La culpa mataba cada día más a Adrien. Sentía que su corazón en cualquier momento iba a explotar, no podía soportar el ver a la persona que más amaba sufriendo en esa camilla, solo, en un hospital abandonado.

—¿Estás bien? —le preguntó Nathalie.

Esa pregunta solo pudo hacerlo sentir aún más enojado. ¿Cómo se atrevía a preguntarle algo tan tonto? ¡claro que no estaba bien!

—¡Debo irme! —sin dejar que nadie se interpusiera en su camino, salió corriendo de aquella habitación. Sabía que su actitud no era la correcta, pero no le importaba. Ahora su corazón estaba destrozado y su cerebro estaba apagado. No le importaba comportarse, ahora las reglas no importaban en lo absoluto.

Como cada vez que salía corriendo, se dirigió al solitario pasillo en donde la pared era amarilla. Siempre iba al mismo lugar, porque algo le llamaba la atención, quizás el color tan llamativo de la pared. El punto es que...

—¡Imbécil! —gritó con toda la rabia del mundo mientras golpeaba esa pared nuevamente.

Quería seguir golpeando la pared, pero no pudo hacerlo. Recordó a esa chica de coletas, aquella que tuvo el suficiente valor como para haberlo retado. ¿Acaso ella estaba bien?

—¡Tarado! —se recriminó mentalmente. Se supone que estaba sufriendo por su familiar, no por una tonta desconocida.

Es solo que... estaba preocupado por ella.

La había divisado en dos ocasiones, la primera vez fue cuando lo retó por comportarse de ese modo —gracias a eso la tenía presente quisiera o no—, y la segunda vez fue cuando ese hombre la estaba retando públicamente. Desde aquella vez, no volvió al hospital, ya habían transcurrido unos cinco días.

¿Y si ese hombre le hizo algo? Ese era su miedo.

Se sentó en un cajón que había ahí, observó la ventana y permitió que sus lágrimas cayeran lentamente. De pronto, algo escuchó y supo que tendría que interferir nuevamente, algo sucedía.

Para Sabine y Marinette las cosas se habían complicado mucho, en el mal sentido, aparte de estar sin su abuela, su familia se había ido en contra de ambas y les hicieron algo muy feo.

No pudieron ir al hospital, solo porque querían calma, querían paz.

Pero no podían dejar sola a la pobre abuela. Marinette amaba a su abuela con todo el corazón. Así que... decidieron regresar. Lo hicieron un día viernes. Entraron, estuvieron con ella un rato —conteniendo las lágrimas—. Y luego salieron, por lo del horario de visitas.

—Hija, tengo que ir al baño. Espera —Sabine ingresó al baño.

Marinette se quedó estática debido al miedo, su madre la había dejado a solas con su tía. ¡Eso no estaba nada bien! Era un peligro.

Se dio cuenta de que había dos señoras al lado de ella, se sentó en una camilla y no se movió.

—Marinette, ven —le ordenó su tía.

—No —respondió de modo firme. Juleka la observó con sorpresa.

—¿Por qué no? Tengo que hablar contigo. Ven.

—No —repitió ella.

—¡Qué vengas! —su tía estaba tan decidida a hablar con ella en privado, que comenzó a tironear de su brazo. Pero Marinette se mantuvo firme.

—¡Porque no! —respondió de modo infantil.

—Señora, éste es un hospital, le recomiendo que deje a esa niña tranquila o tendré que llamar a alguien para que ayude —un señor con bata y la cara cubierta por una especie de gorro se acercó para detener aquello.

—Aquí no pasa nada, tranquilo —Marinette pudo observar como su tía se alejaba rápidamente, ella refunfuñaba algo por los dientes, estaba muy molesta.

—Gracias —sonrió de modo sincero y vio como ese desconocido se alejaba.

—¿Por qué no quisiste ir con tu tía? —preguntó una de las señoras que estaba ahí sentada, ella había escuchado todo pero decidió no interferir.

—Porque ella le pegó a mi mamá —admitió Marinette.

Ella sentía que conocía a ese muchacho, esa voz se le hizo familiar. Y una corazonada le decía que debía seguirlo, pero no sin antes hablar con su madre.

Adrien había encontrado un uniforme médico en un cajón del mueble en el que se había sentado. Vio como esa señora molestaba a la niña y no dudó en ayudarla.

¿Por qué lo hacía? Porque ella parecía tan tierna, tan pequeña, tan inocente. ¿Por qué demonios todos la molestaban a ella?

Al estar solo nuevamente en la habitación amarilla, se quitó la ropa de médico y suspiró mientras la guardaba.

—¡Soy un idiota! —exclamó.

—No creo que seas un idiota, más bien, eres un buen defensor —levantó su mirada y se encontró con los ojos celestes de la chica —. Muchas gracias por defenderme.

Se sintió tan tímido por un momento, no quería responder debido a haber sido descubierto.

—Yo... —rascó nerviosamente su nuca —, solo hice lo que vi necesario.

Marinette se sentó a su lado en el mueble, ambos se miraban fijamente, se sentían algo cómodos con la presencia del otro —aunque no lo admitirían tan fácilmente—.

—¿Por qué dejas que te molesten? —preguntó Adrien sin poder contenerse.

—Yo... —ella hizo una mueca —, no es que los deje. Es que son mi familia y... la situación es complicada —Adrien pudo ver un repentino brillo en los ojos de la chica.

—¿Por qué no habías venido durante días? —le preguntó.

Ella lo vio y abrió un poco la boca, esa simple oración la sorprendió.

—¿Me estás vigilando? —preguntó alzando levemente su ceja —, vaya no me sorprendería que incluso sepas que me llamó Marinette —bromeó ella.

—No es eso, es solo que vengo aquí con frecuencia —respondió intentando no sonar tan nervioso como realmente se sentía —. Yo soy Adrien —rodó sus ojos —. ¿Por qué no habías venido antes? —repitió.

—Eso es una larga historia —admitió bajando un poco la mirada.

—Puedes contarme, tengo todo el tiempo del mundo.

—¿No crees que te aburriría escuchar la historia de una completa desconocida?

—¿Desconocida? Eso serías si no supiera tú nombre, pero aparentemente eres Marinette.

Ambos sonrieron y ella rió a carcajadas.

—Te hice reír, eso ya es un avance —festejó Adrien —. Anda, cuéntame.

Ella peinó sus cabellos de modo nervioso. ¿En serio le contaría su historia a un desconocido? Aunque... parecía ser una persona de confianza, era divertido y un buen defensor.

Dicen que contar una historia es el medio correcto para poder superarla poco a poco. ¿Podrá funcionar?

—Bueno... todo comenzó...

Resulta que Marinette le había contado a su madre todo lo que su primo le había dicho, porque sintió que era necesario que ella lo supiera. Sabine se enojó mucho, pero continuó con su rutina normal, se dirigió a la cocina y fue a preparar la comida.

Marinette estaba organizando su habitación cuando repentinamente su madre abrió su puerta.

—¿Es cierto todo lo que me dijiste? —había preguntado Sabine.

—Lo es —afirmó Marinette.

Sabine se veía afligida, como conteniendo sus lágrimas. Estaba tan triste, su mirada lo reflajaba.

—¿Qué pasó, mamá? —Marinette se acercó a ella.

—Mira esto.

Su madre le entregó su celular. Marinette lo tomó y vio que estaba abierto en una conversación con Lila.

Lila: Sabine, tenemos que organizarnos porque no podemos estar yendo las tres al hospital, no tiene sentido.

Sabine: bueno, yo voy en la tarde.

Lila: vas a ir solo en la tarde? no es justo, a mi mamá hay que verla también en la mañana.

Sabine: pero no puedo en la mañana, tengo la Panadería

Lila: dile a Marinette que se encargue de la panadería. Además, si tú fueras en la tarde alguien tendría que ir en la mañana por ti, no es justo

Sabine: no puedo dejarla sola, es mi hija y no puedo llevarla a todas partes, también se cansa

Lila: Sabine, Marinette no es tema aquí, ella es perfectamente grande. Puedes dejarla sola o dejarla en mi casa, yo la cuidaría

Sabine: para que la traten mal? como lo hizo Iván

Lila: Sabine que te pasa? Él jamás la ha tratado mal, todos la quieren mucho

—Mamá, todo lo que te dije es cierto —la azabache sintió una gran presión en el pecho y fuertes deseos de llorar.

Parece que decir la verdad no es siempre la mejor solución, porque en esta ocasión, la verdad había generado una pelea.

¿Acaso lo mejor hubiera sido quedarse callada y guardar todas esas dolorosas palabras para ella sola?

—Yo te creo hija...

Marinette continuó leyendo.

Lila: yo tratarla mal? es una pena que saques conclusiones sin haber oido las dos versiones, yo en ningun momento la trate mal, incluso la console como buen primo. pero bueno, dejen de pelear y arreglen las cosas.

Sabine: yo no puedo ir en la mañana, solo puedo ir en la tarde, la casa no puede quedar sola y a Marinette ya la estoy dejando sola en la tarde

Lila: eres un ser tan penoso, crees que por ser madre soltera todo el mundo debe sentir lastima por ti, jaja, es una pena que pienses así

toda la vida has sido una mantenida, no sirves para nada

es tu mama, Sabine.

Marinette se quedó con la boca abierta, nunca pensó que alguien le diría algo así a su madre.

Ser una madre soltera no es algo penoso. Además, ¿qué sabía Lila? Sabine era una excelente madre, una mujer dedicada a su hija, siempre juntas. Y no era ninguna mantenida, tenía dos trabajos y siempre estaba dispuesta a ayudar a todos.

Esa noche, Marinette vio a su madre llorar desconsoladamente. Esa conversación le había afectado muchísimo.

—¿Por eso no pudieron venir?

Adrien escuchó todo de modo atento. Él no conocía a esas mujeres, pero su conclusión era que nadie merecía ser tratado de ese modo, eso era humillar a alguien.

¿Qué clase de familia tenía Marinette? Una terrible, eso estaba más que claro.

—Lamento que hayan tratado de ese modo a tu mamá —acarició los hombros de la chica para demostrarle su apoyo.

—De hecho, al día siguiente sucedió algo peor... —confesó Marinette.

—¿Más mensajes humillantes?

—Peor. Vinieron a mí casa —confesó Marinette. Adrien vio su cuerpo temblar, se veía bastante afectada.

Adrien quería saber qué sucedió, realmente quería. Pero no la iba a forzar a hablar, con lo que le había contado ya se veía bastante afectada.