Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.
Secuela de The Turns Of Life.
Beteado por Elvimar Yamarthee.
Ya me encontraba en Canadá con John. Partí sin despedirme de Edward y eso me mantenía triste.
—Isabella, por Dios. Olvida la discusión y enfócate en lo que debemos hacer —me dijo mi jefe, al notarme distraída.
—Lo siento —agaché la cabeza.
A él le pareció buena idea salir a divertirnos y distraernos un poco. Hicimos un muñeco de nieve y fue asombroso. En Boston la nieve no se veía demasiado y la última vez que yo había visitado Canadá había sido hacía años con mis padres.
Bebimos chocolate caliente, esquiamos e hicimos compras. Charlamos de Sharon y él me dijo que últimamente estaba siendo mucho más unido con su hermana y su sobrina. Me recordó que él no tenía ningún problema con Emmett, que lo apreciaba y que no por un problema de su hermana él estaría mal con los demás.
Le había contado a John que la discusión con mi novio había sido algo dura, pero no era cierto. Yo simplemente no me animé a responderle cuando me preguntó por las cartas, preferí obviar el asunto y él le dio mil y una vueltas. Yo no estaba para lidiar con eso unas horas antes de partir. Necesitaba meterme de lleno en mis obligaciones y Edward no lo entendió. No pude quedarme por él, necesitaba trabajar y, sin decirle adiós, me zambullí en Canadá.
—Creo que, después de todo, dejé los problemas en Boston —le sonreí en una de las aerosillas.
—Me alegra saber que ahora sí estás completamente disponible para mí —tomó mi mano y aparté la mirada. ¿Completamente disponible?
—¿De qué hablas?
—No me malinterpretes, Isabella.
—No lo sé, John. Dices cosas que...
—Lo siento. No quiero nada, si es eso lo que estás pensando —soltó mi mano.
Era incómodo, pero a los minutos todo volvía a ser como antes. Era mi jefe, eso estaba claro y no quería malos entendidos.
Al bajar de la atracción, regresamos al hotel en el cual nos estábamos hospedando. El tour comenzaría a eso de las diez de la mañana al otro día. Tendría toda la tarde libre hasta entonces. Quizás podría armar un rompecabezas, dejar que John me tome fotos como hacía a veces o simplemente dormir.
—Isabella —me llamó John desde su cama y lo miré—. Esta noche el hotel dará una fiesta en el sótano.
—¿Sótano? —reí.
—Es un salón subterráneo. Creo que será divertido si vamos.
—¿Qué debería vestir?
—Lo que tú quieras. Oí que el vestido más lindo ganará algunos tragos.
—Entonces debería ir en traje de baño —le sonreí.
—Ganarías más miradas que tragos.
—¿Es eso malo?
—Como Edward no está aquí, no. No es para nada malo, pero tienes un jefe que se ve obligado a cuidarte y es algo celoso.
—¿Celoso de una amiga?
—Así es. ¿Acaso nunca celaste a un amigo? —de hecho, sí. A Paul.
—Sí.
—Espero que no te moleste.
Para las ocho de la noche ya estábamos listos. Me puse con un vestido y él muy sexy con sudadera ajustada y pantalones vaqueros. Me halagó en todo momento diciéndome que lucía espléndida. Él se veía muy guapo.
Era extraño porque la gente nos sonreía en todo momento y ninguno de los dos entendía por qué. Quizás mi maquillaje estaría corrido, pero John me advirtió que no era así.
Comenzamos a beber unos shots de vodka. Poco a poco mi garganta comenzaba a arder, eran efectos secundarios del delicioso alcohol. Hacía tiempo que no me ponía ebria. La última vez habría sido en Boston, con Edward y los demás. No lo recordaba.
A la media noche comencé a sentirme algo mareada y le pedí a John si sería posible regresar a la habitación. Y así fue, él me ayudó a recostarme y terminé por dormirme.
El tour comenzaba en la Torre CN.
—Sigue siendo la estructura edilicia más alta del hemisferio occidental, con una altura de 553.33 metros —dije muy segura y John me guiñó el ojo.
Nos adentramos en el altísimo edificio y desde lo más alto se podía apreciar todo. Era un enorme piso de cristal que permitía a los visitantes ver las calles bajos sus pies.
—La Torre CN nos ofrece, a los que venimos en busca de adrenalina, la oportunidad de dar un paseo por el borde de su cabina principal —todos me miraron atentos—, en una cornisa de tan solo 1.5 metros de ancho y 116 pisos sobre Toronto —sonreí—. ¿No es increíble?
Las personas me miraban maravilladas, como si lo que estaba diciendo fuese sacado de alguna enciclopedia antigua. Y así era. Algunas cosas las había leído, otras investigado y, al fin y al cabo, aprendido. La universidad me había ayudado muchísimo. Tantos años de estudio, de esfuerzo y sacrificio estaban dando sus frutos. Sentía orgullo por mí misma. Me hubiese gustado que mis padres viesen mi progreso y mi desenvoltura en mi trabajo, pero ellos jamás volverían a hablarme y eso... me dolía.
Cuando el sol plasmó al mediodía, fuimos al parque de atracciones Wonderland.
—Este grandísimo parque cuenta con más de doscientas atracciones y sesenta y cinco juegos —en la multitud había muchos niños y estaban súper emocionados.
John fotografiaba las atracciones. Eran gigantescas. Después de que la multitud se dispersó, me dirigí a mi jefe.
—¿Qué haremos nosotros? —le pregunté algo atontada.
—Isabella, primero que nada, tienes que comer. No has parado en toda la mañana, tu estómago ruge y puedo oírlo desde aquí —tomó mi mano y reí.
Fuimos a un restaurante del parque y comimos algo rápido. Si bien faltaban algunas horas para reencontrarnos con la gente, debíamos recorrer e inspeccionar que todos se la estuvieran pasando de maravilla.
John tomada fotos y yo lo observaba con atención. Era increíble lo bien que se llevaba con esas cámaras tan grandes y con miles de botones. Yo con uno de esos artefactos estaría perdida.
Mi jefe insistió una hora para que nos subiésemos a "Leviathan". La quinta montaña rusa más grande del mundo. Confieso que mientras hacíamos la fila, estaba orinándome de los nervios. Pero al llegar, casi me cago en mis bragas. No podía dejar de mover mi pie y de sonarme los dedos.
—Vas a quedarte sin manos —rió burlón y lo pateé.
—No quiero subir, no quiero —me eché para atrás y me tomó por la cintura.
—Isabella, estás conmigo —me acercó a su cuerpo y fruncí mis labios—. No seas tan miedosa.
Nos reímos y tonteamos un buen rato hasta que llegó nuestro turno. Temblando como una hoja que está a punto de caer en el otoño, me subí a la montaña rusa.
—Quiero bajar, quiero bajar —me quejé, retorciéndome en el asiento.
—Cierra la boca, Isabella —me dijo John divertido.
Esos malditos carritos comenzaron a moverse y casi me muero. Mis pelos se volaban para todos lados y John se reía y me obligaba a alzar los brazos. Lo que menos quería era eso. Estaba aferrada a la barra de metal frente a mí con mucho miedo. Sentía que me desmayaba, pero perdía ese sentir cuando John tomaba mi mano.
La última vez que había estado en una situación así en un parque de diversiones había sido con Edward. Aquella tarde-noche que me pidió que fuese su novia oficial y fue ahí cuando me dio el anillo que llevé puesto hasta el día de la boda con Ryan y que, hoy en día, aún permanecía en mi dedo anular. Llevaba dentro su nombre grabado. En mi cuello su inicial. Lo amaba y extrañaba demasiado. Las peleas no significaban nada para mí. Eso era basura y las olvidaba al instante, pero la última discusión... había cagado todo por completo.
Y sí, no me extrañaría saber que Edward se hubiese ido de casa, pero no había motivo para hacerlo. La que se había marchado fui yo. No porque quisiese, si no por las obligaciones y el trabajo. Debía cumplirle a John. No podía decepcionarlo.
Al anochecer, regresamos al hotel exhaustos. Había sido un día realmente agotador y lleno de aventuras. Las personas también se cansaron en las distintas atracciones del parque. Al parecer no éramos los únicos y eso me mantuvo tranquila.
Llamé a Edward y no contestó. Quizás no estaba en casa o tal vez seguía encabronado. No me preocupé demasiado porque ese había sido el consejo de mi jefe. Debía mandar a volar los problemas mientras estuviese de viaje. No me hacía nada bien recordar a Edward y todo el rollo de su enojo por esto y por lo otro. A veces, parecía él la mujer de la relación.
Cuando amaneció, al mirar por la ventana, nos vimos rodeados de nieve. Todas las actividades del día se habían suspendido por las intensas nevadas que, al parecer, había caído mientras descansábamos. La puerta del hotel de veía afectada y nos impedía salir. También la gente que había pagado el tour se hospedaba en nuestro hotel, así que no harían reclamos porque veían la situación y lo comprendían. John tomaba fotos por la ventana del quinto piso. Los copos de nieve eran hermosos para capturarlos en contraluz. Realmente no entendía un pepino de ese lenguaje fotográfico que empleaba mi jefe, pero hacía lo posible por interesarme en el tema. Pasar horas y horas con él... Me estaba encariñando. Lo quería.
Fuimos a la cafetería a beber algo caliente y luego bajamos a la sala de estar. Nos sentamos en el suelo alfombrado y comenzamos a charlar.
—Cuéntame un poco de tu familia —le pedí, calentando mis manos con mi aliento.
—No hay mucho para contar, Isabella.
—John, por favor. Necesito quitarme este aburrimiento —sujeté sus manos y seguí insistiendo—. Vamos, dime algo.
Me miró esbozando una sonrisa y al ver que no dejaría de insistir, abrió su boca.
—Es algo difícil para mí hablar de esto —murmuró.
—Está bien. Si no quieres...
—Mis padres murieron —oh, pobrecito.
—Lo-lo siento demasiado —me sentí terrible. De haberlo sabido, jamás le hubiera insistido tanto.
—No lo sientas, lo olvidé. Apenas y recuerdo.
—¿Por qué cuando te pregunté me dijiste que sí tenías familia?
—Mi hermana y mi sobrina, ¿acaso ellas no cuentan?
—Claro que sí, pero me refería a padres.
—Debiste explicarte.
—Sí, lo sé —miré hacia el suelo.
Después de un terrible silencio incómodo, volvió a hablarme y a contármelo todo. Absolutamente todo.
—Tuvieron un brusco accidente de tránsito cuando iban a la playa —tomó aire—. Un perro se les atravesó por la autopista, mi padre perdió el control y embistió a un vehículo.
—Oh, Dios mío.
—Siete vidas se perdieron aquella tarde.
—¿Siete?
—Mis padres y la familia del otro coche. Una pareja y sus tres hijos. Los mellizos de cuatro años y la niña de nueve —jodida mierda. ¿Qué habría sucedido con aquella familia?
—No sé... No sé qué decir, John. Siento mucho lo que estás contándome.
—Cada vez que lo recuerdo, se me eriza la piel. Después de todo, mis padres murieron en buena hora —¿Qué?
—¿Qué estás diciendo? —fruncí el ceño sin entender su pretexto.
—¿Sabes lo difícil que hubiese sido para ellos cargar con la muerte de una familia? —tenía algo de razón. Al menos yo no lo hubiese aguantado.
—Están en un lugar mejor. Después de todo, se fueron juntos.
—Sí y me dejaron desamparado a mí. Junto con mi hermana. Ella... Los necesita tanto —sus ojos se pusieron vidriosos y lo abracé como un acto reflejo.
—Ya está —oí cómo sollozó en mi hombro y lo apreté más contra mi cuerpo—. Sé que es imposible olvidar, pero por lo menos intenta no recordar.
—Isabella, estoy tan solo en esta vida —me miró fijamente y supe que tanto él como Raquel estaban solos.
—Ahora me tienes a mí. Te quiero —besé su mejilla. Y sí, lo había dicho después de tanto tiempo. Lo quería. John se había vuelto mi amigo con el correr de los días y el tiempo. Llegué a tener un gran aprecio por él.
—¿Es en serio? —me preguntó con sus ojos brillosos.
—Hablo muy en serio —lo miré fijamente.
—Nunca nadie me dijo que me quería desde que murieron mis padres —oh, Dios santo. ¿Era eso posible? ¿Había sido yo la que después de mucho tiempo lo hizo sentir querido? Era un buen hombre—. No dejo que nadie conozca mis cosas. Por eso... no permito que se acerquen lo suficiente como para quererme o lastimarme, pero llegaste tú, Isabella —oh... No. John estaba malinterpretando las cosas.
—Creo que no estás... entendiéndome.
—Claro que te entiendo. Me quieres como tu amigo y yo no pretendo nada más —suspiró—. Por favor, Isabella. Deja de pensar que malinterpreto tus palabras y esas cosas. Lo que te da vueltas en la cabeza, quítatelo, porque no pretendo más de lo que somos.
Menos mal lo dijo. Dejaría de pensar idioteces, ya todo estaba dicho por parte de John. Y por la mía, nada que decir. Yo creía que él estaba enamorado de mí o algo por el estilo, pero no era así.
—No te preocupes, todo está claro ya —me puse de pie y le propuse ir a la habitación.
Hacía algo de frío, quería meterme en cama cuando comenzó a lloviznar. Necesitaba estar con Edward, abrazada a él, sentir su aliento, tenerlo conmigo. Lo peor de todo era que estábamos lejos, separados por varios kilómetros. Me gustaba mi trabajo, era lo que yo quería y mi novio era también lo que quería.
Encendimos la chimenea de la habitación y, en cuestión de minutos, el cuarto me resultó lo más acogedor del mundo, además de los brazos de Edward, por supuesto. La lluvia no mermaba, John estaba distraído con su ordenador portátil y yo sentada comiendo masitas dulces. Estaba muriéndome del aburrimiento, realmente necesitaba hacer algo.
Llamé a Alice por teléfono. Era tarde, pero quizás ella estaba despierta y podría entretenerme.
—¡Amiga! —me gritó entusiasmada y casi me destroza el tímpano.
—Al, ¿cómo estás?
—Bien, por suerte. Tengo un poco de náuseas, pero todo en orden. ¿Tú? ¿Qué tal en Canadá?
—Estás entrando en el tercer mes, es obvio que tendrás náuseas —aclaré mi garganta—. Todo está en orden. Me estaba aburriendo, ¿sabes? Hoy no pudimos hacer la excursión porque hubo demasiada nieve.
—Qué lindo, Bells. Hace tiempo que no juego en la nieve —era tan chiquitina que eso era lo que le preocupaba. Y sí, algunos mareos están atosigándome.
—Me imagino. Debe ser una linda sensación, ¿verdad? —observé el techo y se me iluminaron los ojos al pensar en un embarazo. Debía ser la sensación más maravillosa del mundo.
—La verdad que sí. Jamás creí que me embarazaría a esta edad. Conocí al hombre de mis sueños y todo fue perfecto, Bells. ¿No fue como en un sueño? —podía notarla emocionada y nostálgica a la vez—. Jasper es mi príncipe. Tenemos vidas perfectas, trabajos perfectos, una familia que nos adora por parte de ambos y un bebé en camino.
—Es lo que siempre quisiste, Al —murmuré, pensando.
Después de todo yo también había conseguido lo que siempre había querido. Un hombre que me amara en cuerpo y alma, un trabajo que disfruto y un techo digno para vivir. Aunque ahora estuviese viviendo en casa de mi novio, no quería decir que jamás encontraría mi propio lugar.
—Bells, recordé algo —me dijo con tono tenso.
—¿Qué será?
—Hace un par de horas, Ed vino a hablar con Jasper.
—¿Y eso?
—Quiere separarse, Bella —¿Había yo oído bien?
—¿Separarse de mí? —un frío me recorrió de punta a punta.
—No quiero arruinarte el viaje, amiga. Cuando regreses hablaremos.
—No, no, no. Ahora me lo dices todo.
—Pero, Bella...
—Todo —le ordené. Intrigada y triste a la vez.
—Quiere separarse de ti. Por favor, no preguntes más porque es todo lo que pude oír.
—No... —murmuré, colgando la llamada.
Me metí al baño y comencé a llorar. Estaba desgarrada. Mi corazón se había partido en miles de pedacitos, imposibles de juntar. No podía creerlo. ¿Por qué no me lo había dicho? ¿Por eso no respondía mis llamadas? ¿Estaba evitándome? ¿Cuándo habría tomado esa terminal decisión? ¿Se había cansado de mí? ¿Sería por el trabajo y los viajes? Las preguntas surgían y yo estaba a cientos de kilómetros.
Al otro día, John me notó distraída, sin ánimos. De todos modos, puse mi mejor cara y guié a las personas nuevamente por la Torre CN. El mismo discurso que para el grupo del día anterior. Estaba cansada, pero no de trabajar, no de caminar y mucho menos de hablar. Sentía un cansancio, un agotamiento en mi corazón. Estaba devastada, triste, tenía una incertidumbre que nadie me podría sacar hasta que llegara a Boston. Y lo peor de todo era que nos quedaban algunos días.
—Isabella, ¿qué está sucediendo? —John me apartó de la multitud—. No puedes seguir así. Das el discurso sin ganas, no miras a la gente.
—Lo siento, John. Lo haré mejor.
—Dime lo que está pasando —me abrazó—. Confía en mí.
—Necesito descansar, necesito regresar a Boston.
—Eso es imposible y lo sabes. Tienes un contrato y obligación que cumplir con la empresa y conmigo, Isabella.
—Lo tengo claro. No sé en qué estaba pensando, olvídalo.
—Esta jornada ya está terminada. Regresa al hotel y descansa. Más tarde regresaré yo, hay algunas cosas que debo comprar.
—Te agradezco por esto —me despedí de él y encaminé.
Iba distraída cuando alguien me tomó del brazo bruscamente por detrás. Era él.
—¡Suéltame! —le grité y me acorraló en un callejón.
—Deja de gritar, maldita perra. Es de día, corremos riesgos a esta hora —estaba presionándome contra el muro demasiado fuerte—. Vas a cerrar la boca y vendrás conmigo.
Ryan me tenía apegada a él, estaba frita. Ese maldito loco del infierno era capaz de cualquier cosa. Lo conocía muy bien, pero en ese instante lo desconocí por completo.
Entramos al vestíbulo del hotel que se encontraba frente al cual nos hospedábamos John y yo. Tenía mucho miedo, cada centímetro de mi cuerpo temblaba y no podía contener las lágrimas. Solo le suplicaba que me dejase ir, que me dejase tranquila, pero no hacía caso. Simplemente me apretaba con más fuerza cada vez que decía algo.
—Tenía muchas ganas de verte —me dijo sentándose frente a la cama matrimonial y en la cual estaba sentada yo, atemorizada.
—Ryan...
—Bella, no quiero hacerte daño. Solo quiero hablar —no podía creer semejante estupidez.
—No quiero hablar, por favor. Déjame ir —sollocé.
—Eso no va a poder ser. ¿Quieres vino espumante? Es el más caro de la tienda —sirvió dos copas y me tendió una. Aparté la mirada, observándolo con desprecio—. No lo pongas más difícil. Si coperas conmigo, te irás súper pronto de aquí.
¿Qué más daba? Tomé la copa y bebí todo el vino de una vez. No veía la hora de irme, quería salir corriendo pero no a pedir ayuda. Después de todo, yo sabía cómo lidiar con el cretino de Ryan.
—Supe que ahora trabajas en la empresa de viajes Bon Voyage.
—Sí —me limité a responderle.
—Es un gran trabajo. Yo te sigo a todas partes porque soy algo así como... —pensó unos segundos— tu fan.
—¿Qué clase de fan secuestra a una persona? Estás demente, Ryan. ¿Cuándo vas a superarlo?
—Eres algo dura conmigo —me tomó la barbilla y un escalofrío me recorrió—. Si no quieres que me ponga agresivo, cierra el pico.
—¿Qué quieres de mí? —le pregunté, entristecida.
—Quiero saber qué sientes por mí, quiero que seas sincera.
—Repulsión —lo miré con mala cara—, odio, asco.
—Yo aún te quiero y jamás asustarte y amenazarte fue mi intención.
—No te creo ni una sola palabra, Ryan. Hace meses que vienes haciendo mi vida imposible con tus estúpidas amenazas. Me valen mierda pero... Por favor... Déjame ir —no era capaz de decir ni una palabra más. Estaba... destrozada.
—Pequeña, no te pongas así. Todo va a estar bien, solo quiero que hablemos de lo que sucedió en Arizona.
—No hay nada de que hablar, ya lo olvidé.
—Claro, por el incidente que tuviste, ¿verdad? El accidente que tu novio provocó.
—Cierra la boca —me puse de pie y, cuando siguió diciéndome idioteces, le di una bofetada.
—Eso estuvo de más —me dio un empujón y caí de espaldas en la cama—. ¿Sabes una cosa? —se abalanzó sobre mí y alejé mi rostro que estaba cerca del suyo—. Siempre quise que tuviéramos un hijo.
Estaba acariciándome sobre la ropa. Debía sentirme segura de lo que iba a hacer, de otra forma no podría salir de esa habitación. Tomé el borde de su camisa y besé su cuello. Él me miró estupefacto y me dijo que sabía lo que yo sentía por él después de todo, pero no era así como se lo estaba haciendo ver. Yo lo odiaba.
Quedó debajo de mi cuerpo y, cuando estuvo distraído, le di un golpe que lo dejó noqueado. Gimoteó del dolor, se quejó y pude salir corriendo hacia mi hotel. Como si nada hubiese sucedido, me metí en mi cama y dormí hasta el otro día. Ryan no volvió a joderme y John tampoco me despertó.
Pasaron los días, que por cierto se me hicieron eternos, y nos regresamos a nuestra querida ciudad. Debía aclarar varios asuntos con Edward.
Lo raro fue que al llegar a casa él no estaba. Nuevamente me encontraba sola y con miles de dudas. A nadie le había contado lo sucedido con Ryan y tampoco pensaba hacerlo. Alice me visitó en la tarde y me dijo que Ed estaba solucionando las deudas del bar. Con su última presentación había recaudado lo suficiente y más para saldar sus gastos. Me puse contenta y sentí ganas de darle un fuerte abrazo, pero recordé que quería separarse de mí. Por cierto, Alice no se expresaba bien al contarme lo que había oído acerca de la separación. Al parecer, Edward le decía a Jasper que estaba algo cansado y quería cortar todo tipo de relación. No me animaba a creerlo, temía enfrentar esa situación y esa terminal charla.
No fue hasta la medianoche que pude hablar con mi "novio" sobre ese asunto.
—Te extrañé —lo abracé y me palmeó la espalda—. Veo que tú no —lo miré sin entender y se sentó en el sofá.
Veía venirlo todo, estaba roto. Lo nuestro ya no existía. Me dejaría y estaría sola para siempre. Sin nada y sin nadie. Solo con mi trabajo que había perjudicado mi relación.
—Isabella —me miró—. Creo que tenemos que hablar.
—No quiero que le demos vuelta al asunto. Voy a preguntártelo y tú me dirás.
—¿De qué hablas? —me preguntó y me arrodillé frente al sofá, esbozando una sonrisa claramente triste.
—¿Quieres que nos separemos? —musité, casi sin aliento.
Esa fría y distante mirada volvía a aparecer y al ver su expresión, estuvo todo dicho. Había mirado hacia un lado, evitando mis ojos por completo.
—¿De qué mierda estás hablando, Bella? —¿acaso se estaba haciendo el tonto?
—No actúes de esa forma. Quieres separarte de mí. Estás cansado de la estúpida Bella y se lo dijiste a Jasper —me cubrí el rostro y lloré desconsoladamente.
—Nena —rió, levantándose y abrazándome mientras estaba en el suelo—. Eso no es verdad.
—Alice... Ella... Me lo dijo —miré sus ojos.
—Alice —tocó mi nariz—, debe aprender a escuchar bien las cosas.
¡Oh, Dios santo! La ardilla había entendido otra cosa. El alma me volvió al cuerpo y mi corazón comenzó a latir como se debe.
—Edward, no imaginas lo mal que estuve en Canadá —lo apreté bien fuerte y suspire en su cuello.
—Preciosa, ya te dije que jamás voy a dejarte —me sonrió—. Por más peleas estúpidas que podamos tener, no podría dejarte. Eres mi debilidad, no puedo estar sin ti.
—Y si no es a mí a quien quieres dejar, ¿qué es?
—El bar, cariño, el bar —besó castamente mi frente y, de una vez, enteramente me sentí en casa.
El tiempo fluyó de maravilla. No peleamos más y no hubo malos entendidos. Solo discutíamos por quién iría arriba a la hora del sexo. Siempre terminaba ganando yo, obligándolo a hacer lo suyo.
Nuevamente me sentía satisfecha con mi vida y lo que hacía. Trataba de no cometer errores, pero comprendí tardíamente que de eso se trata. De hacer que lo correcto se volviese incorrecto.
Los días pasaron rápido, mucho más de lo normal. Mi jornada libre por los festejos navideños me fue cedida y la disfruté al máximo. La navidad se acercaba y me veía envuelta en preparativos para la cena en la casa de mi especial, adorada y única familia. Los Cullen.
Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.
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