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Capítulo 7
El ruido de unos pasos ligeros la despertó. Bella se enderezó para enfrentarse al intruso y al instante supo quién era la sombra que se recortaba en la oscuridad. Se inclinó sobre una mesa pequeña que había al lado del camastro para encender una vela y lo miró. La luz temblorosa de la llama se deslizó sobre sus músculos como si fuera oro líquido. ¡Era tan poderoso, y tan endiabladamente guapo! Las cuerdas le atenazaban las manos por detrás de la espalda, pero él no parecía molesto al dirigirle la mirada penetrante de sus ojos negros.
—¿Solicitaste mi presencia? —preguntó con frialdad.
Bella sacó las piernas de debajo de las mantas y se puso de pie. Sabía que no debía sentir por él lo que sentía, pero no pudo negarse a dar un paso en dirección al hombre deseado.
Los ojos del prisionero recorrieron atrevidamente todo su cuerpo. La luz de la vela hacía de su camisón una prenda virtualmente transparente, permitiéndole contemplar todas sus curvas. Ella vio que su respiración se detenía y avanzó hacia él un paso más, y luego otro, hasta que quedó frente a él, muy cerca. ¡Cómo quería que la tocara! El fantasma de una sonrisa pasó por sus labios ante la ironía de la situación. Finalmente había encontrado a un hombre cuyas caricias anhelaba, pero ese hombre era su enemigo. Cuando levantó la mirada y la clavó sobre sus ojos negros, notó un gesto de irritación y de confusión en él. Deseaba que se sintiera seguro. Alzó una mano para palparle la herida que ella le había hecho en la mejilla, pero Edward se retiró de inmediato.
—No te haré daño —susurró, dándose cuenta de lo absurdas que sonaban tales palabras en cuanto salieron de sus labios. La cicatriz que atravesaba su mejilla era la prueba permanente del dolor que ella le había causado. Retiró la mano y dio un paso atrás.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Edward—. ¿Para qué me has citado en tu tienda?
Ella desvió la mirada y se acercó al camastro donde había dormido.
—Eres un hombre muy atractivo —aseguró.
—¿Y por eso me mandaste llamar? —le contestó con un tono claramente receloso.
Tal vez era ridículo, pensó Bella. Los hombres no parecían tener problemas para apoderarse de lo que querían o de quien querían. «A lo mejor estoy complicando más las cosas de lo que debiera», pensó, y enderezando los hombros se volvió a acercar a él.
—En cierto modo, sí —le contestó, viendo cómo arrugaba la frente.
«No le tengo miedo», se dijo a sí misma, y se le acercó todavía más. «Él es mi prisionero».
—No te diré absolutamente nada —gruñó él—. Aunque me hagas beber otra vez tus venenos.
—No quiero saber nada más —respondió ella, tocando su brazo con la yema de los dedos y maravillándose de nuevo ante la fuerza y la elegancia de sus músculos. Él apretó el puño y ella sintió que sus tendones se contraían al contacto con sus manos. El poder explosivo que se movía bajo las yemas de sus dedos la asombró y, con el corazón latiéndole desbocadamente, continuó viajando por la parte superior de su brazo hasta llegar a su pecho.
—¿Qué crees que estás haciendo, mujer? —le preguntó en un francés sin acento.
—Tu presencia ha sido una… ha sido una alteración para mí, un problema que quiero resolver enseguida.
Alzó la vista y se encontró con aquellos ojos oscuros que la contemplaban desde arriba. La cabellera cobriza apuntando a mil sitios, y ella levantó la mano para tocar su gruesa cota de malla.
Edward se echó hacia atrás instantáneamente, intentando ver de reojo si en las yemas de sus dedos tenía adherido el temible polvo blanco.
Bella le acarició el pelo con delicadeza, inclinándose cada vez más sobre su fuerte pecho.
—¿Te asusta que te toque? —le susurró con un suspiro suave.
Los ojos verdes de Edward le examinaron las facciones de la cara, pero Bella no pudo leer sus pensamientos. Su enigmática mirada se depositó en su cuello y luego bajó hasta las profundidades de sus senos, que ya rozaban su pecho. Ella sintió un ligero temblor, como si él los hubiera acariciado, y luego escuchó la respuesta:
—Aborrezco que me toques —replicó.
—Pero tu cuerpo te traiciona.
—¡Apártate de mí, bruja! —gruñó.
Bella nunca había recibido órdenes de buena gana, y mucho menos cuando provenían de uno de sus prisioneros. Se puso de puntillas y presionó sus labios contra los del caballero. Al principio le parecieron tan insensibles como un muro de piedra, pero de pronto se abrieron y a través de ellos comenzó a fluir esa pasión cálida que había tratado de esconder y que ahora quedaba liberada. La lengua se deslizó en su boca, explorando todas sus cavidades, y sus manos se hundieron en sus caderas. Luego, con un gemido, volvió la cabeza y apartó sus labios.
—No te olvides de quién es el prisionero —le dijo ella, que no podía resistir el impulso febril de tocar con sus manos los contornos de su ancho pecho, una obra perfecta, semejante a una escultura labrada en el más puro de todos los mármoles, sin una sola veta defectuosa. Como si estuviera moldeando el cuerpo con sus propias manos, acarició con ellas la curva del torso y continuó descendiendo hacia sus piernas, donde se topó con el borde de los pantalones. Se preguntó si las partes que cubrían serían tan perfectas como su pecho desnudo. Quería palpar y ver el resto, no sin antes haberse maravillado ante los exquisitos detalles de sus músculos en flor. Pero no podía hacerlo. Apartó de inmediato las manos.
—¿Asustada? —le preguntó el prisionero con ironía.
El desafío era suficiente. Sus manos se movieron alrededor de la apertura de los pantalones, tratando de desatarlos, pero de pronto se contuvo y se apartó otra vez de él. Temblaba de la cabeza a los pies y sabía que no era a causa de la rabia. Elevó los ojos hacia las alturas en busca de un consejo, de una guía, de algo, ¡de cualquier cosa!
Edward se le acercó y la volvió a tocar con los ojos encendidos.
—Desátame —le suplicó.
Como si estuviera bajo los efectos de un extraño embrujo, ella obedeció. Se dejó caer sobre los músculos de su pecho, le pasó las manos por la espalda y le quitó las cuerdas con que los guardias le habían atado las muñecas. Las ligaduras cayeron al Suelo, amontonándose alrededor de sus pies, y Bella notó el cambio de inmediato. Sus hombros se enderezaron, en señal de confianza, y sus ojos brillaron de ansiedad. Una de las manos del caballero serpenteó por su nuca y la otra fue a explorar sus senos, al tiempo que las caderas de ambos se entrelazaban. Bella se quedó sin respiración al sentir el aliento de él sobre sus mejillas.
—¿Es ésta la cura que estabas buscando? —le preguntó a Edward con una voz profunda.
Bella sintió que su cuerpo respondía al duro contacto muscular que la presionaba tan íntimamente, y sin embargo, la furia animal que adivinó en los ojos del hombre la paralizó. Se juró a sí misma que había visto en ellos, cuando él descendía hasta sus senos, que se erguían y vibraban bajo el camisón al ritmo de su respiración acelerada, el fuego del infierno. Levantó una mano temblorosa y la depositó sobre su ancho pecho desnudo. Una hoguera se encendió en su sexo cuando él volvió a acariciarle las caderas, y echando la cabeza hacia atrás abrió los labios y lo invitó a besarla de forma plena, larga y profunda.
Edward contempló sus labios húmedos y se movió con premeditada lentitud hacia ellos, pero cuando ya estaba a punto de tocarlos se detuvo abruptamente, emitiendo un suspiro feroz. Le colocó una mano alrededor de la garganta, haciéndola temblar de miedo y de deseo, y con el dedo índice le acarició un lado de la nuca. Ella vio que su dura mirada comenzaba a suavizarse y percibió una calidez tan íntima en los rasgos de su cara que quiso arrojarse entre sus brazos. Luego, sin advertencia previa, él se puso rígido y sus ojos volvieron a llenarse de rabia. Tiró del cuello de su camisón y lo hizo pedazos.
Sorprendida, Bella trató de apartarse de él, pero sus manos la aferraban firmemente y sin vacilaciones. Creyó ver una sombra de satisfacción en su cara, y comprendió que se había equivocado: los ojos del prisionero no brillaban de lujuria, sino de deseo de venganza.
Y sin embargo, la mirada masculina recorrió su cuerpo y una de sus manos le apretó los senos, cuyos pezones erectos parecían más firmes que nunca. La acercó hacia él todavía más, presionándole la base de la espalda con la otra mano, y luego le besó los senos con la urgencia de un hambriento.
Bella se arqueó hacia él. Puñaladas de placer le herían el vientre, añadiendo combustible a un fuego que ya se había encendido. Sentía sensaciones que nunca había sentido antes, y quería sentir más. Deseaba que él colmara todos los deseos de su corazón, y sabía que antes de que terminara la noche le susurraría su nombre al oído. Lo rodeó con sus brazos, se abrazó a su pecho y enterró la cara en su cabellera.
—Edward —murmuró.
Edward dejó que su mano llegara aún más abajo, hasta posarse en la redondez de las nalgas, y cuando ella suspiró hundió sus dedos entre los pliegues de su feminidad. Con gentileza, le mordió los pezones e introdujo un dedo en la vagina.
Espirales de éxtasis pasaron volando por su mente al empezar a mover las caderas al ritmo de su mano. ¡Jamás se había imaginado que pudiera existir un placer semejante!
Edward la agarró del pelo y la obligó a doblar la cabeza hacia atrás. Qué fácil sería para él hundir los dientes en la carne blanca y cremosa de su cuello hasta matarla, pero qué delicias tan indescriptibles sintió cuando sus labios rozaron su piel y mordisquearon el delicado cuello de la francesa.
Bella se perdió, se entregó por completo a un mundo en el que sólo existía Edward, cuyos dedos expertos enviaban oleadas de éxtasis a través de todo su cuerpo.
La dejó caer al Suelo cubierto de alfombras y se arrodilló entre sus piernas.
Cuando la cubrió con su cuerpo, Bella no pudo dejar de pensar en la imagen de un lobo al acecho. Sintió que algo le rozaba los muslos y miró hacia ellos. El tamaño de su masculinidad la dejó asombrada —¡seguramente la partiría en dos!—, y de repente sintió que los nervios le fallaban y trató de esquivar su arremetida erótica.
—Esto te curará todos tus males, Ángel —le dijo él con amargura, mientras miraba su miembro viril, que latía de lujuria, y luego lo tomaba con la mano y lo dirigía como un proyectil hacia ella.
Bella cerró los ojos, preparándose para lo peor, y dobló su cuerpo ante la embestida.
—Abre los ojos —ordenó él.
Ella los mantuvo cerrados.
—¡Mírame!
Sin saber muy bien qué hacer, Bella abrió los ojos y vio la infinita negrura del odio reflejada en sus ojos. La penetró con enorme dureza. Sólo años de disciplina militar le impidieron gritar en su agonía. Se agarró firmemente de sus hombros, confiando en que eso fuera todo lo que significaba «penetrar» a alguien, y esperó que él no se moviera.
Pero comenzó a moverse suavemente hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás.
Se mantuvo rígida ante su asalto, y con cada movimiento de su miembro, sus fantasías se convertían en cenizas. El dolor le llenó los ojos de lágrimas, pero desde el principio supo que nunca las derramaría. Se mordió los nudillos de una mano para no ponerse a llorar, y con la otra trató de apartarlo. ¡Eso no podía ser así!
Bella sintió que su cuerpo se volvía cada vez más rígido y oyó que él gruñía hasta quedar completamente quieto encima de ella. Experimentó una especie de respiro y por primera vez desde que él la había penetrado pudo relajarse. Le acarició los hombros delicadamente, esperando que él hiciera lo mismo con los suyos. ¡Había sido tan brutal! Para olvidar la dureza de su comportamiento necesitaba que él le susurrara una palabra tierna y que pronunciara su nombre en medio de un suspiro.
Él le apartó las manos de su pecho y le acercó la cara al oído.
Ella supo que ahora lo diría, que ahora le susurraría su nombre suavemente.
—¡Mujerzuela! —le dijo, sin embargo, con desprecio.
Los últimos vestigios de su fantasía se rompieron en pedazos y quedó anonadada y herida. Afrontó su mirada, sintiéndose totalmente vulnerable por primera vez en su vida, y buscó en los duros ojos de Edward alguna explicación.
La decepción llenó la expresión de su cara cuando vio lo que estaba escrito en el rostro de él.
Edward se incorporó y comenzó a vestirse.
Ella cubrió su desnudez con una piel de oveja que había encima del camastro y esperó a que él saliera de la tienda. Luego apagó la vela, tan rápido como le fue posible, y se ocultó en la oscuridad.
