Capitulo 7:
Aquella voz, suave y femenina se escucho por todo el salón al momento en que Dean se encontraba con su dueña, una menuda mujer que estaba recostada en el sillón, con los pies puestos arriba de la mesa de centro y luciendo una amplia y maliciosa sonrisa.
-Dean, ha pasado tanto tiempo.
-Meg – fue lo único que pudo decir Dean, mirándola serio y con desprecio. Nunca era un buen augurio encontrarse con ella, bajo ninguna circunstancia pasaban cosas buenas cuando ella aparecía.
-También es un placer volverte a ver – comentó con tono irónico ante las palabras de Dean.
Ella se incorporó y se acercó al cazador, sin dejar un instante de sonreír.
-¿Qué es lo que quieres? – Preguntó Dean molesto por su sola presencia, mientras pensaba en lo estúpido que había sido al haber bajado sin el cuchillo anti demonios.
-Tu caballerosidad nunca deja de sorprenderme.
-Dime que es lo que quieres o lárgate de una puta vez.
-Bien, bien, como veo que no estás de humor para una entablar una conversación civilizada, iré directo al grano. Vengo a buscar lo que me han quitado y lo quiero de vuelta, ahora – su siempre burlón rostro se volvió serio.
-Si estás hablando del cuchillo, tienes claro que jamás fue tuyo, ¿cierto? ¡Lárgate ahora mismo, maldita puta del infierno! – el tono tranquilo con el que Dean había empezado la frase termino con un grito lleno de enojo.
Dean jamás se había caracterizado por ser un hombre paciente, menos aun con criaturas a las que tanto odiaba como los demonios. Sabía que no tenía como defenderse en ese instante si es que la mujer decidía atacarlo, lamentándose nuevamente por su estupidez de no cargar el cuchillo en su chaqueta, el cual el mismo había guardado en uno de los bolsos, ya que ahora al andar un niño con ellos, no podían dejar las armas tiradas en cualquier parte. Como le hubiera gustado atrapar por fin a esa zorra y quizá hasta disfrutaría volver a sus "métodos de tortura" que tanto le habían servido en su estancia en el infierno y que a la vez tanto de avergonzaban. Pero por deshacerse de esa mujer, haría eso y más.
-Oh, créeme que no me iré – dijo la mujer acercándose peligrosamente al cazador, quien retrocedió unos pasos – Ahora, Dean, dime donde está y no me vuelvas a hablar del jodido cuchillo.
-Ni idea de lo que me estás hablando – el cazador le sonrió, tratando de provocar a la mujer, quien lentamente perdía la paciencia. Aun así, él realmente no tenía idea de lo que ella le estaba hablando.
-Vamos Dean, ¿o crees que no me enteré del desastre que dejaron en el edificio el otro día? No me sorprendí cuando volví y vi a la mitad de mis hombres tirados en el piso con la marca de cierto cuchillo que tanto presumes. Ahí fue cuando me di cuenta de que algo faltaba y eso no me puso muy contenta.
-No sé de qué mierda me hablas.
El demonio rió estridentemente, claramente ella presumía que el cazador le estaba mintiendo, así que se alejó unos pasos del cazador, extendió su brazo en su dirección y este salió despedido hacia atrás, quedando aprisionado contra una pared por una fuerza invisible, dejando inmovilizado a Dean quien inútilmente trataba de liberarse. Obviamente el demonio estaba perdiendo la paciencia.
-Deja de fingir que no tienes idea de lo que te hablo.
-¡Pues tengo puta idea de lo que me hablas, maldita zorra! – le gritó desde la pared.
La mujer le dedicó una mirada de odio mientras con furia abría la mano y luego empuñaba con furia, haciendo que Dean se contrajera en su prisión invisible y sangrara por la boca.
-¿Tendré que empezar a torturarte, Dean, para que empieces a hablar?
-Hazlo y te aseguro que Sam o Cas en algún momento tendrán el placer de acabar contigo en mi nombre.
-¡Castiel! ¡No sabes cuánto me alegra que lo menciones! Ese pequeño y travieso ángel, ¿no te contó lo bien que lo pasamos la otra vez? – la mujer sonrió ampliamente.
-Sí, es que ser secuestrado por un demonio debe ser de lo más entretenido – dijo Dean con ironía.
-¿Es que acaso no te ha contado todo lo que pasó? Vaya, pero que ángel más misterioso. ¿No te empiezas a sorprender de que todos los que te rodean siempre terminan ocultándote cosas? Tú hermano, por ejemplo, provocando el apocalipsis, y ahora tu querido ángel, ¿no serás tú el problema?
-Voy a matarte, juro que voy a matarte - vociferó Dean, el demonio había tocado una fibra sensible.
Meg empezó a reír a carcajadas, la situación le hacía bastante gracia, adoraba atormentar a Dean, su mal carácter era un festival para ella. Aun el cazador no le entregaba la respuesta que andaba buscando, pero mientras esperaba, bien podía seguir sacando de sus casillas al Winchester.
-Así que no tienes idea, mejor tranquilízate, yo te puedo contar lo que el angelito te ocultó, no tengo ningún problema - dijo con voz cantarina.
-¡Cuando te ponga las manos encima…! - Meg calló a Dean con un suave gesto de mano.
-Cuando quieras, guapo, pero antes me vas a escuchar - dijo con una sonrisa aún más malévola, al momento que con un movimiento de su mano dejaba mudo al cazador.
Meg comenzó su relato desde que encontró a Cas en la casa de las personas que lo habían ayudado cuando había salido de la reserva, todo esto a grandes rasgos ya que asumía que el cazador ya lo sabía. Así, llegó a su encuentro amoroso con el ángel, donde se detuvo ampliamente, dándole a Dean toda clase de detalles y de la manera más vulgar posible.
Dean sin poder hablar, solo le lanzaba miradas asesinas y llenas de furia a Meg, era toda la información que jamás le hubiera gustado oír, de haber podido se habría arrancado los oídos con las manos.
Meg reía a carcajadas con cada reacción de Dean, lo cual la incentivaba a ser aún más vulgar en su relato.
-Vamos Dean, no finjas, se que te gusta lo que oyes. Cuando quieras lo intentamos, podemos invitar a Cas y a Sam si quieres - dijo mirando de pies a cabeza y lascivamente, al cazador - sé que te gustaría.
De pronto, se escucho la cerradura de la puerta de entrada al momento en que esta se abría, dejando ver a Castiel, quien al entrar al vestíbulo, se sorprendió ante la escena con la que se encontró: Dean pegado contra la pared y a Meg en el centro de la habitación, cuya presencia le heló la sangre.
-¡Pero si es Castiel! ¿Me creerías si te digo que justamente estábamos hablando de ti? - exclamó Meg esbozando una sonrisita burlona, muy propia de ella.
-Meg… - Castiel estaba atónito, no esperaba volver a verla.
-¿Me extrañaste, querido? - puso voz melosa al decir esto último - precisamente le estaba contando a tu amigo lo bien que nos llevamos la última vez.
Dean rodó los ojos, fulminando con la mirada al ángel y este solo le dedicó una mirada de pánico.
-Dean, yo… - trató de hablar el ángel, pero nada de lo que pudiera decirle iba a cambiar lo que había hecho.
Meg hizo un leve movimiento de mano y Dean pudo volver a hablar.
-¡Cas! Tienes las mismas malditas costumbres de Sam ¡Encamarse con un demonio! ¡No puedo creerlo! – Dean le gritó una vez recuperada su voz, haciendo que el ángel retrocediera varios pasos.
-Meg, bájalo - dijo Castiel tratando de recuperar la compostura. Meg accedió dócilmente a la petición de Castiel, liberando a Dean al instante y haciendo que cayera al suelo.
-Hey Clarence, acabo de contarle a Dean con lujos y detalles lo que pasó entre nosotros, no tenía idea de que le ocultabas cosas a tu querido Winchester, esas cosas no se hacen -dijo Meg reprochándolo de modo burlesco, provocando que Castiel se pusiera rojo de la vergüenza.
-Y créeme que no tenía ganas de saber tanto – dijo Dean desde el suelo, mientras se limpiaba con la chaqueta el rastro de sangre que quedaba en sus labios.
En ese instante apareció Sam con el pequeño niño en brazos, quien saboreaba una paleta de dulce.
-Tuvimos que comprar pañales más grandes, este niño crece un poco rápido… - el menor de los Winchester se quedó helado viendo la escena.
-¡Ahí estas! - Meg comenzó a acercarse hacia donde estaba Sam, quien rápidamente bajó al niño, lo sentó en el suelo y se puso delante de él, preparado para pelear, empuñando el cuchillo caza demonios, ya que lo había sacado del bolso de las armas antes de salir de compras.
Frente a esto la mujer se detuvo.
-Vamos Sammy, terminemos con esto de una buena vez y entrégame al niño - dijo Meg.
Todos los presentes quedaron mirando a Meg.
-Con que es al niño a quien andabas buscando – dijo Dean ya de pie.
La mujer se acerco decididamente a Sam por lo que Dean y Cas rápidamente se acercaron a ella para evitar cualquier movimiento.
-Vamos chicos, no le haré daño, es mi hijo después de todo - dijo con una voz sugerentemente suave.
-¿¡Qué! - exclamaron Dean, Sam y Castiel al unísono.
-Bueno, nuestro hijo, te concedo el merito, debo decir que tiene unos hermosos ojos - dijo mirando fijamente a Castiel - Me acosté con el angelito y puf, unos meses después apareció - dijo señalando al niño que seguía oculto tras Sam - para más detalles, Dean es el mejor capacitado para contar la historia a la perfección.
Siguió acercándose tranquilamente hacia los cazadores, quienes aun no digerían la noticia que la mujer les acababa de lanzar.
Sin perder tiempo, Meg los miro con hastío y con un movimiento de su mano, lanzó por los aires a Sam al momento en que Dean y Castiel se lanzaran contra ella. El mayor de los cazadores voló por los aires con un nuevo movimiento de Meg, llegando cerca de donde antes había caído su hermano, quien ya se había puesto de pie y se arremetía en contra del demonio, el que estaba acercándose sigilosamente al ángel y al niño que estaba en esos momentos en sus brazos.
Sam, sin dudarlo, le lanzó el cuchillo a Dean, quien ya se había incorporado, mientras él sujetaba a la mujer y su hermano le enterraba el arma en el estomago. Meg pegó un grito al momento en que una luz iluminó sus ojos, haciendo que finalmente cayera inmóvil en el piso.
Dean y Sam jadeaban de cansancio una vez terminada la pelea mientras Castiel observaba al pequeño que tenía en sus brazos, quien estaba algo inquieto.
El ángel nunca pensó que esto podría pasar, jamás pensó alguna vez que él iba a ser padre. ¿Padre? La palabra sonaba algo sonsa si era para referirse a él mismo. Y es que a pesar de que sabía que no se debía confiar en los demonios, no podía negar que esos ojos azules que ahora miraba con atención eran idénticos a los propios.
-Cas, creo que nos debes una explicación - dijo Sam sacándolo de sus pensamientos.
Dean estaba pasándose la mano por el rostro mientras se alejaba un poco del resto. Obviando la cantidad de detalles que Meg le había dado, había recibido un montón de información de golpe.
Castiel se disponía a darle una explicación o por lo menos intentar darle una, cuando el niño en sus brazos empezó a inquietarse, haciendo que el ángel lo dejara en el piso.
El niño, gateando se acercó al cuerpo de Meg.
-Miren eso - Sam señaló hacia el umbral de la puerta que daba a la sala.
Cuando hubo llegado a ella extendió sus pequeñas manitos en el rostro del cadáver de Meg. Estuvo así unos momentos cuando sus manitos empezaron a brillar con una luz blanca, iluminando la tez blanca de su madre. Luego de unos segundos, el demonio abrió los ojos tomando una gran bocanada de aire y se incorporó ante la mirada atónita de los presentes.
Cuando se puso de pie, el niño extendió sus bracitos hacia ella, pidiendo que lo cargara, cosa a la que Meg accedió silenciosamente y con una sonrisa sincera en el rostro.
-Lu, eres un buen niño - Dijo la mujer acariciándole con cariño la cabeza.
-¿Lu? - Dean fue el único que pudo articular palabra.
-Lucien. Bien, creo que es momento que nosotros nos larguemos - dijo lanzándoles una mirada asesina a los Winchester y a Castiel. Cerró los ojos y se quedó quieta un instante, luego volvió a abrirlos pero seguía allí -¿Qué pasa, Lu? - dijo dulcemente al niño, que ahora extendía sus brazos hacia Castiel - Genial, ahora no quiere irse.
-Porque es un niño inteligente, y no le van los demonios, a diferencia de un par de idiotas que yo conozco - dijo Dean mirando acusadoramente a Sam y a Cas, que agacharon la cabeza al mismo tiempo.
-Cállate, madre de relevo. Lucien, debemos irnos – dijo al momento en que el pequeño, quien seguía tratando de alcanzar a Castiel, se largó a llorar.
Pero no era un llanto normal, sino que más bien era un llanto agudo y potente que hizo que los Winchester cayeran al piso, tapándose los oídos y que Meg cerrara los ojos con fuerza, sin poder imitar a los hermanos, pero aun así, adolorida por los gritos del pequeño. El único que no parecía nada incomodo con el llanto fue Castiel, quien se acercó y tomó al niño en sus brazos, al momento en que el demonio también se tapó los oídos.
Lentamente, el pequeño dejó de llorar y con unos ojos aun brillantes, le dedico una tierna sonrisa al ángel.
-Bien, bien, quédate con tu "padre" – dijo Meg con tono burlesco – porque ni creas que me quedaré con este grupo de imbéciles perseguidos por leviatanes.
El niño la quedó observando mientras extendía un brazo hacia ella. La mujer se dirigía al niño como si pudiera entablar una conversación con él, algo que en el fondo, todos sospechaban que era perfectamente posible.
-Vendré a buscarte y nada de espectáculos para la próxima, no me hace gracia que te quedes con ellos - dijo Meg antes de desaparecer.
Los Winchester observaron sorprendidos al niño que hizo un pequeño puchero al desaparecer el demonio. Estaban completamente aturdidos por lo que acababa de pasar. De todas las cosas que habían vivido, jamás iban a estar preparados para esto.
-¡Cas! Tenemos que hablar - dijo Dean mirando finalmente enojado a Castiel.
El ángel se acercó a cazador con el niño en los brazos. Sam, quien también quería escuchar la versión de Castiel, se sentó en el sillón, atento a lo que tenía que decir.
-¿Por qué no nos contaste lo que pasó entre Meg y tú? – Preguntó Sam, bastante calmado – No creo que el problema sea lo que hiciste, sino con quien.
-Debo pedir perdón por no haberles contado mi encuentro con Meg – dijo el ángel con esa formalidad tan propia de él pero que sin embargo hace algún tiempo no escuchaban.
-¿Perdón? ¿Es una broma, cierto? – Dijo Dean consternado ante la respuesta tan simple del ángel - Te has acostado con demonio, maldita sea, ¡un demonio! Y para superar los límites de tu bajeza, tú siendo un jodido ángel ¿logras dimensionar la abominación has hecho? Y como si no fuera posible empeorar la situación, ¡tienes un hijo con ella! ¿Es que acaso no les dan clases de sexualidad en el cielo?
Los gritos de Dean retumbaron en toda la casa.
-Técnicamente ya no soy un ángel, Dean – le respondió Castiel mirándolo directamente a los ojos.
-Eso no lo sabemos aun, Cas, ya que todo apunta a que Lucien es tu hijo y siendo así, la única justificación que tenemos de que haya vuelto a la vida a Meg es que tu sigas siendo un ángel y que tu gracia anda perdida en algún lugar – Sam fue quien analizó la situación, haciendo que su amigo considerara esa posibilidad y su hermano sonriera con suficiencia.
-¡Y tu hijo ahora puede revivir demonios! ¡Perfecto, simplemente perfecto, justo lo que necesitabamos! ¿Cuándo crezca nos va a freír cada vez que intentemos matar a su querida madre? – Comentó Dean – Tenemos a un niño mitad ángel, mitad demonio bajo nuestro techo, la mezcla de las dos criaturas más desagradables de la existencia. Siento que me he ganado la lotería.
-Lucien no tiene la culpa… - intentó decir Castiel, observando al pequeño que no despegaba la vista de Dean.
-Oh, cierto, la abominación tiene nombre – Dean le dedico una mirada llena de veneno a Castiel, quien de no haber tenido al niño en los brazos, le habría roto la cara a golpes al cazador.
-Te estás pasando, Dean – Sam se puso de pie al darse cuenta de lo que pasaba por la mente de Castiel.
-¿Qué me estoy pasando? Claro, ahora te pones de su parte solo porque tu tuviste el mismo problemita, ¿cierto? Pero por lo menos tú eres más inteligente y no tenemos que andar acarreando a un crío mutante tuyo.
-Y dime tú, ¿Quiénes somos nosotros para llamar a ese niño abominación? ¿Es que acaso no recuerdas que somos nosotros? ¿Nuestra historia no te dice nada? Y no es por apoyar a Cas, sé mejor que nadie que involucrarse con un demonio es un gran error, pero ¿Qué podemos hacer? Se dejó llevar por su humanidad, algo que tú también haces comúnmente.
-Oh, vamos, es una mala excusa.
-Sabes que es cierto. En vez de andar tratando de abominación a Lucien, deberías ponerte a averiguar más cosas sobre él y su condición, sabemos que su madre es demonio, pero su padre es un ángel y si de pequeño le enseñamos que es lo correcto… - trató de explicar Sam algo más calmado, pero Dean lo interrumpió con una risa algo cansada.
-¿Y me vas a decir que yo hago un buen trabajo criando niños? Es cosa de mirar algunas cosas que has hecho para darnos cuenta que soy un total fracaso en ese tema.
Sam avanzó hacia su hermano enfurecido y lo sujeto por la camisa, mientras Dean lo observaba con resignación.
-Sam, detente – dijo Castiel con su voz grave y seria.
El ángel se acercó a los hermanos al momento en que Lucien, empezó a llorar, logrando que el menor de los Winchester liberara a su hermano al intentar cubrirse los oídos por el agudo llanto del niño. Castiel posó una mano en la cabeza del niño, haciendo que este parara de llorar de golpe, al momento en que Sam, conteniéndose, tomó las llaves y su chaqueta y salió de la casa dando un portazo.
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Habían pasado ya dos días desde la gran discusión y Dean aun no le dirigía la palabra ni a Sam, menos aun a Castiel, quien parecía embobado con la idea de ser padre, algo que en vez de tranquilizar las aguas, ponía al mayor de los cazadores de peor humor.
Había tenido que ceder su pieza con cama extra grande para dársela a Castiel, así él podría dormir con su "hijo", claro que Dean jamás cruzo una palabra con el ángel para cederle el cuarto, solo tomo sus cosas, las lanzo sobre la pequeña cama del cuarto de junto y se recostó ahí, marcando territorio.
Él no quería saber nada de la "abominación" que el ángel cargaba en sus brazos, no quería enterarse de la investigación exhaustiva que estaba realizando su hermano para poder saber que era exactamente ese niño y sobre todo, por qué crecía tan rápido, ya que no había pasado ni una semana y el niño ya no tenía que ropa ponerse, algo curioso considerando que todos los días iban por ropa nueva.
Pero no, Dean Winchester no iba a ser cautivado por la curiosidad, menos aun por esos puros e inocentes ojos azules que lo miraban desde el corral que Sam había conseguido para que se quedara en el salón cuando ellos no estaban en la pieza durmiendo. Se había despertado muy temprano esa mañana y se preparaba para desayunar cuando lo vio, sentado en su corral, tomando leche desde su biberón que sujetaba con algo de dificultad con sus pequeñas manos. Dean se quedó mirándolo mientras sujetaba un tazón de café. La idea de cuidar un niño no le molestaba, tampoco le molestaba tanto el hecho de que era el fruto de la abominación entre un ángel y un demonio, lo que ocurría era que le aterraba la idea de tener que encargarse de otro niño y no poder salvarlo del destino que este cargaba desde antes de su nacimiento, como era su hermano.
De las pocas cosas que se sentía orgulloso era de su hermano, a pesar de los errores que este había cometido, Dean sabía que todo lo que Sam hacia, era con la intención de doblegar el destino que le daba todas las facilidades de actuar por el mal camino. Todas las frustraciones de su hermano, el las sentía tres veces más fuerte y cada caída era como si él mismo errara. Y sabia que ese niño tenía en la frente grabada en sangre la palabra "desastre".
Se acercó al niño, quien no despegó la vista de sus ojos y lo tomó en brazos. Esos ojos, que tantas veces había visto en Castiel, lo tranquilizaron, eran como la fuente más grande de paz que existiese en la Tierra. El niño levantó una pequeña mano y la paso por el rostro de Dean, fijándose en las pecas que este tenía y que por su piel tostada era difícil de apreciar a simple vista.
-¿Quién te dejó acá, eh? – preguntó el cazador observando tomando el biberón que había quedado en el corral, dándose cuenta que estaba caliente, como si hubiera sido hecho hace recientemente.
-Yo.
La voz profunda de Castiel hizo que el cazador se volteara y quedara frente del ángel, quien llevaba un tiempo observándolo. Dean se acercó a él y le entrego al niño para que este lo cargara y cuando se disponía a marcharse a su cuarto, sintió una mano posarse en su hombro. El cazador se volteó para encontrarse con el niño sonriéndole y pidiendo que lo cargara.
-Le agradas, Dean – Dijo Castiel.
El cazador le dedico una sincera sonrisa al niño, de esas que él nunca le regalaba a nadie, mientras le acariciaba la cabeza, pero aun reticente a volver a cargarlo.
-Él también me agrada, tú sabes que me gustan los niños, pero ¿entiendes lo que es? Es un hibrido entre un ángel y un demonio, ¿sabes la bomba que cargas en tus brazos? – respondió Dean muy tranquilo.
-Lo sé, pero ¿Qué más puedo hacer? Debo asumir mi responsabilidad. Además, tú mismo lo has dicho, es una bomba lo que cargo en mis brazos y ¿si cae en manos equivocadas? ¿Imaginas las cosas que Crowley o cualquier otra criatura puede hacer? Recuerda los poderes del niño nacido de un humano y de un demonio, era considerado el Anticristo, imagina lo que puede ser Lucien. En la historia de la humanidad, jamás había existido un caso sobre un niño mitad ángel, mitad demonio, ¿sospechas que tan poderoso puede ser?
Dean se sentó en el sillón y el ángel lo imitó. El cazador estaba más sereno, más descansado, pero aun así, todo este asunto de demonios en sus vidas lo angustiaba.
-¿Qué se supone que haremos, Cas? – preguntó, mirando los inmensos ojos azules de su amigo que lo observaban con detenimiento.
-Tienes miedo, Dean y es lo más sensato en estos momentos. Creo que tenemos que cuidar de Lucien y llevarlo por el buen camino, piensa que tiene una parte de él que lo tentará a ir por el otro camino y solo nosotros podemos mostrarle lo que es mejor.
Lucien volvió a estirar sus bracitos para que Dean lo tomara. Castiel sonrió ante el gesto, mientras que el cazador, temeroso, recibía al niño entre sus brazos. Lucien se acomodó y cerró los ojos, dando un suspiro.
-Para ser un niño, tiene expresiones de un adulto – dijo Dean.
-Se ve tan tranquilo, debo admitir que me da cierta envidia – confesó el ángel.
-Hey, Cas, si quieres acurrucarte en mis brazos, solo debes pedirlo – bromeó el cazador, esbozando una sonrisa mientras observaba a Lucien.
-Pensé que no lo dirías nunca - dijo Castiel mirándolo, imitando una de las características sonrisas matadoras de Dean mientras posaba una mano en su hombro - Deja a Lucien en su corral para acomodarme mejor.
-Cas ¿qué demonios…? – dijo el cazador claramente espantado ante la actitud del ángel, siendo interrumpido después por la risa del ángel.
-No eres el único que puede hacer bromas, en el tiempo que llevo con ustedes ya he aprendido muchas cosas - dijo el ángel esbozando una sonrisa.
-Más te vale que sea broma, mira que a mí no me van los hombres- dijo Dean aún algo receloso, alejándose un par de centímetros del ángel, a modo de broma haciéndose el ofendido - como te vuelvas gay, te largas de aquí con tu crio hibrido.
Sam observaba la escena desde la oscuridad del pasillo. Aun estaba molesto con su hermano y su actitud de cabezota, pero debía reconocer que verlo alegre, hasta bromeando con Castiel, hacia que su humor también mejorara, incluso al nivel de considerar olvidar todo para ir a hacerle un par de bromas por su "juego" y comentar la imagen de pareja feliz casada con hijos que tenia con Castiel que tanto horrorizaría su hermano, su sola imagen lo hizo soltar una carcajada que ahogo con la manga del pijama para no ser oído.
El menor de los Winchester esbozo una sonrisa, extrañaba esa tranquilidad tan maravillosa que experimentaba en esos momentos. Las alucinaciones estaban en su mínima expresión por alguna razón desconocida, veía a su hermano con un mejor ánimo y aceptando a Lucien de una buena vez.
Lucien.
Sabía que ese niño de rostro tan inocente estaba marcado desde el momento en que fue concebido, eso era algo que se lo reconocía a Dean, ese niño era una abominación de la naturaleza. Tenía más que claro que no iba a ser tan simple cuidarlo o mantenerlo de su lado cuando había algo dentro en él que pesaba tanto como su parte "ángel" y Sam era el más calificado para entender lo que era tener algo dentro con lo cual luchar día a día: sangre de demonio, algo que lo llevó hasta el límite la mayor parte de su vida. Esa misma fuerza se encontraba dentro del pequeño Lucien por su parte "demonio". Y claro, nada bueno podía salir de eso.
Envuelto en sus pensamientos, Sam se dio media vuelta y volvió a la cama, asumiendo que su maravillosa sensación de tranquilidad no iba a durar mucho y deseando disfrutar unos breves momentos extra antes de volver a la realidad. A su realidad.
