Capítulo 7
Tenía que ir a ver a Edward para la cita que él había programado hace un mes. Samuel por supuesto se había enojado al ver la hora de la cita, ya que era en la mañana cuando él no podía. Guardé silencio mientras lo escuchaba gritar, pero al final accedió que fuera sola, alegando que su trabajo era demasiado y que no podía estar perdiendo su valioso tiempo en mí. Obviamente no pudo faltar su amenaza, que más me valía traer buenas noticias sobre el progreso de las pastillas. Sólo asentí a sus palabras y le prometí que así sería.
Realmente no sabía en lo que me estaba metiendo, mi cuerpo no se recuperaría de su problema por el simple hecho de que no existía problema y que yo no había dejado de consumir las pastillas anticonceptivas. Y para cuando él se enterará, las cosas no serían nada fáciles para mí. Cada semana cambiaba las tabletas de las medicinas que él compraba y colocaba una de las que yo consumía desde hace tiempo. Como él no se metía en ver el contenido de cada cajita, no se daba cuenta que yo tiraba todas las pastillas al drenaje cuando él se iba al trabajo.
También nuestras actividades sexuales habían aumentado, él justificó ese hecho haciendo alusión de que así había más probabilidad de que me embarazara pronto. Cada encuentro era desagradable, tenía que sentir cada agresión de su parte en forma de caricias rudas y besos llenos de sangre, tenía que sentir como su pene dañaba mi vientre por las envestidas tan duras que daba. No sé cómo pretendía que mi vientre aguantara un embarazo con el daño que provocaba.
En cada encuentro terminaba adolorida y lastimada, y no podía decir nada; él estaba empeñado en tener un hijo a como diera lugar, aunque ese no fuera mi deseo.
Antes de salir de casa para ir al hospital, miré atentamente mi cuerpo y la ropa que había escogido, era una simple blusa de cuello en V color negra, un suéter y unos pantalones pegados. No quería que pasara lo de la otra vez, cuando él había mirado mis marcas, y que empezara hablar sobre el trato que Samuel me daba. Revisé mis muñecas y estaban limpias, mi cara no tenía ningún golpe o herida, así que sólo coloqué algo de maquillaje para que no luciera tan demacrada. Mi cuello era ahora el problema, había un horrible chupetón que Samuel había hecho hace dos días y no desaparecía aún. Pero bueno, eso podría pasar por una noche demasiado caliente y apasionada.
Sonreí sin ganas. Tenía tanto tiempo sin saber qué era eso. Ya no sabía ni que era hacer el amor o tener un maldito orgasmo. Mi cuerpo solo servía para complacerlo a él y nada más. Yo no tenía que gozar, yo no podía ser receptora de placer, él había dejado en claro eso cuando empezó a tener sexo conmigo y no hacer el amor.
Cuando llegué al hospital tan sólo pasé a dar ficha de la cita con la recepcionista y no tuve que subir al consultorio sola, pues Edward salía de un pasillo y al verme me sonrió, se acercó a saludarme y me guio a su consultorio. Parecía en verdad feliz de verme, y me sentí cohibida al ver su reacción. Aun no me perdonaba el hecho de que él si me considerara su amiga en la universidad y yo lo hubiese olvidado por completo, hasta el punto de no reconocerlo cuando nos volvimos a ver.
—Creí que no vendrías —dijo cuándo abría la puerta de su consultorio y me invitaba a pasar primero.
—Dijiste que lo hiciera, ¿no? —aclaré, mientras lo veía tomar su lugar atrás del escritorio y tomé asiento cuando él lo indicó.
—Lo sé. Sólo pensé que tu marido… —dejó la frase a la mitad y me sentí en verdad enojada. Vale, estaba en todo su derecho de pensar así, pero no era para que me recordaba que tan subyugada me tenía ese hombre.
—Él está en verdad empeñado en tener un hijo —dije con los dientes apretados.
—Discúlpame —dijo apreciando mi estado. Suspiré. Él no tenía la culpa de nada, no podía enojarme con él por haber dicho simplemente la verdad—. ¿Has tomado lo que te receté?
—No. He seguido tomando mis propias pastillas y el calcio que me anotaste —contesté en voz baja. Él asintió.
—No quieres tener hijos, Leah —aclaró.
—Exactamente —confirmé.
—Déjalo, Leah —pidió. Negué con la cabeza. Necesitaba un plan para salir lo mejor posible de esta situación, no podía simplemente irme, ya lo había hecho una vez y él fue a buscarme, de buena manera, pero me juro que, si lo volvía hacer, o lo intentaba hacer, me mataría—. ¿Qué necesitas para dejarlo? —preguntó.
—Un plan —confesé de inmediato y me toqué la frente, intentando pensar en algo. Él elevó una ceja.
—¿Un plan? —cuestionó confundido.
—Un plan que no tenga tantos daños colaterales. Donde yo solo sea la única afectada —le dije.
Me recargué por completo en el respaldo de la silla. Me sentía agotada en todo sentido, mental y físicamente. No me gustaba hablar de ello y no sabía porque le estaba contando esto a Edward. Quizá por el hecho de que él pensara en mí como una amiga, y yo me sentía con la obligación de verlo de igual manera. Además, él quería ayudarme, del modo más sincero y honesto.
—Te ha amenazado —no era una pregunta, pero sonaba así.
—Sí. Ha dicho que dañara a mi madre y a mi hermano. No puedo permitir que eso suceda —le conté.
—¿Y quieres vivir como mártir para que eso no pasé? —preguntó con enojo.
—No soy ningún mártir. Soy una idiota, eso es todo —suspiré cansada. Porque parecía no entenderlo. Era mi familia de la que estaba hablando—. Pero no me puedes pedir que me olvidé de mi familia. Ellos son importantes para mí, Edward.
—¿Y crees que tú para ellos no?
—Sé que lo soy, y por eso necesito un plan.
Había tomado una decisión. No sabía cuándo fue que empecé a sentir que era ya necesario irme de su lado. Quizá cuando me ordenó darle un hijo que yo no deseaba, al menos no con él, o cuando me destrozó la espalda a golpes. No podía permitir que eso pasara. Jamás me perdonaría darle un hijo para que llevara la vida que él me ha dado a mí. Quizá por eso cogí un poquito de fuerzas, de quien sabe dónde, para hacerle frente, no de cara a cara, ni de forma directa, pero si lo suficiente para buscar una salida, intentar abrir una puerta que no provocara un derrumbe de piedras sobre mí apenas la abriera. Algo así como un traga luz, pequeño y escondido, donde pudiera escapar de sus manos.
Sí, eso era. Estoy luchando por ese bebé que no existe y no existirá, simplemente para salvarlo de un cruel destino impuesto por el hombre que quiere ser padre. Estoy luchando por mí, porque ya no quiero más esto. Porque merezco algo mejor. Por eso voy a escapar, porque si llegó a quedar embarazada, todo terminara para mí y para él o la bebé.
Necesitaba un plan. Ansiaba mi libertad ya. Un plan que me llevara a la salida sin daños. Donde sea él quien decida dejarme.
—Por eso te había pedido que me hicieras pasar por una mujer estéril, para que él me abandonara al no poder darle ese niño que tanto desea ahora. Él se buscaría a otra y me dejaría ir —le conté a Edward mi antigua idea.
—No podía hacer eso —dijo con algo de pena.
—Lo sé. Lo del tratamiento solo me da una ventaja de seis meses, nada más, si sobrepasa ese tiempo, él buscara alternativas y dudo mucho que otro ginecólogo se preste a ayudarme.
—No podía ayudarte con lo de la esterilidad, pero si puedo ayudarte de otro modo —me dijo.
Elevé una ceja. De qué modo podría ayudarme.
—Sabes, tengo mi próxima consulta hasta las once del día. Acompáñame —pidió.
—¿A dónde? —pregunté con curiosidad.
No estaba segura de ir con él. Si alguien conocido me veía por las calles con Edward se lo contarían a Samuel de inmediato. Y no quería más problemas, hasta ahora se había aguantado de golpearme el cuerpo, pero mi cara no se salvaba ni mi pobre cabello. Además, no había hecho la comida todavía, pero era temprano y tenía todo en casa para hacerlo, sólo era asunto de prepararla. Aun así, el temor no me dejaba acceder a las primeras.
—Quiero ayudarte, Leah. Sé que apenas nos acabamos de reencontrar, pero no puedo dejar que sigas viviendo como lo haces. Yo mismo iría a golpearlo, pero sé que con eso no lograría nada, sólo perjudicarte más a ti. Por eso tengo un plan, pero necesito que me acompañes —propuso de nuevo.
Me mordí los labios sin saber qué hacer. Era un plan. Él estaba proponiendo un plan y yo estaba desesperada por irme ya lejos de Samuel. ¿Qué podía perder? Si no me parecía buena su idea, solamente tenía que decirle que no a Edward y pensar en otras alternativas. No tenía muchas opciones ahorita en mi cabeza.
Así que, qué más da: si Samuel me veía o alguien llegaba a contarle, sólo sería un golpe más en el enorme historial escrito en mi cuerpo que lleva su nombre, pero con una garantía de tener un plan ya listo o quitarlo de las posibles opciones llegado su momento; sea como sea, había una pequeña ganancia si aceptaba.
Asentí lentamente y me levanté de la silla.
Él sonrió y se quitó la bata blanca de su uniforme, tomó su saco y caminamos hacia la puerta. Ya en la recepción no salimos por la puerta principal, sino que me guio a la parte trasera del hospital, donde estaba el estacionamiento de los trabajadores del lugar. Agradecí que su auto, al parecer nuevo y costoso, tuviera los cristales oscuros, así nadie me podría ver.
—Sube, por favor —dijo abriendo la puerta del copilo.
Él caminó hacia el otro lado y una vez ya en su lugar, arrancó el vehículo. Era más lento que Samuel, pero aun así manejaba rápido. Manejó durante varios minutos y colocó una música suave para que el silencio no se volviera incómodo. Aunque a mí me parecía agradable el silencio con él a mi lado, con mi marido el silencio era muy peligroso, si no lo escuchaba hablar o gritar, no sabía en lo que pensaba, así que no sabía cuándo me atacaría.
—Sigues escuchando música clásica —le dije, varias veces pude ver en su celular ese tipo de música.
—Sí. A mi esposa le gusta —agregó con cariño.
—¿Y cómo está Isabella? —pregunté. Hace mucho que no sabía de ella. Casi no hablábamos en la universidad, era muy callada, y todo el tiempo se la pasaba leyendo, pero era agradable.
—Pues bien. Tiene su propio consultorio, le ayudé para que así fuera y su padre también la apoyó en ese aspecto. Ahorita está embarazada, en cinco meses tendremos una niña —dijo con una enorme sonrisa, como si no pudiera contenerse.
—Felicidades —sonreí con sinceridad.
Miré hacia la ventana. A mí me hubiera encantado tener una familia con Samuel. Que tuviéramos muchos niños, que él jugara en el patio mientras yo cocinaba o hacia limonada. Acostarlos a dormir y besarlos cuando se levantarán. Cuando nos casamos, los dos acordamos no apresurarnos, queríamos disfrutar de nuestro matrimonio, y ahora me alegraba de esa decisión, de lo contrario, verían la fea realidad que era estar con Samuel.
Pasamos veinte minutos en el vehículo, hasta que él se detuvo delante de un bonito edificio llenó de cristales y con una fachada metalizada. Él aparcó y se bajó del auto. Abrió mi puerta y me pidió bajar.
—¿Dónde estamos? —pregunté un poco confundida.
—Vamos a entrar e iremos al piso tres. Ahí te explicare todo —aseguró él, cuando miró mi ceja elevada.
—No estoy confiando en ti, Edward Cullen —advertí.
—Hazlo, por favor. Yo solo deseo ayudarte —pidió de una manera tan honesta, que no me quedó más remedio que asentir.
Cuando entramos, lo primero que vi fue una gran recepción, gente con portafolios y trajes elegantes, bajando y subiendo escaleras, o apretando los botones de elevadores. Todo parecía frenético y elegante, y me sentí menuda ahí, con mi ropa vieja y mi cuerpo desgastado.
Subimos al elevador y él apretó el botón con el número tres. No tenía idea de donde me llevaba, y me apreté al espejo del elevador, suspirando y poniéndome cada vez más nerviosa, por no saber cuál era su gran plan para ayudarme.
Las puertas metálicas del elevador se abrieron y apareció una gran sala, con la recepción a un costado. Todo estaba pintado en azul marino y tenía más ventanas que paredes, blancos sofás cómodos y flores en jarrones de cristales trasparentes. Parecía elegante, pero aún no tenía ni idea de que hacíamos aquí.
—Señor Edward, que gusto verlo —exclamó con entusiasmo la señorita de la recepción. Una bonita chica de cabello negro.
—Hola, Valeria, ¿podrías llamarlo para que salga un momento? —preguntó con una gran sonrisa Edward.
—Por supuesto.
Edward volvió a mi lado y me sonrió un poco. Me guio hacia los sillones blancos y tomamos lugar en ellos. Había muchos hombres caminando con carpetas en las manos y las mujeres en lindos trajes de falda y sacos, todas luciendo profesionales. Algunas de ellas me miraban con curiosidad y disimulaban al hablar de nosotros. Tuve la necesidad de taparme más el cuello, donde la marca de Samuel se hacía presente, pero sabía que eso sólo empeoraría las cosas, dándole a entender a esas mujeres lo avergonzada que me sentía de estar ahí y en esas condiciones.
—¿A quién pediste que llamaran? —le pregunté a Edward, pues de repente se había puesto tan serio.
—A…
—Edward, hermano, ¿Qué haces aquí? —preguntó alguien, con la voz fuerte y alegré.
Miré hacia atrás y me levanté muy rápido del sofá. Habían pasado cuatro, cinco, no sabía exactamente cuántos años de la última vez que lo había mirado. Lucía un traje negro impecable y su sonrisa era grande, mostrando su dentadura perfecta y blanca, y formando dos pliegues en sus mejillas a los lados. Tenía el cabello color carbón muy bien peinado hacia un lado y la piel morena bronceada. También parecía más alto y fuerte, o quizá era yo quien había disminuido de tamaño.
En simples palabras: lucia impactante.
—Jacob, que gusto verte, amigo. Mañana es el cumpleaños de Bella, no puedes faltar —habló Edward, mientras se alejaba del abrazo que habían compartido.
—Nunca faltaría al cumpleaños de mi mejor amiga, Ed —aclaró él.
Parecía no estar consiente de mi presencia, así que caminé al espacio vacío a un costado del sofá y poder dirigirme a la salida. No podía esperar a que me mirara. No quería que lo hiciera. Estaba tan diferente de cuando me vio por última vez, estaba tan vieja y maltratada, que no era justo presentarme así ante él. No ante el chico que había peleado por mí una vez, no de aquel muchacho escandaloso y bromista que me invitaba a salir. No era justo que viera lo fea que ahora estaba, y mucho menos era justo para mí, saber que ahora él se sentiría aliviado de que no le hubiese correspondido.
No pude moverme más, Edward había girado a verme cuando se dio cuenta que ya estaba caminando por la parte trasera del sofá.
—¿A dónde vas, Leah? —preguntó suavemente.
La mirada castaña de Jacob se posó en mí, abriendo un poco más sus ojos. La sonrisa desapareció de su rostro y me recorrió con la mirada de pies a cabeza, analizando, bueno, casi, ya que la mitad de mi cuerpo quedaba ocultó por el sofá blanco.
Apreté mi bolso a mi cuerpo y di un paso más para irme. No quería estar aquí. Habían miradas que quemaban y la de Jacob era una de ellas. Siempre lo había sido, pero ahora de una pésima manera.
Cuando me sentí un poco más a salvo, casi cerca del elevador, el agarré de Edward me detuvo. Tenía su mano rodeando mi codo y no es que fuera fuerte el gesto, era muy suave, sólo para detener mi huida sin presionarme.
—Leah, por favor —pidió casi suplicante.
¡Pero qué que se fuera al diablo! Confié en él y me traía a ver a Jacob, como si mi vida no fuera lo suficientemente mala ya, para ahora sumarle la vergüenza que sentía. Lo miré a los ojos, haciéndole saber lo dolida que me sentía por su acto.
Jacob seguía mirándome sin decir nada, parecía tan sorprendido como yo. Lo observé atrás de Edward, con las manos colocadas en los bolsillos de sus pantalones, esperando a ver que sucedía.
—Confié en ti, y me traes aquí —mascullé cada palabra, mirándolo a los ojos y sintiéndome demasiado frustrada.
—No creí que verme fuera demasiado malo para ti, Leah —la voz suave me llegó como un completo reproché.
Lo miré a la cara y apreté los labios. Es que no era malo simplemente, era terrible, al menos para mí. Quería preguntarle si para él no era así. Claro, no podía hacerlo, pues le temía a la respuesta. ¿Y si decía que sí? Me sentiría más pequeña de lo que ahora me sentía, ¿y si decía que no? ¿Qué decirle, cómo reaccionar? No, no estaba preparada.
Me quedé callada sin saber que podía contestarle a ese hombre. No había imaginado volver a verlo y mucho menos hablarle.
—Edward —pidió Jacob a su amigo.
—Necesita ayuda —contestó de inmediato.
—No es cierto —exclamé, y no pude evitar golpear el brazo de Edward y soltarme de su agarre.
—Leah, claro que lo necesitas —aseguró.
—Pero no de él —apunté con un dedo a Jacob, haciendo que éste elevara una ceja de manera enojada.
—No entiendo porque pareces detestarme. No te he hecho nada y no lo hice antes, ¿Qué sucede entonces? —preguntó.
Él tenía la completa razón. Ni siquiera lo había saludado, y estaba hablando como si él no importara o no estuviera presente. Y sí, nunca me había hecho nada malo, al contrario, siempre había sido amable conmigo, hasta después de que Samuel lo golpeara y yo me alejara de él sin darle ninguna oportunidad a acercarse de nuevo, simplemente no deseando tener problemas con Samuel.
—Es cierto. He sido una completa grosera, Jacob, lo lamento. Fue un gusto verte, pero tengo que irme —dije todo de manera apresurada.
—No —exclamó Edward, y nuevamente me tomó del brazo, pero esta vez, haciéndome caminar en sentido contrario—. Necesitas ayuda y yo dije que te ayudaría. Jacob es el mejor abogado que conozco y sé que puede hacerlo, por sus servicios ni te preocupes, yo puedo pagarle y si te sientes incomoda con eso, me lo devuelves cuando puedas. Y fin de la discusión.
Me había llevado, sin que pudiera quejarme, hacia una oficina. Abrió la puerta y me metió. Como siempre, no estaba siendo agresivo, de lo contrario era seguro que hubiese salido corriendo, pero había sonado tan firme que me dejé llevar. Jacob igual entró y cerró la puerta. Al parecer era su oficina porque se dejó caer en la silla atrás del escritorio. No dejaba de mirarme y más que molesta, me hacía sentir nerviosa.
—Bien, tengo que irme. No hay problema, ¿verdad, Leah? Puedes llamar un taxi, yo lo pago, o Jacob puede llevarte —dijo de manera apresurada y dejó unos billetes sobre el escritorio.
Caminó a la puerta, sin siquiera darme una última mirada.
—Pero, Edward…
—Adiós —fue todo lo que dijo antes de cerrar la puerta.
El silencio parecía adsorberlo todo, como un gigantesco hoyo negro del espacio y creía que hasta mi voz se había llevado. No sabía ni para donde mirar, así que me quedé mirando la puerta cerrada, intentando que el movimiento de mi pecho no se acelerará al ritmo de mi corazón.
Quería irme y no volver a verlo, más bien, que él no volviera a verme.
—Es increíble —suspiré frustrada, solo por decir algo y sintiendo un poco de rencor hacia Edward.
—Lo es —murmuró Jacob, mirándome.
Giré a verlo y no supe que hacer. Se suponía que Edward había dicho que esta era su manera de ayudarme, pero no sabía cómo él podría hacerlo. Bien, si me hacía una idea. Era un abogado y, por lo que dijo Edward, era uno de los mejores, eso no lo dudaba, siempre había sido muy estudioso y responsable.
—No te recuerdo tan analizadora. Ahora pareces estar recordando toda tu vida, Leah —dijo él, levantando una ceja de manera divertida. Al menos ese gesto no había cambiado. Siempre se había visto atractivo haciéndolo—. Espero que estés pensando en mí.
Tampoco se le había quitado lo coqueto. Aunque, sinceramente, no le encontraba sentido que coqueteara conmigo, viéndome como me veo.
—Muy lejos de la verdad —mentí.
—Toma asiento, Leah, y dime en que quiere Edward que te ayude. Lo hare —claudicó.
—No sé porque hizo esto —le dije y tomé lugar delante de él.
—Podría sacar mis conclusiones yo solo. Además de que él ya me había dicho de tu llegada, no de que eras tú, pero si de una situación de maltrato —confesó, con una ligera incomodidad y amargura.
Mis lágrimas querían aparecer, pero apreté los ojos con fuerza. Él no debía saber eso. Ahora la vergüenza era mayor. Me sentía enojada con ambos, no tenían ningún derecho a comentar mi vida como si nada, y no quería que él supiera de la bochornosa situación que estoy viviendo. Ya me los podía imaginar conversando, hablando de mí en un café a medio día, o mientras jugaban baloncesto un sábado en la mañana, o en un bar a las nueve de la noche. Como si mi vida fuera tan interesante y fuera entretenido desgranándola como cualquier cosa, como si no importara y se perdiera en el aire en pocos segundos.
Los odiaba a los dos.
Suspiré agotada y furiosa.
No podía mentirle, no podía decir que lo dicho por Edward era una farsa, ni siquiera me creería, cuando mi cuerpo y mi semblante hablaban por si solos. Cualquiera que mi viera, sabría lo mal que estaba. Mi cara, mi cabello, mi cuerpo, mi ropa, todo gritaba problemas. Y si le sumamos a lo dicho por Edward, para él era más que evidente que me maltrataba mi marido.
—¡Es un idiota, ¿cómo se le ocurre contar la vida de sus pacientes tan libremente?! —exclamé molesta.
Me levanté de mi lugar dispuesta a irme. Estaba furiosa con todo el puto mundo.
—Él sólo quiere ayudarte. No seas tan dura —amonestó Jacob. Lo miré a la cara y él se rascó la mejilla, un gesto que había visto en la universidad cuando se sentía preocupado o incómodo. Tal vez se sentía de ambas maneras ahorita—. Yo puedo ayudarte si me dejas.
—¿De qué manera? —pregunté.
—De mandar a la mierda de Samuel a la cárcel y que te divorcies de él —aseguró.
Me quedé confundida, extrañada que diera por hecho de que estaba casada con Samuel, bien pude conseguirme otra pareja. Bueno, era poco probable, pero algo lógico.
Me molesté más.
—¿Cómo sabes que es él? —le pregunté.
—Bueno. Eso no me lo contó Edward, sino tu hermano —murmuró algo inseguro.
—¿Seth? ¿De dónde conoces a Seth? —pregunté interesara.
—Lo conocí en el gimnasio y nos hicimos muy buenos amigos. Es un gran chico.
Asentí a sus palabras, pensando que la coincidencia era enorme. Pero sólo se quedaba en eso, en una coincidencia. Tal vez mi lindo hermano era el que le ha estado contando mi vida a este hombre sin que yo supiera nada.
Lo miré de nuevo, y lucía expectante esperando una reacción de mi parte. Me senté de nuevo y él sonrió un poco. No sabía porque le alegraba tener que ayudarme, supongo que lo hacía por su mejor amigo.
En realidad, eso no me importaba mucho ahorita.
Si lo analizaba bien, parecía tener más ayuda que antes. O más bien, aparecían las primeras personas, aparte de mi hermano, que deseaban ayudarme. Siempre había vivido a la sombra de Samuel, sin la mínima esperanza de que pudiera salir algún día, pero ahora parecía posible tener mi libertad. Había una gran posibilidad brillando ante mis ojos, como un enorme cartel fosforescente, iluminando un callejón sucio y vacío. Edward me había dado un tiempo de seis meses para que lograra mi cometido, y ahora me traía hacia Jacob, un excelente abogado. Pero, como lograría él ayudarme. Yo no tenía pruebas de sus ataques, cada golpe desaparecía y fuera de casa, Samuel era un maldito marido perfecto.
Divorciarme. Eso no me ayudaría a salir con vida. Estaba segura que, si le presentaba los papeles del divorcio a Samuel, me mataría ahí mismo, y si no podía hacerlo en ese momento, me buscaría para lograrlo y luego dañaría a mi familia. No era factible. Mi plan tenía que ser sutil, que yo pareciera la culpable ante los ojos de Samuel, como el hecho de no poder darle hijos nunca, y que él decidiera por su propia voluntad dejarme a mí, y no al revés.
—Hagámoslo, Leah, yo puedo librarte de él —habló Jacob.
—No. No puedo hacerlo de esta manera. Lo lamento, pero no puedes ayudarme —concluí.
Me levanté de la silla otra vez y caminé hacia la puerta.
—Leah, por favor. Él podría hacerte mucho daño. Más de lo que te ha hecho ya —dijo, mirándome por completo.
Tan menuda y frágil me sentí. Estaba apreciando cada daño infringido en estos años, y la mente humana no tenía limite, que era capaz ahorita de imaginar cómo yo había llegado hasta este punto. Y no, no quería que pensara en ello, no quería que me imaginara en esa vida, era demasiado vergonzoso. Eran muchos los daños y estaba tan horrenda como Samuel decía.
—Lo sé, pero no así —murmuré, y abrí la puerta.
La cerré de nuevo y empecé a caminar hacia el elevador, ignorando todas las miradas. Jacob parecía una gran ayuda, pero sería mejor si mi situación fuera otra, si sólo fuera un mal matrimonio de peleas y desacuerdos, no de amenazas y golpes. Sería tan fácil si la situación fuera un poco menos complicada, yo misma habría buscado un abogado y me hubiese divorciado, pero no, no era así.
Cuando las puertas del elevador se estaban cerrando, Jacob llegó corriendo y metió las manos. Ingresó y dejó que las puertas se cerraran atrás de él, pero apretó el botón para que no avanzara el elevador. Me pegué al espejo del lugar, tratando de no estar tan cerca de él. No le temía, pero era algo abrumador estar tan cerca.
—Sé que no quieres mi ayuda, y no entiendo porque —habló y se pasó una mano por el cabello—. Pero no puedo permitir que te vayas así. Eres amiga de Edward, y deseó ayudarte.
Amiga de Edward, eso era todo. Era como si no hubiera recuerdos en su mente, hablaba como si no lo hubiera visto en la biblioteca o la cafetería de la escuela, como si no me hubiera invitado a salir durante Halloween y muchas veces más, como si nunca hubiese sentido nada por mí, como si nunca hubiera gritado a mitad del patio de la universidad que estaba loco por mí, y ahora no estuviera haciéndole más que un favor a su mejor amigo.
Y no sabía porque estaba pensando y lamentando que así fuera. Nunca lo quise en realidad, nunca me enamoré de él. Vale, me atraía, como no hacerlo, era tan guapo, amable, divertido y pícaro, no podía evitar cierta atracción, una insana atracción, pero en ese momento estaba enamorada de Samuel.
Negué con la cabeza, no quería pensar en nada. No quería pensar en Jacob. Ni sentirme mal ante sus palabras. No me interesaba una esperanza en forma de hombre, sólo quería la ayuda, pero no de esta manera.
—No puedes —dije.
—No quieres, más bien —reclamó.
—Jacob, por favor —pedí, bajando la voz a su susurro. Lo miré a los ojos, pero tuve que desviar la mirada, no por miedo sino por lo transparente que me sentí—. Sé que quieres hacerle un favor a Edward, y te lo agradezco, pero no puedes ayudarme. No así al menos. Es difícil mi matrimonio…
—¡Ese bastardo te golpea! —dijo con los dientes apretados y acercándose a mí—. No es un matrimonio difícil, él es un maldito. Cómo se atreve a tocarte, a golpearte, maltratarte… cómo se atreve hacerte esto —señaló mi cuello.
Coloqué mi mano para que no lo siguiera viendo. Él parecía tan enojado, furioso. Sus ojos lucían realmente rabiosos, y su mano derecha temblaba ligeramente. Pero era tan distinto de cuando Samuel se enojaba. Jacob tenía la cara dura y la boca recta, parecía llenó de fuego, como si una lava lo bañara por dentro, y verlo, te hacía sentir que estabas completamente a salvo, a Samuel se le descomponía el rostro, su nariz se arrugaba y sus cejas se juntaban tanto. Jacob no me producía miedo, Samuel me daba terror.
—Por favor, Leel —murmuró.
Abrí más los ojos al escucharlo, cómo si hubiese dicho la palabra mágica, una que hace mucho no escuchaba. Quizá porque era el único que me ha llamado así.
Leel…
Leel, él me llamaba así en la universidad, Leelee me llamaba Samuel; mi familia y Edward Leah; para Jacob era Leel. Sonaba extraño e incompleto, pero no era malo, no me parecía malo y me acostumbre a que me dijera así.
Me mordí los labios y miré al suelo.
—Está bien —accedí.
—¿De verdad? —preguntó ansiosamente.
—Sí. Ahora déjame marchar —dije y me moví para apretar el mismo botón y sintiendo al fin el movimiento del aparato.
—Está bien, Leah, sólo ven a verme cuando puedas y hablemos sobre como procesaremos en contra de él.
Asentí y salí del elevador. Él se quedó dentro y me miró marchar. Cuando ya estaba en las puertas dobles de cristal, que daban a la salida, volteé a verlo y él seguía ahí, mirándome, y levantó una mano para decirme adiós, antes de apretar el botón que lo llevaría a su oficina otra vez.
No estaba segura de que esto funcionaría, pero sabía que era la única manera para que Jacob me dejara ir.
Hola de nuevo. Espero que le haya gustado.
Nos leemos en el siguiente.
By. Cascabelita
