—¡Shinichi!, ¡No te vayas!—oyó gritar. Aquella voz femenina le resonaba en la cabeza. Sentía que se hundía y ahogaba en las lágrimas de la adolescente preocupada.
—¡Shinichi! ¿Tú eres Shinichi? —Ahora la voz consternada era masculina. Concretamente de un inventor que había visto crecer al susodicho muchacho. La pequeña científica también oyó sorpresa e incredulidad en su voz.
—Entonces es verdad, tú eres Shin-chan...—Volvió a oír una melodiosa voz femenina, sin embargo, en aquel momento sonaba mustia.
—Hijo, vente con nosotros al extranjero, ¡Será lo mejor! —habló nuevamente otra voz masculina, con un tono paternal y consternado.
—No, no hasta que termine con ellos. —contestó el aludido.
¿Ellos, qué ellos? ¿Por qué aquella simple frase había conseguido aterrarla? Su cuerpo se había paralizado, y ella, sin saber el porqué, solo quería gritarle que no lo hiciera.
—¡Haibara!, ¡Haibara!, ¡Haibara!
La llamaban. ¿Quién lo estaba haciendo?
—¡Haibara!
La habían vuelto a llamar. Movió frenéticamente la cabeza de un lado a otro, incapaz de encontrar la persona que tanto repetía su nombre. Y ese nombre resonaba en un eterno eco que la desquiciaba. Quiso gritar "¡Aquí estoy!" con todas sus fuerzas, pero le era imposible. Sentía como si miles de manos la agarraran del cuello, e intentaran inundarla en un mar de culpabilidad. ¿Por qué culpabilidad, había hecho algo malo?
En ese momento, ante sí, apareció la figura de aquel famoso detective; Shinichi Kudo. Él la llamaba, y a medida que lo hacía se acercaba peligrosamente. Paró en seco a unos centímetros de ella, clavando sus ojos cobaltos en los turquesas de la pequeña. Entonces, para más sorpresa de esta, el detective comenzó a experimentar terribles convulsiones y los gritos que lo acompañaban torturaban a la pequeña científica. Ella quería gritar también, preguntarle qué ocurría, qué le sucedía, pero su voz seguía sin salir. Mezclados con sus gritos aún podía escuchar las voces del resto de personas que habían conocido a Kudo: Ran seguía llorando, sus padres y Agasa hablando entre ellos estupefactos, los compañeros de clase preguntando sobre su ausencia. ¡Gritos, gritos, gritos y más gritos! Aquel detective parecía que iba a morir...Y luego, vino el silencio.
Vio con sus propios ojos cómo el adolescente que tenía en frente se desvanecía, o mejor dicho,
encogía.
Shinichi Kudo se había marchado, y en su lugar se encontraba Conan Edogawa. Él se acercó a ella, jadeante, y se aproximó aún más a su rostro tras agarrarla de los hombros. Haibara podía sentir cómo su aliento chocaba en su diminuta y roja nariz. La chica, entre sorprendida y sonrojada, observó atentamente los ojos del muchacho, para luego ir cerrando poco a poco los suyos a medida que sentía su aproximación. Y fue entonces cuando, en medio de aquel barullo que armaba su corazón en su interior, oyó hablar a Conan. Este, susurrando lentamente en su oído, dijo:
—Esto no me habría ocurrido…, si jamás hubieras nacido.
Sus ojos abrieron como platos, si es que podían hacerlo más. Y fue entonces cuando pudo dejar salir aquel atascado grito en su garganta. Sí, lo dejó salir hasta terminar afónica en aquel extraño sueño.
Cuando Haibara se despertó, se vio en aquel mismo cuarto en el que se había estado día antes. El momento en el que a Conan, estupefacto, había dejado caer un jarrón al suelo y la mirada intensa de preocupación del profesor había quemado su piel regresó a su memoria, si es que podía seguir llamándola así. La vergüenza colmó su diminuto cuerpo, ¿Acaso se pasaría el resto de vida besando de vez en cuando el suelo?, ¿Cayendo sin previo aviso? Sentía que estaba mojada en sudor, y lo estaba. Se quitó la manta que la cubría y vio que llevaba puesto el pijama. Se enrojeció al percatarse que la habían desvestido mientras estaba inconsciente; aquello traspasaba los límites de la privacidad.
Miró al techo, intentando recordar qué había soñado; era sin duda demasiado extraño, y tan aterrador como aquel en el que le perseguían unos oscuros cuervos. Sin embargo, su cabeza era incapaz de recrear lo que había estado soñ ía jaquecas y la boca muy seca. Observó su mesita de noche y tomó el vaso de agua que tenía ahí; el agua estaba fresca, lo que le hizo entender que se lo habían servido hace poco.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que perdió la conciencia? Ella recordaba tener delante a Conan, ruborizado, y lo siguiente fue despertar ahí. Ahora se encontraba sola en lo que parecía ser su habitación; una habitación que carecía de juguetes, y sin embargo tenía muchísimas estanterías plagadas de distintos libros que tenían pinta de ser de difícil lectura. Sintió que tal vez no era su cuarto, sino de Agasa, pero tan pronto como vio que tenía doblada su ropa en el armario de la habitación, desechó aquella idea.
—¿Dónde están todos? —se preguntó en voz alta.
Maldijo aquella parte de sí que esperaba despertarse encontrando a aquel gafotas dormido junto a ella, como sucedía en las películas y en los mangas románticos. Un calor subió a sus mejillas al recordar aquel intenso abrazo, y se apagó tan pronto como se percató de que los estaba decepcionando a todos, porque aún no había recuperado sus recuerdos. También maldijo aquella débil parte de sí, que hace preocupar constantemente a todo el mundo; al profesor, a Ran, a sus amigos y a Conan. ¡Oh por Dios!, ¿Acaso podría dejar de pensar de una vez en aquel chico?
Tras revisar aquel cuarto, abrió la puerta para explorar el resto de la casa. La primera vez que estuvo ahí, no tuvo el privilegio de hacerlo porque la llevaron directamente al hospital,"Y con razón", pensó ella.
Al abrir el pomo de la puerta pudo escuchar un ruido proveniente de la cocina. ¿Estará el profesor preparándole algo para comer? Bajó poco a poco las escaleras de su casa, con un ritmo pausado, y tras pasar el salón se paró en seco observando la figura de un hombre de cabellos castaño, unas gafas que le hacían los ojos más pequeños y una bufanda que le cubría el cuello. Haibara se extrañó, ¿Acaso tenía frío?
—Te has levantado, princesa. ¿Cómo te encuentras?
¿Princesa?, ¿Oyó bien? Aquel misterioso hombre que tenía delante le producía unas extrañas sensaciones. ¿Se trataba de un lolicon? El rostro de la pequeña científica se tornó pálido. Este, dándose cuenta del silencio entre ambos, le sonrió con ternura.
—Lo siento, seguramente te haya asustado, ¿No? —Ella no dijo nada, se limitó a retroceder unos pasos. Subaru Okiya, el universitario que estaba asustando a la pequeña niña, se agachó suavemente, dejando la comida al fuego—. El profesor Agasa ha salido para llevar a los niños a sus casas, ellos llevaban un buen rato esperando a que despertaras —el rostro de Haibara se ensombreció, en señal de culpabilidad. Okiya, percatándose de ello, acarició lentamente su cabeza. Haibara había sido pillada desprevenida, pero no dijo nada. Aquel tacto le resultaba muy familiar…, sincero y melancólico—. No te pongas triste, Princesa. ¿Te animas a comer algo? Había preparado curry, y como siempre me he excedido —dijo suavemente, sonriendo a la vez.
—¿Quién eres? —preguntó la científica, observando detenidamente a aquel hombre. ¿Tal vez sea su hermano?, Pero era imposible, el profesor no le dijo que tuviera pariente alguno. Aún así, llevaba en sí la vaga sensación de que le faltaba alguien—. ¿Eres mi hermano? —se atrevió a preguntar. Dicho en alto, le sonaba ridículo. Él negó con la cabeza, y esta dejó escapar un triste "Oh".
—Soy Okiya Subaru, el vecino que vive en aquella casa—dijo señalando la mansión de los Kudo, que ella pudo observar a través de la ventana. Se quedó asombrada de lo grande que era, y de aquella apariencia extranjera—. Muy bonita, ¿Verdad? Aunque no es mía —comentó, atendiendo nuevamente a la comida—…, sino de la familia Kudo.
Aquel apellido nuevamente, ¿Entonces era ahí donde supuestamente vivía el tan conocido Shinichi Kudo?, ¿Qué era de él?, ¿Qué diantres le había sucedido a aquel adolescente? De repente, y sin comprenderlo, se cruzó la imagen de otra persona en su mente.
—¿Y Edogawa-san?
Edogawa Conan también se encontraba en aquella misma casa, sin embargo, este estaba encerrado en el laboratorio haciendo "unas pequeñas reformas". Y no fue hasta que se encontró con unos disquetes cuando comprendió la insensatez de sus actos.
—¿Pero qué estoy haciendo?
Conan sabía que estaba mal. Lo sabía muy bien. Estaba cambiando y guardando objetos del laboratorio para ocultarle la realidad a Haibara. Se sentó en el sofá del "ya no tan laboratorio" y observó detenidamente el objeto que tenía en sus manos.
—Guardar esto sería como eliminar toda existencia del verdadero amor que guardaba Elena Miyano por su hija, y echar a la borda el esfuerzo de Akemi de ocultar aquella valiosa voz, hasta poder entregárselo a su hermana. —Conan se llevó ambas manos a la cabeza, y segundos después comenzó a rascarse el cabello inquieto.
¿Cómo de mal estaba lo que el Detective había planeado? Se dejó sumergir en la conversación que había mantenido anteriormente con Agasa, después de que hubiera hablado por teléfono con Ran.
—Por un segundo, creo que me ha recordado y eso le produjo el gran shock —Le comentó el chico al profesor. Los niños se encontraban en el salón, esperando que Haibara despertara. Conan, junto con el profesor, estaban en su cuarto observándola. Este no pudo evitar morderse el labio—. No quiero verla así, cada dolor de cabeza, cada caída, cada nueva herida...se lo hago yo.
—No es así, Shinichi —dijo el profesor, posando una mano sobre su hombro. Sabía que el muchacho que tenía delante también necesitaba apoyo. Siempre actuando de héroe, pero no es más que un simple humano, y un solo humano no tiene poder de soportar aquello por sí solo—. Shinichi, escúchame, es inevitable que le duela el recordar su pasado, a ti y a la Organización que le obligó a crear aquella droga.
—Sí, lo sé, eso lo sé —respondió Conan, como si le hubiesen contado lo más evidente del mundo, y lo era—. Pero eso no quita que lo que esté pasando ahora mismo sea por mi culpa. ¡Intento ayudarla y lo estoy haciendo todo mal! ¡Maldición! —En ese momento golpeó ligeramente la mesita de noche, haciendo que se derramara el agua del vaso—. Lo siento, ahora lo limpio y le sirvo otro.
Conan salió del cuarto, intentando aclararse las ideas. Agasa, por su parte, se quedó observando a la pequeña Haibara. Esta ya se encontraba cambiada, gracias a Ayumi que, para no avergonzarla después, insistió en ser ella quien le cambiara la ropa.
—Por un segundo me ha recordado...—pensó Conan, recreando en su mente la escena—. Ha visto a través de Conan Edogawa, y ha encontrado a Shinichi Kudo. Me ha visto, y la he herido...—musitó, sirviéndose el agua.
De pronto, viendo cómo caía del grifo las gotas de agua, su mente se bañó en un recuerdo de hacía tiempo, cuando Ran había pasado por lo mismo. Ellos estaban fuera, juntos, puesto que Ran y los niños detectives habían subido a la agencia de Kogoro Mouri. Él estaba preocupado, agobiado y tenso; ¿Recuperaría Ran su memoria? Y entonces habló. Haibara habló. Las primeras palabras que salieron de su boca eran peores que la mordedura de una serpiente cascabel. Ella, con su típica y extraña sonrisa, dijo que ya no tenía que preocuparse de "su verdadera identidad", puesto que Shinichi pasaba a ser agua pasada. Y luego, tras enfadarle, se explicó y le hizo saber su verdadero deseo; olvidar todo aquel oscuro pasado, y estar siempre…
—Idiota, aquello había sido una broma —se reprendió. Qué ridícula era la idea de que Haibara deseara estar con él, ¿Por qué lo haría? El gafotas, sin embargo, sentía cómo el calor subía a sus mejillas al recordarlo.
¿Pero y si realmente…?
Tras subir al cuarto, retomó la conversación con el profesor.
—¡¿QUÉ?! Shinichi, ¿Acabas de oírte?, ¿Cómo vas a evitar lo inevitable? —casi gritó el profesor, al escuchar la absurda idea del pequeño detective. Tal vez el estrés le había pasado factura, y por eso había llegado a tan horrible plan.
—No evitar, sino…¿Atrasar? ¡En fin! Lo que intento decir es que no quiero verla sufrir así, no más. ¿No es mejor darle un descanso, que sea Ai Haibara y olvide por un momento a Shiho Miyano? —dicho en voz alta, admitía que sonaba horrible.
—¿Y cuando recupere ella la memoria?, ¿Qué le dirás?, ¿Que lo hiciste por su bien? ¡Venga ya! ¿Qué bien es ese en el que le ocultas sus verdaderas vivencias? Shinichi, ninguno de los dos tenemos derecho a decidir sobre su vida; SU VIDA.
—¡La quiero proteger de ellas! ¡No quiero forzarla a recordar nada, profesor! —espetó con seriedad. Parecía que ladraba de la fuerza con la que hablaba. ¿Por qué le dolía tanto ver así a Haibara?
Después de un corto silencio, en el que ambos miraron de soslayo a Haibara, Agasa habló:
—¿Y qué será de ti?
—¿Qué quieres decir?
Realmente no había parado a pensárselo fríamente.
—Si no hay Shiho Miyano, no hay antídoto. Si no hay antídoto…
—No hay Shinichi Kudo...—finalizó Conan con seriedad—. Pero sí habrá un tiempo de paz para Haibara.
Era irónico, todo aquello había comenzado con el rogándole el antídoto, y ahora parecía ser lo último que quisiera ver. Sin embargo, Conan había olvidado una importante pieza en todo aquel desordenado puzle: Ran.
—Pero ya no hay paso atrás —se dijo Conan, poniéndose nuevamente manos a la obra.
—El pequeño detective ha salido un rato —respondió Okiya, luego le entregó un plato con comida—. ¿Comemos?
Haibara no tenía apetito, pero tampoco quería quedar como una maleducada frente al hombre que la cuidaba en ausencia del profesor. Los dos se encaminaron a la mesa y se sentaron uno frente al otro, disfrutando de algún modo el plato que tenían servido. Según Haibara, estaba demasiado dulce. ¿Le habrá echado demasiado chocolate? Ella observó la lentitud con la que terminaba el universitario la comida, dándola a entender que tal vez no era alguien que disfrutara de los dulces.
—No hace falta que te fuerces. Está malo —dijo Okiya, mostrando sus dientes al sonreír. Haibara se ruborizó porque la había pillado. Aquello le resultó muy gracioso a Okiya, quien juraría que "la antigua Haibara" jamás dejaría escapar un rubor—. Pensaba que solo te sonrojabas al estar con el chico —Dejó escapar de sus labios. Una parte de él, por muy pequeña que fuera, quería gastarle una broma a la princesa que debía proteger.
Haibara no pudo evitar enrojecerse aún más y, sin responder, se limitó a engullir el plato que tenía delante, fingiendo tener un gran apetito. ¿Era tan evidente?
Minutos después había entrado el profesor Agasa, feliz de encontrar a Haibara despierta y de saber que había comido tan bien gracias a Okiya.
—Me tienes que decir el truco que utilizaste. A mí me costaba horrores que comiera.
Okiya lanzó una mirada de soslayo a Haibara, quien parecía suplicarle con su inocente mirada que no lo hiciera, y luego dirigiéndose al profesor, dijo:
—Lo siento profesor, pero al parecer es un secreto entre nosotros, ¿Verdad?—Haibara asintió con nerviosidad. El profesor la miró sorprendido; sabía con seguridad que la "antigua Haibara" jamás compartiría un secreto con aquel universitario.
Al profesor no le gustó cómo sonaba aquel "antigua Haibara", pero no encontraba tampoco las palabras perfectas que lo definiesen.
Tiempo después Haibara continuó examinando la casa del profesor; curioseaba cada centímetro de ella, empezando por los cuartos de arriba y luego por los de abajo, hasta dar con la puerta que daría a aquel supuesto laboratorio, si lo hubiera. Antes había intentado entrar, pero al tocar el pomo había recibido un calambrazo, y no le agradaba esa sensación. Después de observar el resto, decidió que ya era el momento.
—Profesor, ¿Qué hay tras esa puerta?
—El sótano, nada interesante —dijo el profesor, quitándole importancia. ¿Había terminado Conan lo que tuviera que hacer?
—¿Puedo ir? —preguntó llena de curiosidad.
El profesor no supo qué decir. Sabía que había pasado horas desde que Conan estuviera arreglando el cuarto, pero no recibió aviso alguno de que hubiera terminado, y le preocupaba. Sabía perfectamente que lo que estaba haciendo el muchacho era éticamente horrible, y a largo plazo sería perjudicial para ambos; a Haibara tarde o temprano le llegaría el golpe, así como quedaba pausada la búsqueda de la cura.
—Profesor, ¿Pasa algo? —preguntó Haibara, preocupada por su repentino silencio.
Después de balbucear un rato, el profesor respondió:
—Espera, solo déjame comprobar que no hay nada…¡Peligroso que pueda hacerte daño! ¡Ya sabes, los sótanos siempre son un desastre!
El profesor salió pitando, como si se jugara la vida en ello. Bajó con cuidado las escaleras, ya tenía una edad, pero manteniendo la constancia. Haibara lo miró entre divertida y bocabierta; era la primera vez que había visto al profesor de aquella manera.
Cuando llegó al sótano, se sorprendió por el cambio tan notable de aquel cuarto. No, ya no parecía ningún laboratorio, sino un cuarto más del hogar que contaba con un sofá, una pequeña mesa, el ordenador sobre el escritorio del cuarto, y una pequeña cama; parecía ser el nuevo cuarto de invitados. Se acercó a una castaña cabeza que asomaba por el sofá azul; Conan Edogawa estaba durmiendo plácidamente, y entre sus manos agarraba con fuerza unos disquetes del que no se podía librar. Agasa lo miró con ternura y acarició su cabeza de forma paternal.
En ese mismo instante irrumpió Haibara en el cuarto, puesto que había esperado bastante arriba.
—¡Pues no parece que haya nada que me pueda herir! —dijo esta con una sonrisa. Una tan sincera y tierna que había ablandado el corazón del profesor.
—Me voy a arrepentir de esto, lo sé —pensó Agasa, acto seguido había agarrados los disquetes y los había ocultado bajo su larga bata blanca—. Pero, al igual que Shinichi, la quiero ver sonreír así.
—¿Qué ocultas profesor? —preguntó Haibara con curiosidad.
Este, con nerviosismo, se giró a la pequeña científica, o ex-científica, y soltó un casi inaudible "shhh", señalando al dormido muchacho.
—Habrá entrado mientras tú estabas investigando los cuartos de arriba y yo andaba distraído. Y mira, se quedó dormido. —mintió el profesor, esperando que se lo creyera.
—Oh, entonces dejémosle descansar. ¡Espera, le bajo una sábana para cubrirle!
Solo cuando dejó de escuchar el sonido de los piececitos de Haibara chocando contra las escaleras, Agasa soltó su largo suspiro. Se sentía muy mal por mentirle. Este, aprovechando que se había marchado la niña, salió en busca de un lugar donde pueda ocultar los mensajes de Elena Miyano. Si se sentía mal tras haber soltado aquella pequeña mentira, ahora se sentía un monstruo por ocultarle el mayor de sus tesoros.
Cuando Haibara bajó no encontró al profesor, pero tampoco le había dado importancia. Se acercó lentamente al sofá, para evitar despertar al pequeño detective que estaba ahí. Le colocó la sábana con mucho mimo, y con lentitud, así podría estar más rato cerca de él.
No podía seguir negando que sentía ciertos cosquilleos al estar junto a él, o pensar en aquel muchacho. Observó detenidamente su rostro casi angelical al dormir e intentó imaginarse en qué soñaba para mostrar aquella gratificante sonrisa. Comenzó a tocar inconscientemente su rostro con el dedo índice, paseándolo en círculos sobre su mejilla. Luego añadió el corazón, y los fue subiendo hasta su cabello. Con cada roce, cálido y humano, Haibara sentía cómo otro latido más se salía de su lugar. Quiso ser más atrevida, y ahora dibujaba en su rostro con todos sus dedos restantes. Paseaba ensimismada en su cara los cinco dedos de sus manos, disfrutando del suave tacto. Sin embargo, en ningún momento se atrevió a tocar sus labios; podía acariciar su mejilla, su frente, su oreja y el cabello, pero no posaría dedo ninguno sobre sus labios.
De tal ensimismamiento que tenía, no notó que el pequeño detective aún llevaba puestas sus gafas. Se sorprendió por no haberlo hecho antes y luego se lo quitó cuidadosamente. Pensó, tras quitárselo, que aquel chico se veía igual de atractivo tanto con gafas, como sin ellas. Se imaginaba cómo sería observar aquellos ojos cobaltos sin las gafas, y a la vez la idea se le hacía vergonzosa. Siguió acariciándolo como se acaricia a un pequeño cachorro, hasta que oyó una voz que consiguió despertarla de aquel bonito sueño.
—¡Ai-kun! ¿Sigues abajo?
—¡Ya voy! —respondió sobresaltada.
Estaba siendo llamada por el profesor.
Inmediatamente dejó de acariciar aquel rostro que, según ella, era tan tierno. Quiso recrear aquella escena de película, en el que la enamorada se acercaba lo suficiente a su amado dormido para darle un beso que llevaría a su tumba. Agarró con las manos temblorosas su rostro, acercándose hasta tal punto que podía sentir sus respiraciones chocar,y no supo distinguir cuál era la respiración que a ella le pertenecía...solo le quedaba un poquito, pero paró en seco.
Lo que estaba haciendo tenía un nombre, y ella, en el fondo de su interior, sabía cuál era. No, no podía hacer eso sin su consentimiento. Se golpeó la frente internamente por la tontería que iba a cometer; un beso, como un abrazo, tenía que ser disfrutado por ambos, no solo por ella.
—Creo que me gustas mucho —susurró a esa distancia, y tras decirlo, se marchó cerrando suavemente la puerta detrás de sí.
Fue en ese momento cuando Conan abrió los ojos, tomando un buen bocado del aire. Su cara se tensó tras aguantar el rubor por tanto tiempo, y seguir fingiendo que estaba dormido.
¿Quién podría descansar tras recibir tales caricias? Sintió cómo le ardía el rostro y se le aceleraba el latido de su corazón. Su cabeza parecía un panal de abeja, escuchando continuamente un molesto "bzzzz", "bzzzz", y juraría que el momento en el que sus respiraciones había chocado, era el suyo el que estaba más entrecortado.
—¿Qué significa esto? —logró pensar el pequeño detective.
¡Muy buenas a todos! ¡Al habla Chiquishas!
Aunque no sea interesante, os voy a hablar un poco de mi vida:
HE.
CONSEGUIDO.
LA.
BECA.
¡SÍÍÍ! SIGUIENTE PASO: UNIVERSIDAD.
¡También me emocionó saber que había sido aceptada en la facultad de Psicología en la primera adjudicación! Lo emocionante de haber sido aceptada en la primera es que (no sé cómo irá en otros países pero aquí hay unas asignaturas que multiplican más ya que pertenecen a la rama de la carrera que quieras estudiar) yo soy de Humanidades, y solo me presenté a la fase general porque ninguna me multiplicaba, ya que Psicología pertenece a la rama de Ciencias de la Salud, y estaba asustada porque eso significaría que me sería casi imposible acceder (algunos profesores me habían recomendado hasta buscarme otra carrera, porque no tenía oportinidad). ¡Y PASÉ A LA PRIMERA! *llorando de alegría* lo que indica que los estudiantes de ciencias que se presentaron a selectividad y tomaron la opción de Psicología : 1. Fueron muy pocos o cagaron muy bien en Selectividad...
Venga, ya paro de contaros mi aburrida vida y voy a lo importante:
Me gustaría explicaros el por qué de la última parte. Siempre he leído libros y visto películas en el que uno besa a otro estando dormido, etc. ¡Y no me parece bonito! En mi pueblo a eso lo llamamos agresión sexual, ¡Que no se "romantice"! D:
Recordad, para que un beso sea un beso, siempre ha de haber consentimiento por ambas partes. Y estar dormido no es igual a consentir, ¿Verdad?
¿Te ha gustado el capítulo? ¡Hazmelo saber! Y...
¡Muchísimas gracias por leerme, ❤!
