Simplemente perverso
Capítulo 6
― ¿Es usted, señorita Bella? ¿Está buscando a su madre?
―Buenas noches, Judd.
Bellasonrió al mayordomo de su madre cuando él hizo un gesto para que ella entrase en la cálida cocina familiar de la casa del placer. En realidad, su madre era la última persona que quería ver. Helene tenía un don para saber exactamente lo que Bella más deseaba ocultar, y ella tenía mucho que ocultar en ese momento.
―La señora se fue a su otra casa esta noche. ¿Quiere enviarle un mensaje?
―No, no la molestes. Sólo vine a ver a mi hermana.
Su madre rara vez salía de su negocio para pasar tiempo en la casa con su esposo, Lord Philip Knowles, padre de los gemelos. Lo último que Bella quería hacer era interrumpir su noche juntos. Aunque Philips estaba involucrado en el establecimiento, ella sabía que se sentía frustrado muchas veces por la insistencia de Helene en mantener en secreto su matrimonio. Y si ella enviaba un mensaje, Bella sabía que su madre siempre vendría.
―La señorita Lisette está en el salón principal con el capitán David Gray. ¿Quiere ir a la casa del placer o que le pida a su hermana que baje a la cocina?
Bella tragó saliva. ―No, voy a ir a buscarla. ―Vaciló en la puerta. ―No se supone que tengas una máscara que puedas prestarme, ¿verdad?
―Por supuesto, milady. Voy a ir a buscar una. ¿Tiene alguna preferencia en cuanto al color?
En el momento en que Bella estaba enmascarada y detrás de Judd por la escalera, su corazón latía con fuerza. Uno nunca sabía exactamente con lo que se podía encontrarse en la casa del placer, y ella se había convertido en una mojigata. Para su alivio, el salón principal parecía relativamente tranquilo, los huéspedes más inclinados a relajarse y comer que a participar en una orgía.
Vio la cabeza rubia de Lisette en una de las mesas y se dirigió hacia ella. Su hermana llevaba un vestido de raso color crema de impecable corte que resaltaba su delgadez y aventajaba a sus pechos. El hombre sentado junto a Lisette de inmediato se puso en pie y se inclinó. Bella le dirigió una sonrisa distraída y se preguntó por qué Lisette pasaba su valioso tiempo con él. Parecía demasiado ordinario para justificar la caprichosa atención de su hermana, y demasiado mayor. Consideraba que tendría unos treinta años, si no más.
―Lisette.
―Bella, ¿qué diablos estás haciendo aquí?
Bella frunció el ceño y miró fijamente a su compañero masculino. Lisette se encogió de hombros.
―Está bien. Este es mi amigo, el capitán David Gray. Es un conocido de toda la vida de mamá y es totalmente de confianza.
―Ma'am. ―El capitán Gray se inclinó y luego se volvió a Lisette. ―Tal vez me debería ir y relacionarme por un rato.
―Está bien, pero no te olvides de volver a hablar conmigo después.
―Por supuesto, señorita Delornay.
Bella lo vio alejarse y luego se volvió hacia Lisette, que seguía sonriendo. ―Parece un buen hombre.
―Lo es. ¿Por qué haces que suene como una crítica? ―Bella se sentó frente a Lisette en la silla que David había dejado vacía.
―Simplemente parece un poco mayor para ti.
― ¿Mayor para mí qué?
―Sabes lo que quiero decir.
Lisette arrugó la nariz.
―Bella eres tan mojigata. David es mi amigo, no mi amante. Creo que él prefiere a los hombres en realidad, pero es difícil de decir. ―Tocó la mano de Bella. ― ¿Qué estás haciendo aquí?
―Quería pedirte un consejo.
― ¿A mí? ¿Quieres saber algo sobre moda?
Bella frunció el ceño y bajó la voz.
―Si vas a reírte de mí, me voy.
Lisette hizo un decoroso intento para enderezar su rostro.
―No, prometo que voy a escucharte. ¿Cómo te puedo ayudar?
―Quiero ver cómo una mujer complace a un hombre.
Lisette se quedó boquiabierta.
― ¿Perdón?
― ¡Lisette! ―Bella siseó. ―Necesito que me enseñes una habitación donde pueda ver a una mujer haciendo el amor con un hombre, y no debes soltarle ni una palabra de esto a mamá.
―Como si yo lo haría. ―Lisette frunció el ceño. ― ¿Estás segura de esto?
―Por supuesto que sí. ¡Tú y Christian fuisteis los que me dijisteis que saliera más!
―Sí, pero... parece que has avanzado bastante más rápidamente de lo que esperábamos. ―Lisette le dio un codazo a Bella en las costillas. ―Edward Masen debe ser una especie de dios de la fertilidad.
―Oh, cállate. ¿Me puedes ayudar o no?
―Claro que puedo. ―Lisette se puso de pie, llevando a Bella con ella. ―Conozco la habitación perfecta. Vamos.
Edward ingresó al salón principal de la casa de placer y contempló cautelosamente alrededor. Para su alivio no había ni rastro de Madame Helene, de Lord Minshom o de su hermano. Al menos, podría ser capaz de manejar sus asuntos con un mínimo de decoro. Como si tal cosa fuera posible. Gruñó interiormente.
― ¿ Edward?
Se volvió y se encontró con Emmett Hale sonriéndole.
―Buenas tardes, Emmett. ― Edward hizo un gesto hacia el rincón más tranquilo de la habitación. ―Gracias por venir.
Emmett se acomodó en una silla y estudió a Edward durante un buen rato. ―Suenas muy formal. ¿Algo está mal?
Edward se quedó mirando al mejor amigo de su hermano, un hombre que respetaba enormemente. Un hombre que había sufrido la peor vida que pudiera expresar, y sin embargo no sólo había sobrevivido, sino que había encontrado el amor.
―Necesito tu ayuda.
Los ojos azules de Emmett se entrecerraron.
―Por supuesto, cualquier cosa.
Edward miró desesperadamente alrededor de la habitación llena de gente.
― ¿Hay algún otro lugar donde podamos hablar?
Emmett se puso de pie al instante.
―Vamos arriba.
Llevó a Edward a una de las habitaciones más privadas del segundo nivel y cerró la puerta.
―Ahora ¿qué es? ¿Estás en problemas?
Edward se apoyó contra la puerta.
―No el tipo de problema que puede ser que pienses, pero necesito un consejo.
La encantadora sonrisa de Emmett volvió a aparecer.
―Y antes de que lo pidas, te prometo que no le diré nada a Jasper.
―Ni a Madame Helene.
― ¿En serio? ¿Y eso por qué?
―Sólo promételo.
Emmett se encogió de hombros.
―Por supuesto. Ahora, ¿cómo puedo ayudarte?
Mientras luchaba para encontrar las palabras adecuadas, Edward empezó a pasearse por la habitación.
―Quiero seducir a una mujer.
― ¿Y?
―Quiero hacerlo bien.
Emmett lo miró perplejo.
―Entonces, encuentra a una mujer con experiencia aquí en la casa de placer y perfecciona tus habilidades.
―No es tan simple como eso.
― ¿Qué quieres decir?
Edward dejó de caminar, su espalda hacia Emmett, y cerró los ojos.
―Nunca me acosté con una mujer.
― ¿Perdón?
Edward se volvió para mirar a Emmett.
―Nunca he tenido sexo con una mujer. ¿Cómo demonios se supone que me aseguraré que ella lo disfruta, cuando no tengo ni idea de lo que estoy haciendo?
La expresión atónita de Emmett hizo que Edward quisiera correr y esconderse.
―Pero tienes veinticinco años.
―Y fui violado por un hombre cuando tenía apenas veinte.
―Dios, Edward...
Trató de sonreír.
―He follado con un montón de hombres sin embargo, o mejor dicho, ellos me han jodido a mí, así que tengo algo de experiencia.
―Discúlpame por preguntar esto, ¿pero hay una razón particular para tu repentino deseo por una mujer?
Edward frunció el ceño.
―Mis razones son mías, pero ¿por qué no debería tener sexo con alguien que deseo?
Emmett dudó, su calma mirada sobre Edward.
―Sabes que no hay vergüenza en admitir que prefieres a los hombres. No tienes que acostarte con una mujer para demostrarle algo a Jasper, a tu familia o, más importante, a ti mismo.
― ¿Por qué todos asumen que prefiero a los hombres? ¿Cuándo alguna vez he expresado una preferencia?
Emmett se miró las uñas.
―La gente asume cosas, y el hecho de que nunca hayas sido visto con una mujer tal vez explique eso. ―Miró hacia arriba. ―Y el hecho de que tienes veinticinco años y sólo has follado con hombres.
Edward miró impotentemente a Emmett, sus manos en puños a los costados, su corazón corriendo carreras con sus pensamientos. ¿Cuánto podría revelar sobre el cambio en sus sentimientos, sobre sus dudas acerca de todo lo que alguna vez había creído verdadero sobre sí mismo?
―Hace poco me di cuenta de que ya no me gustaba ser humillado sexualmente.
― ¿Por Minshom?
―Por nadie. Me di cuenta de que quería tratar de averiguar lo que deseo, no lo que me han dicho que me gustaría o lo que me han forzado a ser partícipe.
―No hay nada malo en eso.
―Gracias. Me ha tomado el tiempo suficiente llegar a eso. Pero acá estoy ahora, y tengo la intención de tratar de descubrirlo por mí mismo.
― ¿Sabes que podría no gustarte lo que descubras?
Edward miró hacia arriba, vio el entendimiento en el rostro de Emmett y se encogió de hombros.
― ¿Quieres decir que podría darme cuenta que necesito el dolor para disfrutar del sexo y que realmente prefiero a los hombres?
―Esa es una posibilidad real. Algunos podrían decir que tus opciones hasta el momento han sido las correctas y que simplemente estás luchando con tu verdadera naturaleza.
― ¿Qué dirías tú?
―No, te diría que salgas y experimentes, que encuentres lo que realmente deseas y lo abraces, cualquier cosa que eso pueda ser.
Edward tragó saliva.
―Gracias, Emmett.
Emmett asintió con la cabeza lentamente, su rostro una vez más calmado y reflexivo.
―Entonces tenemos que encontrarte una mujer con experiencia y discreta.
―Sí, eso sería de gran ayuda.
Emmett se levantó.
― ¿Te quedarás aquí mientras voy a preguntar si la lady que estoy pensando está disponible esta noche?
―Por supuesto.
Después de que Emmett salió, Edward se hundió en una silla y se cubrió la cara con las manos. Esa había sido una de las cosas más difíciles que había tenido que hacer. No le había dicho a Emmett que tendía a evitar a las mujeres, por miedo a que se rieran de su inexperiencia o, peor aún, que él de alguna manera les hiciera daño con sus perversos deseos. Bella era diferente de alguna manera. Su dulzura, combinada con su mordaz pragmatismo francés lo intrigaba.
Quería tocarla íntimamente, ver su cuerpo convulsionándose en la agonía de la pasión, para adivinar el secreto y comprender lo que hacía que amar a una mujer sea tan diferente de amar a un hombre. Su polla se sacudió ante el pensamiento, y miró hacia la puerta, preguntándose si Emmett efectivamente volvería después de todo, o simplemente lo había dejado solo.
La puerta se abrió y él se puso de pie, alisándose el cabello desordenado. Emmett estaba sonriendo.
―He encontrado a la mujer perfecta. Hará que uses algún tipo de máscara de cuero para ocultar tu identidad. ―Se encogió de hombros. ―A ella no le gusta saber con quién está follando, y le encanta tomar el papel dominante. Pensé que no te molestaría en absoluto.
La pragmática interpretación de Emmett hizo que Edward quisiera gemir. Al parecer, sus gustos sexuales eran conocidos por más gente de la que se daba cuenta.
―Eso suena perfectamente aceptable, Emmett. Gracias por tu ayuda. ―Tragó saliva. ― ¿Nos vamos?
― ¡Deja de empujarme!
―No lo hago.
Bella miró a Lisette, que caminaba delante de ella en el estrecho pasillo panorámico entre las habitaciones del segundo piso.
― ¿Por qué sólo no entramos a uno de los salones públicos fuera del salón principal y nos sentamos? ¿Por qué tiene que ser aquí?
Lisette se volvió hacia Bella.
―Porque lo que necesitamos ver es mucho más íntimo que eso, y hay una mujer en este piso que se especializa en entrenar a los hombres para que alcancen su pico sexual.
Bella suspiró y siguió a su hermana al siguiente lugar de visualización. Debía asumir que Lisette sabía lo que estaba haciendo, pero todavía sentía aprehensión.
―Por supuesto, ―Lisette susurró: ―si quieres probarlo por ti misma, estoy segura de que podría persuadir a David para que se acueste y te permita rastrear todo sobre él. Podría ser divertido.
―No, esto está muy bien, gracias.
Lisette le dio un codazo.
―Cobarde.
Por supuesto que era una cobarde, ¿quién podría dudarlo?
Bella se apoyó contra la pared y dio una mirada a través del pequeño espejo dentro de la habitación. Una mujer vestida con un corsé de encaje negro, medias y altas botas de montar lustradas, se paseaba por la sala. Llevaba un látigo delgado que constantemente golpeaba contra su muslo. Aunque no estaba en la flor de la juventud, era una criatura magnífica. Cabello castaño recogido sobre su cabeza, piel blanca como la leche y un exuberante pecho para volver salvajes a los hombres.
Bella miró hacia abajo a sus propios pechos mediocres. La mujer no sólo era hermosa, sino que irradiaba confianza, algo que Bella había perdido y necesitaba desesperadamente recuperar si quería llegar a alguna parte con Edward. Y ella quería a Edward… su falta de agresividad y su innata honestidad la atraían. Él le ofrecía una oportunidad de compensar los errores del pasado, de redescubrir el ser sexual que ella tenía la intención de ser después de la distorsión de su matrimonio.
―Mira, ―le susurró Lisette. ―Aquí viene él…
Más parecido a anteojeras de caballos, el arnés de cuero que cubría la mitad superior de la cara de Edward y también su cabello, le restringía la visión lateral. Edward se centró en la mujer frente a él, lo que no fue una dificultad dado que era una visión de formidable belleza femenina. Una exuberante pelirroja vestida de cuero y encaje, un látigo en la mano y un ceño fruncido en el rostro.
Le apuntó con el látigo.
―Puedes llamarme señora. Desvístete y no hables a menos que yo te lo diga.
Edward asintió con la cabeza y lentamente se quitó la ropa, consciente de que ella daba vueltas alrededor suyo mientras se desnudaba, su mirada parpadeaba sobre su cuerpo como si estuviera juzgando la carne de un caballo. Para su sorpresa, ella le recordaba a muchos de los hombres con los que había estado, sumamente segura, supremamente dominante y bastante capaz de hacerle hacer lo que ella quisiera. Emmett había elegido bien. Había encontrado casi una versión femenina del Señor Minshom. De alguna manera el pensamiento calmó los nervios de Edward.
―Date prisa.
El látigo le rozó el glúteo y saltó. Cuando estuvo desnudo, se irguió y la enfrentó otra vez. Ella asintió lentamente.
―Muy bonito. Ahora ponte de rodillas.
Edward obedeció y esperó hasta que ella se paró cerca de él.
―Lo primero que tienes que aprender es que las mujeres tienen necesidades, no están simplemente para ser folladas con fines reproductivos. Están para ser amadas. ―Usó el látigo para levantarle la barbilla. ―Aprenderás a dejar tus deseos egoístas a un lado y a complacer a tu mujer.
Se dirigió hacia una silla dorada adornada y se sentó.
―Ven aquí.
Edward no estaba seguro si se suponía que debía ir gateando o levantarse y caminar. Decidió ponerse de pie, consciente de que cada vez que ella ladrada una orden, su polla se endurecía aún más. Ella no pareció satisfecha de su decisión, pero le permitió volver a ponerse de rodillas delante de ella sin hacer comentarios ni aplicar el látigo.
―Pon tus manos detrás de la espalda y déjalas allí. Ahora presta atención.
Ella abrió las piernas para mostrar su sexo afeitado, y Edward aspiró el aroma de su excitación. Se estremeció mientras frotaba la punta del látigo sobre un pequeño nudo de carne que sobresalía justo arriba de la curva interior con forma de boca.
―Este es mi brote del amor, mi nudo duro, mi perla, mi clítoris… puedes llamarlo como quieras, pero aprenderás a ponerle la misma cantidad de obsesiva atención que le pones a tu polla. Piensa en él como una polla en miniatura, la fuente de extremo placer y felicidad de una mujer, y tuya, si lo atiendes con cuidado.
Alejó el látigo.
―Quiero que lo lamas, lo chupes, juga con él hasta que yo te diga que te detengas.
Edward se obligó a no cerrar los ojos cuando se inclinó hacia delante entre sus extendidos muslos blancos. Ella rodeó con su mano la parte posterior de su máscara de cuero y lo empujó más cerca.
―Hazlo.
Él obedeció, su lengua se deslizó sobre la sorprendentemente resbaladiza carne hasta que encontró el duro nudo de nervios y comenzó a explorar. Su curiosidad crecía mientras ella se tensaba cada vez más, animándolo mientras él chupaba, lamía y utilizaba sus dientes sobre la yema cada vez más hinchada. Se olvidó del tiempo, de respirar, de cualquier cosa que no sea el placer que ese pequeño pedacito de ella parecía disfrutar con tanta alegría.
Su cuerpo se unió al ritmo, su erecto eje chocaba contra la madera y el brocado de la silla hasta que él quiso gemir. Se sacudió cuando ella deslizó el látigo entre sus piernas y comenzó a darle golpecitos a su polla.
―Retrocede, esto no es para ti. Desliza la boca hacia abajo, lame mis pliegues y utiliza la lengua como una polla para deslizarte dentro de mí.
Edward engulló un poco de un muy necesario aire y se movió más abajo, fascinado por los regordetes montículos de su carne, la suavidad en los labios y la cálida humedad del agujero en su centro. Apuntó su lengua y empujó dentro de ella, sintiendo sus músculos contraerse alrededor de él y repitió la acción hasta que su mandíbula comenzó a doler.
Su mano se cerró sobre su cabeza, manteniéndolo inmóvil, su lengua profundamente en su interior.
―Dame la mano.
Él ciegamente levantó su brazo, y ella aferró su muñeca, ubicando sus dedos sobre la redondez de su pecho y el encaje de su corsé.
―Toca mi pecho, aprieta mi pezón, hazme correr.
Dios, él estaba en llamas, tan ansioso de complacerla, tan consumido por su pasión que habría hecho cualquier cosa que ella le dijera en ese punto.
―Eso está bien, sigue así, desliza tus dedos dentro de mí al lado de tu lengua.
Se las arregló para conseguir introducir dos dedos mientras su boca seguía trabajando, bombeándolos arriba y abajo como una verdadera polla mientras ella se apretaba contra él. ¿Le gustaría a Bella esta doble penetración de lengua y dedos? ¿Gritaría su nombre cuando se corriera?
―Ah... ―Su grito fue seguido por una serie de estremecimientos y convulsiones de los músculos de su interior. Se sorprendió de lo fuerte que se volvió el agarre sobre sus dedos antes de que ella lo liberara con una gran cantidad de crema. Él giró su cara hacia su muslo y luchó por respirar, su polla estaba tan dura ahora que podía sentir cada pulsación de los latidos de su corazón en su carne excitada.
―Muy bien. Ahora levántate y ven a la cama.
Esperó a que ella se ubicara sobre el rojo cobertor de seda y luego subió a su lado. Su sonrisa no era agradable.
―No has terminado todavía. A diferencia de los hombres, las mujeres pueden correrse más de una vez. Recuérdalo. ―Le dio unas palmaditas en el estómago. ―Siéntate a ahorcajadas sobre mí, pero ten cuidado de no aplastarme.
Edward también fue cuidadoso de no permitir que su polla rozara contra su cadera cuando pasó una pierna por encima de su cuerpo y se ubicó sobre ella, su peso equilibrado sobre sus manos y rodillas. Sus bolas raspaban contra el áspero encaje negro de su corsé y su eje se levantó como algún horrible tallo púrpura contra su vientre.
―Besa mis pechos.
Edward se inclinó hacia delante e hizo lo que le dijo, disfrutando de la suavidad de su piel contra su boca, el duro empuje de su pezón entre sus dientes. Mientras se movía sobre ella, su atrapado pene se volvió extraordinariamente sensible, pero su entrenamiento con Lord Minshom lo dejaba en una buena posición, y fue capaz de evitar la ansiedad por correrse.
Ella recorría su cuerpo con sus manos, acariciándole las nalgas, la parte inferior de sus bolas, la espalda, en una corriente sin fin de sensaciones. Él continuó chupándola hasta que ella estuvo gimiendo con cada tirón de su boca sobre el apretado pezón.
―Detente ahora y siéntate.
Él retrocedió, bajó la mirada hacia ella, su respiración tan agitada como la de ella. Le tocó el lloroso eje con un dedo.
―Estoy impresionada de que no te hayas corrido todavía.
Él logró una temblorosa sonrisa, recordando justo a tiempo que no debía hablar.
―Tal vez debería recompensarte. ―Ella lo consideraba mientras su dedo hacía tortuosos dibujos sobre su palpitante polla húmeda. ―Da la vuelta.
Edward se quedó mirándola hasta que ella hizo un ruido de impaciencia.
―Da la vuelta hasta que tu cabeza esté por encima de mi sexo y tu culo cerca de mi cara. Ahora hazme correr otra vez.
Él obedeció, bajó la cabeza y la probó, utilizó su lengua, sus dientes y sus dedos para ponerla resbaladiza y mojada otra vez. Casi se ahogó cuando sintió que ella tragaba su eje y comenzaba a succionar, igualó su ritmo al de ella, se olvidó de todo salvo de la instintiva necesidad de hacer que se corriera antes que él.
Ella se retorcía en contra de sus dedos, levantó las caderas para empujarse contra su cara. Ninguna delicadeza ahora, sólo el juego de cuerpo a cuerpo en una carrera hacia la finalización y una liberación que él quería más que nada.
Ella convulsionó contra sus tres dedos alojados, y él no pudo contenerse por más tiempo, permitiendo que su semen se derramase en la garganta de ella, en calientes chorros urgentes.
Cuando ella liberó su polla, él rodó sobre su espalda y miró hacia el techo pintado de blanco. Era interesante que en los últimos estertores de la pasión, las mujeres actuaban como los hombres, tan ávidas de realización que todo lo que les importaba era la búsqueda de lo puramente físico.
―Lo has hecho bien, joven. Tienes una resistencia excelente. Toda mujer debería estar contenta de tenerte en su cama.
Edward abrió los ojos y miró a la mujer pelirroja.
Sus labios temblaron ante el pensamiento de que ella le estaba dando un certificado de aprobación para que él lo mostrara en la pared de su dormitorio e impresionara a su futura esposa.
―Gracias. Lo disfruté.
Su sonrisa era más caliente ahora.
―Estoy encantada de escucharlo. ―Agitó los dedos hacia él. ―Ahora ya puedes comenzar, tengo otro hombre para entrenar en media hora.
Bella apretó los dedos sobre sus labios mientras contemplaba al hombre que complacía a la mujer pelirroja con la boca y los dedos.
¿Tendría el valor de exigir cosas tan deliciosas de un hombre? Más puntualmente, ¿ Edward le permitiría decirle lo que tenía que hacer de esa manera?
Lisette le dio un codazo en las costillas.
―Él es bastante lindo, ¿no? Me pregunto cómo se llama.
―Ssh.
Bella sentía curiosidad por sí misma, pero no tenía ninguna intención de dejar que Lisette lo supiera. El cuerpo del hombre era musculoso, sus nalgas duras y altas, el pecho ligeramente velludo. Y su polla... Se negó a pensar en lo grande y dura que se veía, lo húmeda y lista para resbalarse en el interior del lugar más secreto de una mujer y darle lo que necesitaba.
Se humedeció los labios cuando la mujer se recostó en la cama e invitó al hombre a sentarse sobre ella. A la luz de las velas, notaba las finas líneas blancas diagonales que desvirtuaban la superficie lisa de la espalda del hombre. En la base de su espina dorsal se veía como si alguien hubiera tratado de tallar sus iniciales en la piel. Incluso a través de su excitación, su estómago se apretó. ¿Quién podría haberle hecho eso a este hombre?
― ¿Lisette? ―Susurró. ―Parece que está lleno de cicatrices.
Lisette se encogió de hombros.
―Muchos de los hombres ingleses las tienen, es un legado de su educación en escuelas públicas. ―Palmeó el brazo a Bella. ―Tengo que encontrarme con David, ven a buscarme cuando hayas terminado de ver.
Bella hizo un gesto distraído con su mano para despedirla y volvió a concentrarse en la habitación. ¿Cómo de inhumana era la clase alta inglesa para enviar a sus niños lejos de casa a una edad tan temprana, dejándolos a merced de hombres que a menudo no tenían las mejores intenciones?
Vio que el hombre succionaba los pechos de la mujer, se preguntaba cómo se las arreglaba para permanecer tan erecto durante tanto tiempo. En su limitada experiencia, los hombres llegaban a una enorme velocidad. Un profundo anhelo se movió dentro de ella, y su vientre se apretó, liberando su propia crema cuando el hombre cambió su posición y se ubicó para lamer y trabajar con los dedos el sexo de la mujer otra vez.
Ella deseaba esa sensación desesperadamente. Con una mirada furtiva hacia arriba y abajo del estrecho pasillo, deslizó su mano por la abertura del bolsillo de su vestido, empujó la enagua fuera del camino y ubicó sus dedos sobre su monte. Oh, Dios, estaba tan mojada, tan lista para ser tomada... Su cuerpo fácilmente cedió para permitir que dos de sus dedos pasen al interior.
¿Podría tratar a Edward de esta manera? ¿Decirle lo que quería, ponerlo de rodillas y a su servicio? La última vez que había tratado de ser sexualmente aventurera había resultado un desastre. Los recuerdos de Jacob y su amigo Sir Harry Jones la asaltaron, las terribles complejidades del amor no correspondido. ¿Era lo suficientemente valiente como para intentarlo de nuevo?
La mujer pelirroja empezó a llegar, sus gritos llenaban el cuarto. Bella llegó a su clímax también, cerrando los ojos contra el éxtasis en el rostro de la mujer mientras chupaba el pene del hombre hasta su liberación.
Había poder en hacer esto para una mujer, ¿pero ella estaba dispuesta a esgrimir de nuevo?
Cuando encontró el valor para mirar otra vez dentro de la sala, el hombre había desaparecido, dejando a la mujer en la cama. Su sonrisa de satisfacción la hizo sentir celos a Bella. Tratar de aparentar que su vida íntima había muerto con Jacob no había funcionado en absoluto. Tenía que llegar a un acuerdo con sus necesidades y encontrar lo que quería.
Bella llevó sus dedos a sus labios y aspiró su propio aroma. Quería hacer a un hombre rogar por ella, pero quería ser quien lo hiciera mendigar, incluso más. El escandaloso pensamiento la sorprendió hasta la médula. ¿Era más parecida a su madre de lo que se había imaginado? ¿Todavía anhelaba lo prohibido, lo pecaminoso, lo desconocido?
Con un gemido, Bella se quitó la máscara y se tambaleó por el pasillo, su mano en la pared para ayudarse en la huída. Empujó la puerta que conducía al pasillo principal y chocó con un duro cuerpo de hombre.
―Perdón, señor.
― ¿Bella?
Miró a la sorprendida cara de Edward y le dieron ganas de llorar. ¿De todas las personas para encontrarse en este embarazoso momento de auto-revelación, por qué tenía que ser él?
