El Mentalista, esta maravillosa serie, no es mía. Pero espero que pronto lo sea...Bruno Heller y yo estamos en serias negociaciones.
Espero que les guste. Un saludo.
Capítulo 6: Miradas furtivas
Patrick y yo no hablamos más acerca de aquella noche, ni hablamos de lo que sentíamos o de si sentíamos algo, ni de a donde iba aquello, si es que iba a alguna parte, ni de lo que haríamos. Simplemente continuamos la aventura, continuamos viéndonos, disfrutando de la compañía mutua. Pero sin hablar acerca de ello.
Sólo nos dejamos llevar, por diversión, por salir de la rutina de nuestras vidas. Y era realmente excitante poder hacerlo, tener algo nuevo al llegar a casa, saber que él estaría en la oficina al día siguiente y que quizás por la noche podíamos ir a cenar juntos, fuera del CBI, fuera de nuestros papeles habituales. Definitivamente fuera de mi papel. Jamás en todos mis años de trabajo como policía salí con un compañero de manera tan íntima.
Vale, lo reconozco, era como el juguete que deseaba de pequeña y cuando me lo regalaban por navidad se convertía en la nueva ilusión de mi vida y cada día deseaba volver del colegio para jugar con él. Patrick Jane era mi juguete ahora. Pero, para ser justos, yo era el suyo. Estábamos al mismo nivel. Sin sentimientos, sin preocupaciones, sólo diversión, compañía, la satisfacción de saber que te puedes apoyar en alguien si algún día estás especialmente cansada, o incluso triste. Apoyo a otro nivel, un nivel más emocional, aunque sin ataduras de ningún tipo.
Y si nos pillaban no pasaba nada. Primero nos darían el alto, nos explicarían las normas y nos dirían que no lo hiciéramos más y nosotros acataríamos las normas y dejaríamos de hacerlo. Todos ganábamos. Aunque nadie tenía por qué enterarse. En el trabajo éramos totalmente discretos. Me estaba dejando llevar pero tampoco era que hubiera perdido el sentido común. El trabajo era sagrado y allí no pasaba nada. Nada que pudiera ponernos en peligro.
De vez en cuando había alguna que otra mirada de complicidad, una que otra discusión, nada fuera de lo normal. Jane a veces se quedaba hasta tarde esperándome y luego salíamos juntos del CBI, e íbamos a mi casa o a cenar por ahí. Tampoco era que estuviéramos todo el día metidos en mi habitación. Nuestra relación no era puramente sexual. Ante todo éramos amigos y hablábamos, bromeábamos, hacíamos apuestas sobre si Rigsby se atrevería o no a decirle a VanPelt lo que sentía por ella (perdí yo, por supuesto), incluso íbamos al cine. Sí, quizás cuando empezamos a hacer cosas de pareja debí olerme que algo no iba bien. A veces llegábamos juntos al trabajo, pero nadie parecía darse cuenta. No tenían por qué darle más importancia.
No éramos dos tortolitos enamorados que sentían la necesidad de verse y tocarse a todas horas. No nos hacíamos carantoñas, ni mucho menos nos besábamos. Excepto aquella vez…aunque técnicamente no estábamos en las oficinas del CBI sino en los aparcamientos, en mi coche.
Hey, Lisbon. Esta mañana me has salvado de una muerte segura…
Anda, no exageres. Como mucho te habrías llevado un puñetazo. Nada que tu nariz no pueda soportar.
¿Estás de broma? Esos motoristas eran unos matones sin escrúpulos. Me habrían machacado. Suerte que estabas allí.
Sí – bufé – suerte que estaba allí. Eso es para que la próxima vez no te metas en la boca del lobo.
Eres mi heroína.
Sí, espera… que me pongo las mallas.
Me puse el cinturón de seguridad.
Lisbon, acércate, escucha una cosa.
Levanté la cabeza. El ya estaba cerca de mí alzando una mano hacia mi cuello para besarme. Juntó sus labios con los míos de una manera tierna y suave. Era dulce y sus labios suaves…Cuando me di cuenta ya habíamos profundizado en el beso. Se separó de mí unos centímetros. Lo justo para susurrar en mi boca:
Gracias.
Me sonrió. Yo lo miré, metí las llaves en el contacto y conduje hasta casa una vez más.
Minelli te mataría si te pillara besándome en el coche como un adolescente.
Lo estoy viendo – miró en la distancia como si realmente se lo estuviera imaginando- Ningún chico es suficientemente bueno para mi Teresa. Aléjate de ella, malandrín.
Soltamos una carcajada.
¿Qué clase de palabra es malandrín? – pregunté con sorna. A veces Jane no parecía pertenecer a esta época. Para empezar ya nadie usaba chaleco como parte de un traje, usaba palabras como "malandrín" y tenía esa forma de comportarse, tan clásica a veces, ese humor negro, la forma en que gesticulaba con las manos...me recordaba a los antiguos caballeros ingleses. Jane era...un Sherlock Holmes moderno.
Mmm…Bueno, la clase de palabra que usaría Minelli para alguien que tenga intenciones con su hija – me miró sonriendo. Yo lo miré de reojo, con ambas manos sobre el volante y negué un poco con la cabeza para mí misma más que para él, ya inmersa en mis propios pensamientos.
Eres realmente extraño Patrick Jane…
Y así transcurrían nuestros días, normales. Bromas, miradas, enfados y reconciliaciones. A veces era increíble lo mucho que se parecía a una relación de pareja. Solía dejarme un bollo o una taza de café sobre mi escritorio. La primera vez con una nota. Las demás, ya no hizo falta. Lo hacía cuando nos habíamos quedado dormidos y yo no podía tomar mi café. Se escabullía unos minutos y lo traía mientras yo estaba en el baño o informando al equipo. Cuando llegaba me encontraba el café, sonreía y miraba a donde él estaba, fuera, en su sillón, porque sabía que era un detalle suyo. Y él miraba y me sonreía. Entonces yo me daba la vuelta y volvía al trabajo sin poder quitarme la sonrisa de los labios durante un buen rato.
Lisbon. Despierta, bella durmiente. Nos hemos dormido – salté de la cama fulminándolo con la mirada.
Oh, Dios. Es tu culpa, Jane.
Aquel día nos arreglamos lo más rápido que pudimos y nos encaminamos a toda velocidad al trabajo. Jane, puso la excusa. Buena, la verdad. Según él, su coche se había estropeado y me llamó a último momento para que lo fuera a buscar. Y por eso los dos llegábamos tarde. Coló, pero estuve de morros toda la mañana hasta que al entrar en mi despacho encontré un donut de chocolate y una gran taza de café.
Cuando hacía algo malo lo mandaba a casa, a su casa. Como cuando puso escuchas en el despacho de Sam. Dios, qué estupidez. Casi le cuesta la libertad y le dio igual. Me hizo amenazar a Bosco. Mi amigo, mi mentor, mi antiguo jefe. Tuve que sacar los trapos sucios por Jane, para poder salvarlo. Y él lo agradeció, pero no le importó. Pensaba seguir haciendo de las suyas. Me molestaba tanto que mi sacrificio no significara nada. Porque para mí era un sacrificio y una vergüenza tener que chantajear a un amigo a quien apreciaba y respetaba con cosas que ya no venían a cuento, cosas que pertenecían al pasado, y que en el pasado debían permanecer. La cara de tristeza y decepción con la que Sam me miró, no tenía precio…jamás podré quitármela de la cabeza. Jane se había pasado, como tantas otras veces. Tardé días en volver a hablarle.
Era increíble cómo con el paso del tiempo, con la intimidad y el acercamiento entre nosotros, Jane parecía convertirse en una persona distinta. No estábamos siempre juntos, y eran esos momentos solitarios en mi apartamento, frente a una copa de vino, y sin poder dejar de pensar en él, cuando comenzaba a hacerme ciertas preguntas. ¿Era un Patrick Jane nuevo el que dibujaba círculos con su dedo en mi espalda desnuda hasta que caía dormida, era una faceta nueva, recién descubierta, lo había sido siempre? ¿Cuánto duraría? ¿Desaparecería este Jane en cuanto las palabras "asesinato" y "Red John" volvieran a sonar? Claro que sí. Yo no había besado a un sapo para convertirlo en príncipe. Yo había besado al príncipe, y éste se convertiría en sapo en algún momento. Cuando el momento llegara la ternura se volvería frialdad y el encanto se tornaría en ira y rabia. Yo lo sabía. Había aprendido. Y lo había hecho lo suficiente como para saber que esto sólo era algo temporal. Sólo hasta que su enemigo volviera con renovadas energías y Jane saltara como un tigre sobre la posibilidad de atraparlo. Y eso me apenaba, casi me hacía daño. Y no el hecho de que acabara lo nuestro, si es que merecía esa calificación. Sino el hecho de no volver a verlo sonreír, de ver un Patrick herido, dolorido, destrozado, un hombre hundido en la autocompasión que no permite que nadie le ayude y al que nada le importa salvo una cosa. Pese a que me sacaba de mis casillas y había días en los que deseaba pegarle, días en los que deseaba mandarle de una patada a cualquiera que fuera el planeta del que procedía, a mí me gustaba el consultor sonriente, el que hacía comentarios chistosos, aunque a veces inapropiados, el que me hacía sonrojar y les ganaba dinero a los chicos en estúpidas apuestas o exhibiciones de alguno de sus trucos. El Patrick Jane al que, pese a todo había tomado cariño.
Y me dolía y esperaba con temor el momento en que Jane cambiara. Jane tenía habilidades, era un dolor en el culo, pero podía hacer grandes cosas y era un verdadera lástima que desperdiciara su tiempo sintiendo odio y rabia y culpabilidad. Porque supongo que eso acrecentaba su sed de venganza, la culpabilidad que sentía por la muerte de Annie y la pequeña. Y le honraba querer vengar a su familia y dedicar su vida a ello. Pero es que precisamente vida era lo que le faltaba. La estaba desperdiciando. No le importaba morir si así alguien cogía a John el Rojo. El rojo consumía su vida hasta límites inimaginables.
Aún no entiendo cómo un hombre capaz de ganar en un casino 250.000 dólares que luego utiliza para comprar regalos a sus compañeros y hacer donaciones a la beneficencia, para pagar el riñón de una mujer al borde de la muerte… un hombre que juega a las muñecas con una niña cuyo padre acaba de morir… que me pedía dinero para chocolatinas, podía de pronto convertirse en una sombra. Una sombra en la que si te fijas bien sólo hay dolor, puro dolor, nada más. Sí, dolor, desesperación, rabia…Nadie debería sentir tanto tormento en su interior.
Si tan sólo hubiera confiado en mí. Yo confiaba en él. Me dejé caer en sus brazos en la llamada "caída de confianza", para reforzar los lazos y todo ese rollo… Dejé que me llevara en su viejo coche, que él amaba aunque fuera una cafetera. Durante un largo camino, además.
¿Por qué se empañaba en pensar que estaba sólo en el mundo y que nadie lo entendía?
Porque yo lo entendía. Me parece que al final le entendí demasiado. Lo que pasaba es que no compartía su idea absurda de que como un loco psicópata se había obsesionado con él y había matado a su familia la culpa era suya y no merecía ser feliz, no merecía más que sufrimiento y flagelación hasta que alcanzara al culpable físico de su tragedia.
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P.S.: Ya sé...este capítulo no es gran cosa, pero mejorará.
