Capítulo 5
Denver, Colorado. Un año después…
La pesadilla corría delante de sus ojos como la cinta de una película. Las imágenes eran claras, parecían tan reales que, por momentos dudaba si se trataba de una simple visión o se estaba enfrentando a la realidad.
Vanessa despertó sobresaltada.
Le tomó un par de segundos recordar que se encontraba en una cabaña abandonada a las afueras de Denver, al pie del Monte Elbert. El extraño olor a madera humedecida penetró sus fosas nasales, envolviendo sus sentidos con la mezcla de licor. Y entonces, comprobó que estaba una botella vacía de Ron añejo tirada en el suelo, junto a sus pies. El haz de luz que se infiltraba por un espacio entreabierto de la vieja ventana le permitió ver las cuerdas que la mantenían amordazada.
La camiseta de botones se le adhería a su cuerpo debido a la bebida alcohólica que habían derramado sobre ella, combinando los olores de caña de azúcar fermentada y roble viejo. Sintió náuseas.
Tenía que salir de ahí.
De pronto, escuchó el sonido de la madera crujiendo bajo los pasos de alguien que se acercaba cauteloso hacia ella. Vanessa se obligó a permanecer quieta, tratando de tranquilizar los alocados latidos de su corazón. Tenía todos sus sentidos agudizados en alerta para idear un plan rápido que la sacara de ese mugriento lugar.
La cabeza aun le daba vueltas, pero decidió ignorar las punzadas de dolor para concentrarse en su principal problema.
—Vaya, ya te creía muerta, muchacha.
Una voz rasposa perforó el tenso silencio de la habitación.
Vanessa se obligó a alzar la mirada para encontrarse con el rostro de él. El olor a alcohol, mezclado con el barro y otros aromas metálicos, entraron por su nariz. Ese hombre estaba ebrio; podía ver su mirada desorientada, con los ojos inyectados de sangre, y sus movimientos tambaleantes amenazaban con hacerlo perder el equilibrio en cualquier momento.
—Se necesita más que un par de golpes para acabar conmigo.
—¿Ah, sí? —Vanessa no era una mujer que se dejara intimidar fácilmente, pero el brillo que resplandeció en los ojos oscuros de ese tipo le provocó escalofríos—. Bien… así podré jugar contigo un poco más.
Cerró los ojos y recordó con repulsión las imágenes de la noche pasada. Ese hombre había querido abusar de ella pero, afortunadamente, los efectos del alcohol dominaron sus sentidos dejándolo completamente dormido antes que pudiera llegar hacerle nada.
De pronto, se sintió demasiado expuesta ante él vistiendo simplemente la camiseta de botones y su ropa interior debajo. Ese mal nacido le había quitado sus pantalones sin tener oportunidad de ver dónde los había dejado. Vanessa ahogó un grito cuando sintió una gran mano acunando uno de sus pechos. La tela de la camiseta era tan trasparente que se podía apreciar con gran facilidad lo que traía debajo.
—Serás mía—susurró con voz enronquecida.
Vanessa permaneció inmóvil, apretando los dientes, mientras veía al hombre inclinándose sobre ella. El olor a licor comenzó a marearla. Sintió sus asquerosos labios besando la base de su cuello, con la barba áspera raspando su tersa piel.
—Lo vamos a pasar muy bien —balbuceó con palabras entrecortadas.
Le tomó el rostro violentamente para prepararse a darle un beso en los labios.
—Solo en tus sueños, bastardo —replicó ella con desdén, escupiéndole en el rostro.
Como respuesta, recibió una fuerte bofetada que le volteó el rostro. Vanessa sintió en ardor en la parte afectada pero no expresó su dolor. En cambio, el tipo le tomó el mentón para obligarla a mirarlo una vez más y comenzó a decir palabras inteligibles que ella no se tomó la molestia de comprender, ya que, su mirada había encontrado algo. Un objeto valioso que podría sacarla de esa situación. El cuchillo que descansada sobre la mesa de madera estaba en el borde, tan cerca de la orilla, que el menor movimiento lo haría caer.
—¡Mírame cuando te esté hablando, puta!
Vanessa aprovechó la oleada de furia que lo dejó con la guardia baja por unos instantes para golpearlo con su rodilla en la entrepierna. El hombre se quejó adolorido y cayó de espaldas a ella. Vanessa se impulsó hacia adelante con la poca fuerza que le quedaba para golpear la mesa. El cuchillo cayó al suelo y rápidamente se lanzó hacia él. De espaldas, con movimientos que le ayudaron en sus clases de yoga, Vanessa logró tomar el puñal con una de sus manos atadas. La cuerda era resistente pero el filo del cuchillo le tomó solamente un par de pasadas para deshacerlo.
—¡Maldita perra!
El chasquido que provocaron las cuerdas ante su completa liberación, la impulsó hacia adelante justo en el mismo momento que el tipo se lanzó hacia ella. Duró como un latido de corazón. Vanessa enterró el puñal en su amplia barriga, dañando algún órgano vital. El hombre cayó inmóvil frente a ella.
Sin embargo, no había terminado.
El ruido se escuchaba en el vestíbulo de esa rustica cabaña; gritos, tiroteos y unos pasos acercándose a gran velocidad. Vanessa apenas tuvo tiempo para cortar las cuerdas que inmovilizaban sus piernas, cuando la puerta se abrió de golpe, dejando ver un hombre alto y de piel morena.
Su corazón se detuvo al ver que estaba apuntándola con una automática. Los ojos oscuros del desconocido se pasearon del tipo muerto hacia ella, incrédulo.
—Jefe —murmuró.
Los rasgos de su rostro se crisparon por la ira. Vanessa cerró los ojos, esperando cualquier cosa, ya que no estaba en posición de defenderse. No podía correr sin que la bala le alcanzara antes de mover un musculo. Era su fin.
Después, todo pasó muy rápido.
El cañón se disparó pero Vanessa no sintió dolor. Abrió los ojos solo para descubrir que el hombre estaba tirado en el suelo, inconsciente. Su mirada se alzó para ver una nueva silueta en la penumbra de la habitación.
Su corazón volvió a latir con normalidad cuando encontró esos ojos marrones.
—Sean.
—Maldita sea —gruñó, aproximándose a ella—. Te dejo sola por un par de horas y ¡mira lo que ocasionas!
Vanessa no estaba dispuesta a soportar su extraño sentido del humor en esos momentos. Se limitó a abrazarlo con fuerza, sosteniéndose a la realidad.
—¿Estás bien? —preguntó él con voz más suave.
Ella esbozó una sonrisa y levantó el rostro para encontrar su mirada. Se alejó de sus brazos para caminar hacia la mesita que se encontraba al lado de la cama. El cajón se abrió con un chasquido y Vanessa alzó frente a ella una especie de carta.
—Estamos dentro, camarada. Es hora de hacerle una pequeña visita a Jack Russell.
