Capítulo 7
—Guau, ¿de dónde sacas toda esa energía?
Nieves llevaba media hora observando a Elsa mientras ésta realizaba su rutina de ejercicios como una posesa. Elsa se esforzaba al límite en cada máquina y, en cuanto acababa con una, se abalanzaba a la siguiente sin pararse a descansar.
—No lo sé. Es que me siento con mucha fuerza.
En realidad, Elsa seguía saboreando su cita de la semana anterior con Anna y, sólo de saber que pronto volvería a verla, no podía parar quieta.
—Estás enamorada.
—No lo estoy. Casi no nos conocemos.
—Puede que sea verdad, pero llevas toda la semana de buen humor y no has dejado de hablar de ella.
—Eso no quiere decir que esté enamorada. Pero me gusta mucho. —Elsa se colocó en el banco de abdominales y empezó con sus flexiones. —Y creo... que a ella... también le gusto —resopló.
—Claro, ¿cómo no ibas a gustarle? Te acuerdas de Robbie, ¿el tipo con el que estuve un tiempo saliendo?
—Aja.
—Quería emparejarte con uno de sus amigos y le dije que no creía que fueras a estar interesada. Y me dijo: «¡Qué lástima! ¡Está muy buena!».
—Justo... lo que no... necesitaba.
—Entonces, ¿qué pasará con ustedes? Es decir, ella vive en Baltimore, ¿no?
—Sí... pero todavía... tiene que... hacer como cuatro viajes más...
Era difícil hacer flexiones y hablar al mismo tiempo, pero Elsa no podía estarse quieta. Además, no quería pensar en lo que pasaría cuando Anna acabara su trabajo en Orlando.
—¿Y después?
—No lo sé... ya pensaremos en... eso cuando... cuando llegue el momento.
—Frena, que me está doliendo hasta a mí —ordenó Nieves. —¿Vamos a correr hoy?
—En cuanto estés lista. —Elsa bajó del banco y cogió la botella de agua.
—Tal y como estás hoy, seguramente echarías a correr y me dejarías atrás mordiendo el polvo.
—Sólo hay un modo de averiguarlo —gritó Elsa por encima del hombro, al tiempo que echaba a correr hacia la pista de footing que discurría entre la urbanización y el campo de golf vecino. Si acortaban por la carretera principal y seguían la acera, podrían rodear el campo hasta llegar al otro lado. Era un recorrido de algo más de tres kilómetros, que harían dos veces
—Por cierto, me gusta mucho cómo te queda el pelo —jadeó Nieves, poniéndose a su altura.
—Gracias. —Y, dado que toda conversación acababa inexorablemente volviendo a la mujer de Baltimore, Elsa añadió: —A Anna también.
—Entonces, apuntas los recibos pendientes aquí y los sumas —explicó Anna. —Después lo restas de lo que sale en el extracto de cuenta, junto con las comisiones, y le sumas los ingresos que hayas hecho y no aparezcan aquí... la cantidad tendría que coincidir con la del talonario.
Anna y su madre compararon las cantidades.
—Genial. ¿Y si no coinciden, qué hacemos? —preguntó Iduna.
Anna suspiró con exasperación.
—Bueno, significa que te has olvidado de apuntar un recibo o que has hecho las cuentas mal.
Repasaron la cuenta juntas hasta hallar el error, y finalmente lograron equilibrar el saldo. A pesar de su frustración, Anna estaba satisfecha de ver que su madre se estaba esforzando de veras para aprender a hacerlo.
—Mamá, tienes que hacer esto en cuando te llegue el extracto. Si no, perderás la cuenta de lo que gastas, y antes de darte cuenta estarás en números rojos —reprimió el impulso de añadir «otra vez».
—Muy bien, lo intentaré.
Anna sabía que a su madre no le gustaba ser tan dependiente. Sencillamente, no sabía hacer ese tipo de cosas, porque su padre siempre se había encargado de ellas.
—¿Qué vamos a hacer con el coche? Anna suspiró. Su madre era reacia a deshacerse del Park Avenue, ya que era el último coche que había comprado su marido. Pero nunca se había preocupado de cambiarle el aceite, y al final el motor había dicho basta. La había llamado llorando desde una cabina, y Anna tuvo que ir a recogerla y llamar a la grúa para que remolcara el coche.
—No tiene arreglo. Necesitarás otro coche.
—¿Y qué voy a hacer? No entiendo ni papa de coches.
—El sábado te acompañaré a mirar uno. Encontraremos uno bonito, que le hubiera gustado a papá. —Anna trató de que se animara con la última parte.
—Gracias, cariño. Sinceramente, no sé si podría arreglármelas sin ti.
—Seguro que le cogerás el truco, mamá.
Aunque su tono sugería que las dos sabían que no era cierto.
—¿Has visto la carta esta de Starquest? —Flynn tiró el papel a la mesa de Elsa. —Nos dan las gracias por organizar su reunión y mencionan tu nombre específicamente.
Elsa rió entre dientes.
—Eso es porque dio la casualidad que pasaba por el corredor cuando su presidente se quedó encerrado fuera de la habitación en ropa interior.
—¿Boxers o slips?
—Boxers, y en un lado ponía «Miércoles». Sólo que era viernes.
—La gente no se creería la de cosas se llegan a ver en los hoteles. —Flynn cabeceó con asombro. —¿Te acuerdas de aquel otro tipo que se quedó encerrado fuera en ropa interior?
—Querrás decir en ropa interior de mujer —rió Elsa. —O aquella mujer que...
El teléfono de su mesa interrumpió las batallitas. La pantalla indicaba que llamaban desde la recepción principal.
—Sí, habla Elsa... aja... —Se volvió en su asiento y agarró el mando a distancia del monitor. —Sí, los veo. Ahora bajamos.
Colgó el teléfono y se volvió hacia su jefe.
—Acaban de llegar los dos autobuses del grupo de música country. ¿Quieres hacer de recepcionista o de botones?
Flynn gruñó.
—De botones.
Una vez más, les iba a tocar pasarse media noche acabando papeleo.
Anna se acomodó con un suspiro en el asiento trasero del taxi. Ya estaba acostumbrada al trayecto desde el aeropuerto y, por tanto, no se dedicaba a contemplar el paisaje por la ventanilla.
«Tendría que haber reservado habitación en el Hyatt», se dijo. No, el problema no era el hotel. Ni siquiera el hecho de que Elsa Winter la hubiera besado, sino que ella le había devuelto el beso.
Anna se había pasado las dos últimas semanas recriminándose el haber consentido que sucediera, a sabiendas de que ella había tenido parte de culpa. No tenía nada que ofrecerle a Elsa, y estaba mal dejar que se hiciera ilusiones. Incluso aunque fuera capaz de no involucrase emocionalmente (lo que, para empezar, ya era mucho suponer), era un error dejarse llevar por un beso, porque Elsa merecía mucho más que un simple escarbo sexual.
—Fantástico —rezongó, al ver los autobuses que había ante la entrada del hotel. Iba a pasarse una hora haciendo cola ante el mostrador.
Anna pagó el taxi y bajó del vehículo cuando el aparcacoches le abrió la puerta.
—¿Quiere que le entre la maleta? —le preguntó.
—No, ya la llevo yo. Gracias.
Como era de esperar, había más de treinta huéspedes haciendo cola para registrarse, y al parecer todos se conocían. De inmediato, a Anna se le fueron los ojos hacia el rostro familiar tras el mostrador y aguantó la respiración: era maravilloso volver a verla. Mantener su deseo arrollador iba a ser más difícil de lo que había creído.
—Disculpe, ¿Srta. Summer?
—¿Sí? —Anna se volvió para encontrar a un caballero alto y castaño, vestido con más sobriedad que el resto del personal, aunque se tratara también de un empleado.
—¿Puedo pedirle que me acompañe, por favor? —Alargó la mano y cogió su maleta, mientras desenganchaba la cuerda trenzada que cerraba la fila. A continuación sacó una pequeña carpeta del bolsillo interior de la chaqueta. —Soy Flynn Rider, supervisor de turno. La señorita Winter se ha tomado la libertad de registrarla en la planta Concierge. Aquí tiene su llave. Si puede pasarse un momento por la mañana para que podamos pasar su tarjeta de crédito, podemos ahorrarle el lío de esta noche.
—Es usted mi héroe, Sr. Rider —afirmó Anna con efusividad, reconociendo el nombre del jefe de Elsa, del que tanto le había hablado. —Muchísimas gracias.
—No me las dé a mí, sólo soy el mensajero. Elsa le da la bienvenida.
Anna se volvió y alcanzó a ver a Elsa, que seguía ocupada tras el mostrador.
—Por favor, dígale lo mucho que se lo agradezco.
—Vaya, vaya. Hemos hecho un buen trabajo, Anna.
Mulán estaba sentada en el suelo de su despacho, rodeada de tarjetitas indexadas para pautar el proceso de su propuesta de plan de marketing.
—Me gustaría preparar una presentación de diapositivas con todo esto. ¿Se te da bien? Nunca he tenido la paciencia de aprender a usar el programa.
—Puedo hacerlo. ¿Quieres que saque el portátil y me ponga con ello?
—Claro, ¿por qué no? Cuando se lo enseñemos a Felipe y a Florian, será más fácil explicarlo con una presentación.
Felipe Markoff, Florian Martin y Mulán Fa eran la cúpula de la empresa. Sin duda, era gente a la que Anna quería impresionar. Hacia finales de abril, presentarían el nuevo plan de marketing a los analistas de Nueva York, con la esperanza de que la estrategia de reducción de costes y previsión de futuro aumentara el valor de sus acciones.
—Ah, y la próxima vez que vengas, me gustaría experimentar con unos cuantos escenarios. ¿Sería muy difícil de hacer? Ya sabes, diseñar diapositivas diferentes para cada resultado posible.
—No habrá ningún problema, pero me llevará un par de horas —dijo Anna.
—¿Un par de horas? ¿Estás de broma? A Denise le llevaría un par de días —exclamó Mulán, en referencia a su asistente. Enseguida, se llevó la mano a la boca al recordar lo cerca de la puerta que estaba la mesa de Denise.
Anna soltó una risilla disimulada ante el patinazo de Mulán, y también por ver a una ejecutiva como ella, vestida de manera impecable, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y con la falda del traje subida por encima de las rodillas. Desde que Shere había sido apartado del equipo, su relación había mejorado mucho. Charlaban mucho más mientras trabajaban y hasta habían comido juntas un par de veces.
—¿Has podido visitar la ciudad desde que empezaste a venir a Orlando?
—No mucho. Fui a cenar a un local donde hacían una carne a la brasa fantástica: Buck's. Y la semana pasada fui a ver una película en el centro.
—A eso no se le puede llamar salir. ¿Sabes qué? —dijo mientras se levantaba del suelo con agilidad y atravesaba el despacho descalza, sólo con las inedias—¡Tengo un vale regalo para el RodElam's. ¿Lo conoces?
Anna negó con la cabeza.
—Es el mejor restaurante de marisco de Orlando. Gané el vale en una rifa de la Cámara de Comercio, pero mi marido es alérgico al marisco. ¿Por qué no te lo quedas y vas con alguien?
Anna pensó en Elsa de inmediato. Aunque Elsa le había echado un cable con el registro la noche anterior, aún no habían tenido ocasión de verse.
—Gracias, Mulán.
—¿Tienes a alguien con quien ir? ¿Quieres que te presente a alguien?
—No, está bien. Tengo una amiga en la ciudad. Le preguntaré. Pero gracias igualmente, es muy amable por tu parte.
—No es para tanto. Como te he dicho, Shang no puede comer allí, y sería una pena desaprovecharlo. — Mulán comprobó su reloj y se puso los zapatos. —Tengo una reunión con Felipe en cinco minutos. ¿Qué tal si te dejo empezar con la presentación? Puedes utilizar mi mesa, ponte cómoda.
Anna se instaló cuando Mulán se fue y enseguida se sintió muy a gusto en el luminoso despacho. Era difícil no soñar con tener un trabajo como el de Mulán algún día.
Elsa leía con irritación el informe de los turnos anteriores respecto al comportamiento de los huéspedes del grupo country desde su llegada. Al parecer, la mayoría se habían quedado despiertos hasta altas horas de la madrugada y habían llegado muchas quejas sobre gritos por los pasillos y música demasiado alta. Esa mañana, las encargadas de la limpieza del primer turno no habían podido despertarlos para limpiar las habitaciones y al personal del turno de Elsa se le había acumulado el triple de trabajo.
Eran casi las diez cuando por fin pudo escaparse un momento al comedor Concierge, pero, como temía, Anna ya se había ido hacía rato. Tenía la esperanza de poder salir con ella al día siguiente, en su día libre, pero, como aún no habían podido quedar, temía haber perdido la oportunidad. Lo último que quería es que Anna creyera que la estaba evitando.
Al ver que aún había luz en la habitación 2314, Elsa consideró sus opciones. Podía llamar a la puerta, pero quizá a Anna le molestaría que invadiera su intimidad a esas horas. Y tampoco era una buena idea que los empleados la vieran llamando a la puerta de una huésped, sobre todo si la invitaba a pasar. La mejor opción era llamar por teléfono.
Acarició la posibilidad de usar el teléfono del hotel, pero decidió volver a su despacho para tener más intimidad. Le hizo muchísima ilusión descubrir que Anna Se le había adelantado y le había dejado un mensaje en su línea directa.
—Hola, Elsa, Soy Anna. Son cerca de las nueve y cuarto y te llamaba para ver si estás libre para cenar mañana. Mi jefa me ha dado un vale de regalo para un restaurante que se llama RodElam's y me encantaría invitarte... Tú pones el coche, por supuesto. En fin, por favor llámame a la 23:14. Seguramente estaré levantada un par de horas más. Ah, y siento avisarte con tan poco tiempo, pero es que me lo ha dado hoy. Espero que hablemos pronto. Adiós.
Elsa marcó el número rápidamente, con la esperanza de poder hablar antes de que Flynn volviera al despacho.
—¿Anna? Soy Elsa... Ahora mismo venía al de pacho pensando en llamarte... Me encantaría ir. ¿Te recojo en la puerta a las siete? —Hojeó la guía en busca del número del restaurante. —Si quieres puedo llamar hacer la reserva... Bueno, es un poco elegante, pero no muy formal. Una falda o un traje pantalón normal ya va bien... Tengo muchas ganas. Hasta mañana a las siete.
Elsa sonrió y suspiró dejándose caer sobre la silla. Tenía otra cita con Anna Summer.
A las siete clavadas, Elsa detuvo el coche ante la entrada y el corazón se le aceleró al ver a Anna vestida con un elegante traje negro de aspecto sobrio y profesional, aunque con la falda por encima de las rodillas. Era una mujer preciosa.
Elsa había elegido un traje pantalón de seda de col verde oliva, con un top de color amarillo pálido, la mayoría de los vestidos que tenía los había compra para bodas o fiestas y eran demasiado elegantes para una simple cita, sobre todo porque imaginaba que Anna no había traído nada parecido en la maleta. Aquel traje pantalón era uno de sus favoritos, y agradecía el cambio después de tener que ir con traje y chaqueta cinco días a la semana.
Las dos mujeres charlaron livianamente durante el corto trayecto hasta el restaurante. Elsa enumeró la lista de problemas que le estaban dando los del grupo country, y Anna le explicó lo impresionados que habían quedado sus jefes con el primer borrador de su presentación.
Elsa se dio cuenta de que Anna mantenía las manos enlazadas sobre el regazo, como si quisiera mantener las distancias. Seguramente no quería decir nada. Lo único que necesitaban era pasar un rato juntas para recuperar la complicidad de dos semanas antes, en que la velada de conversación y coqueteo habían tenido un beso como broche final.
Al llegar al restaurante, Elsa dejó el coche al cuidado de un aparcacoches y cogió a Anna del brazo con naturalidad para entrar.
—Este restaurante es muy bueno. Una vez vine con Pocahontas.
—¿Quién es Pocahontas?
—Es la directora del hotel, el gran jefazo. No podría haber pedido una jefa mejor. Probablemente me ha influido más de lo que se imagina.
—Creo que no es habitual tener buenos jefes. Si no, la gente no se quejaría tanto de los suyos. A mí también me gusta mucho la mía.
—¿Te refieres a la de Baltimore?
—A las dos, a decir verdad. La mujer con la que trabajo aquí es muy inteligente. Es una pena que ya no vaya a trabajar con ella mucho más tiempo.
La camarera las condujo a una mesa para dos, junto al pasillo principal que llevaba a la puerta.
—¿Te has dado cuenta de que cuando dos mujeres van a un restaurante suelen darles las peores mesas? —preguntó Elsa. —Mira a tu alrededor. Hay mesas con dos hombres, con hombres y mujeres... y todas en el centro de la sala. Pero en las tres mesas que hay pegadas a la pared hay dos mujeres.
—No me sorprende. Me he fijado en que, cuando los aviones van llenos, las mujeres acaban en el asiento del medio. Y te aseguro que no me gusta el asiento del medio —bufó Anna.
—Bien, tú eres la experta en marketing. ¿Por qué lo hacen? ¿De verdad no valoran a las mujeres como clientes?
—En determinados negocios, sí. Grandes almacenes, tiendas de comestibles, incluso en el sector del automóvil están empezando a hacerlo. Pero con los servicios es diferente, como en los viajes o en la restauración, porque los empleados suelen ser más jóvenes, y normalmente los hombres infunden más respeto que las mujeres. —Señaló con la cabeza a una mesa libre que había en el centro y a la que estaban sentándose dos hombres —Si nos hubieran sentado ahí a nosotras, ellos se habrían tenido que sentar aquí y seguramente se habrían quejado. Creo que es lo que trataba de evitar la camarera. Puede que haya sido inconsciente, o puede que sea la política de la casa, pero el caso es que nosotras no nos hemos quejado y le hemos dado la razón.
—Tendré que empezar a fijarme en cómo lo hacemos en el hotel. Si hacemos algo parecido, no es intencionado. Pero sí que es verdad que a veces nos saltamos el protocolo para solucionar problemas y normalmente acabamos premiando al que se queja, como con aquel hombre en el mostrador la noche que te hice el registro. De ahora en adelante voy a fijarme más en estas cosas.
—Puede que sea simplemente que en el hotel las mujeres no se quejan tanto. Saben lo que cuesta limpiar una habitación y estar pendiente de todos los detalles, así que tienden a pasar los pequeños errores por alto, porque entienden que puede pasarle a cualquiera.
—Pues voy a empezar a quejarme más —anunció Elsa con seriedad, dando un golpe suave sobre la mesa. —Pero esta noche no. Esta noche voy a disfrutar de la compañía de mi encantadora acompañante. —Le gustó ver que su piropo arrancaba a Anna una sonrisa.
—Yo también disfruto con tu compañía. —Anna se resignó y habló con sinceridad. Por el momento había renunciado a resistirse a la atracción. Unas horas antes había decidido abrirse un poco y hablarle a Elsa de Baltimore. Así sería más sencillo que ambas tuvieran las cosas claras sobre dónde se estaban metiendo y lo que podían o no podían esperar de ello.
Sin embargo, en cuanto el Miata se hubo detenido en la rotonda de entrada, su determinación flaqueó. El tiempo que pasaba en Orlando era su único momento de descanso de sus responsabilidades, y no quería renunciar a eso. Además, dentro de poco su trabajo allá habría terminado, y ya no importaría.
Durante la cena, Elsa le estuvo contando anécdotas que habían sucedido en el Weller Regent durante los últimos años, y más de una vez a Anna se le saltaron las lágrimas de la risa. Había tantas cosas que le gustaban de Elsa..., pensaba Anna, observando a su acompañante. Era ingeniosa, madura, ambiciosa: todas las cualidades que a Anna le parecían atractivas y que había tratado de encontrar durante toda su vida sin éxito. Además, Elsa era extraordinariamente sexy...
—Perdona, ¿qué decías?
—Decía que conozco un sitio cerca de Disney World desde donde se ven muy bien los fuegos artificiales, si te apetece ir.
—Puede ser divertido —accedió Anna sin dudar un segundo.
—¿En qué estabas pensando?
Anna notó que se ruborizaba, y buscó torpemente algo que responder.
—Sólo pensaba en... lo contenta que estoy de haberte conocido. La verdad, estos viajes me daban pavor, pero eso ya ha cambiado desde que puedo pasar tiempo contigo.
Anna dejó de resistirse y alargó la mano para tomar la de Elsa.
Elsa se la cogió y sonrió.
—No tienes ni idea de lo mucho que espero tus visitas. A veces me vuelvo loca pensando que estás ahí mismo, en mi hotel, y yo no puedo...
—Buenas noches, señoritas. —Un caballero de aspecto distinguido y una mujer muy elegante aparecieron de repente junto a su mesa, y Anna retiró la mano de inmediato.
—Sr. Markoff, hola —balbuceó.
—Por favor, llámame Felipe. Esta es mi esposa, Aurora.
—Encantada de conocerla. Esta es mi amiga, Elsa Winter.
Elsa se inclinó para estrechar la mano a la pareja. Reconocía al director general de la compañía de Anna de la época en que se había encargado de organizar las reuniones de negocios en el hotel.
—Me resulta familiar, señorita Winter —de repente la reconoció. —Ya recuerdo, dirige el Weller Regent.
—Bueno, no lo dirijo exactamente, aunque a veces me siento como si lo hiciera.
—Siempre hemos estado muy satisfechos con el servicio de su hotel. Ah, Anna, Mulán pasó hoy para enseñarme algunas de las diapositivas que has preparado. Buen trabajo.
—Gracias.
—Ken, deberíamos dejarlas cenar tranquilas y salir del medio del pasillo. Ha sido un placer conocerlas —dijo Aurora con sinceridad.
—El placer ha sido nuestro —repuso Anna, aún aturdida tras haber tropezado con su jefe justo en el momento en que Elsa y ella se estaban cogiendo de la mano. Cuando se alejaron, miró a Elsa y bajó la voz, que le temblaba incontrolablemente. —A lo mejor deberíamos pedir la cuenta y marcharnos.
—¿Estás bien?
Anna se encogió de hombros.
—Supongo que no es para tanto. Total, no es que vaya a estar trabajando para ellos mucho tiempo. Sólo espero que no afecte a mis referencias.
—La verdad, no parecían sorprendidos o incomodados ni nada. De hecho, creo que tu jefe se lo ha tomado con total naturalidad.
—Sí, ¿verdad?
—Sí, y nosotras también. Si hubiera sido el director general del Weller Regent, ahora tendrías que estar dándome masaje cardíaco.
Anna suspiró.
—Nos montamos toda la película nosotras, ¿no?
—¿Te refieres a creer que estamos haciendo algo malo?
—Exacto.
Sacó el vale de regalo del bolso y dejó unos billetes de propina.
—¿Quieres que vayamos a ver los fuegos?
—No creo que ahora mismo sea una buena compañía. Quizá lo mejor es que lo dejemos aquí esta noche.
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Deartod: me alegro que te emocione tanto como a mi. La continuare eso es seguro. Bueno falta mucho todavía hay cosas que no se entienden y prontamente se arreglaran.
miguel.puentedejesus: gracias como siempre por tus palabras.
Cuídense mucho y nos veremos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
