Primeras Veces

Tara vivía en pleno centro del Soho. Sé que aquella zona tenía fama por ser uno de los lugares de ambiente más famoso de Londres, pero no fue eso lo que me encontré. Esperaba algo más extravagante, algo propio de un desfile del orgullo gay. Por el contrario, me encontré un barrio no muy distinto al mio. Era muy animado y tenía mucho movimiento, pero nada más llamativo de lo que te encontrarías un día cualquiera en una calle cualquiera.

Finalmente llegué al piso donde vivía Tara. Era un bloque de tres pisos parecido al mio, pero la fachada, al igual que la del resto de edificios de la calle, era de colores llamativos. Esta en concreto era de un verde intenso. Al igual que yo, también vivía en la última planta, pero su casa distaba mucho de parecerse a la mía.

- Eres muy puntual.- me dijo con una sonrisa tras abrirme la puerta.

- Espero que el vino blanco vaya bien con la pasta.- dije enseñándole la botella que traía en la mano.- No estaba seguro de si iba a funcionar.

- Seguro que va bien.- dijo sonriendo mientras cogía la botella y me dejaba pasar.

Mi piso había aprovechado los techos altos para crear una segunda planta. Sin embargo, el de Tara no tenía esos techos, lo que hacía de su casa un espacio pequeño aunque acogedor. En poco más de 35 metros cuadrados, Tara había logrado crear un hogar de una manera armoniosa y acogedora. Junto a la entrada había algo parecido a una escalera que no parecía llevar a ninguna parte y cuyos peldaños estaban ocupados por macetas y marcos con fotos. Justo al lado, la puerta de lo que más tarde descubrí que era el cuarto de baño. Había aprovechado el espacio al máximo para colocar una ducha, un váter y un lavabo. A la derecha de la puerta de entrada había un gran armario empotrado y, poco después de que acabara este, estaba la cocina, equipada con todo lo imprescindible. En frente había una mesa con cuatro sillas y, de espaldas a estas, un sofá que servía de división entre la zona de cocina-comedor y el salón. Para terminar, en la pared opuesta a donde estaban las ventanas, había un hueco que posiblemente había pertenecido a un armario empotrado, pero que Tara había aprovechado para colocar una cama de matrimonio que encajaba a la perfección en el hueco. Un escritorio con un Mac junto a ese armario-cama completaban la casa.

- Bonita casa.- le dije mientras ella se acercaba a la cocina, donde había una olla con agua hirviendo. Levantó la tapa, echó un puñado de pasta y bajó el fuego.

- Me costó bastante tenerla lista.- comentó ella.- Hice muchas cosas por mi cuenta para ahorrar dinero y me leí un montón de revistas de interiores para conseguir convertir este sitio en un lugar habitable, pero el esfuerzo valió la pena. Además, era lo mejor que podía permitirme con el dinero que tenía.

- ¿No hubiese sido mejor ahorrar algo más y buscar una casa mejor?

Por primera vez desde que la conocí, su rostro se ensombreció y eso solo logró que me sintiera mal conmigo mismo por hacer una pregunta que había logrado entristecerla.

- Lo siento.- me disculpé rápidamente.- No debí...

- No, no pasa nada.- me interrumpió ella rápidamente.- Lo que pasó entonces ya no importa. Siempre he sabido que acabaría viviendo en Londres. Aquello solo fue lo que me lanzó a hacerlo de manera definitiva.

- ¿Estaría mal si digo que me alegro por ello?- Tara frunció el ceño, a lo que yo sonreí, intentando hacerle olvidad lo que quiera que fuese que la entristecía.- Bueno, sea lo que sea lo que sucedió, te trajo hasta Londres y eso me dio la oportunidad de conocerte.

Sonrió, y de repente fue como si toda la habitación se iluminase con su propia sonrisa. Eso solo hizo que mi sonrisa se volviera aun más amplia.

- Me gusta tu manera de verlo.

- Entonces deberías verlo así.

- Lo cual me recuerda que me debes una historia.- me dijo mientras se sentaba en la silla más cercana a la cocina.

- ¿Una historia?- pregunté sin recordar a qué se refería.

- Me ibas a contar que pasó durante el coma. Me dijiste que era un caso bastante extraño y me dejaste intrigada.

- No se si es buena idea que te lo cuente. Puedes acabar huyendo de mi.

- Prometo no hacerlo.- respondió rápidamente muy seria y claramente intrigada.

- Más te vale, no sé como hacer la pasta.

- De acuerdo, empieza.

- Pues... ¿Conoces El Señor de los Anillos?- le pregunté mientras me sentaba en una silla junto a ella.

- ¿Que si lo conozco? Me encanta la obra de Tolkien. Me habré leído sus libros como mil veces.

- Entonces supongo que te sonará el personaje de Kili, el sobrino de Thorin.

- Sí, claro... Lo cual hace que me de cuenta que casi te llamas como uno de los enanos de El Hobbit.- comentó Tara sonriendo.- pero no entiendo qué tiene que ver todo esto con tu coma.

- Pues que durante el coma soñé que era Kili.

Tara se quedó mirándome fijamente durante unos segundos sin decir nada y, a cada segundo que pasaba, yo empezaba a sentirme más y más incómodo.

- ¿Cómo era?- preguntó finalmente.

- ¿Cómo era qué?

- ¿Cómo era todo?- volvió a preguntar emocionada.- He fantaseado muchas veces con los paisajes que Tolkien describía en sus libros, en como sería vivir una de esas aventuras y tú has vivido una de ellas... bueno, en realidad lo soñaste durante un coma.- añadió frunciendo el ceño.- Y siendo Kili, no creo que la cosa acabase bien, pero... Lo más parecido que he visto es la trilogía que hizo Peter Jackson.

- Bueno, puedo decirte que acertó bastante con el estilo, aunque claro, los lugares que vi en mi sueño no son los mismos que los que salen en la película, salvo por Rivendel.

- ¿Y cómo era?

- Enorme... y hermoso. No sé como lo habían hecho para construir un sitio así en una zona tan aparentemente inaccesible. Parte del edificio parecía estar sobre el agua, casi como si fuese un puente. Todo estaba siempre limpio, como si la suciedad misma se marchase del lugar y lo único que podía ocultar el suelo eran las hojas de los árboles. Algunos edificios parecían esconderse entre los árboles y los torreones sobresalían entre estos. Recuerdo que las vistas eran espectaculares, pero no creo que eso fuese lo que más te gustase a ti.

- ¿Y qué crees que hubiese sido lo que más me hubiese gustado?- preguntó con curiosidad.

- Las estrellas. No hay ningún lugar en toda la Tierra Media donde puedan verse las estrellas mejor que en Rivendel.- le dije sonriendo mientras ella me miraba fijamente, como intentando visualizar todo lo que le iba describiendo.- Era increíble, Tara. Se podían ver más estrellas en el cielo de las que jamás pensarías que podrías llegar a vislumbrar. Ni siquiera en los desfiladeros de las Tierras Brunas vi un cielo tan hermoso como en Rivendel.

- ¿También estuviste en las Tierras Brunas?- preguntó casi entusiasmada.

- Estuve en muchos sitios.- le dije sonriendo.

Algo tras ella llamó mi atención. Torcí el gesto y, sin apartar la vista de la cocina, dije.

- Está hirviendo.

- ¿Qué?- me preguntó extrañada.

- La pasta.

Tara se volvió para ver como la olla que había en el fuego empezaba a rebosar por el burbujeo del agua al hervir.

- ¡Oh! Mierda.- gritó mientras se acercaba rápidamente a la olla, le quitaba la tapa y apagaba el fuego.- Juraría que le había quitado la tapa.

- ¿Se ha quemado?- dije mientras le veía meter un cucharón de madera en la olla y sacó unos cuantos espaguetis. Con la punta de los dedos cogió uno solo y se lo comió.

- Parece que los has salvado a tiempo ¿Te importa ayudarme?

- Claro.- dije levantándome y acercándome a ella.- ¿Qué hago?

- Coge el colador que hay en el fregadero y sujétalo mientras echo los espaguetis.

Y eso hice: cogí el colador y lo sujeté mientras ella vertía la pasta en él y después la puso en una fuente blanca. Luego cogió un cazo que había tenido a fuego muy lento para que no perdiese calor y echó la salsa que había preparado sobre la pasta. Tras eso, la ayudé a preparar la mesa. Mi memoria muscular, nunca me cansaré de dar gracias porque algo así exista, me ayudó a descorchar la botella de vino mientras ella colocaba los platos y los cubiertos. Luego cogí dos copas de donde Tara me dijo que las guardaba y me senté, dispuesto a probar una nueva comida. Temí que pudiese no gustarme, por lo que me serví más bien poca cantidad de pasta, pero resultó que me gustó mucho más de lo que esperaba. No sabía cuanto se debía a que el plato en sí me gustase antes y cuanto a que fuera obra de Tara.

- Y dime, ¿qué más recuerdas de ese sueño que tuviste en el coma?- me preguntó de repente mientras comíamos.

- No esperaba que te fuese a interesar tanto.- le comenté algo sorprendido por su curiosidad.

- Ya te he dicho que soy fan de la obra de Tolkien. Sería fascinante para mi poder conocer ese mundo como tú.

- Sabes que ese mundo no existe, ¿no? Todo es el resultado de la imaginación de un escritor y de un sueño que tuve.

- Sí, lo sé, pero... Esos libros me han hecho compañía durante muchos momentos en mi vida. He fantaseado con ese mundo muchas veces. Cuando tenía diez años, jugaba en el jardín de la casa donde vivía con un arco y flechas sin punta. Me escondía entre los árboles y fingía que era una elfa cazando orcos y cosas así. Simplemente me hubiese gustado ver lo mismo que tú, aunque fuese en sueños.

- Creo que hubieses sido una magnifica elfa.- le dije sonriendo.

- Viste alguno en tu sueño.

- Bastantes. Conocí a Elrond, a Thranduil y a Legolas.- le comenté, omitiendo intencionadamente a Tauriel. Después de todo, la elfa era un producto de mi imaginación... demasiado parecido a ella, sí, pero de mi imaginación.

- ¿A Legolas?- preguntó sorprendida.- Él no aparece en el Hobbit.

- Pero si en mi sueño ¿No te parece lógico que aparezca siendo el hijo de Thranduil y estando en su reino?

- Nunca se me había ocurrido.

- Algo me dice que te gustan más los elfos que los enanos.- le comenté sonriendo.

- Es cierto que es mi raza favorita de la Tierra Media, pero también me gustan los enanos y los hobbits.
- ¿Y los orcos?- pregunté bromeando, a lo que ella torció el gesto.

- No, esos no. Demasiado repugnantes.

- Sobre todo de cerca. Hasta su aliento es asqueroso.

- Supongo que también vistes orcos.

- Demasiados. Uno de ellos me mató.

Tara se quedó mirándome fijamente, con la boca entreabierta y el tenedor a medio camino del plato. Se llevó un rato así, como si no supiese que decir o que hacer. Finalmente, apoyó el tenedor en el plato y rompió su silencio.

- Casi había olvidado que Kili muere en el libro.- añadió mirándome con cierto deje de tristeza.

- Y fue bastante doloroso.

- Iba a decir que lo siento pero, ¿Realmente tengo que decir que siento que murieses en un sueño?- preguntó algo confundida.

- No sabría que decirte. Aunque sí te puedo decir algo. Las cicatrices que me quedaron de cuando me atracaron coinciden con las heridas de las dos flecha que me mataron.

- Eso es un poco extraño.

- Hay muchas cosas extrañas en todo esto. Para empezar, el hecho de que nunca me leí ningún libro de Tolkien antes del coma.

- Eso es imposible. A lo mejor no lo recuerdas.

- Mi hermano me lo ha confirmado y he mirado en mi casa por si encontraba el libro, pero nada.

- ¿Tú casa? Así que finalmente has vuelto.

- No tenía mucho sentido seguir viviendo con mi tío.- admití encogiéndome de hombros.

- ¿Y qué tal eso de estar de vuelta? ¿Has recordado algo nuevo?

- Que ya antes de perder la memoria tenía que ser un desastre cocinando. He tenido que limpiar toda la casa, incluso la nevera. Casi todo lo que había estaba caducado, y la mayoría era comida precocinada, de esa que solo tienes que meter en el microondas o en el horno.

- Eso suena muy típico de alguien soltero.

- Entonces, ¿sigue en pie lo del próximo día en mi casa?

- ¿Y con que me va a sorprender el chef?- preguntó con curiosidad

- Yo que tú, me contentaría con que fuese algo comestible.- le dije con una sonrisa.

- Y de postre, sal de fruta.- bromeó ella.

- No creo que sea tan difícil cocinar.

- Me reafirmo en lo dicho.

Ambos empezamos a reír a la vez, pero la verdad era que no tenía la más absoluta idea de cocinar. No se me ocurría nada para hacerle el próximo día y, la verdad, quería ser un poco original, o al menos, hacer algo que se pudiera comer.

Cuando finalmente terminamos con la comida, le ayudé a recoger la mesa y, una vez acabamos, nos sentamos en el sofá para continuar charlando.

- Y bien, ¿como va tu memoria?

- Más o menos igual.- le confesé algo cabizbajo.- He recordado muchas cosas, pero sigo teniendo varias lagunas. Demasiadas. Empiezo a resignarme a que no recuperaré la memoria por completo.

- ¿Tan bloqueado estás?

- Hay muchas cosas que no recuerdo haber hecho.- empecé a comentarle.- Muchas veces es mi cuerpo el que toma la iniciativa, como si supiese lo que tiene que hacer aunque mi cabeza no lo recuerde, como cuando montamos en bici. No recordaba haberlo hecho nunca, pero mi cuerpo sabía como hacerlo, como cuando haces algo por inercia, sin pensarlo. Pero hay otro puñado de cosas que no recuerdo y que es como hacerlo por primera vez. Dar un paseo por el parque, leer un libro... Salir con una chica.

- A veces una primera vez es bueno.- respondió ella sonriendo.- Leer tu libro favorito por primera vez. Ver tu peli favorita sin saber que va a pasar... Tantas cosas que mucha gente quisiera poder experimentar de nuevo por primera vez.

La miré fijamente durante unos minutos, pensando en lo que acababa de decir. Sin mis recuerdos, en estos últimos meses había tenido un buen puñado de primeras veces en muchas cosas, pero me faltaban otras tantas y había una con la que había estado soñando durante las últimas semanas. Pude ver como se sonrojaba cuando le aparté un mechón de la cara y desviaba la cara hacia abajo.

- Eres preciosa.

Ella levantó la mirada entre sorprendida y alagada por el cumplido. Recorrí la distancia que nos separaba muy lentamente, como temiendo que ella pudiese apartarse de un momento a otro, pero no lo hace, simplemente permaneció donde estaba, expectante y, cuando estuvimos tan cerca que podíamos sentir el aliento del otro, finalmente la besé. Al principio solo fue un beso tímido, apenas una caricia en los labios, pero luego me arriesgué ahondando en el beso al ver que no me rechazaba. Recuerdo que una vez me pregunté si sus labios sabían a fresas con nata. No. No sabían ni a fresas ni a nata. Sabían aun mejor. Dulces y cálidos al mismo tiempo, sabían mejor que las fresas, la nata o el caramelo. Podría perderme en esos labios toda mi vida y nunca me cansaría de ellos. Fue entonces cuando lo supe. Sin importar mi sueño, sin importar lo mucho que se parecía a Tauriel, me había enamorado irremediablemente de Tara.


Nuevo capi en el que por fin tenemos beso, lo que me ha costado escribir bastante porque siempre me da la impresión que las escenas romanticas me quedan muy empalagosas o muy sosas ^^U

Espero que, pese a todo, os guste el capi y dejéis algún comentario ;)

PD: Al igual que con el piso de Kili, el de Tara está basado en otro que encontré por internet: www. delikatissen 2014/05/36-m%C2%B2-diafanos/