Es un mago. Tenía una hija bruja desde hacía siete años y nunca se le había ocurrido pensar en esa posibilidad.

Era un mago y estaba bien, y casado. Bueno, ella también estaba casada y allí estaba, pensando una vez más en él para no variar.

El gran misterio de Lucius Malfoy descubierto. El tener magia daba explicación a todas las cosas increíbles que hacía. Bueno, no a todas. Se sonrojó.

Aún conservaba esa atmósfera atrayente a su alrededor que hacía que no pudiera pensar en nada más.

Lo he visto, lo he visto hoy, hace sólo unas horas.

Tenía que volver a verlo, tenía que encontrar la forma.

Si tan sólo hubiera descubierto quien era él unos años atrás, podría haber encontrado excusas para pasar por el colegio y encontrarlo. Pero ese era el último año de los chicos en Hogwarts.

Maldita mi suerte.

Después de llorar durante horas en silencio, Jean se quedó dormida cerca del amanecer.

………………………………………………

Al día siguiente, Paul se levantó diciendo que tenía que ir a visitar a un amigo suyo a la otra punta del país, porque había enfermado.

Jean se quedaría allí porque había mucho trabajo en la consulta.

-Dile a Joan que se mejore de mi parte.- le dijo ella antes de que se marchara.

-Claro cariño.- sonrió él besándola levemente en los labios.

Durante toda la mañana y toda la tarde estuvo ocupada en la clínica con todos los pacientes del día auyos y de su marido.

Y por la noche llegó cansada a casa y se metió en la bañera. Un baño era algo de lo que sólo podía disfrutar cuando estaba sola porque con Paul en casa a penas tenía tiempo para ella misma.

Se relajó y cerró los ojos un instante para pensar tranquilamente en su breve encuentro con Lucius después de tanto tiempo.

Quería decir su nombre en voz alta, y en ese momento podía: -Lucius Malfoy.- resonó su voz contra las paredes del cuarto de baño.

Con una risa traviesa salió del agua y se envolvió en una toalla.

Acababa de terminar de vestirse y de peinarse cuando llamaron a la puerta. Helen otra vez. Pensó aburrida.

Pero no era Helen.

-¿Desde cuándo llamas a la puerta?- le sonrió ella con tranquilidad fingida.

-¿Puedo pasar?-

-Has tenido suerte de que Paul no esté.-

-Yo me aseguré de que creyera que debía irse.-Jean lo miró enfadada.

-¡Lucius!- Protestó con una voz que le sonó muy de entonces.

Él rió. Su risa…

Ella sonrió sin poder evitarlo y se apartó para dejarlo entrar.

Se miraron, un segundo, dos segundos, tres segundos, y Jean lo besó echando los brazos alrededor de su cuello.

Lucius no se hizo de rogar y la agarró por debajo del trasero para elevarla y así besarla más fácilmente.

Su boca, sus labios, su lengua, después de tanto tiempo. Sus brazos envolviéndola, sus ojos abrasándola, su olor emborrachándola.

Cómo lo había echado de menos.

Dejaron de existir, dejaron de ser dos.

Sólo eran manos que se aferraban, bocas que mordían, que besaban, cuerpos que se juntaban.

Manos acariciando, piernas entrelazadas, jadeos, dos respiraciones, una respiración, un solo corazón latiendo.

Hacía tanto tiempo, era tan lejano y tan cercano, tan igual y tan distinto.

Se abrazaron, aún sudando, temblorosos.

-Lucius.- susurró ella entre suspiro y suspiro.

Él la apretó más fuerte contra sí -Ya estoy aquí Jean.- le decía con voz desesperada y ronca.

……………………………………………………………..