CAPITULO 6
Serena levantó los ojos para mirarlo, anonadada por la actitud de Darien. Había llegado a convencerse de que él jamás la presionaría y que podría dominarlo fácilmente. Había llegado a convencerse de que, muy en el fondo, Darien Chiba era todo un caballero. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?
—No me amenaces, Darien —dijo tratando de aparentar que aún podía dominar la situación—. Ambos sabemos que no vas a lastimarme.
—Es verdad —replicó él con rudeza, y bajó la cabeza, apretando aun más el rostro de Serena con sus ásperas manos—, no voy a lastimarte. ¡Voy a hacerte mía!
Serena abrió la boca para decir algo, pero Darien le selló las palabras en la profundidad de la garganta. Sujetándole la cabeza para inmovilizarla, introdujo la lengua violentamente en la boca de Serena, primero desafiándola y luego, deleitándose con la tibieza que allí encontraba.
Aturdida, ella se dio cuenta de que había estado equivocada. Su propio cuerpo aún no había logrado recuperarse de la anterior escena amorosa transcurrida en el automóvil. A pesar de los sucesos intermedios, las llamas volvían a arder ahora con tanta premura, que Serena supo que sólo habían quedado a poca distancia de la superficie, que jamás se habían extinguido. Con desesperación, hundió los dedos en el masculino pecho, intentando soltarse. Pero él pareció ignorar todos sus esfuerzos. Todavía sobre su delicada boca, los labios de Darien siguieron apoderándose de toda su dulzura.
—Serena, mi niña, ya todo terminó. ¿Acaso no lo comprendes? —le dijo él con voz ronca contra sus labios, al tiempo que, con sus poderosos dedos, soltaba el rodete de la cabellera dorada—. Ya no hay razón para que sigas resistiéndote. Yo voy a cuidarte, ¡y tú aceptaste mis cuidados!
—No, nunca dije... sólo quería comentarte mi problema... mi intención era...
—No importa cuál era tu intención. ¡Ya está hecho!
Serena percibió el tono triunfal de esas palabras. La respiración de Darien comenzaba a acelerarse y la de ella no se quedaba muy atrás.
Serena intentó apartarse, pero él le mordió el labio inferior a modo de seductora advertencia. Enseguida, su feminidad se rindió ante este pequeño castigo, reaccionando en forma instintiva frente a una masculinidad tan poderosa. Libre de toda restricción, su propio cuerpo buscaba el placer y deseaba provocar a este hombre. Recordó entonces su feminidad agresiva en el automóvil, inspirada por una vaga sensación de seguridad. Pero esa seguridad ya había desaparecido. Ya no tenía el conocimiento implícito de que Darien no formularía el reclamo final en el asiento delantero de un coche.
Se había disipado también la convicción de que este hombre era esencialmente un caballero. El nunca le había mentido, admitió Serena, y los besos de Darien se tornaron más y más embriagadores... Ella se había engañado a sí misma. Ella había vuelto a imaginarse un nuevo cuento de hadas.
Bajo el impacto de esa boca masculina, Serena supo que se le estaban agotando las fuerzas. Sentía los labios magullados e indefensos frente a los sucesivos ataques de Darien. Los poderosos dedos se habían enredado en su cabellera y se movían con violencia, girando una y otra vez, como si quisieran encadenarla.
—Te deseo tanto, mi Serena —murmuró él, pasándole la lengua con suavidad por la sonrojada mejilla—. Creí que me volvería loco esta anoche en el automóvil. Ya debería saber que cada vez que te tomo entre mis brazos, ¡me vuelvo loco!
—¡Pero, Darien! —exclamó Serena con voz entrecortada, cerrando los ojos con fuerza—. No puedes... apoderarte de mí. ¡No tienes ningún derecho...!
—Tú me concediste el derecho —dijo Darien de manera irrevocable, pero con una dulzura que sofocó la aspereza de su voz—. Todo lo que tienes que hacer ahora es confiar en mí. Por favor, ¡confía en mí. Serena!
Ella oyó estas palabras suplicantes y, al mismo tiempo, sintió que los dedos de Darien bajaban hasta sus hombros, para luego descender por la columna. Y al deslizarse, empujaron también la presilla del cierre. Un segundo después, el vestido colorado había caído hasta la altura de su cintura.
Al percatarse de su propia desnudez, Serena lanzó una exclamación. Pero las manos de Darien descendieron sin detenerse por la curva de sus caderas, arrastrando el vestido hasta el suelo.
Ella quedó desnuda, excepto por las minúsculas bragas de encaje, mirando las llamas que ardían en esos ojos hambrientos. Darien la tomó de los hombros y la obligó a retroceder unos centímetros. Serena se estremeció al percibir el calor de esa mirada que recorrió todo su cuerpo. Pero el temblor no era de miedo. Era una reacción frente a la posesión seductora que pudo leer en el rostro de Darien, en cada tirante músculo de su delgada figura, mientras observaba detenidamente su premio.
—Dime la verdad, cariño —le suplicó Darien con voz ronca, acariciándole uno de los delicados senos con tanta suavidad, que el pezón se erizó de una manera casi dolorosa—. ¿Serías capaz de marcharte ahora, sabiendo lo mucho que te necesito esta noche? ¿Me abandonarías para continuar la búsqueda del fantasioso héroe de tus cuentos?
—Darien... —Fue un grito ronco y profundo, y Serena se encontró temblando, ansiosa por la siguiente caricia sensual.
—Un hombre en un cuento de hadas jamás podría necesitar una mujer tanto como te necesito yo a ti —continuó él.
Darien la estaba hipnotizando y ella lo sabía. Pero no podía hacer nada para evitarlo. Desde la mañana en que la había tratado con tanta intimidad en la ducha, todo su cuerpo se había adaptado a las cautivadoras caricias de este hombre. Serena lo deseaba físicamente, pero su mente le exigía sentimientos. ¿Pero cómo hacer para conciliar ambas cosas?, Se preguntó ella, y al mismo tiempo, la mano de Darien descendía de su seno para dibujar arabescos en la delicada piel de su abdomen. De algo Serena estaba segura. Cuando él la miraba de esta forma, cuando la acariciaba con tanto anhelo y le suplicaba confianza, ella no podía razonar para encontrar una respuesta lógica a la pregunta.
Serena lo amaba y la aceptación de este sentimiento anulaba cualquier otra reflexión por el momento. Varias veces se había imaginado a sí misma enamorada del príncipe azul de sus cuentos. Pero estas emociones del pasado se desvanecieron frente a la abrumadora sensación de estar enamorada de este hombre.
—Ven a mi cama esta noche, Serena. Porque si no vienes por tu propia voluntad, me veré obligado a forzarte. ¡Ya no puedo seguir esperando! —le aseguró Darien. Enseguida, la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí, sin dejar de mirarla.
Y Serena se dio por vencida. Lanzando un suspiro de amor y de deseo, le rodeó el cuello con los brazos y levantó los labios para besarlo,
—¡Ay, mi dulce niña!
Darien atrapó los delicados labios con pasión, y tomando a Serena entre sus poderosos brazos, comenzó a caminar hacia el dormitorio. Al llegar a la oscuridad del cuarto, invadido por el murmullo del mar que penetraba por las ventanas abiertas, la depositó sobre la blanca alfombra para retirar las cobijas de la cama. Luego, la volvió a levantar y esta vez, la colocó sobre las sábanas. No dejó de mirar el cuerpo de Serena, iluminado por la luz de la luna, mientras él se quitaba los pantalones y la camisa.
Ella pudo percibir un dejo de torpeza en esos dedos masculinos cuando desprendían los botones de los puños, y esta leve señal de nerviosismo la hizo esbozar una tierna sonrisa.
—Te causo gracia, ¿no es cierto, mi amor? —preguntó Darien, burlándose de sí mismo, al tiempo que arrojaba la camisa hacia un rincón oscuro del cuarto—. ¡Ya te dije que me haces temblar como un adolescente en su primera cita!
—¿Y qué crees que provocas tú en mí? —susurró Serena con voz ronca.
—Dímelo —le ordenó él, mientras se acostaba junto a ella y la tomaba entre sus brazos—. Dime qué es lo que provoco en ti, mi dulce Serena.
Pero ella no pudo encontrar las palabras bajo el calor de la boca de Darien. Entonces, le respondió con suaves, temblorosos gemidos y la ferviente entrega de su propio cuerpo.
Darien recorrió cada centímetro de Serena, desde el lóbulo de la oreja hasta el tobillo, con una violencia que parecía inspirada por amor, si él hubiera creído en ese sentimiento. Y ella, sabiendo que su propia respuesta sí estaba impulsada por amor, enarcó el cuerpo al recibir el sensual contacto masculino y curvó los dedos, rodeando la firmeza de los poderosos muslos.
—Termina lo que comenzaste en el automóvil, mi adorada cascarrabias —gruñó él, deslizando los dedos por la suavidad interna de la pierna de Serena—. ¡Quiero sentir tus manos sobre cada centímetro de mi cuerpo!
—En el coche —logró decir ella con una cautivadora y provocativa sonrisa—, me sentía segura...
—Te prometo que en mi cama no tendrás seguridad —replicó Darien con voz gruesa, mientras ella jugaba con el vello del masculino pecho de una manera muy sugestiva. Los ojos azules ardieron de placer al observar la curva de las caderas de Serena y la redondez de sus senos, iluminados por la luz de la luna.
—Suena muy peligroso —susurró ella, hundiendo las uñas en el oscuro pezón de Darien.
—Y lo es —Él le tocó el contorno de las caderas como señal de advertencia.
—¿Y tu oferta de protección no lo cubre? —murmuró ella casi sin aliento, al tiempo que Darien la despojaba de sus bragas.
—No existe nada en el mundo —le juró él, inclinando la cabeza para besarla desde el pecho hasta el muslo— ¡qué pueda protegerte de mí!
— ¡Ay, Darien! —Serena profirió un grito entrecortado al sentir que las masculinas manos se abrían paso entre sus piernas, para explorar el secreto de su tibieza más íntima. Los dedos de ella danzaron sobre los hombros y la espalda de Darien, deslizándose hasta aferrarse del contorno de sus nalgas, para luego ocuparse del vello de su imponente pecho masculino.
Serena se sintió perdida en un mar de excitación, deseo y necesidad. La confusa mezcla de emociones apuntaban a este hombre, que generaba el poder suficiente para envolver ambos cuerpos. Un poder que ella ya no deseaba combatir.
Y entonces se rindió ante la abrumadora sensación del momento, permitiendo que su propio cuerpo expresara su amor en forma increíblemente primitiva. Y Darien se tornó cada vez más exigente, más posesivo, como si tuviera una necesidad imperiosa de afirmar sus derechos sobre su nueva adquisición. Las sucesivas entregas de Serena no parecían satisfacerlo. Exigía más y más, como si las concesiones de ella no fueran pruebas suficientes de su irrevocable superioridad.
Por fin, Darien condujo a ambos hasta el punto culminante de excitación y entonces, se levantó para depositar su imponente peso sobre el cuerpo jadeante de Serena.
Finalmente, se podría haber formulado la eterna pregunta de quién venció a quién. Ya que, si bien él había guiado a ambos por el camino que conducía al enlace final, terminó por entregarse tan perdidamente como Serena.
Alcanzaron el destino final con una arrolladora intensidad que no reconocía ni vencedores ni vencidos. Y cuando llegó el momento, Serena oyó que su nombre caía al vacío, como un talismán arrojado contra la entropía del caótico universo. Darien no fue el único en proferir ese grito salvaje. Su propio nombre salió de los labios de Serena con el mismo poder.
Un largo rato duró esa paz que existe entre un hombre y una mujer que han logrado satisfacer sus deseos primitivos. En el silencio de la oscura habitación, interrumpido por el lejano sonido de las olas, Serena permaneció tendida en una maraña húmeda de brazos y piernas, sin poder ni querer moverse.
Y sólo cuando ella caprichosamente acarició a Darien con la punta de la lengua, él se movió, levantándose como un león después de terminar el festín.
—En mis brazos, te conviertes en una criatura salvaje —susurró Darien con satisfacción masculina—. Nunca me cansaré de desenmascararte.
— ¿Desenmascararme?
—Ajá. No es que no me agrade tu aparente indiferencia —dijo él, apoyando el mentón sobre el cabello de Serena—. Pero me encanta rasgarla como si fuera una capa, para encontrar el ardor y la pasión que hay en el fondo. Sabía que todo iba a resultar de esta forma —agregó con infinito placer—. Lo supe desde el primer día que te vi en tu oficina, cuando tuve que hablarte como un vendedor de automóviles, para convencerte de que organizaras mi fiesta.
—Realmente me sorprende —murmuró ella con sequedad— que después de haberme quedado dormida aquella noche, ¡no hayas decidido desistir! —Serena levantó la cabeza para mirarlo a los ojos con expresión divertida.
—Como acabas de ver, no fue más que una insignificante derrota pasajera —le aseguró Darien, enredando los dedos en el cabello de Serena—. Pero soy un hombre muy paciente...
—¡Ja!
—¿Acaso lo dudas? —preguntó él, mostrándose ofendido—. ¡Espera y verás todo el tiempo que te doy antes de repetir lo que acabamos de finalizar!
—¿Cuánto tiempo?
—Por lo menos, ¡diez minutos!
Para Serena, el resto de la noche fue un momento suspendido en el tiempo. Una y otra vez, Darien se apoderaba de ella en la oscuridad, como si no pudiera satisfacer su necesidad de poseerla. Y Serena le correspondió con toda la dulzura de una mujer enamorada.
En la oscura habitación, ella olvidó el pasado y el futuro, para concentrarse sólo en el eterno presente. Únicamente importaba la presencia de Darien. Sólo Darien, hasta la mañana siguiente. El sonido de un despertador interrumpió el profundo sueño de Serena. Y la alarma fue seguida de un golpe rotundo y un ronco gruñido.
—¡Maldito reloj!
Serena sintió una fuerte sacudida y logró divisar la confusa imagen de un reloj despertador, que se encontraba tirado sobre la mesa de noche cromada junto a la cama. Levantó los ojos para echar una mirada soñolienta a Darien, que la observaba con una sonrisa en los labios.
—¡Eres algo tosco con tus relojes!
—No hay cuidado, puedo comprarme unos cuantos como ése —bromeó él. Con sus inmensas manos, Darien rodeó el cuello de Serena y la atrajo hacia sí para besarla. Fue una caricia dulce y generosa, que revelaba la recordada satisfacción masculina de la noche anterior. Y cuando ella volvió a abrir los ojos, pudo ver esas mismas emociones reflejadas en esas dos lagunas azuladas.
—¡Ay, Dios! Ojalá hoy no tuviéramos que ir a trabajar —murmuró Darien con voz gruesa, buscando la boca de Serena con incipiente pasión—. Deberíamos estar de luna de miel, ¿no crees?
Serena sintió que se le congelaba la sangre. La magia de la noche anterior pareció esfumarse con esa única oración. Lentamente, con creciente ansiedad, se apartó de los masculinos brazos y se puso de pie junto a la cama. Perturbada por su propia desnudez y por la mirada curiosa de Darien, se apresuró a cubrirse con la primera bata que encontró en el armario.
—No, de luna de miel, no — afirmó ella, esforzándose por usar un tono jovial, tratando de demostrar toda la indiferencia que Darien encontraba tan atractiva—. Las lunas de miel son para personas que se enamoran y se casan. ¡No para gente como nosotros!
Serena caminó hacia el baño sin mirar atrás y cerró la puerta detrás de ella. ¡Santo Dios! ¡Por qué habría dicho algo tan estúpido!, Pensó con desesperación, apoyándose contra la puerta por un instante y observando su propia imagen en el espejo.
Pero ¡maldito sea! , Era la pura verdad, se dijo luego, mientras se metía en la ducha y abría el grifo del agua caliente. Estaba enamorada de Darien Chiba. Deseaba ser su esposa, ¡no su amante! Volvió a echar otra maldición, pero esta vez, con más violencia. ¡Ahora ella misma estaba usando esa palabra! ¡Amante!
Con el ruido de la ducha, no oyó que se abría la puerta del baño. Pero un segundo más tarde, Darien se encontraba junto a ella.
—Me parece haber vivido esta escena anteriormente —bromeó él, de muy buen humor. Y enseguida, agarró el jabón y comenzó a frotar la espalda de Serena—. Sólo que esta mañana, se te ve mucho más enérgica que la última vez que nos duchamos juntos.
Obviamente, Darien estaba dispuesto a ignorar el pequeño arranque de cólera, pensó ella con resignación, sintiendo el contacto de esas poderosas manos sobre su espalda: Los masajes eran muy vivificantes, se dijo con ironía. Tenía un leve dolor muscular. Darien Chiba era un hombre muy fuerte, y anoche no había titubeado en hacerle sentir toda su fuerza.
—¿Sorteamos para ver quién prepara el desayuno? —sugirió él alegremente, pasándole los dedos por la columna. Ya le conocía las zonas más sensibles, notó Serena con cierto pesar.
—Por lo general, como muy poco en el desayuno —logró contestar con sorprendente frialdad.
—Tengo papaya madura —dijo él, tratando de tentarla—. ¿Qué te parece eso con un poco de jugo de lima? Fruta en la mañana, tacos en el almuerzo y algo exótico para la cena. ¿Qué otra cosa podría ser más típicamente californiano que eso?
—¡Nuestro trato!
Darien tomó a Serena de los hombros y la atrajo hacia sí.
—Anoche creí —le dijo él con dulzura, presionándola con fuerza contra su pecho— que ya habías dejado de combatirme, cariño. ¿Qué te sucede esta mañana? Sé que fuiste feliz entre mis brazos, ¡no puedes negarlo!
Las manos de Darien descendieron desde los hombros para apoyarse con suavidad sobre los pechos húmedos, rozando deliberadamente los pezones.
—No seguirás preocupada por Blackmoon, ¿no? —continuó él, como si de pronto hubiera encontrado la razón del mal humor de Serena.
—¡Dios mío! ¡Me había olvidado! ¡Dijo que vendría a buscarme hoy para ir a almorzar juntos! —Y después de lo de anoche, era fácil imaginar el estado de ánimo de Rubeus. Un hombre tan peligroso.
—Bueno, de todas maneras, no te encontrará en la oficina —afirmó Darien con calma—. ¡Porque irás a almorzar conmigo!
—Darien, ¡no tiene sentido seguir huyendo de él! Tarde o temprano, me encontrará y... y creo que ya sé lo que quiere... —Serena terminó la frase en un susurro.
—¿Acaso te quiere a ti?
—No. Creo que jamás me quiso. Sólo deseaba usarme como chivo expiatorio. Tengo el presentimiento de que intentará presionarme para que trabaje con él.
—¿Cómo? —preguntó Darien, dejando caer las manos y haciendo girar a Serena para enfrentarla. Toda la sensualidad del momento anterior se desvaneció en un instante y los ojos de él la miraron con expresión severa—. ¿De qué forma podría usarte, Serena?
—Si... si aún sigue con sus viejas costumbres —sugirió ella con desesperación—, querrá que averigüe algunos datos para él. Sabe con qué clase de clientes trabajo y... y me estuvo diciendo lo frágil que puede llegar a ser la buena reputación de una persona. ¡Ay, Darien! ¡Sé que tratará de chantajearme para que espíe a mis clientes!
—¡Pero eso es un disparate! —exclamó Darien con tono burlón.
—¿Eso crees? —preguntó ella, esperanzada.
—No sé cómo, ¡pero te aseguro que lo quitaré del medio esta misma noche!
—¡Esta noche! ¿Qué piensas hacer?
—Déjamelo a mí, querida —le aconsejó, dándole un beso en la punta de la nariz—. Yo me encargaré de todo. Así fue el trato, ¿recuerdas?
—Sí, lo recuerdo -susurró Serena, y se apresuró a salir de la ducha.
Media hora más tarde, se encontraban desayunando con papaya fresca y jugo de lima. Darien se sirvió otra taza de café y le sonrió desde el otro lado de la mesa. Se hallaban sentados en el soleado balcón, disfrutando de la comida al aire libre.
—Tenemos que ver cómo hacemos para traer todas tus cosas en esta semana —dijo él con calma.
Serena lo miró, sorprendida.
—¿Mis cosas?
—Claro. ¿Qué vas a hacer con los muebles? ¿Los piensas vender? —continuó sin inmutarse, mientras revolvía el café. Sus ojos se toparon con la mirada reprobadora de Serena.
—¡Vender mis muebles! -exclamó ella con voz entrecortada—. Darien, ¡no pienso mudarme a esta casa!
—Por supuesto que sí —replicó él. dispuesto a luchar.
—Soy tu amante, ¿no es así? —lo desafió ella.
Darien frunció el ceño.
—¡Claro que sí! —murmuró, como si con esa afirmación no estuviera clavando un puñal en el pecho de Serena.
—Bueno —dijo ella con firmeza—. Entonces, no tengo por qué venir a vivir contigo. Por si no lo sabes, Darien Chiab, ¡sólo las esposas comparten el hogar con sus maridos! Las amantes viven en sus propias casas. Las amantes —concluyó con cierto placer—, ¡son mucho más libres que las esposas!
—¿Qué pasa contigo, Serena? —preguntó Darien—. Anoche llegamos a un arreglo, ¡maldición!
—Y me estoy ajustando a ese arreglo, aunque haya sido forzada a aceptarlo. Pero estoy cumpliendo todo al pie de la letra. ¿Soy tu amante? Muy bien. Entonces, ¡me comportaré como tal!
—¡Hay cantidad de hombres y mujeres que viven juntos sin estar casados! —sostuvo Darien con vehemencia, y su expresión se tornó aun más severa.
—Eso es diferente —afirmó ella con tono vivaz.
—¿Que tiene de diferente?
—Muchos hombres y mujeres viven bajo el mismo techo, con o sin libreta de matrimonio, porque se aman. ¡Pero no creo que eso pueda aplicarse a nuestro caso! No hay ninguna regla que diga que un hombre tiene que amar a su amante. Y no hay ninguna regla que establezca que la amante tiene que vivir con él.
—Crees tener la verdad en todo, ¿no es cierto? —dijo Darien con brusquedad.
—Al menos, intento buscarla.
—Pues tendrás que seguir intentando —le ordenó Darien, inclinándose hacia adelante con una clara expresión amenazadora en los ojos—, ¡porque aún no has llegado a las conclusiones correctas!
—Ya veremos —insistió Serena, fingiendo indiferencia, mientras se esforzaba por tragar el ultimo bocado de papaya.
— ¡Por supuesto que lo veremos! —contestó él con rudeza, y se puso de pie súbitamente—. Ahora vámonos. A este paso, ambos llegaremos tarde al trabajo.
Sin embargo, a pesar de su evidente fastidio, Darien se tomó unos minutos para explicar a Serena lo que debía decir si Rubeus llegaba a telefonearle. Cuando ella regresó a la oficina, después de alimentar al detestable loro de los Moon, encontró una nota de Lita que decía que tenía que llamar a Blackmoon. Tratando de conservar la calma, Serena marcó el número que tenía en el bloc de hojas apoyado sobre el escritorio.
—Con escapar no lograrás nada, Sery —fueron las primeras odiosas palabras de ese hombre.
—¿Qué es lo que quieres, Rubeus? —murmuró Serena, sujetando con fuerza el auricular.
— Mantener una amigable charla. Eso es todo, amor —le aseguró él con tono burlón—. ¿Qué ocurrió anoche? ¿No te animaste a decirle a tu novio que ibas a tener otra visita? ¿Te fuiste a dormir con él?
—Sí —asintió ella con asombrosa calma—. Para ser franca, sí, eso hice.
—Ya sé quién es, Sery —aseveró Rubeus con tono socarrón—. Lo estuve observando esta mañana cuando te dejó en el trabajo. Luego, lo seguí hasta su compañía constructora y formulé unas cuantas preguntas a la gente que trabaja con él. Es un buen partido, Sery. Creo que nos será muy útil.
—¿De qué estás hablando, Rubeus? —susurró ella, anonadada. ¡Había seguido a Darien! ¡Había averiguado quién era!
—Es muy sencillo, amor. Cuando logres armarte de coraje para enfrentarme, te contaré todos los detalles. Pero será mejor que te apresures, o puede que pierda la paciencia y...
— ¿Y entonces qué? —preguntó ella, exacerbada.
—Entonces, le contaré a tu potentado amigo todo acerca de tu debilidad por el espionaje. Creo que eso podría llegar a empañar la relación, ¿no te parece?
—Está bien, Rubeus —se apresuró a decir Serena—. ¿Dónde quieres que nos encontremos? Creo que... que no podré ir a almorzar contigo hoy. Tengo que atender a un cliente.
—Hay un lugar en Coronado... —Y describió brevemente la ubicación.
—Lo conozco —afirmó ella con calma.
—Entonces, te espero allí después del trabajo. Y, Sery...
—¿Sí, Rubeus?
—Si por casualidad te ves tentada a escapar otra vez, ¡piensa cómo te sentirías si perdieras a tu candidato ricachón! —Y colgó el auricular.
Durante unos minutos, Serena se quedó inmóvil, sentada frente al escritorio. Estaba temblando, de miedo o de furia, no estaba muy segura. Luego, marcó cuidadosamente el número de la oficina de Darien.
Sintió un gran alivio al oír la voz áspera y aterciopelada al otro lado de la línea.
—¿Darien?
—¿Qué sucede, cariño? —preguntó él con tranquilidad—. ¿Te telefoneó Blackmoon?
—Sí. Quiere que me reúna con él en Coronado, esta tarde, después del trabajo. ¿Eso no desbarata tus planes?
—No te preocupes, todo saldrá bien. ¿Qué otra cosa te dijo?
—Dijo que... que ya sabía quién eras. Te siguió hasta tu oficina esta mañana, después de que me dejaste a mí.
—Sí, me siguió. ¡Y no fue nada disimulado! —dijo él risueño.
—¡Me alegra que te resulte divertido! —exclamó Serena, furiosa al ver que Darien encontraba graciosa la situación.
—Cariño, Rubeus no podrá ocasionarnos ningún problema. Ya conseguí algunos informes sobre el hombre. Y para esta tarde, tendré todo lo que necesito para acabar con él.
—Tú me crees, ¿no es cierto? —susurró ella—. Crees lo que te conté acerca de lo que sucedió en Phoenix, ¿no es así?
—De todos modos, eso ni sería importante —dijo él con tono despreocupado—. Aunque te creyera culpable, seguiría protegiéndote de Blackmoon o de cualquier otro que intentara perjudicarte. Te veré a la hora del almuerzo, cariño.
Serena colgó y se quedó mirado el teléfono por un largo rato. La protección de un hombre, se dijo, boquiabierta.
