- Sé silencioso… - susurró Alatar mientras se deslizaban por entre la maleza que rodeaba un pequeño claro del bosque. Justo en medio habían divisado un majestuoso ciervo que se alimentaba con suficiente despreocupación.

- Es hermoso… ¡mira su cornamenta! – respondió en voz baja, excitado.

Alatar le lanzó una mirada traviesa. - ¿Quieres que se acerque?

- Dudo que lo haga. Son animales muy asustadizos.

- Yo puedo ayudarlo.

Para la sorpresa de Bilbo, Alatar salió de su escondite. El ciervo levantó la cabeza de inmediato y movió las orejas visiblemente incómodo y alerta a la presencia de su acechador.

- Tolo govano ven, mellon. – Exclamó haciendo un extraño ademán con las manos. - Av-'osto, mellon, av-'osto… - el ciervo movió las patas hacia atrás y adelante en actitud de expectación. - Gi nathlam hí mellon, av-'osto… - Volvió a hacer la misma señal. Para deleite de Bilbo, el ciervo comenzó a acercarse.

- ¿Qué fue todo eso? – preguntó sorprendido.

- Shhh… ahora sal despacio… no lo asustes.

Cuando el ciervo lo vio se detuvo a medio camino y Bilbo pensó que se echaría a correr. - Av-'osto mellon, Av-'osto… - repitió Alatar.

De repente el mediano se encontró consiguiendo tocar el lomo de la dócil bestia, tan confiada y amistosa como nunca lo creyó posible viniendo de animales como aquellos.

- ¡Oh, Alatar! – soltó maravillado - ¿Cómo has podido hacerlo?

- Soy un mago, ¿recuerdas? Tengo pequeños trucos bajo la manga. – le guiñó el ojo. – Los ciervos son criaturas de Eru, solo hacen falta las palabras y la actitud adecuadas para que te reconozcan como uno de los suyos.

- Eso que dijiste, ¿era en élfico?

- Así es, Sindarin para ser precisos. – acarició la larga y oblicua cornamenta del ciervo. – Ofrécele de las naranjas que hemos recogido. - Bilbo le quitó la cáscara y le ofreció una porción. El ciervo la olisqueó y se la robó de la mano entre lengüetazos que le hicieron reír mientras le acariciaba el largo cuello.

Alatar observaba con evidente cariño a su amigo disfrutando de la cercanía del animal. Había algo tan bienaventurado en Bilbo que le atraía, aún en contra de su voluntad. "Desarrollar tanto apego por alguien podría lastimarme." Se advirtió, considerando su historial en cuanto a relaciones afectivas. "Por lo que a Smaug respecta, podría matarlo en el mismo momento en que yo pierda la consciencia tan solo por molestarme, y no habrá nada que yo pueda hacer para evitarlo."

Bilbo sintió su mirada y se volteó, encontrándose con una expresión que no pudo descifrar, pero que le hizo sonrojarse ligeramente. "¿Es que tengo que ser tan evidente?" Se reprendió por su parte, mientras trataba de devolver su atención al ciervo.

- ¿Qué te parece si continuamos? – propuso Alatar para romper con la pequeña tensión que se había formado. – Dejaremos que nuestro amigo se marche.

Se alejaron del claro internándose de nuevo a la espesura del bosque.

- ¿Dónde aprendiste sindarin? – quiso saber.

- Oh, eso fue hace muchísimo tiempo. – respondió entre risas – Cuando Pallando y yo venimos a la Tierra Media. Nos encontramos con los primeros asentamientos elficos del oeste, con quienes convivimos por varios años. Aprendimos a comunicarnos en cuestión de días, ambos éramos bastante buenos con los dialectos. – Bilbo lo miró y además de la nostalgia que embargaba su mirada cuando hablaba de su compañero, reconoció de nuevo otra clase de sentimientos que delataban mucho más sobre su relación con Pallando de lo que Alatar había admitido hasta entonces.

- Te era muy querido, ¿verdad? – soltó sin pensar.

Alatar guardó silencio, rosando la punta de sus dedos por la superficie áspera de un enorme árbol por el que pasaron mientras paseaban, ensimismado.

- Sí. – dijo al fin, arrancando un pedazo de tronco y jugueteando con él con aire ausente. – Era todo lo que tenía… en muchos sentidos. Era fiel, astuto, honorable, de gran poder… – se detuvo y pareció estudiar una mata de madreselva. Bilbo notó que tenía algo más que añadir, pero Alatar decidió guardar silencio.

"Siempre tienes que estar metiendo las narices donde no te llaman." Se reprendió de nuevo, mirando a Alatar de pie a unos metros de sí, dándole la espalda. Pretendió disculparse, pero el mago se volteó y le dedicó una sonrisa como si nada hubiera pasado.

- Veamos si podemos conseguir algo interesante de comer para Gandalf, en recompensa por no haberle invitado a nuestro paseo.

Bilbo aceptó agradecido y renovaron la caminata juntos. Alatar estiró el brazo para cortar unas almendras maduras de un árbol y le tendió dos a Bilbo.

- Me siento hambriento. – anunció el mago tocándose el estómago. – Esta vez quiero un desayuno civilizado, bien cocido y con un buen caldo. – bromeó, recogiendo unas setas que se cruzaron por su camino. – Bilbo entonces comprendió que la renuencia del día anterior por la cena que había preparado era a razón del ciclo, aunque no mencionó nada al respecto. Más bien se alegró porque su amigo continuara teniendo un buen día.

En ese momento un grupo de ardillas pardas se alimentaban ruidosamente en las ramas de otro almendro cercano. – No sé qué opinas, pero algo tenemos que cazar. – dijo lanzándole una sonrisa culpable a Bilbo – Considero que deberíamos aprovechar-

Una flecha pasó zumbando a un par de centímetros de distancia de la oreja de Bilbo, invisible y veloz, rompiendo el aire hasta clavarse en el tronco de un abeto. Sus ojos se abrieron como platos, reaccionando segundos después de que el arma mortal fallara el blanco. Alatar lo sujetó del brazo de inmediato y se refugiaron tras una concavidad de roca que se asomaba por el camino.

- ¿Qué fue eso? ¿Qué sucede? – preguntó pálido.

- Mal momento… - susurró Alatar ignorándole y echando un vistazo hacia la dirección de los ataques – Dioses por favor, ahora es un mal momento para esto…

Más flechas volaron en su dirección, y de repente se encontraron rodeados por una compañía de hombres y enanos; todos armados con hachas, espadas y arcos. Les obligaron a salir del escondite para retroceder.

- Por favor no lo hagáis. - dijo Alatar con firmeza mientras protegía a Bilbo detrás de sí.

- ¡El traidor pidiendo misericordia! – exclamó un hombre entre risotadas, mientras le apuntaba con el arco. Bilbo contó 8 atacantes a la vista.

- ¿Qué sucede…? – volvió a preguntar con un hilo de voz, aterrorizado.

- Cómo eres de escurridizo, maldito demonio. – habló entonces un enano de larga barba castaña sosteniendo una poderosa hacha de guerra. – Te hemos seguido el rastro desde Erebor, y mira hasta donde te hemos encontrado.

- Contestaré por mis crímenes… lo he jurado.

- Nadie está aquí para ajustarse a tus condiciones, traidor. – soltó otro, escupiendo en el suelo con desdén.

- Ya estoy en ciclo. – La advertencia fue clara, pero los mercenarios lo tomaron como provocación.

Una flecha voló por los aires y Bilbo miró despavorido y paralizado que esta se clavaba directamente en el muslo izquierdo del mago, que no había hecho ningún movimiento para apartarse, a pesar de que Bilbo estaba seguro que hubiera podido hacerlo fácilmente. Alatar hincó la rodilla, y con un brazo movió a su amigo para que quedara protegido detrás de él.

- ¡Alatar! – gritó tomándolo de los hombros desesperado. – ¡Levántate! ¡Huyamos de aquí!

- No. – le susurró, sin apartar la mirada de enfrente. – Son un buen número, si corremos juntos, hay riesgo de que te lastimen.

- …es su mascota. – estaba burlándose uno cuando Bilbo volvió su atención hacia ellos, mientras los demás reían.

- Tú te puedes ir, mediano. – dijo un hombre – Esto es justicia, y no tiene nada que ver contigo. Si supieras los crímenes de este demonio, no estarías de ese lado.

- ¿Cómo estás seguro que no los sabe? – añadió otro enano – Ya conoces la maldita capacidad persuasiva de esta víbora. Para mí que el mediano lo sabe todo y aún así quiere seguir con él porque cree conocerlo. – Aquello fue como una fría apuñalada en el corazón de Bilbo. – No es la primera vez que el demonio hace algo así.

- Por favor deténgase. – rogó entonces el hobbit, tratando de impedir con todas sus fuerzas que las dudas emergieran en ese preciso momento. – Estamos a punto ir a-

- ¡Basta! – le cortó el mago. – Vete, Bilbo. Ve y busca a Gandalf.

Eso le hizo entrar en pánico.

- No te dejaré – dijo con la voz entrecortada – te lo suplico, levántate y vámonos.

Otra flecha voló por los aires y se clavó en el hombro de Alatar. Este soltó un resoplido ahogado mientras se sostenía del suelo con el brazo derecho. Las pezuñas se clavaban en la tierra.

- ¡NO! – gritó poniéndose delante de Alatar, temblando de pies a cabeza. Escuchó como el mago gruñía a sus espaldas, y tuvo miedo de voltearse.

- A un lado, mediano. – dijo quien parecía ser el líder de la compañía. - O sufrirás el mismo destino del traidor.

Para sorpresa de Bilbo, Alatar fue el que lo apartó de un manotazo. El mago se levantó pesadamente, resoplando de dolor. – No lo entendéis… - murmuró. – Estoy intentando… tan desesperadamente… mantener el control…si seguís aquí más tiempo, Smaug os matará a todos.

Una lluvia de flechas rompió el viento en un sonido agudo y aterrador, clavándose en el cuerpo del mago sin misericordia, cada una disparada a matar. Alatar cayó hacia atrás retorciéndose de dolor. De pronto Bilbo sintió que no podía escuchar nada, el mundo se había sumido en un silencio maldito, aunque sabía, por el movimiento de su cara, que estaba gritando. Todo le parecía surreal, como un escenario de una pesadilla, con todo a su alrededor difuso, extraño, terrorífico.

- No quiero hacerlo, no, no, no - murmuraba Alatar a penas moviendo la boca, tendido en el suelo, cubierto de sangre y ahogándose por la que salía de su boca, sumido en un trance. – Es mi rostro el que ven, soy yo el asesino. Ten piedad, te lo ruego… piedad, no quiero matar a nadie, te lo suplico, piedad, piedad, piedad…

Una mano sujetó a Bilbo del brazo con brusquedad y le hizo levantarse.

Sin embargo, el hombre no tuvo tiempo de decirle nada, pues un gutural aullido que consiguió erizarle los pelos de la nuca a todos los presentes ahogó cualquier intención de hablar. Bilbo notó con horror que unas ráfagas brillantes recorrían el cuerpo de Alatar, como ondas rojizas. "La sangre de fuego." Supo de inmediato, y fue en ese preciso momento en el que se arrepintió de no haber huido cuando tuvo la oportunidad.

- No lo toques.

La voz endemoniada salió de la boca de Alatar, mientras aún cubierto de flechas, se levantaba como si solo hubiera estado tendido descansando.

- No le pongas tus mugrientas manos encima, insignificante mierdecilla.

Bilbo sintió como el hombre se estremecía. Cualquiera con sentido común lo habría hecho.

- La flecha que yo le arrojé le penetró el corazón… - murmuró pálido. Bilbo comprobó que era cierto. – Ya no debería estar vivo…

Nadie se movió. Todos actuaban como si estuvieran en un estanque de víboras a punto de atacar, preguntándose lo mismo: ¿Por qué sigue vivo? Hay más de una docena de flechas clavadas en su cuerpo, asestadas en puntos vitales que hubieran matado a cualquiera en un santiamén; pero el demonio se había levantado y estaba desatando su furia.

- ¿No me escuchaste, mierdecilla? – volvió a rugir, con una sonrisa taimada. Bilbo notó aterrorizado que el ojo que hacía rato hubiera lucido más sano, volvía a encajar con el viciado de la derecha.

El hombre soltó a Bilbo. Les hizo unas señas a los mercenarios que volvieron a reagruparse. Una a una, Smaug se fue arrancando las flechas del cuerpo, que se separaban algunas incluso con pedazos de piel y carne incrustadas. – Así que han venido por mi cabeza. – se mofó. - ¿Es que no tomé suficientes vidas miserables en Dale y Laketown para que me sigan atormentando con sus indeseables presencias?

Una flecha hizo su camino por el aire, pero en un movimiento casi invisible para los ojos del hobbit, Smaug la atrapó en movimiento con sus garras escarlatas, antes de que lo tocara.

- Qué patético. – dijo imitando un tono decepcionado con exageración.

- Alatar… - exclamó Bilbo retraído, pero entendiendo que si no le detenía, esos mercenarios que de seguro sólo tomaban órdenes y actuaban en nombre y por justicia de sus propios caídos, morirían bajo la furia del dragón, y sus muertes yacerían sobre los hombros del pobre hombre que albergaba la maldición del nigromante en su cuerpo. – Smaug. – se corrigió, caminando hacia su dirección con cautela. - ¿No sois demasiado trascendental para que le prestéis atención a estas… insignificancias? – se aventuró, sin estar seguro de lo que decía. – Dejadles marchar. No merecen de tu atención. ¡Dejadles marchar y que hablen sobre vos allá donde vayan! Que digan que el todopoderoso dragón está cada vez más cerca de alcanzar el final del ciclo y no hay nada, nada que nadie pueda hacer para detenerlo.

- ¡No me pararé aquí a ser defendido por un maldito mediano! – gruñó entonces uno de los enanos, destrozando el esfuerzo de Bilbo por mantener la atención del dragón sobre él.

El enano se lanzó a la carga, y varios de la compañía lo siguieron. Smaug se movió con una rapidez sorprendente como una ráfaga, y con una fuerza bestial atravesó estómagos, cráneos, quebró cuellos y explotó corazones con la poderosa mano en desarrollo. Los hombres no tuvieron tiempo si quiera de agonizar. Los demás, inyectados de más prudencia por semejante ejemplo, retrocedieron.

Bilbo cayó hacia atrás, horrorizado ante su primer encuentro con la muerte tan cruda y retorcida.

A unos metros más allá entre la maleza Gandalf y tres hombres encapuchados observaban la escena. Cuando Smaug atacó a los mercenarios, los tres intentaron ir a su rescate, pero Gandalf los detuvo.

- ¡NO! ¡Escúchenme! – Sujetó a uno de ellos y le hizo volver a acuclillarse. – Si se acercan solo provocarán todavía más la ira del dragón. A ti te reconoce Smaug. – le recordó - Confiaremos en Bilbo.

- ¿En ese mediano? – respondió consternado otro de los hombres. - ¿Cómo puedes decir eso? ¡Mira lo que hizo! ¿Qué puede hacer un hobbit contra semejante bestialidad?

- Más de lo que crees, mi buen Elladan, más de lo que crees. No tenemos otra opción que comprobar si no estuve mortalmente equivocado cuando le invité a venir con nosotros.

- Smaug, mi señor, p-por favor… - dijo Bilbo asqueado, sintiéndose a punto de desfallecer, con las rodillas débiles y la voz todavía más. – Ahora les habéis demostrado tu grandeza, tu alcance en poder que supera a cualquier adversario que se os ponga en frente, ellos lo entienden. Dejad que corran la voz, que sean ellos mismos los que siembren terror y respeto en los corazones de tus enemigos, que hablen de tu grandiosidad, de lo poderoso que sois aún cuando no has alcanzado la culminación del ciclo…

- Sus cuerpos hablarán por mí. – respondió Smaug encogiéndose de hombros, aunque atento a las palabras de Bilbo. – Me sirven más muertos.

- D-debo insistir, mi señor… - continuó, reconociendo que al dragón le había gustado que le llamara así. – Seguramente habrán más mercenarios al acecho que nunca dejarán de perseguiros como molestos mosquitos, tratando en vano de matarlo. Ellos pueden correr la voz. Os aseguro que cualquiera retrocederá ante las nuevas.

- No les tengo miedo. – alegó en un arrebato de ira, con los dientes apretados. Bilbo se clavó las uñas en la palma para obligarse a no retroceder. – ¡Que vengan! – exclamó moviendo los brazos hacia arriba, con una expresión venenosa - Los destrozaré, los quemaré, me comeré sus podridos corazones, ¡que vengan!

- Ha-habrá otros más osados que decidirán venir por vuestra cabeza ante las noticias, buscando gloria y honor, pero podréis regocijaros con demostrarles cuan equivocados estaban. En cualquier caso, es ganancia para vos, mi señor.

- ¿Por qué no me dices que no quieres que los mate y asunto arreglado? – inquirió Smaug con una sonrisa viciada, acercándose a Bilbo. – Vamos, dilo.

- N-no, yo-

- ¡DILO!

La furia que afloraba de repente siempre conseguía amedrentarlo, pero se apresuró a contestar, encogido: - No quiero que los mates…

Smaug se volvió a los hombres que restaban, 3 en total. – Ya lo escucharon, márchense, antes de que cambie de opinión. Y no olviden quien los ha salvado: Bilbo Bolsón, el hobbit de la Comarca. – anunció soltando una mortífera carcajada como si todo aquello resultara ser un juego de lo más cómico. El sonido bestial volvió a erizar la piel de Bilbo. Los mercenarios por su parte, huyeron sin mirar atrás.

El dragón entonces llevó sus ojos hasta el mediano. – Gracias. – Murmuró este, apartando la mirada.

- No me agradezcas. – dijo con malicia, acortando distancias – ¿O es que crees que mi buena voluntad no tiene ningún precio?

Bilbo le lanzó una mirada aterrada. – no yo… yo no-no esperaba…

Había algo depravado en la expresión de Smaug que hizo que Bilbo gritara para sus adentros, lo hubiera hecho con su voz, pero se encontró incapaz de utilizarla más.

- Hace mucho tiempo atrás, cuando aún tenía mi aspecto original, jamás hubiera podido comprender tantas de las cosas que hoy experimento con este cuerpo humano. – siseó deslizándose con cierta gracia alrededor de Bilbo como lo hubiera hecho antes con Gandalf, visiblemente al acecho. – Me refiero a esas que se me escapaban ante la grandeza de mi propio ser, el de antaño. Ahora tiendo a prestar más atención a los placeres prosaicos que antes significaron menos que nada para mí.

Bilbo fijó sus ojos en el suelo, sintiendo como un horrible estremecimiento descendía por su espina.

- Aún así, no termino de entender algunas cosas, por supuesto. Desde que acompaño a tu amigo el mago, irremediablemente nos hemos cruzado con una que otra persona que ha terminado entre sus piernas, si sabes a lo que me refiero. – soltó con una carcajada burlona al ver como Bilbo reaccionaba incómodo, con un leve rubor en las mejillas. - Las sensaciones del Istari también las sentía yo, lógicamente, dado que compartimos el mismo cuerpo, pero yo jamás encontré placer o deleite alguno en semejantes actos, no como él.

Smaug se inclinó detrás de Bilbo, hasta que su cabeza quedó suspendida justo arriba de su hombro, junto a su oreja. – Pero entonces apareciste tú. – Se separó y se deslizó hasta estar enfrente del mediano, mirándolo desde su altura con sus ojos fríos y afilados de reptil. – Es extraño, y curioso. No encuentro en Alatar las mismas sensaciones sobre ti como las que tenía con los demás. Ni siquiera con Pallando, que también eran completamente distintas y mucho más complejas, a su manera. Pero contigo hasta yo me encontré movido por lo que nuestro amigo sentía, cosa que jamás había pasado, pues él y yo somos muy distintos, por si tenías alguna duda. Y aún así, ahí estaba yo tratando de convencer al idiota terco que volviéramos a la Comarca. – el dragón pareció reflexionar sobre sus propias palabras. - No quiero matarte, de eso estoy seguro. Lo que quiero es… ¿qué?

Smaug parecía estarle haciendo una pregunta auténtica, como si él mismo no supiera contestarla. Bilbo, atontado por lo que acababa de escuchar, se limitó a mover la cabeza en negación.

- ¡Saludos! ¡Mis extravagantes viajeros!

La voz jovial pareció emerger de la nada, como otro elemento surrealista en la pesadilla de Bilbo, completa y absolutamente fuera de lugar. Smaug gruñó, también sorprendido por la inesperada interrupción. "Debo de haberme vuelto loco." Pensó el mediano observando atónito al pomposo hombrecillo pelirrojo vestido con una brillante túnica azul marino, un sombrero de ala ancha del mismo color decorado con una colorida pluma de quien sabe qué ave y unas ridículas botas amarillas que Bilbo apostó podrían verse desde la distancia.

- ¿Y este quién es? – gruñó Smaug con desdén.

- Oh mi buen amigo desconocido, de mi propia presentación me encargo yo. – Hizo una reverencia demasiado marcada – Tom Bombadil es mi nombre y soy un sujeto sencillo y habitante de estos bosques, si queréis saber. ¿Quiénes sois vosotros, amigos míos? – su sonrisa era sincera y su rostro tan limpio y libre de males que Bilbo no pudo evitar sonreír ante semejante ocurrencia. Notó como Smaug se debatía incómodo, respirando pesadamente, y para sorpresa del mediano, como una víbora mortífera que acababa de toparse con alguien que sobrepasaba su propia capacidad.

- Yo soy Bilbo Bolsón. – se presentó sintiéndose un poco extraño. Aquel día comenzaba a sentirse demasiado largo.

- El placer es mío, señor Bolsón. – respondió con otra reverencia exagerada. – En fin, ¿queréis venir conmigo? Los dos. Incluso tu amigo herido. Vamos a curarte eso que tienes ahí, o quién sabe, quizás solo charlar un poco y comer algunos pastelillos. A mi esposa le encantará un poco de compañía, si no les importa que se los diga. Se suponía que tenía que esperar por alguien más pero resulta que decidí venir a dar un paseo por aquí, y bueno, ya comprenderán. Al menos a mi amada le gustará un poco de conversación casual, es muy inclinada a las nuevas amistades, si me lo preguntan, ¡ah! Mi querida Baya de Oro, ninguna otra como ella.

Bilbo notó como Smaug se debatía por lanzarse contra Bombadil, pero había algo completamente invisible e insensible para él que le hacía mantenerse donde estaba y gimotear derrotado. Poco a poco al dragón le fallaron las piernas y cayó de rodillas.

- ¡Oh centellas! – expresó Bombadil con auténtica preocupación, como si todo el asunto no tuviera absolutamente nada que ver con su presencia. – Será mejor que ayudemos a tu amigo tan desconocido para mí pero que no podemos dejar atrás, oh no, nada de eso, no dejamos a nadie atrás. Vamos, señor Bolsón, ayudadme con él.

Por supuesto que Bilbo se quedó donde estaba con la boca abierta viendo como Smaug le lanzaba una mirada de auxilio mientras Bombadil se acercaba. Cuando el hombre extraño lo tomó del brazo, el dragón se desplomó inconsciente.

- Valla, valla. – dijo con aire solemne – Tu amigo necesita un buen descanso. Demasiada fatiga, diría yo. Ayudemos al pobrecillo, señor Bolsón, aunque la caminata será larga, si me lo preguntas, con tu amigo a cuestas no será nada fácil, pero llegaremos, no hay por qué apresurarse.

Escucharon más sonidos viniendo desde atrás y cuando se voltearon, encontraron a Gandalf seguido de tres hombres encapuchados.

- ¡Gandalf! – exclamó jovial Bombadil dejando a Alatar con cuidado en el suelo y acercándose al mago para estrecharle la mano. – Lamento no haber estado en nuestro punto de encuentro como acordamos, mi buen amigo, pero se me dio por disfrutar de un paseo; ya sabéis cómo es el bosque, a veces tiende a ser muy insistente con sus invitaciones. Espero no haberte importunado mucho con mi pequeño escape de placer.

Gandalf soltó una carcajada amistosa. – En lo absoluto mi querido Tom, tú siempre estás donde debes estar, sin lugar a dudas. Me llena de alegría y alivio el encontrarte aquí. Veo que conociste a mi buen amigo Bilbo.

- ¡Oh! ¡No me digas que son de los tuyos! ¡Maravilloso! ¡Espléndido diría yo! – exclamó con gozo – Esta vez tendremos muchas visitas en casa, Baya estará contenta. Y ahora que ya conozco dos, me salen tres desconocidos más, ¡cómo es eso! – soltó riendo.

- Lo lamento, señor Bombadil, pero ya nos conocéis. – respondió un hombre que se acercó quitándose la capucha para revelarse. Bilbo se encontró con un hermoso rostro joven de facciones muy finas y nobles, con ojos azules brillantes llenos de una intrepidez bienaventurada. Su cabello negro caía en suaves bucles enmarcando su rostro de belleza elfica, aunque Bilbo supo que el muchacho era de la raza de los Hombres, por sus orejas.

- ¡Por supuesto! ¡Claro que te conozco! Más amigos para compartir el pan y la cerveza, ¡qué maravilla! Y ya conozco a los otros dos, según decís.

- Así es, señor Bombadil. – respondió otro, con voz melodiosa. Ambos hombres se quitaron las capuchas al mismo tiempo y a Bilbo se le escapó el aliento. El cabello les caía en una lustrosa cascada castaña hasta la altura de la cintura, enmarcado con una trenza en ambos lados de los hermosos rostros idénticos de sus dueños; ojos grises, labios finos y pálidos, de nariz recta y pómulos marcados. Belleza elfica en todo su esplendor, y Bilbo no necesitó ver sus orejas puntudas para saberlo.

- ¡Un placer verlos de nuevo, entrañables amigos! – exclamó Bombadil enérgico.

Ambos hombres, gemelos evidentemente, hicieron una leve reverencia y entonces miraron a Bilbo con ojos brillantes. – No nos conocemos. – dijo uno, y el mediano no supo contestar. – Yo soy Elrohir y este es mi hermano Elladan.

- U-un placer, mis señores… - Bilbo sintió que se le ruborizaban furiosamente las mejillas, cuando los hermanos soltaron unas pequeñas risillas. – Oh, no hay necesidad de que te refieras a nosotros tan formalmente.

Bilbo buscó al otro hombre que no había dicho su nombre, pero no lo encontró hasta que llevó sus ojos hasta los cuerpos que yacían despedazados a unos metros delante del grupo. "Oh Dioses, ¿cómo he podido olvidarlos?" pensó volviendo a sentirse enfermo. El hombre intercambiaba miradas con Gandalf, pero Bilbo no supo descifrarlas.

- Puedes llamarlo Trancos. – dijo Elrohir. – Es un montaraz, igual que nosotros.

"Trancos…" repitió el mediano en su mente, reconociendo que el nombre le sabía demasiado burdo para alguien de su porte.

- Has sido muy valiente, Bilbo. – dijo Elladan – Estoy honorado de conocerte. Mithrandir nos habló un poco de ti antes, pero no fue hasta ahora que vi lo que hacías con mis propios ojos que fui capaz de comprender su interés en tu persona. No se equivocó cuando te incluyó en la compañía.

- ¿Mithrandir? ¿Te refieres a Gandalf?

Elladan soltó una risa encantadora. – Ese mismo.

- Buen trabajo el que hiciste aquí, si quieres mi opinión. Salvaste lo que podía ser salvado. – añadió Elrohir.

- Yo… yo no hice mucho… - soltó Bilbo apenado – solo soy un simple hobbit, después de todo. Fue cuestión de suerte que Smaug decidiera dejarlos escapar.

- Nada de suerte, mi buen Bilbo. Obraste bien y el resultado redujo las víctimas de esta carnicería.

Bilbo se limitó a responder con una sonrisa, sintiendo el rubor en sus orejas. "¿Qué hago yo aquí, en semejantes compañías?" Se preguntó mirando a su alrededor. "Tres montaraces, dos magos y un hombre de lo más raro, pero evidentemente poderoso. No estoy seguro de sentirme a salvo o todo lo contrario, considerando que si la tarea que nos depara no fuera ardua, no necesitaríamos de esta clase de compañeros de viaje. Aunque aún no estoy del todo seguro del rol de Bombadil en todo esto." Se acercó a Alatar que yacía tendido en el suelo en una posición cómoda, como Bombadil lo había dejado. Su rostro no expresaba nada, ni rabia, ni descanso placentero, ni zozobra… estaba en blanco, y eso le preocupó.

- Querido Tom, - dijo Gandalf – tenemos unos asuntos que atender antes de ir a tu casa, ¿te importaría adelantarte?

- En lo absoluto, mi buen amigo. ¡Tú conoces el camino! ¡Pero no tarden, que la cena se sirve a las 5! – sin más, el hombrecillo extravagante dio media vuelta y se alejó canturreando.

Bilbo lo observó reteniendo una risa, recordando la noche anterior en la que le había preguntado a Gandalf quien era el amigo suyo que moraba por la zona, ahora comprendiendo de corazón cada palabra y reacción que él y Alatar tuvieron como respuesta.

- Enterraremos los cuerpos. – Anunció Trancos. – No tenemos herramientas adecuadas, así que a lo mejor nos tome un rato.

Y sin esperar más, todos se pusieron a trabajar.