Ugh, muy tarde, lo sé... pero ya estoy aquí. Le echo las culpas a las vacaciones de Navidad, que acabaron el día 7 y luego con la reincorporación a la rutina normal no he tenido tiempo de sentarme a escribir. No tengo mucho más que decir, sólo gracias a todos los lectores, especialmente a los que me habéis dejado reviews.

En la nota de autor después del capítulo, he añadido algunos detalles sobre este capítulo, así que echadles un ojo.

LUZ NEGRA

7. La canción del pueblo

En cuanto abrió los ojos, parpadeó molesta pora la repentina claridad. Lo primero que vio sobre su cabeza fue una lámpara colgante que iluminaba la sala. Estaba tumbada sobre algo mullido, un sofá seguramente. Le dolía la sien, sobre la ceja. Intentó recordar qué había ocurrido pero un leve mareo impedía que se concentrara en sus memorias. Se incorporó con lentitud, intentando evitar que su mareo se multiplicara.

Su vista se había acostumbrado a la claridad de aquel salón desconocido y en cuanto se irguió, pudo reconocer en el sofá de enfrente al agente de la paz que la había perseguido a través del Quemador. Estaba demasiado cansada incluso para sentir miedo, así que no movió ningún músculo, fijando su vista en el agente de la paz. Se llevó una mano a la frente y cuando la retiró, vio en sus dedos manchas de sangre.

- La bella durmiente por fin se ha despertado- comentó el agente de la paz. No tenía colocado el casco así que Madge pudo ver sus facciones bien definidas, sus ojos claros y su reluciente cabello pelirrojo.

Lo reconoció como uno de los agentes de la paz más jóvenes del Distrito 12, aunque no conocía su carácter. No estaba segura de si era violento o compasivo, pero la herida de su frente podía darle indicaciones de su personalidad.

- ¿Qué me has hecho?- preguntó Madge con voz débil.

- ¿Yo?- preguntó el agente de la paz, señalándose a sí mismo como un niño pequeño que se sentía acusado- Eso ha sido todo tu culpa. Te tropezaste mientras corrías... cuando yo sólo pretendía hablar contigo.

Madge lanzó un bufido incrédulo, no porque no creyera que se había tropezado sino porque dudaba que la intención del agente de la paz fuera una amena conversación.

- Es una herida superficial, estarás bien- dijo el agente de la paz, su voz algo más suave. Se levantó repentinamente de su sitio y Madge se echó atrás en un impulso, pegando su espalda contra el cojín del sofá que ocupaba. El agente de la paz le ofreció su mano para que se la estrechara- Me llamo Darius.

Madge estrechó su mano- No voy a decirte mi nombre, supongo que ya lo sabes, puesto que me estabas persiguiendo- dijo Madge con tono acusador. Darius se limitó a asentir con la cabeza- ¿Se ha cansado ya el presidente Snow de jugar?

Darius meneó con la cabeza- Él nunca se cansa de los juegos. Pero no estoy aquí por él, aunque comprendo tu confusión- dijo señalando su uniforme blanco- Te buscaba por petición de Haymitch.

- ¿Haymitch?- preguntó Madge, sorprendida.

Darius asintió- Estoy de tu lado, Madge Undersee. Aunque te agradecería que guardaras ese secreto. Haymitch es el único que está al tanto de mis verdaderas lealtades.

Madge asintió lentamente, su boca aún parcialmente abierta por la sorpresa.

- ¿Por qué me perseguías?- preguntó Madge.

- Haymitch me pidió que te vigilara, está preocupado por ti.

- Debería estar preocupado por Katniss y Peeta.

- También se preocupa por ellos… pero ellos no pueden escapar. Tú, sin embargo…

- No voy a ir a ningún lado- murmuró Madge- Ellos me necesitan.

Darius meneó la cabeza- No seas ingenua. ¿Qué puedes hacer desde aquí para ayudarles? El presidente Snow nunca juega limpio, él es el único vencedor posible. Tus amigos ya están interpretando por ti esa historia de amor, tienen más patrocinadores de los que necesitan. No me mal interpretes, creo que fue muy buena idea... pero no es suficiente para cambiar las reglas del juego. Si quieres vivir, tienes que huir.

- ¿Huir a dónde?

- En un primer momento al bosque, hasta que seas capaz de llegar a uno de los distritos.

- Yo no sé sobrevivir en el bosque.

- Afortunadamente para ti, yo sí- dijo Darius con una sonrisa orgullosa- Te enseñaré todo lo que necesites.

Madge suspiró. La impotencia se había convertido en un malestar constante dentro de ella. En cuanto habían comenzando los juegos se había dado cuenta de que no podía hacer nada para ayudar a Peeta y a Katniss. Había ido al Quemador con la intención de encontrar algún comprador interesado en sus posesiones de valor, sus vestidos y sus zapatos con la intención de donar el dinero que consiguiera para Katniss y Peeta. Sabía, sin embargo, que aunque el dinero ayudaba, no garantizaría la supervivencia de alguno de sus amigos. La historia de amor había dados sus frutos y Madge sabía que ambos tenían ya suficientes patrocinadores, ahora sólo necesitarían un poco de suerte. El juego que le había propuesto el presidente Snow la dejaba en una evidente desventaja y Madge no se sorprendía de su juego sucio. Katniss había luchado contra la sed, llamaradas de fuego y más recientemente, abejas mutantes. El presidente Snow podía hacer que ocurrieran desgracias dentro de la arena y Madge no podía hacer nada para evitarlo. Madge tenía la esperanza de que Katniss o Peeta regresaran a casa pero era consciente que eso no garantizaba su propia supervivencia.

- Aún no he decidido si puedo confiar en ti- murmuró Madge. Tendría que hablar con Haymitch para asegurarse de que Darius realmente estaba de su parte- Demasiada casualidad que me salgan tantos aliados de debajo de las piedras- murmuró Madge, recordando la extraña presentación de la periodista que se hacía llamar Meca.

Darius frunció las cejas- ¿A qué te refieres? ¿Quién más?

- Prefiero no decir nada.

Darius asintió- Espero que tengas la misma consideración conmigo- dijo con una sonrisa pícara- He oído que te cuesta mucho no revelarle tus secretos al presidente.

Madge evitó poner los ojos en blanco ante la burla- Huiré, pero cuando terminen los juegos.

Darius se encogió de hombros- Perfecto. Así tendré tiempo suficiente para entrenarte.


Un agente de la paz y una periodista del Capitolio querían ayudarla. Resultaba ridículo, una casualidad de aquellas que Madge se había prometido a sí misma no creer. No quería ser ingenua puesto que ese rasgo de su carácter ya le había ocasionado demasiados problemas. Sin embargo, no podía encontrar la lógica de por qué el presidente Snow intentaría que un agente de la paz y una periodista se ganaran su confianza. ¿Por qué iba a tomarse tantas molestias cuando era tan sencillo matarla?

Una vez más, no tenía nada que perder y aunque había decidido actuar con cautela, comprendía que confiar en Darius le daría oportunidades de sobrevivir. Era extraño cómo se había acostumbrado al miedo y a la incertidumbre. La periodista, por supuesto, era una cuestión muy diferente. Su carácter resultaba demasiado peculiar y Madge esperaría a tener una conversación más larga con ella para decidir si era de confianza.

En estos instantes, mientras meditaba en quién podía confiar, estaba sacando de su armario la mayoría de sus vestidos. Algunos de ellos sólo los había usado una vez. Los colocó junto a otra bolsa que contenía rebecas, diademas, zapatillas y todo tipo de prendas de las que podía prescindir. Tanto si huía como si perdía el juego, ninguna de esas prendas le serviría.

- ¿Qué estás haciendo, Madge?- preguntó su padre, desde la puerta, mirando confuso las bolsas.

Madge se quedó paralizada, como una niña a la que le acababan de pillar haciendo alguna travesura. La mirada de su padre era más confusa que furiosa y Madge sintió repentinamente el peso de todos sus secretos. Estaba cansada de todo así que decidió darle la verdad menos dolorosa.

- No necesito tantos vestidos- dijo meneando la cabeza- Voy a venderlos, y le daré el dinero que consiga a Haymitch para que ayude a Katniss y a Peeta- Madge miró con determinación a su padre, retándole con la mirada a que se lo prohibiera.

Para sorpresa de Madge, su padre suspiró y asintió con la cabeza- Tengo algunas corbatas y chaquetas mías que podrías vender también.

- ¿En serio?

- Si con eso puedo salvar a uno de tus amigos y evitarte ese dolor, entonces, por supuesto- dijo su padre, mirándole con ternura.

Madge se abalanzó sobre él para abrazarlo y su padre le colocó la mano sobre la cabeza. Ambos sabían que el dolor era inevitable puesto que sólo uno regresaría de los juegos del hambre. El alcalde tenía la esperanza de que perder a un amigo sería menos doloroso que perder a dos y con esa convicción, le cedió a su hija algunas prendas de valor. Él desconocía que la vida de su hija también estaba en juego.

Aún abrazados, Madge susurró un "gracias" e intentó controlar las ganas de llorar.


El calor del verano había quedado ya muy atrás, lo que resultaba un amargo recordatorio del paso del tiempo y cómo los juegos continuaban su curso. Katniss y Peeta continuaban vivos, después de haber sufrido las picaduras de unas abejas mutantes. Sin embargo, Peeta estaba herido y Madge temía que no duraría mucho tiempo sin ayuda. Madge no sabía por qué Haymitch no le había enviado ninguna cura ¿Disponían de menos patrocinadores de los que ella creía? Siempre que llamaba a Haymitch para preguntárselo, él respondía con un brusco: "Eso es asunto mío, pequeña". Madge aligeró su paso, descendiendo las escaleras de su casa. Desde allí podía escuchar las voces de los periodistas que desayunaban en la cocina.

Para salir de su casa, tenía que pasar por la puerta de la cocina. Afortunadamente, los periodistas estaban demasiado ocupados llenando sus estómagos como para hacer caso a las pisadas de Madge. Cuando se acercó a la entrada de la cocina, vio a Meca apoyada contra el quicio de la puerta. Debido a su pelo rosa, podría reconocerla incluso en la distancia. Esta vez estaba vestida con un vestido amarillo, con grandes hombreras y la falda de vuelo. Un vestido que fácilmente podría haber usado Effie Trinket. Quizás fuera la ropa, tan propia del Capitolio, lo que incapacitaba a Madge para fiarse de ella. Además, por supuesto, de su inusual carácter.

Aún así, Madge caminó más despacio cuando paso frente a ella y se detuvo al ver que Meca se acercaba a ella con pasos firmes. La periodista no dijo nada, le mostró una sonrisa demasiado amplia, como aquella de un payaso, y le colocó algo en el bolsillo de la chaqueta de Madge. Asintió con la cabeza y regresó a la cocina, sin decir palabra. Madge parpadeó confusa, aún detenida en medio del pasillo. Recuperó el paso, colocándose las pesadas bolsas de basura, que contenían las ropas que pretendía vender, sobre el hombro y salió de su casa. En cuanto cerró la puerta a su espalda, dejó las bolsas sobre el suelo, a ambos lados, y metió la mano en su bolsillo para comprobar qué había guardado ahí Meca.

Era una nota escrita que decía: "Mañana a las 20.00, junto a los límites del distrito, detrás de tu casa. No tolero la impuntualidad. Allí podremos conversar sin que nadie nos oiga"

Madge asintió con la cabeza, como si la periodista estuviera frente a ella pidiéndole una respuesta. No le resultó sorprende aquella nota puesto que sabía que aquella conversación estaba pendiente. Madge volvió a colocarse la nota en su bolsillo derecho y cogió las dos bolsas para continuar su camino.

Había decidido que le entregaría a la Señora Everdeen aquellas bolsas para que ella misma las vendiera en el Quemador. Aquellos que frecuentaban el mercado negro no se fiaban de la hija del alcalde, pero sí de cualquier habitante de la Veta. Madge, además, se avergonzaba de que no les había hecho ninguna visita a la madre y la hermana de Katniss. Supuso que era mejor tarde que nunca. Afortunadamente, Katniss se encontraba tan bien como podía alguien estar en los juegos del hambre, así que el humor en la casa Everdeen no debía ser muy negativo.


Gale dejó las dos ardillas sobre la encimera de la casa de la Señora Everdeen. Ella le ofreció un débil "gracias" sin apartar del todo la mirada del televisor. Allí la televisión siempre estaba encendida, lo que resultaba comprensible. Gale se giró sobre sí mismo para prestar también atención a los juegos del hambre. Katniss se estaba despertando en compañía de la chica del distrito 11, que le había curado las picaduras de las abejas durante la noche.

- ¡Katniss ha hecho una aliada!- exclamó Prim, girándose para mirar a Gale que sólo se atrevió a asentir.

Aquel era el tipo de noticias que, en un principio, parecían muy buenas pero con el tiempo se convertían en una pesadilla. ¿Qué haría Katniss si ambas sobrevivían hasta el final? ¿Sería capaz de acabar con la vida de aquella pequeña? Gale sabía la respuesta: No. Katniss sería incapaz de matar a una niña de 12 años.

Unos golpes en la puerta lo despertaron de sus pésimos pensamientos. La Señora Everdeen se levantó de su silla con parsimonia y abrió la puerta, su expresión siempre triste, sin preocuparse por enmascararla delante de visitantes o incluso periodistas. Gale sabía que los periodistas no tardarían en llegar para hacerle miles de preguntas insensibles, frunció el ceño, preparándose para la desagradable presencia de los del Capitolio. Para sorpresa suya, detrás de la puerta no había nadie del Capitolio, sino Madge Undersee.

Al menos estaba viva. Gale aún no había descubierto en qué problemas estaba involucrada la hija del alcalde, pero los últimos días se había comportado con naturalidad, de modo que había olvidado sus sospechas. Verla enfrente suya, sin embargo, siempre despertaba sus dudas.

- Buenos días, Señora Everdeen. Disculpe las molestias- murmuró Madge, sus mejillas rosadas por la timidez y quizás por el esfuerzo de cargar con dos bolsas negras que parecían pesadas.

Gale no podía ver el rostro de la Señora Everdeen, pero su postura se había vuelto más rígida que de costumbre. Madge, frente a ella, lanzó un sonoro suspiro.

- ¿Cómo está tu madre?- preguntó la Señora Everdeen con voz débil.

- En cama, como la mayoría de los días- respondió Madge- Le gustaría una visita suya.

Madge miró a la Señora Everdeen con ojos tristes, como si estuviera preparándose para el rechazo. Su expresión se convirtió en sorpresa cuando la Señora Everdeen respondió que le gustaría visitarla. Madge asintió con la cabeza, una pequeña sonrisa en sus labios. La Señora Everdeen se echó a un lado, para dejarle pasar.

- Buenos días- dijo Madge, dirigiéndose a Prim y a Gale. Se sorprendió al ver a Gale frente a ella pero su rostro se volvió neutro en un instante. Prim respondió al saludo con una sonrisa y unos optimistas "buenos días"- ¿Está todo bien?- preguntó Madge con inseguridad, dirigiendo su mirada hacia la televisión.

- Ahora tiene a alguien que cubra sus espaldas- dijo Prim con una radiante sonrisa.

Gale dudaba que una niña de doce años pudiera hacer mucho por proteger a Katniss. Seguramente sería al contrario, Katniss adoptaría el rol de protectora. Ella no necesitaba nada que la distrajera. Sin embargo, si no hubiera sido por los cuidados de Rue, Katniss estaría en un estado de salud deplorable en estos momentos así que Gale sintió una pequeña oleada de gratitud por la chica del distrito 11.

- He venido a daros esto- dijo Madge, dejando las bolsas sobre el suelo. La Señora Everdeen se acercó para ver qué contenían. Gale sentía también curiosidad pero no quería revelarla, así que se quedo detenido donde estaba. Era consciente de que parecía una estatua puesto que no se había movido desde que había entrado Madge y sólo había asentido como saludo. Madge se aclaró la garganta para decir- Son algunas prendas, complementos y zapatos para que los vendáis en el Quemador. A mí no me comprarían nada allí… El dinero es para Katniss.

- Y para Peeta- añadió Gale, su voz con un tono acusador que realmente no había pretendido. Sin embargo, Madge no se acobardó y asintió con la cabeza.

- Si no es molestia.

Prim se había levantado, colocándose junto a su madre para ver qué había dentro de las bolsas. Al levantarse dejó caer la manta con la que se había estado abrigando en el sofá y un escalofrío recorrió su cuerpo ante el cambio de temperatura. Era un día muy frío.

- Hay muchos vestidos- murmuró Prim, contenta.

Madge se había quedado en silencio, inmersa en sus pensamientos desde que Prim se había levantado del sofá. Asintió con la mirada ausente.

- No los voy a necesitar- dijo en un murmullo.

- ¿No vas a necesitar vestirte?- preguntó Gale, alzando una ceja.

- Tengo más- respondió Madge, recuperando la determinación de su mirada. De repente, se quitó su propia chaqueta con rapidez y se la tendió a Prim- Ésta es para ti. Puedes quedártela, es un regalo.

Gale bufó, odiaba la caridad. Prim, sin embargo, miraba la bonita chaqueta con los ojos muy abiertos. Extendió la mano para aceptarla y miró a su madre con ojos dudosos. La Señora Everdeen aún estaba rebuscando dentro de las bolsas, sin hacer caso al intercambio de su hija y Madge.

- Gracias- dijo Prim, aceptando la chaqueta. Gale pudo ver cómo algo caía desde el bolsillo de la chaqueta en el intercambio de manos. Parecía una pequeña nota blanca que aterrizó junto a los pies de Prim.

- Sí, muchas gracias- dijo la Señora Everdeen, levantando la mirada de las bolsas de ropa.

Madge asintió con la cabeza- Me tengo que ir- dijo Madge. El vestido que llevaba era de una tela gruesa, que la protegería del frío a pesar de que ya no llevaba chaqueta. Madge no esperó ninguna respuesta y se giró con brusquedad.

- Madge…- dijo la Señora Everdeen, el tono de su voz vacilaba- Te pareces mucho a…

Madge sonrió- Lo sé- la interrumpió.

Con ese extraño intercambio de palabras, que Gale no fue capaz de comprender, Madge se apresuró por el camino que llevaba de vuelta a su casa.


La ausencia del peso de las bolsas de ropa le permitía andar más rápido. Madge aún estaba algo conmocionada por la expresión perdida del rostro de la Señora Everdeen. Su madre le había hablado de ella en varias ocasiones, estando lúcida o cuando creía que su hija era Maysilee. La Señora Everdeen, durante sus años de adolescencia, había sido amiga de su madre y su tía. Los juegos del hambre, como de costumbre, lo habían cambiado todo.

- Había un tiempo en que creíamos que éramos inseparables- le había dicho una vez su madre, entre sus sábanas, cuando la fiebre la mantenía débil pero no callada- No sólo Maysilee y yo, sino también Paula. Cuando teníamos diez años intercambiamos pulseras de amistad y con eso pensábamos que estaríamos juntas para siempre.

Madge recordaba aquella tarde, tres años atrás, con todo detalle puesto que su madre, aunque convaleciente, parecía mantener todas sus memorias intactas y la había reconocido al instante. No parecía enferma, sólo adormilada.

- ¿Qué pasó?- preguntó Madge, su voz agrietada. En cierto modo envidiaba a su madre, porque una vez había tenido amigas aunque las hubiera perdido. Madge tenía la sensación de que eso era mucho mejor que no haber tenido amigos jamás. Aunque ahora, con Katniss y Peeta en los juegos, temía que su impresión había sido muy equivocada. La pérdida siempre era peor. Sintió una punzada de compasión hacia su madre y el dolor que había supuesto la pérdida de Maysilee y sus consecuencias.

- Los juegos del hambre, por supuesto. Mayselee de repente no estaba entre nosotras. Intentamos seguir siendo amigas, Paula y yo, pero ella se fue distanciando. Cuando me veía a mí, veía a Maysilee. Sentía su ausencia aún más porque de repente éramos dos, no tres. Su fantasma nos acompañaba a todos lados- Marianne suspiró- No la culpo, yo odiaba los espejos. Odiaba verme reflejada en ellos. La entiendo.

Madge recordaba perfectamente el dolor que le había provocado aquellas palabras porque, ahora el espejo de su madre era ella misma. Madge era la viva imagen de su madre y por tanto, también de Mayselee. Aún así, Madge jamás había sentido que su madre la quisiera menos por ello o rehusara mirarle a la cara y ésa resultaba una valentía y una fuerza de espíritu muy diferente a la usual. Todo el mundo consideraba a Marianne Undersee como una mujer frágil debido a su enfermedad pero Madge se dio cuenta en aquel instante de que nunca había conocido a nadie más fuerte que ella. La admiraba por ello.

Madge se detuvo de repente, como si sus recuerdos necesitaran toda su atención y no pudiera seguir pensando si corría.

- Después se casó con el Señor Everdeen y parecía feliz de nuevo, así que decidí no volver a acercarme a ella. Creyó que yo estaba en contra de su matrimonio con alguien de la Veta y le permití que creyera eso- dijo la voz de su madre, dentro de su cabeza, en sus recuerdos.

Madge suspiró, paralizada en el camino que conectaba la Veta con las casas de los vencedores y la suya propia. En aquel momento odió los juegos con una fuerza renovada, por todo el daño que habían provocado y todo el daño que aún provocarían en los años que aún quedaban. ¿Cuándo terminaría todas estas injusticias? Madge sintió un escalofrío al imaginarse que el terror de Panem sería eterno y el genocidio de los niños se iría multiplicando, año tras año, sin que nadie se atreviera a detenerlo.

Si Katniss y Peeta perdían en los juegos del hambre, ella también moriría y Paula Everdeen y Marianne Undersee perderían a una hija además de aquella amiga cuyo fantasma aún les acompañaba. Por un momento, Madge se despertó de la apatía que había aparecido cuando su cuerpo se había acostumbrado al miedo y sintió realmente terror por su destino.

Unas voces ruidosas la sacaron de su ensimismamiento. Levantó la cabeza y vio al grupo de periodistas del Capitolio, cargados con sus cámaras, micrófonos, cuadernos y bolígrafos. Madge pudo reconocer a Meca entre ellos, cargando un pequeño cuaderno y un bolígrafo de color rosa. Su pelo rosa pasaba desapercibido en aquel grupo colorido, que parecía un arco iris ambulante. Se dirigían a la casa de Katniss, sin ninguna duda. Madge se giró sobre sí misma y se sorprendió al ver la entrada de la Veta a mucha menos distancias de la que ella había creído. Luchó por controlar las ganas de retirarse a su casa para disfrutar de la calma producida por la ausencia de los "invitados". Aquellos periodistas, sin embargo, eran su único enlace con el Capitolio y todo lo que ocurría dentro de los juegos, así que finalmente decidió seguirlos de cerca.

El grupo llegó a la casa de Katniss en el momento en el que Gale salía de allí. Lanzó su severa mirada contra los periodistas, que ni se percataron de la hostilidad que desprendía. La Señora Everdeen estaba bajo el quicio de la puerta abierta. Madge no podía escuchar desde su posición qué decía, pero según su lenguaje corporal, estaba agradeciéndole a Gale la visita y la comida. Su mirada se enfrió en un instante al reconocer a los periodistas y un sonrisa forzada se abrió camino en su rostro. En cuestión de segundos la Señora Everdeen estaba siendo entrevistada. Sus respuestas eran cortas y poco jugosas, era evidente que los periodistas estaban perdiendo interés en sus respuestas.

Madge pudo ver a Gale, apoyado contra la fachada de la casa de Katniss. Miraba con odio hacia los periodistas, una mirada intensa que jamás había esgrimido contra ella. Ella no era la única que se había percatado de la presencia del joven, puesto que dos periodistas estaban murmurando entre ellos y señalando a Gale. Según las palabras que Madge pudo escuchar, ambos discutían si entrevistar a Gale o no. Discutían en voz alta, sin preocuparse porque alguien los escuchara, ya fuera Gale, Madge o los otros periodistas.

- ¿Quién es él?- preguntó Meca, apareciendo repentinamente junto a Madge.

- Es Gale- respondió Madge- El mejor amigo de Katniss.

- Es demasiado guapo para ser sólo un amigo- dijo Meca. Madge no supo cómo responder a eso y se encogió de hombros- Él debería ser un primo. Deberías hacer algo sobre eso.

Madge se rió- Eso no está en mi poder, exactamente- pero al levantar la cabeza. Meca sonreía con cierta fascinación, como si aquel giro de los acontecimientos le resultara divertido. Sin embargo, aquella sonrisa también indicaba que sus palabras no habían sido bromistas sino que creía en ellas.

- Es como Lancelot. Lo suficiente guapo como para estropear cualquier historia de amor- murmuró Meca.

Madge pestañeó, más confusa por la forma en la que se expresaba Meca que por el contenido de sus palabras. Antes de que ningún periodista decidiera acercarse a entrevistar a Gale, Madge se dirigió a él con largas zancadas. Tiró de su brazo para apartarlo de la escena, con más brusquedad de la que ella había pretendido. Gale le miró notablemente sorprendido aunque Madge no estaba segura si su sorpresa se debía a su brusquedad o al simple hecho de que lo hubiera tocado sin timidez.

- Eres su primo- dijo Madge, podía ver de reojo cómo los periodistas habían comenzado a caminar en su dirección. No tenía tiempo para largas explicaciones- Eres el primo de Katniss, si te preguntan los periodistas.

- Yo no soy…

- Da igual, ellos tienen que creer que sí. Es por el bien de Katniss- dijo Madge, los periodistas estaban ya a muy poca distancia de ellos. No convenía que la escucharan así que Madge se mordió el labio inferior con nerviosismo antes de suplicar- Por favor.

Los periodistas había llegado junto a ellos, pero Gale seguía mirándola intensamente. Su natural fruncido de cejas ensombreciendo sus ojos grises. Madge tragó saliva, el nerviosismo agitándola desde dentro. "Por favor, por favor, por favor" gritaba su mirada.

- Acabas de salir de la casa de los Everdeen. ¿Eres amigo de Katniss?- El periodista mayor preguntó, sin importarle si estaba interrumpiendo alguna conversación privada.

Gale apartó su mirada de Madge para atender al periodista, su voz salió dubitativa de su garganta pero sus palabras fueron claras- De hecho, soy su primo.

Madge sintió cómo su cuerpo se relajaba aliviado, si no hubiera temido levantar sospechas sobre aquella mentira, hubiera suspirado sonoramente.


Madge colgó el teléfono, sintiéndose algo más ligera que cuando había marcado el número de Haymitch. Él había confirmado la historia de Darius, estaba de su parte. No se había dado cuenta lo mucho que había deseado que esa noticia fuera verdadera hasta ese momento.

Su padre siempre había dicho que ella era demasiado confiada. Quizás tuviera razón pero en aquellos momentos su necesidad de tener aliados, alguien con quién poder discutir su precaria situación, era mayor que su miedo a cualquier tipo de traición. Las dos únicas personas que tenían su total confianza estaban demasiado lejos de ella, así que Madge había decidido extender esa confianza hacia Darius. Aunque fuera simplemente porque Haymitch había hablado a su favor. Si Haymitch, que era por naturaleza mucho más desconfiado que ella, consideraba que Darius estaba de su parte ¿Por qué iba a dudarlo ella?

Necesitaba aliados, necesitaba amigos. Ahora más que nunca.

Esos pensamientos la llevaron a la entrada de la casa de Darius. Vestido con unos vaqueros y un jersey gris, resultaba mucho menos amenazante que con el uniforme blanco. Llevaba colocado un delantal con dibujos de frutas, que le daba un aspecto cómico.

- ¿Significa esta visita que confías en mí?- preguntó Darius, después de dejarla pasar y cerrar la puerta detrás de ella. En una de sus manos llevaba una gran cuchara de madera. Madge se encogió de hombros como respuesta, sabiendo que su presencia allí ya hablaba por sí sola- Estoy preparando salsa de tomate ¿quieres?

- No tengo hambre- respondió Madge. Darius se encogió de hombros y se dirigió hacia la cocina, Madge le siguió de cerca.

- No sé si esto es muy inteligente- murmuró Darius, introduciendo la cuchara de madera en la olla con salsa de tomate y comenzando a remover, sin mirar a Madge- Que vengas a visitarme, me refiero. Al fin y al cabo, tú eres una amenaza para el gobierno de Panem y yo soy, en apariencia, un defensor de dicho gobierno. Que me relacionen contigo podría ser peligroso para mí.

Madge no pudo evitar bufar. Años atrás no era más que Madge, la hija del alcalde, tímida e inofensiva. Ahora, años después, era considerada una rebelde cuya compañía podría resultar peligrosa para un agente de la paz. Resultaba cómico y amargo al mismo tiempo.

- ¿Os ha dado algún tipo de orden relacionada conmigo el Capitolio?- preguntó Madge. Según Meca, ella constaba entre los diez primeros de la lista negra del presidente pero Madge dudaba que Snow compartiera esa información con todos los agentes de la paz. Aún así, no sería sorprendente que hubiera ordenado a aquellos instalados en el distrito 12 que la vigilaran.

- Nos ordenó que registráramos tu habitación y nos lleváramos todo lo que resultara sospechoso- respondió Darius- Pero eso tú ya lo sabes.

Madge asintió. De esa forma habían robado el cuaderno y el resto de las posesiones de Maysilee Donner. Ése había sido el verdadero comienzo de aquella pesadilla. Ahora comprendía cómo se había enterado Haymitch de la existencia del cuaderno rojo, seguramente Darius se lo había comentado.

- No recibimos más órdenes sobre ti, el resto de los agentes de la paz, incluido Cray, piensan que fue una pista falsa, que nada de lo que encontramos resultaba de interés para el presidente.

Igual que sus padres. Madge suspiró, aliviada por aquella información. No le hubiera resultado sorprendente que el presidente hubiera ordenado matarla en cuanto terminaran los juegos, con independencia del resultado. De hecho, resultaba casi extraño que no la vigilaban.

- ¿No me vigilan?- preguntó Madge, su sorpresa evidente en su tono.

Darius sonrió- Sólo yo… pero sólo porque estaba buscando el mejor momento de presentarme, como me pidió Haymitch, ya te lo dije. Supongo que el presidente Snow no lo considera necesario, tu pequeña rebeldía ha llamado su atención, sin duda, pero dudo que realmente crea que puedes hacer daño a su dictadura. No eres más que una niña de 16 años.

Madge estaba de acuerdo con aquella definición y no se sintió ofendida- Y él un viejo aburrido.

Darius se rió, repentinamente. La intención de Madge no había sido hacerle reír- Una descripción demasiado simplista pero no puedo decir que no esté de acuerdo, especialmente porque es su aburrimiento lo que le ha movido a visitarte y a ofrecerte ese estúpido trato. Afortunadamente para ti, no piensa que seas una amenaza lo suficiente grande como para gastar medidas de vigilancia en ti o ordenar a un grupo de agentes de la paz que te siga.

- Afortunadamente- repitió Madge, aunque realmente no se sentía tan afortunada. Miró alrededor, a las paredes y las esquinas- ¿Y esta casa no la vigilan?

Darius probó su salsa de tomate antes de responder- Estamos en el olvidado distrito 12. Nuestras míseras vidas no le importan mucho al presidente, no cree que podamos hacer nada que pueda hacerle daño.

Madge estuvo tentada de repetir: "afortunadamente" pero se contuvo, decidiendo que aquella expresión ya estaba implícita en su conversación.

- La escasa vigilancia te facilitará tu huida- dijo Darius, una sonrisa en sus labios.

A pesar de que parecía que ésa sería su única forma de sobrevivir a los caprichos del presidente, Madge no quería ni pensar en ello. Abandonar su familia y el distrito 12, que era el único lugar al que había llamado hogar, parecía más una sentencia de muerte que la salvación. Además, era consciente que por el momento el plan de huida, aunque parecía inevitable, no resultaba infalible y cualquier paso en falso podría terminar en su muerte. Madge tragó saliva, mirara a donde mirara, la muerte parecía perseguirle, a suficiente distancia como para no agobiarla, pero siempre en su compañía.

- No he venido a hablar de eso- respondió Madge de forma cortante. Darius alzó una ceja, curioso- Hay una periodista del Capitolio que dice estar de mi parte. Quiere derrocar el gobierno, palabras textuales.

La expresión de sorpresa en el rostro de Darius le hizo ver a Madge que él no se había esperado una declaración como aquella. Darius borró en un instante la expresión de sorpresa y mostró una sonrisa burlona.

- Así que ésa era la otra aliada que te había salido de debajo de las piedras- comentó Darius. Madge se encogió de hombros, como única respuesta- Parece no andarse con tonterías, va al grano.

- No sé si es digna de confianza. Es… rara- comentó Madge, sin poder encontrar otro adjetivo mejor- Quiere que hablemos en privado.

- ¿Es rara?- dijo Darius entre risas- Si es del Capitolio, por supuesto.

- Quiere que me encuentre con ella. ¿Puede ser una trampa?- preguntó Madge. Esa breve pregunta había sido la única razón de su visita.

- Es posible, aunque lo veo poco probable. Esto sólo acaba de empezar, Madge- comentó Darius- No te matará, si es lo que temes, el presidente te dejó bastante claro que antes jugará un poco contigo. Ése es su estilo, es la esencia de los juegos del hambre: En lugar de fusilar a un grupo de adolescentes, les da una pequeña esperanza de que puedan sobrevivir.

- Si ésa es la opinión que tienes de los juegos del hambre y del presidente Snow ¿Por qué te hiciste agente de la paz?

- Ya no soy quién era. De todas formas, ésa es una historia para otro momento. Yo también tengo que decidir si eres de confianza- comentó Darius, con una sonrisa bromista a pesar de que Madge tenía la sensación de que sus palabras eran sinceras- Si quieres saber cuáles son las intenciones de esa periodista, ve al encuentro con ella y déjala hablar. Luego decidiremos.

Madge asintió, sin sorprenderse por aquel consejo. Sentía que había decidido asistir mucho antes de visitar a Darius, como si lo único que quisiera era una confirmación de que hacía bien.

- Si te da miedo, puedo vigilar vuestra conversación, para asegurarme de que no intenta hacerte daño- dijo Darius.

- Te lo agradecería- dijo Madge. Estuvieron varios segundos en silencio, Darius apagó el fuego de la hornilla y dejó a enfriar su salsa de tomate. Entonces, Madge se atrevió a decirle- Si me ayudas, estarías haciendo algo en contra del gobierno… es algo muy diferente a mantener opiniones adversas. ¿Por qué ahora?

Darius se encogió de hombros- Supongo que estaba esperando a que una adolescente fuera lo suficiente estúpida como para desafiar públicamente al presidente Snow y entonces, poder ayudarla- dijo con una sonrisa burlona que le quitaba acero a sus palabras. Madge asintió, sabiendo que merecía esas palabras y entonces, Darius añadió- Eso y música.

- ¿Música?- preguntó Madge confusa.

- El tipo de música que, escuchada en el momento adecuado de tu vida, te hace más valiente.

Darius alzó la mano, pidiéndole que le siguiera. Madge obedeció y él la llevó hacia el salón. Madge se sentó en el borde del sofá mientras Darius encendía el equipo de música.

- Esta canción está prohibida en todo Panem, si las escuchas, no hay vuelta atrás. Serás una criminal… ¿Estás preparada?- preguntó Darius, su natural sonrisa pícara en sus labios.

Madge se rió, sabiendo que ya había cruzado esa línea hacía mucho tiempo. Ya era una criminal, aunque el término le resultara ridículo. Madge asintió con la cabeza- No hay vuelta atrás- Se sentía intrigada. Ella adoraba la música, su piano había sido su más fiel compañía durante años. Escuchar una canción prohibida que, según Darius, podía hacer más valiente a un hombre... aquello era algo digno de escuchar. En sus dos largas conversaciones había descubierto que el carácter de Darius era normalmente bromista, así que imaginaba que su descripción de los efectos de aquella canción eran exagerados, aún así la intriga la envolvía por completó. Comenzaron a sonar las primeras notas y antes de poder escuchar las primeras palabras, Madge sintió por primera vez la convicción y la esperanza que todo rebelde debía poseer.

Canta el pueblo su canción, nadie la puede detener, ésta es la música del pueblo y no se deja someter. Si al latir tu corazón, oyes el eco del tambor, es que el futuro nacerá cuando salga el sol…

Madge jamás se había sentido tan viva ni tan rebelde como en aquel momento, acunada bajo aquella melodía. No era necesario dar razones de por qué estaba prohibida en Panem, las palabras y el ritmo de los tambores le llenaban de esperanza y crecía en ella la convicción de que el pueblo podía vencer y ser libre. La música, sin duda, podía agitar corazones y convertirse en el mayor peligro de la opresión.

Darius sonrió ante la expresión perpleja de Madge.

- Si alguna vez estás en peligro, canta y yo apareceré para salvarte- comentó. Madge no estaba segura de si hablaba en serio o bromeaba, así que se limitó a asentir, aún seducida por la canción.


Gale podía escuchar la risas de su hermana pequeña mientras que jugaba con Rory, pero todos sus sentidos estaban fijos en el pequeño papel que se había guardado en el bolsillo en cuanto Madge Undersee había abandonado la casa de Katniss.

Era una pequeña nota, escrita por alguien con poca paciencia, que le indicaba una hora y un lugar. Una cita, sin duda. Si era por razones románticos o por otros asuntos, Gale no estaba seguro. Aunque aquella exigencia de puntualidad parecía borrar la posibilidad de que fuera una cita romántica. Nadie que quisiera seducir a Madge, sería tan brusco con sus palabras. Parecía un encuentro de negocios, una cita para intercambiar secretos, quizás. Estaba comenzando a convencerse de que el extraño comportamiento de Madge no guardaba ninguna explicación razonable sino varios secretos enlazados. Gale no le había encontrado aún sentido a aquellos pequeños detalles pero estaba dispuesto a unirlos todos, como pequeñas piezas de puzzle, para poder así ver la imagen completa.

Necesitaba algo que le distrajera, que borrara los juegos del hambre de su mente. Intentó ordenar todo lo que le había resultado extraño sobre Madge Undersee: La noche que había pasado junto a un borracho, según sus propias palabras; el día en el que había faltado a clase a pesar de que el presidente estaba de visita (el cual se había mostrado molesto por la ausencia de Madge); su insinuación de que ella estaba ayudando a Katniss; su actitud casi indiferente ante la idea de que alguien la perseguía; la venta de muchos vestidos suyos y por último, aquella pequeña nota.

Gale Hawthorne odiaba los secretos.


N/A: Este capítulo es lo que ocurre cuando escribes mientras escuchas la banda sonora de Los Miserables. Supongo que muchos habréis reconocido la canción que Darius le enseña a Madge. Si ése no es el caso, os dejo un enlace. Empapaos en ella porque tendrá protagonismo en el fanfic, aunque dentro de algunos capítulos. He puesto la versión en español puesto que éste es un fanfic en español. La más famosa, por supuesto, es la versión en inglés. Aquí os dejo la versión española:

watch?v=JEEQwBYSr6o

Dan ganas de empezar una rebelión ¿eh? Si queréis escucharla en inglés, el título es: "Do you hear the people sing?"

Esta vez, mi única pregunta es: DARIUS! ¿Qué os ha parecido? Su entrada en el fanfic estaba prevista desde los inicios de los inicios, para que Madge tuviera alguien con quien discutir de sus asuntos en ausencia de Haymitch y Peeta. Como se explica en este capítulo, cuando Haymitch dijo en un capítulo anterior que "tenía oídos en cada esquina de este distrito" se refería a Darius (Pero Haymitch prefiere parecer omnipresente)

En el próximo episodio hay otro punto de giro considerable. ¡Nos leemos!