¡Hola a todos!
Primeramente, diré que lamento la tardanza, he estado muy ocupada en las semanas, no es mentira, y los fines me he visto con planes, por lo que escribir no fue lo primordial para mí. ¡Pero ya está el capítulo!
Segundo, ¡gracias totales por los reviews! Siempre animando a seguir aquí, ¡gracias! Tomo este espacio para responder a:
Delivery: ¡Gracias, reina! Por todo tu apoyo. Me preocupan un poco las expectativas que tienes con respecto a esta historia, es que no quiero decepcionar. Ojalá te guste tal como la estoy planteando y desarrollando, ¡ya veremos! Y Harry, Harry… como creo que dije en una respuesta a Potterden, siempre he dicho que mi personaje favorito es Ginny, pero en todos mis fics, a Harry es a quien menos me cuesta describir (de hecho, no me cuesta nada en lo absoluto.) En todas mis historias, es a Harry a quien tomo para añadirle un poquito de mi personalidad, algunas veces creo que lo hago de forma inconsciente, es decir, me percato de que Harry tiene una característica muy mía solo cuando releo el capítulo. Solo en ciertos puntos, claro. Igual pienso que uno mismo es el menos indicado para describirse. Creemos que somos geniales y el resto del mundo puede vernos como una mierda, jajaja. ¡Un abrazo, diosa! Ojalá el cap te guste. Nos leemos por face. =)
Anatripotter: Tú también me preocupas, jajajaja. Temo que la aclaración de toda la intriga no te convenza. Pero ahí veremos, cada vez se sabe un poquito más de todo. ¡Gracias por leer! Siempre me alegra ver tus reviews.
Ina cel: ¡Gracias por tu review, corazón! Y tranquila, ya todo se sabrá. No puedo decirte mucho, porque si no no tendría sentido que leyeras, pero cada cosa tendrá su respuesta. ¡Gracias por leerme! Espero el fic te siga gustando.
Helen: Creo que este cap te gustará, jajaja. ¡Gracias por tu comentario, bella! Me alegró que te gustara la escena Hanny, creo que se los debía, jajaja. Lee y dime qué tal, ojalá te agrade. =)
Y siempre las gracias a Potterdeen, leimys y Silvers Astoria (nena, me cautivaste con tus comentarios. ¡Mil gracias! Y espero saber qué pasó con aquella historia a medias.)
Gracias a todos por mantenerse y comentar cada capítulo.
Ahora sí, dejo leer..
Ilusión
Capítulo VII
El mundo era un pañuelo, minúsculo. Lo había leído en varios de sus libros, y ahora aquella afirmación se le metía en la cabeza como un maldito aguijonazo.
¿Cuántas probabilidades habían de toparse con Ginevra en su tercer día en Londres?
Lo quieres, lo tienes. ¡Ahí está tu Ginny!
Sacudió la cabeza, imparable. Sentía algo frío y áspero deslizarse por su espalda, erizándole la columna. Sus ojos capturaban la boca abierta de Ginevra, indicándole la misma sorpresa que le había atenazado ante el impacto. Ella lo observaba anonadada, víctima de un aparente estado de petrificación, mientras él temblaba con incontrolable desesperación.
-Tù… – ella elevó un brazo, queriendo apuntarlo. Harry volvió a negar con la cabeza. Miró de un lado a otro, las personas seguían circulando como si nada ocurriese, mientras él se sentía desfallecer. Temió perder el conocimiento.
- Yo… – ¿Lo recordaba? ¡Por supuesto!, pero, ¿ella…? – Debo…
Huye… – discutió una voz en su cabeza, demasiado realista, como si alguien le estuviese hablando al oído.
Vio a su Ginny, aún con sus labios abiertos, ligeramente pintados, los ojos agrandados y su delicada mano señalándolo, estupefacta. Deseó volver a tocarla, más que nunca. Tantos años lejos, y ahora estaba ahí, frente a ella… un tropezón no sería nunca suficiente.
Huye.
- ¿Harry Potter? – interrogó la mujer. Harry notó que recuperaba la compostura.
Ahora sí, ¡huye!
Le aterró aquella orden, aquel nivel de superioridad impregnada en esa vocecita de su subconsciente. Y aquel temor le hizo reaccionar justo como aquella voz pretendía. Giró bruscamente y corrió lejos de Ginny, llevándose a más de un peatón por delante. Hizo caer a un niño, quien lloró por su helado, y pisó la cola de un perro, el cual casi le clava los dientes en la pantorrilla derecha. Corrió como un lunático huyendo de la escena del crimen, adentrándose en una callejuela solitaria y oscura. El corazón bombeaba con excesiva fuerza y sentía la falta de aire en sus pobres pulmones. Colapsaría, lo presentía, estaba pronto a un ataque si no conseguía controlarse.
Cerró los ojos y aguardó a tranquilizarse; le fue casi imposible. En su mente se dibujaba la reciente imagen de Ginevra, más nítida que nunca. Su carita de mujer, aún más hermosa de lo que recordaba…
Llevó ambas manos a su cara y se apretó los párpados, sintiendo brotar algunas lágrimas. Por un momento, anheló estar en su cabaña, estar en Tristan de Cunha, lejos de tantas emociones, lejos de todo lo que amaba y que tanto le lastimaba. Respiró hondo y se imaginó Brick Lane, evocó la imagen del corriente vecindario donde vivía Dalton Smith, y haciendo uso de la poca fuerza que sentía dentro de sí, desapareció.
Del techo continuaba ascendiendo una ligera estela de humo grisáceo. Harry apenas logró captarla, antes de caer inconsciente frente al pórtico.
O O O O
Ginevra se sentía, literalmente, fuera de sí.
En su oficina, mientras doblaba y desdoblaba el papelito con el número de Dean Thomas, pensaba en la imagen de Harry Potter, porque era Harry Potter, ¿verdad? ¡Tenía que serlo! Si no, ¿cómo se explicaría la cicatriz en su frente? ¿Sería capaz un fanático obsesionado con el héroe del mundo mágico, tatuarse el rayo en la frente?
Abrió el cajón del escritorio, apartó la gorra que había resguardado en su interior y tomó los anteojos, redondos, idénticos a los de Harry. Buscó la fotografía y la miró aún con más atención y cuidado que antes; el pelo azabache, los bonitos ojos verdes… podía ser muy difícil, casi imposible, pensar que aquel joven risueño y lleno de una envidiable felicidad era el mismo ser que hacia unas horas, había tropezado con ella. Aquel hombre le había transmitido, en tan pocos segundos, una profunda desolación.
- Tiene que serlo – se dijo, convencida. Era Harry Potter, y estaba de vuelta en Londres.
Algo se removió en su interior, incomodándola. ¡Había tenido la posible historia del año en sus narices! La posibilidad de llenar aquellos huecos que dejó el niño que vivió con su inesperada huída. ¿Qué debía hacer? Tomó el auricular del teléfono, e inmediatamente lo regresó a su lugar; no podía dar semejante noticia a nadie de su familia, no sin estar del todo segura. No podía llenarlos con la esperanza de un reencuentro con el joven que tanto habían ayudado y con el cual habían compartido momentos importantísimos. Primero, debía volver a ubicarlo.
- Ubicarlo, primeramente – ¿Y cómo? Él no quería ser encontrado, era obvio. Huyó despavorido apenas ella fue capaz de pronunciar palabra. La había reconocido, había recordado a la hermanita menor de su mejor amigo. Pero, ¿por qué estaba en Londres, y caminando a plena luz del día? ¿Por qué su regreso? ¿Por qué su huída? ¿Por qué aquella foto? Miró la imagen, comenzando a obsesionarse. Había dado un alto a la indagación sobre Harry Potter desde hace un par de días, no obstante, ahí volvía con desmesurada insistencia.
Sentía una opresión en el pecho, producto de la impresión. ¿Cuál debía ser su paso inicial? Ginevra había aprendido, durante sus estudios y el ejercicio de su carrera, que un periodista no es solo un periodista, la ocupación demandaba de la persona una serie de características que le permitían desempeñar varios papeles necesarios para una labor exitosa. Un buen periodista debía ser, ante todo, un buen investigador. Debía investigar más, mucho más, y con otro poco de suerte, la vida le volvería a poner a Harry Potter en su camino, y con él, el trabajo de su vida, la oportunidad que todo reportero ambicionaba.
Agarró el papelito con el número de Dean y volvió a coger el auricular, discando con decisión. Llegó a escuchar dos timbrazos antes de una profunda voz dando los buenos días. No había hablado con Dean Thomas desde la boda de Ron y Hermione.
- ¡Dean! – no había esperado de su parte un saludo tan animado. – Es Ginevra Weasley – aclaró de inmediato.
- ¡Ginny! – Dean le saludó con la misma alegría. – ¡Tanto tiempo!
- Se dirá que somos unos completos descarados – rió. No era nada incomodo volver a conversar con quien compartió tanto durante sus estudios en Hogwarts. – Lamento si es molesto.
- ¡Para nada! Es sorpresivo. Me extrañó ver en mi registro de llamadas un número del profeta. Me es aún más sorprendente enterarme de que eras tú quien me llamó en un par de ocasiones.
- Creo que fueron más, disculpa la insistencia.
- ¡No te disculpes! Es genial saber de ti. ¿Cómo está todo? ¿Cuándo regresaste a Londres?
- Hace ya unas cuantas semanas.
- ¿Y ahora trabajas en El profeta? Sí ¡Quién lo diría!
- ¿Qué quieres decir con eso?
- No, nada – Ginny percibió una suave risa al otro lado del auricular. – Sólo que… pensé que ibas a dedicarte al Quiddicth, Ron me comentó en una ocasión que incluso tenías el ojo puesto al equipo de las Arpías.
- Sí, bueno, cambio de planes.
- Pasa a menudo. Pero dime, ¿qué necesitas? Algo me dice que esta llamada no es solo para ponernos al día.
- Tienes razón – iría directo al grano. – Dean, yo quería preguntarte…
- ¿Si nos vemos para almorzar? – Ginny se lo planteó al escucharlo. Era una buena idea, cara a cara, su antiguo compañero y ex novio podía ser más específico.
- ¡Bien! Salgo en una hora, ¿en dónde…?
- En el Callejón Diagon. Abrieron un nuevo restaurante diagonal a Ollivanders, sé que te va a gustar.
- De acuerdo. ¿Nos veremos ahí?
- Frente a Ollivanders, sí, en una hora.
- ¡Muy bien! – colgaron, y a la mente de Ginny llegaron varios episodios de sus momentos con Dean. Pese a que no funcionó, había sido una bonita relación… en lo que cabía.
Había un tema en particular que a Ginny le intrigaba y perturbaba al mismo tiempo; su primera experiencia sexual. En sus primeros meses en Norteamérica, había conocido a un joven atleta que destacaba por su buen físico, aunque de cara no era muy atractivo. A Ginevra le llamó la atención su confianza afable y detallista; salieron por unos cuantos meses, nada serio, y ella, atraída por el buen trato y saludable físico del hombre, se entregó con él a la intimidad. Esa misma noche reconoció que anteriormente había estado con alguien, que su virginidad había desaparecido mucho antes de ese muchacho deportista, y que no la recordaba. Esa idea turbaba a su mente desde mucho antes de sentir el cuerpo del atleta sobre el suyo. Ella había estado con alguien, había hecho el amor, tenido sexo, ¡y no lo recordaba! Pensó en Dean, su primer novio formal. Recordaba las caricias privadas y los besos furtivos en las aulas vacías del colegio, pero, ¿habían ellos tenido relaciones? Y para ella ¿tan poco especial había sido, que de sopetón su mente la borró? Su primera vez carecía de toda imagen, apenas y podía divisar un manchón formado, un cuadro pixelado, sin nitidez alguna para definirlo.
Sacudió la cabeza, el tema le disgustaba, incluso le hacía sentirse un poco enferma. Si no recordaba su primer acto sexual, por algo era, y temía rebuscar en lo más recóndito de su cerebro, creyendo que podría chocar con algo traumático.
Miró su lista de pendientes y prendió el ordenador. Debía terminar las correcciones de un par de artículos y buscar información referente a la nueva moneda que planteaba lanzar Gringotts para todo el mundo mágico, un tema completamente tedioso y falto de todo interés.
O O O O
- Estaba tirado al final de los escalones. No ha dicho nada desde que despertó.
- Ey, muchacho – Scraut balanceó una mano frente al rostro de Harry. Tenía la cara toda mojada y el pelo le goteaba. – Oye, Dalton, ¿acaso le echaste todo un balde de agua?
- Unas cuantas jarras. ¡Y nada!
- Harry – dijo Scraut suavemente, tocándole un hombro. Harry parpadeó, entornando los ojos hacia las dos figuras frente a él. Notó que estaba recostado en un sillón grueso, en alguna esquina de la oscura sala de Smith.
- La vi – murmuró, notando la boca seca. – Tengo sed – carraspeó, sentía la garganta rasposa.
- Iré por un poco de agua – Scraut se irguió y caminó por el estrecho pasillo hacia la cocina.
Harry miró un punto de la pared, en donde comenzaba a proyectarse la sombra de Arren, el gato de Dalton. Después observó al viejo científico, quien no le quitaba ojo de encima.
- ¿Te sientes mejor? – preguntó el anciano, él asintió con la cabeza. Scraut llegó en poco tiempo y le tendió un vaso lleno de agua a temperatura ambiente. Harry se la bebió con desesperación.
- Gracias – alcanzó a decir, secando su barbilla con el dorso de una mano.
- ¿Mejor? – cuestionó Scraut, el hombre volvió a asentir.
- ¿Qué fue…?
- Estabas despatarrado frente a mi pórtico. – dijo Dalton. – ¡Menos mal alcancé a meterte antes de que alguien más te viese! Usualmente, solemos ignorar a los borrachos y vagabundos, pero siempre puede haber un ocioso que busque joder hasta a un mendigo. ¡Qué sorpresa podría llevarse si viese tu cicatriz!
- Mis lentes – habló Harry, empezando a fatigarse más con la visión borrosa.
- Estabas sin ellos. ¿De cuánto es tu miopía? Tengo unas cuantas gafas viejas que podrían servirte – Smith se alejó hacia las escaleras y subió al segundo piso.
- ¿De verdad está todo bien? – Scraut se quedó observándolo. Esa vez, Harry negó con la cabeza.
- No debí haber venido, no debí salir, todo esto… – se restregó la cara con las manos. – Debe de ser real, porque todo es una reverenda mierda.
- ¿Qué…?
- Me dije que necesitaba aire, salí con esa intención… o no, sólo quería… ¡Todo Londres me recuerda a ella! y quería verla, siempre. Y…
- Harry…
- Me reconoció – abrió mucho los ojos, las pupilas parecían brillarle. Scraut pensó que parecía un loco. – Ella me vio y dijo mi nombre.
- Harry, ¿seguro estás…?
- No puede volver a pasar – su mirada se ensombreció, increíblemente. Scraut se impresionó con el cambio tan abrupto de su expresión.
- ¿A quién…?
- No, no puede volver a pasar – se repitió, aún cuando deseaba con agudo fervor lo contrario.
- Harry…
- Suficiente – agitó la cabeza, moviendo sus mechones azabaches, y se levantó del sofá.
- ¡Tengo unos cuantos! – exclamó Dalton, regresando junto a ellos. Cargaba varios anteojos para ancianos. – Son de un estilo muy anticuado, pero nada que un toque de varita no pueda modificar.
- Están bien, gracias – Harry tomó el primer par que vio, casualmente, los más parecidos a sus antiguos lentes, redondos y de montura delgada.
- ¿Ya te sientes bien? – Smith dejó el resto de las gafas en el sofá que antes Harry ocupaba.
- Sí – respiró hondo.
- ¿Qué fue lo que pasó? – Dalton miró a Harry, después a su amigo Scraut, quien se alzó de hombros.
- ¿Ha podido lograr algo? – interrogó el azabache, repentinamente impaciente.
- Te dije que necesitaba de unos días.
- ¿Cuántos exactamente?
- Unos cuantos.
- Ten paciencia, muchacho – dijo Scraut. – Todo será para tu mejora. ¡Créelo!
Harry se preguntó cuánto tiempo podría aguantar entre las cuatro paredes del sobrino de Scraut, pues no pretendía volver a salir del departamento. ¿Resistiría? En Tristan de Cunha podía vagar libremente y sin problemas.
A su pecho se coleó un sentimiento de añoranza, llevaba en Londres tan solo tres días, y extrañaba la soledad de su cabaña como si hubiese estado lejos de ella por mucho más tiempo. No se podía dudar de la capacidad para acostumbrarse del ser humano a cualquier situación y circunstancia; Harry extrañaba el dolor a solas, se había habituado a él.
O O O O
Ginny divisó a Dean cuando ya lo tenía a cinco metros de ella. El callejón estaba repleto y se preguntó si encontrarían sitio en el lugar que el hombre le había mencionado, moría de hambre.
Observó a su ex novio de la adolescencia; alto, le sacaba como mínimo una cabeza, de complexión saludable. Vestía con un traje de chaqueta formal y llevaba el cabello cortado a ras, luciendo bastante guapo. Ginevra le sonrió apenas lo tuvo al frente.
- ¡Dichosos los ojos que te ven, Ginny! – Dean se acercó, dando un corto abrazo como saludo. La mujer le respondió riendo.
- Puedo decir lo mismo, Dean. ¡Hace tanto!
- Siento que ha sido mucho, y al mismo tiempo poco el tiempo transcurrido – hizo un movimiento con la cabeza para empezar a caminar. – Vamos, reservé una mesa apenas terminé de hablar contigo.
- ¡Excelente! Muero de hambre – Dean Thomas largó una carcajada.
- No cambias, Ginny.
El restaurante era pequeño pero muy sofisticado, daba un toque diferente al callejón. Las mesas se disponían cerca del ventanal y en el centro de la estancia. El anfitrión los ubicó en una mesa para dos, situada unos metros lejos del bar de cocteles.
- Te recomiendo la cazuela de mariscos – dijo Dean.
- Adoro los mariscos.
- Lo sé – el hombre sonrió. Dieron las órdenes al mesero y se dispusieron a esperar con un mojito de mora cada uno.
- Realmente me alegro de verte, Dean. Te ves muy bien.
- Gracias, Ginny. Tú también, estás hermosa.
- Gracias – sonrió, mostrando toda su dentadura, y se preguntó qué habría sucedido entre ambos si las cosas entre ellos hubiesen funcionado… ¿Y qué había pasado? Recordaba haber sido ella quien dio fin a su relación, ¿por qué? Dean era un joven amable y excelente estudiante, aunque atosigante, sí, en suma. ¿Fue esa la única razón? Volvía a su cabeza la dislocada cuestión sobre su primera vez. ¿Dean habría sido capaz de hacerle algo malo? Lo dudaba, muchísimo. Lo creía incapaz de semejante pecado. ¿Si se atrevía a preguntarle? ¿Cómo lo tomaría?
- Así que en El Profeta – comentó él, haciéndola volver en sí.
- Sí – lo miró. – Como dijiste, ¡quién lo diría! Tuve mucha buena suerte, no pensé que encontraría un puesto de esa magnitud en tan poco tiempo.
- Siempre supe que serías exitosa, en el Quiddicth, periodismo, o cualquier cosa que te propusieses.
- He tenido ayuda – bebió un sorbo de su trago. – ¿Y tú? ¡He visto tu trabajo! Eres excelente.
- Sabes que siempre me gustó dibujar, y bien, el Diseño Gráfico me permite hacer lo que amo, y que me paguen por ello. ¿Has vistos las vallas publicitarias que anuncian la nueva marca de Grajeas de todos los sabores?
- ¿Tú las hiciste?
- Todo el diseño, tanto las imágenes como la selección del color.
- Tienes talento – sonrió.
- Y mejoro cada día. Hace un par de años trabajé con los gemelos, les elaboré un enunciado para un par de sus artículos.
La orden llegó. Ambos se dispusieron a comer, aún conversando sobre trivialidades. Ginevra agradeció el hecho de estar hablando con Dean Thomas como dos buenos amigos; era un buen hombre, y estaba pronto a casarse. Salía desde hace un par de años con una arquitecto que conoció en un viaje de vacaciones a Rumania, y hacia cuatro meses le había propuesto matrimonio.
- Es toda una gran noticia, Dean. ¡Felicidades!
- Sí, bueno, ya sabes. Los años pasan y el pelo se tiñe… Juliet es especial, una mujer increíble. Y de un momento para acá, me imagino envejeciendo solo con ella.
- ¡Estás enamorado!
- Eso no puede estar en duda – rió.
- David parece querer esperar un poco para ese paso – Ginevra miró su plato, ya con tan solo el jugo restante de los mariscos sazonados. Dispuso los cubiertos cuidadosamente uno junto a otro, con los dientes del tenedor señalando hacia Dean, quien la miró con una sonrisa en la comisura de los labios. – Cuando la comida te gustó mucho, debes dejar los cubiertos así, el chef lo sabrá.
- No sabía ese dato – dijo Dean, y colocó los cubiertos tal cual lo había hecho Ginny.
- David me lo enseñó – sonrió. Extrañaba a ese hombre como una loca, pese a que solo habían transcurrido pocas horas desde su partida.
- ¿Quieres algún postre?
- No, gracias. Me comí la cestilla de pan prácticamente sola, ¡siento que explotaré!
- ¿Segura?
- Completamente – revisó la hora. Había pasado un buen rato y el tiempo, literalmente, había volado.
Debía preguntar lo que necesitaba saber, sin más chácharas de por medio.
- Dean, mis llamadas fueron para preguntarte algo. Es importante.
- Claro, ¿qué quieres saber?
- Todo sobre Harry Potter – soltó, viéndolo con firmeza. El rostro de Dean pareció tensarse por unos segundos. El hombre desvió los ojos hacia el bar a un lado, y después volvía hacia ella.
- Él…
- No me digas lo que ya sé. Salvador del mundo mágico, mejor amigo de mi hermano. Desapareció sin más, ¡caput!
- ¿Y qué…?
- Hace poco hice un artículo sobre él, planean publicarlo en Julio, imagino que por su cumpleaños, junto con un recopilado de los sucesos ocurridos durante la guerra.
- ¿Y tú…?
- Hay algo más que nadie me quiere contar.
- ¿Cómo lo…?
- Lo sé – no había estado tan segura de aquella afirmación como en ese momento, cuando lo manifestó en voz alta por primera vez.
Observó a Dean, y algo en su semblante había cambiado. No sabía qué, puesto que el hombre mantenía una expresión que sólo pudo calificar como neutra, sin impresión ni aburrimiento. Pero algo se había modificado apenas nombró a Harry Potter.
- Esta foto, Dean… – se atrevió a sacar la fotografía que tan bien resguardada tenía. – Mírala – se la tendió. Dean la tomó, observándola con atención.
- Ginny…
- Mira el reverso, fue tomada un año después de la guerra. ¡No recuerdo por quien! Ni siquiera recuerdo haberme tomado foto alguna con él.
- ¿En serio no lo recuerdas?
- ¡Nada! Nunca fui una verdadera amiga para Harry. Nos saludábamos, se quedaba mucho en casa y a veces hasta jugábamos quiddicth, pero nada más. Y esta foto – le quitó la imagen y la miró. – Es como si…
- Debo irme – dijo Dean de pronto, casi con urgencia.
- ¿Qué? Pero si…
- La hora, Ginny. Me he tomado treinta minutos de más – Ginny sabía que tenía razón, pero él no había contestado a su pregunta, y ella necesitaba con desesperación una respuesta.
- Sí, nos demoramos. Pero Dean, dime si…
- No sé nada más de lo que saben todos, Ginny – dijo él, después de un minuto. Ginevra pensó que era un tiempo demasiado largo para a la final, responder algo que ya sabía.
- Dean, por favor.
- De verdad, Ginny. No sé nada de Harry desde la fiesta después de la restauración de Hogwarts. Me fui a Austria después y lo último que supe de él, fue que había desaparecido.
- ¿Estás seguro?
- Completamente – Ginevra creía que le jugaban chueco. No sólo Dean, sino toda su familia.
- Bien, debemos irnos – aún tenía trabajo en el profeta, y éste se había acumulado en aquellos últimos dos minutos, pues no dejaría el tema de Potter sin llegar a una conclusión definitiva… menos, si éste andaba vagando por Londres. ¿Pretendería hacer un regreso escandaloso? Lo dudaba, recordaba que Harry siempre fue discreto. Él nunca gozaba de la fama obtenida, ni presumía de ella.
Dean pagó la cuenta y salieron presurosos del restaurante. Fuera, había una larga fila de personas que esperaban por mesa.
- Gracias por el almuerzo, Dean. Tenías razón, el lugar me gustó mucho.
- Hay que repetirlo.
- ¡Definitivamente! – se colocó de puntitas y le dio un beso en la mejilla. – Nos estaremos comunicando. – Ya fuese por Harry, pensó, o por la maldita incógnita sobre su primera vez.
- Cuídate mucho – sonrió, antes de tomar el camino contrario a ella.
Ginny apresuró el paso al notar el retraso. Debía pensar en su trabajo, en los aburridos artículos que aún debía finiquitar; sin embargo, solo pensaba en Harry, en la fotografía, y en las supuestas mentiras de toda su familia. Creyó que debía encararlos con la fotografía en la mano, a ver qué explicación podrían darle.
O O O O
- Ciento veinticuatro elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña, como veían que resistía, fueron a buscar otro elefante… Ciento veinticinco elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña, como veían que resistía, fueron a buscar otro elefante… – el puño de Scraut llamó a la puerta. Harry abrió con prontitud. Estaba aburridísimo y ni ganas de leer tenía.
- ¿Cómo amaneces hoy, Harry?
- Estaba contando elefantes – Scraut entró con una caja sobre sus brazos. – ¿Qué es? ¡Aún tengo comida, señor Scraut! No necesito…
- Ábrelo – dijo el viejo, dejando la caja sobre la mesita.
- ¿Lo manda Dalton? ¿Es algo que debo aplicarme, o comer, o…?
- Ábrelo y ya – repitió Scraut. Harry se apresuró a hacerlo; dentro de la caja había tres cuadernos, unos cuantos pliegos de pergamino, plumas, tinteros y bolígrafos.
- Señor Scraut…
- No escribes nada desde que llegamos. Pensé que eso te gustaría y además, te distraería la mente, tomando en cuenta que te rehúsas a salir de aquí.
- Gracias – no iba a negarlo y menos a rechazar aquel obsequio, le encantaba. Sonrió a medias, tomando uno de los cuadernos; era de un estampado marrón que simulaba al cuero.
- Seguro tienes muchas ideas. Estando en soledad, a la mente le encanta vagar.
- Gracias – repitió.
- No hay de qué.
- ¿Ha hablado con Dalton hoy?
- Me llamó esta mañana. Paciencia, Harry, no han sido más de dos semanas.
El hombre resopló. Miró la caja y pese a valorar su contenido, le causó nauseas la cantidad de cada artículo. ¿Cuánto tiempo pretendían los dos viejos tenerlo ahí? ¿El suficiente como para llenar los cuadernos y pergaminos?
- No te vendría nada mal un poco de aire y ejercicio.
- No empiece.
- Con una nueva gorra bien puesta, y quizá gafas de sol… nadie te reconocerá.
- Eso no me impide verlos yo, señor.
Todos los días era el mismo cuento; Scraut le instaba a salir un poco, y él se rehusaba como un niño malcriado. El viejo le insistía, por su salud, salir y dar al menos una caminata a la manzana. Harry sabía que su cuerpo debía tener actividad física, Dalton se lo había ordenado, y desde entonces se dedicó a hacer un par de series de flexiones y estiramientos todas las mañanas y las tardes, ahí mismo, en aquella pieza. Como se había dicho, no pretendía volver a salir.
- De acuerdo, ¿necesitas algo? – Harry negó con la cabeza.
- Muchas gracias.
- Llama ante cualquier cosa.
- Sí – Harry nunca llamaba, ni a él ni a Dalton. El viejo Scraut se había entablado su propio horario de visita; todos los días a las diez de la mañana, quizá para asegurarse de que aún seguía vivo. – Gracias, señor Scraut.
A solas con sus nuevos cuadernos, pensó en qué escribir.
- No te obligues – se dijo. Tomó los pergaminos y apreció su textura, cogió una pluma y arrimando una silla a la mesa, se sentó.
Le gustaba escribir a pulso; nada como un texto a puño y letra, solía decir, mas extrañaba su vieja máquina. ¿Cómo pudo ser tan idiota y destrozarla? Le hacía mucha falta. Era alivianador el sonido de sus teclas duras.
- Bien – suspiró. Y se dispuso a escribir una nueva historia a partir de su más importante y último acontecimiento, su breve encuentro con Ginny. – Si es ficción, cualquier cosa puede pasar.
Escribió hasta que la mano comenzó a latirle de dolor y el hombro a entumecérsele. Resopló cansado y se echó hacia atrás sobre la silla, estirando la musculatura. Había llenado diez pergaminos, le restaban otros cinco. La inspiración era potente. Releyó unos cuantos renglones y se preguntó a dónde había ido la idea de nunca escribir sobre romance. No era que se le diese muy bien, de hecho, dudaba de que escribir fuese su talento, pero le ayudaba en suma medida. Y si pensaba en su Ginny, y en un reencuentro con él, ¿de qué otra cosa hablaría? Si en la vida real no podía tenerla, mínimo la merecía a su lado en la fantasía.
Se sonó los dedos y pensó en algo que todo escritor anhela mientras escribe, una copa de vino tinto. Con su varita podía hacer un poco, mas quedaba muy aguado, con un sabor poco convincente. Recordó una licorería a unas cuantas cuadras cerca de ahí.
¡Pero no! ¡No podía salir! Había sido una estupidez aquel día, y repetirlo era impensable.
Volvió a tomar sus pergaminos y deseó salir de nuevo. Salir, salir, salir. ¿Qué pretendía?
- Solo quiero un poco de vino, para la inspiración.
Una nueva gorra, más grande que la anterior, y unos enormes lentes de sol sobre sus gafas de viejo, ¿quién podría reconocerlo? Tan solo podrían verlo como un frikie, o un posible asaltante de tiendas.
-Será rápido – se dijo, saliendo del departamento con el escaso dinero que aún conservaba. Ni su varita tomó, ¿para qué? Sería veloz el paseo.
Caminó presuroso unos cuantos minutos, cruzando de esquina a esquina, y divisó la licorería. El encargado del establecimiento pegó un brinco al verlo entrar.
- Descuide, solo compraré una botella de vino – y sacó un par de billetes.
- Bien… – el sujeto respiró, aliviado. – ¿Cuál…?
- El más barato, por favor – salió con una botella de una marca que nunca en su vida había oído mencionar. En Tristan los isleños cosechaban sus propias uvas y elaboraban su vino; a Harry le gustaba, era muy dulce.
Estaba cerca del edificio cuando una pequeña chocó contra él. ¿Desde cuándo acostumbraba a tropezar con la gente?
- Lo siento mucho – se quitó las gafas de sol, dejando sobre el puente de la nariz los lentes redondos.
- No me pasó nada – era una niña morenita muy tierna, de cinco años, dedujo Harry.
- ¡Elizabeth! – llamó la madre. La niña giró sobre sí y retornó hacia una mujer enjuta en un abrigo azul oscuro.
Harry volvió a sus gafas y continuó el trayecto, en menos de un minuto estuvo de regreso. Suspiró, desahogado, y pronto fue por una copa.
O O O O
Ginevra no había tenido mucho éxito en cuanto a la información sobre Harry. Sus padres y hermanos continuaban evadiendo el tema, bastante hastiados de su insistencia. Decidió desistir con ellos, dar la batalla por perdida, aún cuando continuase investigando con rigor.
¿Qué debía ser un buen periodista? Un buen investigador, un buen detective. ¡Pero incluso los detectives contaban con pistas! Y ella solo tenía una vieja fotografía.
Había decidido pasearse de arriba abajo la acera en donde había tropezado con Harry Potter aquella vez. También recorrió las avenidas adyacentes, esperando que el hombre volviese a hacer acto de presencia. Estaba en pleno Londres, ya lo había visto, así que creyó, debía pasar por esas calles en más de una ocasión.
Salía poco después de David todas las mañanas, una hora antes de su hora habitual de entrada a El Profeta, y escudriñaba a cada sujeto extraño con dedicación. ¿Sería tanta su suerte? ¿Qué le aseguraba que Harry Potter volvería a pasearse por esos lares? llevaba cinco días con aquella tarea, después de tirar la toalla con su familia y conocidos.
Para el sexto día hizo un cambio, fue después de su hora de almuerzo. Hacía frío, había llovido durante toda la noche y el cielo se mantenía encapotado. Ella vestía un lindo abrigo aguamarina que David le había traído al regresar y un sombrero tejido que su madre le hizo dos navidades atrás, afortunadamente, del mismo color del tapado. Desde la esquina de una zapatería con precios medianamente accesibles, divisaba a la gente que subía y bajaba por las aceras. Pidió un milagro, con energía; quizá alguna señal que le indicase que no estaba equivocada, que aquel sujeto con el que había tropezado era Harry Potter en carne y hueso y que había regresado a Inglaterra. Tenía que serlo, y no una simple ilusión de su mente por su reciente trabajo y obsesión con el mago. ¡Debía ser Harry!
Comenzó a tamborilear el suelo con la punta de su pie derecho, cansada. Decidió irse a su oficina cuando un hombre llamó su atención, al igual que tantos otros ese día. Aquel era muy peculiar, tenía una gorra que le quedaba demasiado grande y unos lentes de sol pasados de moda. Se le hizo familiar y recordó que hacía unos minutos, lo había visto salir del edificio de la esquina contigua a donde estaba ella y caminar presuroso entre la gente. Regresaba igualmente con prisa, cargando una bolsa de papel que mostraba el pico de una botella.
No le despegó el ojo, alerta. Algo en su estómago comenzó a enrollarse como un caracol. Lo miró chocar contra una pequeña muy mona que jugaba a saltar sobre los pocos charcos que quedaban; él se quitó los lentes, y Ginny vio un destello escaparse de debajo de la gorra que le cubría toda la frente. ¿Eran otros anteojos? No le dio tiempo de cerciorarse, el sujeto volvía a cubrirse la cara y retornaba a su camino, adentrándose al edificio.
- ¿Será posible? – sentía el corazón acelerado. ¿Por qué un sujeto usaría lentes oscuros sobre otros lentes? Ya era bastante raro que utilizara gafas de sol en pleno día nublado. – ¿Será posible? – su corazón se aceleró otro poco, ¿era la señal que tanto había pedido?
Cruzó la calle trotando, y observó el edificio del hombre, sólo cinco pisos. Calculó, por la cantidad de ventanas, que cada piso debía tener unos cuatro apartamentos... Veinte apartamentos en total, no era mucho, en comparación con otras grandes edificaciones del centro de Londres. En su mayoría, de más de diez pisos.
- Bien, bien – verificó la hora y supo que debía volver a su oficina. – No estoy equivocada. – Se dijo, completamente convencida.
Aquella tarde regresó al trabajo con un deje de victoria en el paladar, algo que tomó como otra buena señal.
– Eureka – sonrió.
Una de las cosas que más pensé para este fic, era el reencuentro de Ginny con Harry, cómo volverían ellos a toparse. No quería que fuese de una manera tan inverosímil, y lo pensé y pensé… después me dije que escribiría sin matarme mucho la cabeza, tomando en cuenta una de las frases de Harry; en la ficción, cualquier cosa puede pasar.
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