de que algo volviera a pasar. Con paciencia trataba de calmar a las almas en pena, hasta que fueron dispersándose fuera de la habitación: unas veinte se quedaron cerca del chico, eran calladas y menudas, tal vez habían simpatizado con él.

El momento de calma le dio tiempo para reflexionar. Imágenes del pasado volvieron a su mente: su discípulo Shiryu, caballero de dragón, sus camarada Shion, los caballeros dorados de la antigua generación, los anteriores caballeros de bronce, Atenea, Seiya…

Dohko recordaba con sumo cariño a quien fue su anterior discípulo, y se preguntaba: ¿Quién será digno ahora de ocupar su armadura, la armadura de dragón? Tal vez uno de sus dos discípulos: sólo el cielo lo sabía…

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Aristeo tenía un grupo bastante intimidante: un montón de niños que bien podía considerarlos amigos, pero que no lo hacía. Para él hace mucho los amigos no existían, pero sí los compañeros.

Ditfrid era un austriaco de cabello verde oscuro que era conocido como la mano derecha del griego. Por lo mismo era considerado el más fuerte después de él. El niño tenía la misma edad que su líder aunque era algo más bajo, sin embargo compartía con él cierto aspecto de su vida.

Ambos, casualmente, se habían encontrado en pleno campo de batalla, obvio no como soldados, sino como lo que eran, simples mensajeros, niñitos corriendo de un lado para otro. Se toparon porque Aristeo llevaba una carta hacia su trinchera, donde luego él llevaría la respuesta a otra. Claro, Aristeo no había llegado con carta alguna, todo lleno de barro y golpeado, sin ganas de hablar. A Ditfrid le parecía que le habían rodeado algunos soldados y que de milagro le habían dejado ir. Pero se equivocaba: él era fuerte.

Desde entonces habían estado, por así decirlo, juntos. Ambos decidieron escapar y, vagando por allí, llegaron al pueblo cercano al santuario. Allí fue reconocido por su maestro, el caballero de Lira, junto con su camarada, y llevado al santuario. Aristeo y Ditfrid habían, desde el principio, mostrado interés más por la lucha que por cualquier otro ideal que solía repetirles el santo, se inclinaban a esa idea de que en el mundo sólo ganaban los fuertes. Sólo a través de la fuerza podían imponer ideas como el respeto, el amor y la esperanza. Había que ser fuerte antes de todo. Eso le hizo ganarse una mala fama luego de pocos días, pero a la vez de un grupo de niños que le veían como un líder. Niños, incluso mayores, que le admiraban.

Pero sólo Ditfrid sabía lo de la carta. Y sólo él sabía la razón por la que le profesaba tanto odio al "españolito".

"¡Eh, españolito! ¿No quieres la revancha?"

El pelinegro siguió su camino de la mano de su hermano.

"¿Todavía no has mejorado? Entonces lo dejamos para otra, españolito."

Ditfrid hubiese deseado ver a su amigo darle una paliza a ese chico, pero había algo en él que, de todos modos, creía que esa furia era injustificada. Sino, ¿Por qué ese español no les odiaba a ellos también, si griegos y austriacos mataban indistintamente a niños y mujeres españoles? Si el mundo fuese un ir y venir de venganzas la humanidad hubiese perecido hace décadas…

:::::::::::::::::¡Amoka f-5 inicia su despegue!:::::::::::::::::::

Entre los caminos que dirigen a la gran fuente, en el centro de la plaza del santuario, corría un pequeño rubio de azules ojitos centellantes, abriendo los brazos y simulando alas, mientras con su boca disparaba varias onomatopeyas de armas de fuego. El niño no tenía más de cinco años, y parecía muy feliz.

Otro chico lo seguía de lejos, de diez años, de cabello rojo intenso y ojos dorados, quien no le prestaba atención a su compañero y parecía muy concentrado mordiendo una pluma y sosteniendo con la otra mano una hoja de papel con garabatos y versos tachados.

"La maestra se enojará si llegas cansado al entrenamiento, Amoka, camina de vez en cuando." -Le sugirió para luego bosquejar otro verso, tachar una palabra y corregirla sobre la línea.

"Yo tengo energía infinita, Blaise, puedo correr y correr y correr de nuevo, y no sudar una gota. Soy un ave de acero." –Vociferó mientras "se lanzaba en picada" contra Blaise. –"Tú siempre con ese papel y esa vara de tinta mágica, no haces nada, te cansas apenas empieza el entrenamiento."

"Sigue volando, avioncito, pero lejos de mí, y esto que hago se llama poesía, niño salvaje incivilizado."

Amoka siguió jugando a ser un avión, aunque él le llamaba ave de acero. Amoka había sido hijo de unos ermitaños en el bosque cercano al santuario; no sabía nada de tecnología y el mundo exterior, hasta que unos soldados habían invadido su guarida y matado a sus padres. Afortunadamente Amoka ni se enteró y cuando salió de su cuarto, no encontró a nadie y vagó por el bosque hasta que fue encontrado por unos soldados griegos hambrientos. Curiosamente fue Amoka quien los salvó dándoles comida, y los soldados lo llevaron al santuario donde la guerra no llegaba.

El majestuoso ave de acero mantenía con belleza y gracia su vuelo, rodeó la gran cascada de mármol y dio una increíble pirueta despegando sus pies del suelo.

"¡No es un avión!"

Amoka apenas escuchó y sintió un pesado cuerpo cayendo sobre él, derribándolo y cubriéndolo de polvo. Sabía que era alguien, alguien que lo había atacado por la espalda, que deseaba destruirlo, que deseaba devorarlo, como a una indefensa ardilla. La ley natural dicta que si quería vivir debía pelear. Una cosa brillante se paseó por delante de él.

"¿Qué derribé, Ferni?" –Preguntaba el confundido albino a su compañero, el mismo que antes le había hecho notar que Amoka no era un avión real.

"Es un niño, como tú, Michelángelo." –Le dijo Fernando mientras lo ayudaba a pararse y luego ayudar al otro niño.

Amoka golpeó la mano del español y se puso en posición de combate, gruñendo. El italiano le sonrió con su característica mueca de psicópata, y el salvajito retrocedió y mostró sus garras. El albino no entendía bien ese comportamiento –mejor dicho, no comprendía nada bien- y lo miró extrañado, para luego esconderse detrás de Fernando.

"Ferni, eso no es un niño."

"No, no lo es." –Interrumpió el francés con la pluma en la mano. –"Es un bucólico ser cuya mera existencia difumina la brecha entre el humano y la bestia, rastro de blasfemias concedidas sólo en las entrañas del oscuro bosque, aquel lugar donde lo ilustrado no hace llegar sus cálidas…." –Recitó mientras escribía en el papel.

"¿Qué es bucólico, Ferni?" –Interrumpió, molestando a Blaise.

"Dejémoslo como no urbano, ¿Lo entiendes?"

"No."

"Está bien, no es más tonto que éste, de hecho…" –Se quedó pensando un poco. –"De hecho, creo que esta guerra afecta más a sus inmaduras cabecitas. Soy Blaise, y el chiquillo de allí es Amoka, somos aspirantes a caballeros, mucho gusto."

"Blaise, ¿Son compañeros o depredadores?" –Se calmó Amoka.

"De verdad no quise perturbar tu vuelo, Amoka." –Se disculpó el ojirrojo. –"creí que ibas a dispararnos, como los aviones de Sicilia, ¿Los recuerdas, Ferni? El avión amarillo." –Le dijo a su hermano cogiendo su camisa. –"Yo soy Michelángelo"

"Soy Fernando." –Les extendió la mano, a lo que Blaise correspondió. -"Gelo, ¿Por qué no vas a jugar con Amoka?"

"¡Sí!" –Gritaron al unísono y se fueron corriendo y gritando de sobremanera.

Blaise se sentó en la fuente a repasar su boceto de poema, y Fernando se sentó junto a él y vigiló a los menores por largo tiempo. El pelirrojo seguía tachando y rescribiendo en el papel, hasta que tuvo que usar el otro lado de la hoja. El pelinegro, curioso, trataba de observar lo que con tanto afán escribía, de reojo, pero le preocupaba su hermano: él ya comenzaba a poder ver a esos fantasmas que lo atormentaban, y, sinceramente, le daban miedo. Admiraba a su pequeño hermano que mostraba en todo momento una amplia sonrisa y parecía ignorarlos. En el fondo sabía, sin embargo, que hace días ya no dormía, y así lo revelaban sus ojerosos ojos. La herida en su cabeza apenas había cerrado y menos había recordado algo de su pasado. Se alegró al ver al albinito jugar divertido con un niño más activo que él, tan serio y severo.

"Es sorprendente; hablo español, Gelo habla italiano, Amoka parece hablar griego y tú, seguro que es francés, y nos entendemos perfectamente." –Rompió el hielo.

"También había pensado en eso, pero tengo mi teoría; eso que desarrollamos, el cosmos, con cada palabra que pronunciamos, despedimos algo de cosmos que habla algún idioma universal, la esencia misma de nuestra intención comunicativa."

"Eso que escribes es un poema, ¿cierto? Se ve que te gusta el arte literario, usas bien la palabra." –Trataba que entrar en el tema. –"¿Me permites verlo?"

"No, no lo uso bien, más bien parezco tender a rebuscar palabras, además, es privado, y la poesía no es digna de un guerrero." –Le hizo notar. –"Sólo una vez sea un santo de oro podré mostrarlos, cuando no tenga que demostrar nada a nadie."

"¿Santo de oro? ¿Puedes ser un santo dorado como el maestro Dohko?"

"El gran anciano de libra, he oído mucho sobre su figura. Dudo que podamos llegar a ser como él, pero sí, podemos ser caballeros de oro, si nuestra constelación guardiana lo dicta, y demostramos ser dignos de la armadura."

"Santo dorado… sería un verdadero orgullo vestir ¡Cuidado Gelo, no corras tanto! Una armadura que significa tanto: protectores de la humanidad, de Atenea, de la justicia ¡No se alejen, los estoy observando! El gran anciano Dohko es nuestro maestro, a él le debemos todo; él nos sacó del infierno y nos trajo aquí."

Hubo un profundo silencio, sólo tenuemente roto por las risas lejanas de los menores; Blaise cogió con fuerza la hoja de papel y la miró fijamente. Él también había sido rescatado del infierno.

"Un hombre está sentado en una silla. Está callado, impávido, encendiendo humildes velas sobre un pastel, pequeño y dulce, delicado y blanco como ella. Piensa en ella. Las luces mismas se consumen y se apagan con sus derretidas vísceras." –Leía a su nuevo compañero. Le agradó la idea de que alguien escuchara pacientemente sus escritos y no hiciera ruidos raros, como Amoka. Al levantar la vista se encontró con unos enormes ojos rojos encima.

"¿Por qué derritió los sesos de la mujer en un pastel, Ferni? ¿Es caníbal?" –Le preguntó tan confundido como siempre el albinito. –"¿Se pueden derretir los sesos?"

"No, Gelo, es figurado, no lo entenderías."

"Otra vez con tus cosas de niños grandes." –Gruñó el italiano, cruzándose de brazos. –"Escucha, pequeña bestia Amoka, las ganas de divertirse son inversamente proporcionales a la edad; como ves, los ancianos como el viejito Dohko pueden quedarse sentados por horas mirando una roca, los adultos caminan de un lado para otro sin hacer nada, y estos dos se sientan y hablan: par de aburridos. Mejor vamos a jugar, que luego creceremos y nos volveremos aburridos." –Le dijo a su amigo arrastrándolo hacia la plaza, pero él no quería moverse.

"Quiero saber quién se come el pastel." –Le hizo callar.

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"Con su permiso, su ilustrísima."

El patriarca asintió. El anciano de Libra entró y recorrió lentamente la alfombra que conducía en línea recta hasta el gran asiento del antiguo dorado.

"Lo lamento…" –Se puso de pie. –"Me siento raro ocupando este puesto, más aun cuando usted me trata así, anciano maestro."- Confesó. –"No entiendo por qué el señor Caos me eligió para esto."

"Debió tener sus razones, Mu." –Le dijo, como si quisiera darle seguridad. –"Tuviste un buen maestro, tranquilo, lo has hecho bien."

"El maestro Shion no me preparó para esto, y dudo que estuviese destinado. Aioros o usted hubiesen sido…"

"Nada de eso." –Le interrumpió. –"Fui a Sicilia, no encontré nada explícito que indicara la intervención de Hades." –Cambió el tema. –"Sólo ese débil cosmos maligno, como siempre."

"¡Mi señor!" –Entró de pronto Guillaume. Se disculpó enérgicamente y luego disparó su mensaje: –"En Francia, mi señor, en Konzentrationslager Natzweiler, en esa cosa donde mataban… ¡Por Atenea, mataban niños como si fuesen ganado a faenar! Había un espectro, estoy seguro, lo vi, lo sentí, tuvimos contacto visual. Y encontré un niño re-mono, lo traje también. Pero el caso es que es verdad, totalmente verdad, el espectro estaba con un uniforme que revelaba un alto cargo. Ellos mueven los hilos de esta guerra."

Los dos dorados se miraron, intentando asimilar esa sopa de palabras. Luego el anciano hizo un gesto, necesario para que Mu reaccionara.

"Entonces ya podemos movilizarnos. Hay que acabar con esta guerra. Muchas gracias Auriga, puede retirarse."

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¡Dios, meses que no actualizaba! ¡Vergüenza para mí! T-T

Ay que me pongo rebuscaba con Blaise, menos mal el Word tiene diccionario de sinónimos incorporado.

A ver… nuevos personajes. Ditfrid en primer lugar, un compañerito del buscapleitos de Aristeo, aun no mostraré nada importante sobre él. Y Amoka… admito que escribí esto hace bastante tiempo, me faltaba algún detalle de ciertas partes, pero hace poco me animé a leer el manga de the lost canvas y había por allí cierto personaje que sirvió de inspiración… creo que es obvio, para quien lo ha visto entero.

(cada vez que escribo el nombre de ese campo de concentración tengo que copiar y pegar)

Espero el capítulo valga la pena. Em… eso, besos y mil disculpas.