¡Hola, gente! ¡Por fin, después de tanto tiempo, pude subir un nuevo capítulo de esta serie! Y ni os imagináis lo que costó... En este capítulo me tocaba ser cruel con Tino, pero, por alguna razón que ni yo me explico, no podía hacerlo (sorprendente, teniendo en cuenta mi historial). Así que acabé por endulzarlo un poco con algo que, aunque parezca una tontería, explicará muchas cosas en el futuro.
¡Buenas noticias, yuikominamoto! ¡Ya puedes guardar tu hacha! (Ella me entiende xDDD)
Bueno, y, sin nada más que decir...
Axis Powers Hetalia no me pertenece a mí, es exclusiva propiedad de Hidekaz Himaruya.
No reclamo ningún derecho sobre "Charlie y la fábrica de chocolate".
¡Dentro fic!
–Growing up with the wild bears, breathing the smell of burning woods, rain and clouds my only friends, sun and moon and stars, my light…
Tino cantaba con suavidad, procurando no agotarse, mientras sus finos dedos, amoratados por el frío, tocaban sin descanso el pesado instrumento. A sus pies descansaba un gorrito blanco con una modesta cantidad de monedas que, a pesar de los donativos, parecía no aumentar nunca.
La calle, al principio tan abarrotada, fue vaciándose a medida que la oscuridad y el frío aumentaban; hasta que, a excepción de los parroquianos habituales de las tabernas más cercanas y de algún rezagado con prisa, nadie atravesó aquella calle ni le hizo caso. Tino suspiró, dejando de tocar por un momento para frotarse su enrojecida nariz. Tenía hambre y sueño y lo único que deseaba era volver a casa y meterse en cama, pero aún no había obtenido dinero suficiente como para aguantar hasta el día siguiente.
.
Desde hacía un tiempo, las cosas no habían ido bien para la familia Väinämöinen.
En primer lugar, la empresa donde trabajaba el señor Väinämöinen había quebrado por culpa de la crisis y el pobre hombre, al igual que todos sus demás compañeros, había perdido su empleo. Debido a aquello, debía estar, desde la mañana hasta la noche, esperando con paciencia en la oficina de empleo por un trabajo que nunca llegaría, mientras cobraba, a un tiempo, una compensación por paro que era a efectos prácticos una miseria.
Lo peor fue que, cuando ya se estaban haciendo todos a la idea de que tendrían que vivir de lo que produjese su pequeño huerto, el invierno llegó y trajo consigo violentos temporales de nieve y granizo que arrasaron con el cultivo y la casa misma, conduciéndolos definitivamente a la ruina.
Desde entonces, hubo numerosos cambios en la forma de vivir de la familia. Las comidas se habían vuelto terriblemente frugales: por la mañana, tomaban media rebanada de reikäleipä; al mediodía, media ración de kaalikäälyret; y, a la noche, helmipuuro muy aguado. Para combatir el frío nocturno, el matrimonio Väinämöinen y Tino habían decidido imitar a los cuatro ancianos, uniendo sus colchones para poder dormir juntos y calentitos. También habían adoptado la costumbre de comer junto al horno, fuertemente abrazados los unos contra los otros con el fin de ahorrar leña.
Las consecuencias no se hicieron esperar: lentamente, todos los habitantes de aquella pequeña familia empezaron a morirse de hambre.
A quien más afectaba esto era al pequeño Tino. Su piel, tensa y amarillenta por culpa de las penurias, acabó estirándose por encima de sus huesos, otorgándole la apariencia de un pequeño esqueleto; y su cuerpo, debilitado por la falta de alimento, se movía lenta y pausadamente para no caer en el agotamiento. Sus padres y abuelos, temerosos de que enfermara, le ofrecían sus propias raciones de comida aun a sabiendas de que él jamás las aceptaría.
La ilusión de los Salmiakkis Dorados, dejada de lado desde hacía mucho tiempo, solamente era recordada cuando veían el aparato de televisión, aún apostado a un lado de la cama de los ancianos a pesar de que no se usaba ya. Hasta Tino, pendiente de cada uno de sus movimientos, se olvidaba de ellos hasta que era hora de ir a la cama; en esos momentos, se imaginaba que encontraba uno y que entraba a la fábrica, inventándola y reinventándola a su antojo hasta que caía rendido por el cansancio.
…
Tino era consciente de que sus padres no le iban a permitir faltar a la escuela, aun si aquello suponía tener dinero extra en casa, por lo que había decidido tocar el acordeón de su abuelo nada más salía de clase. Por lo general, le iba bien: la gente se compadecía de aquel niño flaco y aterido y le daba generosas propinas... aunque había veces, como aquélla, en las que no conseguía nada…
Tras tratar de retomar inútilmente la misma canción una y otra vez, se rindió y guardó el acordeón en su estuche, para luego recoger su gorro.
–Una, dos, tres… –contó cuidadosamente, sin levantar demasiado la voz, a medida que iba guardando cada moneda en el bolsillo.
El gorrito blanco no tardó demasiado en quedarse vacío, arrancándole un desalentado suspiro al pequeño Tino.
–Vaya, hoy no tuve mucha suerte… –se lamentó, mirando al sombrerito con algo de tristeza–. Debí haberme ido a otra parte…
Suspiró de nuevo, cogiendo el estuche del instrumento y enderezándose. Las farolas iluminaban con luz tenue las calles cada vez más oscuras, y el reloj de una farmacia marcaba, con luces fluorescentes, una hora demasiado tardía. Aquello no era buena señal. Si no se daba prisa, su familia se preocuparía y le regañaría por llegar tarde, y no quería eso. Decidido, se puso el gorro y empezó a caminar…
–¡Guau!
Algo pequeño, peludo y blanco se abalanzó sobre él, tirándolo al suelo, y, antes de que pudiera procesarlo, le lamió las mejillas con alegría.
–¡Guau! –volvió a ladrar la bolita blanca, haciendo que Tino se diera cuenta de que aquello que lo había asaltado era un perro.
Sonriente, levantó una mano y le rascó por detrás de las orejitas, un gesto que, a juzgar por los movimientos frenéticos de su cola, el animalito agradeció enormemente.
–Qué mono eres… o mona… no sé lo que eres… –dijo, contento, sin dejar de acariciarlo– Si tuviera dinero, me gustaría tener un perrito como tú.
El animalito le lamió de nuevo las mejillas, contento, y Tino se rió.
–Eres muy suave y hueles bien, seguro que tienes dueño –comentó, dejando que sus dedos se deslizaran por el pelo lanudo del cánido–. Cuánta suerte debe de tener, por tener una mascota como tú…
–¡H'na!
Una voz grave y seca se dejó oír, no muy lejos de él, y el animalito dejó al instante de lamer su cara. Tino se encogió sobre sí mismo, lleno de miedo, y levantó la cabeza tímidamente.
Donde antes no había habido nada, una torre envuelta en un abrigo azul marino los miraba a él y al animal. Tino abrió los ojos con terror. A la luz de la farola, una cara con lentes cuadrados lo miraba fijamente, con una expresión extraña que daba mucho miedo.
–¡Ohyaaaaa! –gritó, sin poder contenerse, y aferró al animalito con fuerza mientras se ponía trabajosamente de pie– ¡Yo no hice nada, lo juro! ¡Vino el perro de repente y empezó a lamerme la cara, y…! ¡Yo no quería…!
–P'rra –murmuró la torre, agachándose para poder examinarlo más detenidamente. Tan de cerca, su rostro daba mucho más miedo.
–¿Pe-perdón? –tartamudeó, sin entender, haciendo verdaderos esfuerzos por no salir de allí corriendo.
–H'na 's 'na p'rra –respondió con calma, cogiendo al animalito con cuidado y luego mostrándoselo.
En su mano, Hana seguía moviendo la cola, feliz, y le lamía algunos dedos a su captor cada vez que éste le rascaba tras las orejas o bajo el hocico. Tino los contempló, hipnotizado. La perrita parecía estar contenta de que el desconocido la tocara, sin importarle su apariencia tan terrorífica. De vez en cuando, se removía un poco y lo miraba, con la lengua por fuera y los ojos brillantes, como queriendo decirle que se fiara de aquel que la sujetaba.
¿Sería posible… que aquel hombre no fuera tan malo como aparentaba…?
Tino sintió ganas de hablar con él, de hacerle miles de preguntas acerca de la perra y de pedirle que le dejara volver a verla alguna vez… pero, nada más abrir la boca, recordó lo que su madre le decía siempre antes de salir de casa.
"¡No hables con desconocidos!"
El miedo se apoderó de su cuerpo, haciendo que olvidara automáticamente los buenos pensamientos que empezaba a tener acerca del otro y que retrocediera lentamente, con desconfianza.
–Es tarde, deben de estar preocupados, así que… mmm… hasta otra, supongo… –murmuró, tratando de sonar convincente, y se dio la vuelta para salir corriendo…
…pero un poderoso brazo lo retuvo, impidiéndole moverse.
El pequeño se quedó quieto, demasiado asustado como para moverse, y cerró los ojos con fuerza al sentir que la mano del desconocido se movía. ¿Dónde pensaba tocarlo? ¿Qué querría hacer con él? Quiso gritar, pedir clemencia o ayuda… pero, por más que lo intentaba, no salía ni una sola palabra de entre sus resecos labios.
Oyó cómo, detrás de él, se oía un ruido como de ropa cayendo, y, recordando esa vez las historias que le contaban sus abuelos, se temió lo peor. ¿Querría secuestrarlo? ¿Hacerle daño? ¿Matarle? Una pequeña lágrima brotó de uno de sus ojos y descendió por su mejilla, al mismo tiempo que algo grueso daba vueltas alrededor de él hasta anudarse firmemente en torno a su cuello.
Y, en ese momento, la mano lo soltó, dejándolo desconcertado y libre.
–Ya 'stá.
Tino abrió los ojos, sorprendido y aliviado al ver que no le había pasado nada. Todo estaba bien, no lo habían dormido ni raptado… aunque había algo que antes no estaba.
El desconocido, por alguna misteriosa razón, le había puesto una bufanda, gruesa y demasiado grande para él, pero muy calentita.
–T'nías frío –lo oyó justificarse, coreado por los alegres ladridos de la perrita–. P'ro ah'ra y' no…
Conmovido por el gesto altruista del desconocido, Tino se dio la vuelta y le sonrió. Al mismo tiempo, las mejillas del más alto se tiñeron de un rojo vivo, pero el pequeño era demasiado bajo como para poder apreciarlo.
–Eres muy bueno, kiitos~ (gracias~) –le agradeció, alegre, y abrazó su cintura.
Por encima de él, el desconocido carraspeó, tratando de ocultar la vergüenza que sentía.
–N'… n' fue n'da… –murmuró, alargando tentativamente una mano para acariciar sus cabellos pero que, segundos más tarde, retiró, sin haber llegado a tocarlo del todo. Tino, sin haberse dado cuenta de sus movimientos, dio un paso atrás y estiró el cuello para poder verlo a los ojos.
–Kiitos –repitió, ampliando su sonrisa, y se apartó de él a toda prisa–. En serio, tengo que irme, me reñirán si vuelvo tarde…
Dicho esto, Tino volvió a darse la vuelta y, tras coger el estuche de su acordeón, salió de aquella calle.
Sumido en sus propios pensamientos y preocupaciones, no llegó a notar el sonrojo del desconocido ni el quedo "lindo…" que éste había murmurado.
¡Y ya está! Perdonadme si quedó cutre, juro que entre los deberes y los jofrutas de los exámenes no tengo tiempo para nada. Prometo compensarlo cuando ya no tenga nada más que hacer. Mientras tanto, haced lo de siempre: culpar al sistema educativo.
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Muchas gracias por vuestro apoyo y vuestro cariño, hacéis que esto merezca la pena.
¡Hasta otra!
