Desde el momento de su llegada a la Orden Oscura, Nana había llamado la atención no sólo por su carácter o su llamativo aspecto, sino también por su Inocencia. Teniendo en cuenta de que se trataba de un fragmento del Corazón, era obvio que tenía que tener una fuerza superior a la normal; pero es que además, Hevlaska, luego de verla, había dicho que la sincronización de Nana con su Inocencia era increíble: alcanzaba el 93%. El Sombrero de Nana y Nana eran prácticamente una misma cosa.
-Eso explica porqué puede adoptar tantas formas-comentó Reever al respecto-. El Sombrero obedece a los pensamientos de Nana, y realiza cualquier cosa que ella imagine.
A parte de los habituales rayos y el escudo en forma de ojo, Nana ahora podía crear muchas cosas más: desde paracaídas, alas y garras, hasta cadenas y metralletas. Además, podía hacer cosas increíbles, como cambiar su apariencia gracias al Sombrero, o volverse invisible cuando hacía cerrarse el gran ojo de su Inocencia, e incluso podía tomar la forma de un extraño akuma con un solo ojo y forma de tricornio. Sus ataques eran de una sorprendente potencia, y combinadas con sus habilidades natas para confundir y escapar, sus tácticas de combate eran increíbles. Ni qué decir que la más mínima mención de sus logros hacía que tanto ella como su padre se volvieran tan insoportablemente orgullosos que el metro cuarenta y cuatro de Nana parecía aumentar diez centímetros.
Muy seguido, Komui la hacía luchar contra Lenalee, Evan o Kanda para estudiar el poder de su Inocencia, y Nana accedía más que encantada, dispuesta a mostrar sus habilidades. El Departamento de Ciencias en pleno y muchos otros se acercaban para observar los combates, y Nana se sentía extremadamente feliz de verse tan aclamada. Era, en verdad, perfecto.
Contrastando con la alegría de Nana, que cada vez iba en aumento, Kanda se volvía cada vez más y más huraño, hasta que la misma Nana, que ya estaba acostumbrada a su silencio y su malhumor, advirtió que algo malo sucedía.
Lo notó una tarde, cuando estaba con él en una de las salas comunes, supuestamente leyendo sentada a su lado, aunque lo único que hacía en realidad era volverse hacia él cada cinco segundos para volverlo loco a preguntas. Preguntas, preguntas, todo en ella eran preguntas, preguntas tontas y ansiosas, algunas profundas y extrañas, pero que nunca parecían esperar una respuesta, porque llegaban una detrás de la otra sin el más mínimo lapso entre cada una que le permitiera a Kanda contestar. El japonés solía contestar con monosílabos, sin hacerle mucho caso aparentemente, pero interiormente se esforzaba por no reírse ante todas esas tonterías que salían de la boca de Nana como un torrente de palabras.
Sin embargo, ese día, Nana advirtió que las respuestas de Kanda eran más lacónicas y secas que de costumbre. Habitualmente, él leía a su lado sin importarle el ruido de su voz, pero ésta vez la joven se dio cuenta de que llevaba por lo menos media hora con el libro abierto en la misma página, y que miraba al vacío con aire ausente y anormalmente sombrío. Algo inquieta, cerró el libro que tenía en las manos, y por un momento, se quedó callada, mirándolo.
-¿Kanda?-lo llamó finalmente. Él lanzó un gruñido para mostrarle que estaba escuchando-. ¿Qué pasa? Estás más amargado que de costumbre.
-Nada-replicó él escuetamente. Nana frunció el ceño, y de repente adelantó una mano y le agarró un mechón de cabello, dándole un tirón tan fuerte que él tuvo que contener un grito de dolor-. ¡¿Qué diablos te pasa?-espetó, furioso.
-Me estás ocultando algo-replicó Nana, clavando sus ojos dorados en los de él. Kanda, desarmado, no pudo esconder sus pensamientos de aquella mirada transparente e intensa que entraba en su mente como la luz por una ventana. Resopló y apartó la mirada.
-Ya te dije que no es nada-mintió, sabiendo de antemano que no le iba a servir de nada.
-Sabes que no puedes mentirme-dijo Nana. Él evitó mirarla por todos los medios, pero Nana se dejó caer sobre su regazo, y entonces Kanda no pudo evitar sus ojos curiosos y brillantes. Gruñó algo:-. Ahora, ¿me lo vas a decir?
Kanda suspiró, algo que sorprendió un poco a Nana, porque no recordaba haberlo visto suspirar nunca. Era un gesto de resignación que no calzaba con la necedad férrea de Kanda. El rostro de su compañero parecía mucho más serio y sombrío que de costumbre.
-¿No crees que te comportas demasiado como una mocosa?-espetó el Exorcista. Nana se encogió de hombros.
-No-replicó simplemente, y Kanda frunció el ceño.
-Estoy hablando en serio-soltó. Nana se incorporó para mirarlo con curiosidad-. Eres como una niña que no puede evitar llamar la atención. Estás agotando para nada el poder de tu Inocencia en todas esas peleas tontas que haces para entretener a Komui y al resto-la joven frunció el ceño, algo molesta.
-¿Y eso a ti en qué te afecta?-Kanda no respondió, pero Nana no esperaba una respuesta. Su mal carácter había empezado a manifestarse de nuevo-. Que yo sepa, no eres mi padre para decirme lo que tengo que hacer con mi vida y como debo comportarme.
-Bueno, pues aunque fuera tu padre no me harías caso, ¿verdad?-replicó él, irritado-. La verdad tienes razón, no me importa. Haz lo que te dé la gana-se volteó bruscamente, mostrándole la espalda a Nana, y ella sintió que la furia le subía a la cabeza como el alcohol.
-¿Se puede saber qué coños te pasa?-espetó-. No eres nadie para venir a decirme que me comporto como una niña. Tú eres por lo menos igual de infantil que yo, y haces lo que te da la gana y nunca tienes en cuenta lo que sientan o piensen los demás… admítelo, ¡eres igual o peor que yo!
Kanda se volvió hacia ella, ahora verdaderamente furioso.
-Pues tal vez tengas razón-soltó-. Tal vez seamos iguales. Si crees que yo soy insoportable, entonces tú eres verdaderamente molesta también…
Al oír esto, Nana se sobresaltó, y antes de que pudiera darse cuenta, los ojos se le llenaron de lágrimas de rabia. Apretó los puños y se lanzó sobre Kanda para golpearlo; pero él fue más rápido, y la sujetó con facilidad por la muñeca.
-Aunque tal vez me equivoco. Porque hay una diferencia entre tú y yo-masculló, mientras ella lo miraba con tanta ira que de poder hacerlo le habría atravesado la cabeza-. Que yo no soy tan débil como tú-y en cuanto dijo esto, hizo un rápido movimiento, de modo que Nana dio una vuelta en el aire y cayó de espaldas al suelo, lanzando una exclamación de sorpresa. Allen, que pasaba por ahí, soltó una exclamación de disgusto, y corrió hacia Nana, mientras que Kanda se alejaba con paso rígido.
-¡Nana!-dijo Allen, arrodillándose junto a ella, preocupado-. ¿Te encuentras bien?
Nana no respondió. Apretaba con fuerza los dientes, mientras se le escurrían lágrimas por las mejillas como si la humillación se le escapara del cuerpo en forma de agua. Y cuando Allen intentó tocarla, se levantó de un salto y salió corriendo de la sala.
Pasaron dos semanas enteras durante las cuáles Nana y Kanda no se hablaron ni se acercaron el uno al otro, ignorándose por completo cuando se encontraban en los pasillos o el comedor. A pesar de que todos se morían de curiosidad por saber el motivo de su pelea, nadie se atrevía a preguntarlo. Bastaba ver como el brillo de los ojos de Nana disminuía con cualquier pregunta sobre esto para que todos decidieran guardar silencio como si no sucediera nada. Y por supuesto, era obvio que nadie se atrevería a preguntarle nada a Kanda.
Nana no volvió a participar en ninguno de aquellos combates públicos de entrenamiento, pero pasaba gran parte de su tiempo agarrándose a golpes con muñecos llenos de arena en la sala de entrenamiento, a los que atacaba con auténtica furia. Evan la miraba con preocupación, y eso que no era normal en ella preocuparse por nadie. Ya la muchacha casi no reía, y casi siempre estaba silenciosa y seria. Al menos comía igual que siempre, y según Hevlaska no había ninguna anormalidad en el comportamiento de su Inocencia.
-En realidad, cuando está en el Departamento de Ciencias, no costaría nada creer que no sucedió nada entre ella y Kanda-comentó un día Komui-. Parece ponerla muy feliz repartirnos café.
-Creo que lo que la pone feliz es saber que Kanda no se acerca ahí nunca-rebatió Reever, mirándolo con irritación:-. No pretendo contrariar su teoría de que somos el mejor remedio para la depresión de Nana, pero ya hablando en serio, ¿no cree que deberíamos hacer algo para animarla? Es nuestro deber mantener la salud física y mental de nuestros Exorcistas en óptimas condiciones.
Se encontraban él, Lenalee y Komui en la oficina de éste último, bebiendo ese líquido sagrado que era el café que les traía la hermana del director. Lenalee, inquieta, le sirvió otra taza a Komui.
-Hmm-dijo éste-. Me parece que Nana y Kanda necesitan estar una temporada separados. En todas las misiones van juntos, deben de estar hartos el uno del otro.
-Pero están en la misma Unidad-replicó Reever con impaciencia-. Obviamente están siempre juntos.
-Creo que la próxima vez enviaré a Kanda con Marie-dijo Komui-. Tal vez estar alejados les ayude a pensar con claridad.
Lenalee se mordió el labio.
-¿De verdad crees que sea buena idea separarlos?-inquirió, preocupada-. ¿No deberían más bien intentar hablar sobre esto?
-Lenalee, ¿de verdad crees que alguno de los dos va a aceptar sentarse en el mismo cuarto a hablar si apenas soportan verse?-repuso Reever, suspirando con expresión cansada-. No sé lo que sucedió entre ellos, pero Nana se ve verdaderamente mal. Estoy seguro de que Kanda le dijo algo que la lastimó mucho, y ella no quiere ni verlo hasta que él se disculpe…
-Y cómo todos sabemos, no lo haría ni aunque su vida dependiera de ello-añadió Komui-. Lo mejor que podemos hacer es esperar que estando separados olviden un poco sus diferencias.
-Pero aún así me preocupa-insistió Lenalee-. Kanda y Nana llevan meses sin separarse. Kanda es la persona en la que más confía Nana, y viceversa. Es horrible que no se hablen. Deben sentirse tan solos como si no hubiera nadie más que ellos en la Orden aunque todos les hablemos-Reever asintió, mostrando su acuerdo.
-Lo sé-suspiró su hermano, acomodándose los lentes. Él también parecía triste y abatido-. Pero a pesar de todo, lamento decirte que es lo único que podemos hacer por ellos.
Ese día, Nana se quedó en la sala de entrenamiento como si ahí hubiera decidido instalarse. Luchó contra los muñecos de arena todo el día sin parar, y por sorprendente que parezca, no se detuvo ni para comer. Todos se preguntaban si pensaba salir en algún momento, hasta que Lavi, que pasaba por ahí, la vio tirada en el suelo, muerta de cansancio, y se la llevó a la enfermería, donde la joven se quedó dormida como si no pensara volver a despertarse nunca.
-Ha estado abusando demasiado de sus fuerzas-comentó Allen, inquieto-. No ha salido de la sala de entrenamiento, no ha comido nada y dudo que esté durmiendo bien por las noches.
-No es el mejor momento para enfermarse-gruñó Reever, malhumorado. Él también sufría las consecuencias del agotamiento-. Justamente mañana tenía que partir a Siberia.
-¡¿Siberia?-repitió Evan, abriendo mucho los ojos-. ¡Nana no puede ir hasta ahí en este estado!
-Ya lo sé-masculló Reever, frotándose los ojos con irritación-. No podemos enviarla así. Y lo peor es que, a parte de ella, solamente Kanda puede soportar las condiciones de ese viaje. Y no creo que a él le haga mucha gracia realizar la misión que le habían encomendado a Nana en un principio-añadió. Allen y Evan se miraron, inquietos, y luego volvieron a mirar a la joven dormida en la cama, donde Lavi y Bookman se dedicaban a aplicarle sus agujas de acupuntura.
Si esto hubiera sucedido un par de semanas antes, Kanda estaría aquí para ver cómo está Nana, pensó Allen, sintiendo un extraño vacío en el corazón. No… un par de semanas antes algo como esto no habría sucedido, porque ellos no estaban separados.
-Lo que no entiendo-dijo de pronto Evan, sacándolo de sus tribulaciones-, es porqué los afecta tanto estar separados si se la pasan peleando. Que yo sepa, ni siquiera son amigos-Allen miró el suelo pensativamente. Es que no son amigos, se dijo. Ni amantes, ni siquiera compañeros. Son algo más… son como hermanos de alma. Eran como dos seres que dependen profundamente del otro, aunque están tan acostumbrados al vínculo que los une que ni siquiera se dan cuenta de él, como si fueran uno sólo. Por eso resentían tanto su separación. Son de verdad como un solo ser…, pensó, y de golpe se hizo la luz en su mente.
Allen había notado lo mismo que Lenalee, eso que Nana aún no había advertido, y que sin embargo era el núcleo alrededor del cual se concentraba todo el problema.
Nana despertó, como de costumbre, mucho después de las once de la mañana, al sentir que alguien la sacudía.
-¡Deja de molestar!-masculló, desenredándose de las sábanas para encarar al que la arrancaba de la cama-. ¡No quiero levantarme aún, Kan…!-la voz se le murió en la garganta. Frente a ella se encontraba Lavi.
-¿"Kan"?-repitió el pelirrojo, alzando una ceja. Nana se sonrojó y apretó los labios, y puso una expresión asesina francamente aterradora.
-¿Qué coños estás haciendo aquí?-espetó, furiosa. Lavi retrocedió un paso, por si acaso.
-El viejo panda me envió a despertarte-replicó dócilmente-. Estás muy débil, necesitas desayunar muy bien-Nana desvió la mirada y la clavó en la ventana.
-No tengo hambre-murmuró. Sus ojos color ámbar parecían extrañamente apagados. Lavi la miró con preocupación un momento; luego, fue a sentarse en la cama junto a ella.
-Escucha, Nana-dijo entonces-. No sé qué demonios sucedió entre Kanda y tú, pero en verdad no puedes estar enfadada con él toda la…
-Quiero disculparme-soltó ella de repente, cortándolo en seco. Lavi por poco se cae de la cama.
-¿Que quieres qué?-exclamó, estupefacto.
-Quiero disculparme con Kanda-repitió Nana, sin el más mínimo cambio de expresión. Lavi la contempló con curiosidad, tomando consciencia de su extraña y lejana tristeza-. Es cierto que él me dijo cosas que me hirieron… pero en realidad sé que tiene la razón. Creo que por eso me enfadé tanto. Soy infantil, molesta, tonta, y sólo sé llamar la atención…-suspiró, y se volvió hacia Lavi-. Así que lo mejor será que le pida perdón.
-Nunca creí que fueras capaz de hacer eso-comentó Lavi, bastante sorprendido. Nana frunció el ceño.
-Bueno, ¿dónde está?
-¿Dónde está quien?
-¡Kanda! ¿Quién más iba a ser?-espetó Nana, irritada.
-¡Ah!-exclamó el pelirrojo-. Pues…
-¿Pues qué?-soltó ella, aún más irritada. Lavi vaciló un momento.
-Pues-respondió finalmente, al cabo de unos instantes-. Salió anoche… en una misión… a Siberia-Nana se quedó boquiabierta.
-¡¿SIBERIA?-repitió, anonadada. Luego cerró los ojos, indignada, y se dejó caer de nuevo sobre la cama-. Pues eligió un momento genial para marcharse-gruñó.
-En realidad…-empezó a decir Lavi, pero un aguijonazo del instinto lo hizo detenerse a media frase. Nana abrió los ojos y lo miró, alzando una ceja, un gesto orgulloso que había aprendido sin darse cuenta de su padre.
-¿Qué?-espetó. Lavi negó con la cabeza y se levantó.
-Nada-replicó, y salió corriendo, dejando a Nana con aquella expresión altiva que la hacía ver tan parecida al General Cross.
Súbitamente, en medio de la oscuridad, Hevlaska despertó y se irguió, como si su cuerpo estuviera siendo recorrido por una poderosa corriente eléctrica.
-Se acerca…-murmuró-. El momento… de la Ruptura…
