capítulo 7
Fue peor que un sermón. Andreu se sentó en el sofá; lita en el suelo, a su lado,
descansando la cabeza en su rodilla. Su melena ondulada del
color de la miel rodeaba su rostro como una cáscara y Andreu la
acariciaba con un gesto reflejo.
Darién se había estirado en la chaise longue con luna a
sus pies.
Sami permanecía de pie a un lado, jugueteando con las cortinas. Su piel relucía aún más bajo las luces del salón. Seguía pareciéndose a mi hermano, claro está, pero con el aspecto que habría tenido de aquí a unos años de haber hecho más deporte y
haber ido a un buen peluquero.
Me costó un montón no quedarme mirándolo fijamente cuando entré en la habitación, pero hubo algo que me distrajo.
Estaban todos colocados alrededor de mí como si aquello fuera un acto de mediación. Darién enderezó la espalda en cuanto me vio llegar. Tomé asiento en un sillón y esperé a que descargaran contra mí lo que tuvieran que descargar.
—Y bien —dije, viendo que nadie parecía dispuesto a
tomar la palabra—. ¿Qué sucede?
Me he enterado de que anoche tuviste visita dijo Andreu; su acento cantarín dejaba entrever cierta insatisfacción.
Sami se sonrojó avergonzado. Continuó jugueteando con la
cortina y estuvo a punto de tirarla al suelo. Se ruborizó más si cabía y murmuró una disculpa a la que lita restó importancia con un ademán.
Los movimientos de sami eran torpemente gráciles. Me fijé
en la extraña elegancia con la que sus largos dedos lo cogían
todo, pero me di cuenta también de que no sabía cómo controlarlos ni dominaba en absoluto su fuerza.
Se apartó un poco de las cortinas y con ello estuvo a punto de tropezar con una silla, aunque se recuperó con una facilidad pasmosa. Decidió entonces dejar de moverse de un lado a otro y acabó sentándose.
—La buena noticia es que todo es perfectamente normal
—anunció Andreu, mirando a sami con una desconcertante sonrisa.
—Simplemente estás aprendiendo a moverte, cariño —dijo
Lita para tranquilizarlo—. Todos hemos pasado por eso.
—No todos —susurré, casi para mis adentros, y Darién me
lanzó una mirada contrariada.
—¡Es que todo es muy raro! —se lamentó sami.
Hizo entonces el gesto de recostarse en la silla y estuvo en un tris de volcarla. Se mofó de sí mismo y, por debajo de sus perfectas y recién estrenadas facciones, creí ver al chico frustrado que había sido siempre.
Cada vez que se enfrentaba a un problema que era incapaz de resolver, fruncía el ceño y perdía su mirada en el infinito.
Verlo adoptar la misma expresión me tranquilizó.
—Como bien ves, podría decirse que el cambio de sami ha
ido sobre ruedas —me explicó Andreu—. Ha tenido poquísimos
problemas y su capacidad de autocontrol es buena.
—¡Pero si jamás en mi vida había controlado tan poco! —dijo sami en plan de broma.
—Recuperarás todo tu control, y muchísimo más —le explicó lita—. Tendrías que haber visto a Darién después del cambio. Era un caos.
—Todo el mundo va un poco descontrolado al principio —dijo Andreu—. Y es precisamente por eso por lo que anoche no deberías haber entrado en la habitación donde duerme serena.
—¡Lo siento! —Por el modo en que lo dijo, comprendí que ya se había disculpado como mínimo un centenar de veces.
—Todo ha terminado bien —dije, restando importancia a la preocupación de Andreu—. En realidad no ha sido gran cosa.
—Sí que lo ha sido —dijo muy serio Darién, mirándome—. Si no me hubiese despertado...
—De no haberse alimentado antes de ir a verte, no habríamos tenido tiempo suficiente para intervenir —remató Andreu.
Aborrecía la idea de que sami pudiera matarme. Todos podían matarme y, según sami, todos deseaban hacerlo. No me parecía justo que mi hermano fuera declarado el único culpable y necesitase vigilancia.
—No volverá a pasar nunca más, y estoy viva —dije.
—Careces por completo de sentido de supervivencia —dijo Darién, mirándome con escepticismo.
—Es evidente —repliqué, mirándolo a los ojos y sin
alterarme—. Si tanto me preocupara mi vida, no pasaría mi
tiempo libre en compañía de un grupo de vampiros.
—Lo que nos lleva al tema de la reunión —dijo Andreu, aunque no entendí a qué se refería—. Por numerosos motivos,
está claro que sami no puede volver a casa. Tiene que quedarse con nosotros.
—Por supuesto —dije, moviendo la cabeza en un gesto de
asentimiento.
Sami no podría regresar a su vida normal en el instituto y, si todo salía bien con él, yo también efectuaría el cambio y ya nada nos vincularía a nuestra antigua vida.
—Pero tú, por el contrario, no te quedarás. —Andreu lo dijo
muy despacio, dejando que el peso de sus palabras fuera poco a poco calando en mí.
—¿Qué? —Negué con la cabeza—. Pero ¿de qué hablas? ¿Por qué no puedo quedarme? ¡sami era el único motivo por el que quise continuar con mi antigua vida, y ahora vivirá aquí!
—serena. —Andreu levantó la mano para tranquilizarme y percibí que Darién se esforzaba para dominar sus emociones y no acudir a mi lado a consolarme.
—De todos modos seguirás siempre por aquí —apuntó
Darién.
—No lo entiendo. Si... si puedo estar siempre por aquí,
¿por qué tengo que irme? —Tenía un nudo en la garganta.
Es por tu seguridad dijo Andreu, tratando de hacerme entrar en razón—. En estos momentos, sami es muy peligroso para los humanos, y si algo te pasara, no podría soportarlo.
—¿Y por qué...? —Mi voz fue apagándose, incapaz de
formular la pregunta que con tanta desesperación deseaba plantear. ¿Por qué no podía hacer yo el cambio y con ello solucionarlo todo? ¿Sería ésa su manera de decirme que ya no me querían con ellos?
—Y luego está tu madre —prosiguió Andreu, ignorando la pregunta con final abierto que había empezado a formularle—.
Le dejaste una carta explicándole que sami y tú os ibais unos
días de vacaciones con nosotros. Si desaparecierais los dos, sospecharía y acudiría a la policía.
—¿Y crees que si sami se borra del mapa se quedará igual? —pregunté dubitativa.
—No, ya buscaremos una explicación —dijo Andreu, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Para mañana ya habremos elaborado un plan.
—¿Mañana? —pregunté, casi sin aliento.
—Sí. Mañana volverás a tu casa —dijo Andreu.
—Así sami dispondrá de tiempo suficiente para preparar su última visita a vuestra madre, y nosotros tendremos también tiempo para ponerlo todo en orden —me explicó lita, sonriéndome.
Estaban echándome, alejándome de todo aquello que me importaba, y lo hacían además con una sonrisa en los labios.
Antes de que se produjese el accidente de sami, no me habría planteado volver pronto. Si me marchaba carecía de importancia, pues todo habría sido igual que antes.
Pero la situación había cambiado por completo. Y me dejaban de lado.
—Sé que es duro para ti, pero es lo mejor —dijo Andreu, y el carácter definitivo de sus palabras me dio a entender que no merecía la pena discutir.
—No, si no pasa nada. —Me encogí de hombros y
pestañeé para impedir que me saltaran las lágrimas. Me levanté antes de decidir adónde quería ir, de modo que murmuré una excusa poco convincente.
Lita me llamó para que no me fuese y sami se quedó mirándome. Pero pasé por su lado, crucé la cocina y salí por las puertas correderas al patio iluminado por la luz de la luna.
Después de pasar los últimos tres días en el interior de aquella casa, sometida a un aire acondicionado gélido, la cálida humedad de la noche me golpeó como si acabara de entrar en una sauna. Las luciérnagas bailaban entre las ramas del sauce
llorón que se alzaba junto al lago. Secándome los ojos, me dirigí
hacia el embarcadero. Clavé la vista en las planchas de madera que se extendían
por delante de mí, el origen de todos mis problemas. De no
haber resbalado sami, de no haberse dado aquel golpe en la cabeza, todo habría vuelto a la normalidad.
Pero estaba perdiendo día a día la noción de normalidad.
La sensación de dolor y confusión que brotaba de mi interior no me gustaba en absoluto. Sentía la punzada certera de la soledad y no estaba preparada para ello. Todos mis seres queridos eran inmortales y jamás se me había pasado por la
cabeza que me quedaría sola.
Oí el retumbar de unos pasos sobre la madera y me sequé las lágrimas. No quería llorar, y mucho menos en público.
Permanecí abrazándome a mí misma, sin moverme, negándome
a volverme para recibir a Darién.
—serena, no es tan malo, de verdad.
—No, si ya lo sé —dije, asintiendo para darle a entender
que tenía razón. Mis lágrimas se detuvieron lo bastante como para poder mirarlo—. He actuado sin pensar. De haberlo hecho, me habría dado cuenta de que tendría que marcharme pronto.
—serena —dijo, intentando ayudarme a sobrellevar el
asunto—. Es por tu seguridad, y por la nuestra.
—No, si ya lo sé —insistí—. Lo comprendo.
Perfectamente. No te preocupes por mí.
—Nadie te echa la culpa de que te sientas dolida.
—¡No me siento dolida! —le espeté, y Darién puso los ojos en blanco.
—¿Por qué siempre tienes que ser tan condenadamente obstinada? —preguntó Darién, cada vez más frustrado conmigo.
—No lo soy. No tengo ni idea de qué me hablas. —Negué
con la cabeza.
Darién bufó e intentó abordarme desde otro lado. Extendió la mano para tocarme, pero yo retrocedí y él dejó caer el brazo.
—No sé por qué estás enfadada conmigo. Yo no he tenido nada que ver.
—Si sami se ha convertido en vampiro es por tu culpa —señalé aunque al instante me arrepentí de mis palabras. Lo vi tan dolido que comprendí que tenía que decir algo para recuperarlo.
—Tienes razón —replicó Darién con voz poco clara—.
Tienes toda la razón. Es culpa mía. —Bajó la vista—. Tómate
todo el tiempo que necesites. Estaré dentro.
—Darién —dije, pero él se limitó a negar con la cabeza.
—Tómate todo el tiempo que necesites, serena. —Dio
media vuelta y se encaminó hacia la casa, su andar era más pesado y más lento esta vez.
Me quedé mirando las negras aguas. Darién casi nunca se
equivocaba en nada, pero tanto él como sami se habían llevado
el grueso de mi rabia o mi frustración y lo habían aceptado sin poner reparos.
No había sido justa con ellos. Era una persona horrible. No
me extrañaba que no quisieran verme más.
Todo habría sido mucho más sencillo de haber sido yo, en
lugar de sami, quien hubiera resbalado en el embarcadero y se
hubiera dado el golpe en la cabeza. Estaba celosa de que mi
hermano hubiera estado al borde de la muerte.
