Disclaimer: Nada mio, bla.
Advertencias: Uso recreativo de drogas.
N.A: Siento haber tardado tanto, en fin, no sé que decir. Que espero que os guste y que cualquier cosa me digaís, siempre me anima saber vuestra opinion. Tened la seguridad de que aunque muera durante semanas lo voy a acabar.
Antes de cumplir un mes de su desaparición , Sherlock volvió a la residencia.
Bajo la puerta de su habitación habían pasado notificaciones del claustro, con trabajos a entregar y avisos de retraso. Incluso había una carta dirigida a su nombre; la hizo dar un par de vueltas entre los dedos, desechando el resto de papeles.
No tenía remitente y la dirección estaba escrita a mano. Mycroft siempre usaba el mismo truco para que supiera que era él sin necesidad de identificarse. Al abrirla, encontró el panfleto del Conservatorio Real de Música, el programa de violín estaba subrayado.
Su garganta se cerró en un nudo de ira, de la clase solo reservada para Mycroft.
Por supuesto que su hermano sabía donde había estado todo ese tiempo, solo le había concedido la ilusión de libertad.
Y por supuesto se tenía que burlar de él, mandando ese sobre, como si Sherlock fuese tan tonto de no haber considerado jamás una carrera musical. Como si no se lo hubiese planteado mil veces, como si no hubiese considerado todo mil veces.
Y ahora volvía a estar en la universidad, llevaba apenas media hora y ya empezaba a sentirse encerrado; quería patear los muebles infantilmente.
Sobre la mesa estaban todos los trabajos retrasados que se había negado a hacer, la lista ya era larga antes de haberse ido, ahora tan solo era mayor, junto a revisiones y exámenes perdidos. Junto a una lista de personas que pedirían explicaciones sin importancia, que pensaba ignorar.
Más todos sus compañeros estúpidos, con sus estúpidas vidas llenas de falsos objetivos.
Todo era demasiado, demasiado sin ser suficiente en lo que necesitaba, tampoco era como si supiese lo que necesitaba.
Sherlock sacó todo el aire de los pulmones para evitar que la cabeza le diese más vueltas.
Lo único que sabía con total certeza era que no quería estar allí, cada fibra de su ser vibraba en la negación.
Por eso tenía la oxicodona en el bolsillo. Por eso machacó una de las pastillas sobre el escritorio. Por eso la aspiró como si su vida dependiese de ello, porque realmente lo hacía.
Vuelta a empezar.
Cuando volvió a ver a Jim, estaba sentado en uno de los andenes en la estación de St James's park. Entre la masa indescriptible de la hora punta. Abstraído en los trenes que pasaban.
Hacía semanas que no le veía e hizo que la sangre le subiese a la cabeza. Él era emoción, desafío, siempre ofreciendo más. Y si a Sherlock le gustaba observar a la gente cuando estaban desprevenidos, Jim brindaba una gama de detalles que le intoxicaba.
Bajo la luz demasiado brillante de la estación Jim tenía un aspecto lamentable.
El lado izquierdo su cara era de un rosa pálido, nada llamativo pero el leve hinchazón delataba un golpe. Además bajo su muñeca izquierda asomaban un par de hileras de moratones, dedos. Alguien le había zarandeado y lanzado contra un objeto contundente.
Sherlock apostaría que eran heridas defensivas.
Aunque el aspecto más llamativo era que estaba manchado de barro hasta casi la cintura. El abrigo era un mosaico de manchas negras, Sherlock podía apreciar un intento de limpiarse que no había tenido éxito.
La gente seguía pasando entre ellos así que Sherlock decidió acercarse, quedando de pie a su lado. Jim no dio muestras de saludarle.
Sucio y estático esperando el metro como un penitente. Pero Sherlock al estar cerca, podía ver la manía que radiaban sus ojos. Como si toda la vida que le quedaba se hubiese concentrado en un punto.
El contraste le dio vértigo.
-A veces cuando es demasiado solo puedo pensar en tí.-Dijo Jim tan suavemente que la frase quedó ahogada .Y Sherlock dudó haberla oído, nunca había sido un gran amigo de las rimas. La gente subía y bajaba del tren, Jim no le miraba.
-Podemos ir a buscar otra vez si quieres; ahora que la marea esta baja.- Hizo que Jim le prestase atención, aunque sin moverse en su dirección, Sherlock disimuló una sonrisa altiva.
-¿Que te hace pensar que no lo haya encontrado ya?
-El nivel de limo en tí. El tipo es terroso y contiene partículas de industria pesada, lo que delata que es del bancal en Hammersmith. A estas alturas del año la última marea baja en esa zona fue hace cinco horas, pero las manchas siguen demasiado frescas. Así que ya había subido la marea cuando saliste del lecho del rió. Lo que significa has intentado apurar el tiempo porque no lo habías encontrado.
-¿Sabes todos los tipos de tierra en Londres?
-Estoy haciendo un catálogo.- Y Jim empezó a reírse, girándose hacia él por primera vez. Sherlock pensaría que se estaba burlando de él si no fuese por que sus ojos brillaban igual que cuando miraba los trenes llegar. Como si quisiera saltar frente a él para ser arrollado.
De pronto Sherlock se encontró pensando que quería besarle. Honestamente, no como lo había hecho con otros antes, por experimentar, por manipular o por no negarse. La idea vino y se fue en un suspiro así que no le dio importancia.
Jim sacó de su abrigo una caja envuelta en plástico, todo cubierto de más barro.
-Ya he encontrado lo que fui a buscar, pero gracias por tu preocupación.-Dijo balanceándola con burla, Sherlock sentía como si le hubiese abofeteado.-Vamos, hay que cambiar de vía.-Al ver que no contestaba nada, Jim continuó.-No puedes ofrecerme un paseo por los bancales al anochecer y luego negarte solo por que erraste tu deducción. Tienes que aprender a perder.
Sus zapatos hacían un ruido de succión bastante desagradable con cada paso. Hubo un punto en el que Sherlock había pisado un socavon, dando por perdida la esperanza de no manchar su abrigo. Estaba resultando un paseo muy poco práctico y sospechaba que Jim lo estaba haciendo solo para que ambos se ensuciasen en la misma medida.
-Alguien la lazó al río movido por el pánico para deshacerse de ella, luego no fue capaz de encontrarla y por eso te lo pidió a ti.
-No
-Alguien la escondió en una alcantarilla y por error acabó en el río.
-No, pero casi.
Ya no le quedaban por decir más que las teorías descabelladas. El sol caía, haciendo el lecho el río sombrío, la última luz iluminaba por encima de ellos.
-Yo la lancé al río. Puse plomo en la bolsa para que se hundiese en el limo lo suficiente para esconderla y no se moviera.-Dijo en alto, con una voz que no se usaba para las confesiones.- Pero se desvió casi quince metros del lugar planeado, por eso tuve problemas para encontrarla de nuevo.
-No es muy aconsejable para el ladrón volver a la escena del crimen a por la evidencia.
Jim se giró con una sonrisa respladeciente y falsa.
-Qué puedo decir, soy poco ortodoxo.
-Unos cincuenta cuerpos de sacan del Támesis al año, parece el mejor lugar como escondite.
-Cuerpos, que no una caja de madera. Además, blop blop tengo entendido que los cuerpos en descomposición suelen flotar. Sinceramente, ¿así como no los van a encontrar?
Y continuaron con el paseo, Jim delante, Sherlock un par de pasos más atrás.
Salieron por una de las escaleras en el puente de Putney cuando ya era de noche.
Ambos igual de sucios, con el olor del agua estancada pegado a la ropa. Un hombre que paseaba no podía apartar su mirada de reprobación. Jim le dedicó una sonrisa que no tenía nada de agradable, pronto dejo de observarles.
Sherlock le agarró de la parte superior del brazo, haciendo que se girase. Durante toda la tarde Jim había tenido problemas con mirarle, con caminar a la vez, todas sus frases parecían tener un filo cortante. Jamás había sido directo en sus acciones, pero para Sherlock la tarde se sentía diferente. Sentía como si desde la estación de metro todo hubiese sido una puesta en escena.
-Quiero ver el interior de la caja.
-Estaba contando cuanto tardarías.-Jim rebuscó en su abrigo encarándose con demasiada determinación.-Me gusta cuando exiges.
La bolsa se había roto, por lo que la caja estaba manchada. Le dio un par de vueltas, el contenido bailó en su interior. Madera de roble barnizada 10-15 años, cierre de titanio simple, clásico, marcas de uso en la base aunque nada esclarecedor; un joyero.
Al abrirlo destacaba un largo collar de perlas de cuatro vueltas con un rubí engarzado en plata. Sherlock lo tomó en su mano izquierda para poder ver el resto del interior. Pulseras de oro y plata, pesados alfileres con diferentes piedras preciosas e incluso un anillo de compromiso que Sherlock estimaba tenía al menos tres diamantes.
Valor incalculable sin un estudio riguroso.
Jim estaba parado enfrene como si fuese la santa imagen de la inocencia. Sherlock estaba perplejo.
Nadie se atrevería a lanzar algo así al Támesis, era una locura, el riesgo de perder semejante tesoro era demasiado alto. El peligro de hacerse con las joyas no compensaba la posibilidad de perderlas entre las aguas. Cava y esconde el botín, bucanero.
Un robo como ese debía estar denunciado. Y Sherlock tenía la evidencia y al ladrón justo delante.
Jim le quitó la perlas de la mano, haciéndolas destellar a la luz de las farolas se las puso. Combinaban bien con su abrigo negro de lana. En su boca se curvaba la malicia.
Le estaba retando, con que pronunciase un voy a entregarte.
Con frases veladas por labios cerrados, en un tus próximas palabras son decisivas, eligelas con cuidado.
Sherlock puso todo en pausa, para estudiar la perspectiva.
Quería ir a la casa, estudiar la caja de seguridad en la que con certeza había estado guardado el joyero. Quería ver el jardín y los cierres en las ventanas. Déjame ver a los antiguos propietarios de las joyas, déjame ver cuan inteligente has sido como para lograrlas.
-No ha sido un anuncio público, pero la policía y cualquier joyería de la ciudad están informadas. Así que venderás las joyas menos reconocibles a terceras partes por un precio tan ridículo que estarían locos al negarse. Ellos intentarán revenderlas y será a quienes detenga la policía. Tu quedaras sin vínculo y con el efectivo. Un negocio rentable.
-¿Igual planeo sacarlas de Londres?
-No hace falta que te tomes tanta molestia. Ademas creo que te divierte encontrar el camino en la misma ciudad, bajo la mirada de todos.
-Es que todos observan pero no realmente, ¿verdad, Sherlock?-Es que tú observas Sherlock, pero no realmente, ¿verdad? Jim paseó un dedo por las perlas en su cuello, ladeando la cabeza.-¿Y el collar?¿Quizás demasiado llamativo?
-Único, nadie te lo compraría. Vas a quedártelo. Además ya has especificado que te gustan las cosas que brillan.
-Ahora más que nunca.
Sherlock inclinó la cabeza. Porque Jim le había dedicado esas frases desde el principio, pero ahora resonaban como líneas a recitar. Y Sherlock estaba frustrado porque dentro de todas sus rimas y enigmas Jim era lo único honesto que tenía en un mundo de sonrisas decorosas.
Jim cogió el joyero de sus manos, tenía los dedos helados cuando lo cerró en un sonido seco.
Quedaba un cabo suelto del que aún podía tirar.
Sherlock puso el pulgar sobre la mejilla izquierda, que estaba hinchada, y el índice sobre la derecha, haciéndole ladear la cabeza. Jim abrió los ojos como si fuese incapaz de aguantar más la actuación, dedicándole esa mirada vislumbrada tan sincera. Sherlock podía sentir el triunfo en el estómago.
-¿Entonces esto no tiene relación?-Dijo con voz grave. Y movió el pulgar suavemente acariciando la zona, probando lo frágil de la piel.
-No-Parecía que se le habían perdido las respuesta elocuentes.
De pronto, Sherlock fue dolorosamente consciente de su cuerpo. Tenía frío en las piernas y el corazón acelerado. Las manos de Jim podían estar siempre heladas pero su rostro era caliente, deslizó la palma sobre el lado izquierdo
Jim se inclinó hacia él, en un movimiento no consciente y Sherlock se encorvó para besarle.
Un beso de labios apenas entreabiertos pero que hizo a Sherlock creer que respiraba de nuevo. No era invasivo como le había pasado anteriormente, no estaba pensando en lo que tendría que decirle a la otra persona para excusarse. No necesitaba un manual de reacción porque era Jim y de alguna forma él entendía.
Se separaron dos centímetros, tres segundos y Jim volvió a besarle; pero esa vez con hambre.
Como queriendo hacerle entender la diferencia, ladeándose para no entrechocar la nariz y cerrando con fuerza los ojos. Sus manos al fin agarraron a Sherlock llevándole hacia abajo y él solo se dejó arrastrar.
