SMT: Persona 3 Portable © Atlus
Esta historia fue originalmente escrita por Seichou Maki y, con su permiso, traducida al español por sadcore.
Conclusión: Verdad
El principio del final.
Qué frase más oximorónica, y sin embargo hay mucho significado tras ella. Estaba la sensación de «comienzo», empujándote a hacer lo que debías, pero también estaba la sensación de «fin», recordándote urgentemente de que llegaba la hora. Ryoji sentía el «fin» más fuerte que el «comienzo», como si estuviera viviendo un tiempo prestado. Los momentos de paz se acabarían pronto, y tenía que apresurarse para lo que necesitaba hacer: Tenía que decirle a Minako cómo se sentía.
Así que la llamó el domingo siguiente, preguntándole si estaba libre. Lo estaba, y juntos se colaron en el instituto y fueron al tejado. Con el edificio frecuentemente ruidoso tranquilo, para variar, la atmósfera era mucho más relajada de lo normal, y como estaban tan elevados —tanto que podían vislumbrar el mar a lo lejos— era como estar en la cima del mundo. El sol brillaba, la brisa fluía suavemente a través del pelo, y todo lo que importaba, el mundo podría componerse en sólo ellos dos. Sin más interrupciones, sin más dudas que nublasen el juicio. Todo lo que quedaba era la verdad.
La «verdad» era el principio. El «fin» era...
«Tristeza...»
—Cuando estoy solo... no me siento bien. —A solas, tenía mucho tiempo para pensar—. Pensar en ti... me asusta. —Pensar tanto que la lastimaría—. El hecho de que el mañana llegue... me asusta. Pero no se me ocurre porqué.
El mañana estaba mucho más cerca del «fin», más cerca de la tristeza, la tristeza que él iba a traer. Lo que no comprendía Ryoji era que estaba muy seguro de que se desplazaban hacia una ruta desesperada hacia el dolor. ¿Habría alguna diferencia si le contara sus sentimientos a ella? ¿Alteraría algo saber la «verdad»?
—Y-yo.. yo soy...
¿Quién era él? ¿El que traería dolor a la chica que amaba?
—Eres Ryoji.
Ryoji la miró. Minako lo observó detenidamente, su mirada constante con los de él. Como siempre, las cosas raras que él dijo no la asustaron. Lo escuchó todo, prestando atención, intentanto encontrar la mejor respuesta que podía dar, su «verdad». Su buen corazón; ¿cómo podía provocarle tristeza? Quiso alejarse. Quería salvar el buen corazón que tanto amaba. Como cuando veía su rostro sonriente, el temor lo hacía querer apartar la mirada de vergüenza. Pero no podía. Su bondad era tan atrayente, tan tentadora, como si ofreciera algún tipo de redención por el pecado que estaba apunto de cometer.
Ryoji rió un poco. —Escucharte decir mi nombre es maravilloso... —No sólo maravilloso, si no... real—. Gracias...
Minako le devolvió la sonrisa, pero se quedó en silencio. Sabía que él tenía más que decir.
—No... no quiero perderte. —Ésa era la «verdad» de Ryoji. Sus sentimientos; lo que más quería decir—. Porque eres importante para mí... probablemente por eso esté asustado.
La premonición del «fin» siempre hacía que el tiempo pareciera pasar demasiado rápido, marchando siempre sin preocuparse por aquellos que lo vivían, sin preocuparse por quien viviera o muriera. Y Ryoji no pudo hacer nada. El tiempo se acababa.
—Tú eres... la única que está ahí por mí. La única a la que quiero. Por favor, quédate conmigo.
Lo dijo, sus verdaderos sentimientos.
Sus «verdaderos» sentimientos, incluso los que no le gustaban. «Quédate conmigo,» había dicho. No un «te quiero» o «sal conmigo». Aquello sugería un acuerdo a largo plazo. «Quédate conmigo» era temporal, sugería que le seguía un «hasta», indicando que poco a poco, ella dejaría de estar a su lado. Mucho más apropiado para el «fin» que él sentía que se acercaba.
Quizás no fuera la confesión ideal, pero Ryoji fue sincero. A Minako le gustaba eso de él.
Ryoji no pudo mirarla a los ojos mientras se confesaba. ¿Cómo podría, conociendo las consecuencias de lo que pedía, que cualquier asociación con él desembocaría en tristeza y dolor? Pero su buen corazón... la redención que parecía ofrecer... La calidez cubrió sus manos, y por un momento pensó que su cálido corazón se manifestaba, pero se miró las manos y vio sus dedos entrelazados con los de Minako. De nuevo, ella le sonrió, y por su mirada, Ryoji supo que ella sabía en qué se estaba metiendo. Ella también podía sentir el «fin».
—Está bien.
—Minako-chan... —Ella lo sabía. Tal vez supiera todo, y aún así aceptó—. Gracias. —A pesar de los pensamientos sombríos que reinaban en su mente mientras se confesaba a la chica que amaba, Ryoji pudo encontrar la suficiente felicidad en él para sonreir—. Para mí eres la persona más valiosa en el mundo... Más valiosa que mi propia vida.
Nunca separaron sus manos, y volvieron a mirar hacia el océano. Los destellos eran diferentes a los del río en Kyoto, pero aún así era hermoso. Puede que incluso más hermoso que antes, pero Ryoji ya sabía la razón de aquello.
—¿Por qué duele ver cosas tan maravillosas?
La belleza es siempre mucho más conmovedora cuando sabes que no va a durar para siempre.
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—Así que, ¿de veras se lo dijiste?
—Sí...
—Entonces es... ¿oficial?
—Sí...
Aparentemente, las visitas en la residencia iban contra las reglas, pero como Mitsuru dijo que no importaba, a nadie pareció molestarle la presencia de Ryoji. Además, no iba a molestar a nadie. Minako no se encontraba en casa por el club de deportes, pero fue Junpei el que lo había invitado en primer lugar. Y tal vez fuera bueno que Minako no estuviera; Junpei tenía tantas preguntas sobre cómo se había confesado Ryoji que casi habían olvidado que la intención original era jugar juntos a Innocent Sin. Por supuesto, jugaron un poco, y a Ryoji le alegró que su amigo fuera tan curioso. Era una prueba más de que Junpei volvía a ser el que era.
Junpei rió. —Tengo que reconocerte el esfuerzo, Ryoji, empezaba a pensar que esa chica estaría soltera para siempre. —Se inclinó hacia atrás y miró el reloj. Era casi de noche, pero por alguna razón Ryoji pensó que Junpei no estaba mirando la hora. No la actual, al menos—. En serio, me preocupaba que estuviéramos dependiendo tanto de ella que no la dejáramos tener vida propia...
«Deja de llamarme así, no estamos en Tartarus.»
Ryoji lo observó detenidamente. —¿Hablas de SEES?
Junpei giró tan rápido la cabeza que casi se le cayó la gorra, pero estaba tan estupefacto que no se dio cuenta. Ryoji rió con la reacción tan lógica de su amigo, y entonces Junpei también rió. —¿Conque lo sabes, eh? ¿Te lo ha contado Minako?
—La verdad es que no, yo mismo me di cuenta poco a poco. Minako-chan sólo me dijo que era peligroso.
Junpei se puso bien la gorra, sonriendo para sí mismo. —Cierto... recuerdo que preguntabas mucho. Siempre me cagaba de miedo porque Minako nunca estaba cerca para sacarme del apuro. Es buena cubriendo historias.
Ryoji rió para sí mismo. —En realidad, tu nerviosismo era un descaro, Junpei-kun.
Junpei también se carcajeó y se inclinó hacia atrás. —Caray, será mejor que trabaje en eso. —Sus ojos vagaron de nuevo hacia el reloj, y esta vez miró la hora de verdad. Mitsuru dijo que podían ir visitantes durante el día, pero no por la noche; Ryoji tendría que irse pronto—. ¿Una más al Innocent Sin antes de que te vayas?
—Claro.
—Venga, voy a traer algo para beber. Espera aquí.
Se levantó y salió rápidamente de la habitación. Ryoji se quedó donde estaba: justo en el centro de la desordenada habitación de Junpei. Miró a su alrededor, admirando la decoración tan a juego con la personalidad de Junpei. Siempre le había sorprendido que cada estudiante tuviera su propia habitación en la residencia. Que él supiera, la mayoría de estudiantes que se alojaban en residencias tenían compañeros de habitación, pero no en SEES. «Ventajas de estar en el club,» bromeó. Por supuesto, él había visitado a Junpei en muchas otras ocasiones, y ya tenía una idea de dónde estaba todo. Y naturalmente, jamás había subido a la tercera planta, donde estaban ubicadas las habitaciones de las chicas. «Me pregunto cómo será la habitación de Minako-chan...»
Ignorando su sensatez, e ignorando la petición de Junpei de esperar, Ryoji se levantó y salió de la habitación. Antes de que se diera cuenta, ya estaba a medio camino del tercer piso. Estaba silencioso, todos estaban en las plantas inferiores, sus pies parecían moverse solos, y no había nadie para detenerlo. En un suspiro, llegó a la tercera planta, y mirando hacia el pasillo, su mirada, inmediatamente, se posó en la puerta más alejada de la derecha. Algo lo había atraído hacia allí.
«En algún lugar de esta residencia... hay una habitación que conozco muy bien...»
La nostalgia lo había llevado hacia allí.
Conocía el momento de estar de pie frente a la puerta. No había estado allá arriba nunca, nadie le había dicho nada, y no había placa alguna en la puerta, pero supo al instante que aquella era la habitación de Minako.
«Lo conocí cuando vine a Iwatodai, y de vez en cuando nos encontrábamos por la noche. A veces sólo hablábamos, pero también me advertía del peligro que se acercaba».
Dirigió su mano hacia el picaporte, con suma lentitud, como en un sueño.
«Mi querida...»
—Mi querida...
—¡Ryoji! ¿Qué haces aquí arriba?
Ryoji sintió que le atravesaba un rayo, devolviéndole a la realidad. En su sorpresa, había retrocedido un par de pasos; se dio cuenta de que estaba en una situación incómoda, y según quién lo hubiera encontrado, podría estar en serios problemas. Se giró, y vio la cabeza de Junpei asomar por las escaleras, mirándolo desde lejos. Al principio parecía confundido, pero luego vio la puerta en la que estaba Ryoji, y comenzó a sonreir maliciosamente.
—¿No querrás deshacerte de mí, no? —Junpei estaba en el rellano, aún sonriendo—. Tranquilízate, Ryoji, seguro que llega antes de que te marches.
—N-no, eso no es... lo que... —¿Cómo explicaría aquello?
Al final, Junpei estalló en carcajadas. —Es coña, tío. No pasa nada, ya entiendo. —Agitó la cabeza y suspiró, intentando calmarse—. Aunque, en serio, deberíamos irnos de aquí antes de que Mitsuru nos pille. No creo que pueda sobrevivir a otra ejecución.
Ambos se estremecieron y echaron a correr escaleras abajo tan rápido como pudieron.
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—Vaya, bienvenida, Minako-chan —dijo Fuuka—. Llegas tarde. Ryoji-kun está apunto de irse.
Qué mala suerte. Pues claro que llegaría a casa cuando se tuviera que ir. Acababa de bajar las escaleras para despedirse cuando la puerta principal se abrió y entró Minako. Exhibió su usual sonrisa a cada uno de sus amigos, pero pestañeó de incredulidad cuando vio a Ryoji entre ellos. Él sonrió con su expresión sorprendida. Se la vio muy linda.
—¡Minako-chan! Bienvenida a casa. Qué lástima que no estuvieras aquí. Esperaba encontrarte.
Minako soltó sus bártulos escolares y se cruzó de brazos, sonriendo como siempre lo hacía. No parecía cansada, pero Ryoji se preguntaba por qué habría llegado tan tarde. ¿Tal vez a causa del club deportivo? —Bueno, si hubiera sabido que estabas aquí, me habría dado prisa por volver. —Estaba burlándose de él, por supuesto, pero Ryoji sabía que le decía la verdad. Él habría hecho lo mismo.
—Jaja, ¿en serio? —Miró hacia el reloj—. Lo siento, pero tengo que irme ya... Volveré para verte de nuevo.
Por un momento, Ryoji se preguntó cuánta gente sabría sobre su relación. Él sólo se lo había dicho a Junpei, pero no tenía idea si Minako le había contado a alguien más. ¿Sería apropiado actuar como enamorados? ¿O debería ir a lo seguro en caso de que Minako quisiera mantenerlo en secreto? Tal vez aquello fuera lo mejor, al menos por ahora. Lo que él quería de ella en aquel momento no era algo que quisiera compartir con extraños, lo supieran o no.
Caminó hacia la puerta, acercándose a Minako. Pero antes de pasarla por completo, se aproximó a ella y en voz baja susurró: —¿Puedo ir a tu habitación la próxima vez? Lo espero con ganas... —Sin esperar una respuesta, se irguió y continuó hacia la puerta, soltando un último «Nos vemos» antes de salir y cerrar la puerta tras él.
Le alegró el tener su bufanda amarilla, marca de la casa, por el nocturno frío aire invernal y, por unos segundos, Ryoji se quedó en lo alto de las escaleras de la residencia, esperando a que su cuerpo se acostumbrara al cambio de temperatura escuchando las voces de sus amigos.
—Minako-chan... —escuchó de Fuuka—, ¿te encuentras bien? Tienes la cara un poco roja...
A Ryoji se le escapó una risita antes de que pudiera parar, pero se tapó la boca para contenerse. Qué adorable, se podía imaginar a Minako sonrojándose mientras consideraba lo que le acababa de decir.
—E-es el frío, Fuuka —respondió Minako apresurada, haciendo reír a Ryoji de nuevo.
—Muy bien, si tan segura estás...
Ryoji bajó los peldaños antes de que le pillaran por culpa de sus risas. Metió las manos en los bolsillos para mantenerse caliente mientras caminaba tranquilamente por la calle, alejándose de Minako. «¿Qué me había llevado hasta su habitación?,» se preguntó. Si Junpei no lo hubiera interrumpido, habría abierto la puerta. Pero Ryoji estaba tan sorprendido como lo estuviera Junpei al encontrarlo allí, arrastrado casi inconscientemente hasta su habitación, como si por un momento hubiera estado bajo un hechizo. Si hubiera visto su habitación, si hubiera entrado, ¿qué respuestas habría encontrado? ¿Qué verdades habría descubierto?
Tal vez encontraría la verdad sobre él mismo, y lo que era realmente. Algo estaba cambiando en su interior; podía sentirlo. Pero era un cambio extraño, como... un cambio inverso. Hacía un mes, se sentía como un estudiante normal, yendo a una escuela normal, con amigos normales. Pero ahora... ahora se sentía indiferente, distante... no el chico normal que tanto quería ser.
Como si... no debiera estar aquí.
Tocó el anillo entre sus dedos, el recuerdo de los buenos momentos que había tenido. Aunque era mucho más espantoso, lo que sentía ahora era similar a lo que sintió en su último día en Kyoto. Los buenos tiempos, las experiencias que había disfrutado, todo estaba apunto de llegar a su fin. Un «fin». Así que cuando vio el anillo, lo compró para que sirviera de recordatorio de los momentos felices. Esta vez, como sentía que se acercaba a este nuevo «fin», pensó que no tendría oportunidad de conseguir un souvenir, así que en vez de preocuparse, tal vez debería intentar simplemente atesorar estos últimos y preciados momentos.
¿Qué más había por hacer?
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—Oye, si te parece bien... ¿Podríamos ir a tu habitación? Hay algo... de lo que quiero hablar contigo.
Era una pregunta lo suficientemente inocente. Ryoji no tenía más intención que simplemente hablar con ella, pero aún así le sorprendió tanto la inmediata aceptación de Minako que podría malinterpretarse fácilmente. Se estaba empezando a preguntar cuánto sabría ella sobre él. Cualquier chica se mostraría tímida al llevar a un chico a su habitación, pero Minako sintió inmediatamente que algo le preocupaba, y estaba dispuesta a escucharle. ¿Era alguien tan fácil de leer, o tan fuerte era el vínculo? Ryoji deseó que fuera esto último; tenía el presentimiento de que un fuerte vínculo iba a ser la única forma de hacer de ese «fin» algo fácil para ambos.
No hablaron demasiado de camino a la residencia, y Minako le guió tranquilamente hacia la tercera planta. Tal vez trataba de ser considerada, permitiéndole que reuniera sus pensamientos antes de llegar a la habitación y tuviera que empezar a hablar. Pero no había pensamiento que reunir —al menos, no todavía. No hasta que él viera cómo era su habitación.
Abrió la puerta, entraron, y... «¿Cómo era posible?» La nostalgia, una vez más.
—Creo que ésta... es la primera vez.
Las cortinas, el escritorio, el tamaño, incluso la cama, todo le era familiar. Había estado allí antes, pero... era la primera vez que entraba en su habitación. Déjà vu. ¿Lo habría soñado o algo? ¿O como su amigo, Pharos, habría venido en noche cerrada? «Sí, claro» Le contó a Minako lo que se le había ocurrido, sin mencionar lo de Pharos, y ella rió, llamándole «Romeo».
—Je... es en serio. —Rió, pero en el fondo, pensaba que era el destino que a ella se le ocurriera mencionar a la trágica pareja, Romeo y Julieta. —Creo que sí he venido a verte. Tal vez para ser amigo tuyo... —Tal vez su Pharos pensara que no era tan inverosímil como se imaginaba—. Je... pero me equivoqué —Miró hacia el suelo, sintiéndose de repente avergonzado de mirarla a la cara—. Si no me hubiera equivocado... Si fueramos sólo amigos, me pregunto si no dolería tanto.
¿Era posible siquiera el sólo ser amigo de ella? ¿Realmente lo quería de aquella forma? Le atrajo desde el principio, y no lamentó confesarse a ella. Además, aunque sólo fueran amigos, probablemente dolería lo mismo. La amistad y el amor eran parientes cercanos. No puedes obtener el amor si no has tenido antes la amistad. A pesar de cada cosa terrible que había sentido, no se arrepentía de nada que había hecho.
—Aún así... me alegro. Me alegro de haberte conocido.
Que la amara o no era irrelevante. Que fueran amigos o no era irrelevante. Dolía porque la había conocido. Dolía porque era ella.
—Tienes un gran corazón. No deberías entregarme tanto. Yo... es posible que te haga infeliz. —Lo que más le gustaba a él era su corazón puro—. Es sólo un presentimiento que tengo. Aunque seas alguien tan importante para mí... —Tal vez fuera el destino, o puede que fuera el vínculo lo que hizo que Minako mencionase a Romeo y Julieta—. Puede que esté mal que piense así... Es como... un amor prohibido.
No debería estar allí, no debería estar cerca de ella, pero así lo quería... ¿Estaba él allí? Parecía que no. Era más como si se alejara divagando en la distancia. «Hacia la cima de...»
—Minako-chan, por favor, tócame... —Miró hacia las manos de ella, recordando lo cálidas que estaban la primera vez que las estrechó—. Asegúrate de que existo. Siente que estoy aquí de verdad...
Todo este tiempo, Minako le había observado silenciosamente mientras hablaba, sin decir palabra, pero su mirada mostraba todo lo que estaba sintiendo. Podía notar el dolor que él sufría, sabía lo difícil que era para él no entender esos sentimientos, y sabía lo que él quería de ella. Como siempre, aceptó las cosas que él dijo, sin importar lo raras que fueran.
Su mano se aproximó, tocando gentilmente la suya, y era cálida, como siempre. «Estas manos deberían ser siempre cálidas...» Quería hablar, decirle lo cálidas que eran, y cómo le hacía sentirse, pero no pudo. Su suave roce de repente se convirtió en un estrecho agarre, y Minako lo acercó a sí misma con un abrazo. No sólo eran sus manos, ahora. Su calidez reconfortó su cuerpo entero. Era muy relajante, y en este preciado momento con ella olvidó todas sus preocupaciones. Estaban juntos... si tan solo pudiera detenerse el tiempo.
—Podría tocar tu mano y decir que estás aquí, pero no es suficiente —dijo, y lo estrechó aún más—. Se puede tocar el aire y saber que existe, pero no puedes sostenerlo en tus brazos. —¿Cómo lo hacía? ¿Cómo sabía exactamente lo que decir?— Estás aquí de verdad —dijo en voz baja, y nada más.
En serio... ¿cómo lo hacía? En respuesta, Ryoji alzó los brazos y le devolvió el abrazo. Podía sentirla contra su pecho, podía oler su familiar aroma; ella era real, y si ella decía que de veras estaba allí, entonces lo estaba. La calidez que irradiaba su cuerpo era tan comfortable, tan tierna, y aún así.. tan triste.
—Eres... tan cálida —dijo lentamente—, que me dan ganas de llorar... ¿Por qué? —Las lágrimas, casi quería dejarlas caer. Pero no pudo. No delante de ella—. Por favor, dime... Es doloroso...
Pasaron un largo rato juntos, simplemente abrazados. Si sólo... si tan sólo pudiera detenerse el tiempo. Estarían así, juntos, para siempre, y nunca tendrían que preocuparse por el inminente final. Pero el tiempo seguía su curso sin importarle nada, y el momento de Ryoji para irse llegó demasiado pronto.
Se despidieron, y Ryoji sabía que aquella era la última noche que tendrían antes de que el comienzo del fin estuviera en pleno auge.
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Si hubiera algo que él pudiera hacer, algo para evitar esta suerte, Ryoji habría hecho lo imposible. Pero eso no tenía sentido. Podría escapar, podría intentar luchar, o podría, simplemente, aceptarlo. No importa lo que hiciera, el final llegaría. Era... inevitable.
Había mentido. Había algo que él lamentaba: no habría podido savarla a ella.
Pero no había vuelta atrás, ni segundas oportunidades, ni había manera alguna de escapar. El principio del fin estaba hecho. Los momentos felices, los días despreocupados habían pasado. Todo había terminado. No más fingir que nada estaba mal. La fecha límite estaba aquí. Afrontar la realidad.
El momento del «fin» había llegado.
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«¿Dónde...?»
El puente Moonlight, normalmente iluminado por los faros de los coches, estaba oscuro ahora. La ciudad, usualmente ruidosa, estaba en silencio. En mitad de la noche, la luna llena brillaba con una luz espeluznante en el silencioso mundo. Todo estaba teñido de sombras verdes, el único color provenía de los charcos de roja sangre desperdigados, y donde debería haber gente, había grandes ataúdes. Estaba tranquilo, solitario, y Ryoji no sabía cómo había llegado allí.
«¿Cuándo...?»
¿Había llegado él por sí mismo? ¿Qué era lo último que recordaba? ¿... Estaba en el instituto? Recordaba vagamente haber salido, y tal vez hablase un poco con Minako, pero después de aquello nada. Sólo una bruma oscura, un hueco en su memoria. Entonces... ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué estaba solo en aquel extraño lugar? ¿Por qué no tenía miedo?
—He estado buscándote.
Una voz, una voz familiar en este oscuro y solitario mundo. Ryoji se volvió inmediatamente, encontrándose frente por frente con Aigis. Llevaba aquel body extraño que vistió en las termas de Kyoto, pero no le pareció raro a Ryoji. Ya nada lo hacía.
—Tú... tú eres...
—¿Qué haces aquí? —La voz de Aigis era firme, clara, y muy seria.
—... Ah, es verdad. ¿No te caigo muy bien, eh? —Ella lo había llamado «peligroso» el día que se conocieron, y sólo ahora empezaba a pensar que tal vez sus palabras no fueran tan raras como él creía—. Bueno, como respuesta a tu pregunta, me ví aquí cuando desperté. Es extraño... El cielo y el suelo son tan raros, y no hay nadie. —Miró a su alrededor, asimilando el curioso lugar una vez más. Tan inusual, tan extraño, y aún así tan... normal—. Aquí ha ocurrido algo horrible, y aún así estoy tranquilo.
Tranquilo, como si finalmente llegara a casa.
—¿... Lo has olvidado?
—¿Olvidar qué?
—La Hora Oscura, el intervalo de tiempo en el que sólo unos pocos están activos. Pero tú, te has adaptado de alguna forma a ella. De hecho, demasiado bien para un humano.
«... Salimos por la noche, y es muy peligroso.»
Ryoji recordó las palabras de Minako, y aunque Aigis era la que decía cosas misteriosas, esta vez tenía sentido... si es que había algo cuerdo en este mundo. Si Aigis estaba por aquí a esta espeluznante y extraña hora, tal vez Minako y el resto también lo estuvieran...
—Sí... Está todo muy claro —continuó Aigis—. Ahora comprendo lo que hay tras esta sensación que percibo cuando estás cerca.
«Eres un problema.»
—No eres bueno. Eres... mi enemigo.
—¿Tu enemigo? —Con esa palabra sintió que unas puertas cerradas en su memoria, puertas que no sabía que existían, se abrían de repente con un crujido. Visiones del pasado, memorias del pasado que habían sido olvidadas. Habían vuelto, escapando lentamente. La «verdad» que la mente de Ryoji había enterrado—. Es cierto... En una noche como ésta... con la luna llena... hace mucho tiempo...
—Sí... Nos encontramos una vez... como adversarios.
En una noche como aquella, con una verde luna llena alta en el cielo, hacía mucho, en el mismo lugar, él se había encontrado con Aigis. Aquel body que llevaba no había cambiado una pizca desde entonces. —¿Quién... quién soy? ¿Quién eres tú?
Ésas eran las preguntas que revelarían todo.
—Soy Aigis. El último arma de emergencia anti-Sombra. Una máquina creada para destruir Sombras.
«Representa a la Brigada extraescolar de ejecución especializada.»
«Es sobre esta herida... Se culpa a sí mismo por esto.»
«Eso es porque intentas golpear cada Sombra que se nos cruza, senpai.»
« Trabajar en equipo no es hacer de niñera mientras vas a trancas y barrancas. Trata de la confianza. De confiar en la habilidad de tus compañeros de que saben cuidar de sí mismos... y que sepan que les cubres las espaldas si necesitan descansar.»
Las piezas se iban juntando conforme las voces y pistas de SEES volvían a él. Todo estaba conectado. —Creada para... destruir Sombras...
—Y tú... tu verdadero nombre es «Muerte». ¡Tú eres la sombra la cual sellé hace diez años!
Las puertas de la memoria de Ryoji, que una vez fueron cerradas, se abrieron, y todo lo que había olvidado recorrió su mente como si fuera una película. Hacía diez años, él y Aigis habían luchado justo en el puente Moonlight. Pero por supuesto, él era diferente por aquel entonces, estaba en su forma verdadera: el Decimotercer Arcano llamado «Muerte». Acababa de nacer, pero trozos de su cuerpo consiguieron escabullirse, dejándolo incompleto, mas Aigis no pudo detorrarlo. Mientras luchaban, apenas vieron el destrozado coche a unos pasos de ellos, y aún menos vieron a la chiquilla observándoles. Pero como Aigis sabía que no podría ganar, hizo lo único que pudo: sellarlo en el interior de la pequeña.
Así fue cómo conoció a Minako.
De ahí provenía el vínculo.
Por eso él era... humano, aunque por poco tiempo.
—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo todo. —Ryoji se sujetó la cabeza con ambas manos—. Todo tiene sentido ahora. Quién... y qué soy.
Así que aquella era la premonición de cuando jugó al Camino del héroe. Aquello era él: una Sombra, un monstruo...
... la Muerte.
Lo consiguió. Resolvió el misterio tentador.
—¡Palladion!
El Persona de Aigis apareció, dirigiéndose hacia Ryoji a gran velocidad, con su capa azul ondeando salvajemente tras él. Aigis permaneció con decisión frente a Ryoji, con la intención de llevar a cabo el propósito por la que fue creada.
—Detente. No seas imprudente, Aigis. —Pensó en la cara de Minako de hacía diez años, aquella mirada de curiosidad infantil mientras observaba a dos poderosos seres luchar—. No puedes ganar. Soy diferente. —Su voz era mucho más profunda, más seria de la que jamás tuvo. Sonó como si no fuera él, tan distinto de su suave y alegre voz cuando estaba con sus amigos. Pero aquello había terminado. Éste era su destino.
—Las máquinas se crean con un propósito. El mío es derrotarte. No existo para nada más.
El poder oscuro emanaba del cuerpo de Ryoji en oleadas, haciendo retroceder fácilmente la agresión de Palladion. Sí, ya no era el mismo. Hace diez años, estaba incompleto. Pero ahora... ahora era un todo. Los doce trozos desaparecidos habían regresado porque él guió a Minako hacia Iwatodai. Su poder creó una barrera, deteniendo a Palladion a pesar de su desesperado intento de alcanzarle. La energía se desfogó, protegiendo a Ryoji de Aigis y su propósito.
—No tiene por qué ser de esta manera...
Pero lo fue... porque Aigis eligió luchar. Todo trataba de elecciones. Ambos tenían un propósito, pero ambos tenían voluntad propia; Ryoji tenía que agradecérselo a Minako. Podrían elegir no pelear. Nada bueno saldría de aquello, y sólo se lastimarían el uno al otro. Pero a ella la construyeron con una intención, derrotarlo. Ryoji era una Sombra, y también tenía una misión. Existía por una razón, y como Aigis escogió luchar, esa razón le forzó a intentar detenerla en su ataque para vencerlo.
—Lo siento...
No importa cuánto quisiera él que lo lograra.
Palladion fue detenido, y las continuas oleadas de poder, un poder mucho más fuerte que diez años atrás, la vencieron. Se desplomó sobre sus rodillas, Palladion se desvaneció, y sus piezas empezaron a caer. Era débil, había sido derrotada, y quizás pronto dejaría de funcionar. Habló con voz queda, cómo había fallado en su misión, cómo por culpa de su fracaso, ella como máquina no tenía valor. Y Ryoji se quedó en pie, contemplándola. No había nada que él pudiera hacer.
—Chicos, lo siento... —dijo. Su dolor sonó casi humano—. Minako-san...
—¡Aigis!
El grito de Yukari se escuchó a través del puente, y siguiéndola estaba el resto de SEES, incluida Minako. Corrían velozmente para ayudar a su amiga, sin siquiera notar la presencia de Ryoji. Él los observaba con tristeza. ¿Qué podría decir? ¿Cómo podrían perdonarle por hacerle algo así a Aigis? Vio cómo Minako cogía la mano de Aigis, un gesto que ya no pensaba que mereciera la pena, y hablaron brevemente mientras Minako intentaba descubrir qué había pasado.
—Lo siento... —dijo Aigis de nuevo.
—No hace falta que te disculpes... —dijo Ryoji. No importa qué pensaran de él, tendría que explicarse él mismo. Después de todo, era culpa suya. Se acercó a ellos, y sus impresiones no le sorprendieron. No entendían qué hacía él allí, y de repente Aigis dejó de moverse.
—¿Qué está pasando? —exigió Akihiko.
—Todo es culpa mía —respondió simplemente Ryoji.
—¿Qu...? ¿Tú has hecho esto?
Mitsuru lo detuvo diciendo que Ryoji no mostraba signos de agresividad, y pidió a Ryoji que se explicase. Fue extraño... una presencia que él consideró una vez terrible estaba ahora ayudándole. Nunca había hablado mucho con Mitsuru, pero estaba agradecido que incluso ella estuviera dispuesta a escucharle hasta el final.
—Soy aquello mismo que llamáis Sombras.
—¿Eres una Sombra? —preguntó Junpei, mostrando en su cara su estado de shock. Ryoji miró apenado a su primer amigo. Sintió que le estaba traicionando, de alguna forma, por lo que era. La personificación de todas las Sombras, la unión de los doce Arcanos. El Informador . El Avatar del Ser Materno. El Ser Materno, atraído hacia él, que pronto descendería sobre la humanidad. Su existencia era la prueba de ello. La Caída era ahora inevitable.
«... Estás aquí de verdad»
Tenía a Minako para confirmar su existencia. No había más negaciones sobre eso. Todo lo que podía hacer ahora era hablar. Contarle a SEES la «verdad» sobre las Sombras. Y cómo conoció a Aigis aquella fatídica noche, diez años atrás.
—Ella sabía que no podía derrotarme. Por eso, en un acto desesperado, me selló en el interior de una niña que estaba por los alrededores. —Recordaba aquella niña muy bien. Aquella pequeña, de pie junto a un coche, observándole a él y a Aigis pelear con los ojos bien abiertos—. Aquella niña creció, llevándome en su interior. Y por un giro del destino, más tarde regresó aquí... como una estudiante de traslado. —¿Era una broma del destino? O tal vez, a pesar de estar sellado, su deseo de reunirse con las partes del poder que perdió, la atrajeran hasta su ciudad natal. Miró a Minako, la única que encajaba con su descripción. Estaba igual que en el pasado. Aunque mayor, mucho más hermosa, aún tenía la misma mirada curiosa. Ella también supo a qué se refería—. Sí... Minako. Viví dentro de ella. —Eso explicaba todo: la nostalgia, su vínculo, que asumiera la identidad de «Pharos», y cómo llegó a ser «Ryoji Mochizuki». Era todo por ella—. Su Persona especial despertó, tal y como las doce Sombras, todo para unirse en uno conmigo.
Todo era culpa suya. Él la puso, y a todos los demás, en todo aquel peligro. Todo... porque él existía.
—Es culpa mía. Lo siento. —Todo lo que podía hacer era disculparse. No había nada más. No esperaba el perdón. Ni siquiera esperaba que Minako, la chica que tenía el más puro de los corazones, lo perdonara. Él no se perdonaría a sí mismo, ¿por qué debían ellos?
—Hay algo más que necesito... contaros...
Pero antes de que continuara, una ola de vértigo se extendió sobre él, y como Aigis, se derrumbó sobre sus rodillas. Pudo sentir su conciencia amenazando con dejarle, pero los sonidos que escuchó lo hicieron resistir. Pudo oír pasos, pasos que corrían; los chicos de SEES estaban corriendo hacia él, aún preocupados a pesar de todo. Y Minako... Minako iba en cabeza, la que primero se apresuró hacia su lado. Llamó su nombre y suavemente lo colocó sobre su regazo en el momento en que ella lo alcanzó. Tomó su mano firmemente, y él sintió aquella calidez familiar.
«No... no merezco tu calor... No te merezco...»
—¡Ryoji!
Realmente, verdaderamente, Minako era la chica más bondadosa que había conocido jamás. A pesar de que ella entendiera todo, a pesar de que sabía exactamente lo que era él, a pesar de que todo era culpa suya, aún le importaba. Aún estaba dispuesta a llamarle «Ryoji», aunque aquel nombre ya no sirviera. Él era el Informador, la prueba viviente de que todos, incluida Minako, iban a morir.
—Minako-chan —dijo, llamándola como siempre lo había hecho cuando era humano. Estiró el brazo y le acarició la mejilla. Parecía tan confusa... y tan triste —. Lo siento...
Su mano cayó mientras se hundía en la inconsciencia.
La «verdad» había sido revelada.
El «fin» había llegado.
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«Todo es culpa mía.
Si no existiera, nadie habría sufrido.
Si no existiera, nada malo le habría ocurrido.
Habría sido feliz, aunque no hubiera estado a su lado.
No debería haber estado a su lado.
No la puedo proteger de mí.
»Y ahora voy a llevar a mi querida hacia la muerte.
Todo es culpa mía.
Lo lamento.
... Te quiero, Minako.»
