Capítulo 7
*Avaricia*
—Quiero a una persona más generosa—
Las piernas de Wolfram comenzaban a acalambrarse cuando Murata se levantó de su sitio. El tiempo, como siempre, era mal amigo y les había jugado chueco. Ya era demasiado tarde, más aún si se tomaba en cuenta el hecho de que llevaban casi un día entero en ese lugar.
—Creo que no podemos permanecer más tiempo aquí, Bielefeld-kyo. Podemos arrastrar a Shibuya y marcharnos en un taxi.
—Ah… bueno. Es solo que… Verlo tumbado, así, inconsciente… hace que me den ganas de zamarrearlo. Y quisiera esperar a que despertara para poder hacerlo. ¿Tardará demasiado?
Murata, cuyas gafas brillaban con la luz de una lámpara cercana, ocultándose así sus ojos castaños, suspiró.
Las seis de la tarde de aquel día ya eran demasiado oscuras.
—No lo sé. Todo depende de Shibuya y su fortaleza. Bielefeld-kyo, no tiene nada de qué preocuparse.
—Bueno—se encogió de hombros el rubio, haciendo fuerza con las rodillas para empujarse hacia arriba y lograr levantar también a Yuuri, a quien Murata le ayudó a acomodarse en el hombro. Cualquiera que le viera así, a un chico sin músculos exagerados pero de buena complexión además de un rostro de ángel, se quedaría con la boca abierta al presenciar como transportaba al beisbolista como si fuera un mísero costal de papas.
Saliendo del campo de entrenamiento, con un gesto de la mano, para Murata fue simple hacerse con un taxi.
Yuuri fue arrojado en el asiento trasero al tiempo que el Sabio se subía al asiento delantero e indicaba al conductor el sitio al que tenía que llevarlos.
Wolfram tenía la misma cara de alguien que ha perdido una gran cantidad de dinero en una mala partida de naipes.
—No tengo idea de que podríamos decirle a sus padres.
—Ya sabremos qué decir, Bielefeld-kyo—Murata rió por lo bajo al contemplar la mirada extrañada que les dirigía el taxista a ambos por medio del espejo retrovisor—, no es momento para pensar en eso.
Wolfram suspiró.
—Confiaré en usted, pues.
Una vez más, Murata rió ante la mirada cada vez más desconfiada del conductor mientras Wolfram ponía los ojos en blanco.
Yuuri agradeció a todos los cielos que Hisae no tuviera pensado asesinarlo en sus deseos porque, si bien había caído por una escalinata de caracol, golpeándose contra más de veinte escalones, había salido ileso, aunque no estaba muy seguro de que era eso caliente que bullía cerca de sus costillas. Probablemente terminaría con un gran moretón.
Estaba boca arriba en el suelo, tal y como había despertado al inicio de aquel anómalo sueño, y Wolfram estaba con medio cuerpo atravesado encima de él, gimoteando bajito, gruñendo las palabrotas que a Yuuri solo le pasaban por la mente.
Sin darse apenas cuenta, el moreno pasó su mano por el brote de cabellos dorados, deslizando los dedos adoloridos por ellos, suspirando al tiempo que cerraba los ojos.
Había tenido que rodar por varios peldaños y golpearse crudamente para comprender que no tenía que preocuparse por fallarle a los Wolfram de sus deseos, sino al Wolfram real… Tarde, pero gracias a una fuerza divina lo había comprendido. Ahora se sentía sumergido en una mala epifanía.
Respiró un par de veces profundamente y se resignó a pensar que su voz no saldría tal y como él quería.
«Me arrepiento de mi deseo» fue lo que masculló, sintiendo como era envuelto en la nube de color que Hisae usaba para transportarlo entre la realidad y el deseo, pensando que el separarse de Wolfram, del Wolfram que fuera, le estaba costando lo mismo que lanzarse al vacío.
Cuando abrió los ojos nuevamente, su cabeza estaba recargada contra el hombro firme y su frente chocaba contra la tersa piel de un cuello blanco impregnado en una loción que reconocía perfectamente.
Las luces de la ciudad se movían como destellos de colores mientras el auto se deslizaba por las transitadas calles.
—Ah, ya has vuelto—masculló Wolfram, cuya verde mirada estaba clavada en la ventana, sin mirar nada realmente.
—Wo-Wolfram…
—¡Ah, Shibuya!—saltó Murata, alegre—. ¡Es bueno tenerte en el mundo de los vivos de nuevo!
Yuuri titubeó al mirar al frente: para hacerlo, tendría que separarse un poco de Wolfram y perder la sensación de su aroma en la punta de su nariz seria un poco… ¿Impactante? No, frustrante. Debería comenzar a hostigar de nuevo con la pregunta «¿Estás enojado?» en poco tiempo.
—Sí que se ha desperdiciado la tarde, Shibuya, esperemos, al menos, que hayas visto algo bueno.
—No, la verdad es que no—respondió, con la voz aún apagada y los ojos secos fijos en el cristal de enfrente del auto, helados.
Intentó tomar la mano de Wolfram, rozando sus dedos con los de él, pero el soldado se alejó, emitiendo un gruñido apagado al tiempo que se pegaba un poco más a su puerta.
Yuuri sintió acidez estomacal.
Cuando por fin llegaron a su destino, bajando del auto con aires de «Huye antes de que te toque pagar», los prometidos intercambiaron una mirada seria al abrir la portezuela de madera que permitía el acceso al patio delantero de los Shibuya.
El perro, en una de las esquinas, comenzó a ladrar al verles, alertando a las personas dentro del hogar que habían llegado dos de sus demás inquilinos.
Murata, con un pie aún dentro del auto, alzó la mano para despedirse.
—Shibuya, Bielefeld-kyo, sigo de largo. Que pasen buena noche—se despidió, lanzando una curiosa mirada sobre los otros dos. Cuando trepó al taxi de nuevo, con el ruido de las llantas hechas de caucho, los otros dos se quedaron de pie debajo del umbral iluminado de la puerta, escuchando todos los sonidos de Saitama que estaban a su alcance.
Los ojos de Wolfram, aunque verdes como siempre, estaban ligeramente apagados, ocultos tras un dejo de duda que fue traicionado por su ronca voz.
—¿Qué tan satisfactorio fue tu deseo esta vez?
Yuuri se atragantó con su propia saliva antes de saber que decir:
—¿Cómo podría responder a eso? No es nada satisfactorio saber que la persona que veo ahí dentro no eres tú.
—Definitivamente tus técnicas de seducción están mejorando.
—¡No estoy intentando seducirte!
Wolfram sonrió de medio lado.
—Más vale que no.
La puerta, como siempre, se encontraba abierta, por lo que sólo fue cuestión de quitarse los zapatos en el recibidor y subir las escaleras hacia la habitación de Yuuri. Ese simple y único gesto bastó para hacer que Yuuri supiera que Wolfram no estaba emperrado como la noche pasada con él. El que subiera con él a su habitación significaba que todo estaba "Okay". Al menos eso era lo que deseaba pensar.
En cuanto Yuuri cerró la puerta a sus espaldas, Wolfram se sentó en el borde de la cama, con los brazos tensos a ambos lados de su cuerpo y la cortina de cabello dorado ocultando sus ojos verdes.
Yuuri sintió ganas de mandar todo al diablo. No tenía ganas de largas pláticas que no le llevaban a ningún lado.
—¿Qué piensas hacer con la Genio?—Wolfram, aparentemente, difería en sus opiniones.
Yuuri dio un suspiro profundo, rascándose inconscientemente la nuca.
—Murata piensa que lo mejor es terminar con los deseos. Pienso que es algo indiscutible porque solamente falta uno.
—Ajá…
—Pero no quiero seguir molestándote con esto. Es sólo que… sé que te fastidia e incómoda que todo esto esté pasando.
—¿Y no estoy en mi derecho de ello?
—¡No es eso! ¡Por supuesto que lo estás!
Wolfram suspiró profundamente.
—Si algo he aprendido con el paso del tiempo, Yuuri, es que si comienzas algo, aún si es en contra de tu voluntad, debes terminarlo—Y lo observó seriamente—. Porque si no lo haces, será un fracaso que tendrás que arrastrar el resto de tu vida detrás de ti. Creo que es mejor dar el todo que tiene uno y esperar por resultados, sean los que sean. Pide el último deseo y no te preocupes más por mí.
Yuuri titubeó, mirando la sombra en la que se había convertido su prometido al haberse encendido la farola de la calle, cuya luz entraba a través del cristal por la ventana y golpeaba justo en la espalda del tercer hijo de la ex-Maou.
—¿No estarás tratando de decirme que lo nuestro se… o sí?
—No—El Rey pudo respirar correctamente de nuevo—. A lo mejor sólo busco que aprendas unas cuantas lecciones, Yuuri. Probablemente quiero que obtengas más experiencia porque en Shin Makoku te encontrarás con lienzos de muchos colores y no todos ellos te van a gustar.
Se levantó de la cama con aires meditabundos, sacudiéndose el trasero de sus pantalones y aspirando por la nariz como quien tiene gripe. Yuuri lo observaba como si el primer lienzo de todos los que Wolfram había mencionado se hubiera presentado ante él. Y era tan azul. Muy pacifico.
¿Qué más podía encontrarse en los sueños inducidos por la magia de Hisae? En verdad que no creía poder encontrarse con ningún Wolfram más. No después de eso.
—Gute nacht, Yuuri.
Ante la despedida del rubio, Yuuri saltó como si le hubieran puesto un hielo en el medio de la espalda.
—¿No dormirás aquí tampoco? ¿Te quedarás en el salón? Wolfram, pensé que ya no estabas molesto.
El otro le miró con desgano.
—El que no esté molesto no significa que tenga que dormir contigo. Buenas noches.
—Bue-buenas noches.
Wolfram salió con aires casuales de la pequeña recámara de Yuuri y este se tumbó en el sitio en dónde el otro había estado.
La loción de Wolfram, a pesar de ser colocada en sitios estratégicos como las muñecas y el cuello y no en mucha cantidad, se impregnaba fácilmente en todos los sitios en dónde él estaba, dándole al sitio cierta esencia de intimidad. Yuuri estaba demasiado acostumbrado a ese olor a maderas dulzonas. Se preguntaba si Wolfram también estaría acostumbrado a la esencia que emanaba de él.
Con un quejido ronco proveniente de su raspada garganta, se levantó de nuevo, habiendo conseguido los ánimos suficientes para ponerse la ropa de dormir.
Wolfram estaba tomando una soda sabor naranja a la mañana siguiente, sentado en la mesita plástica del patio trasero de los Shibuya mientras observaba por el rabillo del ojo la cruda "conversación" que Yuuri mantenía en esos momentos con Hisae, la Genio loca y cleptómana, cuyas manos estaban adornadas con uno de los anillos favoritos de Miko y Yuuri parecía no haberlo notado.
El soldado se abstuvo de hacer cualquier clase de comentario y pronto se olvidó casi de lo que estaba pasando a unos cuantos metros de él pues su vista se centró en un nido de pajarillos amarillos que crujía contra una rama del árbol a sus espaldas.
—Hisae, quiero poner fin a esto—dijo por fin Yuuri, cuyos ojos oscuros daban el aspecto de permanecer serios aunque, por adentro, reflejaban cierta zozobra de la cual la Genio era consciente.
—Bien, Maou, sus deseos son órdenes para mí.
—¡Hisae! ¡No pongas esa cara!
—¿Cuál cara?
—¡Esa!
—¡Así es mi cara!
—Pe-pero… ¡Parece como si fueras a escupir veneno!
—Ah, eso, sí, bueno, el sol me da justo en la cara…
Wolfram puso los ojos en blanco mientras cruzaba las piernas y sorbía por medio de la pajilla un trago más de su bebida.
Yuuri plantó mejor los pies en la tierra, como el jugador que se prepara a batear. Wolfram centró su atención en él, aunque aún un poco distante.
La casa estaba vacia: los padres de Yuuri habían ido a dar un paseo y Shouri se había perdido en alguna convención o algo por el estilo. Nadie escuchó cuando Yuui clamó lo primero que se le vino a la mente—excepto Wolfram, cuya cara se contorsionó como si hubiera chupado un limón pasado de tiempo—.
—Deseo a una persona más… más… ¡generosa!
—¡¿Pero que mier…?!
Antes de que Wolfram pudiera quejarse de algo más, la nube de humo de antaño envolvió a Yuuri, sacándolo de toda realidad. La cosa era que esta vez Hisae había desaparecido a su lado.
Cuando Yuuri abrió los ojos, con el cuello adolorido y la cabeza pesada, se incorporó inmediatamente. Esta vez, Hisae se había esmerado en crearle una fantasía "aterradora". Estaba tumbado en un corredor eterno completamente negro, en cuyas paredes, a ambos lados, se encontraban varios cuadros luminosos. Por un momento se preguntó si se encontraría de nuevo con el Wolf-Egoista. Esperaba que no.
Se levantó, sintiendo los pies muy ligeros, como si fuera a ponerse a flotar de un momento a otro. Antes de que algo así ocurriera, echó a andar hacia el frente, pisando con cuidado la oscuridad bajo sus pies.
Mientras más avanzaba, más cuadros había. La oscuridad era cada vez más grande y sus ojos comenzaban a sentirse irritados por lo que buscó la luz proveniente de las pinturas. Al mirarlas detenidamente, se dio cuenta de que era como echar un ojo por encima del hombro para ver su extraño pasado en Shin Makoku. ¿Qué demonios era eso?, ¿De qué se trataba? También era como dar un repaso a todos y cada uno de los deseos que la Genio le había cumplido aderezados con mil y un peripecias. Sin duda alguna, Hisae era un zo… ejem, "sorpresa" sobre dos piernas.
Mientras continuaba andando, los ojos de Yuuri comenzaron a picar, como si pequeñas partículas de polvo golpearan contra su glóbulo ocular. Levantó las manos, las hizo puño y comenzó a tallar, deteniéndose levemente. Conforme retorcía más sus ojos, las cosas a su alrededor comenzaban a parecer más y más claras—literalmente—.
Esta vez no estaba tumbado en el suelo de alguna habitación, como había ocurrido en sus pasados sueños—exceptuando ese del campo de béisbol—, sino que se encontraba a la mitad de un jardín enorme lleno de pasto verde recién podado y regado que estaba adornado, en su centro, con una bonita fuente de mármol que estaba tallado con cientos de figuras humanas y animales bastante reales. Delante de él había una mesa de cristal grueso y a sus espaldas un frondoso roble. ¿En donde carajo había terminado ahora? Si miraba un poco más al frente, sólo ubicaba una enorme piscina de la que se despedía un penetrante olor a cloro. Si hubiera echado un vistazo a su espalda, hubiera encontrado la casa que tanto había estado buscando.
—Oye—exclamó una voz familiar a sus espaldas con un dejo de crudeza. No se dijo nada más luego de esa simple palabra.
Yuuri se levantó de un salto y encaró la bonita cara adormilada de Wolfram, cuyos ojos verdes mostraban una flojera increíble mientras el blanco cuerpo envuelto en ropas de dormir denotaba que había estado durmiendo la siesta. El Rey imaginó que debían ser cerca de las tres de la tarde por el tipo de sol que los bañaba a los dos.
—¡Wolfram!
—¿Quién rayos dijo que podías salir de la casa?
—¿Eh?
—Que quién dijo que podías salir de la casa—insistió Wolfram, cuyos aires adormilados se mostraban en sus ojos permanentemente. Yuuri se imaginó que esa era una expresión de antaño y no sólo de cuando acababa de despertar.
—No sabía que necesitaba el permiso de alguien para salir de la casa—siseó Yuuri, con los dientes apretados y los ojos irritados.
Wolfram no era lindo cuando se ponía cabezota.
—Lo sabías perfectamente.
—¿Ah?
—Además, la gente parece estarte esperando. Cuando un eslabón en la cadena se "pierde", Yuuri, todos los demás se alteran. Insisto ¿Me harías el favor de volver a la maldita casa? No quiero ser malo contigo.
—¡¿Qué?!
—¡Que vuelvas a la casa!—pidió Wolfram, sin exaltarse a pesar de que sus ojos parecían dos balas a punto de ser disparadas.
Yuuri, frunciendo el ceño y apretando los puños como si estuviera a punto de soltar un golpe, respiró con profundidad. Sus pies, envueltos en mocasines de color oscuro, se movieron sobre el pasto, arrugándolo y aplastándolo contra la tierra, provocando un sonidillo chistoso, muy diferente al que se hacía al caminar sobre gravilla.
Ahora, estando mayormente consciente de que aquello pronto se convertiría en una pesadilla, miró en todas direcciones, intentando buscar una ruta de huida pronta. Grande fue su sorpresa al darse cuenta de que, viera a donde viera, solo había muros rodeando la enorme casa, que parecía, por su blancura, una paloma gigante acurrucada en el medio del jardín sin ganas de volver a levantarse.
Con esta idea en la mente, a Yuuri lo desconsolaron aún más los muros plagados de altos rosales rojos, los árboles de copas verdes y los adornos estilizados del jardín. Había algo que, a pesar de ser todo muy hermoso, no encajaba ahí, como si una soledad abstracta rondara por entre cada uno de los poros de las paredes, sin el propósito de marcharse pronto. Yuuri se sintió mil veces peor cuando entraron a la casa por la puerta corrediza de cristal que daba hacia la cocina y vio, por medio de la puerta abierta al fondo, que había demasiadas personas en el salón.
Esa era la gente que Wolfram había mencionado antes.
Conrart, Gwendal, Cecile, Greta… sus padres, su hermano ¿Qué estaban haciendo todos ellos ahí? ¿Por qué? En caso de preguntarle, Wolfram parecía no tener la respuesta correcta. Sus ojos mostraban de nuevo esa volatilidad del principio.
—¿Quieres una copa?
—¿De-desde cuando te agrada que tome? ¡Siempre te quejas de que cuando me emborracho soy insoportable!
—¿Si te emborrachas no saldrás de la casa de nuevo? Si es así, puedes incluso usar la ropa interior encima de la exterior y pararte de cabeza, no me importa.
—Wolfram…
Shouri se acercó, le tomó por el hombro y comenzó a hablar con él.
Wolfram se alejó y fue a sentarse al fondo de la habitación, en la escalera de caracol cubierta con una gruesa alfombra roja, con los codos en las rodillas y el mentón en las manos. Entre tanta gente, a Yuuri le era difícil contemplarlo.
Pronto, Greta se sumó a Shouri y comenzó a contarle las cosas que ella consideraba más interesantes de todo su día. Yuuri le prestó toda la atención que le fue posible, lo mismo que a Shouri, que aún no guardaba silencio. Pronto, una competencia para ver quien hablaba más de entre ellos dos dio comienzo. Yuuri seguía sin poder contemplar a Wolfram, Anissina se lo impedía mientras conversaba animadamente con Gwendal y daban sorbos de una copa llena de vino tinto.
¿Qué demonios? ¿Por qué todo daba el aspecto de estar tan solo?
Recordando su trayecto por el pasillo lleno de cuadros luminosos y lo que en ellos se mostraba, las breves anécdotas de su vida al lado de Wolfram, se dio más o menos una idea: ¿Y si ese Wolfram era el espectador de cientos de cuadros que podía llegar a tener pero no a disfrutar?
Tuvo un repentino flashback de todas las veces en las que le rogó a su madre, cuando niño, que le comprará unos patines. Jennifer se había negado cuanto había podido pero, un veinticuatro de diciembre, con una estampilla proveniente de Boston, le había llegado las ansiadas piezas a nombre de la abuela. Jennifer las había conquistado exactamente en el mismo tiempo que había durado su alegría y Yuuri había tenido que contemplarlas en la distancia con la continua cantaleta de «¡Podrías hacerte daño, Yuu-chan!» galopando en sus oídos. Cuando por fin había tenido la edad suficiente para usarlos… ya no le habían quedado.
A lo mejor el Wolfram de su deseo anhelaba las cosas que no había podido tener: la compañía sincera de las personas que se encontraban a su alrededor. Probablemente a eso se debía que se portara de forma tan posesiva y casi lunática. Sólo quería tener personas a su lado.
Gwendal, Anissina, Conrart, Cecile, sus padres, personas que ni siquiera conocía, se habían sumado a la actividad de hacerle conversación como si esto fuera una clase de deporte en el que se tuviera que demostrar a la fuerza que alguien era el mejor. Yuuri luchó con todas sus fuerzas para alejarse.
¡Aquello tenía que ser una pesadilla!
A empujones, logró llegar hasta donde se encontraba Wolfram, quien le miró con aires apagados e indiferentes.
—¿Qu-qué te pasa?
—Nada.
—Estás muy solo.
—¿Y?
—Con tanta gente aquí, parecería que deberías hablar al menos con alguien.
—¿Enserio?
—Sí.
—Ah.
—¿Quieres hablar conmigo?
—No.
—Wolfram…
—No se supone que las colecciones hablen con el coleccionista, Yuuri, se supone que sólo deben estar ahí.
—¿Qué?
—Lo que entendiste.
Pero Yuuri había comprendido demasiadas cosas con esa expresión. Una persona avara que sólo deseaba coleccionar personas a su lado porque si… era… ¡Detestable!
—Les doy lo que ellos desean con tal de que permanezcan aquí. Soy una persona buena…
—No, no lo eres. ¡Me arrepiento de mi deseo!
La nube de humo se volatizó a su alrededor y por lo bajo maldijo a la Genio como nunca lo había hecho contra nadie más. Aquella connotación del deseo le había dejado con una apretada sensación de vacío en la boca del estomago.
Las palabras «¿No se ha preguntado como hubiera reaccionado una persona más tolerante? Sería bueno que tuviera dos puntos para comparar» no dejaban de circular por su cabeza como torbellinos dispuestos a llevarse su materia gris y no devolverla jamás. Hisae estaba insinuando que "ese" Wolfram lo estaba coleccionando. Que no le importaba hacer cualquier cosa con tal de "tenerlo".
¡Esa había sido una patada en los bajos tan directa sobre todo sabiendo de su inseguridad!
Cuando reaccionó, estando sentado en el pasto del patio trasero de su casa, sintió el aroma de Wolfram en su nariz y de inmediato lo buscó con ansiedad, pegando la frente al hombro derecho del soldado quien, sin deberla ni temerla, mantenía su atención fija en una ensalada de manzana con leche descremada y nueces.
—¿Te divertiste?
—No—Respondió Yuuri muy serio.
—¿No te cayó bien el «Wolfram-Generoso»? Me alegra de que el tiro te saliera por la culata. ¡No me veas así! Los votos del matrimonio dicen que se debe ser fiel y leal a la pareja…
—¡Pero tú y yo no estamos casados aún!
—Sí, pero debo ir practicando si quiero hacerlo bien—se burló, sentándose en el escaloncito a sus espaldas que daba acceso a la parte del jardincito hecha de cemento. Yuuri apoyó la cabeza esta vez en el muslo izquierdo de su prometido mientras este seguía atendiendo sus asuntos.
—Wolfram.
—¿Uhm?
—Te amo.
El soldado se atragantó ligeramente. Casi pudo sentir como la leche descremada rozaba los comienzos de sus fosas nasales.
—¡No lo digas tan repentinamen…!—Yuuri lo interrumpió al querer saborear el dulce de su boca y no detenerse en ello.
—Me gusta el Wolfram que he tenido, el que tengo y el que tendré en el futuro, sea quien sea—Sin pensarlo, unió los dedos meñiques de ambos y tiró de ellos con fuerza.
Wolfram tenía la cara de alguien que ha sido pescado sin salida en una manifestación: Sabía lo que ese gesto significaba y no le gustaba demasiado la connotación. A Yuuri jamás se le quitaría lo enclenque. Pero era verdad, a lo mejor, que sus dedos estaban unidos por un grueso hilo rojo que sería muy difícil de cortar.
Para mitigar el momento embarazoso, el rubio se inclinó y estampó los labios contra los de Yuuri, sin embargo, fue un momento mucho más embarazoso aún el ser pillados por los padres del moreno, de quienes provinieron carraspeos y risitas que fueron lo suficientemente efectivas como para impedir que los otros dos volvieran a mirarles a la cara durante toda esa tarde.
Murata llegó a casa de los Shibuya con treinta y cinco minutos de retraso gracias a un pequeño problema que había tenido con el transporte. Apenas hubo llegado, aún estando empapado en sudor y cargando sus cosas contra el hombro con cierta dificultad debido al gorgoreo de sus pulmones cansados, subió, saludando escuetamente a los familiares de Yuuri, hacia el cuarto de baño, en donde la pareja se había puesto a jugar naipes sin demasiado tino ninguno de ellos.
Apenas vieron al Gran sabio entrar, resollando con una mano apoyada en su pecho, los dos chicos se alistaron, lanzando primero sus mochilas envueltas en varias capaz de bolsas plásticas, esperando a que Murata hiciera lo mismo.
Una vez estuvieron todos listos, las manos correspondientes de ambos leales al Maou fueron aferradas por este, justo al tiempo que daban un clavado pulcro al estilo militar dentro de la bañera.
El remolino de agua azul, blanca, negra, les absorbió con fuerza, agitándolos en todas direcciones como si estuvieran dentro de una licuadora gigante. Cuando aparecieron en la enorme bañera dorada del cuarto de baño del Rey, Conrart y Günter ya se encontraban ahí para recibirles, cobijándolos con esponjosas y limpias toallas.
—Su Majestad, el encargo que me ha pedido hace tiempo está ya listo. Se encuentra en la sala de descanso del quinto piso en el ala oeste.
Yuuri no esperó a que le dijeran más y echó a correr, no preocupándose de sus cabellos empapados y sus zapatos chillantes. Wolfram y Murata iban a sus espaldas, tal y como habían aparecido de nueva cuenta en el Reino de Shin-Ma.
De cierto modo, era como sentir que una pesadilla estaba llegando a su fin para dar paso a un sueño ligero.
Yuuri no podía pensar realmente que todo aquel caos había generado en él un odio hacia Hisae, más bien, la veía como una especie de escarmiento bien merecido por pensar cosas estúpidas al respecto de la gente que quería.
El flato les alcanzó a los tres antes de llegar al sitio que Günter les había indicado pero no importó, dando el resto de sus energías, alcanzaron por fin la puerta que daba acceso a la sala de descanso, cuyo nombre ahora quedaba bien claro puesto que no dudaron nada en tumbarse de rodillas contra la mullida alfombra azul o en recargarse en las suaves paredes teñidas de un ligero purpura.
Yuuri la vio, encima de la mesa redonda hecha de maderas finas colocada al centro de la habitación: Un relicario grande, del tamaño de la mitad de un brazo promedio, descansando relajadamente mientras recibía los rayos del sol traviesos que lograban colarse por las altas ventanas. Los diminutos rubíes brillaban con elegancia y los zafiros lo hacían con soberbia en una divertida competencia por ver quienes lucían mejor. La plata y el cristal reflejaban las anonadadas caras de sus espectadores.
—Bueno, al menos sabemos que alguien sí que salió ganando—se mofó Murata, poniendo los ojos en blanco levemente mientras a sus pies se formaba un charco de agua que poco a poco se iba uniendo con el formado por Wolfram. Debajo de Yuuri, en la alfombra, había una enorme mancha oscura.
—¿Qué se supone que se debe hacer ahora?—preguntó tontamente, lo peor de todo fue que sonó tan guay como dialogo de película estadounidense.
Wolfram puso los ojos en blanco, bastante desilusionado y Murata parpadeó varias veces, como si hubiera perdido repentinamente la capacidad de enfocar.
—¡Llama a la Genio, Shibuya! ¡Dale su nueva casa y listo!
—Ah, eh, claro…
Yuuri se levantó de la alfombra ligeramente empolvada y se dio el tiempo de limpiarse las rodillas sucias del pantalón húmedo. Miró en demasiadas direcciones, como si fuera a descubrir a la Genio colgando de la lámpara del techo o atrapada entre un estante de libros y otro, al final optó por llamarla por su nombre un par de veces.
En medio de un destello de luces y vapores, tipo antro a la media noche, la Genio apareció, dando la aprecia de ser eso, una Genio, por primera vez en todo el tiempo que Yuuri llevaba de conocerla. Los brazos estaban adornados con gruesos brazaletes dorados que, si ninguno de los otros tres se equivocaba, eran símbolos de su esclavitud, y su cabello estaba recogido con una particular peineta en forma de tubo que lo levantaba por encima de su coronilla. El vestido lleno de escotes de color azul cielo combinaba a la perfección con el cabello pelirrojo y el color lechoso de la piel.
—¿Sí, su Majestad?—preguntó ella, con la misma voz apagada de un ATM.
—Hi-Hisae—tartamudeó Yuuri, intimidado por el repentino toque serio de la voz que siempre se le había antojado rebelde y un tanto boba—. Tu-tu casa—se las arregló para decir, andando hacia la mesa de madera, tomando el objeto con ambas manos y ofreciéndolo con una reverencia avergonzada.
Murata y Wolfram intercambiaron una mirada que claramente pregonaba que estaban felices de que Yuuri no la hubiera tumbado con sus manos temblorosas y mojadas.
La Genio miró el relicario, parpadeando con ligera emoción consternada, observándolo por todos lados en un constante rodar de ojos que, ciertamente, daba miedo.
Yuuri se cansaba de mantener la cabeza agachada y el objeto entre las manos estiradas.
Cuando Hisae decidió que, después de todo, le gustaba, la tomó de los dedos de Yuuri y la observó más de cerca.
—Gracias—masculló sin mirar a ninguno de los tres hombres.
Por el pasillo se escuchó el arribo de Conrart y Günter, cuyo impacto les había obligado a ir detrás de los jóvenes, aunque a paso normal, para darles tiempo de hacer cualquier clase de locura que tuvieran en mente y de la que ellos no estuvieran enterados—Ni quisieran enterarse—.
Yuuri alzó la cara hacia la de la mujer, que era, en esos momentos, al menos diez centímetros más alta que él gracias a los altos zapatos.
—Entonces, supongo que esto es un adiós.
Hisae se mordió los labios. Repentinamente sus ojos miraban a Yuuri como si no lo conociera.
—Eso creo—susurró.
—Bueno… A-adiós.
—Adiós—se giró y colocó la lámpara sobre la mesa en la que había estado. En lo que dura un parpadeó, el humo de siempre se matizó con todos y cada uno de los pecados humanos (y no tan humanos) y absorbió la esencia de la Genio, transportándola dentro del relicario con una suavidad increíble. Ahora, detrás de los cristales se podía observar el destello de un vaho rojizo que brillaba algunas veces con motas luminosas de color dorado.
Yuuri suspiró, aliviado y miró con aprehensión a los otros.
—Todo se ha terminado ¿Verdad?
—Sí, Shibuya—sonrió alegremente Murata.
Conrart y Günter, que no sabían ni tenían idea de nada de lo que estaba pasando ahí, intercambiaron una mirada y decidieron que lo mejor era abstenerse de preguntar.
Wolfram se encogió de hombros. Esa era, sin duda alguna, la reacción por la que Yuuri más había estado esperando.
—Yo apuesto veinte monedas de oro a que pronto harás una nueva pavada—aseguró el rubio, haciendo un gesto con la mano como restándole importancia al asunto y saliendo de la habitación para ir a cambiarse: comenzaba a hacer frío.
—¡Oye!—chilló Yuuri, yendo detrás de él— ¡No creo que esa sea la mejor forma de hablar con tu Rey!
Conrart, Günter y Murata pudieron escuchar la risilla sardónica de Wolfram, afamada en el Reino por su timbre cruel. Las quejas de Yuuri no podían, por supuesto, contra él.
—Su Santidad—llamó Conrart, cuyos cabellos castaños y canos se revolvían levemente gracias al fuerte soplo de viento que entraba por uno de los altos ventanales abierto del salón—, ¿Puede decirnos que ha pasado, por favor?
Murata rió por lo bajo, rascándose la nuca intentando proyectar aires de adolescente inocente.
—Ah, es una historia tan larga, Weller-kyo. Tal vez en un futuro sea Shibuya quien decida contarla.
—Su Alteza, ¿Qué será lo que debamos hacer con el relicario?—preguntó, a su vez, Günter, cuyos pasos le habían acercado a la mesa de madera, en dónde reposaba descuidadamente la fina pieza.
Murata se encogió de hombros.
—Creo que la Sala de tesoros será un buen lugar para ella. Ya me encargo yo de llevarla ahí—Y, con andares finos pero un poco desgarbados, tomó el nuevo hogar de Hisae con cuidado entre las manos y salió de la sala de descanso, feliz de que todo aquello tuviera un buen fin.
Una mañana a comienzos de Diciembre, cuando la nieve reposaba lánguidamente sobre los ornamentados frontones del Pacto de sangre, los prometidos reales se encontraban junto a su pequeña hija pasando la tarde en los invernaderos principales del castillo, Yuuri comiendo un postre preparado especialmente para la tarde, Wolfram leyendo recostado contra el respaldo de su silla y Greta tumbada pecho tierra en una colchoneta blanca, dibujando en un enorme lienzo sacado de la sala de pintura.
Con el ambiente blanco que podían ver a través de los cristales azulinos del cobertizo, todo parecía demasiado tranquilo. Era agradable estar libre de problemas.
Los ojos de Yuuri se centraron unos segundos en Wolfram y este, al sentir la penetrante mirada del otro sobre la gruesa pasta de su libro, le observó, entornando los ojos y soltando un crudo «¿Qué?» al que Yuuri respondió con un simple «Nada».
Greta los ignoraba olímpicamente.
A lo mejor era el momento perfecto para hacer una declaración.
Yuuri se aclaró la garganta y meditó demasiado, casi tomando en cuenta el flujo de viento para averiguar si sus palabras serian escuchadas a la primera y no tendría que repetirlas vergonzosamente demasiadas veces. Se inclinó hacia el frente y estaba por decir lo que estaba pensando, cuando Günter apareció corriendo por la entrada al invernadero, agitado y con la cara pálida.
—¡Ma-Majestad!—exclamó con voz agonizante.
Los prometidos le miraron con apremio al notar la blancura de su cara: era como si hubiera sumergido el rostro en la nieve durante largo tiempo, incluso sus labios estaban medio azules.
—¿Qué sucede, Günter?
—¡Su-su-su Santidad!—chilló el Consejero, temblando como una maraca agitada en día de festival—. ¡La-la-la limpieza de invierno! ¡El medallón dorado! ¡Se ha roto! ¡Su maryoku! ¡El fantasma de la cañada verde!...
El color en la cara de Yuuri fue bajando hasta tomar uno muy similar al de Günter. Wolfram, por otro lado, bajó sus parpados indiferentemente, se acomodó mejor en su silla y siguió con su lectura.
—¿Qué es lo peor que puede pasar?
Una semana después, Yuuri se vio en la necesidad de correr a Wolfram de su habitación: El fantasma de la cañada verde parecía haberle tomado cariño al soldado y, todas las noches, le cantaba su amor en una serenata cuya letrilla sonaba como «Uhhh-Uhhh» y le ponía los nervios de punta al Maou.
«Al menos Hisae no era tan ruidosa» pensaba Yuuri mientras se cubría las orejas con la almohada para no escuchar los gritos y amenazas de Wolfram un piso bajo además de la dichosa cantaleta del desdichado fantasma.
