La ingenuidad de los sueños.
En ese momento la única persona a la que despreciaba más que al mismísimo King Bradley era a él mismo. Justo después de regresas de revisar por última vez las calles de Daliha un grupo de jóvenes soldados se acercaron a él para brindar por la victoria recién lograda. No existía ya ningún distrito de Ishval que no estuviera ocupado por los militares y el fin de la guerra era ya una realidad. Si bien no podían asegurar que todos los ishvalitas habían muerto si podían estar seguros que la mayoría de la población fue exterminada en aquellos últimos meses.
Hablar con aquellos muchachos sólo comprobó la incompetencia de sus propios actos. Ellos lo miraban como un héroe y él siempre se sintió muy lejos de ese adjetivo; detestaba que lo llamaran así. Al final nunca se luchó igualitariamente frente al enemigo. La llamada "guerra" de Ishval había sido desde el principio un exterminio. La balanza siempre estuvo del lado de Amestris.
Después de aquella corta conversación que mantuvo con sus subordinados se encontró con Hughes en un área abierta donde los militares se habían reunido para festejar la victoria recién lograda; desde lo alto de un edificio, el Führer observaba la escena con una arrogante mirada. Fue con su viejo amigo de la academia militar con quien desahogo toda su frustración.
—¡Estoy muy molesto conmigo!
—No pienses mucho en eso, Roy —Hughes caminaba un par de centímetros detrás de él mientras ambos se dirigían a la explanada—; la fuerza de un ser humano tiene sus límites. ¿No somos los humanos como basuras?
—Tienes razón, me di cuenta de eso en esta batalla —si bien, la voz de Roy sonaba más tranquila que un momento atrás, aun se notaba cierta molestia en sus palabras—, pero hasta la basura tiene su propio orgullo.
—Ya te lo dije, la fuerza de una persona tiene su límite.
—En ese caso protegeré a todos los que estén a mi alcance, aun que sólo sean pocos. Protegeré a las personas que me importan; y ellas a su vez protegerán a otros. Aunque sólo sea un ser humano, incluso para mí, este método tan sencillo puede ser posible.
—¿Estás hablando de una progresión geométrica? —al joven soldado parecía divertirle aquella estrategia—. Eso es un cálculo infantil, Roy. Es un argumento idealista, casi imposible.
—Llámame ingenuo si quieres, Hughes, pero lo haré posible y te lo probaré. Puede sonar idealista o simplista pero cuando se convierta en una realidad todos verán que algo tan utópico como esto es posible —el aparente idealismo inalcanzable contrastaba fuertemente con la decisión de su voz—. Cuéntame de tus ideales, como cuando estábamos en la academia militar. Si los humanos no fuéramos capaces de hablar de nuestros propios ideales la humanidad nunca avanzaría.
—¡Vaya! Tu manera de pensar ha cambiado pero tus raíces siguen siendo ingenuas —la alegría en el rostro de Hughes era genuina, sus ojos verdes brillaban detrás de las gastadas gafas y no disimuló ni un momento cuando señaló el lugar donde Bradley se encontraba—. Si quieres proteger al país entero tienes que llegar a lo más alto de esa progresión.
Roy Mustang levantó su mirada hacía el lugar donde su amigo le señalaba, a lo lejos King Bradley junto a sus guardias miraban a la multitud de soldados reunidos en la plaza.
—Sería genial estar en ese lugar Hughes pero no puedo hacerlo yo solo, estoy seguro de eso.
—¡Vamos, amigo! No seas tan orgulloso. Tu idea suena tan interesante que me sumo a ella. Quiero ver cómo tus ingenuos ideales cambiaran el país que fue construido por King Bradley, quien ni siquiera le teme a Dios.
No estuvieron mucho tiempo en la plaza. Al joven alquimista le daba asco tanta felicidad en medio de una victoria surgida del dolor.
—Me voy a comer algo antes de partir a casa ¿vienes?
—No Hughes, gracias. Creo que descansaré un poco. ¿Sabes a qué hora nos vamos de aquí?
—Tengo entendido que a las seis.
—Gracias.
—Cuídate; nos vemos luego.
Se despidieron con un leve golpe con sus manos empuñadas, tal y como se saludaban en sus tiempos de estudiantes. Roy vio a su amigo desaparecer detrás de la casa de campaña que servía de comedor improvisado y después dio media vuelta para seguir su camino. No caminó mucho antes de ser interrumpido por un muchacho de cabello castaño y ojos claros que se le acercó, bastante cansado a juzgar por su semblante.
—¿Mayor Mustang? —el muchacho preguntó impacientemente mientras se posicionó al lado del joven militar — ¿Usted es el mayor Mustang?
—Sí, soy yo —Roy le miró con suspicacia—. Disculpa, ¿te conozco?
—Probablemente no, ni siquiera estoy en su misma unidad. Mi nombre es John Daniels, estudiante del último año de la academia militar, aunque aquí sólo soy un francotirador más.
—¡Oh! ¿Te puedo ayudar en algo?
—Tal vez. Estoy buscando a mi superior, el mayor Roger Dorbing ¿no lo ha visto?
Roy dudó un momento antes de contestar.
—Si mal no recuerdo el mayor Dorbing fue uno de los soldados que resultaron heridos en una emboscada que realizaron unos rebeldes cerca de aquí, rumbo al oeste, esta misma mañana. Lo trasladaron de urgencia al hospital más cercano pero su pronóstico no era bueno. ¿Tenías que pedirle algo especial a él?
Daniels le dirigió una mirada estupefacta al joven alquimista antes de mirar con perplejidad a su alrededor. Roger Dorbing siempre trataba de ser amable y hasta algo carismático; cuidaba mucho a sus muchachos. Esa misma mañana, antes de mandarlos a su última misión, les prometió una fiesta inmensa por haber ganado su primera guerra antes de graduarse de la academia; también les daba consejos o motivos para luchar. Sacudió su cabeza rápidamente tratando de sacar todos los malos pensamientos que se empezaban a acumular en su mente y volvió a concentrarse en la realidad.
—Tenía que pedirle permiso para ausentarme del campamento un momento.
—La guerra terminó —Roy lo miró interrogativamente—, ¿a dónde más vas a ir?
—Son las 4:30 de la tarde, a las seis empieza a salir nuestra unidad rumbo a la estación de trenes. Hay un miembro de nuestro equipo que aun no ha vuelto. Quiero solicitar permiso para ir a buscarla.
—¿A buscarla? ¿Es una mujer? —el alquimista se acercó a un barril lleno de agua y se lavó la cara y las manos.
—Sí, estábamos trabajando juntos en el Templo de Ishvala; yo regresé al medio día pero ella dijo que se quedaría un par de horas más. Ya la busqué por todo el campamento pero mis compañeros dicen que no ha vuelto.
El mayor Mustang se secó el rostro y las manos con una toalla que colgaba cerca del barril y miro al joven con un semblante demasiado preocupado como para intentar ignorarlo.
—Te ayudaré a buscarla. ¿Cómo es y cuál es su nombre?
—Es de cabello corto y rubio, piel blanca, ojos cafés… su nombre es Riza Hawkeye.
Roy Mustang no pudo ocultar la palidez que le inundó el rostro cuando el muchacho pronunció aquel nombre, y de repente la sensación de un gran vacío le invadió el estómago. Por un momento sintió nauseas y escalofríos, pero intentó mantener la compostura.
—¿Se encuentra bien, Mayor? ¿La conoce? — al joven cadete le preocupó el semblante enfermo que de repente había invadido el rostro de su interlocutor.
—¿Dónde dijiste que se encontraba?
—En el Gran Templo ¿por qué?
—No te muevas del campamento, iré a buscarla yo mismo.
John Daniels se limitó a mirar cómo el famoso Alquimista de Fuego se alejaba del bullicio que imperaba en aquel lugar y partía rumbo al centro de Daliha. No tuvo tiempo de cuestionar al militar aunque su rango tampoco le permitía hacerlo. Se sentó sobre una pila de sacos de arena y miró cómo el hombre se perdía de vista en aquel escenario apocalíptico. "Es un héroe" —pensó el joven — "sin duda alguna lo es".
A un par de kilómetros de allí los ojos ámbar de un halcón dorado se posaban sobre el cadáver de un niño.
