Buenas noches a todos, a qui les traigo otro capitulo de esta hermosa historia
Ni los personajes ni la historia me pertenecen, todos los derechos a sus respectivos autores
—Ya llegamos, Señorita Heartfilia.
El Buick modelo Park Avenue dejó la carretera principal y tomó un camino de acceso de dos carriles marcado con un letrero azul y blanco de madera donde se podía leer: Stars Drive. Annette Miles, la conductora que había recogido a Lucy en O'Hare, había sido la secretaria de Jude durante varios años. Era cuarentona, demasiado gorda y su pelo era corto y canoso. Aunque educada, no era particularmente comunicativa y había habido poca conversación entre ellas.
Lucy estaba cansada por haberse levantado de madrugada para tomar un vuelo muy temprano y se sentía tensa por lo que se avecinaba. Tratando de relajarse, miró por la ventana del pasajero al paisaje arbolado. Bosques de robles, nogales, arces y pinos jalonaban ambos lados del camino de acceso y entre los árboles a su derecha, vislumbraba un torbellino tras una valla.
—¿Qué pasa allí?
—Es un campo de entrenamiento de hierba de tamaño reglamentario, mide setenta yardas. Los árboles protegen el área privada de los curiosos más descarados. —Tomó un desvío marcado con una señal rectangular azul y blanco indicando el área de entrada—. Su padre le compró esta tierra a la iglesia católica en 1980. Antes había aquí un monasterio. El complejo no es lo que uno se imagina, no tiene las comodidades del de los Cowboys o de los Forty Niners, pero es funcional, y el Midwest Sports Dome no está demasiado lejos. Existe un poco de controversia sobre la situación del Dome, pero supone una gran fuente de dinero para el DuPage County.
La carretera giraba a la derecha y subía una suave pendiente hacia un edificio arquitectónicamente poco impresionante de dos plantas, de acero y vidrio. Su aspecto más agradable era la forma en que el cristal reflejaba los árboles circunNatsutes, suavizando la apariencia utilitaria del edificio.
Annette apuntó hacia un área pavimentada marcada como estacionamiento reservado.
—Traje el coche de su padre como le dije. Está estacionado en la entrada lateral. Supongo que querrá usarlo, pero hoy entraremos a través del vestíbulo.
Se dirigió a la zona de aparcamiento más cercana a la entrada delantera y apagó el motor. Lucy salió. Cuando se acercó al edificio, deseó haber llevado a Plue con ella en lugar de dejarla con Fred. Divisó su reflejo en las puertas dobles de cristal. Su traje de chaqueta gris perla, era lo más cercano que tenía a un traje de negocios. Llevaba una blusa de seda color añil bajo la chaqueta corta y unas sandalias color índigo a juego que se cerraban con unas delicadas correas doradas. Su rizado pelo rubio, suave y brillante, estaba retirado de su cara. La única frivolidad que se había permitido era un broche púrpura y blanco en la solapa de su chaqueta. Y sus gafas de sol de diamantes falsos.
Annette le abrió una de las puertas dobles de cristal. Cada puerta tenía el logotipo del equipo de tres estrellas doradas entrelazadas dentro de un círculo color azul. Subiendo las gafas de sol a la parte superior de su cabeza, Lucy entró en el mundo de su padre.
El vestíbulo semicircular, como era de esperar, alfombrado en azul, tenía sillas de plástico doradas y un mostrador curvo de Lyonas blancas, azules y doradas. En un extremo había una vitrina con trofeos, periódicos, pósters y un entramado formado por los logotipos de todos los equipos de la NFL entremezclados.
Annette señaló una silla.
—¿Puede esperar ahí sólo un momento?
—Por supuesto. —Lucy se quitó las gafas de sol y las guardó en su bolso. Apenas pasó un minuto antes de que un hombre saliera precipitadamente de la sala de la izquierda.
—Señorita Heartfilia. Bienvenida.
Ella clavó los ojos en él.
Era adorable, un pequeño y aburrido Tom Cruise con expresión acogedora y servil que sirvió para apaciguar los nervios de su estómago. Aunque probablemente era de su edad, parecía mucho más joven, casi un adolescente. Tomó la mano que le ofreció y se miró en un par de gloriosos ojos azules, parecidos a los de Cruise, que estaban casi al nivel de los de ella.
—Supongo que estará cansada del vuelo. —Poseía las pestañas más espesas que había visto en un hombre—. Lamento que no haya tenido la posibilidad de descansar antes de venir.
Su voz era suave, su comportamiento tan comprensivo, que experimentó su primer Lyono de esperanza desde que Natsu Dragneel la había chantajeado. Quizá esto no sería tan malo después de todo.
—Estoy bien —le aseguró.
—¿Está segura? Sé que hay muchas personas esperando para verla, pero intentaré entretenerlas si quiere.
Ella quiso atarle un lazo y ponerlo bajo su árbol de Navidad. Su radar interno no emitía ninguna señal de alerta advirtiéndole sobre él, algo que generalmente ocurría cuando tenía alrededor hombres de buen ver. Su estatura y su comportamiento amistoso impedían que se sintiera amenazada.
Ella habló tan bajo que era el único que la podía oír.
—¿Por qué en vez de hacer eso, no te mantienes a mi lado? Tengo la sensación de que voy a querer tener cerca una cara amiga.
—Encantado. —Intercambiaron sonrisas y ella sintió una conexión con él, como si se conocieran desde hacía años.
La condujo a través de un pasillo abovedado que atravesaba una zona de oficinas decoradas con recuerdos, insignias y tazas del equipo llenas de lápices. Según pasaban la presentó a un gran número de hombres, con polos con la insignia de los Stars y que parecían tener título: director, gerente, asistente.
A diferencia de sus uniformados compañeros de trabajo, su nuevo aliado llevaba un traje de Lyonas finas color gris, camisa blanca almidonada con doble puño, corbata color Borgoña y zapatos de suela.
—Aun no me has dicho tu nombre.
—Caramba. —Se golpeó la frente con la palma de la mano y le dirigió una gran sonrisa, haciendo que se le formaran un par de hoyuelos—. Estaba tan nervioso que olvidé presentarme. Soy Gray Fullbuster, señorita Heartfilia.
—Por favor, Gray, llámame Lucy.
—Será un honor.
Atravesaron otra área ocupada con zonas de trabajo separadas por particiones, luego giraron en la esquina hacia el ala posterior y más larga del edificio. Estaba decorado con poca imaginación igual que el vestíbulo: alfombra azul, paredes blancas cubiertas de fotos y pósters del equipo en sencillos marcos de cromo.
El miró su reloj y frunció el ceño.
—Ahora estamos al lado de la oficina de Steve Kovak. Es el director de personal y quiere tener los contratos firmados tan pronto como sea posible.
—El entrenador Dragneel habló de esos contratos como si fuera cosa de vida o muerte.
—Lo son, Lucy. Por lo menos para los Stars. —Se paró delante de una puerta que tenía una pequeña placa de latón donde decía que era la oficina del jefe de personal—. La última temporada, el equipo tuvo uno de los peores resultados de la liga. Los aficionados nos han abandonado y hemos estado jugando en un estadio que llena apenas media entrada. Si perdemos a Bobby Tom Denton, habrá aun más asientos vacíos.
—Me estás diciendo que debo firmar.
—Oh, no. Eres la dueña. Te puedo aconsejar, pero es tu equipo y tú tomas la decisión.
Él habló tan seriamente que ella quiso rodearlo con sus brazos y darle un gran beso sonoro en su pequeña boca. Pero lo que hizo fue atravesar la puerta que él abrió para que entrase.
Steve Kovak era un curtido veterano con años de luchas tras sus espaldas. Estaba en mangas de camisa, tenía escaso pelo castaño, una mandíbula cuadrada y tez colorada. Lucy lo encontró totalmente aterrador, y cuando fueron presentados, deseó no haberse puesto pantalones.
Como no podía enseñar las piernas, se abrió la chaqueta cuando tomó asiento en una silla frente al escritorio.
—Creo que es necesario que firme algunos contratos.
—Sí. —Él separó los ojos de sus pechos y empujó un montón de documentos hacia ella. Ella sacó unas gafas de leer con montura de leopardo de su bolso y se las puso.
La puerta se abrió detrás de ella y se tensó. No necesitó girar la cabeza para saber quien había entrado; Había algo en el aire. Quizá era el sutil perfume cítrico que había advertido cuando estuvo en su apartamento, quizá simplemente eran las ondas de energía que transmitía un macho dominante. La idea de que todavía recordaba como olía la asustó y dejó que su chaqueta se abriera un poco más.
—Estoy realmente contento de verla hacer eso, señorita Heartfilia. —El toque sarcástico se apreció en su voz arrastrada de Alabama. Hasta ahora, ella nunca había encontrado que el acento sureño le pareciera particularmente atractivo, pero se vio obligada a admitir que había algo definitivamente seductor en esa manera de alargar las vocales.
Ella centró su atención en los documentos que estaba estudiando.
—Sea agradable, Sr. Dragneel, o haré que Plue le ataque. —Antes de que él pudiera responderle, su cabeza se elevó rápidamente del contrato de Bobby Tom Denton—. ¿Ocho millones de dólares? ¡Se le pagan ocho millones de
dólares a alguien por jugar al fútbol! Creía que el equipo tenía problemas financieros.
Natsu se apoyó contra la pared de su izquierda, cruzó los brazos y se metió los dedos bajo las axilas del polo azul de los Stars que llevaba puesto con unos pantalones grises.
—Un buen receptor no es barato. Pero fíjese que el contrato es por cuatro años.
Ella todavía trataba de recobrar el aliento.
—Esto es mucho dinero.
—Él vale cada penique —replicó Steve Kovak—. De cualquier manera, su padre aprobó este contrato.
—¿Antes o después de morir?
Natsu sonrió. Instintivamente, Lucy miró al único hombre de la habitación en el que confiaba para confirmar que su padre, ciertamente, había conocido ese escandaloso contrato. Gray inclinó la cabeza.
La silla de Kovak chirrió cuando se giró en dirección a Natsu, dejándola eficazmente fuera de la conversación.
—¿Sabes que los Colts le pagaron a Johnny Unitas sólo diez mil dólares al año? Y eso fue después de que les hiciera ganar dos campeonatos.
Estos hombres estaban definitivamente chiflados y decidió que ella sería la voz de la cordura.
—¿Entonces por qué no despiden a Bobby Tom Denton y contratan a ese tal Unitas? Pueden triplicar la oferta de los Colts y todavía se ahorran unos millones.
Natsu Dragneel se rió. Inclinando la cabeza, mantuvo los brazos cruzados mientras su pecho se estremecía. Steve Kovak clavó los ojos en ella con una expresión que estaba a medias entre la repulsión y el horror.
Sus ojos se dirigieron a Gray, que tenía una sonrisa tierna en su cara.
—¿En qué me he equivocado?—preguntó.
Inclinándose hacia adelante, Gray palmeó su mano y murmuró—: Johnny Unitas está jubilado ahora. Tiene sesenta años. Y era quarterback.
—Ah.
—Pero si todavía jugase y fuera joven, esa sería una sugerencia excelente.
—Gracias —contestó ella con dignidad.
Con la cabeza todavía inclinada, Natsu se enjugó las lágrimas con los pulgares.
—Johnny Unitas. Jajaja…
Completamente irritada ahora, ella giró las piernas hacia él mientras se quitaba las gafas y las ponía sobre los contratos sin firmar.
—¿Ganó tanto dinero cuando jugaba?
La miró con ojos húmedos.
—Para empezar los quarterbacks están mejor pagados, sobre todo cuando llevan unos años en la liga.
—¿Mejor que ocho millones de dólares?
—Si.
Ella golpeó los contratos sobre el escritorio.
—Estupendo. ¡Entonces fírmelos usted! —Poniéndose de pie, se dirigió hacia fuera.
Estaba a medio camino del vestíbulo cuando se dio cuenta de que no sabía donde ir. Había una oficina vacía a su izquierda. Entró y cerró la puerta, deseando haber controlado su temperamento. Otra vez, había dejado que su boca asumiera el control de su cerebro.
Metiendo las gafas en el bolsillo de su chaqueta, se dirigió a las ventanas que se extendían entre el suelo y el techo detrás del escritorio y miró hacia fuera, a los campos vacíos de entrenamiento. ¿Qué sabía ella de receptores y contratos de ocho millones de dólares? Podía mantener conversaciones sobre arte en cuatro idiomas distintos, pero eso ahora no le valía de nada.
La puerta se abrió detrás de ella.
—¿Estás bien? —preguntó Gray suavemente.
—Estoy bien. —Cuando se giró, notó la preocupación en sus ojos.
—Tienes que comprenderlos. Es el fútbol.
—Odio ese juego. No quiero entenderlo.
—Me temo que tendrás que hacerlo si vas a dedicarte a esto. —Le dirigió una sonrisa amarga—. Pero no hacen prisioneros. El fútbol es el club de chicos más exclusivo del mundo.
—¿Qué quieres decir?
—Es algo muy cerrado para la gente ajena. Hay contraseñas secretas y tienen rituales que sólo ellos pueden entender. No hay ninguna regla escrita, y si preguntas que hacen, te ignoran. Es una sociedad cerrada. Las mujeres se quedan fuera. Y algunos hombres no dan la talla.
Ella se alejó de la ventana y lo miró con curiosidad.
—¿Estás hablando de ti mismo? Se rió con vergüenza.
—¿Es tan obvio? Tengo treinta y cuatro años. Le digo a todo el mundo que paso de uno ochenta, pero apenas mido uno setenta y seis. Y todavía trato de entrar en el equipo. Lo seguiré intentando toda mi vida.
—¿Cómo puede ser todavía tan importante para ti?
—Simplemente lo es. Cuando era niño, no podía pensar en nada más. Leía sobre fútbol, soñaba con él, veía todos los partidos que podía, en la escuela secundaria, en la universidad, no importaba. Amaba las jugadas, los ritmos, la ambigüedad moral. Incluso amaba su violencia porque en cierta manera no era
violento, no dejaba cadáveres. Hice todo menos jugar. Era demasiado bajo y torpe. Estaba seguro que lo haría mal, por eso tenía claro que nunca cogería una pelota.
Él metió una mano en el bolsillo de sus pantalones.
—Mi último año de secundaria, fui premio nacional escolar y me aceptaron en Yale. Pero lo habría dejado todo en ese momento si hubiese podido estar en el equipo. Si, aunque fuera una sola vez, hubiera podido traspasar la línea de fondo.
Ella entendió su anhelo aunque no podía entender su pasión por el fútbol.
¿Cómo podía este dulce y gentil hombre tener una obsesión tan poco saludable?
Ella señaló con la cabeza los contratos que él llevaba.
—¿Quieres que los firme, no es cierto?
Él se acercó, con los ojos brillantes de excitación.
—Todo lo que puedo hacer es aconsejarte, pero creo que este equipo tiene un futuro brillante. Natsu es temperamental y exigente. Algunas veces es demasiado duro con los jugadores, pero es un gran entrenador y tenemos un montón de jóvenes talentos. Sé que estos contratos representan una fortuna, pero en el fútbol, los campeonatos dan dinero. Creo que es una buena inversión a largo plazo.
Ella le arrebató los contratos y rápidamente garabateó su nombre en los lugares que él indicó. Cuando lo hizo, se mareó ante la seguridad de que acababa de regalar millones de dólares. Pero, eso finalmente sería problema de Sting, ¿de que debería preocuparse?
La puerta se abrió y Natsu entró. Él vio la pluma en su mano y como le devolvía los contratos a Gray, y como él asentía la cabeza en su dirección.
Natsu pareció relajarse visiblemente.
—Gray, ¿por qué no se los devuelves ahora a Steve?
Gray inclinó la cabeza y salió de la habitación antes de que ella pudiera detenerle. La oficina pareció considerablemente más pequeña cuando la puerta se cerró otra vez y se quedaron a solas. Ella se había sentido segura con Gray, pero ahora había algo muy peligroso crepitando en el aire.
Natsu caminó detrás del escritorio y tomó asiento, ella se percató de que ésta era su oficina. A diferencia de otras partes del edificio, esta habitación no tenía las paredes llenas de condecoraciones y fotos. Las estanterías metálicas estaban llenas de cintas de video y libros y los archivadores situados frente al sofá estaban en orden. El escritorio estaba desordenado, pero no desorganizado. Una televisión ocupaba la esquina opuesta junto con un video. Ella evitó mirar un feo hueco en la pared que daba la impresión de que podía haber sido hecho con su puño.
Ella casi esperaba verlo sacar latas vacías de cerveza de las papeleras y aplastarlas con los puños, pero él señaló con la cabeza hacia una de las sillas
azules de cromo. Tomó asiento en el sofá porque era lo que estaba más alejado.
La silla chirrió cuando él se reclinó.
—Ya comí, así que no necesita estar tan asustada. No voy a comerla. Ella levantó la barbilla y le dirigió una sonrisa ardiente.
—Qué pena, Entrenador. Esperaba que estuviera hambriento. Él sonrió.
—Me alegro de haberla conocido con treinta y siete años en lugar de diecisiete.
—¿Por qué?
—Porque soy bastante más listo ahora de lo que era entonces y es exactamente el tipo de mujer sobre el que me advirtió mi madre.
—Una madre perspicaz.
—¿Ha sido una come-hombres toda su vida o sólo recientemente?
—Conseguí mi primera victima cuando sólo tenía ocho años. Un boyscout llamado Kenny.
—Ocho años. —Silbó con admiración—. Ni siquiera quiero imaginarme lo que hacía con la población masculina cuando tenía diecisiete.
—No era algo bonito. —Jugar con este hombre era exasperante y ella buscó la manera de cambiar de tema. Recordando los campos de entrenamiento vacíos, ella inclinó la cabeza hacia la ventana.
—¿Por qué no están entrenando? Creía que no querían perder.
—Es martes. Es el único día de la semana que los jugadores tienen libre. Algunos lo utilizan para aparecer en actos comunitarios, hablar en comidas, ya sabe, ese tipo de cosas. Los entrenadores también. El último martes por ejemplo, pasé la tarde dando un anuncio de servicios sociales para United Way en una guardería del condado.
—Ya veo.
Dejó de bromear y deslizó sobre la mesa del escritorio una carpetilla hacia
ella.
—Éstos son los currículos de los tres hombres que Steve Kovak y yo
pensamos que son los más capacitados para ocupar el cargo de presidente, también van nuestros comentarios. ¿Por qué no lo examina esta noche? Nos puede decir cual es su decisión mañana o puede que quiera hablar con Sting.
—Mientras yo sea la dueña, entrenador, tomaré mis propias decisiones.
—Estupendo. Pero necesita hacerlo rápidamente. Ella recogió la carpeta.
—¿Qué pasa con el presidente actual? ¿Está despedido?
—Todavía no.
Cuando él no dijo nada más, su estómago se hundió. No podía ni imaginarse algo peor que despedir a alguien, ni siquiera a una persona que no conocía.
—¡Pues yo no le despido! Me gustan los hombres vivitos y coleando.
—Normalmente sería trabajo del dueño, pero supuse que se sentiría así, así que le pedí a Steve que se encargara de ello por ti. Debe estar haciéndolo ahora.
Lucy soltó un suspiro de alivio.
Natsu insistió en mostrarle los alrededores de las instalaciones y la guió por el edificio de dos plantas con forma de L durante la hora siguiente. Ella se sorprendió por el número de aulas que vio y se lo mencionó a Natsu.
—Las reuniones y ver cintas de partidos forma parte del entrenamiento— explicó—. Los jugadores tienen que aprender las jugadas. Criticar y oír todas las informaciones. El fútbol es más que sudor.
—Creeré su palabra.
La sala de juntas de los entrenadores tenía una pizarra en un extremo, con las palabras King, Joker y Jay Hawk garabateadas, así como algunos diagramas. La cerrada sala olía a goma y tenía una báscula para pesar elefantes del tamaño de Toledo, además había un laboratorio de vídeo con estanterías desde el suelo al techo llenas de cintas y un equipo caro de filmación de alta tecnología.
—¿Por qué se necesita un equipo de filmación?
—Entrenar implica un montón de cintas para analizarlo todo. Tenemos nuestro propio equipo de filmación y filman desde tres ángulos diferentes. En la NFL, cada equipo tiene que enviar cintas de sus tres últimos partidos a su siguiente adversario exactamente una semana antes de jugar.
Ella miró a través de las ventanas de la sala de entrenamiento, la única verdaderamente ordenada que había visto en su recorrido. Las paredes estaban llenas de archivos. Había bancos acolchados, varias papeleras de acero inoxidable, un dispensador de Gatorade, un barril de plástico rojo que ponía: "contagioso" y una mesa con docenas de cintas en montones de gran altura.
Ella apuntó hacia allí.
—¿Por qué hay tantas?
—Los jugadores tienen que ser grabados en cinta antes de cada entrenamiento, normalmente dos veces al día. Usamos bastantes.
—Eso debe llevar mucho tiempo.
—Hay cinco videos en el complejo, tres más durante la temporada.
Siguieron adelante. Se fijo en que se encontraban con pocas mujeres y que se quedaban visiblemente perturbadas cuando veían a Natsu, en cambio los hombres lo saludaban con distintos grados de deferencia. Ella recordó lo qué Gray le había dicho sobre que el fútbol era un club de chicos, y se dio cuenta de que Natsu era su presidente.
En el vestuario de veteranos, los casilleros abiertos estaban llenos de zapatos, calcetines, camisetas y almohadillas. Algunos de los jugadores habían pegado fotos en sus casillas. Había una máquina que dispensaba bebidas en un extremo, junto a varios teléfonos y taquillas de madera llenas de correo de seguidores.
Después de prometerle que volvería antes de las diez de la mañana siguiente, Natsu la dejó en el vestíbulo. Se sintió aliviada de haberse apartado de él sin haber sufrido lesiones. Ya había cogido de su bolso la llave que Annette Miles le había dado del Cadillac de Jude, cuando recordó que no le había agradecido a Gray que la ayudara ese día. También quería pedirle consejo para elegir al nuevo presidente.
Se dirigió hacia el ala que llevaba la gestión de los Stars, un hombre regordete con un equipo de filmación se dirigía hacia ella.
—Perdón. ¿Dónde puedo encontrar la oficina de Gray?
—¿Gray? —El hombre se quedó perplejo.
—Gray Fullbuster.
—Ah, quiere decir Gray. La última puerta.
Recorrió el pasillo, pero cuando llegó al final, creyó que se había equivocado porque la puerta tenía una placa de metal que ponía "Presidente". Desconcertada, clavó los ojos en ella.
Y luego su corazón dio un vuelco. Atravesó una pequeña antecámara, con el escritorio de una secretaria y algunas sillas. El teléfono estaba repicando con todos los botones brillando intermitentemente, pero allí no había nadie. Ella mantuvo algunos alocados segundos la esperanza de que Gray fuera alguna clase de asistente, pero esa esperanza murió cuando se acercó a la puerta de la oficina.
Gray se sentaba detrás del escritorio, la silla daba la espalda a la puerta y él miraba por la ventana. Estaba en mangas de camisa, con los codos apoyados en los brazos de la silla.
Ella entró cautelosamente.
—¿Gray?
Él se dio la vuelta.
—Hola, Lucy.
Su corazón casi se rompió cuando él le dirigió una sonrisa de pesar. A pesar de su actitud resignada, ella se permitió un parpadeo de esperanza.
—¿Ya has hablado con Steve Kovak?
—¿Quieres saber si me ha despedido? Sí, lo hizo. Ella sintió una súbita desilusión.
—No me di cuenta de que eras el Presidente. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Creía que lo sabías.
—Si lo supiera, nunca habría dejado que esto ocurriera. —Al mismo tiempo que decía las palabras, recordó su acuerdo con Natsu. Parte del contrato había sido la promesa de despedir al presidente.
—Está bien. En serio. Era inevitable.
—Pero Gray…
—Sólo obtuve el trabajo como asistente del presidente porque mi padre y Jude eran buenos amigos. Tu padre nunca estuvo satisfecho conmigo y me habría despedido a los seis meses si Makarov Dreyar no me hubiera ayudado.
Ella se hundió en una silla.
—Al menos alguien te respaldaba.
—Me encantaba trabajar con Makarov. Nos complementábamos perfectamente, con lo cual Makarov no quería que Jude me despidiera.
—¿De qué manera?
—Makarov tiene buenos instintos en el fútbol y es un líder fuerte, pero no es excepcionalmente inteligente. Tengo cualidades de las que él carecía en organización, una buena cabeza para los negocios pero soy un absoluto fracaso como líder. Makarov y yo llegamos al acuerdo de que yo planificaría el trabajo y las estrategias y él las llevaría a cabo.
—¿Me estás diciendo que tú dirigías el equipo?
— Oh, No. Lo hacía Makarov.
—Ejecutando tus ideas.
—Eso es cierto.
Ella se frotó la frente.
—Eso es terrible.
—Si te sirve de consuelo, despedirme fue la decisión correcta. Si uno es presidente de un equipo profesional, todo el mundo, desde el cuerpo administrativo hasta los entrenadores deberían de temerle un poco. Los hombres no me respetan, ni me temen. Tengo cerebro para hacer el trabajo, pero parece que no tengo el carácter. O quizá sea que no tengo las agallas.
—Yo las tengo. —Ella se enderezó en la silla, tan asombrada como Gray de haber dicho en voz alta las palabras que sólo había pensado.
—Perdón.
Su mente trabajaba a toda velocidad. Jude había querido que ella fuera un testaferro. Había esperado que se pasase los días sentada en su vieja oficina, firmando obedientemente los contratos que le pusieran delante y haciendo lo que le dijeran. Nunca se le habría ocurrido que ella podría tratar de aprender algo sobre el trabajo.
Había jurado que no iba a jugar el juego de su padre y ahora veía una manera de cumplir las condiciones del testamento pero conservando el respeto de sí misma.
—Tengo las agallas —repitió— pero no tengo los conocimientos.
—¿Qué quieres decir?
—Hasta ahora, lo único que sabía sobre el fútbol es cuánto lo odio. Si mi padre hubiera sospechado que Makarov Dreyar lo dejaría, nunca me habría dejado siquiera acercarme a los Stars, ni por unos pocos meses. Me sentía atrapada al hacer esto, primero por Jude y luego por Natsu Dragneel, pero eso no significa que lo tenga que hacer a su manera.
—Sigo sin comprender nada.
—Necesito aprender algo sobre como dirigir un equipo de fútbol. Incluso aunque sólo vaya estar a cargo unos meses, quiero tomar mis propias decisiones. Pero no lo puedo hacer sin tener una persona de confianza aconsejándome. —Señaló los documentos que aún tenía en la mano—. No sé nada sobre estos hombres.
—¿Son los candidatos para ser presidente? Ella inclinó la cabeza.
—Estoy seguro que puedes confiar en que Natsu y Steve hayan escogidos los más capacitados.
—¿Pero cómo lo sé?
—Quizá tu primo Sting te pueda aconsejar.
—¡No! —Se obligó a hablar con serenidad—. Sting y yo nunca nos llevamos bien. No le pediré nada bajo ningún concepto. Te necesito.
—No te puedo decir cuanto me halaga tu confianza en mí. Ella se dejó caer en la silla.
—Desafortunadamente, le prometí a Natsu que me desharía de ti.
—Su petición no era irrazonable. He estado haciendo un trabajo deprimente.
—Eso es sólo porque él no sabe que eres capaz de hacerlo. No te conoce como yo.
—Conozco a Natsu desde hace años —le recordó amablemente—, tú y yo nos conocemos desde hace sólo dos horas.
Ella no tenía paciencia para ese tipo de lógica.
—El tiempo no es importante. Tengo buenos instintos sobre la gente.
—Natsu Dragneel no es el tipo de hombre con quien deberías enfrentarte y ahora mismo, lo necesitas bastante más que a mi. Ganar partidos es lo único que le importa en la vida. Sabía eso cuando convencí a Makarov para que se lo quitara a los Bears.
—¿Eres quien lo contrató?
A esas alturas, conocía a Gray lo suficiente como para anticipar qué iba a contestar.
—Oh, no. Jude y Makarov tomaron la decision final.
Basado en el arduo trabajo de Gray.
—Necesito algún tiempo para pensar.
—No creo que tengas mucho que pensar. ¿Le diste tu palabra a Natsu, no es cierto?
—Lo hice, pero…
—Pues ahí lo tienes.
Gray tenía razón en una cosa, pensó sombría. No le gustaba nada la idea de enfrentarse a Natsu Dragneel.
