Capítulo VII: Raíces
Valora todo lo que tengas con todo tu corazón,
pues si lo pierdes,
te darás cuenta
de que serías capaz de darlo
para volver a tenerlo entre tus brazos
El niño leía el libro con gran interés y una sorprendente fluidez para su corta edad, sus ojos, de un increíble color esmeralda, pasaban rápido de línea. Tenía las pupilas rasgadas, como un gato, un curioso rasgo genético regalo de su abuela paterna. Aquellos ojos no dejaban indiferente a nadie, tanto para bien como para mal. Ya con su cara infantil, se intuía que iba a tener unos rasgos finos... se llevaba tantos tirones de mejilla, que solía tener éstas sonrosadas en ocasiones, y aun más cuando sonreía con aquella sonrisa tan dulce, parecía transmitir aquella felicidad a todo el mundo. Llevaba el pelo, de un brillante color negro, a media melena, y por más que su madre insistía en cortárselo, el niño no se dejaba, le gustaba tenerlo así... con un mechón cayendo entre los ojos, pero sin dificultarle la visión.
Su carácter, era algo poco común entre los niños de su edad, serio y muy responsable y unas ganas de conocimiento increíbles. Le atraía especialmente lo misterioso, lo oculto, la naturaleza y los animales. Y tenía un gran dominio y pasión por la música. Era como un adulto en miniatura, aunque como todo niño, hacía sus travesuras y se divertía con los demás. Por encima de todo, destacaba su timidez.
La gran habitación en la que se encontraba, estaba apenas iluminada con una lámpara, con la que el niño, que no debía tener ni 8 años, leía, o más bien devoraba el libro. Tan enfrascado estaba en esta lectura, que no se daba cuenta, que una sombra se acercaba a él lentamente desde la puerta... con paso sigiloso y paciente. El pequeño no se percató de esa presencia, hasta que fue demasiado tarde. Y unas manos agarraron con fuerza sus pequeños hombros.
- ¡BUH!- bramó la sombra, que no era otra que una niña más o menos de su edad, a su oído.
El crío pegó tal bote, que el libro salió volando de sus manos y él cayó dándose de costado contra el suelo.
- ¡Ahhhhh!
La niña, por su parte, empezó a partirse de risa dejándose caer al suelo. Sus cabellos, también de color negro le tapaban la cara y de sus ojos, de un azul zafiro, caían lágrimas de felicidad al tiempo que señalaba al niño. Le encantaban las bromas, ya fueran contra su amigo, su hermano, o quien fuera. No obstante también sabía ser seria, y era sumamente independiente, más incluso que su hermano. No permitía que hicieran nada por ella. Por otra parte, le apasionaban las historias de aventuras, con sus peleas épicas contra enemigos. Siempre ponía su máximo esfuerzo en los entrenamientos, no había duda de que tenía una gran voluntad, y unas grandes ganas de superación.
- ¡Deberías haber visto tu cara, Kyô!- decía entre carcajadas- ¡Ha sido de película! ¡Jajajaja!
El aludido se levantó hecho una furia llevándose una mano al corazón y otra al dolorido costado, en el que había recibido un golpe.
- ¡Serás capulla, Shara!- respondió este abalanzándose sobre ella.
La chica, entre tanta risa, no tuvo el tiempo suficiente para reaccionar, y Kyô cayó encima de ella reteniéndola con fuerza.
- ¡Te vas a enterar!- le dijo a Shara mientras esta forcejeaba por soltarse de él.
A pesar de que la pelea parecía ir en serio, ambos niños se divertían a su manera, disfrutando de esas largas vacaciones de verano, que alguna vez se veían interrumpidas por sus clases de música o defensa personal, un capricho de sus padres, que los jóvenes se tomaban bien. Es más, les gustaba, especialmente al niño de ojos verdes, que sentía una gran pasión por la música.
Tras un forcejeo, la chica consiguió zafarse de su amigo, y corrió hacia la puerta de la habitación entre risas constantes. El chico no tardó en seguirla con rapidez, pero poco tuvo que correr, pues, al alcanzar la puerta, Shara dio de bruces contra el suelo, y Kyô se detuvo en seco, mirando como un pequeño pie asomaba por la puerta justo antes de desaparecer y oír unas ruidosas carcajadas de un niño pequeño. El niño de ojos verdes se asomó al umbral para ver como otro niño, se partía de risa mientras su amiga, se retorcía en el suelo frotándose las rodillas.
El gracioso no era otro que John, hermano mellizo de Shara, cosa que saltaba a la vista por sus ojos azules y su pelo azabache, que solía llevar alocado y de punta... Nunca aceptaba que le trataran como a un niño, ni soportaba los constantes "Que monada" de los adultos. Cada vez que oía eso, apretaba los dientes y gritaba "¡No me llames así! ¡No soy ningún niño!" lo llevaba diciendo prácticamente desde que podía encadenar tantas palabras seguidas... Y esto a los adultos les hacía aun más gracia, cosa que enfadaba aun más al niño, con lo cual, se convertía en una especie de círculo vicioso, en el que John intentaba pegar a alguien. Tenía siempre un carácter sumamente rebelde, y le encantaba meterse en líos. Parecía increíble que fuera amigo de Kyô, un chico pacífico y tranquilo. En cuanto a Shara... bueno, se podría decir que era una mezcla de ambos.
- ¡Maldito cabrón!
La niña se puso en pie de un salto y trató de agarrar a Jonh, pero este la esquivó y se puso a correr como alma que lleva el diablo entre constantes carcajadas.
- ¡Atrápame, si puedes, nee-san!
Y automáticamente su hermana salió disparada detrás de él ante un asombrado Kyô, que no tardó en reaccionar y ponerse también a correr detrás de ellos.
- ¡Aun no he terminado contigo, Shara!
Los tres niños empezaros a perseguirse entre sí por los enormes y amplios pasillos de la mansión en la que se encontraban. Tan grande era, que apenas veían gente por donde pasaban. Quizá algún que otro sirviente, el cual veía pasar a los jóvenes sin sorprenderse nada, lo que hacía pensar que estas persecuciones eran habituales en ellos. Incluso alguno los esquivaba con verdadera destreza cuando pasaban a su lado, sin dejar caer nada de lo que llevaban encima.
Su carrera, con John delante, les llevó hacia uno de los pisos de abajo, donde, siguieron corriendo hasta doblar una esquina y el niño se dio de bruces con lo que parecía una columna de acero, seguido de su hermana y después de Kyô. Los tres cayeron al suelo uno encima del otro, y levantaron la vista...
Una inmensa figura de 2,20 de alto giró la cabeza hacia ellos, inclinándose para mirarlos a través de sus oscuras gafas, y con las manos a la espalda. La imagen de esa mole de músculos, impondría a cualquiera.
- Los señores de la casa, no quieren que los niños corran por los pasillos...- les advirtió con su autoritaria y gravísima voz.
El color abandonó automáticamente la cara de los 3 pequeños, que miraron con auténtico miedo al gigante antes de salir disparados hacia el lado opuesto, a una velocidad inverosímil para unas piernas tan cortas.
- ¡PERDOOOÓN!- gritaron los tres al unísono.
La carrera les llevó fuera de la casa, al enorme jardín que tenía cerca del bosque, pero con tal mala suerte que fueron a salir a un balcón al que le estaban reparando la barandilla, y la habían quitado. Kyô que iba el primero, consiguió reaccionar a tiempo y se detuvo justo en el borde, pero detrás llegó Shara, deteniéndose en seco, y agarrándole de manera automática al chocar con él, con lo que evitó que se cayera. Pero por último llegó Jonh...
Y los tres terminaron cayendo al suelo, no era una distancia muy grande, poco más de un metro, y abajo había césped. Kyô, al ir el primero fue el que se llevó la peor parte, pues ambos hermanos cayeron encima de él.
- ¡Au!- gritaron los dos hermanos, mientras el que estaba debajo notaba como se le vaciaban los pulmones de aire por el pequeño aplastamiento.
John, rodó a un lado después de caer y se levantó entre risas.
- ¡Jajaja!- -se rió- me habéis servido de colchón, ¡Gracias! ¡No me ha dolido nada!
Su hermana, en cuanto se encontró libre, se quitó de encima de Kyô y, aunque el golpe le había dolido algo más que a su hermano, no lo mostraba.
- ¡Maldito!- fue todo lo que dijo antes de echarse a la carrera tras su hermano pequeño.
Kyô por su parte se levantó y se quitó el césped y la arena de encima antes de ir tras ellos, a pesar del dolor en las costillas.
- ¡Os vais a enterar!- dijo corriendo ágil como una gacela tras los dos hermanos.
Y nuevamente, los tres amigos se comenzaron a perseguir, en esa ocasión por el jardín, despreocupados del mundo, y de lo que les traería el por venir, pensando, como todo niño pequeño, que el mundo era un lugar sencillo y agradable, donde las cosas malas, les pasaban a la gente mala.
Kyô, rápido como siempre, alcanzó al fin a Shara, y la agarró de la camisa, tirando de ella para detenerla.
- ¡Te tengo!
Su "presa", tropezó en plena carrera, y se agarró de forma automática a lo primero que cogió: los pantalones de su hermano. John perdió el equilibrio, y se llevó a su hermana al suelo, quien a su vez se llevó a Kyô. Los tres niños volvieron a besar el suelo.
- Jooo...- dijo Shara dolorida, con Kyô encima, y aun con los pantalones de su hermano agarrados- Eso duele...
Alzó la vista para mirar a su hermano, quien estaba forcejeando para soltarse de ella... tenía los pantalones bajados.
- Bonitos calzoncillos...- se empezó a reír sin parar.
- ¡Suelta, pervertida!- John consiguió soltarse y se subió de inmediato los pantalones, poniéndose acto seguido en pie.
El otro pequeño, se unió a las risas de su amiga, rodando a un lado para quitarse de encima de esta.
- ¡Eran de gatitos!- dijo, y se rió más.
- ¡Eran panteras, idiotas!- corrigió John cabreado- ¡Os vais a enterar!
Y mientras decía esto, se abalanzó sobre ellos como cierto felino. Shara se apartó para esquivarle, pero Kyô se quedó donde estaba, mirándolo con una sonrisa de suficiencia. Sus peleas, aunque amistosas, eran algo frecuente, y el que solía salir peor parado, era John, cosa que odiaba, y siempre buscaba la oportunidad de vencer a su amigo.
Shara no tardó en unirse a la amistosa pelea, en un "free for all" en el que ninguno daba tregua alguna a su adversario. Golpes, patadas, mordiscos y hasta alguna técnica de artes marciales, se veía en aquella pelea amistosa que se alargó durante unos cuantos minutos, hasta que los niños se cansaron, y se quedaron tumbados, mirando el cielo, y recuperando la respiración.
- Os he ganado a todos- fanfarroneó John dándose aires.
- Si te refieres a que eres el que más golpes te has llevado, no te vamos a quitar el puesto- afirmó Kyô con una sonrisa irónica.
Shara soltó una carcajada.
- ¿Siempre tienes una respuesta para todo?- preguntó el niño de ojos azules mosqueado.
- Para casi todo- suspiró su amigo.
- ¡Tch!- resopló el otro malhumorado. Esta palabra la solía usar siempre que se quedaba sin saber qué responder.
Hubo unos segundos de silencio, hasta que Shara se levantó como un resorte y exclamó:
- ¡Vamos al embarcadero! ¡Estamos cerca!- y sin esperar respuesta o reacción por parte de los sus dos amigos, se fue corriendo en dirección al rió que fluía cerca de la casa de los Kotsuken.
El río tenía el suficiente caudal para barcas, e incluso lanchas a motor. La familia Kotsuken solía utilizar aquel río para adentrarse en el bosque, o salir al mar abierto, donde les aguardaba un yate. A pesar de que les tenían dicho que no se acercaran ahí porque era peligroso, los niños, especialmente Shara y John desoían esos consejos y se montaban en la barca para fingir que eran piratas.
- ¡Espera un momen...!- intentaron advertirle los dos a la vez, pero un sonoro "Choff" les indicó que era demasiado tarde.
Y es que Shara solía montarse en la barca de un salto, sin bajar los escalones que llevaban al pequeño embarcadero. Pero aquel día sus padres habían salido con ella, y el chapuzón fue inevitable.
Los dos chicos se acercaron corriendo y al llegar vieron como emergía del agua soltando toda clase de tacos mientras chapoteaba como un perrito para mantenerse a flote. John y Kyô la miraron, se miraron el uno al otro, la volvieron a mirar, y finalmente estallaron en carcajadas hasta caer rodando al suelo. Shara dejó de maldecir y les miró con cara de pocos amigos, pero inmediatamente cambió la expresión por otra que nada bueno auguraba y se metió bajo el agua.
- ¿Dónde se ha metido?- preguntó John cuando consiguió parar de reírse.
Kyô se reincorporó sacudiéndose la ropa y miró al lago en aparente calma. Algo le hizo temerse lo peor.
- N... no está...
- ¡Mierda!- John bajo las escaleras corriendo, seguido de Kyô, ahora ambos tenían una expresión de preocupación en el rostro.
Se asomaron al agua, esperando verla salir bromeando de un momento a otro, y lo cierto es que no tuvieron que esperar demasiado, pues enseguida salió la niña a lo bestia del agua cogiendo a John por los pantalones y tirando de él, y de vuelta al "efecto mariposa" John agarró automáticamente a su amigo, y los tres terminaron en el agua.
- ¡Jajaja!- reía Shara mientras su hermano y su amigo salían a la superficie tan calados como ella- ¡Quien ríe el último, ríe mejor!
Minutos más tarde estaban los tres al sol, tumbados en la hierba, con un aspecto bastante sucio, pues al salir del agua, habían empezado otra de sus peleas amistosas y ahora descansaban.
- ¿Repetimos?- propuso Shara- Tengo que volver a tiraros de esa manera- rió.
- Ni hablar- dijo su hermano poniendo mala cara.
Kyô se sentó frotándose los brazos para quitarse el barro seco.
- No ibas a poder- aseguró- Mira como nos has puesto a todos... ya verás cuando nos vean nuestros p...
- ¿Qué habéis hecho para poneros así?
Una voz femenina, les hizo ponerse en pie a los tres como un resorte. Se trataba de Asdis, la madre de Kyô, una nórdica que se había ganado el mote de "Reina de las Nieves" no por su crueldad, pues la mujer era muy buena, si no por su aspecto.
Alta, de piel pálida, muy pálida además de suave y limpia. Sus cabellos eran de un rubio dorado y los ojos de un color esmeralda profundo, como los de su hijo. La belleza de la mujer era totalmente indiscutible, no dejaba indiferente a nadie. Aquel aspecto, junto con el significado de su nombre "Espíritu Divino" o "Diosa" la habían llamado a ganarse aquel mote, que la mujer siempre recibía con una sonrisa.
- ¿Debajo de toda esa mugre está mi hijo?- la secundó una voz masculina.
Era Daisuke, el marido de Asdis, y padre de Kyô. El hombre no tenía nada que envidiar a su esposa. De padre japonés y madre española, concretamente del País Vasco, era algo más alto que ella. De cuerpo fino, pero atlético. Sus cabellos eran de un color negro carbón brillante, como los de los indios americanos. Sus ojos eran de un tono que parecía dorado, especialmente cuando le daba la luz del sol. No era tan pálido como la mujer, pero su piel era más blanca que la media. Su carácter era serio, pero no severo. Su apodo, debido a sus rasgos finos y su aparente delgadez era "El Elfo" o "El Elfo del Bosque". Odiaba ambos motes y muchos se lo decían solo para ver como reaccionaba.
- ¡Yo no he sido!- John fue el primero en hablar- Sea lo que sea ¡Y menos esto! ¡La loca de Shara nos tiró al río!- dijo señalándola.
La niña por su parte se lanzó sobre él y comenzaron a pegarse hasta que vino Daisuke y les separó con facilidad.
- Fue un "accidente"- explicó Kyô a su madre sin hacer caso a los otros niños- Shara se tiró a la barca como ella suele hacer... solo que no había barca. John y yo nos reímos y Shara hizo la gracia y acabó por tirarnos a ambos al agua.
- Ya veo- dijo ella con una sonrisa- siempre estáis igual... vamos a casa, que tenéis que limpiaros, además, os estábamos buscando- informó a los niños, quieres les miraban con cara de culpabilidad por su aspecto- Michael-kun nos dijo que os topasteis con él y salisteis corriendo al jardín, seguramente.
- De todas formas, era bastante lógico estando la casa tan tranquila- comentó Daisuke ya soltando a los otros dos- En marcha.
Unos minutos después, y ya limpios se encontraban en la sala de música.. El motivo por el que les buscaban era porque habían venido sus profesores de música. John, aunque al principio algo mosqueado, pues no le gustaba estudiar ni nada que se le pareciera, cambió de actitud al saber que le tocaba sesión de batería y guitarra. El piano y el violín nunca le habían gustado, justo al contrario que su amigo Kyô. Shara disfrutaba de cualquier instrumento, pero el piano era su favorito.
- ¡Vamos a tocar a lo bestia!- exclamó John mientras tocaba con gran energía el tambor de la batería- ¡Venga!
Kyô se tapó los oídos e hizo una mueca ante tal estruendo. Por mucho que le gustara, a John se le daba mejor la guitarra que la batería.
- Le he dicho mil veces que así no se toca, señorito Kotsuken- advirtió su profesor- Hay que empezar con calma.
Por respuesta el niño infló los mofletes, disgustado, pero paró.
En el comedor estaban los padres reunidos, los Shintenshi y los Kotsuken, hablando de temas sin relativa importancia.
Los Kotsuken se sentaban enfrente de los Shintenshi y eran también una pareja poco frecuente. El padre, llamado Kitsune era alto y corpulento, con el pelo largo y recogido en una coleta castaña, y los ojos de un color azul zafiro. Era un hombre atractivo y un tipo alegre, bastante bromista, le gustaba tomar el pelo a la gente, especialmente a Daisuke. Pero también sabía ser muy serio cuando la situación lo requería. Su abuelo, japonés, se había casado con una española, al igual que su hijo. Kitsune había encontrado el amor con una japonesa especialmente bella; Sentsuki.
Sentsuki era una mujer de aspecto fuerte, algo realmente extraño en una mujer de su país, carácter severo y muy segura de si misma. Sabía imponer muy bien. Su pelo oscuro reflejaba tonos rojizos, apenas perceptibles y sus ojos grises podían ser tan hermosos como fríos. Todo aquel que la conociera sabría que meterse con ella es un terrible error. Y todo aquel que la conociera mejor, sabría que también era una mujer cariñosa y amable. De alguna manera, el fuego y el hielo convivían en su interior.
- Debemos vigilarlos más- dijo Kitsune- podrían haberse ahogado...
- No digas bobadas- dijo Sentsuki- saben nadar desde hace tiempo.
La conversación había girado en torno a eso desde hace rato.
- Van a cumplir 8 años- dijo Daisuke- son unos niños, yo también creo que ha sido peligroso.
- Siempre que les ponemos vigilancia terminan burlándola- recordó Asdis- No se como lo hacen.
Sentsuki suspiró.
- El agua les llegaría por la cintura, y es un río tranquilo ¿No estáis sacando las cosas de quicio?
- ¡Son nuestros hijos!- exclamó Daisuke- es normal que nos preocupemos por ellos.
- Por eso precisamente se que no les pasará nada- resopló la mujer.
- Pones demasiada confianza- dijo Kitsune- por muy listos que sean, siguen siendo niños.
Asdis trató de calmar el ambiente.
- Hablaremos con ellos, seguro que lo entenderán.
Al final acordaron hacer eso, puede que los jóvenes Kotsuken no les hicieran mcuho caso, pero el niño Shintenshi era más responsable que ellos, y sabría contenerlos.
Ambas parejas cambiaron de tema, y se pusieron a hablar de otras cosas. Desde que se habían conocido, se habían llevado muy bien, incluso Asdis había dado la sugerencia para los nombres de los mellizos. Nombres que estaban inspirados en una antigua leyenda del norte. Su propio hijo también llevaba el nombre de uno de los protagonistas...
Los Guardianes Divinos
Cuenta la leyenda, que hace mucho tiempo, cuando los Dioses eran algo más que una leyenda o un cuento para los mortales, ocurrió algo que cambiaría el mundo para siempre.. Eran tiempos difíciles, pues también los demonios eran más que cuentos para asustar a los niños y las luchas eran frecuentes.
En aquellos oscuros tiempos, nacieron dos niños, que los Dioses nombraron como elegidos para el fin de ese tiempo de guerras. Johnlantas y Sharanna, dos hermosos bebés, un niño y una niña mellizos nacidos en el seno de una familia de alto estatus y eligieron a un Ángel guardián para que les cuidara, su nombre era Kyôcypher, el más poderoso y bello de ellos.
Gracias a ellos y a su poder unido, siempre cuidados por el ángel, las guerras se redujeron hasta casi desaparecer. Durante los largos años que tardaron en lograr esto, su relación cambió mucho, y Kyôcypher no pudo evitar caer enamorado de Sharanna, que se había convertido en una poderosa, noble, y bella mujer. Johnlantas se percató de aquello, y aunque terminó habiendo cierta rivalidad entre él y el Ángel, su hermana siempre evitaba que llegaran a más, pues débil estabilidad del mundo dependía de ellos.
Pero el mundo se tambaleaba, herido de muerte por la sangre derramada en su superficie por tantos años. Los dos hermanos, ya crecidos sabían que tenían que dar con una solución de inmediato, o si no todo por lo que habían luchado se derrumbaría.
Y no tardaron en dar con ello... dividirían el mundo en 5 partes, aislando mortales de Dioses y Demonios:
Tierra: Donde los mortales vivirían su vida hasta su fin.
Sociedad de Almas: El puente entre la Tierra y el Cielo, donde acudirían las almas puras de los mortales.
Cielo: El hogar de los Dioses.
Hueco Mundo: Puente entre la Tierra y el Infierno. Un lugar donde destinaban a las almas que se habían perdido en su tránsito a la Sociedad de Almas.
Y por último, Infierno: Hogar de los Demonios, y cárcel para aquellos mortales que hubieran cometido pecados imperdonables en vida.
El poder de los hermanos, junto con el del Ángel, era altísimo, pero el riesgo era aún más grande, y lo sabían. Y también sabían que era la única solución. Así pues, a la medianoche de un 4 de Octubre se reunieron bajo la luz de una luna nueva, justo en el corazón de Gea, situado en un enorme castillo, perdido en el mundo y comenzaron a pronunciar un hechizo que les había llevado preparar 5 años.
Todo parecía ir bien, el mundo se partía y se resquebrajaba en cinco partes estables, pero las fuerzas de los tres iban mermando a cada día que pasaba. Él Ángel, que veía como ambos humanos se debilitaban cada vez más, usó su fuente vital para ayudarlos, pero incluso para él era demasiado. Faltaban solo unos minutos para que todo se acabara, pero si seguía así, Kyôcypher moriría.
Y Sharannara conocía este hecho. Eligió su corazón antes que su vida, y rechazó la energía del Ángel antes de que este sucumbiera... pagándolo con la vida.
El hechizo se completó y el mundo quedó dividido en cinco, pero Sharanna estaba muerta.
Johnlantas, a pesar de lo agotado que estaba, lloró por su hermana, y culpó al Ángel de su muerte. Pero al levantar la vista, se cortó de repente sorprendido al ver a Kyôchyper derramando aún más lágrimas que él. El Ángel, aun agotado recogió en cuerpo de la muchacha en sus brazos, y alzó el vuelo.
El joven Johnlantas, creyendo que se la llevaba para siempre cogió fuerzas de la nada, y corrió castillo arriba, hasta llegar a la torre más alta. Entonces lo vio.
Las alas del Ángel perdían sus plumas, y su luminosidad daba paso a la oscuridad. Su aureola daba paso a dos enormes cuernos, y una cola de demonio. Johanlantas sabía lo que había pasado, Kyocypher había cometido un pecado imperdible: contrariar a los dioses, devolviendo a la vida a su hermana.
Y así mientras las alas del Ángel de deshacían para dar paso a dos alas de Demonio, el corazón de Sharanna volvía a latir, y su salvador se convertía en un Ángel Caído.
Los tres, a pesar de que uno de ellos estaba maldito consiguieron restablecer la paz y el equilibrio en el mundo salvándole de la destrucción. Tanto Mortales como Dioses, los llamaron, "Los Guardianes de los Espíritus" siempre velando por el bien de los cinco mundos, y apartando los unos de los otros hasta nuestros días.
