7- Llamada

Tras la marcha del inspector Lestrade, poco más sucedió. John recorrió los tenderetes sólo para acabar comprándole un juguete de goma a Gladstone, alegando que era preferible que mordisqueara eso que el sofá. No logró engatusar a Sherlock; éste no sólo no quiso ir a ver al hipnotizador, sino que se negó de plano a participar en cualquier otra actividad. Al parecer, Lestrade no era el único que tenía que lidiar con críos. Era evidente que la mente de Sherlock estaba tan absorbida por su trabajo que ni siquiera la influencia de un amigo como John podría quitárselo de la cabeza ni por un instante. Nada parecía ser capaz de hacerle olvidar la tarea que acababa de empezar, y se entregaría a ella en cuerpo y alma, hasta culminarla.

John había cenado pronto y se había ido a la cama porque al día siguiente tenía que trabajar. Sherlock, como de costumbre, no comió nada y no estaba dispuesto a perder el tiempo durmiendo. John ya le había hecho perder bastante. Se sentó en el sofá con su portátil y sus recortes de prensa, pero se quedó dormido antes de las tres de la mañana.

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Eran casi las nueve cuando sonó su móvil y lo despertó. Zumbaba en el bolsillo de sus vaqueros, que no había llegado a quitarse. Tardó un momento en reaccionar e incorporarse antes de coger el móvil. Maldiciéndose por haberse dejado vencer por el sueño, presionó el botón de respuesta y contestó.

—Sherlock Holmes.

Respondió una voz femenina, elevándose sobre el murmullo de fondo de una estancia abarrotada.

—Hola, Sherlock. Soy Sarah.

Su tono era inseguro, como si pensara que no la recordaba. Sacudiéndose los últimos vestigios de sueño, Sherlock respondió con voz cordial:

—Sí, ya lo sé. ¿Qué quiere?

—¿Qué quiere quién?

—John. Supongo que se le ha acabado el saldo y te ha pedido que me llames por algo.

El tono inseguro de Sarah adquirió un deje de aprensión.

—¿Es que... John no está contigo?

—¿Qué?

—Bueno... Es que no ha venido a trabajar esta mañana. Lo llamé a su móvil, pero no contesta.

El rostro de Sherlock se ensombreció por un instante, y se produjo una incómoda pausa.

—Ahora te llamo.

Colgó de inmediato y se levantó.

—¿John? ¡John, que llegas tarde al trabajo!

No hubo respuesta.

Mosqueado, abandonó decididamente su zona del piso y subió con sigilo el corto tramo de escaleras con creciente excitación. Al menos, le pareció que era excitación. Invadido por aquella extraña sensación tan ajena a él, probó a abrir la puerta... y descubrió que no estaba cerrada. Gladstone salió corriendo y gimoteando, dejando claro que aún no lo habían sacado ni alimentado.

—¿John?

Con una mezcla de curiosidad y ansiedad, sus ojos se clavaron en la cama de John. Su mirada revoloteó frenéticamente sobre cada detalle.

La cama estaba deshecha y las sábanas, al igual que el edredón, colgaban prácticamente del colchón, como si hubieran tirado de ellas. Arrastrándolas.

Sherlock se quedó inmóvil en el umbral, con el corazón paralizado por un terrible e inexpresable pavor a lo desconocido al comprender que a John lo habían sacado a rastras de la cama.