André terminaba de alistarse cuando escuchó que la puerta de su habitación se abría. Óscar ingresó llevando puesto el uniforme de la Guardia Imperial.
—¿Por qué aún no estás lista ?— preguntó sintiendo que los celos y la angustia que le estaban carcomiendo el alma.
—Estoy perfectamente vestida— contestó ella poniendo llave a la puerta.
—Le prometí a tu padre llevarte a esa fiesta según sus instrucciones— contestó él secamente.
—¿Eso es lo que te tiene molesto? ¿Esa ridícula fiesta en mi honor?– le preguntó con un leve sarcasmo y parándose frente a él.
—No, no es eso.
—Entonces ¿Qué es lo que ocurre?— lo tomó de las manos.
—No podemos seguir así… Todo está mal, si alguien descubre lo que pasa entre nosotros tu reputación se verá comprometida sin posibilidad de remediarlo— la miró a los ojos con preocupación –No podemos continuar con esto… además, tu padre no descansará hasta que estés casada.
—André… ¿Cuándo entenderás que no me casaré con nadie que no seas tú?– ella le sonrió, tratando de tranquilizarlo.
—Debemos ser realistas, Girodelle y mi abuela ya saben lo nuestro. ¿Esperaremos a que alguien más se entere? ¿Acaso nos detendremos sólo cuando tu honor quede mancillado para siempre y yo termine en la horca por atreverme a mirar a una mujer noble?— se alejó de ella. Estaba cansado y molesto.
—¿Eso es lo que temes?... ¿Tu muerte?… sí es así debes estar tranquilo, jamás permitiré que algo te ocurra— dijo Óscar de forma que no admitía lugar a dudas.
—¡No! ¡No es eso!…— la miró disgustado —Lo que temo es tu deshonra. Aunque te ame con locura tengo principios y no puedo exponerte sólo por mí felicidad— se apoyó en el marco de la ventana dándole la espalda.
—Entonces me estas pidiendo que olvide todo y vaya a la fiesta organizada en mi honor a escoger un candidato que se case conmigo... ¿Eso es lo que quieres?- lo presionó en busca de una respuesta, estaba cansándose de no entender lo que le pasaba a André.
—No… tampoco quiero eso…— contestó con voz cansada.
—No te entiendo...– se acercó y lo abrazó por la espalda –Confía en mí, sé como solucionar toda esta situación— apoyó la frente en el amplio hombro de su amante.
André permaneció quieto, apoyando sus puños en el marco de la ventana. Óscar se apretó más a él y comenzó a desabrocharle la camisa.
—Detente, por favor— tomó las manos de la rubia y se dio vuelta para quedar de frente a ella.
Óscar, haciendo caso omiso, llevó la mano al cinturón del pantalón —Me preguntaste si alguna vez se iba a acabar el deseo que sentías por mí… no, no se acabará— lo miró de modo desafiante mientras desabrochaba la hebilla –Nunca estaré con nadie más que no seas tú— tomó su rostro entre las manos para obligarlo a inclinarse y lo besó.
Incapaz de seguir resistiéndose, André la acorraló contra el pequeño escritorio que había en su habitación botando todo a su paso. Ella se estremeció al mirarlo a los ojos, estaban inundados de pasión e ira. El hombre prácticamente le arrancó la guerrera cuando comenzó a desvestirla.–¿Por qué insistes?– le gruñó al oído mientras le quitaba la fina camisa –Óscar... No podemos seguir así—. Preso de una locura que apenas podía controlar, la giró bruscamente sobre el escritorio y trató de bajarle los pantalones.
Ella lo apartó de un empujón —¡Detente, tú no eres así!
Él la abrazó con fuerza. Óscar estuvo tentada a marcharse pero no lo hizo, sabía que todo lo que estaban pasando había llevado al límite a André y no quería abandonarlo en ese estado.
—Perdóname… Te amo... te amo tanto que temo enloquecer— le susurró él al oído.
Óscar se soltó de su abrazo y tomándolo del rostro lo besó lentamente mientras ambos temblaban. Después de unos segundos terminaron de desvestirse mientras volvían a ser ellos mismos, los que no necesitaban palabras para comunicarse.
En silencio y mientras André aún dormía, la militar se vistió rápido, tratando de no hacer ruido. Fue a su habitación para asearse y cambiarse de ropa. Después de unos minutos, y usando su uniforme de gala de la Guardia Imperial, sacó a César de la caballeriza y cabalgó hacia la mansión del general Bouillé.
Cuando entró al salón al primero que vio fue al conde De Girodelle. Era obvio que él estaría ahí, pues era uno de los solteros más codiciados en Versalles y su petición de compromiso no se había hecho pública como para que el aristócrata se sintiera avergonzado por haber sido rechazado. Él, con la generosidad que lo caracterizaba cuando se trataba de ella, respondió su mirada y asintió, era su forma de infundirle el valor que necesitaba. El salón estaba repleto de hombres esperando conocerla en su "faceta de mujer", tal como se había anunciado en las invitaciones entregadas. Oscar caminó con todo el aplomo que pudo reunir hasta el centro del lugar mientras todos se acercaban a ella.
—Jamás había asistido a una fiesta como esta... aparentemente se les olvidó invitar a las damas– rió sonoramente mientras los asistentes quedaban pasmados al verla vistiendo el uniforme de la Guardia.
Víctor levantó su copa y brindó por ella mientras pensaba "Se ha salido con la suya".
—Disculpen caballeros, lo más prudente será retirarme. No quiero importunarlos con mi presencia– la rubia se inclinó en una masculina reverencia antes de dar media vuelta y salir del lugar.
—Si usted hubiera aceptado mi propuesta, yo jamás intentaría cambiar su vida o su forma de ser.
La voz de Girodelle la asustó, soltó por un momento las riendas de su caballo y volteó a mirar al elegante conde.
—Lamento haber hablado con su padre antes de hacerlo con usted— continuó, mientras se acercaba a ella –Pensé que era lo mejor… sé que me equivoqué pero quiero que sepa que siempre podrá contar con mi apoyo y discreción. Jamás intentaría cambiar lo que es... su personalidad es precisamente lo que me tiene encantado— se inclinó suavemente hasta rozar sus labios –Piénselo, soy la mejor opción para ser su prometido… nunca la cuestionaré y conmigo no tendría que ocultarse jamás… incluso puedo pasar por alto el desliz con su valet.
Óscar lo miró perpleja y retrocedió lentamente para alejarse del apuesto conde de ojos felinos. Dio media vuelta, aún nerviosa, y montó a César para salir lo más rápido posible de ese lugar.
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Mientras tanto, en el palacete Jarjayes, después de que el patriarca recibiera las noticias que detallaban el fallido baile y la terca actitud de su heredera de armas, colérico mandó a llamar a André al constatar de que Óscar aun no regresaba. Alguien le debía una explicación.
—¿En qué puedo ayudarlo señor?— el joven ingresó a la habitación.
—André, ¿Por qué?, ¿Por qué no me obedeció?… ¡Óscar se presentó con uniforme y me desobedeció!. Siempre ha sido firme en sus decisiones y no puedo criticarla por ello… así la crié– dijo completamente contrariado — ¡André, prométeme que hablarás con ella!— le suplicó —Sólo a ti te escucha… No la dejes sola… ¡Prométemelo! Eres el único a quien le permite estar cerca de ella.
—Se lo prometo general, jamás la dejaré sola– contestó él bajando la mirada.
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En cuanto Óscar llegó a la mansión de su familia entregó a César a uno de los mozos de cuadra y preguntó por su padre. No tenía sentido dilatar lo inevitable. Apenas su Nana le confirmó que el patriarca ya estaba preguntando por ella, se dirigió directamente a la alcoba de este. Golpeó la puerta. Entró cuando escuchó la autorización para hacerlo —Padre imagino que ya te has enterado de lo acontecido en la fiesta realizada en casa del general Bouillé– el patriarca asintió —Te suplico que de ahora en adelante rechaces cualquier proposición de matrimonio que me involucre. Te repito, no tengo intenciones de casarme y hoy se lo he demostrado a todos.
—Hija toma asiento por favor, quiero hablar contigo.
Impresionada con el cambio de actitud de su padre hizo lo que este le pedía. No entendía por qué estaba tan sereno.
—Debes perdonarme Óscar, he sido tan cruel, es preciso que me perdones por no haber permitido que crecieras como una mujer normal. No debería hablarte así, y quizás ya es muy tarde para ello, pero si hubiera aceptado que eras una mujer habrías crecido feliz sin estar sometida a tantas presiones. ¡He sido un torpe! He fracasado como padre y sólo he conseguido que sufras por mi egoísmo. Recapacita por favor, aún puedes formar una familia y continuar nuestro linaje.
La rubia meditó unos segundos su respuesta, pues quería sincerarse y a la vez evitar un enfrentamiento con el obcecado general.
—Padre, no te preocupes, no siempre he representado el papel de varón que me asignaste al nacer.— sostuvo su mirada —Reconozco que te he desobedecido, me he enamorado como una mujer común y debo darte las gracias, ya que al haberme educado como un hombre me has permitido ser fuerte y audaz, además gracias al valor que me enseñaste a tener desde niña tengo claro lo que quiero hacer en mi vida.
El patriarca apretó un puño, jamás había imaginado lo que su hija estaba confesándole —Óscar, si ya te has enamorado... reconsidera por favor el casarte, hay excelentes prospectos para una joven bella e inteligente como tú.
—Padre, la decisión está tomada, no me casaré y te ruego respetes eso. En cuanto a mi felicidad, si es lo que te preocupa, no te preocupes, la encontraré de la manera que crea correcta para mí.
—Pero… ¡Nuestra familia necesita un heredero!— insistió desesperado el general perdiendo toda la compostura que había luchado por mantener.
—Debiste haber pensado en eso cuando pusiste una espada en mis manos— contestó ella duramente.
El general guardó silencio mientras Óscar se retiraba de su habitación. Después de un par de horas, André se anunció solicitando entrar. Ella, que estaba sentada frente a su tocador y cepillándose el cabello, lo autorizó.
—Supe lo que ocurrió en el baile... ¿Por qué no me permitiste acompañarte? Le prometí a tu padre que no me apartaría de tu lado— dijo él antes de siquiera saludarla.
—André, te aseguré que no tenía intenciones de casarme con nadie más que no fueras tú, además te aseguré que tenía un plan para que pudiéramos estar juntos, pero no confías en mí— contestó con frialdad— En cuanto a ese estúpido baile, no tenía ningún sentido que me acompañaras.
—¿Cómo puedes decir que no confió en ti?— replicó André —¡Te amé en silencio por más de diez años! ¡Te he apoyado en cada cosa que te has propuesto!, he permanecido a tu lado a costa de mi dolor, de mis principios, aquellos que me deberían tener de parte del pueblo que tanto sufre…. incluso permanezco a tu lado a costa de mi dignidad. ¿Crees que no maldigo todos los días el haber nacido plebeyo solo por no poder casarme contigo? ¿Crees que no me importa ver que te podrías casar con quien quisieras menos conmigo?— se paró frente a ella y mirándola a los ojos le dijo —¿No te das cuenta que haría hasta lo imposible por protegerte? incluso si eso significa ver cómo te casas con otro, ver como duermes con otro. Estoy dispuesto a seguir siendo tu sirviente con tal de poder ver tu rostro día a día– se arrodilló en el suelo frente a ella y bajando la cabeza dijo —Todo esto está destrozándome, estoy luchando contra tantas cosas y pareciera que tú no te das cuenta…. ¿Por qué haces todo más difícil de lo que ya es?— rodaron lágrimas de impotencia por su rostro.
Óscar lo miró con profunda tristeza al saberse la causante de ese dolor. Se arrodilló junto a él y tomándole el rostro entre sus manos lo obligó a mirarla. —Lo siento André… Nunca he querido lastimarte.
Después de unos segundos él la miró, besó su frente y tratando de sonreír le contestó —Te perdono, siempre lo haré… no importa lo que pase— le acarició una mejilla.
—Te amo... Es preciso que me creas… Encontraré la forma de que estemos juntos, lo juro… Te un poco de paciencia por favor, debes creer en mí– suplicó ella secando las lágrimas que ambos habían derramado.
—Te creo.
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André despertó a media noche. Observó la espalda desnuda de Óscar, que dormía a su lado, rozó con la punta de los dedos la cicatriz en su hombro, secuela del atentado que había sufrido años atrás. Su rebelde cabello rubio parecía tener vida propia sobre la almohada. Tomó entre sus dedos uno de sus bucles y se lo llevó a la nariz tratando de capturar su aroma.
Óscar entreabrió los ojos aún semidormida –¿Qué pasa? ¿No puedes dormir?— su voz sonó ronca por el sueño.
Se recostó junto a ella y abrazándola le dijo –Nada, no pasa nada… sigue durmiendo— besó la cicatriz de su hombro y trató de conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, cuando Óscar despertó, estaba nuevamente sola en la habitación. Con melancolía deslizó la mano sobre el lado de la cama que había ocupado André, le dolía no poder despertar junto a él todos los días. Se levantó apurada, quería llegar lo antes posible a Versalles, debía hablar con la Reina a la brevedad.
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El calmo ambiente de la sala personal de la reina se vio interrumpido cuando la soberana se puso de pie, completamente alarmada ante la insólita solicitud que acababa de recibir.
—¡Pero eso no es posible!– replicó sin ocultar ni medir su sorpresa.
—Os ruego me permitáis renunciar a mi puesto como comandante en la Guardia. Necesito que mi carta de renuncia sea aprobada por vuestra majestad— insistió sin atreverse a mirar a su amada soberana.
—¿Pero por qué razón? ¡¿Decidme por qué?! Necesito saberlo– insistió.
—Al abandonar la Guardia Imperial aceptaré cualquier puesto que se me asigne en la frontera o en la armada, os lo pido– insistió Óscar.
—Necesito conocer vuestras razones– exigió molesta.
—Os aseguro que será la última vez que pido algo para mi persona, os suplico que accedáis a mi petición.
—Óscar, si tú lo deseáis puedo tramitar que se os nombre general lo antes posible, pero necesito que me indiquéis por qué deseáis renunciar a vuestro puesto en la Guardia Imperial– la soberana dulcificó su tono al ver que su querida amiga tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Os ruego me perdonéis... no puedo confesaros cual es la verdadera razón. Pero os aseguro que jamás olvidaré vuestra bondad y os juro que seré leal a mi reina Maria Antonieta aunque ya no pertenezca a la Guardia Imperial.
—Si ya estáis decidida nada podré hacer… os concederé lo que me solicitáis?– aceptó resignada.
—Os lo agradezco con todo el corazón Alteza Imperial, jamás olvidaré lo que hoy habéis hecho por mí– se levantó y luego de besar la mano de su tan querida Reina abandonó la habitación. Hacer esto le provocaba un profundo dolor, pero era necesario.
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A las pocas horas, y como era de esperar, ya que las noticias en Versalles volaban más rápido que las palomas, el general entró a su mansión mientras llamaba a su hija a gritos.
—¡Óscar! ¡Óscar!— gritó fuera de sí —¡¿Dónde está Óscar?!– preguntó a la Nana apenas controlando su furia.
—No estoy muy segura señor…. No la he visto desde que llegó de Versalles hace un par de horas.
—¡André!– gritó asomándose al balcón, al ver al joven preguntó —¡¿Has visto a Óscar?!
—Sí señor, me pidió que preparara su caballo para ir a dar un paseo hace un rato.
—¡¿Salió a pasear?!– André desvió la mirada —¡André!– insistió el general al ver que trataba de alejarse –¡Estoy completamente seguro de que tú sabes lo que piensa mi hija… Dime ¿Por qué? ¿Por qué desea renunciar a su puesto como comandante de la Guardia Imperial?! ¡Dímelo por favor!
—Lo lamento general, pero es poco lo que sé al respecto– el joven sostuvo su mirada.
—Te encomendé que estuvieras a su lado para evitar que cometiera locuras ¡¿Qué ha pasado?!
—Lo lamento general, desconozco por qué lo hizo— contestó sin inmutarse.
Únicamente en la noche André se atrevió a buscarla, cuando toda la mansión se sumió en un sepulcral silencio fue a la habitación de la militar.
—¿Óscar?– entró a la alcoba sin esperar que ella lo autorizara, la vio de pie frente a su ventana, al no recibir respuesta insistió —Habla conmigo por favor– se acercó a ella y abrazándola por la espalda continuó —¿Qué piensas hacer ahora que dejaste la Guardia Imperial?
—André… amor mío– ella se dio vuelta y acarició su rostro –No quiero hablar ahora… ¿Podrías por favor dejarme sola?... Necesito pensar.
Ante esa respuesta el alto hombre de cabello negro besó su frente y se marchó de la habitación. Sabía lo difícil que era para ella haber dejado su puesto en Versalles.
Esa noche la ex comandante de la Guardia Imperial no durmió en lo absoluto. Por primera vez había antepuesto sus propios deseos al amor que sentía por su patria y soberanos, y eso la tenía completamente devastada. Al siguiente día, Óscar escuchó su nueva asignación sentada en la oficina del general Bouillé.
—Comandante Óscar François de Jarjayes, a partir de la próxima semana se hará cargo del Regimiento B de los Guardias del Ejército Francés– le informaron.
—Guardias del Ejército, Regimiento B– repitió ella.
—Os hago entrega de un mensaje de la Reina. "De momento este puesto es el único disponible para alguien con vuestras características". Si no fuera de vuestro agrado la reina desea que se lo comuniquéis.
—Gracias. Os ruego informéis a la Reina María Antonieta que agradezco profundamente su intervención en este asunto y le pido disculpas por mi egoísmo… así mismo os suplico que cuide de su Alteza Real ya que no podré hacerlo desde ahora.
Después de esa reunión y acompañada de Girodelle presenció la última Revista de las tropas de la Guardia Imperial. Saludó formalmente desde su caballo a su regimiento. Sentía que su corazón se estaba rompiendo con esa decisión. Estaba dejando un trabajo de años, dejaba a los hombres que ella misma había formado, pero no estaba dispuesta a retroceder.
—Les agradezco profundamente que hayan organizado esta Revista de Tropas, su desempeño fue excelente– comentó al teniente y Sargentos que la acompañaban en su oficina mientras se quitaba los guantes.
—Comandante, ¿Por qué tomó la decisión de abandonarnos repentinamente?— preguntó sin rodeos Girodelle.
—No quisiera apartarme de ustedes, pero debo hacerlo— la rubia trató de disimular el profundo dolor de su mirada.
—¿Acaso la hemos ofendido? ¿Hicimos algo que la haya molestado?— insistió su subalterno.
—Por supuesto que no. Les agradezco profundamente su colaboración, por favor comuníquenlo a todos los miembros de la guardia.
—Aún no contesta mi pregunta… ¿Por qué abandona la Guardia Imperial para servir con los guardias del Ejército?. Ellos son una tropa conformada por gente del pueblo, sería peligroso que formara parte de un destacamento semejante.
La comandante dio media vuelta y entregó su sable al conde como respuesta –Girodelle, te he recomendado para que ocupes mi puesto. Cuida bien la Guardia Imperial– sin más que decir salió de la que fue su oficina por años sin mirar atrás.
André la esperaba en las caballerizas del palacio, Óscar montó y después de una pausa dijo. —Dentro de una semana me uniré a la Guardia del Ejército. Pasaré unos días en nuestra casa de Normandía— su semblante no daba paso a cuestionamientos ni preguntas —Me gustaría que me acompañaras, pero por favor permíteme estar sola un par de días. Necesito hacerme a la idea de todo lo que he decidido y quiero hacer eso en soledad.
—Entiendo– contestó.
Esa noche, André la ayudó a empacar lo necesario. Cuando ambos guardaron su uniforme en un baúl, vio como las manos de ella temblaban, lamentó cada segundo que la vio sufrir. Si bien era una decisión que había tomado sola, en el fondo de su corazón sabía que lo había hecho por él. —Óscar…– se acercó, tomó sus manos y las besó —¿Estas segura de esto?... La Guardia del Ejército es algo muy diferente, los soldados no son nobles, es gente del pueblo que trabaja por un sueldo con el que deben alimentar a sus familias... ya sabes lo que ocurre en el Tercer Estado... ya lo hemos hablado. Es muy distinto a todo lo que has hecho hasta ahora.
—Esta es la única forma en que estaré lejos de mi padre, lejos de Versalles, de sus costumbres y sin dejar de hacer lo que me gusta— lo abrazó —Te dije que tenía una solución para nosotros… Será imposible que me traslade a diario desde el Regimiento hasta acá— intentó sonreír mientras miraba los serenos ojos verdes del hombre que adoraba —Hoy en la mañana alquilé una casa en las cercanías del cuartel... Allí podremos vivir tranquilos, no estará la presión de mi padre para que contraiga matrimonio ni viviremos con miedo de que nos descubran aquí o en el palacio— se refugió en la curva del cuello de André mientras lo abrazaba con fuerza.
—Debiste habérmelo dicho, podríamos haber ideado algo en conjunto... algo no tan peligroso ni que te causara tanto pesar– dijo suavemente mientras le acariciaba el cabello.
—No— contestó decidida —Te prometí que buscaría una solución y estoy cumpliendo con eso— tratando de sonreír añadió –¿Irás a Normandía en un par de días?
—Sí, claro que iré– sus ojos verdes brillaron emocionados.
Mientras Óscar se encontraba en la costa, André aprovechó el tiempo libre para visitar a sus amigos en París, hace mucho no los veía y quería aprovechar el tiempo para ponerse al día. Al anochecer pasó por La Bone Table, una taberna que solía frecuentar. Estaba a punto de retirarse cuando lo interrumpieron.
—¡André qué gusto verte amigo! ¡Pensé que te había tragado la tierra!– recibió un fuerte palmoteo en la espalda acompañado de una estrepitosa risa.
—¡Alain! ¡Qué sorpresa encontrarte nuevamente aquí!– se puso de pie para saludar al hombre de ojos castaños que había conocido hace meses en ese mismo lugar.
—Bueno… es de las pocas tabernas en donde no me sacan a patadas cuando me ven– contestó con su habitual sentido del humor mientras le guiñaba un ojo al cantinero –Hace mucho que no compartimos un trago… Aunque veo que ya me llevas ventaja— miró el vaso vacío que estaba sobre la barra —Que tristeza se respira aquí— bufó impaciente —Al parecer somos los únicos parroquianos. ¡Vámonos! Te llevaré a un sitio más entretenido— hizo un gesto pícaro.
—¡Soissons!— gritó un hombre desde la puerta —Deberías tener más cuidado, ¿Olvidas que estás de servicio?
—¡Rayos! ¿Cómo me encontraste?— el hombretón rió tratando de disimular, miró a André e hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y caminó para retirarse.
—¡Espera!— André lo detuvo —¿Si mal no recuerdo me dijiste que era miembro de los Guardias del Ejército?
—Sí, en el Regimiento B.
—Entonces necesito pedirte un favor...
André Grandier entró al palacete que estaba a orillas del mar. Sonrió al saludar a las doncellas que estaban en la cocina, quienes le informaron que Óscar había a dar un paseo por la playa y que regresaría para la cena.
Cambió su ropa por una más cómoda y salió a caminar. Sabía perfectamente dónde encontrarla. La divisó a lo lejos, era inconfundible. Pese al frío de la tarde, Óscar vestía únicamente pantalones de montar y una blusa blanca, su cabello ondeaba al viento dándole la apariencia de una fiera amazona, era una imagen digna de una obra de arte verla frente al mar sobre su corcel blanco. Se acercó silenciosamente.
La rubia estaba tan abstraída mirando el mar que no notó la presencia de él hasta que este llegó a su lado. Lo miró sonriendo. De un salto, André subió al caballo, no hacían falta palabras. Ella le hizo un lugar en su montura, en cuanto sintió su abrazo soltó las riendas y apoyó la espalda contra su pecho. Estuvieron un rato así, sin hablar, sólo abrazados mirando el mar.
—Se está haciendo tarde. ¿Vamos a cenar?— preguntó André tirando de las riendas para hacer que el caballo obedeciera.
—Sí… Vamos— la rubia apoyó su cabeza sobre la clavícula de él –Te extrañé— susurró.
—Ya no nos separaremos— le contestó besándola en la coronilla.
—Sí... ya no nos separaremos— susurró ella dejando escapar un largo suspiro. En el momento en que había sentido a su alrededor sus fuertes brazos supo que la decisión tomada era la correcta.
Después de un par de días emprendieron el regreso a París, Óscar estaba lista para comenzar con sus nuevas obligaciones.
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La recientemente nombrada comandante de la Guardia del Ejército escuchó golpes en la puerta de su oficina en el cuartel. —Adelante— contestó.
—Soy el coronel Dagout, asistente del Regimiento, es un placer conocerlo comandante— se presentó un hombre unos quince años mayor que ella.
—El placer es mío coronel— Óscar lo saludó amablemente.
—Comandante, la Revista de las Tropas se había programado mañana, temo que ha llegado con un día de anticipación.
—Acaban de comisionarme y es mucho lo que debo aprender— Óscar se levantó de la silla —Le ruego me acompañe a las barracas de los guardias.
—Pero… es que no quisiera que visitase un sitio tan sórdido durante su primer día aquí– trató de disuadirla.
—No se preocupe— contestó tranquila —Dudo mucho que vea algo que ya no haya visto, si no me equivoco mi archivo le fue enviado y usted mismo seguramente constató que llevo casi quince años en la milicia.
El coronel asintió en silencio mientras la acompañaba hacia las barracas. Cuando Óscar abrió la puerta del dormitorio comunitario los hombres se pusieron de pie rápidamente y se formaron frente a sus literas.
—Quiero presentarme, soy su nuevo comandante, mi nombre es Óscar François De Jarjayes, me alegra poder conocerlos— examinó uno a uno los rostros de los hombres que estarían a su cargo, de pronto quedó sin aire y sus ojos se abrieron impactados. Trató de disimular lo más rápido posible. André estaba en el lugar, vestido de soldado y mirándola fijamente.
—¡Atención Compañía! Saluden a su nuevo comandante– exclamó Alain, quien era el líder natural del grupo.
Terminando las presentaciones, la comandante se retiró a su oficina y pidió el listado de los nuevos reclutas, citándolos a todos. André fue el último en ser llamado.
—Te has vuelto loco... ¿Qué haces aquí? ¿Qué haces vistiendo como un soldado? ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué te enlistaste en el ejército? ¿Cómo te atreves a ocultarme algo como esto?– murmuró atropelladamente y con visible enfado.
—¿Qué esperabas que hiciera? Esto es muy diferente a Versalles, no puedo acompañarte como tu valet y tampoco iba a quedarme esperándote en casa… pase lo que pase y pienses lo que pienses, soy la única persona capaz de protegerte— André se llevó la mano a la visera e hizo chocar sus talones tratando de dar por terminada la discusión. Levantó la voz —¡Con su permiso comandante!– se dispuso a retirarse.
—Espera André…— lo tomó del brazo –¿Estás seguro que esto es lo que deseas?... tú no eres un militar...
—Tengo tu misma formación, no tendré problemas... quédate tranquila por favor— el soldado dio media vuelta y salió del despacho.
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—Vamos André levántate, es hora de cambiar la guardia– le dijo Alain mientras lo despertaba esa misma noche. Cuando llegaron al patio lo invitó a sentarse. —Ponte cómodo porque la noche será larga… — su tono de voz no era el mismo de siempre –Así que eres hijo de un carpintero… eso fue lo que me dijiste cuando me pediste que te ayudara a entrar a la Guardia. No me molesta, pero… ¿Por qué me dijiste una mentira? ¿Quieres explicármelo?– habló serio y con una mirada cargada de suspicacia.
—No sé por qué estás diciendo eso, no te he mentido– contestó André de forma tranquila.
—¡Basta ya! Sé que no eres hijo de un carpintero. Tal vez en realidad lo único que eres es un asqueroso aristócrata.
André guardó silencio, no tenía intenciones de discutir con su amigo.
—Podría no ser cierto… pero pareces un aristócrata, luces como un aristócrata y hablas como un aristócrata— Alain se puso de pie y añadió —Se dice que hoy te vieron entrar al despacho del comandante y permanecer más tiempo del prudente— resopló —pero imagino que todos tenemos algo que ocultar. Aunque te advierto que a muchos de nuestros compañeros escuchar la palabra aristócrata los puede enfurecer. En especial si se trata de una mujer en el ejército que seguramente consiguió el puesto gracias a las influencias de su familia.
—Alain, no sé de qué estás hablando— André lo miró molesto y dio por zanjado el tema mientras pensaba que la empresa que estaban emprendiendo con Óscar iba a resultar más difícil de lo que ambos habían pensado.
Por su parte, la comandante de la Guardia, pasó esa noche en el palacete de su familia sin poder conciliar el sueño al pensar en André durmiendo en las frías y lúgubres barracas. Al otro día desayunó con el general y aprovechó la instancia para comunicarle que se mudaría.
—Padre, como ya estás informado hoy asumiré oficialmente como comandante de la Guardia del Ejército– Óscar habló tranquilamente mientras fijaba la vista en la taza de chocolate que humeaba frente a ella.
—Hija— el hombre respiró profundo tratando de tranquilizarse —Aun no entiendo qué razones te llevaron a tomar esa aberrante decisión– movió la cabeza molesto.
—Es un desafío personal, en la Guardia Imperial ya todo funcionaba a la perfección— tomó un sorbo del caliente brebaje –Pero no es de eso que quiero hablarte— lo miró de forma directa —Dada la distancia entre el cuartel del Regimiento y nuestra residencia me será imposible venir a diario... y no sería prudente que me quede en las habitaciones destinadas para mí en el cuartel— dejó la taza sobre la mesa —Para solucionar esto he alquilado una casa cerca del regimiento, viviré ahí.
—Entiendo, tiene lógica lo que indicas— el patriarca la miró serio –Pero debo admitir que me preocupa que vivas sola. Eres mi hija y es inevitable que me inquiete por tu bienestar, ya es suficiente con que estés a cargo de un regimiento compuesto por soldados que no son nobles– movió la cabeza en un gesto exasperado –Tu madre tampoco estará de acuerdo con tu decisión.
—Padre, no hay de qué preocuparse, te recuerdo que ya no soy una niña y se cuidarme sola, tú me educaste de esa forma– sostuvo su mirada.
—Hija, por favor— insistió —Reconsidera la idea de casarte. No me niegues la oportunidad de poder brindar por tu felicidad ni de verte segura formando tu propia familia.
Óscar se levantó de la silla para retirarse de la mesa. –Se me hace tarde, esta será mi última semana en casa por lo menos durante un tiempo y tengo muchas cosas que preparar.
Se dirigió a su habitación. Mientras terminaba alistarse escuchó que llamaban a su puerta. Apenas dio permiso, su querida Nana entró.
—Mi niña hoy iniciarás tus actividades en la Guardia del Ejército... yo quisiera...
—Dime Nana— la animó a terminar de hablar al verla tan nerviosa.
—Se trata de André...— la anciana miró angustiada —No lo he visto desde ayer, y falta algo de ropa en su habitación... Te pido que si sabes algo acerca de su paradero me lo digas por favor– suspiró –No sé qué le pasa... nuevamente desapareció sin dar explicaciones.
—Tal vez no regrese durante mucho tiempo Nana, él está viviendo en las barracas del Regimiento B– trató de sonar tranquila pese a que aún no lograba aceptar la sorpresiva decisión de André.
—¿Qué?... ¿Pero por qué decidió enlistarse en el ejército?
—No te preocupes Nana, él y yo sabemos cuidarnos muy bien, hace mucho que no somos niños. Pero, aprovechando que estás aquí me gustaría pedirte ayuda con algo personal.
—Sí mi niña, lo que usted diga.
—Necesito que la casa que alquilé en las cercanías del cuartel quede acondicionada durante esta semana ¿Podrías ayudarme con eso?— tomó su chaqueta para salir —Además quisiera tu ayuda para seleccionar personal de confianza.
—Yo puedo acompañarla mi niña, sería muy feliz de seguir cuidándola— la miró ansiosa.
—Te lo agradezco— Óscar tomó una de las manos de su Nana con cariño —Pero me gustaría llevar mi vida de una forma más independiente. Sólo necesito alguien para la cocina, una doncella y un mozo de cuadra… la casa no es muy grande.
—Como ordene mi niña... Me encargaré de todo– la mujer la miró llena de tristeza y dándose cuenta que ya no era la chiquilla que había criado como si fuera propia.
Y aquí otro capitulo! Sé que quizás aún no ven cambios demasiado significativos en la historia, pero de que los hay… los hay XD… así que paciencia mis queridas… ya verán como varias cosas comienzan a cambiar.
Como siempre, gracias a Cilenita79 y Krimhild, ambos cerebros que maquinan varias cosillas XDDDDD.
Un abrazo a cada una de ustedes queridas lectoras (pero más fuerte a las que dejan reviews XD) y ¡GRACIAS POR LEER!
