Son casi la una de la madrugada. Una de las salas de espera de San Mungo está abarrotada de gente, pelirrojos en su mayoría. La mayoría están sentados, hablando unos con otros o jugando con los niños que aún no se han quedado dormidos, o bien observando a Scorpius que no es capaz de quedarse quieto.
Scorpius ha hecho casi dos kilómetros en sus continuas idas y venidas en la habitación. Se ha mordido las uñas hasta el punto de sangrar, y ahora que no le quedan ha empezado a despellejarse el labio inferior. Su madre ha intentado sugerirle que se siente un poco, sin demasiado éxito, y nadie se ha animado a volver a hacerlo tras la mirada que Scorpius le ha dirigido.
Sentado entre Frank y Alice, Hugo sigue a su cuñado con la mirada. Es prácticamente lo único que se mueve en la habitación, y es más fácil exasperarse observándolo que no hacerlo y dejar que la preocupación lo engulla. Crystal se había ofrecido a entrar a averiguar que sucedía, pero aún no salía a dar noticias.
Hugo no se explica cómo alguien podría querer hacer daño a Rose. Sí, es verdad que cuando se pone sabihonda dan ganas de lanzarle ese jarrón que se trajo de su luna de miel en la India o de meterle un cojín en la boca para que se calle, pero ¿mandarla a San Mungo? Eso es demasiado.
Todos los presentes oyen unos pasos que se acercan por el pasillo. Segundos más tarde, en la entrada aparece una sanadora alta y delgada, con el pelo castaño recogido en una cola alta. La mujer parpadea, sorprendida, al ver tanto pelirrojo junto.
—¿Son familiares de Rose Weas…?—
—Sí, soy su marido. —Responde Scorpius antes de que ella acabe la pregunta. Hugo reprime una sonrisa al percibir el orgullo que desprende la última palabra. Iba a saltar a decir que era su hermano, pero eso no serviría de nada, igual darían la información.
—Soy la sanadora Wilson. —Replica la mujer, estrechando la mano de Scorpius cordialmente.
— ¿Cómo está? —Inquiere él, no muy deseoso de perder el tiempo con cordialidades.
—Se encuentra bien. Se ha envenenado, pero le hemos dado el antídoto bastante rápido, así que no hay ningún daño irreparable. —Responde la mujer para dejar a todos tranquilos.
— ¿Y el bebé? —Preguntó el rubio sin preocuparse demasiado por quienes lo escucharan
—¿Bebé? —Repiten Astoria, Molly, Lucy, Dominique, Frank, Lorcan, Lil, Alicea y todos los presentes al unísono. Connor se remueve en brazos de Alice y balbucea algo incomprensible.
Scorpius enrojece hasta las orejas.
—Eh… sí. —Admite. — Pensábamos decirles pronto. —Pero rápidamente vuelve a centrar su atención en la sanadora, la cual, según Lorcan aprecia, está intentando no reírse con todas sus fuerzas.
—También sobrevivirá. —Responde la sanadora
—¿Podemos verla? —Preguntó
—Claro. Síganme. —Respondió.
Lorcan miró a su alrededor notando que toda la familia Weasley estaba presente, inclusive los amigos de la familia también estaban todos allí, excepto alguien: Roxanne. Lorcan detiene a Lily, quien tiene a Pierre en brazos, para preguntarle:
— ¿Alguien le avisó a Roxanne? —Le preguntó a la pelirroja. Esta lo miró con un poco de confusión y a los segundos abrió los ojos en entendimiento. Lorcan comprendió que habían olvidado que Roxanne estaba con ellos en Inglaterra. No supo por qué, el que su familia olvidara a Roxanne le molestó de sobremanera.
Lorcan solamente le da una mala mirada a Lily y sigue a los demás. Había querido irse, pero no lo haría sin antes felicitar a Rose.
La comitiva de Weasleys desfila por los pasillos de San Mungo, todos dirigiendo aún miradas curiosas a Scorpius. Finalmente, la sanadora se detiene ante la puerta y la señala.
Scorpius se abalanza sobre la cama más cercana, en la que, para sorpresa de todos, Rose está incorporada y sonríe al ver a su marido tropezar. Scorpius la abraza con fuerza y le da un beso en la frente.
—¿Estás bien? — Es lo primero que dice, mientras la examina.
—Sí. —Responde la Weasley. — ¿Qué hacen todos aquí? —Pregunta al ver a la tropa que sigue a Scorpius.
—Te estábamos buscando. —Explica Albus. — ¿Dónde estabas? —Pregunta con curiosidad. Rose niega con la cabeza y baja la vista.
—No lo sé. No recuerdo nada desde que esta mañana entré a mi despacho. —Admite.
—¿Nada? —Inquiere Albus. Rose vuelve a negar con la cabeza.
—Bueno, pues quien haya sido es un as desmemorizando. —Comenta Louis.
—A todo esto. —Interviene Alice. — ¿es niño o niña? —Preguntó, sin poder contenerse.
Rose observa alternativamente a Alice y a Scorpius, sorprendida. Luego da un golpe en el brazo a su esposo con cierto enfado.
— ¡Quedamos en que se lo diríamos juntos! —Exclama ella en un reclamo hacia el rubio.
—No es mi culpa que escuchen conversaciones ajenas. —Se defendió el rubio, frunciendo el ceño. Sin embargo, no puede añadir nada, porque, medio segundo después, tanto él como Rose se encuentran en el abrazo que les ha empezado a dar la efusiva Dominique con su gran panza interrumpiendo el abrazo. Todos los demás siguieron el ejemplo de Dominique.
Lorcan sostiene a Drake, su sobrino, mientras que James Sirius da un golpe en el hombro a Scorpius y bromea con él. Lindsay sale de la multitud pelirroja que se ha amontonado junto a la cama de Rose y se acerca a él.
—No veo por qué tanto alboroto. —Confiesa Lorcan. — Después de todo… ¡Ya hay seis! Siete, si contamos al no-nato de Dominique.
—Y ninguno tuyo. —Replica su hermana, cogiendo a Drake. — ¿Para cuándo, eh, genio?
—Para ahora no, te lo aseguro. —Murmura Lorcan. De momento, bastante ocupado está lidiando con el sentimiento de culpa que casi no lo deja dormir.
…
El lunes, Roxanne suelta la pluma en el escritorio con un aire de victoria similar al que debió de tener Damocles Belby cuando descubrió la poción de matalobos.
Relee su informe rápidamente, asegurándose de no haber introducido ninguna sugerencia u opinión personal, tenerlo presentado lo más formal posible y haberlo escrito con la caligrafía más pulcra que posee. Genial. Esta vez su jefe no podrá decirle nada, porque no ha hecho nada mal. ¡Y eso que se ha pasado todo el fin de semana con sus primos! Para haberlo empezado a las seis de la mañana y haber tardado dos horas y media, no está nada mal, piensa.
Canturreando, prácticamente danza hasta la ducha mientras va dejando prendas de ropa por el camino. Crystal no había llegado a dormir y bueno…ella en realidad no quería saber el porqué de eso. Después de asegurarse de que no le queda champú en su largo pelo rojizo, se lo deja secar al aire mientras se viste y desayuna, sin poder borrar la sonrisa de su rostro.
Ahora sólo tengo un problema, piensa, y rápidamente un rostro rubio de ojos azules acude a su mente. Se muerde el labio, preocupada. Pero no tiene motivos, se dice. Ya vio a Lorcan el viernes y comprobó que no recuerda el beso. Quizá incluso pueda mirarlo a la cara de nuevo algún día, piensa con ironía. Sonríe sin poder evitarlo. Esos sentimientos que están despertando en ella, no los quiere. Teme que no sean correspondidos.
Sacando a Lorcan, o, al menos, el beso que le dio, de su cabeza, se pone su capa, coge el bolso y se esfuma del salón del piso.
Aparece segundos después en el Atrio, y echa a andar resueltamente hacia los ascensores. Saluda por el camino a algunos conocidos. Roxanne sonríe más ampliamente mientras el ascensor llega hasta el séptimo piso, pero su sonrisa se va desvaneciendo conforme se acerca a la mesa. Ahora viene lo difícil, piensa. Aguantar a Adam Avery.
Adivina, por la charla relajada que mantienen sus compañeros, que aún no ha llegado, y comienza a garabatear distraídamente en un pedazo de pergamino mientras olfatea el olor a vainilla de su cabello aún húmedo.
—¡Weasley! —Roxanne da un respingo y el tintero se vuelca, tiñendo su mesa de azul marino. Conteniendo un bufido, la mujer arregla el desastre con su varita y se levanta para encarar a Avery, que está detenido a pocos metros de ella.
—¿Qué? —Pregunta ella.
—A mi despacho—Indica él. Roxane guarda la varita en el bolsillo de su túnica y lo sigue. Un extraño escalofrío la recorre cuando su jefe cierra la puerta tras ella. Algo le decía que algo no estaba bien.
— ¿Qué se le ofrece? —Pregunta, tratando de mantener su voz lo más serena posible. Sin mucho éxito.
—¿Dónde está el informe que le pedí? —Exige Avery. Medio segundo después, a Roxanne se le viene el mundo encima.
Su perfecto, impersonal e inmaculado informe yace en su piso gris, en un escritorio en el que ahora mismo es realmente inútil.
—Se…—Roxanne traga saliva. —Se me ha olvidado en casa. —Admite, bajando la vista. Sólo la levanta cuando se percata de que Davis está a menos de dos metros de ella.
—¿Y qué utilidad tiene ahí, si se puede saber? —exige saber él con un tono que asusta a Roxanne.
—Sólo me lo he dejado, en un momento puedo…—pero Roxanne se interrumpe cuando Avery deja escapar un gruñido, recorre el espacio que los separa, derribando una silla a su paso, y la estampa en la pared, agarrándola del cuello.
—¿Será posible que algún día hagas ALGO sin que tenga que corregirte? —Roxanne no responde; está demasiado ocupada intentando respirar, tarea que se complica a medida que la mano de Avery aprieta su garganta. Es todo como un deja vú. — Como quieras.
Por un momento, Roxanne cree que la está estrangulando del todo, pero entonces se percata de que el despacho ha desaparecido y una negrura asfixiante la rodea. Están viajando.
…
Lorcan observa cómo su compañero entra en la reserva lo que le da a él permiso de tomarse un leve descanso. Como de costumbre, Lorcan sale de allí rumbo al callejón Diagon donde va a comprar un helado en Florean Flortescue. Como de costumbre, habla un rato con el dueño mientras come su helado. Cuando le echa una ojeada a su reloj se da cuenta de que ya es hora de regresar.
Va saliendo de la tienda y camino con las manos en sus bolsillos con los pensamientos perdidos.
Es entonces cuando, percibe algo que lo obliga a girar en redondo.
…
Roxanne cae de rodillas al suelo. Durante unos instantes, se frota la garganta, intentando recuperar el aliento. Sólo cuando vuelve a respirar con normalidad mira alrededor.
Está en el callejón Knocturn, que está desierto. Incluso Borgin y Burkes está cerrado, y no hay ni un alma. Roxanne clava entonces sus ojos en Adam Avery y descubre que la está apuntando con su varita.
—Creo que hay que hacer las cosas así. —Le dice, con una sonrisa torcida. — Deberías haber traído ese informe. —Dice él, imitando un tono de pena.
Sin saber por qué, Roxanne se estremece al oír la frialdad de su voz. Mete la mano en el bolsillo de su túnica; pero, antes de que pueda siquiera tocarla, Avery exclama:
-¡Crucio!
Es cierto que las vio en sexto; es cierto que su profesor de Defensa contra las artes oscuras les explicó a todos su utilidad; pero nada, ni siquiera el hecho de que había recibido esa maldición antes, podría haber preparado a Roxanne para eso nuevamente. Es como si miles de cuchillos incandescentes se clavaran por todo su cuerpo, como si todos sus órganos se retorcieran y se quemasen a la vez. Roxanne apenas es consciente de sus gritos.
Su mente la traiciona y la hace escuchar los gritos desgarradores de Lysander, quien, por su culpa, había recibido aquella maldición más veces de las debía.
Tras unos segundos, aunque a que a ella le han parecido horas, Avery baja la varita, pero el dolor sigue estando ahí. Temblando y tendida en el suelo, Roxanne alza la cabeza y dirige a su jefe una mirada del más intenso odio de que es capaz. Ella no se va a rendir ante nadie, ni una sola vez más.
—No, no, no…—Roxanne contiene un escalofrío cuando Avery alza la varita de nuevo. — Eres muy insolente. Di "No debo ser insolente". Vamos. —Añade en tono autoritario, al ver que Roxanne no ha abierto la boca. — Muy bien, si tiene que ser por las malas… ¡Crucio! —
De nuevo ese dolor. Roxanne se retuerce en el suelo, rogando para que acabe, pero teniendo al mismo tiempo muy claro que de ninguna forma le dará el gusto a ese cerdo. Esta vez, cuando termina, apenas si puede erguir la cabeza para encarar a Avery.
—Dilo. —Sisea él.
—Púdrete. — Escupe Roxanne.
—¡Crucio! — Vuelve a recitar el hombre.
Avery repite la maldición más veces, pero Roxanne apenas lo escucha. Empieza a preguntarse si realmente su terquedad en no decirle lo que quiere oír la puede conducir a algún lado más que a la locura que está segura que la llevará soportar tanto dolor. Pero tenía que soportarlo, o moriría en el intento. No se rebajaría a darle el gusto a un cerdo patán como lo era su jefe.
Entonces para. Roxanne intenta alzar la cabeza, pero el dolor es demasiado fuerte. Nota que le tiran del cabello, y al abrir los ojos descubre a Avery mirándola con tal maldad que echaría a correr ahora mismo si pudiera. Al mismo tiempo, oye unos pasos acercándose.
—Más te vale no decir nada. —Sisea, soltándole el pelo.
Roxanne se golpea la cabeza contra el suelo y nota cómo unas cuerdas invisibles tiran de ella hacia la oscuridad. Ni siquiera se preocupa por estar sola en mitad del callejón Knocturn, ni por la identidad de la persona que cada vez se acerca más. Cierra los ojos, agradecida por la tranquilidad y la nada que le ofrece la inconsciencia.
No se resiste al sopor ni cuando nota que la zarandean, ni cuando nota unos brazos alrededor de su cuerpo. Sólo cuando oye una voz diciendo su nombre intenta abrir los ojos, pero justo entonces un titiritero invisible corta los últimos hilos que la ataban a la consciencia.
…
—¿Te creías que venir a Estados Unidos con tu inseparable amiguita iba a dejar atrás lo que pasó? —Una grotesca risa sale de la garganta de aquel asqueroso hombre que Roxanne recordaba con tanta perfección que le causaba más terror del que debería tener normalmente.
El hombre va dando pasos, acercándose a Roxanne quien ya tiene la cara roja por el esfuerzo de forcejear con aquel hombre. Carga con una herida en el brazo y otra en el labio. Pero esas son menores comparadas con todas las heridas emocionales que la aparición del asqueroso de Rockwood ha provocado en su vida nuevamente.
—¡Aléjate, maldito animal! —Le grita con todas las fuerzas que tiene, mientras lo amenaza con su varita. El hombre se burla y niega con la cabeza.
—Tan ingenua como tu amiguito el rubio, que se quiso creer el héroe ¿Cómo era que se llamaba? —Los ojos de Roxanne comenzaron a picar con lágrimas. —¿Lysander?
—¡NO MENCIONES SU NOMBRE CON TU ASQUEROSA BOCA! —Gritó con más rabia y dolor del que se creía capaz. El hombre dio dos zancadas y de un empujón lanzó a Roxanne contra el espejo que quedaba justo detrás de ella.
Roxanne abrió apenas los ojos y su visión estaba nublada. Su cuerpo le dolía como si se hubiera caído de su escoba desde lo más alto del campo de Quidditch. Escuchaba gritos que sabía estaban dirigidos hacia ella, pero no podía responderlos. Solo pudo sacar fuerzas para mover con torpeza su mano hasta su rostro y notar que el mismo estaba completamente lleno de sangre.
…
—Para ser magos no son muy listos. —Murmuró una voz que hizo que ambas jóvenes se voltearan. Justo ahí, solo a apenas un metro estaba Rockwood, con toda la intención de llevarse a la pelirroja o matarla. Ella lo sabía. —Si hubiera sido ustedes estaría lejos hace mucho rato. —Se burló el hombre mientras que Roxanne y Crystal se sujetaban con más fuerza la una a la otra. —Lamentablemente, ahora tendré que matarte, pelirroja. —Dijo, fingiendo pena. —Me hubiera gustado jugar un poco más contigo. —Añadió con una risa.
Roxanne miró a su mejor amiga con las lágrimas picándole los ojos.
—Crystal, vete. No te quiere a ti, me quiere a mí. Ve con Lysander, salgan de aquí y por favor, dile a todos que los amo. —Pidió Roxanne entre lágrimas a una Crystal que estaba igual o peor que ella.
—No, no. No, no. No te voy a dejar a sola. —Comenzó a decir Crystal una y otra vez mientras se aferraba a la pelirroja.
—Tu amiga tiene razón, morena. No quieres correr su misma suerte. —Murmura el hombre. Crystal lo mira con rabia contenida.
—Si la quieres a ella, me tienes que matar a mi primero ¡ANIMAL! —Grita.
—Con gusto. — Responde el hombre.
—¡NO, CRYSTAL! —Es el grito que salió de la garganta de Roxanne.
El hombre levantó la varita y en cuestión de microsegundos Roxanne haló a Crystal y se unieron en un intento de abrazo, en un intento de Roxanne de proteger a Crystal. Microsegundos que se hicieron eternos para ellas.
—¡Avada Kedabra! —Escucharon y vieron el resplandor verde a través de sus ojos fuertemente cerrados.
Ninguna sintió nada. ¿Así se sentía? Un sollozo por parte de Crystal le hizo darse cuenta de que, en realidad, no les había pasado nada a ninguna. Roxanne se despega de Crystal, quien de inmeadiato cae al suelo en un desconsolado llanto por el shock. Roxanne mira hacia donde se supone estaba el hombre y ya había desaparecido.
Su mirada se posa en un cuerpo que yace solamente a un metro de ellas. El cuerpo de un chico rubio con ojos azules. Roxanne se lleva ambas manos a la boca y se arrastra con rapidez hasta el cuerpo. Lo mueve, intentando obtener respuesta del mismo, pero sabe que no obtendrá ninguna. Los ojos del rubio están abiertos de par en par, sin vida.
—No, no. Lysander, no. —Comienza susurrando desesperadamente. —No, Lysander despierta. Lysander por favor. —Continúa moviendo el cuerpo del chico, como si de alguna manera eso fuera a ayudar. — ¡NO! ¡NO! —Es ahí donde comienzan los gritos desgarradores de parte de la pelirroja.
Cuando la morena ha logrado tranquilizarse un poco, ha ido a parar junto a Roxanne solo para volver a tener un ataque de gritos al ver al cuerpo de su novio sin vida. Roxanne no puede escuchar, no puede sentir, no puede creer que es lo que está sucediendo.
No sabe si fueron segundos, minutos u horas después que mientras ella llora desconsoladamente sobre el cuerpo sin vida de Lysander Scamander, su hermano, Fred Weasley la sacude y la obliga a mirarlo.
—Está muerto. —Son las únicas palabras que salen de la boca de la pelirroja. Ella no sabe si él ha preguntado, ella ni siquiera ha escuchado lo que ha dicho su hermano. Ella solo lo dijo para hacerlo real.
Fred la obliga a levantarse y ella puede notar como hay más gente a su alrededor. Ya muchos se amontonaban alrededor del cuerpo sin vida de quien hacía unos minutos atrás era su mejor amigo. Los ojos de Roxanne localizan unos profundos ojos azules que acaban de unirse a los demás. Esos ojos la miran con preocupación. Esos ojos son los que causan que Roxanne caiga en la inconciencia de una vez y por todas.
