VII
—Rema, rema, marinero…
Ay, Dios… ¿Qué pasó? Au… mi cabeza…
—La rueda de la fortuna gira y gira y gira…
Oh, ¿por qué me duele tanto la espalda?
—Rema, rema, marinero… ¡Hey, tú! ¿Cómo osas irrumpir de esa forma en éste, mi sagrado recinto del conocimiento?
Au… mis orejas. ¿Por qué me siento como después del Año Nuevo? Intenté mover los brazos entumecidos y las piernas agarrotadas, pero así me percaté de que no podía. Me hallaba en alguna especie de contenedor estrecho, frío y oscuro. ¿Qué demo…?
—¡Cadete, responda cuando se le habla!—era otra vez esa molesta voz que tarareaba canciones del kindergarten desde hace varios minutos. Ahora ya sé por qué soñaba con el mar… había sido tan bonito…
—¿Me hablas a mí?—pregunté rodeado por la incertidumbre de mi diminuta prisión; no podía ver nada, de todos modos.
—¡Por supuesto! ¿A quién más?
De pronto, se hizo la luz. Habían levantado el techo de mi celda; no era más que una miserable tapa de mármol. El tipo ese me tomó por el pescuezo y me sacó del contenedor decididamente. Debía ser muy fuerte para levantarme con un solo brazo. Me avergoncé por haber estado atrapado dentro de una vasija grande en medio de una sala blanca de nada, en medio de la nada. ¿Dónde estaba? Ante mí, un tipo adulto con un sobretodo, bastón y sombrero de copa me miraba con lo que, supuse, era molestia y los brazos cruzados. Era un equidna, tal como el gran Knuckles y Julie-Su… ¿No sé suponía que gran parte de su raza había desaparecido por obra del mismísimo Eggman?
—Eh… ¿dónde estoy?—fue lo único que se me ocurrió preguntar por el momento.
—¡Ja! ¿Es lo único que te dignas a preguntar después de haber invadido mi propiedad privada?—empezó a darme golpecitos en la trompa con la punta de su bastón y luego se recargó sobre éste. En lo que me frotaba la nariz, el tipo éste rebuscó con dedicación una baraja de póker en el bolsillo delantero de su traje. Por aquel aspecto podía decir que se trataba de alguien dedicado a los espectáculos o algo así.—¡Aquí está! Mi tarjeta de presentación.
Me alargó un as de tréboles común y corriente. Mientras bajaba la cabeza para apreciarla, le dirigí una mirada de soslayo… era un tipo sospechoso. Tal parece que a donde sea que vaya me toparé con sujetos raros. Debo tener la maldición.
—Eh… disculpe. ¿Qué significa ésto?—le di la vuelta una y otra vez a la carta sin hallar nada especial.
—¡Observa y aprende, mortal!—arrebatándome la tarjeta, la incluyó de nuevo en la baraja, mezclándola de las maneras más variadas y extrañas. Aproveché para echarle un vistazo al entorno. No había paredes ni un techo sólido. Todo indicaba que nos hallábamos dentro de una carpa multicolor con diversos jarrones de color pálido alrededor. Yo había llegado al interior de uno de ellos, quién sabe cómo. Y no fue nada agradable, por cierto. Aún sentía las extremidades tiesas.—¡Ésta es tu carta!
Vaya, ¿a quién teníamos aquí? ¿Acaso estaba presenciando el origen de los trucos de El Erizo Ilusionista? Qué coincidencia. Tomé la tarjeta para verla… un cinco de corazones. ¡Qué bien! Otro Mr. Charles.
—¡Guau! ¿Cómo lo hizo?—dicen que cuando alguien hace un truco, uno debe halagarlo hasta el cansancio, aunque le haya salido mal. Bueno, no quería lastimar al sujeto ese así que no hubo más por hacer.
—¡Ja, un buen mago nunca revela sus secretos!—exclamó con rebosante orgullo, arrebatándome el cinco de corazones y ocultándoselo debajo de la manga.
—¡Hey, disculpe, jefe…! Uff, llegué tan rápido como pude—¡Oye, esa voz! Era conocida…—¿Dónde está el payaso? ¡Ya me encargo de él!
Silver the Hedgehog, el sujeto extraño que supuestamente vino del futuro irrumpió en la carpa sin demora alguna e intentando recuperar el aliento. Me pareció que su pelo estaba más estrafalario que de costumbre… tal vez no había dormido lo suficiente anoche y se levantó tarde, por lo que no le dio tiempo de peinarse. Eso explicaría también las horribles ojeras que llevaba y el pulso frenético con el que sostenía su capa estrellada de adivino. Las manos le temblaban como si hubiera sufrido de alguna especie de pesadilla horrible y todavía le estuviese inquietando
—¿Silver, es usted?—¡por supuesto que era él, no había duda! De todos modos, era necesario hacer una pregunta estúpida; se había vuelto como una tradición por estos rumbos… aunque no tuviera ni la menor idea de dónde nos encontrábamos ahora.
—¡Así es! ¡El único e inigualable, Silver the Hedgehog, para servirle a usted y a Dios!—sonrió cerrando los ojos al tiempo que ejecutaba un saludo militar. Todo indicaba que todavía se encontraba en el inescrutable mundo de los sueños.
—¡Ajá, Silver! Justo ahora te necesitaba…—respondió el señor equidna, mirándose en un espejo que, puedo jurar, no estaba allí antes, justo a lado de un estante con docenas de sombreros diferentes, en el extremo cercano a la entrada.—Quería que repartieras estos volantes en la superficie. ¡El Espectacular Circo Spark necesita expandir sus fronteras hasta el fin del mundo y más allá!
—Pero, señor… ¿y el payaso?—Silver abrió los ojos para darse cuenta de que estaba una vez más en un día normal de trabajo dentro del Espectacular Circo Spark, del cual yo jamás había oído, por cierto. Abrió los ojos ante el mundo real y suspiró decepcionado. Quizá se imaginó que su jefe le había llamado para que realizara alguna especie de misión peligrosísima en la que pudiera salvar al mundo y quedarse con la damisela en peligro o algo por el estilo. No sé por qué, pero esa situación me hizo recordar taaanto mi primer y último día de empleo como un subordinado… quizá más de lo que hubiera querido.
—Ah, le di la semana libre. No te preocupes por él, cariño…
—Oye, por favor, dime que no me llamó "cariño"… otra vez—me susurró Silver sigilosamente con un rostro de fatiga. Me dio la impresión de que no se le hizo anormal en lo absoluto mi presencia. Seguía sin reconocerme… diablos, creo que soy aún menos notorio de lo que pensé.
—¡Vazturk!—exclamó el jefe de Silver cuando estuvo satisfecho con su peinado.—Será mejor que te apresures, Silver, o tu salario sufrirá las consecuencias, jaja.
—Y así es todos los días…—dijo el erizo blanco entre dientes. Su peinado, ya revuelto de por sí, decayó como lo hace una planta marchita. Sí, es muy feo que te exploten en el trabajo… y lo es más si se tiene por jefe a alguna clase de mago barato y sin talento. En primer lugar, ¿cómo es que esa clase de gente puede llegar a ser jefe de alguien? Creo que la vida, sencillamente, no es justa, a final de cuentas.—¡Eh, tú! ¿Te conozco de algún lugar?
—Este… creo que sí.—como si fuera de reflejos lentos, reaccionó con cierta sorpresa al volverse a encontrar conmigo.—Usted ya se sabía mi nombre, ¿no? Tengo un anuncio en el diario, por si sabe a lo que me refiero…
—¡Ah, ya!—saltó Silver, desperezándose de aquel estado somnoliento en el que se hallaba hace unos segundos.—¿Qué no eras el del dentista?
—¡No!—por favor, si vuelvo a escuchar lo del dentista una vez más, juro que…
—Hey…
—¿Pero que no eras el del tarro de galletas y el del amante…?
—Sí, pero…
—Oigan…
—¡Espera, ya sé! ¿Qué no eras el chico de las pizzas?—no podía creerlo; de verdad parecía pensarlo. ¿En serio soy tan poco reconocible?
—Mejor dejémoslo así, ¿está bien…?
—Un momento, lo tengo en la punta de la lengua… ¿qué no eres el que sale en la caja del cereal…?
—¡No me ignoren!—gritó como todo un tenor quien, probablemente, era el jefe de pista del circo con irracional desesperación. El Espectacular Circo Spark, para ser exactos. ¡Guau! Nunca creí que alguien pudiera producir un sonido de esa manera. De cualquier forma, apenas se ganó nuestra atención y las palabras parecieron huirle.—Uhm… este… sólo quería…—bajo la pérdida de ideas y, al no encontrar una mejor solución, nos propinó a ambos soberbios golpes en la coronilla con su bastón.
—¡Oiga, qué diablos le suce…!—antes de que pudiera protestar como es debido, el gran Silver el Mayor me jaló de la muñeca hasta el exterior de la carpa, frotándose la cabeza y tomando la pila de publicidad del circo.
—¡Shhh! Míster Anderson puede llegar a ser temible cuando se lo propone—afirmó el erizo blanco adulto, usando su mística psicoquinesis para hacer flotar el montoncito de propaganda del Espectacular Circo Spark.—No es un mal tipo, pero a veces se vuelve un poco molesto, Tommy.
—¡Hey, sí se acuerda de mí!—aún no sabía qué tenía de maravilloso eso, pero fue reconfortante escucharlo.
—Ajá. Difícilmente me olvidaría del hijo adoptivo de Rouge. Nos mostraba fotos tuyas cada vez que nos encontrábamos…—por alguna razón, no parecía quererlo recordar, cosa que, en cierto modo, me hizo sentir peor de lo que ya me sentía.—Lo siento por lo de hace unos momentos… el payaso nos ha contagiado a todos.
Bueno, hasta ese momento no me había percatado del entorno en sí. Éste parecía ser un circo dentro de algún edificio, pues la carpa principal, la cual no visitamos, y el resto de las instalaciones se encontraban debajo de un vasto techo de piedra. ¿Se trataría de alguna clase de circo subterráneo?
—Y… ¿qué es este lugar?—la primer pregunta de todas había salido a flote de nuevo. Me daba la impresión de que este ambiente no podía ser tan extraño como se podía creer. Avanzábamos a través de un túnel amplio pero de longitud infinita en apariencia. El área sólo era iluminada por un par de hileras igualmente extensas de bombillos cuya débil irradiación se acumulaba en los alrededores nada más, dejando un hueco oscuro e inalcanzable en el centro.
—Pues es… una especie de escondite.—dijo Silver, estirándose en su intento de recuperar ánimos.—Hace unas horas llegó la policía y ¡bum! Mi casa quedó hecha pedazos. Y bueno, ahora tengo que vivir dentro de este túnel a lado de… él.—tragó saliva y tuvo un pequeño escalofrío. ¿Acaso le contagiaron el drama los del circo? ¿Y de verdad ese equidna está más zafado que un chivo?—No me gustaría tener el mismo final que Knuckles.
—Hablando de Knuckles, creo que hay algo raro con respecto a su situación…—estaba acordándome de que, tanto Silver como Knuckles habían sido perseguidos por el gobierno. Tal vez la mentira pública que terminó por inculpar al equidna rojo resultó la excusa que estaban buscando para encarcelarlo y terminar con él finalmente. Temí que el mismo destino estuviera deparado para todos los involucrados. Todo indicaba que Silver the Hedgehog representaba su próxima presa… ¿y quién sabe? Hasta mi mentora y yo podíamos resultar afectados por esta situación.
—Ah, sí… lo del jarrón—comentó Silver con el ceño fruncido y golpeándose levemente la frente con un par de dedos en su intento de recordar algo.—Me llamó unas horas antes de que lo capturaran y me lo contó todo. Al principio, no quería creerle, pero me pareció encontrar algunas similitudes con cierto amuleto que tengo.—en ese instante, haciendo gala de sus habilidades recién importadas del circo, hizo aparecer su esfera de cristal luminosa con la que solía leer el futuro durante su segundo empleo de adivino.—Me la dio el jefe de pista a cambio de doce días de salario. Mañana se cumple el plazo y podré disfrutar de una taza caliente de café en grano otra vez.
—Un momento… ¿qué le dijo acerca de la vasija?—no le puse demasiada atención a su bola mágica y mística; la mayor incógnita residía realmente en ese ornamento horrible que confiscó el gobierno.
En su afán por ocultar la información secreta, Silver adelantó el paso considerablemente; mas no me di por vencido.
—Ay, Tommy, tu madre me matará si descubre que he estado informándote de estas cosas.—murmuró el erizo blanco con una sonrisilla tímida.—Esto es demasiado peligroso para un muchacho como tú. Ya conoces bastantes cosas, ¿no crees?
—No, pero es que necesito saber… ¡Knuckles me encargó una misión!
—¡Ja, buena ésa! De verdad pienso que… deberías dejar de jugar al detective y te quedes con tu madre…—respondió Silver lentamente, como intentando escoger las palabras menos hirientes. Pero las cosas no podían quedarse así. Debía existir alguna manera de hacerlo hablar. Intentó adelantarse de nuevo… ¿cómo detenerlo?
—¡Por favor, señor Silver! Necesito ayuda con este asunto. Hay tanta gente inocente involucrada… esa enfermedad salió de la vasija, ¿no es así?
—Ah… no lo sé—se negó el erizo de nuevo, repasando el dedo por su boca, imitando un cierre; símbolo de discreción.—En cuanto salgamos de aquí, te irás derecho a tu casa, ¿de acuerdo? Tengo mucho trabajo por hacer.
—¿Y por qué todavía no me dice dónde estamos?
—Ya te lo dije, Tommy.—insistió él con leve hartazgo al tiempo que jugueteaba con su esfera de cristal, haciéndola orbitar alrededor del montoncito de volantes… ¡un momento! ¿No esa era la esfera del cuaderno que se quedó Scourge?—Es un refugio subterráneo con un circo dirigido por un tipo raro, nada del otro mundo… bueno, la verdad es que sí, pero…
—Esa esfera… ¿de dónde la sacó?—¿podría ser? ¿Había descubierto una más de esas armas del gobierno?
—¿E-Ésto…?—aunque no pareció incomodarse con la pregunta, su jugueteo se detuvo y después sostuvo el tesoro entre su mano, echándole un vistazo interesado.—Uh… ¿por qué lo preguntas, pequeño?
—Sólo… debo saber. ¡Eso podría llevarme a la verdad!
—Hey, sería buena idea que practicaras para afinar tu voz… Solía tener el mismo problema, pero Míster Anderson me enseñó a ser un estupendo tenor. ¿Quieres que te muestre…?
—¡Señor, Silver! Esta es una cuestión de vida o muerte—le miré a los ojos color ámbar con la mayor seriedad posible. Debía hacerle saber que ese dato era sumamente importante.
—Ya, ya, tranquilo. Me la dio el jefe, ya te lo había dicho también…
—Sí, sí… ¿pero de dónde la sacó?
—Eso tendrás que preguntárselo personalmente, aunque dudo que te conteste… casi siempre se halla cantando y detesta que lo interrumpan—Silver tragó saliva de nuevo, se frotó los párpados y se acomodó las púas bajo cierta presión.—Te lo digo en serio, no querrás molestarlo… tu salario puede sufrir las consecuencias…
—Número uno; no trabajo aquí. Número dos; gracias, señor Silver, usted le acaba de salvar la vida a miles de Mobianos—le hice saber todos mis agradecimientos, aún sin tener la menor idea de cómo esa información tenía algo qué ver con la cura que pidió Knuckles; sin embargo, lo que me reveló seguía siendo muy importante. Me di la vuelta y corrí de regreso al sitio del Espectacular Circo Spark.
—¡No vayas, Tommy! ¡Es por tu propio bien!—gritóme Silver como parte de su último intento para detenerme.—Si pregunta, le diré a tu madre que jamás te vi, ¡eh!
Estaba a punto de descubrir algo grande. Aún no me quedaba muy claro cómo podía estar todo ésto relacionado con nuestra situación actual: Silver trabajando para un cirquero estrafalario en una carpa subterránea que nadie visitaba… y ése sujeto raro. ¿De dónde había sacado la dichosa esfera? Hasta ahora, conocía el paradero de cuatro de las seis armas que mostraba el cuaderno ese: una llave dorada que portaba The Queen, el feo jarrón que pertenecía Knuckles y fue confiscado por Everfrost hace muy poco, esa lanza (o bastón o lo que fuera) que cargaba Scourge todo el tiempo (¿dónde se puede encontrar ese erizo ahora mismo?) y ahora… esta esfera extraña. ¿Y qué podría ser del sable y el anillo que aún no conocía en vivo y en directo? ¿Los conservaría el gobierno todavía o los habría perdido?
—Rema, rema, marinero…—tenía razón Silver. Su jefe continuaba cantando, ¿pero qué podía perder? Entré a la carpa decididamente para hacer la pregunta.
—Señor, necesito preguntarle algo importante.
—¡Ajá, sabía que regresarías por mí!—el tipo equidna me asustó. Apareció salir de la tierra y me hundió el bastón en el hombro. Vaya que me dolió bastante. ¿Qué clase de salvaje era?
—¡Ahhh! ¿Qué diablos le sucede?—intenté mantenerme en pie sosteniéndome del mueble más cercano. Ese golpazo me dejaría un moretón horrible… tardaría en recuperar mi hermoso pelaje en esa zona.
—Oh, lo siento, hijo.—se disculpó el jefe de pista, arrojando su bastón al suelo y tomándome del hombro, profundamente arrepentido de lo que había hecho.—Creí que eras el payaso, mis más sinceras disculpas, pequeñín.
—¿De verdad tengo cara de payaso?—hice enormes esfuerzos por contener un grito o una lágrima. Apreté los dientes fuertemente durante unos segundos para ello y exhalé al final.
—¿Quieres que te diga la verdad, chaval?
—Bah, olvídelo… sólo tenía que preguntar una cosa…—cuando el dolor se disipó, acudí a una posición firme y me froté el punto adolorido.—Esa esfera que tiene el señor Silver. ¿De dónde la obtuvo?
—¿Y eso como para qué lo preguntas?—inquirió el equidna después de recoger su bastón de la perdición. Esquivaba mi mirada por alguna razón.
—No importa… ¡me acaba de golpear con un bastón! Responderme es lo menos que puede hacer, ¿no?
—¡Pero eso implicaría revelar mi secreto más íntimo!—contestó él con las manos por detrás de la espalda y haciendo como que inspeccionaba su estante de trofeos y las vasijas ornamentales más cercanas.
—¿Secreto?—bueno, estaba progresando. Este tipo también ocultaba algo… ¿tendría qué ver con el accidente de hace quince años, o con Sonic o Silver o alguien?
—De acuerdo, te contaré—el jefe de pista resopló resignado y, aún de espaldas, frotando uno de sus trofeos de oro monótonamente comenzó a confesar.—Lo más probable es que un muchachito como tú no me entienda… la sociedad se ha encargado de establecer lo que uno debe de pensar o no pensar, lo que hay que creer o no creer…
—Entiendo—hey, esa era ansiedad. No necesitaba que nadie me dijera lo que ya sabía.
—La verdad es que yo no soy como tú ni como todos los demás—creo que de eso ya me había dado cuenta… ¡continúe!—Yo provengo de una raza extinta muy antigua…
—¿Los equidnas? Se refiere a ellos, ¿cierto?
—Sí, uh… bueno, en realidad, no. Es algo aún menos conocido que ellos… todo se remonta a una leyenda aún más vieja que la propia especie Mobiana.—el jefe de pista hablaba con suficiente seriedad como para hacer creíble su confesión; de todos modos, permanecía dando la espalda, incapaz de mirar a su alrededor. Finalmente, se dispuso a explicarlo todo rápida y rutinariamente como si de tal manera sus secretos pudieran ser transmitidos con mayor discreción.—Hace mucho tiempo, cuando este planeta se llamaba Tierra, existieron civilizaciones muy avanzadas… quiero decir, ¡demasiado avanzadas, más de lo que te hubieras imaginado! La verdad es que no sé muy bien cómo estuvo la cosa; nunca me gustó la historia; pero decidieron ocultarse del resto del mundo. ¿Recuerdas cuándo ocurrió la gran mutación?
—Hace mucho, mucho, pero mucho tiempo, ¿no?
Para los que no estaban enterados del origen de Mobius; todo inició por obra de una mítica raza alienígena llamada Xorda que, en acto de venganza hacia los humanos por haber aniquilado a uno de sus mensajeros, lanzaron una gran bomba genética que alteró la vida terrestre para siempre. Bueno, dicen que nosotros venimos de dicho accidente, al igual que los Overlanders… ¿mito o realidad? No estoy seguro… aunque es cierto que tenemos un enorme parecido con los humanos, de éso no hay duda.
—Pues digamos que ni siquiera esos pueblos superiores se salvaron de los efectos de esa bomba. Ellos tomaron refugio en ciudades subterráneas, por si no lo sabías… Y bueno, aquí me tienes; el último atlante sobre la Tierra, el único e inigualable Theophiles Vladimir Agnotius Anderson Tercero—finalizó con pinta feliz.
—Eh… señor, es una historia muy bonita y todo eso… ¿pero qué tiene qué ver con la esfera que posee Silver the Hedgehog?—¿y ahora ven por qué me quejo de la cantidad de anormales con los que me topo todos los días? ¿Sería esto una pérdida de tiempo o de verdad este equidna chiflado poseía información un poquito más importante y seria? Primero eran sujetos que viajan por el tiempo y leen el futuro y después esto. La verdad, ya no sé qué creer.
—Tommy, ya fueron demasiadas preguntas por hoy—interrumpió Silver, quien entró súbitamente a la carpa feliz mientras evadía un batacazo por parte de su jefe bajo la misma excusa del payaso—Jefe, ¿está cansado? ¿Se siente bien?
—Silver, ¿tú crees que estoy loco?—inquirió el jefe de pista angustiado y picándole la frente a su empleado con el bastón.—¿Crees que he estado mintiendo todo este tiempo?
—Eh… n-no. ¡C-claro que no, señor! ¿Cómo cree?—sonrió nerviosamente el erizo blanco al tiempo que forzaba un saludo militar con la palma ante la sien.
—¡Por favor! ¿A quién engañan ustedes dos?—respondió Vlad dejándose caer sobre su asiento con los brazos cruzados.—Les mostraré que estoy diciendo la verdad. Yo era el gran consejero del Reino Atlante hasta que los míos desaparecieron… y ahora estoy aquí, como un vil fracasado, publicando libros de ilusionismo barato y dirigiendo un circo subterráneo. ¡Bah!
—Uhm… jefe, no se preocupe. ¡Yo me encargaré de que el circo prospere!—dijo Silver con intención animada. Por alguna razón, llevaba la esfera luminosa escondida tras de sí.
—Silver, la esfera. Allí están las respuestas a todos nuestros problemas. Trae acá—observándole con gran seriedad, Vlad le extendió la mano a su pupilo circense, a lo que este respondió como un niño a quien acababan de reprender, tendiéndole el tesoro a regañadientes. Me pregunto qué clase de poderes posee aquel artículo. ¿Invencibilidad, poder ilimitado, omnipresencia, alguna clase de habilidad sobrenatural fuera de la comprensión…?—Acérquense los dos—susurró el jefe de pista, Theo, o Vlad, o como se llame, mientras sostenía la pequeña bola de resplandor azulado con una sonrisa divertida.—¿Quieren ver algo interesante? ¡Les mostraré algo interesante, ya verán!
Silver no se veía muy seguro, solamente se cubría el pecho con su capa estrellada y me miraba bajo cierta confusión. Creo que yo hice lo mismo cuando entrábamos a lo que, supuse, era algo así como una brecha en el espacio-tiempo. Al igual que la mayoría de las cosas que han estado sucediendo últimamente, no supe por qué, cómo, cuándo ni dónde, sólo me dediqué a mirar hacia el frente y procurar no parpadear para no perderme ni un instante de lo que sucedía.
El erizo blanco desapareció en medio de aquel túnel oscuro e incierto, pronto hallándome como desde la perspectiva de alguien sin un campo visual favorable. No podía moverme; más bien las imágenes eran las que se desplazaban; como en el cinema. Sólo desde un rincón era apreciable una pequeña reunión de algunos personajes conocidos.
—Esto no está nada bien—murmuró una coneja bastante joven, unos años menor que yo. Seguramente se trataba de Cream the Rabbit, la esposa de Miles Prower que aún no conocía con mucho detalle, sólo que su apariencia era notablemente más reciente que la actual.
De lo poco que podía distinguirse en el ambiente desde mi posición, aquella era una habitación blanca, con el piso y paredes pulcras, tanto que rechinaban de limpias. Un cúmulo de máquinas y aparatos complicados reposaban en los alrededores mientras una camilla adyacente albergaba a cierto individuo con pinta de estar a punto de desfallecer. Fue ese escalofriante pitido incesante proveniente de una de esas máquinas la que indicó que aquél era un hospital. O la sala de uno, por lo menos. Probablemente, el dueño de los ojos que me mostraban el suceso lo había observado todo a hurtadillas. Hmm… ¿qué estaría ocurriendo?
—Resiste… resiste—susurraba una y otra vez a las orejas del paciente. No podía decir de quién se trataba, pues la figura arrodillada de la chica me lo impedía. Llevaba una bata blanca idéntica a la que usaba cuando le conocí, aunque, por lo tanto, el tamaño no era acorde a su edad y estatura.
El sonido crónico estaba destrozándome los nervios, pero no opté por huir. Es más; aunque lo hubiera deseado así, no me hubiera sido posible. Esto sucedía por algo… era esa razón, posiblemente, por la que todo ésto me era revelado. ¿Qué clase de rol podría yo tener en este caso?
—¿Cómo se encuentra?—preguntó una voz femenina pero mucho más madura. La gata púrpura de la bata negra apareció de pronto en el cuarto desde una puerta opuesta para posarse a un lado de Cream. ¿No era ella The Queen, la que conocí aquélla vez en la base de Everfrost? Se hallaba mucho más consternada de lo que hubiera podido imaginar. No se veía como la clase de persona que se abruma con frecuencia.
—Ya lo he intentado todo, Blaze… ¡no mejora!—contestó Cream afligida.
—No… por favor. ¡Debe haber algo más que puedas hacer! ¡Debe…!—ella misma se interrumpió y se colocó a un costado del inanimado individuo, en el extremo contrario a Cream. Pude distinguir una mirada húmeda y triste en su rostro. Estaba haciendo un gran esfuerzo por contener el llanto. Blaze… ¿dónde había visto ese nombre antes?
¡Ajá! Ese era el nombre que aparecía en la nota del cuadernillo falso, aquel que había representado un poderoso obstáculo en mi investigación. Fue en esa nota donde le vi… la que, seguramente, había dejado Sonic the Hedgehog al llevarse el documento original. Blaze es The Queen… ¿pero qué hacía allí? ¿Acaso se trataba de alguna conocida del erizo azul? ¿Qué no estaba con los malos? ¡Y Cream the Rabbit! ¿Qué hacía la pareja de Tails allí?
—No puedo… lo siento muchísimo.—respondió Cream con un hilo de voz.—Evefrost se aproxima, si llegan y te atrapan con el enemigo…—la coneja hizo lo posible por parecer fuerte ante la pronta pérdida de la persona en la camilla. ¿Te atraparán con el enemigo? ¿Se referiría a ella misma y al sentenciado aquejado?
—No puedo creerlo—suspiró The Queen, inmóvil. Sumió la cabeza entre las sábanas en signo de lamentación al tiempo que se escuchaba su voz de manera ligera—Despierta, Silver… Despierta.
¡Silver the Hedgehog! Fue en aquel instante cuando Cream, con toda y su floja bata, sollozando penosamente se movió unos instantes del camastro. Allí estaba un erizo blanco deshecho; tenía su otrora brillante pelamen, opaco y carente de la vida que solía irradiar cuando bromeaba o tomaba café en grano. Sus ojos estaban profundamente cerrados y su negra nariz apenas se veía elevarse unos milímetros para bajar después con toda lentitud, producto de su estertórea respiración. ¡Dios, mío! Jamás había visto a algún otro ser al borde de la muerte… ¿era siquiera dudable el hecho de que expiraría en cualquier momento próximo? Pero… ¿cómo es que continúa vivo? Lo que presenciaba era un momento del pasado, por supuesto… ¿o no?
—Blaze, debes ser fuerte… como siempre.—sugirió una llorosa Cream, sentada junto a la almohada del deplorable Silver, acariciándole la frente con ternura, como si se tratara de un último gesto; uno de despedida.
—Despierta, Silver—The Queen se cubría los ojos con la manga de su traje oscuro y su voz fue tan queda que me sentí conmovido ligeramente, aún cuando ni siquiera conocía a esta tal Blaze. Unió su mano libre con la del paciente, atada ésta a las máquinas por una serie de tubitos y cables, y la sostuvo así firmemente durante un largo periodo. Fue durante este espacio de tiempo cuando los imperturbables ruidos de la máquina que lee el fulgor de la vida del desahuciado se agudizaron, volviéndose su progreso más inestable bajo un ritmo violento.
—Blaze, tienes que irte, The Boss ya casi está aquí—alertó Cream alarmada. No supe muy bien en qué se basaba para tal afirmación hasta que unos pasos de soberano porte fueron escuchados desde donde uno se hubiera parado. ¿Sería el mismísimo Dr. Ivo Robotnik? ¿O algún otro aliado malvado? Lo único irrefutable era que The Boss representaba, sin más ni menos, a uno de los principales antagonistas de este caso.
—Se ha ido… para siempre—Blaze mantuvo la mirada baja, soltando contra su voluntad aquel guante blanco con sus anillos dorados de luz azul en las muñecas. Fue una separación casi eterna, como si fuera incapaz de resignarse…—No puedo dejarte… No así. No debí haberte olvidado jamás. ¡No puedo perdonármelo!
Sus sentimientos debieron haber sido colosalmente intensos, pues sus lamentos me fueron audibles aún sin haberla visto pronunciar palabra al final. La gata morada se levantó de golpe, dejando para siempre al chico plateado que, a juzgar por su apariencia, no tenía salvación ya. Cream simplemente suspiró entrecortadamente debido a la agonía del aliado.
La gata morada se dio la vuelta con paso decidido, apartándose el llanto de la faz con el propósito de lucir estable ante su jefe… pero era inevitable. Apenas dejó la habitación presurosamente para soltar de nuevo su congoja en forma de lágrimas.
Mi campo de visión se movió consecuentemente para enfocar a The Queen durante su momento de mayor duelo.
—Usted no puede llorar ahora.—una mano enguantada descansó sobre su hombro en signo de consuelo al tiempo que una voz serena y fría pronunciaba nuevas palabras, una vez en el corredor.—Usted ha de dejar el llanto solamente para el amargo final.
—Señor… yo no…—Blaze intentó ocultar su rostro, recargándose de frente contra la pared contigua. Su voz y su torso temblaban en conjunto con su respiración. La chica estaba inconsolable.
—El enemigo ha muerto, pero aquí no acaban sus deberes—la identidad de The Boss fue imposible de conocer. Todo él estaba envuelto en negros ropajes y hasta una careta que le ocultaba la parte superior del rostro. Sin embargo, la forma impasible de su decir propagaba un cierto aire de confianza; en contraste evidente con su misteriosa apariencia.—Levante la vista… estoy seguro que a Silver the Hedgehog jamás le hubiera gustado verle así.
—Señor… él era el enemigo…—murmuró la gata púrpura con relativa sorpresa ante la afirmación de su superior.
—Pero usted le amaba y aquel ha sido el final más adecuado, así usted jamás tendrá que mancharse las manos ni enfrentarse a él. El destino fue justo…
—Tiene… tiene razón—exhaló Blaze en forma de su último sollozo; no obstante, no se atrevió a mirarle de frente a su director. Creyó que le reprendería por haber traicionado a Everfrost al visitar a uno de los principales opositores del Imperio, pero no fue así. O eso pude concluir. Ese momento enseñaba que The Queen era leal a su jefe al ser éste suficientemente tolerante…
Pero entonces, ¿Silver había muerto ese día? ¿Qué pudo haber sucedido para que las cosas se hallaran tal como en la actualidad? ¿O sería el Silver que conozco algún falso doble? No hallaba la forma de relacionar los hechos actuales con los que había vivido en aquel momento…
—Hoy, al superar esta trágica pérdida, usted se ha vuelto más fuerte, y por ello le encomiendo la custodia de esta reliquia—avisó el sereno líder de Everfrost al tenderle una llave dorada a su abatida aprendiz.—Con esto, será usted capaz de estar en cualquier lugar en cualquier momento. Y será justo ahora cuando la misión de atrapar al criminal más peligroso de todos se le confíe. Será usted capaz de derrotar a Scourge the Hedgehog y recuperar el cetro tan pronto como le sea posible y esta traición será dejada en el olvido para siempre.
Las pupilas color ámbar de Blaze se movieron hacia abajo. Se mostró pensativa y fuertemente conmocionada, como si estuviera debatiendo entre el bien y el mal. Aún sus ojos brillaban detrás de las lágrimas, pero terminó asintiendo.
Sin más por hacer, The Boss se alejó de su inferior con extrema delicadeza y, en conjunto con sus lúgubres ropajes, las sombras lo envolvieron hasta desaparecer. ¿Acababa de ver, entonces, el principal antagonista? En definitiva no se trataba de Eggman, eso era innegable.
—Sonic, dejo todo en tus manos ahora—suspiró Blaze con los ojos cerrados, tomándose el hombro fuertemente, como en señal de arrepentimiento.—No dejaré que Silver parta en vano. Sonic, Cream… Ivo Robotnik, hemos de llegar al fondo de ésto. Daré mi vida otra vez si es necesario… aún si no regreso, estaré feliz de encontrarme con él aunque sea una vez más. Jamás te olvidaré…
Los ojos del espectador fuéronse alejando poco a poco, dejando en la penumbra a una triste Blaze que acababa de sufrir la aparente pérdida de alguien a quien estimaba en demasía. Aún no entendía casi nada, pero lo que más me inquietó fue su mención de los aliados. Sonic, Cream e Ivo Robotnik, el mismísimo Eggman. ¿Qué significaba ello? ¿Entonces eran los villanos en realidad? ¿Y qué había de The Boss? ¿No era él también un aliado…? A menos que alguno de los mencionados poseyera tal identidad… ¿Sería posible? Al menos, un misterio era resuelto: Blaze era The Queen y no existía cabida a dudas; sin embargo, aquel dato fue proporcionado a costa de un par de dudas con un peso aún mayor.
Todavía con la carga de la misión que me confió Knuckles e incapaz de saber si me era posible continuar con tosas estas incógnitas, el recuerdo se perdió al fin. Le seguía uno más; ojalá éste pueda aclararme la verdadera naturaleza de aquella esfera y las demás armas que todos poseían…
Cuando creí que no podía preocuparme más por algo; me di cuenta de mi más terrible olvido… la Chaos Emerald de mi madre se había perdido. ¡No puede ser! ¿Cómo pude haber pasado aquello por alto? Deseé con toda mi alma regresar al mundo real y buscar la invaluable joya, mas me fue imposible. No tenía ni idea de cómo podía escapar de esta ilusión… sólo me quedaba esperar el próximo destino y ser paciente. Quizá todo lo que necesito venga en mi auxilio pronto…
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NOTA: ¿Qué pasa cuando faltan dos días para el inicio de los exámenes, te dejan tareas pesadísimas a diario y además debes leerte La Odisea en dos días? Ésto… indudablemente, esto. La actualización más demorada de mi historial.
Vaya que, para mí, éste fue el capítulo más difícil de escribir. No sólo por las toneladas de deberes escolares que tenía de por medio, sino porque me encontraba en la nada absoluta. En el episodio anterior llegué a un blanco total; no tenía ni idea de cómo continuar, ni de cómo relacionar los sucesos ya relatados con los que tengo planeados. Por fortuna, ya casi se viene el final. Ja, un par de capítulos más y se habrá acabado, no lo duden.
Así que, por lo mientras, me atrevo a decir que ésta ha sido la parte más floja que he escrito, no se si a alguien le parezca lo contrario… quiero decir; tuve que meter un OC random, aún en contra de mis principios, para entablar un diálogo con poco más de 3000 palabras en donde no se llega, absolutamente, a ningún lado. Es más bien al final donde se vienen datos cruciales para el resto de la historia. Discúlpenme por ésto; suplico que no pierdan el interés por este pequeño error que, de todos modos, es importante de cierta manera. Ya saben; todo tiene un propósito final.
También les aviso que nadie está obligado a dejar comentario, mas si lo hacen, les ruego de gran favor que me hagan saber los fallos hasta ahora; lo que no les agrada (ya sea en narración, redacción, argumento, personajes, etc.), o lo que les incomoda. Estaré tremendamente agradecido, ya que así sabré qué puntos puedo arreglar para ofrecerles una historia de mayor calidad. Es muy importante para mí, reitero.
Finalmente, agradezco a los usuarios que continúan leyéndome, a pesar de "las metidas de pata" que paso por alto. Liz y Wings, gracias por su apoyo. Me es muy grato saber que les continúa interesando el fic. Viku, qué bien que te haya gustado la historia… y sí, Scourge es lo máximo, ja. Mina, gracias también por el apoyo… y a Amy Mustang, qué bueno que me dices lo del SonAmy… tengo planeado algo que puede agradarte muy pronto. Digo, tal vez… no soy muy bueno con el romance =/
Luffy, de verdad aprecio bastante tus comentarios. Me haces pensar que soy bueno con ésto, ja. ISC14, lástima por lo de tu PC y gracias por tu seguimiento. Y ya saben, de verdad valoro muchísimo a los lectores que se pasean por aquí. No encuentro palabras para agradecerles O_o
Bueno, qué mensaje de despedida tan largo, ¿eh? Ya debo irme que mis padres me están corriendo a patadas (literalmente). Saludos.
