How can u luv me (when you don't like me)

Cómo puedes quererme (si te desagrado)


Disclaimer: Haikyuu no me pertenece

Tags adicionales: #KuroTsuki #minor!TsukiKuni #minor!YamaYachi #TsukiYama!Friendship
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[7]


Mientras viaja en metro Tsukishima repasa su día. Un hombre murió en la ambulancia camino al hospital. Aún estaba caliente cuando Tsukishima le buscó el pulso. Intentó reanimarlo sin esperanza de que aconteciera un milagro como el de seguir el protocolo establecido para dichos casos. Pasó la mano sobre los párpados del hombre para sellarle la vista y dictó la hora de muerte. Dejó a una enfermera que se siguiera ocupando del cadáver. Arrojó sus guantes de látex en un tacho de la basura y se colocó otros nuevos. Visitó el pabellón de oncología. Supervisó ciertas transfusiones. Preparó anestesias. Se entrevistó con un paciente que sería operado. Almorzó. Se miró las uñas. Acudió a pabellón. Más anestesia. Tuvo un conflicto menor con un técnico. Otro código azul. Más anestesia. Un día normal.

Algo dentro de sí se agita; no quiere acostumbrarse a la muerte.

Algo dentro de sí se le ahoga; dónde acabó su sensibilidad.

Kunimi sufrió todas las residencias clínicas. Vomitaba, se irritaba, perdía la capacidad de hablar.

Tsukishima no sintió mayor aprehensión. Recuerda, en su primera semana, una enfermera le agarró del brazo y le pidió que le comunicara a un familiar que el paciente acababa de morir, que ella estaba muy atareada en ese momento para hacerlo. Le describió a la mujer a quien debía dar la noticia vagamente, y su nombre, y el nombre del paciente fallecido. Tsukishima entró al box de espera. «¿Es usted la señora H?», preguntó a la mujer que correspondía a la descripción, y tras que ella asintiera, simplemente le soltó un «su hijo no sobrevivió a la intervención». Olvidó decir que lo sentía. Olvidó ofrecerle alguna palabra de ánimo o aliento.

Luego la enfermera le preguntó qué tal le había ido. Tsukishima pudo notar una rara mezcla de inquietud y asombro en sus ojos.

—Te iba a decir que no tenías que tomarlo tan a pecho, pero ya veo que esa parte la tienes dominada. ¿Cómo reaccionó ella?

—Ya estaba llorando antes que se lo dijera.

La gente iba y venía; unos nacían y otros morían. Se abrían cuerpos, se suturaban heridas, se canalizaban venas, se instalaban catéteres, se interpretaban ecografías, se soportaban los olores, se contenía a los familiares, se aceptaban quejas, se aceptaban agradecimientos, y al final del día se quitaba el uniforme y el calzado y, si se acordaba, también comía.

—Cómo puedes hacerlo— preguntó Kunimi a Tsukishima varias veces. Muchas veces.

—No, cómo es que tú puedes. Si te afecta tanto, ¿no te dan ganas de renunciar?

—La parte clínica es solo un trámite para mis verdaderas intenciones.

Tsukishima no puede decir por qué no instó a Kunimi a que se explayase. No le interesaba mayormente lo que Kunimi quería o no en la vida.

Ahora que sabe que sigue un doctorado, empieza a comprender por donde corren las aspiraciones de Kunimi. Por vez primera hay curiosidad por saber algo más de su vida, pero ya es tarde.

Se apea del tren y se envuelve en la bufanda. Siente la necesidad de llegar pronto a casa y hablar con Yamaguchi. De lo que sea. Quiere contarle que Kunimi ha decidido seguir un doctorado y sale con un chico que quizá él (o ambos) conoce (conozcan). Quiere también decirle que Kuroo ha encontrado un trabajo en Sendai y que ambos se han estado viendo desde entonces. Quizá sea algo más serio que un mero «nos estamos viendo», y aunque siente una efervescencia en la boca del estómago de solo pensarlo, no puede decirlo de la boca hacia afuera. No de momento.

Quizá a Yamaguchi sí pueda decírselo.

Al abrir la puerta de casa encuentra unas botas de mujer en el gekan. Reconoce el abrigo de Yachi colgado en el perchero y luego otras prendas, de dama como de varón, regadas en el pasillo hasta la habitación de Yamaguchi. El gemido que atraviesa las paredes le obliga retroceder en sus pasos y alejarse a toda velocidad.

—Pero en qué estás pensando Yamaguchi—, deja ir Tsukishima a media voz, regresando solo para cerrar la puerta de entrada, que dejó abierta con su apuro.

Se veía venir, sin dudas.

Al llegar a la calle hace parar un taxi.

—Solo siga derecho —instruye al chofer.

A Kuroo le llega una llamada a las ocho y algo de la noche, cuando está en un bar junto a los colegas de su nuevo trabajo.

—¡Es Tsukki! —les dice a los colegas y enseña su teléfono. Aparece una foto reciente, de Tsukishima durmiendo sobre su somier, con las gafas puestas y la boca ligeramente entreabierta. Sus colegas dejan escapar un «awww». Todos brindan.

—¡Tsukki! —repite, esta vez a Tsukishima.

—Kuroo-san… ¿Dónde estás? ¿Es una disco?

—La música está algo fuerte, pero es un bar. Oye por qué no vienes —antes de escuchar la respuesta de Tsukishima, Kuroo aleja el teléfono y le pregunta a uno de sus colegas cuál es la dirección. Se la repite a Tsukishima y agrega—: Me gustan las olivas. ¿Te gustan las olivas?

—De qué hablas.

—Pedí ese cóctel, el de James Bond. Venía con una oliva. Yo no sabía que me gustaban las olivas.

Tsukishima no sabe si tiene humor suficiente como para aguantar a Kuroo con copas de más así que planea beber el doble que él.

A su cabeza acuden las pocas imágenes que encontró en su casa, y el gemido que le atravesó el hueso. Se siente repentinamente enfermo. Otra vez le tocará pasar por la tortura de Yamaguchi y Yachi-san. Tsukishima va a beber el triple. Va a borrarse del mapa.

Le repite al taxista la dirección que oyó de Kuroo.

Le cae bien Yachi-san, Yamaguchi es su mejor amigo, pero ellos dos saben mejor que nadie que no pueden funcionar juntos sin autodestruirse primero.

Se siente de amago. En su rol de amigo, piensa, debería apoyar más a Yamaguchi en lugar de lanzarse a criticarlo. «Quizá esta vez sí…», intenta convencerse; no sabe cómo concluir esa idea. Ojalá Yamaguchi sepa lo que está haciendo.

El bar resulta un espacio moderno, bullicioso, y hace calor. Es un tipo de bar que no se asemeja en nada al estilo de Kuroo y por un momento Tsukishima siente el deseo de dar media vuelta y correr lejos de aquel lugar, pero entonces escucha su nombre.

—¡Hey Tsukki!

Kuroo agita los brazos desde una mesa doble, hay otras cinco personas con él. Todos visten informales, con playeras con estampados de grupos de música y gafas sin aumento y sombreros panameños. Tsukishima cae en cuenta que no sabe demasiado del trabajo de Kuroo, pero apuesta a dos alternativas: (1) es un trabajo creativo; (2) la empresa trabaja bajo una filosofía liberal y ha desechado los formalismos.

—Este es mi Tsukki —hace las presentaciones Kuroo. Le sede su lugar a Tsukishima y acerca otra silla para él—. Perdón, Kei, su nombre es Kei.

—Tsukishima —corrige.

—No, verás, es que todos nos llamamos por el nombre de pila. Es un tema de confianza.

—¡CONFIANZA! —corean sus colegas y, como si se tratase de un juego de bebida, levantan sus jarras de cerveza, sus copas de Martini, o sus vasos de whisky, y beben gran parte del contenido, Kuroo incluido.

—Los demás son Hiro-kun, Taro-kun, Sora-chan, Satori-kun y Kaede-kun.

Los aludidos saludan a Tsukishima. Sora-chan es la única mujer. Hiro-kun parece ser el de más edad. El rostro de Satori-kun se le hace muy familiar, no sabe por qué.

—Está bien… —Tsukishima inclina la cabeza en señal de saludo—, pero sigue siendo «Tsukishima» en mi caso.

Kuroo ríe y sus colegas ríen con él. Por lo que puede ver Tsukishima, Kuroo ya les ha hablado de lo borde y cascarrabias que puede ser, y nadie parece muy sorprendido, o molesto. Es probable, piensa Tsukishima, que haya una fotografía suya en el escritorio de Kuroo, y que durante el almuerzo su nombre salga a relucir de un modo u otro. Los colegas de Kuroo lo tratan con mucha familiaridad, como si siempre se hubiesen conocido, pero Tsukishima no es capaz de hacer lo mismo, no es capaz de seguir sus temas de conversación, y salvo Sora-chan quien es la única chica, las voces se le confunden, y los sombreros panameños no ayudan en nada. Contesta las preguntas que le hacen con monosílabos, y a veces, logra juntar dos o tres palabras tras la mirada apremiante de Kuroo.

Tsukishima llama a una camarera y le pide una botella de sake. Se va a emborrachar con sake, lo ha decidido. La resaca del sake es, para él, la más llevadera.


N/A: gracias por leer

Publicado jueves 07 de Junio 2018 (UTM -4)