Mardy Bum
Arctic Monkeys
7. Hospital
Lo siguiente que pasó, ocurrió muy rápido, muy inesperado.
Ahora si lo sabía, ya lo sabía, ya se lo había imaginado todo. Harry ya sabía porqué Hermione no se acercaba a Grimmauld Place y porqué esa noche le había borrado la memoria.
Al menos, ese era uno de sus temores.
Miró la cara de Harry, inexpresiva, o quizá con emociones encontradas. Pálido y estático frente a ella. Se armó rápido de valor para observar a un Sirius tembloroso y aturdido.
Luego miró a la señora Weasley a los ojos, consiente que no había contestado la pregunta (al menos no con sus palabras), con el mismo terror, miró el piso con la vista empañada del mismo ensimismamiento.
Pasó veloz junto a la señora Weasley, y luego sus hombros chocaron con los de Sirius y Harry.
Y a Harry todo le pareció ir en cámara lenta. El segundo eterno en que ella se paseó a su lado, en el que la miró. Cuando Sirius dio un puñetazo en la pared y gritó algo que no entendió. Cuando el mismo se echó a correr tras ella, cuando la señora Weasley había soltado un sollozo con el rostro más confundido que nunca.
Ahí estaba él, solo de nuevo, helado, mirando las palmas de sus manos, blandas y temblorosas, y de pronto dejó de conocer todo lo que tenía alrededor. Todo lo que creía que le pertenecía, todo lo que creía que podía cambiar de joven, en un abrir y cerrar de ojos, cuando era dueño de todo lo que quisiese, cuando solo necesitaba de James para ser feliz, cuando jugaba todos los días con cosas peligrosas, hasta con su vida, y nunca sufría las consecuencias. Ahora estaba viejo, y estaba echando a perder lo poco que quería y tenía valor para él.
Joder James, ojalá estuvieras aquí. Pero no claro, a ti se te hace más fácil estarte pudriendo con los gusanos.
Sin pensar (de nuevo), salió de esa casa lo más rápido que pudo. Al lugar que lo llevaran sus pies.
Todas las personas que estaban reunidas bailando, se habían acoplado en la sala de estar por la leve llovizna que acababa de comenzar. Hermione apenas lo notó, con el bolso de cuentas en la mano hecho casi servilleta, empujó a varios que obstruían su paso entre la salida y ella. Muchas caras se giraron, confundidos, y más consternados aún cuando vieron a Sirius con un montón de venas saltando sobre su frente pálida. Los ojos los tenía feroces y desorbitados. Y el niño que vivió iba corriendo tras ellos.
-¿Qué pasa?-fue lo último que Sirius escuchó antes de salir. No vio su cara, pero si supo que era la voz de Remus.
Patricia tuvo la intención de correr tras Sirius, quería saber porque iba tan alterado. Quería ser la dueña de su atención, porque su ego subía hasta el cielo con solo que él se aproximase a saludarla. Entonces, Remus la tomó por la muñeca, y con los ojos, le imploró que se quedara ahí.
**
Corría y corría, con las manos alrededor de su cuerpo dándose impulso para no frenar el trote. Las piernas le temblaban por el frío y por sus pensamientos. En otra ocasión, se hubiera detenido al escuchar a Harry llamándola, pero en ese mismo instante, escucharlo la hacía alejarse más, porque sabía que si se quedaba junto a él, se sentiría más culpable y más jodidamente cruel por corromperlo de esa manera.
Seguía corriendo, hasta que un momento perdió la noción del tiempo y de la distancia que había corrido lejos de Harry, no sabía donde estaba, los edificios y las casas que pasaban por sus costados ya no eran familiares, pero no estaba preocupada por perderse, su varita estaba en su bolso, y a Harry ya lo había perdido de vista, ya no escuchaba su voz cruda, llamándola. Cuando sus piernas ya no respondían, y sus manos querían dejar de balancearse, tuvo que frenar, paró por un callejón un poco solitario, solo habían unos cuantos hombres y mujeres asomándose por las ventanas de sus casas para después bajar las cortinas e inundarse de la ansiada privacidad. Apoyó su mano sobre la pared frontal de una cafetería ya cerrada, y tratando de recuperar el aliento, respiró profundo.
Pegó su espalda a la pared, aliviada que tuviera algo en lo que apoyarse, y lentamente se deslizó hasta quedar sentada abrazando sus rodillas contra su pecho.
**
Cuando por fin había llegado a la mansión, se adentró entre el corredor, con mucha lentitud, sintiendo pesas en cada pie. El cerebro parecía gruñir para que lo dejara descansar, pero inconscientemente no podía. Trabajaba cada segundo, mandándole ideas sobre todo lo que acababa de suceder.
Arrastrado, subió los escalones, mientras la madera crujía bajo él. Llegó al primer cuarto, al que nunca entraba solo si fuese realmente menester. Empujó la puerta y se dejó caer al piso, pegando su espalda al papel tapiz que dibujaba las caras orgullosas del viejo árbol Black.
Se llevó las manos a ambos lados de su cabeza, cerrando los ojos con mucha fuerza, mientras estrujaba su larga cabellera negra entre sus dedos.
No lo podía negar.
Quería más de ella. De esa engreída sabelotodo. Quería estrujarla contra él cómo hacía un mes.
Era curioso atreverse a pensar, qué una parte de él estaba con ella en ese instante.
**
Hermione apareció justo en donde deseaba estar, sola en su habitación, dando gracias a Dios que sus padres hubieran salido, porque cada puto minuto y segundo que marcaba el reloj, se sentía más miserable, más insignificante. Mientras, se dejó caer en la suave cama impregnada de su aroma a vainilla.
Tenía muchas cosas que pensar, tenía que analizar y digerir la idea de lo que probablemente viajaba con ella.
Sirius paseando las manos venenosas y morenas sobre sus caderas.
Se revolvió sobre la cama y las sábanas lo más rápido que pudo, para así borrarlo de su cabeza. Borrar cada centímetro que aquel había tocado. Pero no quería, quería que el apareciera mágicamente por la puerta se su cuarto, empapado por la lluvia, quería que le dijera que todo iba estar bien, que el estaría ahí a pesar de que el mundo se les echara encima.
Claro, eso no dejaba de ser un deseo loco. E inmaduro.
Sabía que Sirius nunca aparecería en su habitación, y menos ese mismo día. Físicamente Sirius era un hombre, hecho y derecho, cómo decía su madre, pero su manera de actuar casi siempre era igual que la de Harry o Ron.
Patricia había entrado a la vida de Sirius. Y estaba celosa. No quería ni imaginárselos cerca.
El nudo el la garganta seguía ahí, haciéndose cada vez más grande, hasta hacer más difícil el paso de su saliva a través de ella.
Que estaría pensando. ¿Estaría triste, feliz, vacío, confundido, enojado, espantado?
¿Se arrepentiría de todo? Todo.
Empezó a llorar como si de eso dependiera su vida.
Al cabo de un rato, había llorado tanto, que se había olvidado del malestar entre el estómago y el vientre.
**
Su cabeza luchaba internamente, entre ir y no ir a buscarla. Se asustó con solo darse cuenta que entre sus planes, estaba ir a buscarla.
Su cintura estaba tan bien formada, que pudiera haber deslizado cualquier cosa por ella, sin entorpecer el camino. Y esos senos tan tiernos entre sus manos. No podía contenerse ya. Y el licor era su justificación.
Pensar le hacía mal. Se paró y tomó su abrigo del picaporte de la puerta, salió disparado fuera de la habitación, dando un portazo.
No tenía idea de donde podía estar ella. Ni quería imaginársela todavía. Como siempre, dejaría que las cosas pasaran solas. No había pasado demasiado tiempo, y no podía haber ido muy lejos, aunque más tarde, cuando ya había pasado por el parque central de Grimmauld Place, recordó que Hermione llevaba consigo su varita.
¿Ni siquiera para huir podía ser imperfecta?
Boba engreída. Qué se había creído.
Al pasar frente a unos autos estacionados, recordó el auto de la aludida. Inmediatamente, se escondió en uno de los callejones que sobraban entre un edificio y otro, sacó su varita no sin antes percatarse que no hubiera nadie. Además ya era algo tarde, y aunque ya había cesado la lluvia, el clima estaba muy templado, y las personas estaban calentitas en sus casas, sin ningún problema aguardándoles fuera. Cerró los ojos y apretó la varita entre sus dedos, se concentró y pensó en el apartamento que ambas amigas habían compartido.
Sintió como si una fuerza lo jalara de la espalda, y lo sacudiera a miles de kilómetros en un instante. Se mareó un poco. Tenía mucho de no aparecerse y desaparecerse. Efectivamente, cuando levantó los parpados, divisó la puerta con un numero diez en el centro. Avanzó, temeroso, dio una vuelta sobre si mismo para buscar el auto con la vista, pero éste no estaba.
Avanzó dando zancadas hasta la puerta, dio puñetazos y al no contestar nadie, se imaginó que Ginny seguía con los Tonks, asustada cómo los demás, preguntándose donde estaban ellos.
Miró de reojo por ambos costados, y suavemente apuntó a la puerta con su varita al regresar la vista al frente. De su varita salieron unas chispas blancas azuladas, y la puerta se abrió de un crack, mágico y sonoro.
Dentro no había nadie. Y el único sonido que penetraba dentro era el amortiguado ruido de las calles.
Desesperado, se dejó caer sobre uno de los sofás.
Rebuscó entre lo más recóndito de su mente, algún lugar o alguna pista que le dijera sobre su paradero. Pero nada. No había nada más que el presente y vivo recuerdo del aroma de vainilla de su cabello, impregnándose en su nariz.
Sacudió la cabeza, y se desordenó el cabello con las manos. Respiró hondo y tomó fuerzas para seguir buscando.
Al levantarse, pasó rosando con su pierna, la mesita de noche que estaba en el centro de la salita, y la seda que la cubría se enredó en sus pantalones, resbalando y botando los retratos que descansaban encima.
Se agachó y tomó el primer retrato.
Uno era una foto mágica, en donde Ginny sonreía con Arthur y Molly, al perecer en una navidad de hacía años, puesto que Arthur llevaba un gracioso sombrero peludo de color verde y rojo. Colocó el retrato sobre la mesita, y se agachó para recoger el otro.
En la foto estática, estaban los padres de Hermione, ambos con una gabacha blanca luciendo como una especie de médicos muggles. Y entre ellos dos, había una niña muy pequeña, pecosa, y con el cabello castaño más enmarañado que la palabra.
Cómo había sido tan estúpido. Era tan obvio.
Hermione no había ido a Grimmauld Place, hasta pecado era imaginarse que ella tuviera el valor para asomarse a aquel sombrío lugar. Era obvio también que no podía estar en Hogwarts, pues estaba demasiado lejos y la única manera de llegar ahí rápidamente, era apareciéndose, pero en aquel hermoso castillo, nadie más que Dumbledore y los elfos, podían hacerlo.
Estaba en la casa de sus padres.
Ahora él tenía que ir donde ella, enfrentar a sus furiosos padres, y sacarla de ahí.
No sabía como, pero supuso que la única manera de aclarar su mente, era estando ellos dos, solos, sin nadie que interfiriera en sus decisiones.
Cuando ya se había atravesado la mitad del camino de regreso, trató de recordar bien la posición exacta de la casa. Pero fue bastante inútil, porque solo había ido una tan sola vez, de noche, cuando había recogido a Harry.
Pensó en varios lugares que le parecían similares. Y al primer crack, lo primero que vio fueron unos edificios enormes, y muy alumbrados, inundados de muggles caminando por todos lados. Había fracasado al aparecerse en el centro de la ciudad.
Todos caminaban tan rápido, que ni notaron cuando el se desapareció.
Estaba de vuelta en el mismo lugar que había partido. Y para su suerte, su maldita suerte, había regresado la lluvia, doblemente intensa. Los truenos lo hacían estremecerse un poco, y tiritar de frío. Se abrochó bien el abrigo negro, y comenzó a caminar.
Las calles por ahí, estaban muy solitarias, y las luces de los postes parpadeaban por la tormenta. Sabía que si se protegía de la lluvia con magia, cualquier muggle podría verlo t espantarse. La lluvia mojando su cabello negro azabache, no le estorbaba, porque ni siquiera estaba concentrado en la manea que la lluvia azotaba.
Siguió caminando, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo, sosteniendo su varita con fuerza.
Levantó la vista al chocar con un poste de un anuncio publicitario. Estaba parado frente a una cafetería cerrada. Se giró para examinar bien el pasaje, y descubrió unas casas con el mismo estilo que le parecieron familiares. Echó otro vistazo a la derecha y uno más a la izquierda. Entonces, abrumado, sintió una punzada en el corazón. Estaba mirando la casa de Hermione, justo enfrente.
Tenía mucho de no sentir ese terror embargarlo.
Se quedo un rato parado frente a la puerta principal, pasmado, contemplando su propia sobra bajo la lluvia.
Los padres de Hermione iban a querer asesinarlo. Hermione de seguro ya les había contado todo. ¿Y qué iba decir? Hola, sí, yo soy el hombre que se acostó con su hija. Sí ese mismo, el padrino de su ex novio.
Extendió la mano para tocar el timbre que estaba al lado del umbral.
Esperó.
Y volvió a esperar.
Al ver que nadie salía de la casa, y que las luces ni siquiera se prendían. Comenzó a llamar desesperadamente. Decidido , sacó su varita y abrió la puerta con magia.
Dentro todo estaba oscuro.
-Lumos máxima-murmuró. Su voz estaba muy ronca, y para su sorpresa, temblorosa.
El lugar se aclaró por completo. Apenas distinguió los detalles de la casa. No tenía tiempo para detenerse a apreciar el paisaje. Estaba abatido.
Avanzó asustado.
-¿Hermione?-exclamó.
Desde aquella noche, nunca la había llamado directamente por su nombre. Y se sintió extraño al hacerlo.
Cómo si tuviera mucho tiempo de no ver a una vieja amiga. Y ahora la había perdido.
Nadie contestó.
De un respingo, se giró al escuchar algo proveniente de la ventana.
-Hedwig-dijo con un hilo de voz.
El ave estaba picoteando la ventana francesa para que la dejara entrar. La tomó y quitó la notita que estaba doblada con un lazo.
Al extenderla, los colores se esfumaron de su cara.
Sirius:
Hermione esta en San Mungo.
La encontramos grave en su cama.
Sus padres aún no saben nada.
Ven lo más pronto posible.
Ron.
Hermione estaba mal. La chica estaba grave. Si a esa engreída le pasaba algo…
El corazón se le salía por la boca.
Cerró los ojos, y deseó estar muerto.
**
Uno dos tres
Tenía que tranquilizarse.
Cuatro cinco seis
Esos malditos sanadores nunca decían nada.
Siete ocho nueve
Todos lo miraban extraño. Harry no lo miraba. El temblaba.
Diez once doce
Hubo un momento en que la presión le afectaba tanto, que creyó estar sostenido en el aire. Tenía ganas de vomitar. Quería ponerse a… los ojos le ardían, pero tampoco le importó. Comenzó a caminar y a caminar de un lado a otro del pasillo. Arthur Weasley y su hijo, Ron, estaban en las butacas de la esquina. Pero solo Arthur lo observaba con los ojos vacíos.
Si ellos lo sabían o no, le importaba madre.
Trece catorce quince
Harry había llorado, lo sabía, le vio los parpados levemente inflamados e inyectados en sangre. Hizo puño la mano, quiso correr hasta a él, y zarandearlo por los hombros, gritarle que lo sentía mucho. Que lo amaba mucho.
Cansado, se dejó caer en la butaca más alejada de ellos.
Remus lo miraba de soslayo, desde la esquina.
Lentamente se acercó hasta donde él estaba, y se sentó en la butaca de al lado. Luego de vacilar un instante, reposó la mano sobre su hombro, y lo apretó con fuerza.
Quizás esa era su manera de decirle que estaba perdonado, pero el no se atrevió a verlo ni a decirle gracias. Tenía miedo que al ver los ojos miel de su amigo, mirara los ojos miel de Hermione.
Los segundos parecían haberse congelado junto con los minutos y las horas. Sentía como si cada vez que veía reloj, éste marcara lo mismo que la última vez. No sabía tampoco, qué era peor, si sentirse terriblemente culpable por el semblante fantasmal de Harry, o tener ganas de correr y atravesarse en medio de los sanadores para quedarse a solas con Hermione.
Cansado, se revolvió el cabello por enésima vez, desperezándose, tratando que sus músculos cambiaran el estado de entumecimiento.
De pronto, notó que su amigo miraba a un costado, y al percatarse mejor, todos miraban a un costado. Levantó bien la vista para ver que pasaba. Un medimago bastante joven, que vestía una túnica celeste, se aproximaba a ellos, inexpresivo.
Se puso en sus dos piernas en un abrir y cerrar de ojos y como si fuese ya un reflejo, avanzó hasta el doctor. Sintió una punzada en el pecho cuando Harry se interpuso entre él y el medimago.
-¿Cómo está ella?- dijeron ambos al unísono. Se miraron una milésima de segundo y acto seguido encararon al joven.
Dicho médico dio un respingo, no tenía idea que aquellos dos hombres se le habían atravesado en su camino, pues iba muy ocupado leyendo el reporte de su pergamino.
-¿Y ustedes son?-preguntó con suspenso. Luego deslizó su mirada por los rostros de atrás, para asegurarse, repasó a las dos caras intrépidas que estaban plantadas frente a él, sus ojos pequeños se detuvieron en la frente de Harry, más sorprendido aún, reconoció a Sirius Black.
Ambos iban a contestar, pero él les levantó una mano cómo queriéndoles decir que ya había adivinado sus curiosos y sonados nombres.
-Díganos-suplicó. El sanador miró a Harry a los ojos- ¿Se pondrá mejor?
-Ella ya está mejor.
Sirius había estado conteniendo la respiración mientras el sanador daba la respuesta, respiró con fuerza, sintiendo sus hombros y su pecho, más livianos.
-Solo necesita reposar un tiempo, mañana se le dará de alta, no es conveniente que se marche ahora, además es muy tarde- Los dos asintieron, de acuerdo; luego de vacilar un instante, agregó- Solo lleva poco más de un mes de embarazo, y las emociones demasiado fuertes pueden acelerar su metabolismo, agotándola.
-No existe ningún riesgo de…ya sabe, sufrir daños ella o el bebé ¿Cierto?-esta vez, fue Remus el que preguntó. Nymphadora se había parado de la butaca, y había tomado la mano de su esposo.
-Si ella se abstiene de emociones demasiado fuertes, y sigue el control cómo está indicado, no tiene porqué existir algún riesgo.
Ya no sentía el palpitar de su corazón, sus piernas se querían doblar. ¿Qué tal si algo ocurría? Pues, todo era aún muy confuso para él, sus emociones y sus sentimientos no estaban en orden, eran un revoltijo de cosas que le producía dolor de cabeza. No sabía que haría, pues ya no podía tomar decisiones, al parecer estas pasaban solas, sin consultarle. Pero de algo que si podía estar seguro, de lo que siempre había estado presente en él, era que no quería que nada les pasara. No ahora. Ni nunca.
Sintió como si lo hubieran desconectado de la realidad por unos minutos en los que su mente divagó. A lo lejos, escuchó que Remus hacía preguntas sobre el estado de Hermione. Harry estaba callado igual que él. Y no le quería ver. Desde la inesperada noticia, no se habían dirigido la palabra, conocía tan bien a Harry, que a llegó a pensar que el chico seguía incrédulo, preguntándose sobre lo que había pasado, imaginándose lo peor, sin involucrar a Sirius.
-… ¿Es alguno de ustedes el padre?...
De golpe, salió de su ensueño. Agradeció que solo Remus y él hubieran escuchado la pregunta. La comprometedora pregunta. Harry estaba sentado con Ron y Arthur, aún en las butacas de la esquina.
Se miró las manos, como una sola mancha borrosa. Tenía la vista empañada.
Sabía que Remus lo estaba mirando, esperando que dijera algo, igual que el médico, que pasaba la vista de él al Licántropo.
-Soy yo-aceptó por fin.
El joven parecía un poco sorprendido, tenía la boca entreabierta. Parpadeó para disimular.
-Venga conmigo por favor. Solo serán unos minutos.
Sirius se mordió la lengua.
-Claro-contestó. El médico avanzó en sentido opuesto, y en ese momento aprovechó para decirle fugazmente a Remus algo, consternado. No se lo digas a Harry aún. Sin saber que cara había puesto, caminó tras el médico.
Lo siguió por todo lo largo del pasillo, cruzaron a la derecha. Todo era igual, el color pálido de las paredes, los vidrios cubiertos por una especie de cortinas semejantes, el aroma a vendas. Por fin llegaron frente a una habitación que tenía un pequeño recuadro de plástico blanco, con dos números negros dibujados, veintiuno. Sintió taquicardia de nuevo.
-Puede pasar-susurró el medimago abriendo la puerta y dándole espacio para qué se adentrara.
No quería ver, no quería ver, quería quedarse ciego antes de observarla tendida, pálida sobre la cama. Lo único que le sirvió de consuelo era imaginarla dormida.
Cómo las luces estaban apagadas dentro, no pudo ver más que negro a simple vista. Cuando el médico ya había cerrado la puerta, murmuró, Lumos Médium.
Una luz tenue iluminó la acogedora habitación. Y ella estaba ahí, con los parpados amoratados, y los ojos hundidos. Blanca como el papel, las pecas ya no las distinguía; solo está dormida, es solo eso, duerme, está bien; de pronto, sintió el enorme deseo de recostarse junto a ella, y pasarle los brazos encima.
-¿Usted lo sabía?
Lo miró.
-Dígame la verdad, es necesario.
-No, no lo sabía.
El médico suspiró y se desarrugó la larga túnica clara.
-Pues ahora lo sabe. Y es importante que lo sepa y que esté pendiente de su chequeo mensual. En especial si se presenta alguna anormalidad-vaciló-¿Promete que lo hará?
-Escúchame niño, soy mayor que tú, y sé lo que hice. Sé de lo que soy responsable, limítate a informarme sobre su salud y la del…ya sabe. El bebé.
No iba permitir que un muchachito con pinta de adulto le riñera y tratara de aconsejarlo. Aún tenía que salvar el poquito de dignidad que conservaba, cuando menos eso. Y era verdad, sabía qué el resto dependería de él.
Cuando apartó su fulminante mirada de los ojos del mago, miró la cama, y buscó el rostro de Hermione, seguía pálido, inexpresivo, dormido.
El doctor había contestado con un leve Claro, y había desaparecido de la habitación diciendo que regresaría pronto de nosédonde.
Sacó las manos de sus bolsillos, las tenía más entumecidas que al principio. Jaló una silla que estaba tras él, y se sentó al lado de la cama, del lado en qué Hermione tenía el rostro, para que cuando despertara, él fuera lo primero que viera, así no se sentiría tan sola. Y con cargo de conciencia, pensó que así de sola se había estado sintiendo desde hacía semanas.
Quería y no quería dejar su mano sobre el cabello suave y castaño. Tenía miedo, y qué tal si se despertaba y comenzaba a gritar que se alejara, o qué tal si despertaba y la mataba del susto. Sorprendido de sus propios pensamientos ilusos, fue acercando su mano a aquella cabeza tranquila. Y solo tenía que descender la palma para estar en contacto por completo. Su dedo índice ya tocaba algunos cabellos desordenados que resaltaban de su cabeza. Por fin, iba a tocarla, furtivamente.
¡Pum! El corazón le latió al encontrar esos ojos almendrados y cafés, mirándolo.
Esperó cualquier cosa, un sonido, una señal, un grito, una palabra, un golpe. Cualquier cosa para indicarle que tenía que salir corriendo, lejos de ella.
Cómo. Cuándo. Por qué no le había sentido llegar; Ni siquiera sabía en qué momento había llegado a San Mungo, quién era el que la cargaba, eso quería saber. ¿Habrá sido Sirius? Se dijo en sus adentros. Las últimas imágenes en su cabeza eran borrosas, recordaba un dolor my agudo en la parte inferior de su abdomen. Tenía miedo antes de desmayarse, no sabía que le estaba pasando, ¿Y si era algo grave? ¿Y si moriría ahí con el bebé? Aquellos pensamientos la hicieron dar una sacudida, afligida. Pensó lo peor.
-¿Me pasó algo? ¿Él está bien?-tragó-¿Sigue aquí?
Sirius la miró, turbado.
-Todo está bien-murmuró, decidiéndose a tomarla de la mano, y apretarla entre las suyas.
Sus manos estaban tibias, y temblaban un poco. Eso último hizo que se le encogiera el corazón.
-Y… ¿Cómo te sientes?
Las palabras apenas le salían de la boca, extrañamente solo quería tumbarse junto a Hermione, quedándose callados el resto de la noche, tranquilos, dejando sus pensamientos fluir.
Hermione ya no lo miraba, se miraba las manos.
-Mejor-dijo con un tono tajante y cortante. Estaba tan molesta con ese idiota, pero más con ella misma por dejar que todo eso pasara, por dejarse sentir cosas por alguien que no podía interesarse más allá de sus narices. Ahora que se ponía a pensar mejor, estaba muy molesta-Sal de aquí-apuntó sin verlo.
Sirius la miró, impresionado.
-¿Por?
-Porque no quiero que estés aquí, no lo mereces, ni quiero que estés-una vez que había reunido fuerzas y orgullo para verlo lo hizo-Además, solo no lo recuerdes, que yo ya lo olvidé.
Sirius se quedó con el mismo gesto en la cara por un instante, y como si le acabaran de dar una bofetada, dejó de verla y torció el gesto, luchando internamente quién sabe con qué.
-No me vengas con eso ahora-dijo con gravedad.
Hermione abrió la boca, cómo si no se creyera lo que salía de sus labios.
-¿Qué? No me iré.
Furiosa, se sacó las sábanas de encima, quedando en una bata blanca. Saltó fuera de la cama sintiendo leve dolor en el estómago, lo miró por última vez, y disparó una lluvia de puñetazos contra el pecho del hombre.
La miró. Asustado. Sin atreverse a detenerla, ella lloraba, y ahora ni su orgullo había bastado para no sentirse mal.
Las emociones demasiado fuertes pueden acelerar su metabolismo, agotándola…
Con los ojos llenos de una vista borrosa, se hizo hacia atrás, más asustado, se giró y salió dando zancadas del hospital, omitiendo los rostros confundidos del pasillo.
¿Querría ella que se casasen? Pero en qué rayos estaba pensando. Él no necesitaba un tonto pergamino que dijera que estaba casado para cuidar a ese bebé. Por supuesto que no, lo haría y punto, sin andar jurando nada. Sirius Black no se casa, Sirius Black no es de nadie.
Doce páginas de Word que aunque no lo parezca, me costaron un mundo por diversos motivos. ¡JÁ! Pero eso no lo voy a poner aquí porque no tengo por qué quejarme.
Gracias por leer.
Amé el fondo de Mardy Bum.
