Ahí estaba, con un brazo entablillado, una gasa en la ceja y un pómulo multicolor. Pude escuchar un quejido cuando hizo el esfuerzo para sentarse auxiliado por papá ¿y yo? Temblando como hoja al viento, conteniendo las ganas de llorar.
–Hey, mocoso– dijo, una sonrisa torcida apenas curvando sus labios.
Solté un hipido suave, casi inexistente, seguido de otros más y más fuertes; los ríos salados mojaban el piso para cuando pude aproximarme a la cama donde el señor Shadis estaba postrado. Me senté en la orilla, el valor perdido antes de poder comenzar a reunirlo.
Por primera vez desde que nos conocimos hace poco más de tres meses, el señor Shadis no hizo ningún comentario sino que, sencillamente, me dejó llorar mientras mantenía una charla con mi padre.
–Señor Shadis– murmuré al cabo de unos minutos, indudablemente más tranquilo. Él volteó en mi dirección con algo de interés– espere un segundo, tengo un presente para usted.
Puse los pies en el suelo de madera y caminé rápidamente a la silla donde había dejado mi bolsa. Tuve mucho cuidado al sacar su contenido y, al girar, no pude evitar soltar una carcajada ronca al ver la mueca que hizo el señor Shadis, mueca que se agravó cuando notó mis intenciones de poner la corona de flores (un poco marchita) en su cabeza.
–Ni lo pienses, mocoso– ante la negativa, papá le dio un toque en algún punto de la espalda y el señor Shadis se quedó muy, muy quieto, como si tratara de no gritar ¡por supuesto que aproveché la oportunidad! Para cuando volvió en sí la corona estaba acomodada en su cabeza y no pudo más que resignarse, bastante disgustado.
De pronto recordé mi segunda intención; mordí mis labios, zapateé el suelo y retorcí los dedos antes de poder decidirme. Una especie de chasquido resonó cuando planté un beso algo brusco en la mejilla del señor Shadis para luego murmurar muy bajito en su oído–bienvenido de vuelta, tío Keith.
Media hora más tarde, al reunirme con la señorita Carla, ésta me preguntó de inmediato la razón por la cual no dejé que me acariciara el cabello como hacía de vez en cuando.
–Creo que avergoncé mucho al tío Keith ¡me dio un golpe muy duro!– la señorita Carla formó una "o" con la boca y, apenas medio segundo después, me brindó una de sus sonrisas deslumbrantes.
–¿Así que al fin te atreviste? Bueno, es algo digno de celebrar ¿qué te parecen bocadillos y una taza de té en mi casa?– mi respuesta fue tomar su mano y comenzar a caminar en la dirección indicada.
No pude evitar preguntarme a mí mismo si la señorita Carla estaba bien con seguir siendo llamada así; a papá dejé de llamarle "padre" todo el tiempo, al tío Keith acababa de dejar de llamarle "señor Shadis" ¿y la señorita Carla? No podía seguir llamándola así todo el tiempo, pero tampoco se sentía del todo cómodo llamarla "tía" ¡menos aún exclusivamente por su nombre! Eso era una situación difícil, la señorita Carla era demasiado importante como para tomar el asunto a la ligera.
–¡Zeke!– salté en mi lugar ante la impresión. Desconcertado, alcé la mirada para encontrar que la señorita Carla me miraba con intriga– ¿qué tanto estás pensando? Cielos, niño, te he estado llamando durante un buen rato.
Sonreí un poco avergonzado– no volverá a ocurrir– prometí, mis dedos cruzados tras la espalda. Me dedicó una larga mirada antes de darme un inesperado beso en la frente y seguir nuestro camino.
Luego de instalarme en mi lugar usual en el comedor, y tras quedarme solo durante unos instantes, toqué con emoción el punto de mi frente donde los labios de la señorita Carla se habían posado. Saber que alguien además de mi padre me quería lo suficiente para mostrarme tal afecto me ponía muy feliz.
Fue en ese instante donde caí en cuenta, y una idea se formó en mi mente.
A la vuelta de la señorita Carla comenzamos a conversar con las tazas calientes en nuestras manos y un plato con bocadillos entre ambos. No me sorprendió en nada que terminásemos hablando del tío Keith y "su irresponsabilidad, testarudez y falta de empatía para aquellos que le quieren". Tengo que admitirlo, fue muy divertido.
–¿Acaso tu padre no planea mudarlos de esa posada? Debe estar gastando una buena cantidad de dinero.
–En realidad sí, ya tenemos un espacio pagado aquí mismo en la ciudad, pero la casa tiene que ser reconstruida en algunas partes así que puede llevar un tiempo– le indiqué la dirección de una forma más o menos entendible, pero de todas maneras prometí llevarla en uno de nuestros paseos, después de todo "ustedes son descuidados y les vendría bien incluso un par de palos y telas mal puestos ¡alguien tiene que poner ojo en los detalles!".
Esa noche me quedé a dormir en la casa de la señorita Carla pues mi padre se quedaría a vigilar el estado de los heridos. Luego de una ardua pelea, decidimos dormir ambos en el suelo cubiertos de mantas al no parecernos justo que solo uno se quedase con la cama.
Me acomodé sin pena alguna entre los afectuosos brazos de la señorita Carla y me dormí casi de inmediato. Esa noche no tuve sueños, sino una reconfortante calma en mi corazón.
–He tomado una decisión.
Beaure y yo estábamos de pie al lado de la carreta donde él y su padre se montarían en cualquier momento para ir rumbo a Trost. Era el momento de la despedida.
–¿Por qué será que no me sorprende?
–Tú y yo somos oficialmente amigos– solté. Beaure se quedó pasmado unos instantes antes de sonreír ampliamente. Él llevaba insistiendo en que acabaríamos siendo amigos desde el primer momento, pero seguro se había preparado para una lucha más ardua.
–Bueno, eso sí que me sorprendió ¡pero no volverá a pasar!
–Bufón.
–Grosero– nos reímos de nuestras tonterías, disfrutando estos instantes– nos vemos pronto, Zeke– nos estrechamos en un abrazo con la fuerza de dos niños antes de que se montara en la carreta y, lentamente, se alejara de la ciudad.
Sabía que él cumpliría su promesa de venir a visitarme, pero también estaba seguro de que no sería hasta dentro de un largo tiempo. Debo admitir que la idea me entristecía, pero así era como debían ser las cosas, y lo entendía muy bien.
Volteé hacia padre y la señorita Carla, quienes habían insistido en acompañarme aunque aseguré mil veces que podía ir y volver solo. Al verlos conversar tranquilamente, ambos con expresiones relajadas y una actitud amistosa, incluso bromista, la idea que tuve se asentó en mi mente infantil, y no pensaba darme por vencido hasta hacerla realidad.
La señorita Carla va a ser mi mamá, aunque tenga que demorarme la vida entera en conseguirlo.
