Generalmente el final de un día de pesadilla solía pasarlo en compañía de William, los dos juntos, tomando una copa ya fuera allá en la salita del despacho del Banco de Chicago o en la biblioteca de la residencia Ardley en la ciudad; pero aquel día no fue así: ese día permanecí sólo, al pie mismo de la tumba de Rosemary, rumiando pensamientos que abarcaban desde el pasado lejano, hasta un futuro que no había ocurrido. Hacía rato que la mayor parte de los asistentes se había retirado y tan sólo quedaban los invitados más especiales y queridos de los novios, porque pasarían esa noche y el resto del fin de semana en la mansión, disfrutando de un programa que la señorita Annie y el señor Archibald habían planeado; en aquel momento no pude evitar sentirme como un anciano.

Escuché a lo lejos la solemne melodía de las gaitas dando la bienvenida al ocaso y, sin poder evitarlo, pensé en Escocia: William y la señora Candy se dirigían hacia allá en ese momento para pasar su luna de miel y para cumplir con el protocolo que exigía al laird presentar a su esposa al resto del clan. No pude evitar sonreír, porque estaba seguro de que la señora Candy sería una verdadera sorpresa para todos, tal y como lo había sido para nosotros en el pasado; sólo esperaba, de todo corazón, que los Ardley sobrevivieran al tornado que los arrasaría desde América.

Ocho menos cuarto y contando. Imaginé que el tren debía estar por partir y, para entonces, yo podía apostar que William estaría sufriendo de dolor de cabeza y lo estaría ocultando tras una brillante sonrisa; la señora Candy puede llegar a ser demasiado hablantina y sin duda habría insistido en comentar todo cuanto sucedió en la ceremonia. Ella suele ser bastante entusiasta y posee la cualidad de ver el mundo con los ojos de un niño y yo no tenía ninguna duda respecto a que guardaría celosamente en su corazón cada una de las anécdotas de la jornada. Yo no poseo su visión del mundo; pero ese día me había parecido mágico a mí también, por eso estaba ahí, ante la tumba de Rosemary, agradeciéndole el haberme ayudado a cuidar de William desde el cielo todos esos años.

Recordé la primera vez que me había enterado de la existencia de Candy, de eso hacía más de una década. William había salido de la mansión hecho una furia y con los ojos rasados de lágrimas; la señora Aloy y él habían discutido por enésima ocasión y la muerte de Rosemary estaba aún muy reciente, así que en vez de seguirlo y obligarlo a regresar, le permití escapar; sentí que se merecía un momento sólo para él porque en aquel entonces no era más que un niño obligado a vivir la vida de un adulto y a comportarse a la altura de circunstancias que habrían quebrado a hombres hechos y derechos. Aquellos días William solía refugiarse en la vestimenta escocesa porque detestaba América: había sido arrancado del hogar que siempre había conocido para ser trasladado a una elegante prisión perdida en un país que no era el suyo. A mí me dolía no poder hacer más por él, pero entendía perfectamente las razones de madame Aloy y la promesa que latía en el único sobreviviente de una familia que ya no existía más: él no era libre; ni su padre ni su abuelo lo habían sido, y yo me atormentaba porque no sabía cómo hacerle comprender eso a un adolescente que comenzaba a descubrir el mundo; sin embargo, la respuesta a mi dilema llegó mucho antes de lo esperado, de la mano de quien, nunca lo imaginé, acabaría por convertirse en la persona más importante en el mundo para él.

Gracias a una pequeña de ojos verdes que conoció en una colina, William regresó con una sonrisa en el rostro y dispuesto a guardar en el baúl no sólo el kilt y la gaita, sino también su rebeldía y su rechazo a su destino. Él no dijo mucho entonces; de hecho, jamás ha dicho nada excepto lo relativo a la graciosa frase de "caracoles arrastrandose", la risa cantarina y la mirada de una niña con los ojos verdes más espectacularmente vivos que había conocido; pero sé que hay más de lo que ni siquiera me puedo imaginar, porque, aún ahora, la risa de Candy es el único escudo que William necesita para enfrentar la vida con optimismo.

En aquel día que terminaba, dí la vuelta a la página, al pasado, a mis deberes que a partir de ahora serían distintos y nuevos, y me alejé con rumbo a la mansión, agradeciendo la bendición de que William y Candy estuvieran juntos al fin, después de tantos altibajos, de tantos obstáculos, de aquel lamentable incidente que estuvo a punto de terminar con la vida de la señora Candy y que, gracias al señorito Leegan, es tan sólo un mal recuerdo. En aquel instante, mientras la tumba de Rosemary quedaba detrás mío y el sol emitía su último destello supe que, dos de las personas que más quería en el mundo, serían felices.