El amanecer se intuía por entre las cortinas de su habitación en la segunda planta del adosado. Debían de haber pasado horas desde su encuentro pero ella aún no había cerrado los ojos, no había sido capaz de dormirse, al contrario de él que había caído rendido en un profundo y placentero sueño que ella no lograba alcanzar. No era tampoco plenamente consciente de cuánto tiempo había pasado en esa posición, tumbada de lado con una mano bajo su mejilla observando dormir a un quietísimo Jane. Parecía tranquilo. No iba a decir que una noche de buen sexo con ella le había devuelto la paz a su vida, pero estaba dormido, al menos.

Ahora estaba extrañamente dormido y gloriosamente desnudo. Nunca le había visto sin ropa ni tan expuesto. Estaba boca arriba con el torso al descubierto y el brazo izquierdo cruzaba su abdomen para dejar su mano descansar flácida sobre el colchón; la sábana gris perla se ajustaba a su cintura cubriendo la parte inferior de su cuerpo, excepto por el pie que sobresalía. Su parte más íntima estaba pudorosamente tapada.

Su cabeza descansaba sobre la almohada girada hacia ella que lo miraba y remiraba escrutando cada centímetro de su cara, su prominente nariz, sus párpados, las líneas de expresión, las primeras arrugas que surcaban aquel rostro entrado ya en los cuarenta, los labios inexpresivos. Tenía el pelo revuelto y le hizo gracia comprobar que parecía un chiquillo de quince años con los rizos totalmente descontrolados y desperdigados en torno a su cara. Seguro que si pasaba la mano estaría enredado y sus dedos quedarían atrapados entre los manojos de pelo. Sonrió, no sabiendo bien por qué.

Sus manos eran milagrosas , hacía magia en más de un sentido, eran cálidas y traían consigo oleadas de calor y sosiego. Tenía brazos fuertes aunque nunca iba al gimnasio, un torso que parecía lejos de estar atiborrado a dulces y sándwiches, tenía una leve curva en el abdomen pero no estaba gordo y estaba lo suficientemente duro como para que pasar las manos por él fuera agradable.

Era curioso que Jane, que parecía siempre tan frágil tanto física como emocionalmente, pudiera, de hecho, tener ese cuerpo, abrazar con esa fuerza, soportar su dolor, dejarla sumergirse en él en busca de apoyo. ¿Quién era la débil?

La perspectiva de la muerte la hacía replantearse las cosas. No quería pasar al más allá sin volver a sentir el calor de un hombre, sin volver a sentirse querida y deseada, sin ser abrazada, al menos por una noche. De acuerdo, no era justo para la otra parte, sobre todo siendo una parte tan débil y emocionalmente trastornada como era Jane. Pero precisamente por eso él le venía de perlas. Él quizás necesitara aquello más que nadie, una liberación, una escapada a un mundo de pasión y fantasía que por unas horas disiparía todos sus problemas; mejor aún, era una escapada sin compromiso alguno. A los dos les vendría bien. Aunque Lisbon temía que le costara luego un sinfín de reproches hacia sí mismo y una dosis de culpa que tendría que afrontar solo si a ella llegara a pasarle algo.

Era egoísta por su parte hacer pasar a Jane por aquello, pero ya había sido muy generosa durante toda su vida y era hora de pensar en ella y que se fastidiaran un poco los demás. Sí, pensó con convicción. Era hora de ser un poco egoísta, y Jane ya había tenido su dosis de egocentrismo durante años, ahora era su turno. Necesitaba apoyarse en algo, en alguien, aunque aquello no fuera propio de ella, aun consciente de poder infligirle a Jane algo de dolor.

Entonces se incorporó despacio y se levantó de la cama con bastante agilidad, esperó un segundo, inmóvil, Jane no se había despertado. Sus pies desnudos se posaron en la moqueta que amortiguó los pasos que fue dando hasta la silla donde reposaba su camisola. Se la puso por la cabeza, agitó su larga melena para sacar el pelo de debajo de la ropa y salió de allí.


Jane no notó cuándo Lisbon salió de la habitación ni qué hora era o cuánto había dormido. No imaginaba a Lisbon preparando café y un desayuno de verdad la mañana después de tener sexo con un hombre, aunque a decir verdad nunca se había imaginado teniendo relaciones con Lisbon, ni con nadie. Había entrado en un acalorado inicio y ya nada importaba, no era capaz de parar, ni de alejarse del cuerpo de Lisbon que con tanta dedicación se había entregado al encuentro. No sabía qué pensar, qué hacer o a qué achacar el error…no, no error, locura. Era una locura lo que acababa de hacer. No sabía si sentirse bien o sentirse culpable, o liberado o… Se pasó las manos por el pelo antes de levantarse y medio vestirse. Bajó, sin siquiera haber pensado qué iba a hacer o decir, a buscar a Lisbon. No olía a café ni a nada.

La encontró en el salón, las puertas de la terraza estaban abiertas dejando entrar el aire de la mañana. Oh, sí, ya había amanecido, en el horizonte ya despuntaba el tan característico sol anaranjado de California, aunque quedaba una franja parecida al violeta. Era una bonita vista, aunque no tan bonita como la imagen de Lisbon. Estaba de pie con un pantalón corto y una blusa que parecía una carpa de circo de lo grande que era. Ahora sabía como era ella, en todos los sentidos que podía esperarse y sabía que era delgada y frágil, de hecho, había parecido tan pequeña entre sus brazos la noche anterior, tan delicada, pero no lo era, era fuerte, aunque estuviera pasando por una brecha. Estaba descalza, el pantalocito la hacía parecer más alta de lo que era dejando al descubierto sus bien entrenadas piernas, llevaba el pelo suelto y se abrazaba con los brazos, más por preocupación o soledad que por frío. Y miraba hacia afuera con la vista perdida, clavada en el horizonte.

No sabía si debía ir o no, pero él no era precisamente conocido por hacer lo que se suponía lo mejor. Hacía lo que a él le parecía y en ese momento aunque conociendo a Lisbon, y que quizás preferiría estar sola, se acercó. Bajó las escaleras lentamente, alargando el momento, como si dos segundos más le dieran suficiente tiempo para decir o hacer algo adecuado, pero no se le ocurría nada. Se acercó a Lisbon y sabía que ella había notado su presencia pero no movió un ápice de su cuerpo. Se quedó un instante mirándola.

Estaba completamente abstraída con aquel paisaje y aquel momento; el aire frío, el color y la luz, la tonalidad especial de aquella mañana como si fuera distinta de cualquier otra , la ciudad despertando a un nuevo día...y ella quería saborear todo aquello, pero notó enseguida la poderosa esencia de Jane junto a ella. No dijo nada. Se puso a su lado, muy pegado, mirándola de frente. De pronto sintió el calor de la mano de Jane. El consultor en un gesto íntimo, totalmente natural y casi sensual, pasó la mano por la nuca de Lisbon deslizando las yemas hacia arriba hasta enredar los dedos en su pelo. Ella cerró los ojos un instante, casi inconscientemente pero totalmente segura del tacto de Jane en su cuerpo, de su calidez, y suspiró. Giró la cabeza hacia él, sus miradas se encontraron y parecieron leerse el pensamiento. Ella tenía los ojos nublados, llenos de sentimientos y dolor. Moviéndose al unísono, él tiró de ella hacia él y ella se dejó llevar apoyándose en su pecho. Y entonces ocurrió algo impredecible, depositando su confianza en él, rindiéndose a tantos años de barreras autoimpuestas, Lisbon comenzó a llorar arrullada por el cuerpo de Jane.

Lisbon lloró hasta que se cansó a pesar de que lo hizo en silencio. Se mantuvieron varios minutos ahí de pie, sin decir nada, sin hacer nada. Jane sostenía a la agente y ella sollozaba haciendo que su cuerpo temblara entre sus brazos.

Quizás cuando terminara de desahogarse estaría mejor.

- Ven aquí, - dijo cuando notó que los sollozos habían remitido y la escuchó aspirar finalmente por la nariz e intentar separarse de él – tomarás un baño caliente y yo te esperaré abajo. Luego hablaremos.

Eso casi la hizo sonreír mientras la arrastraba al interior del baño, pero no le estaba haciendo gracia haberse derrumbado delante de él y que ahora intentara decirle lo que tenía que hacer.

- ¿Has tomado el mando? – preguntó con ironía.

- Ahora sí. Adentro.

La dejó sola después de llenar la bañera, comprobar que el agua estaba a buena temperatura e incluso se ofreció a añadir sales de baño. Quiso pegarle pero dejó que se fuera, parecía preocupado y eso era lo último que Lisbon habría querido, pero no consiguió evitarlo.