Ayer fue mi último día de vacaciones. Fui al cine (no a muchos les gusta El planeta de los Simios, al menos no a los de mi círculo íntimo, pero a mí esas películas me encantan), y al llegar a casa terminé el capítulo. Como dije en el anterior, a partir de ahora estaré más ocupada... Pero escribir me gusta tanto, que igual me daré mi tiempo para esto.
¡Gracias totales a quienes comentaron!
Mar Laridae: Todos mis Harry´s me gustan, jajaja. Creo describirlos como los hombres que me atraen en cuanto a la personalidad, simples y tranquilos. Este en particular se me facilita escribirlo porque, más allá de tomar las características que me gustan en el sexo opuesto, este Harry aquí tiene tintes de mi propia personalidad. En ciertas cositas nos parecemos, ¡soy un poco hermética! quizá tanto como él, no sé. ¡Ya llegará Ron! jeje =) Gracias por leerme, corazona hermosa. Nos veremos por face..
Expectropatronum: A mi también me encantan los AU! Se puede hacer tanto tomando solo a los personajes... yo escribo cosas no muy originales, pero me entretiene imaginarme a los personajes de JK en cuestiones que nada tienen que ver con la magia que ella describió. Y Harry y Ginny son lo más! =) Un abrazo enorme! Gracias por leerme!
Silver Astoria Malfoy: Te respondí por privado. Igual gracias por leerme, hermosa! Un placer que te esté gustando como va quedando la cosa, jejeje.
A.I.H: Y listo el capítulo. ¡Gracias por leer! me alegro que te entretenga a buen grado.
Miel-Tonks: Qué lindas cosas que me dijiste! Por un segundo me entró el sentimiento de superioridad a la cabezota! jajajaja. Gracias, nena. Para mí, un gran escritor es aquel que con simples y pocas palabras, describen algo grande y maravilloso, no me gustan las palabras extravagantes y rebuscadas, hablar chácharas para rellenar una historia, no me gusta. Mi meta es escribir así, simple pero que para la persona quien lea sea más que suficiente; que entienda la idea y que la disfrute tal cual lo planteo. Me falta, yo sé! Y como siempre digo, haciendo se aprende! por ello los fastidio con mis fics fanáticos y con falta de mucho, jajaja. Gracias, reina! Ya vendrá Sirius... =)
Tamara (Redgirl1982): Nos hemos estado hablando por MP. Te debo una respuesta. ¡Muchas gracias por tu tiempo! =)
Los dejo leer... espero les guste.
Contigo.
Capítulo VII.
Ginny había conocido a muchas personas introvertidas, calladas e impenetrables. Las mandarinas más duras de pelar. Y sentía que Harry las superaba a todas ellas. Era eso o, sencillamente, nadie le había causado tanto interés como le originaba él; le llamaba la atención, vigorosamente. Y verlo a cada rato con los labios sellados, mientras ella cotorreaba sobre cualquier estupidez, aumentaba aquel añoro de conocerlo a profundidad. Curiosidad.
Compartían el transporte desde hacía una semana. El Sedan de Harry era suave, fresco por el aire acondicionado y con aromatizador de pinos del bosque. Era relativamente corto el trayecto. Se entretenía observando por la ventana, notando el ir y venir de las personas mientras realizaban sus tareas rutinarias a primera hora del día. Pidió, en más de una ocasión, prender la radio, mas el hombre le había informado su poca tolerancia a los ruidos de las emisoras cuando conducía.
Era una mentira, Harry se había negado al saber que ella chillaría cualquier canción que se entonara, naturalmente. Ginny ignoraba ese detalle, le había creído su falsedad.
Se recostaba en el asiento, mirando el techo, el espejo retrovisor, el pequeño pino aromatizante que colgaba de él, las rendijas del aire acondicionado, el volante, las manos de Harry con vellitos en los dedos, y la fotografía pegada en la guantera. Era de una mujer joven y muy bonita. Su cabello negro le llegaba hasta la cintura y tenía un cintillo de tela azul claro que le apartaba el flequillo de la frente, haciéndole lucir más libremente el rostro, los ojos vivarachos y la sonrisa coqueta.
Se mordió la lengua antes de atreverse a preguntarle quién era. Harry Potter vivía solo, en una casa que se veía más callada que un osario a media noche. ¿Quién había sido esa mujer?
- Llegamos – informó, sacando a Ginny de sus cavilaciones entrometidas. Aparcó el auto frente a la tienda y apagó el motor.
- ¡El sol aún no sale! – profirió la pelirroja, abandonando el coche.
- A quien madruga le va mejor – guardó las llaves en el bolsillo de su pantalón. El osito bola amarilla se veía aún más lastimado que antes.
- Así no es el refrán, Potter – caminó hacia la puerta principal. Harry se alzó de hombros, sin locución alguna, y la siguió hacia el interior de la tienda.
- ¡Vamos, Ginny! ¿Acaso no hemos aumentado las ventas?
- Para la fortuna, sí. ¡Estos madrugones deben valer algo!
- Eres una exagerada. Levantarse a las seis de la mañana no es madrugar.
La mujer rodó los ojos antes de poner ambos manos a la obra. Todo empezaba a ir, en cuanto a las cuestiones laborales, la mar de bien.
Las mañanas iban deprisa, las tardes después del almuerzo, por el contrario, transcurrían lentamente; aún con clientes llegando de vez en cuando. Ese miércoles, con tanto calor como un verano en Lovell era capaz de otorgar, fue lánguido y demasiado tranquilo. La campanilla dejó de sonar pasadas las cinco. Ginevra pensó en cerrar antes del anochecer.
- ¿Has ido al bar de Tito? – Harry se sacudió las manos contra el delantal, al parecer no había escuchado la pregunta. – Harry… – palmeó una vez sus manos, llamando su atención. El hombre la miró por sobre sus gafas con montura redonda. – ¿Has ido al bar de Tito?
- ¿Aún existe el bar de Tito? ¿Él sigue vivo? ¿Qué edad tiene ese hombre?
- Yo le calculo noventa años. ¿Lo conoces?
- Hace años, sí. Íbamos al menos dos noches a la semana, y casi todos los sábados – Ginny asintió con la cabeza, sin pasar desapercibido el íbamos.
- ¿Quieres ir al cerrar? – pensó en un par de cervezas, nada más. Si a Harry no le apetecía, esperaba que al menos la acercara al sitio. Podría después tomar un taxi a casa.
El hombre arrugó la cara, dejando clara su respuesta con aquel gesto fatigoso.
- En realidad…
- Descuida, ¿podrías al menos acercarme?
- Supongo que… sí. No hay problema – Ginevra le sonrió, haciendo sonar las llaves de la tienda.
- Cerraremos a las seis. Mejor comenzar a recoger.
- Tú eres la jefa.
Tan solo pasó media hora. Aseguró la caja registradora y se sacó el delantal en un solo movimiento.
Pensó que Harry se entusiasmaría con la idea de unas cuantas copas al llegar al bar, no obstante, el hombre la miró al estacionarse frente a la taberna sin apagar el motor. Sus manos se mantenían sobre el volante, listo para arrancar al ella bajarse.
- Gracias – le sonrió.
- ¿Cómo te irás a casa?
- Tomaré un taxi. Descuida, ¡es verano! Habrá mucha gente por las calles hasta muy tarde – se acomodó hacia un lado el cabello y se ajustó el pequeño morral que siempre llevaba al trabajo; era importante, el bolso contenía las llaves de la tienda, de su casa y su billetera. – ¡Nos veremos mañana!
- Sí – la vio dejar el asiento, dejando por último una de sus blancas piernas. El short que había escogido para ese día estaba lleno de tierra e incluso tenía pegados a los costados pétalos de varias flores.
- ¡Adiós! – se inclinó al cerrar la puerta, despidiéndose por la ventana. Harry le respondió con la señal de una mano antes de verla girarse e ingresar al bar.
Se notaba mucho movimiento, en las puertas de la taberna se concentraban pequeños grupos de hombres ya con varias copas de más en el organismo.
Resoplando, apagó el motor.
- ¡Buenas noches, Tito! – el viejo le respondió con un brazo tembloroso. Se mantenía sentado tras la barra con un trapo en sus manos, puliendo los vasos de vidrio que Brian, el joven barman, le acercaba, tan solo para mantenerlo ocupado. – Brian…
- ¿Cómo estás, Ginny? – se rehusaba a ser llamada señora. Se lo dejó claro al jovencito de veintidós años cuando lo conoció.
- Acalorada. Pensé que las noches en Lovell eran más frescas.
- Cuando no es verano, sí – depositó frente a ella una lata de Guinness.
- ¿Bien fría?
- Helada – sonrió él.
Ginny tomó la cerveza de apoco, acatando cada movimiento del bar. Había un viejo piano decorando una esquina y mesas dispuestas por todos lados. Algunas estaban llenas. Todo se veía muy viejo, muy antiguo y muy limpio. Le agradaba mucho. Las paredes estaban cubiertas por posters de viejos artistas. Le gustaba uno en particular, mostraban a The Beatles en pleno, gozando de la fama obtenida.
- ¿No sabes si Martha vendrá hoy? – preguntó a Brian, añorando la compañía de alguien para conversar. Martha era maestra de kínder, tenía toda su vida en Lovell. La había conocido al ella irle a comprar lirios para los floreros de su casa. Afortunadamente, congeniaron bien. Es típico hacer buenas migas con quien se tiene ciertas similitudes; Martha tenía su misma edad, y estaba divorciada.
- Pasó temprano a dejarle uno de sus pasteles al viejo – señaló a Tito. – Como si aún pudiese morder algo. – Un par de nuevos clientes se sentaron a tres puesto de Ginny. Brian se giró a atenderlos. ¿Cómo haría el pobre chico cuando el bar se llenaba hasta las metras?
- ¿Ocupado? – el banquillo de su derecha sonó al ser arrastrado a un lado. Era incuestionable el estado de ebriedad del sujeto. ¿Cómo era que se llamaba? ¡Calvin! Sí, un cincuentón que empinaba el codo con demasiada frecuencia y a cualquier hora del día. Nunca daba problemas, según Brian, y Ginny esperaba que en esa noche fuese exactamente igual.
El hombre, expidiendo su alcoholizado aliento en demasía, apoyó un codo sobre la barra, rozándole el brazo que antes sostenía su cerveza.
- Ocupado – profirió ella. Su voz serie le daba énfasis a su mentirilla.
- Mentirosa, mentirosa… - se tambaleó. En caso del hombre querer propasarse, con un par de empujones bastaría. – Te vi llegar sola y…
- Ocupado.
- Mentirosa, mentirosa…
- Ocupado – Ginny sonrió. Los ojos del hombre se abrieron de par en par pese a su estado semiinconsciente. Calvin enfocó la mirada en Harry y, chasqueando la lengua, se fue tambaleando a su mesa.
- Gracias – lo miró sentarse. - ¡Qué mala costumbre la de ese!
- Es difícil quitar las malas mañas, menos cuando se está ya envejeciendo. – Ella asintió, lanzándole una señal a Brian.
- ¿Qué quieres tomar? Yo invito.
- No bebo. Solo… - Brian llegó hasta ellos. – Agua mineral, por favor.
- ¡Vamos, Harry! Mira que no suelo invitar a beber algo a mis empleados. Sólo…
- Agua, por favor – insistió. Ginevra se alzó de hombros, observando al veinteañero.
- Lo que él quiera – habló, preguntándose si en alguna etapa de su vida Harry Potter fue un alcohólico y si aún luchaba contra eso.
Sí, otra interrogante.
- ¿Y eso que decidiste honrarme con tu presencia a la final? – él rió, aceptando el vaso de agua que el barman le tendió.
- Gracias. Y bien… ¿no agradeces que yo entrara? Podías, en estos momentos, estar desmayada gracias al aliento de Calvin.
- Me las iba a arreglar.
- Seguro – bebió un sorbo de agua. Ginny le dio una palmada en el hombro antes de aferrar su cerveza.
Quería la compañía de algún ser viviente que fuese tan parloteador como ella. Y ahí estaba, compartiendo con su empleado que era, a sus ojos, el ser más retraído del universo.
Sin mentira alguna, pasaron diez minutos sin decirse palabra. Ginny pidió otra cerveza y, pasados otros cinco minutos, estalló.
- ¡Por Dios, Harry! ¡Me sofocas con tanto! ¡Quedaré sorda de tanto escucharte!
- ¿Qué? – él la miró, tardando un poco en captar el sarcasmo. – Oh, yo… - Ginny apoyó un codo sobre la barra, observándolo.
- Cuéntame algo – podía hacerle cuantas preguntas se habían cruzado por su mente desde que lo conoció. Pero, ¿cómo asegurarse de no estar pisando terreno peligroso? Todas sus interrogantes eran, en cierta mesura, muy personales. Así que, para mejores resultados, aguardaba a que él le confiara lo que deseara.
- ¿Qué te puedo contar?
- Lo que tú quieres.
- Yo… – miró su vaso, ya completamente vacío. – Bien…
- Dime.
- Hay un hombre que vive en Londres…
- Ok…
- Y es un completo chiflado – calló. Ginny aguardó a ver si añadía algo más.
- Y bien… - enarcó una ceja.
- Es mi padrino.
- Oh – casi aplaude ante esa revelación. Poco a poco se abriría la coraza. – ¿Cómo se llama?
- Sirius… Sirius Black.
- ¡Qué apellido!
- Le queda.
- ¿Está chiflado?
- Como no tienes idea – repentinamente, rió, recordando alguna experiencia vivida con su padrino. – Como no tienes idea – repitió, para placer de Ginny, aún sonriendo.
- ¿Hace mucho que no lo ves?
- Desde que me mudé al este de Maine, hace un par de años.
- ¿No lo invitarás a verte aquí?
- Viene cuando le entra la gana, sin avisar. En un descarado.
- Está chiflado.
- Sí – ella volvió a deleitarse con su risa.
- Yo tengo una amiga chiflada.
- ¿En qué sentido?
- Está loca. Se llama Luna, un nombre perfecto para ella ya que, literalmente, le pegó la Luna al apenas nacer. Es muy peculiar, pero es una mujer maravillosa.
- Siempre nombras a… - trató de recordar – Hermione. Hablas mucho con ella por teléfono.
- Y con mi hermano Ron, sí – tomó su cerveza y dio un traguito. – Quizá los conozcas pronto, espero vengan a finales de mes.
- ¿Extrañas Londres?
- Más que a Londres, los extraño a ellos, a mis hermanos y sobrinos.
- ¿Son muy unidos ustedes siete?
- Yo, con algunos más que otros. Mira… - del bolsillo de sus shorts, sacó el celular. – Esta foto… – le enseñó la pantalla. Harry se inclinó un poco sobre ella para poder ver mejor. – Estamos los siete en pleno, ¿vez? La tomamos en mi despedida, cuando me mudé a Nueva York.
- ¿Hace cuanto de eso?
- Casi año y medio, ¿no te lo dije una vez? – lo miró. - ¡Hey! Te he dicho casi toda una biografía de mi vida.
- Tú lo has dicho, casi. Aún tienes para contar.
- ¿No te cansas de escucharme hablar?
- En lo absoluto – le sonrió, sin ser del todo consiente de la sinceridad de sus palabras.
- Ok, yo sí me canso de hablar. Blablablablabla…
- No pareciera – se ganó otra palmada en el hombro. - ¡Cotorra y golpeadora!
- No abuses, Potter – le señaló, entrecerrando los ojos. – Mira que soy tu jefa.
- Ya.
- Sí – otro sorbo a la cerveza, se le estaba calentando muy rápido. – Volviendo al punto en el que estábamos… – movió una mano hacia él – la ruleta se detiene nuevamente en ti, ¡cuéntame! – guardó su celular.
- Pues… - se removió sobre el banquillo. – Teníamos una tienda de libros y otros artículos de oficina.
- ¿En el este? – él asintió con la cabeza. Ginny estaba atenta, guardó en su mente el verbo teníamos.
- Empezando este año la vendí, junto con el apartamento. Y bien… aquí estoy.
Era un mísero resumen de acontecimientos importantes. Cosas que lo marcaron; el desprendimiento de su propio negocio, de su casa… no era tan simple como lo hacía sonar. Al menos, así pensaba Ginny.
Y esa manía de hablar en plural, marcando la presencia de una segunda persona que lo acompañaba en antigua vida, y que ya no estaba.
- Harry… – su teléfono sonó. Eran habituales las llamadas desde Londres cuando estaba entrando la noche en Estados Unidos, todo por la diferencia de horario. – Aguarda – sacó el celular una vez más. – ¿Diga? Dean… – bufó. Debía agendar su maldito número nuevo, para cortarlo de plano sin atender siquiera. – Espera… no se escucha bien, la señal es… – colgó.
- ¿Quién es Dean? Te alteras mucho cuando te llama.
- Nadie de mucha importancia – en una de sus tantas chácharas le había soltado que era divorciada. Harry debía suponer que el señor Dean Thomas no podría ser otro sino su querido ex esposo. – Y bueno – miró el vaso. – ¿Seguro no quieres una? – agitó la lata.
- No creo…
- Vendrá con una buena historia – sonrió. – ¡Vamos! ¿Acaso eras alcohólico? – interrogó de una, aclarando una de sus tantas preguntas.
- ¡Claro que no!
- Pues bien.
- Ginny…
- ¡Brian! – el chico llegó a paso veloz al estar cerca de ellos. El lugar empezaba a llenarse con el pasar del tiempo. – Dos, por favor – mostró dos dedos de una de sus manos y señaló la lata de Guinness. El barman no tardó en cumplir el pedido. – De acuerdo… una historia – abrió su cerveza. Harry, medio bufando, la imitó. – Esta me la contó mi madre en determinado momento de mi vida, era una de sus favoritas. – se acomodó en el banquillo para estar frente a él. Harry, al quedarse en su posición, solo le mostraba el perfil. – Había una vez un pajarito pequeño que volaba hacia el sur huyendo del invierno. Hacia tanto frío pero tanto frío que se congeló y se cayó sobre las hierbas de una inmensa pradera. Mientras estaba ahí tirado, tieso como bloque de hielo, pasó una vaca, ¡y le cagó encima! – sonrió al escucharlo reír sin previo aviso. – Mientras el pajarito descansaba en el montón de mierda, notó que ahí estaba calentito. El estiércol realmente estaba reanimándolo y descongelando a su cuerpito, así que ahí se quedó, calentito y feliz, y pronto empezó a cantar – se acomodó a un lado un mechón de pelo que le molestaba en los ojos, después continuó. – Un gato que pasaba lo escuchó y se acercó a investigar. Siguiendo el sonidito alegre, el gato descubrió al pajarito bajo la pila de mierda, y rápidamente lo sacó de ahí. Acto seguido, se lo comió. – Harry rió otro poco, animándola. – ¿Moraleja? – él se alzó de hombros, volteando la cara para poder mirarla. – Quien te llena de mierda no siempre es tu enemigo, y quien te saca de ella no es siempre tu amigo.
- Ciertamente.
- ¿Qué te pareció? ¿No es reanimante?
- No si piensas en el pobre pajarito… y en el montón de mierda.
- No te quedes solo con eso. ¡La enseñanza! – tomó su lata. – Por quienes nos llenan de mierda – alzó la cerveza, Harry hizo lo propio con la suya.
- Por quienes nos llenan de mierda – chocaron y bebieron. Los minutos siguientes consistieron en solo eso, beber de a grandes sorbos.
Ginny delineaba el perfil de Harry, percatándose de las hebras grises a los costados. ¿Sería un hombre ya completamente canoso a los cincuenta años? Había quienes perdían el color de su pelo desde temprano; ella misma, con su larga cabellera roja, ocultaba uno que otro mechón blanco. Y bien, los treinta y seis años traían consigo lo suyo.
Volvió a Harry, a sus mechoncitos blancos, y se lo imaginó tan guapo como Richard Gere. Notaba su nariz un poquito torcida, quizá por un mal golpe, o tenía el tabique desviado.
- ¿Vas a querer otra? – él la miró, dejando que bosquejara el contorno de sus ojos verde esmeralda. El verde esmeralda era más bonito que el verde olivo, en definitiva.
- No, ¿y tú?
- Con una es más que suficiente – dejó la lata a un lado.
- ¿Listo para irte? ¡Mañana hay trabajo! – llamó a Brian para pagar la cuenta. El lugar estaba más caliente que cuando llegó, las personas conversaban estruendosamente desde sus mesas y la barra estaba totalmente ocupada.
Brian llegó dando tumbos con su bandeja. El pobre necesitaba de un ayudante.
- Gracias, Brian.
- Siempre a la orden – regresó a atender a un par de hombres campiranos.
- ¡Adiós, Tito! – bramó la pelirroja. El anciano alzó uno de sus escuálidos brazos para despedirse de ambos. - ¡Pobre hombre! ´
- ¿Tito? Ha tenido una larga vida – Harry le abrió la puerta del bar.
- ¡Tito no! Brian. ¿Cómo puede atender esto solo?
Subieron al sedan e inmediatamente prendieron el aire acondicionado.
- Gracias por haberme acompañado, Harry. Todo agradable, ¿verdad?
- Sí – giró medio cuerpo sobre el asiento, asegurándose de no golpear a ningún peatón u otro auto conforme salía del puesto de estacionamiento. – Lo mejor, fue tu inspirador cuento. ¿Cómo se llama?
- El pájaro y la mierda – otra carcajada, cortesía de Harry Potter.
- ¡Claro! ¿De qué otra forma iba a ser?
Cogieron camino a casa. El trayecto se les hizo más corto de lo normal, y eso que ninguno conversaba sobre nada en particular.
La mujer miraba, más inquisidora que antes, la fotografía de la joven.
- Estaciona de una vez en tu casa – dijo Ginny. Harry obedeció. – Gracias, otra vez. ¡Podemos repetirlo de vez en cuando! – salieron del coche.
- Quizá – sacó las llaves de su puerta principal.
Por alguna desconocida razón, Ginny aún no quería despedirse.
- ¿Quieres cenar, Harry? tengo masa fácil para hacer un par de pizzas – señaló su casita.
Sorprendió al hombre, fue claro su asombro cuando la miró. El brillo de la bombilla que estaba en el poste de luz se reflejaba en los cristales de sus lentes. Sin embargo, pudo notar la extrañeza en sus ojos ante aquella invitación que bien, salió sin ella pensarla mucho.
- Gracias… pero no. Me siento cansado, así que…
- De acuerdo – habló rápidamente, un tanto arrepentida ante su repentina muestra de confianza que iba más allá de una lata de cerveza, o de un simple sándwich de atún. – Será mejor descansar, sí. ¡Hasta mañana! – cruzó su jardín y caminó hacia casa. – ¡Qué duermas bien! – bramó ya desde su pórtico. Harry se mantenía plantado en los escalones de su porche.
- ¡Igualmente! - respondió, antes de perderla de vista.
El hombre pensó en lo singular que se le hacía la compañía de esa mujer. Entrando a casa, repasó un poco el tiempo en la taberna. Fue todo muy simple y entretenido, pese a sus escasos deseos de abrir la boca y conversar, como era casi siempre.
- El pájaro y la mierda – sonrió. Se quitó los zapatos y subió descalzo las escaleras hasta su habitación, ya no pensando en el desafortunado pajarito, sino más bien preguntándose cuando Ginevra Weasley volvería a invitarlo a cenar, y cuando estaría él listo y dispuesto para aceptar.
Aclaro que el cuento La mierda y el pajarito no es mío. Desconozco al autor.
Los capítulos se centran en Ginny, la mayor parte, y culmino con pocos pensamientos de Harry. Sí. Ya desde el próximo iremos descubriendo las emociones del hombre.
Espero no aburrirlos. Todos mis fic inician con un Harry ya enamorado de Ginny, o viceversa. Es la primera vez que saco una historia de ellos, con el amor partiendo desde cero.
¿Algún comentario?
¡Gracias por leer!
