¡Hello! Aquí yo :B Perdón por haberme tardado, no me maten D: ahora si ya no los distraigo más. Nos vemos abajo!

Fic AU & OCC. Adaptación


Capitulo 7.- El beso


— ¿Qué pasa conmigo? — le pregunté a Carly esa tarde mientras caminábamos con las manos entrelazadas hacia mi casa en medio de la brillante luz otoñal.

Carly suspiró compasiva.

— Sam — dijo con cautela —, sé que sólo tratabas de poner a Freddie en su lugar, pero ya sabes cómo es. Nunca se toma nada en serio y le encanta burlarse de ti… —Frunció el ceño. — Oh, no pensarías que iba a invitarte, ¿verdad?

— ¡Claro que no! — dije indignada, mientras me ruborizaba furiosa —. ¿Por qué iba a pensarlo? ¿Por qué iba a desear pensarlo? ¿Acaso alguna vez dije dos palabras positivas sobre Freddie Benson?

— No — admitió Carly —. Ni siquiera recuerdo que hayas dicho una sola.

Me apretó una mano.

— Y va a ir con Shannon — proseguí —. ¿Cómo voy a seguir viviendo después de esto? Todos creerán que soy patética. Piensan que invite a Freddie, ¿te das cuenta? ¡A Freddie! El chico que llevara a la chica más popular de Ridgeway.

— Oh, yo no apostaría a que de veras van a ir juntos. Es probable que Shannon no recuerde quién es cuando vaya a buscarla — dijo Carly entre risas.

— No sé — dudé en tono sombrío —. Después de todo, ella sí se lo pidió… Al menos, es lo que Freddie dijo. Me pregunto qué diablos le ve.

— Sé que tú no lo soportas, pero hay algo atractivo en Freddie — comentó Carly.

— ¡Atractivo!— repetí — Atractivos son los cachorros, atractivo es el jamón, atractivo es el chocolate… Atractivo es el tocino…

— Se me ocurre que su cabello — dijo Carly meditativa, ignorándome —. Parece que lo tiene tan suave…

— ¿Suave? — Se me hizo un nudo en el estómago al imaginarme tocando su revuelto pelo castaño. Alejé el pensamiento de mi mente. — ¿Por qué no te acompaña Freddie a tu casa, si eso es lo que sientes? — dije con desdén.

— Repito: no lo soportas— constató Carly rápidamente —. En fin ¿Qué me cuentas de mi propio problema con respecto al Baile de Otoño? ¿Qué voy a hacer?

Suspiré. Francamente, me alegró cambiar de tema.

— Está bien, recuérdame en qué punto estábamos. En la actualidad no puedes ir, a menos que lo hagas con Gib, ¿correcto?

— No, a menos que encuentre una mentira muy convincente para explicar porque tengo que ir a la biblioteca con un vestido semiformal — dijo Carly, resentida.

— De acuerdo…

Permanecí en silencio un momento.

— ¿Y? — me urgió ella —. ¿Tienes alguna buena idea?

— Tengo una — dije con cautela —. Aunque no creo que se la pueda llamar una idea de veras buena.

— Oh, habla — se impacientó Carly soltando el agarre de nuestras manos.

Inhalé una larga bocanada de aire.

— ¿Quién es tu compañero de laboratorio en la clase de Snotty?

Carly frunció el ceño.

Jeremy ¿Por qué?

— ¿No te gustaría ir al Baile de Otoño con él? — dije, tratando de mostrar algún entusiasmo.

— ¿Qué?

— ¿No te gustaría ir al Baile de Otoño con Jeremy?

— ¡Ya te oí! — Me interrumpió Carly — ¿Con Jeremy? ¿Estás loca?

— Sí — contesté — ¿Qué tiene de malo Jeremy?

— Te diré — contestó Carly en tono presumido — Desde que entramos a Ridgeway jamás a dejado de estornudar.

— ¿Qué tiene eso de malo? — dije con interés a pesar mío.

Carly abrió la boca de sorpresa.

— Bueno ya sabes suelta moco y baba y lo más importante ¡ME PUEDE ENFERMAR!

— Tal vez ese día ya no este enfermo.

— ¿Estas bromeando?

Solo le sonreí.

— Por dios Gibby ya no luce tan mal después de todo.

Suspire.

— Pero aun así no vas a tener que ir con ninguno de los dos — dije.

— Explícate Sammy — dijo ella con desesperación.

Luego recordé el 'Sammy' por parte de Freddie ¿Qué nunca podía descansar de el?

— No me digas Sammy, lo odio y lo sabes. Y acerca del baile, bueno yo pensé que como Snotty se la pasa esperando que todos los que trabajen en pareja se enamoren, creí que si le explicaba que tú y Jeremy de veras querían ir al Baile de Otoño juntos — Carly gimió y yo hablé en voz más alta —entonces él podría, tú sabes, hacerle ver las cosas a tu padre.

— Antes que nada — dijo Carly —, y debes creerme, esta es sólo una de muchas, muchas razones, Jeremy jamás demostró el menos interés en mí — De repente, lanzó una risita.

— Aunque supongo que podría regalarle pañuelos para ganarme su confianza.

Yo también reí.

— Quizá con esa acción se enamore de ti, se casen, tengan hijos los cuales podrían nacer igual que enfermos que el…

Carly gimió.

— Escucha Sam, esto no tiene nada de gracioso. ¿No puedes proponer algo mejor?

— Bueno, trataré —dije vacilante.

— Está bien — aceptó Carly — Te llamaré más tarde.

Nos despedimos y me encaminé a casa.

Una vez adentro, oí a Anne que parloteaba con mamá.

— ¿Por qué no puedo hablarle? — decía.

— Porque vino a ayudar a papá con el jardín, querida — dijo mi madre —. Y no quiero que lo distraigas.

— Bueno, ¿le puedo decir hola?

— Por supuesto.

— ¿Puedo hacerle, digamos, cinco preguntas?

— No.

— ¿Por qué no?

— Preciosa, acabo de decirte…

— Bueno, ¿Sam puede hablarle?

— Anne, eso es diferente. Se conocen del colegio.

— ¡No es justo! ¡Si ella puede hablarle, yo también!

Puse los ojos en blanco mientras me dirigía a la cocina. ¡Imaginen que alguien tenga celos de mi maravilloso privilegio de hablar con Freddie!

— No te preocupes, Anne — le dije — No quiero volver a hablar nunca con Freddie.

— ¿Por qué no? — Preguntó ella — ¿Por qué no te invito al Baile de Otoño?

La mire fijo.

— ¿De qué hablas?

Anne sonrió satisfecha.

— Llamó tu amiga Wendy y me dijo que te dejaba un mensaje: Dile a Sam que lamento lo de Freddie.

— Pedazo de animalito entrometido…— le lancé en tono cortante a Anne.

— ¡Sam! —se escandalizó mamá.

— Bueno, es la verdad — exclamé al borde de las lágrimas — Y mañana no va a ser capaz de mantener la boca cerrada frente a Freddie, y...y…— No pude pensar en otra acusación contra mi hermana, pero necesitaba liberarme de algo más. — ¡Y probablemente me hará quedar como una tonta más grande aún!


El sábado por la mañana, un golpe en la pared me despertó de repente. Sonó como si una piedra enorme hubiera azotado a un lado de mi casa.

Hundí la cara en la almohada y traté de volver a dormirme.

El golpe se produjo de nuevo. Luego se produjo el inconfundible sonido de mi ventana al ser abierta.

Cerré los ojos con fuerza. ―No, no puede ser, me dije.

― Hola, Sam ― Su voz se parecía extrañamente a la de Freddie.

Me di vuelta en la cama. La cabeza de Freddie asomaba por la ventana de mi dormitorio, ubicado en el segundo piso.

― Esto tiene que ser un mal sueño ― dije. Volví a cerrar los ojos.

― No, es la realidad ― me corrigió Freddie.

Espié. Freddie todavía estaba allí, con la armadura para podar árboles de papá.

Nos miramos en silencio durante un momento, cosa rara en él, que habla tanto. ¿Qué esperaba que hiciera yo? ¿Qué gritara?

Por fin, dije:

― ¿Sabías que entrar por la fuerza en un lugar es un delito? Trata de ingresar a la universidad con eso en tu solicitud.

Freddie sonrió.

― Bueno, no rompí nada y no voy a entrar. ― Pareció reflexionar. ― Pero es un buen punto. ― Miró mi habitación. ― Wow, tienes un tocador.

― ¿Y?

― Mi mamá tiene uno ― dijo ― Siempre pensé que era un mueble que aumentaba tu sentido de la vanidad o que...

― Mira ― dije. Me senté en la cama, manteniendo la sabana sobre mi pecho. Tenía puesto otro camisón tipo baby-doll y no quería oír ningún comentario. ― ¿No se supone que debes estar trabajando?

― Estuve trabajando casi dos horas ― protestó Freddie ―. Y todo el tiempo tu hermanita se queda parada debajo del árbol y me hace preguntas, y tu padre se asoma por la ventana de su dormitorio diciendo: ―No, esa rama no. Esa ramita tampoco.

― Bueno, eso es el resultado de cultivar droga en clase ― dije yo.

El teléfono sonó en el vestíbulo ubicado frente a mi dormitorio. Miré en esa dirección. Volvió a sonar.

― ¿No vas a contestar? ― preguntó Freddie con una sonrisa.

Vacilé. ¿Por qué no atendía otro? ¿Por qué tendría puesto ese estúpido camisón? ¿No había aprendió la lección aquella vez que Freddie vino a mi casa? Suspiré. El teléfono volvió a sonar y tomé una decisión. No iba a permitir que Freddie Benson me tuviera de rehén en mi propia cama.

Hice a un lado las sabanas y fui hacia la ventana.

Freddie abrió mucho los ojos y silbó.

― Wow Sam, ese es mucho mejor que el otro…

Cerré la ventana con violencia. Casi no tuvo tiempo de sacar los dedos del camino. Se las arregló para permanecer allí, aferrado al antepecho.

― ¡Será mejor que vayas a atender el teléfono! ― gritó a través del vidrio ―. ¡Puede ser alguien que quiera invitarte al Baile de Otoño!

Luego perdió el equilibrio y se deslizó por la pared como una chinche de agua.

En línea estaba Nate Garner.

― Hola, Sam. Tasha me dejó ¿Quieres ir al Baile de Otoño?

Ahora bien, eso resultó ofensivo en varios niveles.

Primero, ¿Cómo sabia que no tenía ya cita para el baile? Segundo, ¿Por qué me estaba invitando a mí? Si bien no resulto ser la primera elección.

Oí que Nate carraspeaba y me di cuenta de que esperaba una respuesta. ¿Qué se suponía que dijera? ― Antes de invitar a una chica al baile consigue modales ― ó algo así como ― ¿A que te refieres exactamente? ― Bien eso no resultaba correcto.

Finalmente, inhalé una profunda bocanada de aire.

― Me encantaría ― dije.


Horas más tarde almorcé en la sala del comedor. Dado que no quería compartir mesa con Freddie. Toda mi familia junto con Freddie decidieron hacer un picnic en el jardín.

Subí a mi habitación ya que había terminado y me dispuse a leer un poco de Historia.

Las voces provenientes de la mesa de picnic flotaron con claridad a través de mi ventana abierta.

― Veo que casi terminaste con los árboles del costado norte de la casa, Freddie.

― Papá, ¿por qué siempre dices norte y sur en lugar de izquierda o derecha o algo así?

― Porque es más preciso.

― Mi padre usa norte y sur, digamos, en forma exclusiva ― dijo Freddie ―. Y, francamente, eso me vuelve loco.

Anne estaba sentada a su lado.

― ¿Qué quieres decir?

― Bueno, por ejemplo si lo estás ayudando a mover algo, como esa pesadísima silla que mi madre no deja de hacernos trasladar de un cuarto a otro. Justo cuando te estás tambaleando debajo de todo ese pero, él dice: Ten cuidado, que el lado este no raye la pared. Y entonces tiene que detenerte y calcular dónde está el este, mientras tu columna vertebral se acorta dos centímetros.

Mamá se echó a reír.

― Abandono el caso.

Cierra la ventana y vuelve a tu libro, me ordené a mí misma, pero no pude hacerlo. Permanecí junto a la ventana, hipnotizada, observando cómo almorzaban.

No logré apartar los ojos del grupo reunido alrededor de la mesa de picnic. Eran la viva imagen de la familia perfecta. A todos se los veía muy bien juntos, incluso a Freddie. De repente me pareció que él encajaba allí con toda naturalidad.

Dormí una larga siesta y, cuando me desperté, la casa estaba en silencio. Miré por la ventana y vi que el auto no estaba en el camino de entrada. Probablemente, toda la familia se había ido a algún lugar. Tal vez habían llevado a Freddie con ellos. Tal vez estaban en el juzgado, empezando los trámites de adopción.

Decidí probarme mi vestido para el baile frente al espejo de cuerpo entero de mis padres. Mamá me había ayudado a elegirlo unos días antes. Ella tenía la esperanza de que alguien me invitara al baile.

Saqué el vestido. Era muy sencillo, de seda negra, no llevaba tirantes, mas sin embargo tenía unas cosas misteriosas de poner y sacar a mitad de camino entre mangas y guantes, que se colocaban en los brazos.

Me puse el vestido y casi me hago una hernia al abrochar el cierre de atrás. Metí los brazos en las cosas parecidas a mangas y taconeé a través del vestíbulo para ir a mirarme en el espejo de mis padres.

No podía negarlo. El negro me quedaba muy bien. Tal vez Nate y yo nos enamoremos en el baile. Tal vez la noche fuera mágica y romántica como en las películas.

Suspiré. Tal vez, si me recogía el pelo, luciera mejor.

Me levanté el pelo y lo aseguré con una enorme cantidad de tres broches que encontré en la cómoda de mamá. Varios mechones cayeron enseguida, de modo que decidí ir a buscar más broches al baño de abajo.

Estaba en mitad de la escalera cuando oí un ruido.

Me quedé inmóvil, aferrada a la baranda.

― ¿Quién es? ― pregunté.

Silencio.

― ¿Quién es? ― volví a decir con voz un poco más temblorosa.

En mi radio de visión apareció Freddie.

Suspiré irritada.

― ¿Por qué no me contestabas? ― dije en tono cortante.

― No podía ― farfulló

― ¿Qué estás haciendo aquí? ¿.No se supone que debes estar trabajando en el jardín?

Freddie bostezó.

― Estaba cansado, y tu mamá dijo que podía dormir una siesta en el sillón.

Puse los ojos en blanco. Esto sí que iba a resultar un castigo. Más que un jardinero o algo así, Freddie parecía parte de la familia. Supongo que es una suerte que mi madre le diera permiso para dormir en el sillón y que no le haya dicho "¿Por qué no vas arriba y te recuestas en la cama de Sam? Ella también está durmiendo la siesta" Menos mal que no bajé envuelta en una toalla o que…

― Estás diferente ― dijo Freddie de repente.

Baje la vista para mirar mi vestido de baile, consciente por primera vez de lo que llevaba puesto.

― Oh, yo…yo…no acostumbro a pasearme así por la casa. Fue solo que…

― Se te ve estupendo ― declaró Freddie se acercó al pie de la escalera ― Ven aquí.

― Solo estaba…― volví a empezar, pero Freddie extendió la mano para tomar la mía y me hizo bajar los escalones que faltaban para llegar al vestíbulo del frente.

― No bromeo, se te ve estupendo ― insistió, inclinando la cabeza a un costado ― El negro te sienta bien.

Lo miré escéptica, esperando que empezara a burlarse de mí.

― ¿Estas jugando verdad? ― pregunté.

-No ― dijo lentamente ― Además tu pelo brillante te sienta bien. ¿No iras a llevarlo recogido verdad?

Demasiado consciente de mí misma, me toque el pelo sujeto con los broches.

― Pensé…

― No, es absolutamente necesario que lo lleves suelto.

― Espera ― Saqué los tres broches ― ¿Ves? Ahora es demasiado.

― De ninguna manera ― dijo Freddie ― Ahora está mejor.

Extendió la mano y la deslizó por las puntas de mi cabello. Sus dedos rozaron mis hombros desnudos y se detuvieron allí de forma casi imperceptible.

De golpe, me quedé sin aliento. Había permanecido igualmente cerca de Freddie aquel día en el laboratorio, pero esto era diferente. El aire que había entre nosotros estaba electrizado. De alguna manera, resultaba maravilloso y perfecto estar de pie junto a él, con mi vestido para el Baile de Otoño, sintiendo su contacto ligero y cálido en los hombros.

― Oye ― dijo Freddie con suavidad ― ¿Cómo haces para que se te formen esos rulos en el pelo?

― Mmmm… ¿Esto? ― dije yo ― Me lo enrosco en un dedo.

Freddie hizo un bucle con su propio dedo en mi cabello, y luego lo soltó, mientras miraba como se deshacía.

― Claro…Así ― dijo.

Levanté la vista y me encontré con su mirada.

Olí el sol y el viento en su pelo y su ropa. Era un olor bueno, limpio. Me hizo pensar en el otoño y en las hojas y en manzanas asadas y en la Noche de Brujas y en fogatas y en pilas de heno, y en otras cosas que no recordaba desde hacía años. Durante un momento, pareció que toda mi infancia estaba incluida en el aroma de Freddie, mientras el permanecía cerca de mí al pie de la escalera en esa tarde de otoño, con la brillante luz del sol que entraba por las ventanas.

Freddie todavía me miraba, sonriendo con tanta dulzura que supe que, si le decía lo que pensaba en esos momentos él contestaría: Se con exactitud a qué te refieres. Su expresión era tan distinta a la de constante vanidad que le era propia, que bajé los ojos confundida.

Su frente tocó la mía. Nuestras narices chocaron con algo de sorpresa. Pensé que iba a besarme pero ni siquiera pensé en detenerlo. Sus labios rozaron apenas los míos.

Luego él se apartó y me miró, sus ojos cafés estaban llenos de esa inquietud que sólo le había visto unas pocas veces, sólo que ahora estaban más penetrantes, y mucho más tiernos. Cerré los ojos y Freddie volvió a besarme con más urgencia esta vez.

Sus manos se hundieron en mi pelo para sostenerme la cabeza.

Mi mente se nubló. O no, el mundo se estaba nublando Freddie me sostenía con la adorable presión de sus manos en mi nuca. Apoyé las palmas de mis propias manos en su pecho y me estremecí sorprendida. Él temblaba.

Me hizo apoyar de espaldas en la baranda de la escalera. Las barras de madera se me clavaron en los hombros, pero no me importó. Puse la mano en su nuca. Su pelo era tan suave como imaginaba. Y desee que no dejara de besarme nunca.

La puerta se abrió de golpe y papá entró como una tromba, seguido de mi madre, que llevaba a Debbie sobre la cadera.

Grité con lo cual probablemente destrocé el tímpano de Freddie, y nos separamos de un salto.

― Por Dios, ¿Qué sucede? ― dijo mamá

― Nada ― Me toqué la nuca con gesto nervioso. Tenía la piel húmeda ― Me asustaron eso es todo.

― Lo siento querida ― dijo ella ― ¿Durmieron una linda siesta?

Mi madre comenzó a desatar los lazos del pelo de Debbie.

― ¿Freddie? ¿Sam?

Pero nosotros no respondimos. Estábamos demasiado ocupados mirándonos fijo, con la clase de sonrisa prolongada, lenta e intima que en general se asocia a parejas que se han visto separadas por la guerra o alguna calamidad, y luego vuelven a reunirse.


― Hola, ¿Qué tal? ― dijo Freddie con suavidad.

― Hola ― le conteste en un susurro.

Era domingo, un día después de nuestro beso, y Freddie había venido a lustrar el auto. Pero en lugar de ponerse enseguida a trabajar, me sorprendió en la cocina. Yo le había dado la mitad de mi sándwich tostado de queso, y ahora estábamos sentados a la mesa, limitándonos a mirarnos fijo.

No podía creer lo bien que me sentía allí con él ¿De veras era ese el chico al que tanto había odiado durante el primer mes de clases? Está bien, tal vez no fuera exactamente odio. Pero él me había vuelto loca al hacerme sentir tan aburrida, tan estirada, tan… hija del director.

Sentada con él en esa mañana soleada, mirándolo mientras tomaba un largo sorbo de agua, observándolo mientras él me observaba a mí, que terminaba el sándwich de queso, me sentía cualquier cosa menos aburrida.

Freddie extendió la mano y me apartó unos rizos de la frente.

― El pelo te brilla bajo el sol. Es reluciente.

Me sonroje.

― Mmmm reluciente. Nadie nunca uso esa palabra para describir mi pelo.

― Es una buena cualidad para el pelo ― dijo él ―. En especial si brilla bajo el sol y tiene esos hermosos rulos.

Por un instante más nos miramos el pelo, los ojos, la piel. Luego me sentí vagamente consciente de los familiares sonidos otoñales que provenían del jardín. Anne que saltaba sobre una gran pila de hojas, mamá diciéndole que dejara de hacerlo porque las hojas rastrilladas había que ponerlas en bolsas.

― Será mejor que te pongas a trabajar ― le dije a Freddie con suavidad ―. Mis padres pueden comenzar a preguntarse qué está pasando.

Freddie levanto una ceja.

― ¿De veras quieres que me ponga a trabajar?

Me encogí de hombros.

― Bueno, no, no quiero exactamente que tú…

― Piensas demasiado en lo que debería hacer la gente Sam ― dijo él con dulzura.

― No es verdad ― me defendí.

Él me sonrió.

― ¿Ah, no? ¿Entonces por qué es tan importante que lustre el auto y embolse algunas hojas? Ni siquiera tus padres parecen demasiado severos al respecto.

― Escucha ― dije, poniéndome rígida ―, sólo porque pienso que, si estás en la casa de alguien para trabajar como castigo, no quiere decir que yo sea una aburrida, mojigata y pesada hija de director, con nada mejor que hacer que…

― Sam, tranquila ― Freddie me apretó las manos entre las suyas. ― ¿Quién dijo que eras aburrida o mojigata o cualquier otra cosa?

, quise contestarle, al recordar de golpe todo lo que había oído decirle a Adam aquel día en el baño. Está bien, tal vez no haya dicho exactamente que yo era aburrida o mojigata, pero podía muy bien haberlo hecho.

― Bueno… tú… hace unas dos semanas… yo oí…

Pero no pude terminar de hablar Freddie me había rodeado la cara con sus manos. Sus penetrantes ojos cafés estaban fijos en los míos.

― No eres aburrida en absoluto, Sam ― susurró con voz ronca.

Volví a abrir la boca, pero no logré encontrar mi voz.

Él sacudió la cabeza, alejo sus manos de mi cara y sonrió.

― Sabes, me gustaría haberme atrevido a pedírtelo.

― ¿A pedirme qué?

― Que me acompañaras al baile.

Sentí que el corazón se me agrandaba.

― ¿Pensaste en invitarme a ir contigo al Baile de Otoño?

El asintió.

― Pero creí que no aceptarías. Parecías odiarme tanto.

― ¡Odiarte! ― dije, riéndome.

Me miró con expresión irónica.

― Es difícil de creer ¿eh? ¿De dónde pude haber sacado esa idea?

Me sonrojé. Aquella conversación escuchada en el baño… bueno, probablemente la había interpretado mal.

Le di una patada por debajo de la mesa .

― Bueno, ¿y qué es Shannon? ¿Tú segunda elección?

Freddie se encogió de hombros.

― Oh, fue ella quien me invitó. No iba a decirle que no. Además, ¿había otra manera mejor de darte celos?

― ¿Quieres decirme que aceptaste llevar al baile a la chica más linda del colegio sólo para darme celos? ― pregunté.

― Acepté llevar a la chica a quien algunos consideran la más linda para darte celos ― contestó ― ¿Funcionó?

― ¡Estas loco! ― Le dije


Media hora más tarde, Freddie y yo seguíamos hablando con toda naturalidad cuando oí que Anne subía por la escalera. Había decidido no decir nada más acerca del trabajo en el jardín. Tal vez él tuviera razón, tal vez, en efecto, me tomaba las cosas demasiado a pecho algunas veces. Después de todo, ¿qué me importaba si lustraba o no el auto? Todo lo que deseaba era mirar fijo los ojos de Freddie

En eso estaba precisamente cuando llegó Carly. Al vernos sentados en la mesa, pareció sorprenderse un poco.

― Hola ― dijo con cautela.

― Hola, Carly ― respondió Freddie.

Yo sonreí. A esa altura, prácticamente explotaba de ganas de contarle a Carly lo que pasaba con Freddie.

― Acerca una silla.

Carly se sentó.

― Escucha, vine porque… ¿Recuerdas lo que hablamos con respecto a Jeremy? ¿Todavía quieres hacerlo?

― ¿Qué cosa? ― preguntó Freddie. De modo que tuvimos que contarle toda la historia del dilema de Carly con respecto al Baile de Otoño.

― No es muy buena idea que digamos ― dijo Carly en tono sombrío.

― Oye ― protesté ofendida.

Freddie pareció reflexionar.

― ¿No quieres ir con Gibby?

Ella lo miró. Él se encogió de hombros.

― Está bien, debes ir con Jeremy. En realidad, creo que no sé nada de él.

― Siempre esta enfermo ― se apresuró a decir Carly.

― Carly ― la previne yo,

― Oh, está bien, de todos modos, es la mejor idea ― dijo ―. ¿Llamarás a Snotty, Sam? ¿Por favor?

¿Cómo hago para meterme en estas situaciones? Sin embargo, me sentí contenta de poder resolver el dilema del Baile de Otoño de Carly. Llevé a la mesa el teléfono inalámbrico y la guía telefónica.

Mientras marcaba el número, Carly se aferró a mi muñeca con tanta fuerza que casi me la separa de la mano.

― Asegúrate de decirle que no mencione esto frente a la clase o algo por el estilo. Dile… dile que resultara doloroso para Gibby.

― Está bien, está bien ― dije con impaciencia. El teléfono de Snotty ya estaba sonando.

― ¿Hola?

Aclaré mi garganta.

― Por favor, ¿Podría hablar con Snotty… quiero decir, con el Sr. Stern?

― Habla Snotty

― Oh, hola ― dije yo ―. Bueno, soy Sam Puckett.

― Hola, Sam. ― No parecía sorprendido por mi llamada. ― ¿Quieres hablar de tu tarea? ― dijo, muy dispuesto.

― Este… no ― dije yo ―. Es por algo personal.

― ¿De veras? ― Saltó Snotty enseguida.

Me sonrojé. Carly y Freddie se reían por lo bajo.

― En fin, sí, aunque no se trata de mi. Se trata de Carly y Jeremy.

― ¿Sí?

― ¿Los conoce? ― dije con timidez. Claro que los conocía.

― Sí ― volvió a decir Snotty.

― Bueno, es sólo que… quieren ir juntos al Baile de Otoño.

― Me encanta la idea ― dijo Snotty ― Supuse que llegarían a gustarse.

― Sí, pero el tema es que no pueden porque el padre de Carly dice que debe ir con el primer chico que la invite y ya alguien lo hizo. Y entonces pensamos que…

― ¿Qué pensaron? ― quiso saber Snotty.

― Pensamos que tal vez usted puede llamar Al papá de Carly y…

― ¿Y qué?

Trague saliva. Snotty no me estaba facilitando las cosas, por cierto.

― Y convencerlo de que… dado que usted en cierto modo los puso en pareja… esperábamos…

― Oh ― dijo Snotty, comprendiendo al fin ― Claro.

― ¡Gracias! ― dije aliviada.

― Ningún problema, Sam ¿Me das el número de Carly? ―

Se lo di.

― Y, además… ¿podría no mencionarlo en clase? ― dije- Porque Gibby…, quiero decir, el chico que invitó a Carly antes, se sentiría muy mortificado.

― Por supuesto ― afirmó Snotty ―. Soy un maestro en el arte de la sutileza.

― ¿Quieres que vuelva a llamar para contarte cómo anduvo todo? ― dijo.

― ¡No! ― exclamé ―. Quiero decir, no, está bien así. Estoy segura de que nos enteraremos por el papá de Carly.

― Muy bien. Adiós. ―

― Adiós ― respondí débilmente, y colgué.

— Wow, de veras es tétrico pensar que Snotty tiene mi número de teléfono —reflexiono Carly, arrugando la nariz.

La miré.

— ¿Cuan tétrico crees que me resulta a mi pasar que fui yo quien lo llamo? — Dije —.Es probable que tenga pesadillas por el resto de mi vida.

— Bueno, Gracias, Sammy — dijo Carly enseguida — Eres una diosa.

— Miren, no quiero entrometerme — intervino Freddie —, ¿pero Jeremy sabe que va a llevar a Carly al Baile de Otoño?

Carly y yo nos miramos con los ojos muy abiertos.

Entonces hicimos que Freddie llamara a Jeremy y le dijera que, por vía clandestina, se había enterado de que Carly iría con él al baile si la invitaba. Por supuesto pensó que eso era estupendo. Es probable que haya estado enamorado de Carly durante años.


— Pareces preocupada, Sam — observó el señor Bob, el gerente nocturno de la cafetería donde trabajaba.

— ¿Ah? — dije en tono ausente.

— Espero que no te pase nada malo — dijo el señor Bob en tono sombrío.

— No, me siento muy bien.

En realidad, estaba pensando en Freddie. Lo hacía a menudo en esos pocos días transcurridos desde nuestro beso. En ese preciso instante recordaba como lo veía el día anterior, cuando habíamos estudiado juntos en la sala de su casa. Nos hallábamos sentados cada uno en un extremo del sofá, y nuestros pies cubiertos con calcetas se tocaban. El Pelo de Freddie estaba tan revuelto como siempre. Incluso cuando leía, tenía la cara más animada que yo conocía. Sus cejas se juntaban, sus ojos recorrían las páginas con rapidez, su boca se movía con intima diversión…

— ¡Sam! — me llamó al orden el señor Bob.

Un auto acababa de estacionar junto al sistema de intercomunicación.

— Lo siento —balbuceé. Apreté el botón del intercomunicador ― Bienvenidos a nuestra cafetería ¿Desean hacer su pedido? ― Dije todo tan rápido que no creo que me haya entendido.

— Quisiera un refresco por favor — dijo una voz totalmente rápida.

Oh, estupendo, un sabelotodo. Puse los ojos en blanco. ¿Cuándo se va a dar cuenta la gente sé que los pobres infelices como yo que deben trabajar en una cafetería no tienen mucho sentido del humor al respecto?

El señor Bob puso un vaso de refresco y una pajita en una bolsa y me entrego todo. Me asome por la ventanilla de atención a los clientes.

— Es un dólar, por favor.

Freddie me sonrió desde su auto.

— Hola — dije sin darme cuenta — Estaba pensando en ti.

— ¿De veras?

Me ruboricé. Muy sumisa, tome su dólar.

— Gracias, señorita — dijo en voz demasiado alta —. Usted tiene un excelente estilo para atender a los clientes. Estoy seguro de que le espera una brillante carrera aquí. Ah, y se la ve adorable con ese uniforme.

Luego se alejó a toda velocidad.

Tapé mi sonrisa con una mano. El señor Bob me miró con expresión sombría, pero evitó mis ojos. Me pregunté adonde iría Freddie.

El intercomunicador volvió a sonar.

— ¿Hola? — dije distraída.

— ¡Sam! — dijo el señor Bob, escandalizado.

La persona que estaba en el auto se echo a reír.

— ¡Hola! — gritó era Freddie de nuevo.

Pidió otro refresco. Yo seguí sonriendo después de dársela y luego observé cómo se alejaba en su auto.

— Sam — protestó el señor Bob —.Pensé que podía confiar en que no se te ocurriera hacer que tu novio te visitara en horas de trabajo.

— ¡Mi Novio! — Exclamé.

Mis mejillas estaban sonrojadas y mis ojos brillaban.

¿Novio? repetí para mis adentros. De repente, me sentí hermosa.

Esa noche soñé que unos chicos levantaban una construcción sobre mi dormitorio. Oía el ruido de sus herramientas de trabajo y los gritos que cruzaban entre ellos. Uno sonaba como Freddie y el otro como Adam.

―No, aquí — decía el chico con la voz de Freddie — Quiero que ella lo vea apenas se despierte.

―Es un gesto en verdad romántico — decía 'Adam' — Pero esto pesa una tonelada.

―Bueno, así está bien — decía 'Freddie' —. ¿Todavía tienes los guantes puestos? Correcto, no tenemos que dejar huellas digitales…

Me di vuelta en la cama y caí en un sueño profundo.

Al día siguiente, estaba sentada en la mesa, en pijama, llevándome cereal a la boca en una especie de letargo matutino, cuando papá dijo desde la sala:

— ¿Qué demonios hay en el jardín?


¿Que habrá en el jardín? Ñekeñeke.

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