En una fría y húmeda tarde
en una habitación llena de vacío.
Cerca de una vía libre
confieso que estaba perdido en las páginas
de un libro lleno de muerte.

En tu casa quiero estar
habitación por habitación
pacientemente
Esperaré por ti ahí
como una piedra
Esperaré por ti ahí
solo...

Se sentó en la cama. Espejo en mano y un estúpido antifaz en la otra. Era una suerte que ese día decidieran llevar esas cosas en el rostro o estaría en un grave problema... quizás utilizando maquillaje.

Se quedó quieto por un instante, recordando. Era difícil olvidar lo que había sucedido hacia dos días después de volver a Le Rouge.

"¿Sabes algo, Ciel?" La mano me está picando por darte de bofetadas." Le dijo Brian al momento de verlo. "Esta vez si nos vamos a asegurar que no te vuelvas a escapar. ¿Me escuchaste?" El hombre tomo al ojiazul por un brazo y le lanzo al suelo. Dos de los guardias del lugar le sujetaron y Brian, su cabello canoso y sus manos fuertes, aprovecharon para darle un puñetazo en el ojo y tantas bofetadas que la cara le ardía.

"Acuéstenlo en el suelo." Ordenó. Sus ayudantes obedecieron de inmediato. "Pero lo quiero desnudo. Quiero apreciar como marco ese cuerpecito."

"Los clientes podrían quejarse." Dijo uno de los guardias, mientras el otro le ponía de pie, arrancando su ropa sin ningún cuidado. Ciel le miro con odio y cruzo los brazos. "Para lo que me importa." Respondió Brian.

"¿Vas a quedarte callado?" Pregunto el que lo desvestía riendo con sorna. "¿No sabes lo que Brian va a hacerte?"

El ojiazul no respondió. Solo se les quedo viendo y profirió un leve gemido cuando fue empujado en sus rodillas y luego boca abajo sobre el suelo. Se quedó mirando a los pies de Brian. Sus zapatos estaban polvosos... Tenía que distraer la mente... "¡Ah!" Gimió al primer golpe. El hombre se había quitado el cinturón y estaba golpeandolo con la hebilla de este. "¡Ah!" Tenía que pensar en otra cosa. "Sebastián..." Murmuró en voz muy baja. Sin importar lo mal que le había tratado el moreno no podía dejar de pensar en él. Mentalmente se preguntaba quién tendría que ser para que el mayor no se hubiera burlado de él, para que en el momento en que escapó con él no huyese sino que le fuera a encerrar a ese terrible lugar.

La espalda le ardía cuando se puso de pie. Los hombres se alejaron riendo y él se quedó levantando la ropa del suelo. - Ciel... ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil contigo?

Ciel jamás le respondía pero no pudo contener las palabras ni un minuto más. Se giró y le dio una sonrisa ladeada. El ojo le punzaba y la espalda le dolía pero ya nada le importaba. - Porque contrario a ti, yo no voy a conformarme nunca con vivir en un mundo lleno de porquería.

-Quizás esta sea una de porquería como dices pero, ahora tú eres parte de ella, Ciel. - Se acercó al menor y sujetó su rostro con una mano, hundiendo sus uñas en las mejillas del ojiazul. - ¿O es qué acaso crees que tus padres vendrán desde el otro mundo para ayudarte?

-Voy a salir de acá... Eso puedo jurártelo. - Masculló. Los golpes parecían haberle recordado que debía mantener la dignidad y no llorar por cada cosa que le sucedía. Se zafó del agarre de la pelirroja y se marchó a su habitación.

Sin embargo, ahora que recordaba eso se daba cuenta también que ya dos días habian pasado y el continuaba igual. Hoy estaba dispuesto a mejorar un poco las cosas para él.

Existía una manera de mejorar en Le Rouge. Ser uno de ellos.

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Las horas pasaron y Ciel se preparó para esa noche. Sebastián por su parte, decidió que no se quedaría una noche mas lamentándose, que en esta ocasión tampoco mentiría... al menos no en la proporción acostumbrada.

"Gen... Voy a ir con los chicos a un club."

"¿Qué? ¿Y lo dices así en esa forma?" Respondió ella molesta

"No lo puedo evitar. En verdad quiero ir con ellos. Si no te parece pues la verdad no me importa." Y colgó. Nunca antes le hablo así, pero hoy sentía que su persona explotaría si no iba a ese maldito bar y buscaba a Ciel.

En el camino se detuvo frente a una tienda. Se puso el saco para bajar del auto porque el aire gélido estaba soplando con todas sus fuerzas. Acomodó las solapas debajo del cuello de la camisa y se dedicó un momento a observar su aspecto en el espejo retrovisor del vehículo. Quería verse bien para él... aunque en su interior luchara por no aceptarlo.

Caminó hasta la pequena tienda, compró la caja de chocolates mas elegante que vio y se la llevó muy bien empacada de regreso al auto. Esta mañana se había dedicado a investigar cosas sobre Ciel. No era posible que él no tuviese informacion del menor y su pasado. Era algo que tenía que saber.

Y era muy interesante lo que había descubierto.

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A eso de las ocho de la noche cruzó las puertas del sitio que siempre estaba iluminado en tonos rojos. No cabía duda que su dueña amaba ese color. De hecho, se detuvo un par de veces para ver si la mujer estaba en la recepción pero, esta vez no era ella quien estaba.

Sebastián sonrió. Estaba agradecido con el destino por ese momento de buena suerte. Avanzó hasta el mostrador. La chica de cabellos negros y mechones rosas dejó lo que escribía para subir la vista hacia él. - Buenas noches, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

-Buenas noches. Quisiera la habitacion siete y... - Se acercó mas a la chica para no tener que decirlo en voz alta. - A Ciel.

-Ahh... Lo tengo. - Dijo ella devolviéndole en una sonrisa. - Ahora mismo le diré. Solo que va a demorarse unos minutos porque él está haciendo un baile para los del segundo nivel.

-¿Un baile? - Preguntó el moreno sorprendido. De lo que había visto de Ciel no era alguien a quien le gustase bailar. - ¿Puedo verlo?

-Claro. Solo suba las escaleras del fondo. - Respondió, señalándole hacia el interior del lugar.

Sebastián le sonrió y de inmediato se lanzó hacia la dirección que la chica había apuntado. En sus visitas anteriores ni siquiera habia notado la presencia de un segundo nivel.

El lugar era diferente del primer nivel. Aquí no habían mesas. Únicamente una especie de mesa redonda que servía a las strippers como escenario. Hoy no era una chica la atracción, sino el ojiazul con un antifaz dorado sonriendo picarescamente mientras se quitaba la camisa y bailaba ligeramente, moviéndose sensual. Comenzó a bajar el cierre de sus pantalones y a mover las caderas ligeramente.

Algunas chicas entre los espectadores gritaban de emocion porque les parecía tierno y hasta atractivo. No obstante, los hombres, aunque callados en su mayoría, miraban al ojiazul con ojos de lujuria. Y Sebastián no se los reprochaba pues incluso el podía sentir como su cuerpo cambiaba su temperatura conforme lo veía moverse, recordar que con él Ciel gemía como loco... Poco importaba si eso era falso.

En cuanto vio que Ciel dejó de bailar, se marchó de inmediato hacia la habitación. Si le veía ahí era posible que no quisiera entrar con él y acabaría perdiendo la oportunidad de hablarle.

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Bajó del segundo nivel con los bolsillos llenos de billetes de diferentes denominaciones y Lorena se acercó para hablarle y mencionarle sobre el cliente que le esperaba en la habitacion siete. El ojiazul profirió un suspiro. - ¿Te ha dado su nombre?

-No. - Respondió la chica, pensándolo un instante. - Bueno, no te mentire. No se lo he preguntado. - Se encogió de hombros.

-Está bien. No importa. Igual... debo atenderle. - Añadió cansinamente y se dirigió hacia la mencionada habitación.

Recorrió el pasillo tapizado de una alfombra de rombos y llegó a su destino. Llamó a la puerta dos veces para avisar su llegada pero, nadie le respondió ni le invitó a entrar. Aquello le pareció un tanto extraño, aún así giró la perilla y abrió.

Miró en el interior de la habitación. Nadie.

-¿Hola? - Dijo el menor, entrando y cerrando la puerta tras de él.

-Soy yo, Ciel. - Dijo la voz aterciopelada del moreno detrás suyo.

El ojiazul se giró de inmediato y le miró con reproche. - Tú. - Musitó solamente pero, en su rostro se notaba que tenía muchas más cosas qué decir. - ¿Qué buscas acá?

-Ciel... - No sabía por dónde comenzar. - Sé que lo que hice fue terrible y no tengo manera de pedirte perdón.

-No veo porque tendrías que pedirle perdón a alguien como yo. Soy solo un servidor sexual después de todo... Una puta como dicen muchos. ¿Por qué tendrías que disculparte con alguien como yo?

-Porque... aunque no quiera aceptarlo... No consigo verte como alguien con quien solo tengo que divertirme. - Musitó, bajando la mirada a la caja que llevaba en las manos. - De hecho, he querido traerte esto. - Extendió la caja al menor.

Ciel la miró, tentado de cogerla pero de inmediato abandonó la idea. - No... No la quiero.

-¿Por qué? Es una caja de los chocolates más finos de Nueva York.

-Lo sé. Pero no la quiero. - Susurró.

-Estoy seguro que comías muchos de estos en las fiestas que daban tus padres. - Dijo al ver que el ojiazul le daba neuvamente la espalda y caminaba hasta la cama. - Vamos, prueba uno. Sino quieres hacerlo como mi...

-¿Tu qué, Sebastián? - Pregunto sin moverse, sintiendo que su voluntad podía doblegarse ante él si decía lo que esperaba.

-Mi amante... - Finalizó. – O por lo menos considérame tu cliente.

El menor regresó en sus pasos y fue hasta la caja. - ¿Desea que pruebe un sabor en especial, señor Michaelis o puede ser cualquiera?

-No me hables así. - Susurró, acariciando el rostro del menor con una mano y apoyándose en una de sus rodillas, mientras sostenia la caja abierta para Ciel en la otra mano. - Perdóname. Haré lo que sea para que me perdones.

El ojiazul le miró a los ojos, al tiempo que tomaba un chocolate de la caja y lo mordía. Mil imagenes llegaban a su mente en ese momento. Sus padres, felices... bailando... Si tan solo no hubieran muerto. Él... riendo, cosa que ya olvidaba como hacer. - ¿Cualquier cosa? - Preguntó.

-Lo que sea.

-No vuelvas a tocarme. - Susurró, cepillando su rostro por un instante contra la palma del moreno para luego alejarse. - No vuelvas a sentir mi piel contra tus manos.

Sebastián cerró la mano en puño al verlo alejarse y le miró con tristeza. - ¿No quieres que vuelva a estar contigo entonces?

-No me refiero a eso. Puedes estar conmigo cuanto quieras pero, cada vez que lo estés... - Se dirigió a una gaveta de una mesita de noche y saco un par de guantes blancos. - Deberás utilizar esto. - Puntualizó, caminando hacia él y poniéndolos en su palma. - Nunca más vas a tocar mi piel nuevamente.

-Ciel... yo se que estás molesto conmigo pero... ¿tienes que ser tan cruel? - Dijo Sebastián, poniéndose de pie mientras aprisionaba los guantes dentro de su puño.

-¿Te parece cruel? - Tomó el antifaz con ambas manos y lo retiró de su rostro. - Esto es un poco mas cruel, ¿no crees? - El moreno se quedó inmóvil al ver el cardenal en el ojo de Ciel. Estaba completamente morado e hinchado. - Lo que me hicieron por tu causa...

-Yo no creí que llegarian a tanto. - Musitó, acercándose para observar la marca de cerca. Sin embargo, cuando acercó su mano al rostro del menor nuevamente, este le evitó automaticamente.

-No tienes los guantes. - Fue todo lo que dijo. – El problema es que tú nunca crees y, ¡vienes acá y haces lo que quieres conmigo creyendo que todo es como tú lo crees!

Sebastian suspiró, quizás de molestia o solo porque sabía que no le quedaba otra opción. Tomó los guantes y se los puso. - ¿Mejor? - Dijo mientras acariciaba suavemente el rostro del menor. Posiblemente no se había dado cuenta de la verdad pero, en ese momento se sintió realmente triste. No volvería a sentir la suavidad y el calor de la piel de Ciel.

-Sí. - Murmuró el ojiazul.

-Si no puedo tocarte, ¿podría al menos besarte? - Preguntó, sosteniendo la mano bajo el mentón de su acompañante y acercando sus labios a los de contrario.

Ciel cerró los ojos. Un leve calor que comenzó por su espalda e invadió todo su cuerpo se cernía. No importaba que sucediera. Nadie tenía el poder que Sebastian tenía sobre él y... ni siquiera había tocado sus labios aún. - Puedes. No soy quien para negarle sus derechos a un cliente.

Sebastián enredo sus brazos alrededor de la cintura del ojiazul y le besó profundamente. El menor correspondió, inhalando el aroma del perfume del moreno. - Hueles muy bien. - Susurró contra los labios de éste.

-Me he arreglado para ti. - Respondió, sonriendo picarescamente.

El menor no se inmutó. Por el contrario, le dedicó una media sonrisa y luego se alejó de él unos pasos, se dio la vuelta y comenzó a desvestirse. - ¿Y puedes arreglarme a mi? - Preguntó, descubriendo las marcas que aún estaban en su espalda.

El moreno sintió un gran dolor. Él no creía en el alma ni nada de eso, pero por primera vez creía que el dolor que experimentaba no podía provenir de algo diferente. - Voy a curar a cada una de ellas. - Respondió, colocando sus manos a los lados de la cintura y besando suavemente la que tenía en el hombro para luego moverse hacia abajo lentamente y continuar el camino de besos.

Ciel cerro los ojos, maldiciendose mentalmente por no poder dejar de sentir placer bajo esos labios. Llevó las manos a su pecho, quizás con la certeza que tendría la voluntad suficiente de quitar las manos de Sebastián pero, no lo logró.

Sebastián llevó una mano en medio de sus piernas, acariciando por debajo de la tela y por encima de los pantalones del ojiazul ese bulto que no podía ocultarse por mas tiempo. - Quiero hacértelo. - Fue todo lo que murmuro el moreno antes de empujarle a la cama. – Me voy a morir de dolor por no poder tocarte como quiero pero, prefiero esto a nada porque… siento que ya no puedo continuar sin ti.

Y Ciel pensaba "yo tampoco" pero, mantuvo los labios cerrados, simplemente dejándose llevar por el mayor.

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Ambos yacían desnudos sobre la cama. Ciel sacó un chocolate de la caja y Sebastián miraba hacia el techo con los guantes todavía puestos. - Así que investigaste sobre mis padres. - Musitó el menor, observando el dulce antes de morderlo.

-Un poco. Ciel no es un nombre común. - Dijo, girando el rostro levemente y sonriéndole. - Tu nombre es Ciel Phantomhive. Tus padres y tu aparecían en las revistas de sociedad muy seguido.

-Así es. Sin embargo, ahí no aparece que mi padre murió porque era un adicto al juego. Alguien arruinó el auto y... - Suspiró. - Yo no estaba ahí ese dia. Me dejaron en casa porque estaba enfermo del asma.

-Es una suerte que no fueras en ese auto. - Musitó el mayor, robándole la mitad del chocolate que tenía el menor en la mano y comiéndolo el.

-¿Es una suerte, en verdad? - Se quedó mirando hacia el techo. - Yo creo que hubiese sido mucho mejor mi destino si hubiera muerto ese día. Yo tenía que morir ese dia... No ellos. Ellos eran las únicas personas que me amaban.

-Te equivocas. - Susurró el moreno contra su oído. - Yo... siento algo muy especial por ti.

Ciel se giró y le regaló una sonrisa ladeada. - No trates de engañarme. Cuando quieres a alguien no le encierras en un hospital mental y luego lo regresas a quien lo esclaviza. - Se dio vuelta en la cama y le dio la espalda. - ¿Quieres explicármelo? - No quería ver su cara. Era obvio que le mentiría.

-Celos... Rabia... Me fastidió profundamente el verte diciéndole a James Parker que era tu amor... que te encendía por dentro... - Masculló.

-Yo jamás dije eso a Parker. - Respondió el menor justo antes de recordar que su tía le habia drogado esa noche. - No he sido yo. Mi tía me ha drogado. Yo creí... creí que eras tú.

El moreno se sentó en la cama, buscando su rostro. - ¿En verdad? - Su corazón latió más deprisa y se inclinó en la cama para besarle. - Ciel... yo... – Se mordió el labio inferior. – No sé qué decirte… Me siento tan feliz contigo que… a veces creo que podría hacer muchas cosas que no debo solo para estar contigo.

Y en ese momento el móvil de Sebastián comenzó a timbrar.